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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; relatos</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>La niña</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Feb 2012 03:33:27 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Amy y Connie eran dos universitarias que alquilaron un departamento para comenzar sus estudios en Rosario. El departamento tenía dos cuartos, uno para Connie y otro para Amy, una cocina y un baño. Amy se había bañado y se arregló. Connie:- Por qué te arreglas? Amy: -Voy a salir, a verme con un chico que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-4342" title="nina-macabra" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/02/nina-macabra.jpg" alt="" width="616" height="422" />Amy y Connie eran dos universitarias que alquilaron un departamento para comenzar sus estudios en Rosario. El departamento tenía dos cuartos, uno para Connie y otro para Amy, una cocina y un baño. Amy se había bañado y se arregló.</p>
<p>Connie:- Por qué te arreglas?</p>
<p>Amy: -Voy a salir, a verme con un chico que vive aquí.</p>
<p>Connie: El primer día aquí y ya me dejas sola?.</p>
<p>Amy: Vamos, Connie. Es solo un rato, luego vuelvo. ¿De acuerdo?</p>
<p>Connie: De acuerdo.</p>
<p>Amy ya se había ido y Connie se puso a ver una película.<br />
Mientras miraba la película escuchó un ruido, como un llanto que venía del baño. Se dirige ahí. La puerta del baño estaba cerrada, y cuando la abre ve a una niña con sangre y llorando. Pero su cabellera le tapaba totalmente la cara.<br />
Connie, asustada dice :</p>
<p>-¿Quién eres, y por qué lloras?<span id="more-4341"></span></p>
<p>La niña no respondía. Al instante se escucha el ruido de la puerta abriéndose, era Amy. Connie corre donde estaba su amiga y le dice que vaya rápido al baño.<br />
Cuando llegan las dos no había nadie.</p>
<p>Connie dijo en su mente: -Que raro, ¿y la niña?</p>
<p>Connie mira a Amy y se da cuenta que tiene sangre en su ropa y tiene los ojos llorosos.</p>
<p>Connie: -Amy, ¿qué te ha pasado?</p>
<p>Amy: -No es nada. No es nada.</p>
<p>Connie: -Dime.</p>
<p>Amy: -No es nada. No pasó nada.</p>
<p>Connie sabía que algo pasaba pero no le insistió más a Amy.</p>
<p>Amy se dio otro baño y se durmió, al igual que Connie.</p>
<p>Al otro día, se levanta Connie y ve que Amy estaba desayunando, mirando fijamente un punto fijo.</p>
<p>Connie: -Amy, ¿estás bien?</p>
<p>Amy no contestó.</p>
<p>Connie: -Amy, contéstame, ¿qué te pasó?</p>
<p>Amy: -No es nada.</p>
<p>Toda la tarde las dos estuvieron en el departamento sin hablarse.</p>
<p>A la noche Amy se acostó enseguida sin decir una palabra.</p>
<p>Connie estaba preocupada por su amiga, tan preocupada que se había olvidado de la aparición en el baño.</p>
<p>Mientras Connie dormía, su escuchó un ruido que la despertó. Connie se levanta y va a la habitación de Amy. Al llegar ve a su amiga en el piso, con sangre a su alrededor. Se pone a llorar, no sabía qué le pasaba. Pero, en ese momento, se escucha una risita proveniente del baño.</p>
<p>Ella va hacia allí y ve la puerta cerrada como la otra vez, pero esta vez al abrirla no vio una niña llorando sino riendo y mirándola fijamente repitiendo una y otra vez su risa. Y escrito con sangre estaba la pared: &#8220;Ella se lo merecía, ella me mató, Pero ahora, la maté yo&#8221;</p>
<p>Amy no lo entendía, volvió a la habitación de su amiga y encontró una carta que decía:</p>
<p>Querida Amy:<br />
No tienes que decirle a nadie lo que pasó la noche anterior. Pero últimamente me estoy sintiendo observado, como que esa niña que matamos con el auto quiera vengarse. Por favor dime si te pasa lo mismo ?</p>
<p>Saludos, Franco.</p>
<p>Ahí todo cobró sentido, Por eso esa niña estaba allí. Amy volvió al baño y vio a la niña sentada mirándola. Seguía riendo.</p>
<p>Connie: -Por qué hiciste eso? Ella no lo hizo a propósito.</p>
<p>Niña: -Ella y su amiga no me llevaron con nadie, solo me dejaron tirada</p>
<p>La niña se fue acercando lentamente a Connie. Connie, asustada, salió corriendo, pero la niña gateando rápidamente la alcanzó y terminó matándola, ya que Connie, tampoco la ayudó cuando la vio sangrando en el baño.</p>
<p>ACLARACIÓN: este relato no es real, solo fue inventado.</p>
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		<title>La Iguana toma Venganza</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 04:37:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando todavía existían las representaciones de medianoche, a veces se veía un hombre con un gran abrigo y con el sombrero casi cubriendo los ojos que se compraba un billete y se sentaba en la última fila. Siempre venía cuando saliera una película de terror, y su favorita era la Iguana. Era en la infancia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-4146 alignleft" title="iguana" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/12/iguana-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" />Cuando todavía existían las representaciones de medianoche, a veces se veía un hombre con un gran abrigo y con el sombrero casi cubriendo los ojos que se compraba un billete y se sentaba en la última fila. Siempre venía cuando saliera una película de terror, y su favorita era la Iguana.</p>
<p>Era en la infancia de vuestras padres que la iguana subía de la laguna negra, llevándose la heroina, vestida de bañador &#8211; digo la heroina, no la iguana. Era verde y escamosoa y goteaba porque siempre acababa de salir del agua. Al principio, el inspector del cine debe haber creído que se trataba de dos niños de ocho años, intentando entrar furtivamente, sirviéndose del gran abrigo, a una película de personas mayores, pero entonces su voz, honda y gargarizando, pronto le habrá convencido de otra cosa. No molestaba a los chavales, ya que causó que las chicas se arrimaran más hacia ellos.</p>
<p>Por supuesto, una vez empezada la película lo olvidaban por completo y se concentraban en la pantalla, y por eso no se daban cuenta que él no se concentraba en ella en absoluto. Sería posible explicar eso con el hecho, que ya había visto la película por lo menos cien veces.</p>
<p>No, la atención del hombre misterioso estaba más bien en el público. Sentía más que oía cómo la charla común se iba disminuyendo mientras pasaban los títulos de crédito y eran sustituidos por un silencio lleno de expectación. El monstruo apareció pasados exactamente diecisiete minutos de la película, y en aquel momento el hombre misterioso cerraba sus ojos, escuchando. La gente jadeó.<span id="more-2044"></span></p>
<p>Había alguien que gritó. Y otra vez se sintió bien.</p>
<p>Si hubieran sabido lo que se escondía debajo del gran abrigo, es probable que hubieran gritado aún más fuerte. Pero eso sólo se revelaba cuando llegaba a casa y se lo quitaba.</p>
<p>Puso el sombrero en su sitio y se miró en el espejo de la entrada. La gran boca de rana se retorció en una gran sonrisa, y los ojos de bacalao guiñaban. Entonces la iguana se abrió una lata de sardinas y se acostó. Cuando la iguana tenía esa predilección por las representaciones de medianoche, era porque sus películas ya hace tiempo habían sido retiradas del programa normal. A pesar de todo, ya llevaban unos años a cuestas, y la gente pagaba por ver otras cosas.</p>
<p>Al final fue a entrevistarse con su antigua compañía cinematográfica. El productor lo recibió, amablemente, y pidió que se sentara.</p>
<p>-¡Blackie! -dijo, alegre. Para sus adentros se extrañó de que la iguana siempre consiguió gotear en su alfombra, porque el pobre monstruo no podía haber visto una laguna en diez años. -¿En qué te puedo servir?</p>
<p>-Tengo una idea para una película nueva -dijo el monstruo.</p>
<p>-¡Suena interesante! -bostezó el productor.</p>
<p>-Pues mira, primero hice &#8220;La iguana de la laguna&#8221;. Luego vino &#8220;El regreso de la iguana&#8221; y &#8220;La iguana se escapa&#8221;. Pero nunca hemos hecho &#8220;La iguana toma venganza&#8221; &#8230;</p>
<p>El productor se levantó de su escritorio y se vino al lado del visitante, algo que solía significar que la audiencia se había acabado. -¡Mira aquí! &#8211; dijo el gran hombre, señalando la fila de carteles en la pared.</p>
<p>-El infanticida ataca a ciegas. La conquista de los zombies. ¿Tú crees que queda alguien que quiere mirar a algo que parece un hombre-rana en un traje verde?</p>
<p>-No sé -murmuró la iguana.</p>
<p>-Déjame decirlo de otra manera. ¿Tú vomitas flema que corroe a la cara de la gente? ¿Entras por la boca de ellos para luego salir saltando de su estómago?</p>
<p>-Pues, no.</p>
<p>-No, no haces nada de eso. Ni siquiera desabrochas el sujetador de la heroina. Un paseo en el metro es más espantoso que tú. -La iguana miró hacia abajo, asintiendo con la cabeza.</p>
<p>-¿Quieres que te de un consejo? ¡Buscate un trabajo! Pero eso tampoco era muy fácil, porque la iguana no sabía hacer mucho más que asustar a la gente. -¿Asustar a la gente? -repitió el de la oficina de empleo.</p>
<p>-¡Muy bien, intenta aquí! -COBRANZA BRUTAL S.A., dijo en la tarjeta.</p>
<p>-¿Ex monstruo? -rió el director-. Suele ser ex boxeador, pero ¡adelante!</p>
<p>La iguana se sintió muy a gusto cuando cogió la bicicleta para ir a su primera tarea. Tenía que persuadir unos delincuentes a abandonar una casa despoblada que habían convertido en cuartel general. -La policía es demasiado amable -había dicho el director-. El dueño quiere que se asuste bien a esos sinvergüenzas &#8230; -La iguana guiñó con los ojos y practicó su grito gargarizante.</p>
<p>Entonces se fue hacia la casa y llamó en la puerta. La mayoría de los delincuentes no parecían tener bastante edad para poder entrar en una representación de medianoche.</p>
<p>También había algunas muchachas y un par de niños. -¿Sí? -dijo el joven en la puerta.</p>
<p>-Sí -dijo la iguana-. Vengo de COBRANZA BRUTAL &#8230;</p>
<p>-¡Pues entra! -Se sentaron en un viejo sofá, y una de las muchachas preguntó la iguana si no quería una cerveza, y deploró que no tenían ningunas sardinas.</p>
<p>Media hora más tarde, el monstruo ya se estaba volviendo hacia la oficina. Estaba contento, porque había conseguido aclarar todo el caso.</p>
<p>Los jóvenes no eran delincuentes, solamente no tenían dónde vivir y solamente se habían instalado allí, porque la casa de todas formas estaba vacía. -Si eso no era muy difícil -pensó la iguana-. A ver cómo será mi próxima tarea &#8230; -Pues -dijo el de la oficina de empleo-. ¿No te salió? Bueno, sí. ¿Qué tal la infantería de marina? Porque sabes nadar, ¿no?</p>
<p>Había algunos problemas en encontrar un uniforme que le estaba bien, pero aparte de eso podía empezar enseguida, porque el gobierno acababa de iniciar un nueva guerra para asegurar la paz.</p>
<p>-¡Chavales, soy orgulloso de vosotros! -dijo el general cuando llegó.</p>
<p>-Juntos vamos a asegurar la democracia en este mundo. Sí, vamos a matarlos. Vamos a volverlos del revés para que las tripas les sirven de corbata. Después, le pusieron a la iguana al corriente de la estrategia del ejército.</p>
<p>-Sólo bombeamos a los objetivos militares -explicó el general-. Fábricas que manufacturan rodamientos a bolas para tanques.</p>
<p>Compañías de aguas que suministran agua a los soldados. Escuelas y jardines de infancia que instruyen soldados nuevos.</p>
<p>Tenemos que recordar que estamos luchando contra un enemigo totalmente descomedido. ¡Ayer fusilamos por error a uno de nuestros propios soldados, y eso nunca hubiera pasado, si no nos hubieran obligado a entrar en esta guerra!</p>
<p>-¡General Schwartztod! -interrumpió un coronel-. Los rusos se han quejado. ¡Creo que fue por los tres hospitales que bombeamos ayer, sir!</p>
<p>-¡Tranquilo! -dijo el general. -Llame a la ONU y dígales que tienen que aprobar un resolución.</p>
<p>-¡Pero sir! El enemigo se ha rendido.</p>
<p>-Lo sabía -dijo el general-. Otro capricho diabólico para impedir que destruyamos al enemigo. Dígales que no podemos aceptar la fórmula. Diga que la bandera blanca era demasiado sucia. Diga cualquier cosa, pero siga bombeando. Por el amor de Dios &#8230;</p>
<p>Ese mismo día, la iguana salió con su división, y sus compañeros conseguían acabar con una veintena de soldados andrajosos, desarmados. También había más, pero corrían demasiado rápido. La iguana meneó la cabeza. Luego se fue al agua y volvió a casa, nadando. Apenas había entrado por la puerta, cuando su agente llamó y le dijo que tenía que salir en un programa de tele un sábado. Resultó que algunas de las antiguas películas habían vuelto a ser modernas como descanso entre los boletines de guerra.</p>
<p>El presentador del programa era un hombre pequeño con una gran sonrisa. -Y ahora -dijo- todos estamos esperando para oir qué le asusta a *Usted*, Sr. Laguna.</p>
<p>La iguana lo pensó un poco. Luego dijo: -Me asusta que la mayoría de los hombres son pobres, que muchos no tienen si quiera donde dormir, aunque las casas están vacías.</p>
<p>Me asusta que un país grande puede destruir a un país pequeño, haciendo exultar a todo el mundo- Pero más me asusta que hay personas que, a pesar de que les hambrean y les obligan a matar, creen que esto es una democracia. La gente jadeó. Había alguien que gritó. Y otra vez se sintió bien.</p>
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		<title>Hombre con manías</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 20:10:37 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Hombre con manías Serían mas o menos las diez cuando salí del hotel. La noche era cálida y necesitaba beber algo. Era insensato probar en el bar del hotel porque el lugar era como un manicomio. La Convención de jugadores de bolos también lo había invadido. Bajando por Euclid Avenue tuve la impresión de que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-4032 alignleft" title="caballero" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/11/caballero-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Hombre con manías</p>
<p>Serían mas o menos las diez cuando salí del hotel. La noche era cálida y necesitaba beber algo. Era insensato probar en el bar del hotel porque el lugar era como un manicomio. La Convención de jugadores de bolos también lo había invadido.</p>
<p>Bajando por Euclid Avenue tuve la impresión de que todo Cleveland estaba lleno de jugadores de bolos. Y lo curioso es que la mayoría de ellos parecían ir en busca de algo que beber. Cada taberna que pase estaba abarrotada de hombres en mangas de camisa, con sus distintivos. Y no porque necesitaran identificación, la mayor parte llevaba en la mano la característica bolsa con la bola dentro.</p>
<p>Cuando Washington Irving escribió sobre Rip van Winkle y los enanos, demostró que entendía perfectamente a los ju- gadores de bolos. Bueno, en esta Convención no había enanos&#8230;, solo bebedores de tamaño natural. Cualquier zumbido de truenos de las distantes montañas hubiera sido ahogado por los gritos y las carcajadas.</p>
<p>Yo deseaba quedar al margen. Así que deje Euclid y seguí andando al azar, en busca de un lugar tranquilo. Mi propia bolsa empezaba a pesarme. En realidad, me proponía llevarla a la estación y dejarla en consigna hasta la hora del tren, pero antes necesitaba beber.</p>
<p>Por fin encontré un lugar. Era un local oscuro, tétrico, pero también desierto. El encargado de la barra estaba completamente solo, en un extremo, escuchando un partido por radio.</p>
<p>Me senté cerca de la puerta y deposite la bolsa sobre el taburete, a mi lado. Pedí una cerveza:<span id="more-2068"></span></p>
<p>-Traigame una botella &#8211; dije &#8211; , así no tendré que interrumpirle.</p>
<p>Lo hacia solo por mostrarme amable, pero podía haberme evitado la molestia. Antes de tener la oportunidad de volver a su partido, entro otro cliente.</p>
<p>-Whisky doble, olvidese del agua.</p>
<p>Levanté la cabeza.</p>
<p>Los jugadores de bolos habían ocupado efectivamente la ciudad. El cliente era un hombre grueso, de unos cuarenta anos, con arrugas que le Ilegaban casi arriba de la calva. Lle- vaba abrigo y la inevitable bolsa: negra, abultada, muy pa- recida a la mía. Mientras le miraba, la colocó cuidadosamente sobre el taburete contiguo y alcanzó su vaso.</p>
<p>Echó la cabeza hacia atrás y tragó. Pude ver el movimiento de su cuello blancuzco. Luego empujó el vaso vacío:</p>
<p>-Otro &#8211; dijo al de la barra- . Y baje la radio, ¿quiere, Mac?</p>
<p>Sacó un puñado de billetes. Por un momento la expresión del de la barra dudo entre una mueca y una sonrisa. Pero al ver los billetes lloviendo sobre la barra, ganó la sonrisa. Se encogió de hombros, manipulo el control del volumen y redujo la voz del comentarista a un lejano zumbido. Yo sabia lo que estaba pensando: &#8220;Si me pidiera cerveza le mandaría al infierno, pero este tío esta pagando whisky&#8221;.</p>
<p>El segundo vaso bajo casi tan de prisa como el volumen de la radio.</p>
<p>-Otro- ordenó el fornido.</p>
<p>El de la barra volvió, le sirvió, cogió el dinero, lo metió en la caja registradora y marchó al extremo del mostrador. Allí se agachó sobre la radio, tratando de captar la voz del comentarista.</p>
<p>Contemplé como desaparecía el tercer vaso. El cuello del desconocido era, ahora, de un rojo vivo. Tres vasos de whisky en dos minutos producen maravillas en la tez. También sueltan la lengua.</p>
<p>-Juegos de pelota- masculló el desconocido .- No comprendo como alguien puede escuchar ese rollo&#8230; &#8211; Se secó la frente y me miró . -A veces, uno tiene la idea de que no hay nada mas en el mundo que aficionados al béisbol. Un puñado de locos desgañitandose por nada, durante todo el verano. Luego viene el otoño y empiezan los partidos de fútbol. Exactamente igual, solo que peor. Y tan pronto termina, empieza el baloncesto. ¡Santo Dios!, pero que ven en ello?</p>
<p>-Todo el mundo tiene alguna manía &#8211; dije.</p>
<p>-Sí. Pero, ¿qué clase de manía es esta? Quiero decir, ¿quién puede excitarse al ver a un grupo de monos peleando por agarrar una pelota? No me digan que les importa de verdad quien pierda o quien gane. Muchos van a un partido por diferentes razones. ¿Ha ido alguna vez a ver un partido, Mac?</p>
<p>-Alguna que otra vez.</p>
<p>-Entonces ya sabe de lo que estoy hablando. Les ha oído allí; les ha oído gritar. Esta es la razón por la que van&#8230;, por gritar. Y,¿ qué es lo que gritan? Se lo diré : ¡Matad al arbitro! Si, eso es lo que gritan: ¡Muerte al arbitro!</p>
<p>Terminé rápidamente lo que me quedaba de cerveza y empecé a bajar del taburete.</p>
<p>-Venga, una mas, Mac &#8211; me dijo . -Le invito.</p>
<p>Sacudí la cabeza.</p>
<p>-Lo siento, tengo que coger el tren a medianoche.</p>
<p>Miró el reloj.</p>
<p>-Tiene tiempo de sobra.</p>
<p>Abrí la boca para protestar, pero el de la barra estaba ya abriendo una botella y sirviendo whisky al forastero. Este volvía a hablarme:</p>
<p>-El fútbol es peor. Uno puede hacerse mucho daño jugando al fútbol, algunos se lastiman de verdad. Y esto es lo que la gente quiere ver. Y chico, cuando empiezan a gritar pidiendo sangre, se le revuelve a uno el estomago.</p>
<p>-No sé. Después de todo, es una forma inocente de liberar las represiones.</p>
<p>Puede que me entendiera, puede que no, pero asintió con la cabeza.</p>
<p>-Libera algo, como usted dice, pero no estoy seguro de que sea tan inocente. Fijese en el boxeo y en la lucha libre. ¿Llama usted deporte a eso? ¿Le llamaria pasatiempo, manía&#8230;?</p>
<p>-Bueno- ofrecí ,- a la gente le gusta ver c6mo se sacuden.</p>
<p>-Claro, solo que no lo confiesan. -Su rostro ahora estaba completamente rojo; empezaba a sudar .- ¿Y qué me dice de la caza y la pesca? Si lo piensa bien, viene a ser lo mismo. Só1o que ahí es uno mismo el que mata. Coge un arma y dispara contra un pobre animal tonto. 0 corta un gusano vivo y lo mete en un anzuelo y el anzuelo corta la boca de un pez, y usted lo encuentra excitante, ¿no?, cuando entra el anzuelo y pincha y destroza&#8230;</p>
<p>-Espere un momento. Puede que no este mal. ¿Que es un pez? Si asi se evita que la gente sea sadica&#8230;</p>
<p>-Déjese de palabras rimbombantes &#8211; me interrumpió. Luego me guin6 el ojo .- Sabe que es cierto. Todo el mun-do siente esta necesidad, tarde o temprano. Ni los juegos ni el boxeo les satisfacen realmente. Asi que, de vez en cuando o con frecuencia, necesitamos tener una guerra. Entonces hay una buena excusa para matar de verdad. Millones.</p>
<p>Nietzsche creia ser un filosofo lugubre. Tenfa que haber sabido lo de los whiskis dobles.</p>
<p>-¿Que soluci6n encuentra? &#8211; Me esforce por eliminar el sarcasmo de mi voz . -¿Cree que se haria menos dano si se suprimieran las leyes contra el crimen?</p>
<p>-Tal vez. &#8211; El calvo contempó su vaso vacio .- Depende de quien fuera asesinado. Supóngase que solo se asesinaran a vagos y vagabundos. 0 a las putas, quiza. Ya me entiende, alguien sin familia, sin parientes, sin nada. Alguien que no se echara en falta. Uno podria salirse sin que le cogieran.</p>
<p>Me incline hacia delante, y mirandole fijamente le pregunté:</p>
<p>-¿Cree que podria?</p>
<p>No me miró. Contempó su bolsa antes de contestar.</p>
<p>-Entiendame, Mac &#8211; dijo con una sonrisa forzada . Yo no soy un asesino. Pero estaba pensando en un tipo que solía hacerlo. Aquí, en esta ciudad, ademas. Pero de eso hará unos veinte años.</p>
<p>-¿Le conoció? No, claro que no. Nadie le conocía, ahí esta lo bueno. Por eso se libraba siempre. Pero todo el mundo sabia de el. Lo único que había que hacer era leer los periódicos. &#8211; Terminó su vaso .- Le llamaban el Sajatorsos de Cleveland continuó- . En cuatro años cometió trece asesinatos, en Kingsbury y por los alrededores de Jackall Hill. La Policía se volvía loca tratando de encontrarle. Suponían que venía a la ciudad los fines de semana. Encontraba algún desgraciado o atraía a un vagabundo a un callejón o en los vertederos cerca de las vías. Les prometería darles una botella o algo. Y haría lo mismo con las mujeres. Después sacaba su navaja.</p>
<p>-Quiere decir que no eran pasatiempos, que no se engañaba. Iba a matar.</p>
<p>El hombre asintió.</p>
<p>-En efecto. Verdaderas emociones y un autentico trofeo final. Vera, le gustaba cortarles sus&#8230;</p>
<p>Me puse en pie y alargue la mano hacia la bolsa. El forastero se rió:</p>
<p>-No tenga miedo, Mac. Ese tío abandonó la ciudad en 1938 o así. Quizá cuando empezó la guerra se fue a Europa y allí se alistó. Formara parte de algún comando y así siguió haciendo lo mismo&#8230;, solo que entonces era un héroe en lugar de un asesino. ¿Me comprende?</p>
<p>-Tranquilo- le dije .- Le comprendo muy bien. Pero, no se lo tome así. La teoría es suya, no mía.</p>
<p>Bajó la voz:</p>
<p>-¿ Teoría? Puede que sí, Mac. Pero esta noche he tropezado con algo que le impresionaría de verdad. ¿Por que supone que he estado tragando todos esos vasos?</p>
<p>-Todos los jugadores de bolos beben &#8211; le dije . -Pero si realmente piensa así de los deportes, ¿cómo se ha hecho jugador de bolos?</p>
<p>El calvo se acercó a mi:</p>
<p>-Un hombre tiene derecho a tener manías, Mac, o estallaría. ¿Entiende?</p>
<p>Abrí la boca para contestarle, pero antes de poder hacerlo oí otro ruido. Ambos lo oímos a la vez&#8230;, el zumbido de una sirena en la calle.</p>
<p>El de la barra levantó la cabeza y comentó:</p>
<p>-Parece como si viniera hacia aquí, ¿verdad?</p>
<p>EI calvo se puso de pie y se encaminó a la puerta. Corrí tras el:</p>
<p>-Tome, no se olvide de la bolsa.</p>
<p>Ni me miró. Murmuró:</p>
<p>-Gracias. Gracias, Mac.</p>
<p>Y se fue. No se quedó en la calle, sino que se perdió por un callejón entre dos edificios cercanos. En un momento desapareció. Me quedé en el umbral mientras la sirena atronaba la calle. Un coche patrulla paró frente a la taberna, pero no paró el motor. Un sargento de uniforme llegaba siguiéndole por la acera, corriendo, y se paró sin aliento. Miro la acera, miró el interior de la taberna, me miró a mi.</p>
<p>-¿Ha visto a un hombre grueso, calvo, con una bolsa de jugador de bolos?- jadeó.</p>
<p>Tuve que decirle la verdad.</p>
<p>-Pues, si. Salió de aquí no hace ni un minuto&#8230;</p>
<p>-¿En que dirección?</p>
<p>Señalé entre los dos edificios y el gritó unas órdenes a los hombres del coche patrulla. El coche arrancó y el sargento se quedó atrás.</p>
<p>-Cuenteme &#8211; me dijo, empujándome otra vez dentro.</p>
<p>-Esta bien, pero, ¿de que se trata?</p>
<p>-Asesinato. En el hotel de la Convención de jugadores de bolos. Hace cosa de una hora. El botones le vio salir de la habitación de una mujer, y sospechó que era un amigo del bien ajeno, porque le vio utilizar la escalera en lugar del ascensor.</p>
<p>-¿Amigo de lo ajeno?</p>
<p>-Ratero&#8230;, ¿sabe? Rondan las convenciones, se meten en las habitaciones y roban lo que pueden. En todo caso, este salió corriendo de la habitación. El botones se fijó bien en el y avisó al policía de la casa. El policía encontró a la mujer en la cama. Le había rebanado el cuello, y bien. Pero el tipo llevaba mucha ventaja.</p>
<p>Respire profundamente:</p>
<p>-El hombre que estaba aquí &#8211; dije .- Robusto, calvo&#8230; Estuvo hablandome de el Sajatorsos de Cleveland. Pero pensé que estaba borracho o que&#8230;</p>
<p>-La descripción del botones concuerda con la que nos dio un vendedor de periódicos de esta calle. Le vio venir hacia aquí. Como usted dice, era un tío robusto y calvo.</p>
<p>Se quedó mirando mi bolsa.</p>
<p>-Se llevó la suya, ¿verdad?</p>
<p>Afirme con la cabeza.</p>
<p>-Esto fue lo que nos ayudo a seguirle hasta aquí. Su bolsa de jugador de bolos.</p>
<p>-¿Alguien la vio?, ¿la describió?</p>
<p>-No, no hacia falta describirla. ¿Se fijó en que vine corriendo por la acera? Estaba siguiendo el rastro. Y aquí mismo&#8230;, eche una mirada al suelo, debajo del taburete. Mire. Como puede observar no llevaba una bola en su bolsa. Las bolas no gotean.</p>
<p>Me senté en mi taburete y la habitación pareció dar vueltas. No me había fijado en la sangre antes. Levante la cabeza. Un policía entró en el local. Había venido corriendo a juzgar por cómo resoplaba, pero su rostro no estaba sofocado. Tenia un color blanco verdoso.</p>
<p>-¿Le alcanzaron?- preguntó el sargento.</p>
<p>-Lo que quedó de el. &#8211; El policía apartó la mirada .- No quiso detenerse. Disparamos por encima de su cabeza, a lo mejor oyó usted el disparo. Saltó valla que hay detrás de esta manzana, corrió hacia la vía y lo arrolló un mercancías.</p>
<p>-¿Esta muerto?</p>
<p>El sargento soltó una palabrota entre dientes.</p>
<p>-Entonces no podemos estar seguros &#8211; comentó . -Quiza, después de todo, no era mas que un ratero.</p>
<p>-Ya lo vera &#8211; dijo el policía .- Hanson trae su bolsa. Cayó lejos de el cuando el tren le embistió.</p>
<p>En aquel momento, otro policía entró con la bolsa. El sargento se la quitó de las manos y la puso sobre el mostrador.</p>
<p>-¿Era esta la que llevaba? &#8211; me preguntó.</p>
<p>-Si.</p>
<p>La voz se me pego a la garganta. Me volví, no quería ver como el sargento abría la bolsa. Ni quería ver sus rostros cuando miraran dentro. Pero, naturalmente, les oí. Creo que Hanson se mareó.</p>
<p>Di al sargento mi declaración oficial, tal como me pidió. Quería un nombre y una dirección y se los di. Hanson tomó nota de todo y me hizo firmar.</p>
<p>Le conte la conversación con el desconocido, toda la teoria del asesinato como manía o pasatiempo, la idea de elegir a los desgraciados de este mundo como víctimas, porque nadie les echaría en falta.</p>
<p>-Suena a loco, cuando se habla así, ¿verdad? Yo todo el tiempo creí que hacia comedia.</p>
<p>El sargento miró la bolsa y luego me miró a mi:</p>
<p>-No era comedia. Era, probablemente, la manera de funcionar de la mente de un asesino. Conozco bien su historia&#8230;, todos los de la Policía han estudiado los casos de el Sajatorsos, durante años. La historia concuerda. El asesino dejó la ciudad hace veinte anos, cuando la cosa se puso dificil . Probablemente se alistó en Europa y, tal vez, se quedó en los países ocupados cuando terminó la guerra. Después sintió la necesidad de volver a empezar de nuevo.</p>
<p>-¿Por que? -pregunté.</p>
<p>-¡Quien sabe! Puede que para el fuera un pasatiempo. Una especie de juego. Quizá le gustaba ganar trofeos. Pero imaginese el valor que tuvo, metiendose en plena Convención de jugadores de bolos y Ilevando a cabo semejante cosa. Con una bolsa para poder Ilevarse&#8230;</p>
<p>Imagino que se fijó en mi expresión, porque apoyó su mano en mi hombro.</p>
<p>-Perdóneme. Comprendo cómo se siente. Estuvo en gran peligro, hablando así con el. Probablemente el mas inteligente de los asesinos psicópatas que jamas hayan vivido. Considerase afortunado.</p>
<p>Asentí y me dirigí a la puerta. Todavía podría alcanzar el tren de medianoche. Coincidía con el sargento sobre el riesgo corrido, y sobre el mas inteligente de los asesinos psicópatas del mundo.</p>
<p>También estuve de acuerdo en lo afortunado que era. Quiero decir cuando, en el ultimo momento, el ratero salió huyendo de la taberna y yo le entregue la bolsa que goteaba. Fue una suerte para mi que jamas pudiera darse cuenta de que había cambiado mi bolsa por la suya.</p>
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		<title>La Confección de miedo</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jul 2011 04:45:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[-&#8221;Padre, quiero confesarme.&#8221; La voz sonó tan cansada, como si la estuviera escuchando desde una gran distancia, se acomodo en su asiento y se aclaro la voz. -&#8221;Si, dime hijo, te escucho.&#8221; -&#8221;Es que no se como empezar.&#8221; Ya no había duda, tantos años de clérigo le habían enseñado a distinguir las voces y sabia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3645 alignleft" title="sin-miedo" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/07/sin-miedo.jpg" alt="" width="400" height="300" />-&#8221;Padre, quiero confesarme.&#8221;</p>
<p>La voz sonó tan cansada, como si la estuviera escuchando desde una gran distancia, se acomodo en su asiento y se aclaro la voz.</p>
<p>-&#8221;Si, dime hijo, te escucho.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Es que no se como empezar.&#8221;</p>
<p>Ya no había duda, tantos años de clérigo le habían enseñado a distinguir las voces y sabia que en esta había arrepentimiento, eso le hacia mas fácil el trabajo. Acerco su rostro hacia la malla obscura y cerro los ojos.</p>
<p>-&#8221;Empieza por lo primero que te llegue a la cabeza, lo demás ira tomando forma conforme avancemos, no te apures, Dios tiene todo el tiempo del mundo.&#8221;</p>
<p>-&#8221;He matado.&#8221; -dijo después de un largo silencio.-</p>
<p>el rosario se le escapo de entre las manos y se agacho a recogerlo, regreso a su lugar.</p>
<p>-&#8221;¿cómo has dicho?&#8221;.</p>
<p>-&#8221;Si padre, he venido a confesar que he matado.&#8221;</p>
<p>Estudio su cubículo buscando con que defenderse, se le dificultaba respirar y por primera vez tubo un sentimiento claustrofóbico de estar allí entre el cedro y la malla.</p>
<p>-&#8221;¿Padre, esta usted allí?</p>
<p>-&#8221;Si, si hijo.&#8221; -trago saliva- &#8220;estoy aquí escuchando.&#8221;</p>
<p>-&#8221;¿Usted cree que Dios me perdone?&#8221;</p>
<p>-&#8221;la justicia divina es incuestionable, pero también es cierto que Dios siempre perdona a quienes se arrepienten de corazón.&#8221;<span id="more-2736"></span></p>
<p>-&#8221;Yo, yo me arrepiento de corazón.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Entonces Dios te perdona.&#8221;</p>
<p>-&#8221;¿Usted cree?.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Si.&#8221;</p>
<p>-&#8221;No tengo descanso, cada día que pasa no hago mas que pensar en ello, los recuerdos no me dejan en paz, por todos lados veo sangre, ¡oh padre, es horrible!&#8221;.</p>
<p>-&#8221;Calma hijo, calma y serenidad, el descanso vendrá ahora que has confesado tu pecado.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Es que usted no sabe, sus ojos, me miraban después de muerto, cierro mis ojos y los veo, allí están, en todos lados y la piel tan fría.&#8221; -titubeo un instante- &#8220;Yo ya no se hasta cuando voy a soportar seguir viviendo así, la verdad es que esto no es vida, me despierto llorando, camino entre las sombras y siempre pasa igual.&#8221;</p>
<p>-&#8221;¿Qué es lo que siempre pasa igual?&#8221;</p>
<p>-&#8221;Ese hombre recargado contra el poste, ha veces esta borracho, ha veces no, hay veces que no es un hombre y es una mujer, de todos modos todo pasa igual.&#8221;</p>
<p>-No hijo mío, nada pasa igual, todo sucede en tu cabeza, ahora que has buscado la verdad infinita del Señor veras como todas esas pesadillas te dejan en paz, ahora conocerás otra vida, ten paciencia y calma hijo mío.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Ya no puedo mas, padre ya no puedo.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Yo se, yo se que tu arrepentimiento es sincero, dime hijo mío, ¿A sido en defensa propia?</p>
<p>-&#8221;¿Como padre?&#8221;.</p>
<p>-&#8221;¿Tu vida estuvo en peligro cuando mataste?&#8221;.</p>
<p>-&#8221;Si padre, si no moría el, moría yo.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Ya veo.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Siempre ha sido igual, hay algo muy adentro que obliga a luchar por sobrevivir, por matar antes de dejarse morir.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Yo se que Dios te perdonara, tu arrepentimiento es sincero, deja de atormentarte, recordar no te va a llevar a ningún lado, de cualquier manera tienes que buscar el perdón de los hombres también, tienes que ir a la policía.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Eso no lo puedo hacer.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Claro que puedes hijo mío, tu me has dicho que fue en defensa propia, ellos entenderán como yo y te perdonaran también.&#8221;</p>
<p>-&#8221;No padre, ellos nunca entenderán.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Pero siempre quedan huellas, maneras de probar que hubo una lucha donde tu vida estuvo en peligro.&#8221;</p>
<p>-&#8221;No padre, no ha quedado nada, nunca queda nada.&#8221;</p>
<p>El silencio es largo.</p>
<p>-&#8221;¿Padre?.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Dime hijo.&#8221;</p>
<p>-&#8221;¿Dios me ha perdonado?&#8221;.</p>
<p>-&#8221;Si, pero los hombre no.&#8221;</p>
<p>-&#8221;Yo solo buscaba el perdón de Dios.&#8221;</p>
<p>-&#8221;¿Por qué?</p>
<p>-&#8221;Por que Dios es eterno.&#8221;</p>
<p>-&#8221;¿Y eso que?, ¿Acaso no eres mortal como los demás humanos?&#8221;</p>
<p>-&#8221;No padre, un hombre que vive de la sangre de los demás vive por siempre.&#8221;</p>
<p>Aferró su rosario con fuerza y se levanto tan rápido como pudo, salió de su cubículo y se detuvo frente a la cortina obscura del confesionario, lo dudo un segundo y después corrió la cortina, el cubículo contiguo estaba vació.</p>
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		<title>Cuentos de terror de Claudia</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jul 2011 07:19:59 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Me llamo Claudia y morí hace tres años. vagué por dos y desde hace un año aqui me quedé. Me asesinaron y me violaron, no recuerdo en que orden, pero sé que cuando abandoné mi cuerpo pude ver a esos cuatro malnacidos; uno me aarancó la mano y se masturbaba con ella, otro estaba sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3628 alignleft" title="muertos" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/07/muertos.jpeg" alt="" width="469" height="569" />Me llamo Claudia y morí hace tres años. vagué por dos y desde hace un año aqui me quedé. Me asesinaron y me violaron, no recuerdo en que orden, pero sé que cuando abandoné mi cuerpo pude ver a esos cuatro malnacidos; uno me aarancó la mano y se masturbaba con ella, otro estaba sobre mí fornicándome, un tercero trataba sin ningun resultado de introducir su pene en mi boca y el último de ellos, con sumo cuidado me cercenaba los senos.</p>
<p>Yo veía como gradualmente mi cuerpo se convertía en solo un montón de pedazos de carne teñidos de rojo, ellos, estaban como posesos; carcajeandose y repitiendo todo tipo de incoherencias.</p>
<p>Yo quería venganza pero nada podía hacer. Esos malditos me destrozaron y vagué y vagué hasta que me tope con otro espíritu; un señor de distinguido porte muerto por el cáncer que me dijo que la venganza era posible, pero tenía que haber algo material de por medio. Y fue como me decidí a estar aqui; estoy a gusto y puedo llevar mi vanganza a cabo. Hasta ahora solo me falta uno, a los otros tres ya les di lo suyo; al primero que encontré, que era el que quería sexo oral, una adolescente guiada por mi le arrancó el pene de un fuerte mordisco y el muy estúpido murió desangrado por no acudir a un hospital por vergüenza. A la siguiente semana, el que me fornicaba apareció muerto misteriosamente con un palo de escoba atravezando su cuerpo desde el ano hasta la boca. El tercero fue hace dos meses; fue quien me arrancó la ,mano, bueno pues, yo le arranque la cabeza ayudada por un joven de quince años.<span id="more-2752"></span></p>
<p>Y en estos momentos el cuarto posa sus yemas sobre mi corazon y su compañera es una enfermera a quien yo acabo de poseer. se ( me ) levanta ( levanto ) y va ( voy ) al baño, él espera. vuelve ( vuelvo )con jeringa escondida, va ( voy ) a besarlo y justo en la nuca entierra ( entierro )la aguja y vacia ( vacío )el contenido; anestesia.</p>
<p>El cae inconsciente, y yo, con una navaja de afeitar muy cuidadosamente raspo toda la región cutánea y subcutánea de su cuerpo, se ha quedado sin piel y tiene sus tejidos a la vista y me decido por desmenuzarlo.</p>
<p>He terminado, mi venganza ha llegado a su fin.</p>
<p>Me llamo Claudia y seguiré habitando esta tabla ouija solo por diversión.</p>
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		<title>Terror con El hombre del saco</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Jul 2011 20:31:29 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Mamá era la que siempre me acostaba y él venía cuando iba a ponerse el pijama, con lo cual no era de extrañar verlo desabrochándose la camisa o los zapatos. - Mañana, partido- Me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza. - [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/07/cuentosdeterror.jpg" alt="terror" title="cuentos de terror" width="570" height="587" class="alignnone size-full wp-image-3618" /></p>
<p>Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Mamá era la que siempre me acostaba y él venía cuando iba a ponerse el pijama, con lo cual no era de extrañar verlo desabrochándose la camisa o los zapatos.</p>
<p>- Mañana, partido- Me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza.</p>
<p>- Sí&#8230;- Dije felizmente sin ocurrírseme nada que decir.</p>
<p>- Bueno, te dejo que descanses. Acuérdate mañana de desayunar bien.- dijo acariciándose la pequeña calva que le estaba saliendo. Cada vez que mi padre me daba un consejo, se me quedaba grabado en la cabeza.</p>
<p>Se despidió con un beso en la frente y cerró la puerta. Era extraño pero cada vez que la puerta estaba cerrada, sobre todo de noche, no parecía mi habitación. Era como si me encontrase de repente en un sitio aislado de toda la casa, lejos de todo el mundo. La lámpara de cera que me habían regalado por mi cumpleaños contribuía a ello, pues proyectaba extrañas sombras con movimiento dentro de una luz verdosa que empapaba todo el cuarto. En mi despertador de las Tortugas Ninja, el segundero sonaba con violencia aunque normalmente no me percataba de su existencia. A lo lejos oía la voz de mis padres y una suave melodía, aquella noche no parecían querer ver la tele.</p>
<p>Tumbado boca arriba en la cama, pegué un poco la barbilla a mi pecho y miré la ventana. Desde aquel sexto piso (y desde mi cama), lo único que veía era la luna suspendida en el aire, incompleta, sin fuerzas para dar luz. Giré la cabeza hacia la derecha y miré la puerta en la pared del pequeño trastero. Allí estaban mis juguetes y en noches como esa, en las que papá y mamá no veían la tele, se oían terribles gemidos y ruidos.</p>
<p><span id="more-2244"></span></p>
<p>Deseé con todas mis fuerzas que aquella noche no oyera nada, pues empezaba a sentir pánico y aunque luego de día no recordaba nada, algo me hacía pensar que si esa noche volvía a tener pesadillas lo recordaría para siempre.</p>
<p>Pasó mucho tiempo sin que pasara nada. De vez en cuando oía alguna risa de mamá, como si papá le contara cosas graciosas y la música seguía sonando, aunque canciones distintas. El sudor frío se hizo presente en mi nuca y espalda cuando empezaron los ruidos. Eran ruidos extraños, como muelles oxidados y alguien dando pasos dentro del trastero. Ya no oía a papá ni a mamá. De repente empezaron aquellos gemidos y creí que la puerta del trastero se iba a abrir&#8230;</p>
<p>- ¡Papaaaaaaaaaaá!- Grité con todas mis fuerzas.</p>
<p>Los ruidos cesaron repentinamente, como si el sólo hecho de llamar a mi padre los aterrase. En unos instantes estaba en mi cuarto y con la luz ya encendida, me abrazaba y escuchaba mis explicaciones.</p>
<p>- Pero tranquilo, el hombre del saco no existe- dijo disimulando una sonrisa.</p>
<p>- Sí, si que existe. ¡Yo lo oigo!- Le expliqué. No me gustaba que pensase que eran “cosas de niños”.</p>
<p>Entonces mi padre me guiñó el ojo y se me acercó al oído para susurrarme: “Bueno, pues si existe, yo lo cazaré”. Acto seguido se levantó y se dirigió hasta mi puerta. Luego salió y me miró.</p>
<p>- Bueno, hasta mañana. Recuerda que los monstruos no existen- dijo en voz alta. Luego volvió a entrar en mi cuarto sin hacer ruido y cerró la puerta. Se sentó en la esquina de la pared de la puerta y la del trastero y se llevó el índice a los labios, indicándome que guardara silencio. Todo parecía un juego para él.</p>
<p>La lámpara de cera volvió a hacer de las suyas. Esta vez ya no se oía la música y por supuesto tampoco hablaban papá y mamá. Todo era un escandaloso silencio, a excepción de mi despertador que no hacía más que acelerar mi pulso. Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac&#8230;</p>
<p>La luna aparecía y desaparecía tras mis párpados y éstos parecían más pesados cada vez. Pero cuando estaba a punto de dormirme, los ruidos comenzaron una vez más y miré con los ojos como platos a mi padre.</p>
<p>Papá no me miró pero puso la cara que ponía cuando el mando de la tele no funciona. Se puso de pie y dio dos pasos, hasta quedar delante de la puerta del trastero. Los gemidos empezaron y mi padre, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del trastero. La luz de la lámpara de cera no parecía entrar en el trastero y la oscuridad era más recalcada en él. Al abrir la puerta, los ruidos se agigantaron un poco y yo comencé a estremecerme en la cama.</p>
<p>- ¿Papá&#8230;?</p>
<p>Papá se giró y puso de nuevo el índice delante de su sonrisa, como si no quisiera que lo sorprendiesen porque estaba a punto de gastar una broma. Entonces algo brilló dentro del trastero y escuché un pequeño silbido. Un segundo después, la cabeza de mi padre, desprendida del cuerpo, chocaba contra la lámpara de cera, haciéndola añicos y todo se envolvió en oscuridad.</p>
<p>Fui incapaz de reaccionar, me quedé petrificado mirando la forma negra en el suelo que era la cabeza de mi padre. En la penumbra empecé a escuchar un goteo y pensé que era de sangre. Algo salió del armario y al andar hacía aquellos ruidos extraños que se oían en el trastero y resonaban con estrépito en mi cabeza. Avanzó hasta donde yo miraba, cogió la cabeza de mi padre y la metió en un saco que arrastraba y donde parecía llevar otras cabezas. Luego volvió al trastero haciendo los mismos ruidos y cerró la puerta tras de sí.</p>
<p>En breves instantes mi madre entraría en mi cuarto para ver si todo iba bien y encendería la luz. No tenía ni idea de cómo explicarle lo que había sucedido.</p>
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		<title>Cuentos de vampiros sobre la mansion de Rock Sidier</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 09:07:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia de Vampiros]]></category>
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		<description><![CDATA[Ahora no puedo dormir, siempre que cierro los ojos lo veo,veo eso, no puedo evitarlo, veo el dia sin sol. Recuerdo que llege con mi prometida Clare, a esa casa sin ventana, imensa, vacia, con las cortinas blancas que parecian vivas con el viento que teiba susurrando al oído que te fueras de ese escalofriante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-3607 alignleft" title="aterrorizarVampirosMiedoTerror" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/07/aterrorizarVampirosMiedoTerror-253x300.jpg" alt="" width="253" height="300" />Ahora no puedo dormir, siempre que cierro los ojos lo veo,veo eso, no puedo evitarlo, veo el dia sin sol. Recuerdo que llege con mi prometida Clare, a esa casa sin ventana, imensa, vacia, con las cortinas blancas que parecian vivas con el viento que teiba susurrando al oído que te fueras de ese escalofriante lugar, pero no podia, tenia que visitar a mi tia abuela Mayrion.<br />
Cuandó el carro en el que ibamos paró en seco con un relincho de los caballos, oí la voz de mi tia Mayrion.<br />
-Vamos baja Jon, y dale un beso a tu tia. -Oi que decia al otro lado de la puerta<br />
-¡Ahora voy!-contesté<br />
Alarge la mano lentmaente hacia la puerta y gire el polmo hacia la derecha y al oir la puerta se abría hacia la derecha i al oír como la puerta se abría con un leve ¡clac! empuge la puerta hacía fuera y ahi me esperaba Mayrion.<br />
Baje de un salto del carro y una vez en el suelo me dirigí hasta Mayrion<br />
-¡Jon!¡Vamos dale un abrazo a tu tia! -Dijo estrechandome entre sus brazos-¿cuanto hace que no te veo?<br />
-Hola May-Dige-Degame que te presente a una persona muy especial para mi.<br />
Acto seguido me girè y le tendí la mano a Clare que estaba dentro del carro.Ella me la cogio con sus largos dedos y con elegante pasos bago del carro.</p>
<p><span id="more-3500"></span><br />
-¿Y quien es esta elegante muchacha?-pregunto Mayrion<br />
-Tia mayrion te presentó a Clare mi futura esposa ?<br />
-Encantada de concerle-Digo Clare.<br />
Bueno,debeis estar cansados de,pues habeis hecho un viage muy largo.<br />
Vuestra habitación esta en el piso trece,al fondo del passillo a la izquierda es el número-y añadio con susurro-666.<br />
El passillo que lleba a nuestra habitacion estava iluminado por unas antorchas colocadas alternativamente y aquel luar tan sombrio,por el contrario Clare parecia muy tranquila.No entendia como no le asustaban nuestras sombras que parecian que bailesen.<br />
Cuando llegamos al final del pasillo y me girè hacia la puerta del roble que guardava nuestra habitacion vi que estava garabado el número 666 fui vajando al vista i quando llegue en el pomo de la puerta me quede helado de terror púes había una cabeza de cabra dentro parecì como si me mirase rodeada de una estrella al reves.Aun asustado me areme de valor y me dige &#8220;no seas niño John solo es un dibugo y abrì la puerta,se me escapo un suspiro de alivio al ver que no habia ni demonios ni nada parecido.Entre dentro con Clare detras.<br />
La habitacion era oscura con solo dos ventanas de estilo gotico ,con unas cortinas de seda de color negro y agujeros hechos por las polillas.En el cewntro de la habitacion habia una pequeña mesa con un jarron que tenia un cruzififo dibugado,debago de la ventana de la izquierda habia una cama de matrimonio hecha de caoba cuidadosamente tallada i barnizada .<br />
Desvié la mirada hacia Clare y vi que tenia la vista figada en algo que parecia aterrolizarle,gire la cabeza para ver que le asustaba tanto y vi que lo que tanto la atemorizaba era el cruzifigo de la mesa.En es momento temí que fuera un vampiro, por lo que decidí investigar para asegurarme.<br />
Me dirigí hacia la cama y me dege caer sobre ella,pues estaba demasido cansado para desvestireme despúes cerre los ogos para pensar hasta que en contra de mi voluntat me sumí en el sueño.<br />
Me desperte con un sobre salto pues habia soñado con Clare que era un vampiro y que me quitaba la sangre , me puse a buscar desesperadamente algun objeto cortante , hasta que al final encontre un cuchillo debajo de la almuada, lo cogi deseperadamente y me hice un pequeño corte en el brazo izquierdo y al ver correr unhilillo de sangre saliendo de la herida me tranquilize fue entonces cuando me di cuenta del hambre que tenaia .Asi que me incorpore sobre la cama i me bage de ella de u n salto y me dirigi hacia la puerta cuando pasé al lado de la mesa del jarron oi bago mis piens un ruido como el que algo como ronpiendose bage la vista para ver que habia pisado y vi que en el suelo habia dispersados trozos de ceramica, me gire hacia la mesa y vi que donde estaba el jarron no habia nada ,entonces que me equivocava ,Clare era u n vampiro.Ahora que sabia lo que era Claire en realidad, me dirigi hacia la puerta para ir a avisar a Miyrion , abri la puerta con decision y entre entre en el passillo , que ya no daba tanto miedo a la luz del dia.<br />
Las horas passaban i ni Mairion ni Clare aprecian .<br />
estaba oscureciendo cuando me dirigi hacia los establos me habia armado con el cruzifigo al passar por la caprilla.<br />
Cuando llegue ya era denoche empuge la puuerta con la mano que se abrio con un labe cerec , dentro estaba oscuro pero consegui bisolumbrar una pequeña lampara de aceite la cogi i la encendi,luego fue mirando en todas las cuadras hasta que en la ultima vi algo que me aterrorizo.<br />
Vi a Clare comiendose a Mayrion que tenia la mirada perdida .<br />
Justo iba a ir de aihi Clare levanto la vista hacia mi y entonces vi la locura que sus ojos verdes y su cabello rubia parecia flotar.Se me azerco<br />
-¡Alegate de mi vmpiro!<br />
-¿Vampiro?no seas idiota-digo ella.<br />
le apunte con la cruz i se la meti por la boc i de dolr se murio i su cuerpo se incendio.<br />
Esa fue la ultima vez que vi a Clare.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p class="autor">Colaborador: <a href="http://lawebdetodo.jimdo.com/historias/">Albert Guix Mateu</a></p>
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		<title>El Tunel</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jun 2011 04:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3495" title="eltunelmiedoaterrorizar" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/06/eltunelmiedoaterrorizar.jpg" alt="" width="560" height="420" /><br />
Supe que no había sido una buena idea entrar en aquel antro en cuanto puse los pies en el umbral y me encontré delante de las oscuras y pesadas cortinas que ocultaban la entrada, arrastrado por mis amigos en una de tantas noches de risas y vino. La Caverna , se llamaba, no sé si por el enésimo homenaje del enésimo fan de los Beatles o, simplemente, para dar una coartada a un mugriento sótano en el que no se había invertido mucho en decoración. El caso es que, abotargado por el abundante trasiego de alcohol de aquella noche y confiado por la presencia de mis amigos, creí que mi miedo yacería anestesiado en algún recoveco de mi atormentada mente, o que la decoración de “La Caverna” sería tan burda que, mas que al miedo, movería a la risa. Así que, intentando olvidar mis terrores pasados, trastabillando y farfullando alguna que otra incoherencia, me autoproclamé abanderado de aquella alegre pandilla de borrachines, aparté con teatral decisión las cortinas y, por inercia, di tres o cuatro pasos por un largo, negro y rocoso túnel, antes de caer de rodillas en el suelo, gritando aterrorizado y tapándome la cara con las manos, con la pesadilla latiendo como un negro corazón enloquecido dentro de mi cabeza. Lejos de darme valor, el alcohol me dejó todavía más inerme y desprotegido, amplificando mi pánico hasta el punto de quedar paralizado en el suelo. Grité todavía más fuerte cuando sentí que unas manos me agarraban por los brazos y me arrastraban por el suelo, hasta que sentí el roce de la cortina de la entrada en mi cara y comprendí que alguien me estaba sacando a rastras del local, sentándome en un banco de la calle e intentando calmarme al mismo tiempo. Podía oir dentro del local las beodas risotadas de mis amigos, riendo ignorantes mi presunta e inexistente broma. Cuando por fin pude calmarme, quité las manos de delante de mi cara y me encontré frente a frente a Rafa, mi viejo, fiable, juicioso y responsable amigo., <span id="more-3494"></span>a quien mi ataque de pánico acababa de arrancar de golpe de la grata compañía de Baco, haciéndole compartir conmigo un brusco y desagradable viaje hacia la sobriedad. Me miraba fijamente a los ojos, en su cara la vieja máscara mezcla de perplejidad y preocupación que yo tan bien conocía, quizás por ser la persona que más la provocaba. -¿Estás mejor, socio?. Quizás deberías dejar de intentar secar La Rioja tú solo. ¿Quieres que llame a un taxi?. Conseguí dominar paulatinamente mis estremecimientos y temblores y miré fijamente a Rafa. Nuestra amistad se remontaba a la época en la que nuestros traseros compartían pupitre en el colegio, y había permanecido intacta a lo largo de más de veinte años consiguiendo unir regularmente a dos tipos que habían seguido caminos radicalmente distintos en la vida. Muchas veces me había parado a pensar en los motivos que mantenían nuestra amistad. Éramos como un racimo del cual se desprendían más y más amigos, de esos que luego te encontrabas por la calle e intentaban evitarte, o como mucho musitaban un inaudible y vergonzoso saludo, azorados ante un encuentro tan fortuito como poco deseado. Pero Rafa y yo seguíamos viéndonos. Supongo que yo, inconscientemente, anhelaba un poco de la estabilidad que presidía la vida de mi amigo, un tipo tan feliz, tan centrado y con las ideas tan claras que, con franqueza, a veces me daban ganas de abofetearlo sin piedad y sacarle el secreto de su asquerosa felicidad a golpes. Pienso que Rafa, por su parte, veía en mí la inconsciencia y la total inmadurez de sus dieciséis años conservada incólume en su amigo de treinta y cuatro, y de vez en cuando se pegaba el gustazo de correrse una juerga al viejo estilo, acompañando al viejo Toni en la habitual ruta de antros infames y lupanares varios que eran el centro de mi existencia. Creo sinceramente que esas noches de presunta diversión le servían para comprobar lo penoso de mi existencia de perdedor voluntario e (in)consciente. Así podía dejarme en mi casa por las mañanas en un estado semicomatoso, balbuceando incoherencias frente a las viejas fotos de alguna buena chica que había tenido la momentánea desgracia de cruzarse en mi camino y a la cual yo había fallado estrepitosamente, y largarse a buscar los brazos de su mujer, con una dosis de juerga que le duraría para un par de meses. El caso es que ahora lo tenía delante de mí, y en ese momento supe que tenía que contárselo. Me daba igual que pensara que mi mente había largado amarras definitivamente hacia el mundo de la locura. Me importaba un bledo que no me creyera, que no me tomara en serio, que me recordara por enésima vez que llevaba demasiado tiempo jugando con mi estabilidad mental. La idea se me fijó en la cabeza mientras oía nuevamente a mi preocupado amigo. -¡Reacciona, joder, que me estás asustando!. Lancé un hondo suspiro, moví las manos para tranquilizarlo y me sorprendí a mi mismo abriendo la boca y articulando un discurso pausado, tranquilo y suave, en el que se mezclaban el anhelo de que Rafa me creyera y la tranquilidad que me producía sacar a pasear durante unos instantes al engendro que me martirizaba. Sólo cuando miraba la entrada de “La Caverna” un estremecimiento me volvía a recorrer la espalda. Vomité mi historia ante la única persona de las que me conocían que podría creerme, cientos de nubecillas de vaho saliendo de mi boca en aquella noche surcada por un frío cortante y estremecedor&#8230; “Rafa, te voy a contar algo que me está corroyendo el alma desde hace unos meses, y esta vez no tiene nada que ver con las mujeres ni con la bebida –con esta última afirmación capté definitivamente el interés de Rafa, al que suponía pacientemente predispuesto a otra sesión de confesiones sentimentales a cargo de su desequilibrado amigo-.Estos últimos meses he estado más ilocalizable que de costumbre. Cuando rompí con Paula me quedé bastante hecho polvo, no quise saber nada de nadie que me recordara esa historia, ni siquiera de ti –mi amigo se encogió de hombros, haciéndose cargo de la situación, como siempre- Encontré trabajo en una librería del centro de la ciudad, algo sin complicaciones, simplemente para pagar el alquiler y las dosis de euforia pasajera a cargo de esa simpática agrupación duques, condes y marqueses con denominación de origen que tan gratos me son. Como puedes suponer, por mi brillantísimo currículo académico y mis numerosos doctorados –Rafa sonrió ante mi ironía- fui a parar de cabeza al almacén de la tienda como principal y único responsable del Departamento de Movimiento Masivo de Enormes Cajas de Libros, que tenía a su cargo varios departamentos más, todos relacionados con tareas eminentemente físicas, y que también me tenían a mí como único responsable. El almacén estaba situado dos pisos por debajo del nivel de la calle y era enorme, una gran nave de la cual partían dos anchos pasillos que daban acceso a los vestuarios y la sala de máquinas, por un lado, y a los despachos y oficinas por el otro. Yo trabajaba en la nave grande, rodeado por cientos y cientos de libros, que si bien al principio habían llamado poderosamente mi atención –ya sabes lo mucho que me gusta leer- había acabado por ignorar, o intentar ignorar, ya que rara era la semana que no compraba dos o tres, y mi exiguo sueldo se resentía considerablemente. Mi horario comenzaba a las dos de la tarde y finalizaba a las diez de la noche, cuando se cerraba la tienda, un horario que me permitía entregarme a mis pequeñas dosis de autodestrucción nocturna y recuperarme razonablemente por las mañanas para llegar de nuevo al trabajo en un estado más o menos presentable. El personal de oficinas se iba a las siete de la tarde, y durante esas tres horas yo era la única persona que trabajaba en aquella inmensa nave, trajinando con cajas y libros, y sintiendo siempre el continuo zumbido del aire acondicionado en mis oídos. Sólo de tarde en tarde bajaba algún empleado de la tienda a buscar algún libro, o simplemente a charlar un rato conmigo, más por escapar de la pesadez de los clientes que por la enjundia de mi conversación, pero la mayor parte del tiempo trabajaba solo, un trabajo monótono que normalmente me permitía aislarme de lo que sucedía tras la puerta de acero del almacén, trabajando de una forma mecánica y monocorde, fumando y, en ocasiones, bebiendo el cava barato que se servía en las presentaciones de los libros y que algún inconsciente había dejado bajo mi responsabilidad, aunque el sabor de aquel brebaje tampoco me predisponía a grandes alegrías etílicas. El caso es que en aquella tienda había encontrado cierto orden frágil e inestable dentro de la caótica vorágine en que se había convertido mi existencia. Como ya te he dicho, de tanto en tanto bajaba al almacén algún empleado de la tienda, por motivos no siempre relacionados con el trabajo. De entre todos, a quien más solía ver por mis dominios subterráneos era a J., cuyas amplísimas y no muy bien delimitadas funciones en la tienda le permitían moverse por la misma a sus anchas sin tener que dar demasiadas explicaciones de sus movimientos.. Entre los dos había nacido casi instantáneamente una fuerte corriente de simpatía, y era una de las pocas personas que lograba arrancarme una sonrisa incluso en mis peores días. Aquel tipo había nacido prácticamente en la tienda, y conocía al dedillo todos sus recovecos. Supe de la existencia del túnel un día que, entre los dos, movimos unas enormes pilas de cajas amontonadas en un cuartito situado en una esquina del almacén, justamente en la parte opuesta a las oficinas y a la salida hacia la tienda. El caso es que, al mover las cajas, donde yo esperaba ver la pared del cuartito apareció un tramo de escaleras que descendía un par de metros hacia un pequeño rellano, a la derecha del cual se abría la entrada a un túnel excavado en la tierra cuyo final yo no acertaba a distinguir. De la entrada del túnel surgía un desagradable olor a fango corrompido, a aire viciado, a lobreguez. J. me miró, sin duda divertido ante mi sorpresa y perplejidad, soltándome a bocajarro un detallado y farragoso muestrario de todas las explicaciones humorísticas que había imaginado para justificar la construcción de aquel extraño túnel, antes de concluir que no tenía ni idea de las causas que habían motivado su excavación. Sólo acertó a explicarme que el túnel corría paralelo a la pared del fondo del almacén, bajo la calle, acabando en otras escaleras similares a las que habíamos dejado al descubierto y que finalizaban en una pequeña puerta también cegada por cajas de libros y paquetes de bolsas de plástico. Según él, a unos diez metros se abría hacia la izquierda otro pequeño túnel, perpendicular al primero y de unos dos metros de longitud, sin salida, como si su excavación se hubiese interrumpido abruptamente. Siempre había sentido cierta aprensión hacia las cuevas, por pequeñas que fuesen, naturales o artificiales, pero en aquella ocasión pudo más mi curiosidad, y di un par de pasos dentro de la oquedad, cubierta por una espesa capa de telarañas.El olor a limo pútrido era allí más intenso. El pasadizo era estrecho, un túnel artificial sin ningún tipo de instalación eléctrica, ni cable, ni respiradero, nada que justificase las molestias de perforarlo. Sólo una larga, húmeda, sucia y estrecha cueva artificial que contrastaba poderosamente con el enorme y aséptico almacén del cual sólo la separaba una pared. Me sobrecogió la sensación de extrema soledad y desamparo que experimenté en el umbral de aquel túnel, y recuerdo que pensé que podría enloquecer si alguien me encerrara allí dentro, aunque sólo fuese durante unos minutos. Giré la cabeza y observé a J., mi compañero, que observaba la entrada con la misma expresión de indefinible temor que estaba seguro se reflejaba en mi rostro. Antes de girarnos los dos hacia los escalones y volver en silencio hacia el almacén, me fijé en un detalle que, en aquel momento, sólo catalogué como un dato curioso, un detalle que ahora me llena de pavor y horror. Las paredes de la cueva, por lo menos hasta donde yo alcanzaba a verlas, estaban ennegrecidas, como si alguien hubiera encendido un gran fuego dentro del túnel, cosa que en aquel momento me pareció tan sin sentido como la construcción del mismo. Yo hubiera vuelto a cegar la entrada a la cueva inmediatamente con decenas, cientos de cajas y bolsas, y estoy completamente seguro de que J. hubiera secundado con entusiasmo mi idea, pero nuestro jefe quería inventariar las bolsas y tuvimos que dejar libre acceso al pútrido túnel. Sería cosa de un par de días, y me resigné, añadiendo el malestar y la desazón que aquella situación me producía a tantas otras sensaciones negativas que por aquel entonces campaban a sus anchas por mi mente. Todo ocurrió el día siguiente. Yo siempre había pensado que ese tipo de cosas necesitan su tiempo, generar una serie de indicios, provocar una situación de desazón paulatina en la víctima, hacerle dudar de sus sentidos hasta conducirlo hacia una traca final de horror y espanto. Pero estaba equivocado. Eso sucedió de repente, sin previo aviso. Y yo no era ninguna víctima. Simplemente, estaba una vez más en el lugar y momento equivocados. Ese día amaneció lluvioso, no con la lluvia fuerte, espesa y fresca que limpia y deja olor a tierra mojada incluso en el negro y sucio corazón de una gran ciudad. Unas negruzcas nubes destilaban una fina y caliente llovizna que dejaba una película oleaginosa y resbaladiza en las aceras de la ciudad y una pátina de mal humor en las almas de los viandantes. Entré en el almacén a las dos de la tarde, chafado por el terrible bochorno de un mes de julio y con la ropa pegada al cuerpo como una caliente funda de tela. El aire acondicionado no funcionaba, y la ausencia de su zumbido contribuía a hacer del almacén un sitio ominoso y tétrico, como una gigantesca tumba cuyo silencio absoluto sólo era roto por el ruido del agua al circular por las cañerías del techo. Veía en la esquina del almacén la puerta del cuartito, y un escalofrío recorría mi espalda al imaginar los cuatro peldaños que descendían hacia la boca del túnel, con sus paredes renegridas y calcinadas. Comencé a trabajar compulsivamente, pensando que el trajín me distraería de mis temores, pero no podía dejar de pensar en la negra herida que corría tras la pared del almacén, solamente a un par de metros de donde yo tenía mi mesa. La mitad del personal de la tienda estaba de vacaciones, y los que quedaban estaban demasiado atareados o demasiado agotados como para bajar a charlar conmigo. Incluso J. tenía fiesta aquel día, por lo cual tenía el almacén para mí solo, precisamente el día que menos deseaba la soledad.A eso de las nueve de la noche subí las dos plantas de la tienda para tirar unos cartones en el contenedor de la calle. La pegajosa llovizna de la tarde había derivado en una furiosa tormenta. Un cielo negro y encapotado vomitaba furiosamente espesas cortinas de agua, y a cortos intervalos de tiempo trallazos de electricidad preludiaban el estampido colérico de unos truenos potentes como no recordaba hace tiempo. Recuerdo que pensé que aquella tormenta era lo más parecido a un bombardeo nocturno sobre la ciudad, y estuve haciendo cábalas durante unos instantes sobre el sitio donde me escondería si de repente comenzaran a caer bombas cerca. Ahora, aquellos pensamientos me parecen extrañamente premonitorios. Bajé al almacén a eso de las nueve y cuarto de la noche, cruzando una tienda semivacía, sólo ocupada por dos o tres empleados contratados para suplir al personal de vacaciones. Desde mi puesto de trabajo me llegaba el sonido de los estampidos de los truenos, amortiguados por los dos pisos que había por encima del almacén. Más o menos a las nueve y media, cuando sólo me quedaba media hora para largarme, comenzó el apagón. Una oscuridad total se adueñó del almacén. Solamente brillaba muy débilmente una luz de emergencia situada sobre la entrada al cuartito de la cueva, con una fosforescencia lechosa que la dotaba de una atmósfera lóbrega e irreal, que sólo permitía distinguir muy vagamente los contornos de las cajas que estaban a su alrededor. Por aquellas fechas, estaba intentando dejar de fumar, por el científico método de esconder mechero y cigarrillos en lugares extraños, con la intención de no encontrarlos cuando las ganas de fumar se hicieran muy intensas. Normalmente siempre los encontraba, era para lo único que tenía algo de memoria, por lo que seguía fumando como siempre. Pero en aquella ocasión no hubo manera. Busqué en mis cubetas como un loco, intentando localizar mi mechero para acceder a la puerta del almacén sin tropezar ni golpearme con nada, los nervios a flor de piel, intentando no mirar hacia la espectral entrada del cuarto, preso de un progresivo pánico que se enseñoreaba de los territorios de mi mente donde se suponía tenía que reinar la lógica y la serenidad. Fue mientras buscaba frenéticamente el mechero cuando aquel horrible olor inundó el almacén, dejándome clavado en el sitio. Olía a quemado, pero en ningún momento pensé en un cortocircuito o en un incendio. Ojalá hubiera sido eso. El olor que me hacía temblar y respirar rápida y entrecortadamente era olor a carne quemada. Sólo podía pensar en gente ardiendo, incendios en discotecas, los cuerpos calcinados y horriblemente retorcidos de los cadáveres de aquel camping arrasado por una gigantesca nube de gas abrasador, herejes en la hoguera gritando enloquecidos de dolor, madres con sus hijos saltando envueltos en llamas desde pisos ardiendo. Un humo espeso, ocre, químico, invadió el almacén, y de pronto una extraña y vívida luz comenzó a salir del cuartito del túnel. Era una luz cambiante, como proyectada por una inmensa hoguera que alguien hubiera encendido dentro del túnel, una luz que se deslizaba entre el humo creando una niebla fosforescente y espectral, que difuminaba los objetos, permitiendo apenas entrever sus formas. Fue entonces cuando las cosas comenzaron a salir del cuarto, apenas entrevistas entre la espesa humareda, pequeñas, negras, horribles parodias de diminuto cuerpo humano de miembros retorcidos y humeantes. Ni siquiera noté el caliente flujo de orina deslizarse por mis piernas. No podía apartar la vista de aquellas horribles cosas que avanzaban hacia mí, apartando penosamente las cajas con aquellos sarmentosos dedos calcinados. En lo que era, o había sido la cabeza brillaban dos ascuas incandescentes inyectadas en sangre, y una horrible abertura sanguinolenta dejaba escapar gemidos semejantes a los de un agonizante presa de espantosos dolores. Conseguí retroceder un par de metros antes de volver a quedar paralizado de terror. Aquellas cosas estaban frente a mí. Noté docenas de puntos rojos fijados en mí, los enloquecedores gemidos de aquellas criaturas llenaban el almacén de una sinfonía de dolor y locura. Pensé que iban a atacarme, a despedazarme, a arrastrarme con ellos a la cueva, a algún pozo que comunicaba directamente con el infierno, pero entonces comenzaron a cogerse de la mano, entrelazando penosamente aquellos dedos deformados y retorcidos, alineándose, formando en pocos segundos tres o cuatro organizadas filas, como una horripilante remedo de una compañía militar preparada para pasar revista o para desfilar, o como&#8230;¡¡Dios, de pronto lo comprendí!!. Grité y grité frente a aquellas desdichadas criaturas, enloquecido por la verdad que se abría paso en mi mente, y los gritos me dieron la fuerza suficiente para salir corriendo de aquel maldito lugar, golpeándome contra cajas, columnas, qué se yo. Abrí como pude la puerta del almacén y avancé entre el viscoso humo que llenaba la tienda. Avanzaba por la tienda desierta y los libros y las estanterías comenzaban a arder a mi paso, pero sabía que no ni aquel humo me asfixiaría ni aquellas llamas me quemarían. Sería algo más sutil lo que me ahogaría y quemaría hasta el fin de mis días. Por fin, la mano enguantada de un bombero me sujetó por el hombro y me arrastró hacia la calle, donde mis asustados compañeros observaban el súbito, inexplicable y voraz incendio que estaba arrasando la tienda hasta los cimientos. En esas circunstancias, mi estado de nervios pasó completamente desapercibido. Creo que fui el único que vio, mientras me arrastraban hacia la ambulancia, a aquel grupo de cosas negras intentar avanzar entre las llamas hacia la salida, desorientados en un sitio que ya no les era familiar”. Apenas había podido musitar las últimas palabras, sobrecogido por sollozos entrecortados. Rafa me miró, callado, observando los regueros de lágrimas que se deslizaban por mi cara, hasta que conseguí calmarme. &#8211; Eso es todo. Como te he dicho antes, finge que me crees, aunque pienses que estoy loco. Ayúdame a soportar este espanto. &#8211; Te creo, amigo – si era una actuación, era bastante buena-, por lo menos creo la mayor parte de lo que me dices. Pero hay una cosa&#8230;. &#8211; Sí, ya sé a qué te refieres. Pensé que no me lo preguntarías, de hecho me hubiera gustado que no lo hicieras, pero veo que tu curiosidad es más grande que tu horror. A mí me pasó lo mismo. Aunque ya sospechaba el porqué del extraño comportamiento de aquellas criaturas, quise saber más. He estado investigando un poco por mi cuenta, buscando la confirmación a mis sospechas. Ojalá no lo hubiera hecho. Ese edificio no ha sido siempre una librería, ni siquiera una tienda. Hace unos cincuenta años también había libros, sí, pero eran los que estudiaban los niños de la escuela Mossén Jacint Verdaguer –el rostro de mi amigo palideció intensamente, intuyendo la terrible verdad-. He visto la foto en viejos periódicos de la época, durante la Guerra Civil española, y he hablado con un par de maestros que, para su desgracia, han sobrevivido a aquel espantoso acontecimiento. Fue un hecho acallado, como tantos otros, por las fuerzas de ocupación nacionales. La mayor parte de los niños que asistían al colegio Jacint Verdaguer eran hijos de dirigentes republicanos. Cuando las tropas nacionales entraron en Barcelona, unos cuarenta niños permanecían en el colegio; sus padres, que no habían podido huir a tiempo, temían represalias por parte de los vencedores, y querían mantener a sus hijos alejados de ellos durante un tiempo. Fue un inmenso error. Un cuerpo de requetés borrachos de aguardiente y victoria entró en el colegio y lo arrasaron a sangre y fuego. Machacaron a golpes a los profesores y los obligaron a bajar al sótano, justo donde se encontraba el almacén de la tienda. Uno de ellos llevaba un lanzallamas –en los ojos de mi amigo se reflejaba un espanto sin límites- . Los profesores les suplicaron que dejaran marchar a los niños, arracimados muertos de miedo en un refugio antiaéreo excavado a toda prisa durante el último mes, pero ellos iban demasiado borrachos, eran demasiado fanáticos, y se burlaron de ellos, escupiendo proclamas fascistas y gritando que iban a acabar con toda la prole roja sobre la faz de la tierra. El soldado del lanzallamas estuvo media hora vomitando fuego dentro de aquel túnel. El maestro que me lo explicó lloraba al contármelo. Me dijo que los gritos de aquellos niños no le habían permitido una noche de paz en cincuenta años, y el pobre hombre no sabía que estaba describiendo también mi futuro. Ya sabes qué eran esas cosas calcinadas que salieron de su refugio y se alinearon frente a mí en el almacén, en filas, como hacían siempre, creyendo que por fin un profesor había venido a sacarlos de allí. Para Toni y Esther. Nunca es tarde para encontrar dos buenos amigos. Cornellá de Llobregat, 21 de Julio de 2000</p>
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		<title>El ceremonial</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jun 2011 00:16:51 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3489" title="miedo" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/06/miedo1.jpg" alt="" width="442" height="331" /></p>
<p>Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exhibeant. Lactancio<br />
Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que tantas veces he soñado durante mi vida.</p>
<p>Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de los indolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.<span id="more-2787"></span></p>
<p>Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario.</p>
<p>Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos. Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huello alguna del tráfico, estaba solitario. Únicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.</p>
<p>Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre bullicio de los pueblos al anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservaría tal vez costumbres navideñas, extrañas para mi, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas, bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.</p>
<p>Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por Green Lane única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve. Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me parecía muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.</p>
<p>Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido de yerba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.</p>
<p>Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando, en respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida.</p>
<p>Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobrara vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado parecido al de la cera. Por último llegué a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial.</p>
<p>Me señalo una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonolatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olaus Wormius. Era éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar. Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el Necronomicon, no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya. Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento. Luego, ambos se dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo, después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una seña y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil o&#8230; o su máscara.</p>
<p>Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sirio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y fantásticas.</p>
<p>Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz. Las columnas espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal.</p>
<p>Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza media pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un espeluznante espectáculo sin sombras.</p>
<p>Más allá del cementerio, donde ya no había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo. Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.</p>
<p>La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera abominable -húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo, observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duro una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaña, y quizá estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos.</p>
<p>Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ilimitado de un mundo interior: una inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial.</p>
<p>Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. Brotaba como un surtidor volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción.</p>
<p>El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores. Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.</p>
<p>En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías pánicos donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas.</p>
<p>La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí pacientemente, Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.</p>
<p>Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.</p>
<p>Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza. Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes ocultaban.</p>
<p>En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en que esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una especie de &#8220;psicosis&#8221; y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema.</p>
<p>De esta suerte llegué a leer el espantoso capítulo aquel, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar; pero mis sueños son aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito:</p>
<p>&#8220;Las cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son extraños y terribles. Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigarla, y se hacen monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.&#8221;</p>
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		<title>Las legiones de la tumba</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Jun 2011 07:28:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Las legiones de la tumba Cuando desapareció el doctor Herbert West, hace un año, la policía de Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba cosas, o algo peor; pero no podía decirles la verdad porque no me habrían creído. Sabían, efectivamente, que West había estado complicado en actividades que iban más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3486 alignleft" title="Tumbas" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/06/Tumbas.jpg" alt="" width="370" height="270" />Las legiones de la tumba</p>
<p>Cuando desapareció el doctor Herbert West, hace un año, la policía de Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba cosas, o algo peor; pero no podía decirles la verdad porque no me habrían creído. Sabían, efectivamente, que West había estado complicado en actividades que iban más allá de la capacidad de crédito de los hombres ordinarios; pues sus espantosos experimentos sobre la reanimación de cadáveres habían sido demasiado numerosas para poder mantener un perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante catástrofe final adquirió caracteres de demoníaca fantasía que me hacen dudar incluso de la realidad de lo que vi.</p>
<p>Yo era el amigo más allegado de West, y su único ayudante confidencial. Nos habíamos conocido años antes en la Facultad de Medicina, y desde el principio había participado yo en sus terribles investigaciones. Había intentado perfeccionar lentamente una solución que, inyectaba en las venas de un recién fallecido, podía devolverle la vida.. Este trabajo requería abundancia de cadáveres frescos, y comportaba, consiguientemente, las actividades más espantosas. Más horribles aun eran los resultados de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne que había estado muertas, pero que West despertaba, dotándola de una ciega, insensata y nauseabunda animación. Estos eran los resultados usuales; ya que para que volviera a despertar la mente era necesario que los ejemplares fuesen absolutamente frescos, y que las delicadas células cerebrales no hubiesen sufrido la más mínima descomposición.<span id="more-2764"></span></p>
<p>Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de West. Eran difíciles de conseguir; y un día espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar cuando aun estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso alcaloide lo convirtieron en cadáver fresquísimo, y el experimento fue positivo durante un instante breve y memorable; pero West salió de él con un alma seca y endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de calculadora y horrenda apreciación de los hombres de cerebro especialmente sensible y un físico vigoroso. Hacia el final, cobré a West un intenso terror, ya que empezaba a mirarme de esa misma manera. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas, aunque me notaba asustado; y tras su desaparición, se valieron de eso para propalar unas sospechas absurdas.</p>
<p>En realidad West tenia más miedo que yo; sus abominables trabajos le hacían llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien le daba miedo; pero a veces su nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba relacionado con abominaciones indescriptibles a las que había inyectado una vida morbosa, y en las que no había visto extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus experimentos con el revólver; pero a veces no era bastante rápido. Es lo que ocurrió con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron más tarde huellas de arañazos. Y lo que sucedió también con el cadáver de aquel profesor de Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser capturado y encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton donde estuvo seis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los demás resultados que posiblemente subsistían eran productos de lo que resulta más difícil hablar, dado que en los últimos años, el celo científico de West había degenerado en una manía insana y fantástica, y había consagrado su prodigiosa habilidad a vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres, o partes unidas a una materia orgánica no humana. En la época en que desapareció. Se había convertido en algo diabólicamente repugnante; muchos de los experimentos no podrían ser referidos en la letra impresa. La Gran Guerra, en la que servimos los dos como cirujanos, había intensificado este aspecto de West.</p>
<p>Al decir que el miedo de West a sus ejemplares era brumoso pensaba sobre todo en el carácter complejo de ese sentimiento. En parte se debía sólo al hecho de saber que aún seguían existiendo esos monstruos abominables, y en parte a su miedo al daño corporal que podían infringirle en determinadas circunstancias. La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la situación: West sólo conocía el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del Manicomio. Pero, además, había un miedo más sutil: una sensación verdaderamente fantástica, consecuencia de un extraño experimento que llevó a cabo en el ejército canadiense, en 1915. En medio de una enconada batalla, West había reanimado al comandante Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., colega nuestro que estaba al tanto de sus experimentos, y el cual podía haberlos duplicado. Le había seccionado la cabeza a fin de poder estudiar las posibilidades de vida cuasi-inteligente del tronco. El experimento dio resultado en el mismo instante en que el edificio era barrido por una granada alemana. El tronco se movió de forma inteligente; y, por increíble que parezca, tuvimos la seguridad de que brotaron sonidos articulados de la cabeza seccionada que estaba en el fondo oscuro del laboratorio. En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jamás estuvo seguro, como habría sido su deseo, de que fuéramos el y yo los únicos supervivientes. Después, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que sería capaz de hacer un médico decapitado con capacidad para reanimar a los muertos.</p>
<p>La ultima residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que dominaba uno de los más antiguos cementerios de Boston. Había escogido el lugar por razones puramente simbólicas y fantásticas, ya que la mayoría de los enterramientos databan del periodo colonial, y por tanto era muy poca utilidad para un científico que necesitaba cadáveres frescos. Había instalado el laboratorio en un subsótano secretamente construido por obreros traídos de otra región, y en él tenía un gran incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres, fragmentos y remedos sintéticos de cuerpos que quedaban de los morbosos experimentos e impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este sótano, los obreros habían dado con cierta albañilería extraordinariamente antigua; sin duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para que desembocara en ningún sepulcro conocido. Después de muchos cálculos, West concluyó que debía de haber alguna cámara secreta bajo la tumba de los Averill, en la que el último enterramiento se había efectuado en 1768. Yo estaba con él cuando estudió las paredes goteantes y nitrosas que habían dejado al descubierto las palas y los picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofrío que nos aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero por primera vez, la nueva timidez de West se impuso a su natural curiosidad, y traiciono su degenerada fibra imponiéndole que dejase intacta la albañilería y la tapase con yeso. Y así permaneció, hasta la noche infernal, como parte de las paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo añadir que era puramente mental e intangible. Exteriormente, fue el mismo hasta el final: tranquilo, frío, delgado, con el pelo amarillo, ojos azules y con gafas, y un aspecto general de joven que los años y los terrores no llegaron a cambiar. Parecía sereno incluso cuando pensaba en aquella sepultura arañada y miraba por encima del hombro, o cuando pensaba en aquel ser carnívoro que mordía y manoteaba los barrotes de Sefton.</p>
<p>El final de Herbert West comenzó una tarde, en nuestro despacho común, cuando alternaba su extraña mirada entre el periódico y yo. Un curioso titular había atraído su atención desde las arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció atraparle desde dieciséis años atrás. En el manicomio de Sefton, a cincuenta millas de distancia había sucedido algo espantoso e increíble que había dejado estupefactos al vecindario y perpleja a la policía. A primeras horas de la madrugada; un grupo de hombres silenciosos había penetrado en el parque de la institución y su jefe había despertado a los celadores. Era una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios; cuya voz parecía conectada casi ventrilocuamente a un gran estuche negro que, transportaba. Su inexpresivo rostro tenía las facciones bien parecidas, hasta a punto de dar la impresión de una belleza radiante, aunque el director se había llevado un sobresalto cuando la luz del vestíbulo cayó sobre él, ya que era un rostro de cera, y los ojos de cristal pintado. Debió de sucederle algún accidente atroz a este hombre. Otro, más alto, guiaba sus pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulenca aparecía medio devorada por alguna enfermedad desconocida. El que hablaba pidió que le cediesen la custodia del monstruo caníbal traído de Arkham hacia dieciséis años; y al serle negada, dio una señal que provocó un espantoso alboroto. Los demonios aquellos golpearon, patearon y mordieron a todos los celadores que no lograron huir; mataron a cuatro, y finalmente consiguieron liberar al monstruo. Estas víctimas, que podían recordar el suceso sin histerismos, juraban que las criaturas se habían comportado menos como hombres que como puros autómatas guiados por el jefe de cabeza de cera. Cuando les llegó ayuda, aquellos hombres y la criatura caníbal habían desaparecido sin dejar rastro.</p>
<p>Desde el momento en que leyó el artículo, hasta la medianoche, West permaneció casi paralizado. A las doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó terriblemente. Todos los criados se encontraban durmiendo en el ático, de modo que fui yo a abrir. Como he contado a la policía, no había ningún vehículo en la calle; sólo vi un grupo de figuras de aspecto extraño, con un gran estuche cuadrado que depositaron en la entrada, después de gruñir uno de ellos con voz asombrosamente inhumana: &#8220;Correo urgente; pagado&#8221;. Salieron de la casa con paso desigual, y al verles alejarse, tuve el extraño convencimiento de que se dirigían al antiguo cementerio con el que lindaba la parte de atrás de la casa. Al oírme cerrar la puerta de golpe, bajó West y miró la caja. Tenía unos dos pies cuadrados, y llevaba el nombre correcto de West, con su actual dirección. También traía remitente: &#8220;Eric Moreland Clapman-Lee, St. Clare. Eloi, Flandes&#8221;. Seis años antes, en Flandes, el hospital se había derrumbado, a causa de una granada, sobre el tronco decapitado y reanimado del doctor Clapman-Lee, y sobre su cabeza separada, la cual quizá había llegado a proferir sonidos articulados. Ahora West ni siquiera se emocionó. Su estado era más espantoso. Dijo rápidamente: &#8220;Es el fin&#8230; pero incineremos&#8230; esto&#8221;. Transportamos la caja al laboratorio, con el oído atento. No recuerdo muchos de los detalles ya pueden imaginar mi estado psíquico, pero es una mentira maliciosa decir que fue el cuerpo de Hebert West lo que metí en el incinerador. Entre los dos, introdujimos la caja sin abrir, cerramos la puerta, y conectamos la corriente. Y no brotó sonido alguno la caja.</p>
<p>Fue West quien observó primero que se caía el yeso de una parte de la pared, donde había sido cubierta la antigua albañilería de la tumba. Iba yo a echar a correr, pero él me retuvo. Entonces vi una pequeña abertura negra, sentí una bocanada de viento frío y hediondo, y percibí el olor de las entrañas abominables de una tierra putrescente. No oímos ningún ruido; pero en ese preciso instante se apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la locura&#8230; o de algo peor. Sus siluetas eran humanas, semihumanas; se trataba de una horda grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al laboratorio en fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera. Una especie de monstruosidad con ojos desorbitados que marchaba detrás del jefe agarró a Herbert West. West no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron ante mis ojos, llevándose sus trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de cera, que iba vestido con uniforme de oficial canadiense, se llevó la cabeza de West. Al desaparecer, vi que sus ojos azules; detrás de las gafas, centelleaban espantosamente, revelando por primera vez una frenética y visible emoción.</p>
<p>Los criados me encontraron inconsciente por la mañana. West había desaparecido. El incinerador contenía sólo ceniza inidentificable. Los detectives me han interrogado; pero, ¿qué puedo decir?. No relacionarán a West, con la tragedia de Sefton; ni con eso, ni con los hombres de la caja, cuya existencia niegan. Les he hablado de la cripta; pero ellos me han, enseñado el yeso intacto de la pared, y se han reído. Así que no les he contado nada más. Quieren dar a entender que estoy loco, o que soy un asesino&#8230; probablemente es que estoy loco. Pero podría no ser así, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas.</p>
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