las dos lunas en el bosque

El sol se ponía, tiñendo el cielo de un naranja y púrpura sangriento, mientras Elara se adentraba en el Bosque de las Sombras. Los lugareños hablaban de él con susurros, de luces parpadeantes y ecos extraños que se filtraban entre los árboles al anochecer. Pero Elara, una botánica joven y ambiciosa, desestimaba tales supersticiones. Estaba en busca de la rara Orquídea Nocturna, una flor que, según la leyenda, solo florecía bajo la luna más oscura en las profundidades de ese mismo bosque.

Con su linterna en mano y una mochila cargada con provisiones, Elara ignoró la ominosa sensación que se arrastraba por su columna vertebral. Los árboles, viejos y retorcidos, formaban un dosel tan denso que la luz del atardecer apenas podía penetrar. A medida que avanzaba, el silencio se hacía más profundo, un silencio que no era pacífico, sino cargado de una expectativa inquietante. El aire se volvió frío y pesado, y el aroma a tierra húmeda y descomposición se intensificó.

De repente, escuchó un crujido de hojas detrás de ella. Se giró bruscamente, iluminando la oscuridad con su linterna, pero no había nada. Solo sombras danzantes que parecían cobrar vida propia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y aceleró el paso. Los árboles se volvían más grandes, más gruesos, sus ramas entrelazadas como dedos huesudos. Comenzó a sentir que la observaban, una sensación persistente de ojos invisibles fijos en cada uno de sus movimientos.

Elara se detuvo al borde de un claro, su corazón latiéndole con fuerza en el pecho. En el centro, un antiguo pozo de piedra, cubierto de musgo y hiedra, parecía emitir una tenue luz verdosa. La atmósfera alrededor del pozo era diferente, más densa, más antigua. Sintió una extraña atracción hacia él, una curiosidad mórbida que luchaba con su instinto de huida. Mientras se acercaba, el aire se llenó de un murmullo apenas perceptible, como voces susurrando su nombre.

No era el viento. Eran voces.

De repente, una figura esquelética, hecha de ramas secas y hojas muertas, emergió de las sombras detrás de un árbol centenario. Sus ojos eran dos orbes brillantes de un verde enfermizo, y una risa seca y chirriante llenó el aire. Elara gritó, el sonido de su voz ahogado por el eco del bosque. Intentó correr, pero sus pies parecían pegados al suelo. La figura se acercaba lentamente, cada paso crujiendo de forma antinatural.

Cuando la criatura estuvo a pocos metros, Elara pudo ver que su rostro era una masa retorcida de corteza, con una boca que se abría en una sonrisa antinatural, revelando dientes afilados como espinas. Extendió una mano huesuda hacia ella, sus garras largas y afiladas. Elara cerró los ojos, esperando el impacto, pero nunca llegó.

En cambio, sintió una ráfaga de viento helado y el murmullo de las voces se intensificó, volviéndose más claro, más exigente. Abrió los ojos y vio que la criatura se había detenido. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril, y luego, para su horror, la criatura se disolvió en el aire, transformándose en una niebla oscura que se arrastró hacia el pozo.

Elara se quedó sin aliento, temblando. Lo que había visto era imposible, una pesadilla hecha realidad. Quiso huir, correr sin mirar atrás, pero sus pies seguían sin responder. El pozo ahora brillaba con una luz más fuerte, y el murmullo de las voces la llamaba. Como si estuviera bajo un hechizo, se acercó al borde del pozo. Miró hacia abajo.

No había agua. Solo una oscuridad infinita y profunda, y en el fondo, brillando con una luz azulada, estaba la Orquídea Nocturna, la flor que había venido a buscar. Era hermosa, con pétalos que parecían de seda y un brillo etéreo que desafiaba la lógica. Pero algo más la acompañaba. Entre los pétalos, pudo distinguir pequeños ojos, innumerables ojos diminutos que la observaban desde la oscuridad.

Y entonces, las voces se volvieron claras, resonando directamente en su mente: «Únete a nosotros. Sé uno con el bosque».

Elara sintió un tirón irresistible que la arrastraba hacia el pozo. No era una fuerza física, sino una atracción psíquica, un deseo abrumador de convertirse en parte de esa oscuridad, de esa antigua presencia. Luchó con todas sus fuerzas, pero era inútil. Sus dedos se aferraron al borde del pozo, sus uñas se rompían contra la piedra, pero el pozo la arrastraba.

La última cosa que vio antes de que la oscuridad la engullera por completo fue la luna, que se asomaba entre las ramas de los árboles, tan negra como la tinta. El bosque volvió a sumirse en el silencio, un silencio que solo era roto por el suave murmullo de las voces que daban la bienvenida a un nuevo espíritu a su eterno abrazo. Y en el claro, el pozo continuó brillando con su luz verdosa, esperando a su próxima víctima.