El celular apagado
El celular de mi hermano, Mateo, llevaba siete años apagado en el fondo de un cajón. Él murió en un accidente en 2019, y aunque cargué la batería un par de veces al principio para ver sus fotos, eventualmente lo dejé descansar.
Anoche, a las 3:33 a.m., el cajón comenzó a vibrar.
No fue un zumbido corto. Fue constante. Entré a la habitación de invitados, abrí el mueble y ahí estaba: la pantalla brillando con una intensidad azulada que no recordaba. No tenía señal, ni Wi-Fi conectado, pero las notificaciones de WhatsApp caían como granizo.
«¿Por qué está tan oscuro aquí?», decía el primer mensaje. El remitente era su propio número.
Mis manos temblaban. Abrí el chat. El historial de hace siete años terminaba con un «Ya voy llegando», pero los mensajes nuevos eran distintos.
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03:34: «Sácame. El cristal está frío.»
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03:35: «Huelo a tierra húmeda, mamá.»
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03:36: «Me estás mirando. Puedo ver el reflejo de tus ojos en la pantalla.»
Solté el teléfono. Cayó sobre la alfombra boca arriba. En ese momento, la cámara frontal se activó sola. El pequeño punto verde de «en uso» se encendió.
Recibí un último mensaje que hizo que se me detuviera el pulso: «No te des la vuelta. Aquí atrás no hay luz.»
Sentí un aliento gélido en la nuca. El teléfono se apagó, pero la vibración ahora venía de debajo de mis pies.
