Esa tarde, el sol brillaba en el cielo azul sobre el parque.

Nadia se columpiaba y desde allí observaba las copas de los altos árboles, al subir; y la arena del parque, al bajar.

Le encantaba columpiarse, sentir la brisa entre sus cabellos y sentir que podía volar.

Al cabo de un rato, se fue a casa porque ya estaba oscureciendo. Al llegar, notó que no había nadie allí, pero que la puerta estaba sin candado.

Entró llamando a su mamá pero nadie respondió. Vio algunas cosas fuera de lugar y sintió miedo. Siguió gritando ¡mamá!, pero nadie respondía.

Empezó a buscar en todos los rincones de la casa: la cocina, la sala, el patio, los baños y nada. Cuando llegó a la puerta del cuarto de su madre, notó un olor extraño. Era como si hubieran vaciado un enorme cubo de tierra cerca de ella.

Pero lo peor estaba por venir: al mover la manecilla sintió algo viscoso en su mano y soltó un grito mientras abría la puerta para descubrir que todo en aquella habitación estaba lleno de ¡gusanos!.

Nadia vio con horror cómo las paredes y la cama de sus padres parecía una gran piscina de gusanos enormes y rosados.

Del susto se desmayó.

Al despertarse, no había mejorado la situación. Ahora los gusanos estaban por todas partes de su cuerpo. Incluso en su cara. Luchó para no gritar por temor a que su boca se llenara de gusanos.

Como pudo, se levantó, se sacudió los gusanos y salió corriendo hacia la calle.

Chocó de frente con su madre, quien tuvo que abrazarla para calmarla.

– Cama. Cuarto- se esforzaba por decir Nadia, pero su madre la interrumpió.

– Tranquila amor. Se lo que viste. Yo también los vi y salí a buscar ayuda para fumigar. Por eso no me encontraste en casa. Ya están aquí para sacarlos. Lamento que te hayas asustado.

Entonces, Nadia se calmó y esperó en casa de su vecina junto con su mamá hasta que limpiaran la habitación.

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