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	<title>El Miedo tambien mata, Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas &#187; relatos fantasticos</title>
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		<title>Museo de Cera</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 12:42:57 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-560" title="LinternaMagica3" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/02/LinternaMagica3.jpg" alt="" width="425" height="398" /><br />
Cada noche desde hacia tres meses recorría sus pasillos con su vieja linterna. Con la penumbra, aquellas figuras parecían incluso cobrar vida. Eran tan reales, estaban tan bien hechas. Afortunadamente, a el no le impresionaban. Recordaba en cambio las historias que le contaba los últimos días el guarda anterior, al que le aterraba pasar las noches sólo en aquel increíble lugar. Cada vez que realizaba la ronda una extraña sensación de compañía le aguardaba en cada esquina, sobre todo cuando debía atravesar el área de asesinos, monstruos y tortura. ¿En que cabeza cabía recrear aquellas escenas tan macabras?, solía decir. Sin embargo, era por mucho el área más vista de todo el museo. Era como si el ser humano disfrutase viendo el terror y el dolor ajeno. A veces, Roberto le contaba historias fantasiosas sobre figuras que aparecían de un día para otro, o sobre extrañas desapariciones. Pero, teniendo en cuenta su edad y lo mucho que bebía, no era de extrañar. Roberto era uno de los pocos vigilantes que había pasado allí algo más de dos años y en los últimos meses se negó a trabajar a solas. Al final Hendrix, el jefe, le tuvo que despedir. Lo cierto, es que el personal del museo tenía una de las rotaciones mayores que el hubiese visto en toda su carrera de guarda. Pero, dado el tipo de trabajo, tampoco era de extrañar. El trabajo en el museo era bastante monótono e iba claramente a menos y los sueldos también.<br />
<span id="more-559"></span><br />
Aquella noche, como otras tantas, Frank tomó una lata de coca cola y dio un trago antes de empezar su ronda. Mientras recorría los pasillos empezó a pensar en la rapidez con que se creaban nuevas figuras. Antes, cuando había un grupo de artesanos locales encargados de la creación y reparación de las figuras, no era tan sorprendente pero, desde que limitaron los fondos destinados al museo, era el propio Hendrix quien llevaba a cabo aquellas tareas.¿ De dónde sacaba el tiempo para todo aquello? Hendrix, el responsable del museo, había pasado toda su vida con aquellas figuras. A falta de familia había hecho de aquel museo su casa. Pasaba allí horas y horas, admirando a sus amigas las estatuas, sus obras de arte. De hecho, todas tenían un nombre cariñoso que el les había puesto. Tan sólo había una parte del museo que estaba totalmente vetada al personal y era la zona donde se montaban las nuevas figuras. No era de extrañar que les prohibiesen el paso ya que, cualquier pequeño contratiempo, podía enviar al traste la obra de varias semanas. La cera, hasta que no estaba completamente terminada, era un material excesivamente maleable y delicado como para dejar que cualquiera pasase cerca de ella.</p>
<p>Debía ser cerca de media noche cuando Frank, al pasar por la zona ambientada en el SXVIII, se fijó en aquella estatua. No recodaba haberla visto antes. Quizás, la habían colocado aquella misma mañana antes de que el entrase de guardia. Se acercó por detrás con sumo cuidado. Era una mujer de estatura media y ataviada con ricos ropajes y peluca blanca, típica de la época. Al verla de frente, por un segundo, creyó reconocer aquel rostro aunque, medio oculto tras aquel hermoso antifaz, dejaba gran parte de sus rasgos a la imaginación. Aquella mujer le recordaba a alguien, aunque no conseguía saber a quien. Tampoco era de extrañar que entre tantas caras de famosos y personajes célebres, alguna le resultase familiar. Seguramente que debía ser la reproducción de alguna noble que debió ser muy conocida en aquel periodo. Sin darle mayor importancia, Frank siguió con su ronda. Pasaron las horas y ya de madrugada Frank esperó con ganas que llegara María, la mujer de la limpieza y José, el encargado de día. Puntual como cada mañana, José llegó al museo con su destartalada motocicleta.</p>
<p>-¿Qué tal la noche? Preguntó como solía hacer cada día.<br />
-Bien, sin novedad en el frente, contestó Frank.<br />
-¿No ha llegado todavía María?<br />
-No. Igual llama diciendo que se encuentra mal. Ya sabes que siempre es la primera en llegar.</p>
<p>Entonces apareció por la puerta el viejo Hendrix.</p>
<p>-María no va a venir, ayer me notificó que dejaba el trabajo. Dijo Hendrix dirigiéndose a ambos.<br />
-¿Y eso? Si necesitaba la pasta más que ninguno de nosotros. Apuntó Frank.<br />
-Ya, pero por lo visto le ha salido otro trabajo mejor.<br />
-¿Así, de la noche a la mañana y sin despedirse de nadie? Dijo José sorprendido.<br />
-Bueno, menos charla y a trabajar. Dijo el viejo algo molesto por las dudas.</p>
<p>José se cambió e inició la ronda como cada mañana pero, cuando llegó a la altura de la zona dedicada al SXVIII, al igual que a Frank, una nueva figura llamó su atención. Se acercó a ella y la miró atentamente. Aquel rostro le era familiar. Sin embargo, a diferencia de Frank, José levantó el antifaz. Era ella, era sin lugar a dudas, el rostro de María.</p>
<p>-¿A que le sientan bien los ropajes de época? Pregunto el viejo Hendrix desde la parte trasera de la sala.</p>
<p>José sobresaltado miró con horror al viejo loco. Se acercó a el y agarrándole por las solapas de la chaqueta exclamó:</p>
<p>-¿Qué le ha hecho a María?<br />
-Tranquilo. Ella está bien, tan sólo utilice su cara como patrón. ¿Acaso cree que soy un asesino?</p>
<p>Nervioso José retrocedió. La verdad es que quería creer aquellas palabras bajo cualquier concepto. La remota posibilidad de que aquella estatua fuese María le removía las entrañas.</p>
<p>-Hace un par de meses le pregunté si quería ceder su cara para una de las estatuas a cambio de algo de dinero y la chica lo hizo encantada.<br />
-Lo siento. Se parece tanto que por un instante yo…<br />
-Le entiendo pero otra vez, controle sus impulsos. Dijo el viejo mientras se alejaba por el pasillo.</p>
<p>José miró nuevamente la figura y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Se parecía tanto a ella.</p>
<p>El día, pese a ser festivo pasó relativamente tranquilo. Un grupo organizado, alguna familia, alguna pareja…Sin darse cuenta le dieron la ocho, la hora de cerrar. Cuando estaba cambiándose llegó Frank. José contrariado por lo ocurrido con Hendrix le explicó la historia a su compañero.</p>
<p>-Pues vaya susto te tuviste que dar.<br />
-No lo sabes bien.<br />
-Ya decía yo que me sonaba su cara; normal.<br />
-Creo que lo de trabajar en este decrépito museo me está afectando. No sería mala idea buscar algo fuera de aquí como ha hecho María. Contestó José.<br />
-¿Así que quiere dejarnos, señor Manzano? Preguntó desde detrás de la puerta de entrada a los baños.<br />
-Bueno, yo no he dicho exactamente eso…Contestó José tratando de excusarse.</p>
<p>Pasó una semana y una mañana, cuando Frank esperaba la llegada de José, un nuevo vigilante apareció en el centro.</p>
<p>-José ha cumplido finalmente con sus deseos y ha encontrado algo mejor. Le presento a Ernesto, el nuevo guarda. Dijo Hendrix anticipándose a la pregunta de Frank.<br />
-¿Sin despedirse? Preguntó Frank dando nula credibilidad a las palabras de su jefe.<br />
-Quizás no era tan buen amigo como usted pensaba. Contestó el viejo en tono irónico.</p>
<p>A la noche siguiente, Frank dio rienda suelta a su intuición. Que María se fuese sin despedirse, cabía dentro de la probable pero que lo hiciese José, no. Lo que Hendrix no sabía era la relación que ambos tenían incluso fuera del trabajo. José jamás se hubiese ido de aquella manera. Nervioso, Frank se acercó a la estatua de aquella mujer, pero esta vez dispuesto a borrar toda duda. Le quitó con delicadeza el antifaz y observó atentamente su cara. Entonces, asomando ligeramente bajo la blanca peluca Frank creyó ver algo fuera de lo normal. Con cuidado trató de levantar ligeramente la peluca. Cuál fue su sorpresa cuando tras ella, una hermosa cabellera negra idéntica a la de María, salió a relucir. ¿Quién iba a recrear la existencia de un pelo real bajo la peluca blanca? Aquello no tenía sentido. Inquieto, se acercó a otra figura del mismo periodo y tiró fuertemente de su peluca. Tal y como imaginaba, bajo aquella peluca no había nada más que un desnuda cabeza de cera. Sobrecogido, regresó frente a María y con las uñas trató de arrancar la cera que yacía sobre su piel. Tal y como imaginaba, en cuanto hubo arrancado una fina capa, entre sus uñas Frank descubrió rastros de sangre y de piel.<br />
Alterado, Frank decidió que ya era hora de entrar en el taller de aquel viejo loco y ver que terribles secretos guardaba allí. Sin dudarlo forzó la puerta y entró en aquella sala.</p>
<p>-¡Que has hecho! Exclamó la voz del viejo Hendix desde su interior. Ahora vendrán a por ti.<br />
-¡Usted la mató!<br />
-Yo no maté a nadie. Dijo mostrándole el cuerpo de José convertido en una nueva estatua lista para decorar la sala egipcia.<br />
-¡Dios! ¿Por qué? Preguntó Frank apuntando al viejo con su revolver.<br />
-No soy yo. Son ellas, las verdaderas propietarias del museo; las figuras.<br />
-¿Cómo?<br />
-Saben que cada vez viene menos gente a verlas y que tarde o temprano acabarán por cerrar el museo. Ya no hay presupuesto para nuevas estatuas y por eso, cuando alguno de nosotros amenaza con irse…ellas sólo aprovechan. ¿Sabe usted lo cara que va la cera? Yo sólo trato de convertir el horror en arte.</p>
<p>De pronto, Frank sintió pasos tras de sí. Asustado, giró rápidamente su cabeza. Tras de sí, un auténtico ejercito de estatuas avanzaban como zombies con los brazos extendidos. Frank empezó a disparar indiscriminadamente.</p>
<p>-El plomo no sirve de nada. Ya están muertas. Dijo Hendrix sonriéndose mientras Frank chillaba con la expresión desencajada. No te resistas Frank, o todavía será peor.</p>
<p>A la mañana siguiente, el museo no abrió sus puertas. Un cartel colgado en la entrada dictaba. “Cerrado por restauración y mantenimiento de las figuras”.</p>
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		<title>Obutu</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Dec 2009 09:46:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Obutu era el ser más feliz del mundo. Vivía en la selva, con su familia, con los miembros de su tribu, en su choza de barro construida por él, su padre N´Gagui y Batunga, su mejor amigo desde la infancia, que era muy grande y fuerte y podía cargar con mucho más peso que ellos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/12/extraterrestre_noche.jpg" alt="extraterrestre_noche" title="extraterrestre_noche" width="403" height="288" class="alignnone size-full wp-image-415" /><br />
Obutu era el ser más feliz del mundo. Vivía en la selva, con su familia, con los miembros de su tribu, en su choza de barro construida por él, su padre N´Gagui y Batunga, su mejor amigo desde la infancia, que era muy grande y fuerte y podía cargar con mucho más peso que ellos dos juntos.</p>
<p>Obutu le gustaba cazar. Lo hacía siempre con lanza. Su abuelo Oguri, el más anciano y venerado del poblado, hasta que unas extrañas fiebres se lo llevaron al más allá, le enseñó el difícil arte de la cacería. A Obutu le gustaba hacerlo por la noche, tenía muy buena visión nocturna y gracias a ello podía pillar desprevenidas a algunas de sus presas.</p>
<p>Hacía ya dos estaciones que había pasado la prueba de valor. Ya era un hombre y por ello estaba preparado para recibir a una mujer y entre ambos traer descendencia a la tribu.</p>
<p>Ya tenía una mujer elegida, Otamba hija de Usuri, el brujo. Tenía buen cuerpo y buenas caderas por lo que sería una madre y esposa perfecta. Tenía pensado pedirle permiso a Usuri, para que diese su consentimiento para la unión. Para ello tenía que satisfacerle y llevarle una buena presa de caza. Cuanto más grande o exótica mejor que mejor.</p>
<p>Caminó sólo por la sabana. Toda la mañana y parte de la tarde. El sol era una bola inmensa y amarilla. Hacía mucho calor y un par de veces echó mano de la bolsa de piel de Ñu donde guardaba el agua para refrescarse. Comió larvas de gusano de uno de los troncos que encontró por su camino. Tuvo que espantar a una docena de babuinos para hacerlo. Esos monos eran un incordio y unos animales estúpidos.</p>
<p>Cuando llegó el anochecer se preparó para la caza. Se agazapó entre unos matorrales y esperó. Obutu tenía mucha paciencia. Con suerte igual hasta podía cazar a una cría de elefante o a un león herido o a una jirafa despistada. Lo que si tenía claro era que no iba a volver a casa con las manos vacías.</p>
<p>Pasaron las horas y no apareció ningún animal. Ni siquiera una miserable hiena. Nada. Ya estaba a punto de darse por vencido cuando de repente escuchó unos extraños sonidos a su espalda. Eran ruidos extraños. Indescriptibles ya que jamás los había escuchado. Obutu agudizó el oído. Entre aquel sonido, de forma muy tenue, había algo más. Consiguió escuchar sonidos de animal, tal vez una o varias gacelas. Gritaban levemente. Parecían asustadas. Si eso estaba sucediendo significaba que posiblemente hubiese leones acachando cerca. Sonrió. Al parecer definitivamente no iba a volver con las manos vacías.</p>
<p>Corrió agazapado hasta alcanzar el pie de una loma, de donde provenía el extraño ruido. Se dio cuenta que había una extraña luminosidad al otro lado como el de una poderosa fogata de varias zancadas de tamaño. Posiblemente se trataba de otra tribu. Se sintió algo incomodo y maldijo su mala suerte. No había leones que cazar por lo que ahora tendría que luchar duro contra otros semejantes si quería conseguir otra buena presa. Quizás, con suerte, el macho dominante de la manada.<br />
<span id="more-414"></span><br />
La primera cosa que vio al asomarse a la cúspide de loma fue el cuerpo de una gacela joven. Se asustó un poco. Aunque el animal lo miraba con desespero, aterrada Obutu se dio cuenta que estaba muerto. Tenía el cuello partido y bordeado de una herida sangrante.</p>
<p>Se volvió a asomar y observar un poco más. Lo que vio le dejó aterrorizado. En el centro del pequeño valle que rodeaba la loma había una especia de choza inmensa, plana que emitía una lechosa luz. Ni juntando todas las casas de su poblado conseguiría semejante envergadura. Por un momento Obutu pensó que “La Hija de la Noche” se había desprendido del firmamento y se había precipitado de forma brusca contra la tierra. Pero no era así. Miró al cielo y ella seguía aun allí mirándolo con complicidad con su extraña cara de mujer.</p>
<p>Había toda una manada de gacelas esparcidas por el suelo. De todos los tamaños. Era una manada muy grande. La más grande que había visto en su vida. Aun había algunas vivas pero estaban tan aterradas que no podían ni moverse. La mayoría yacía muerta con el cuello reventado. El olor a sangre era intenso por lo que Obutu pensó que muy pronto el lugar se llenaría de depredadores.</p>
<p>Una especie de crujido a modo de desagradable gorgoteo le hizo quitar la mirada de la masacre. A muy pocos pasos de donde se encontraba él pudo ver a un extraño animal del tamaño de una persona. Disponía de dos pares de brazos repartidos ordenadamente a ambos costados de su cuerpo. Agarraban con fuerza pero con una extraña delicadeza a una joven gacela que aun quería escapar. Las puntas de sus dedos se semejaban a las de los felinos ya asomaban una especie de garras afiladas que se asomaban o se retraían de forma voluntaria clavándose dolorosamente en la carne. Lo que más llamó la atención a Obutu eran sus piernas. Eran muy extrañas. Parecían como las de un león. Pero muchísimo más musculosas, angulosas y alargadas. Su rostro era pálido, desprovisto de pelo. Era afilado y provisto de dos grandes ojos negros que ocupaban los costados de la cabeza para proveerle de una mejor visión periférica. Sus orejas se semejaban a las de un murciélago. Tenía una boca circular, provista de dos filas de incisivos. Su hocico era igual de poderoso. Se asemejaba al de un tapir. El ser olisqueó el aire en todas direcciones mientras arrancaba y masticaba la piel del cuello de aquel indefenso animal. El joven cazador se dio cuenta que tenía mucha suerte ya que el viento jugaba a su favor soplando frente a él y alejando su olor del alcance del extraño.</p>
<p>Obutu descubrió que aquel extraño ser no estaba solo. Pudo ver a muchos otros muchos repartidos a lo largo y ancho de donde alcanzaba su visión. La mayoría estaban agazapados sobre sus presas o tratando de cazarlas dando impresionantes zancadas. Algunos emitían sonidos simiescos, guturales como de ansiosa satisfacción; otros simplemente se limitaban a comer en silencio. Vio también a un grupo de ellos salir y entraban nerviosamente de su extraño campamento. No sabía qué clase de animales se trataban pero eran muy rápidos y muy voraces. Por un momento recordó las historias que su abuelo le contaba a la luz de la hoguera sobre los extraños demonios que poblaban la sabana. Seres que venían o bien del interior del suelo o incluso de lo más alto del cielo y cuyo fin era romper la armonía y a dedicarse a propagar la maldad por el mundo.</p>
<p>De forma súbita se escucharon unos rugidos en la lejanía. Los seres dejaron de comer al unísono y enfocaron sus hocicos al aire. Obutu reconoció muy bien aquellos sonidos. Eran producidos por los leones. Se estaban acercando de frente y posiblemente en el grupo habían más ejemplares que dedos tenía él en sus manos y en sus pies. También escuchó el sonido de varias hienas. Los oís reírse en la lejanía, mucho más atrás que los leones. Las apestosas hienas siempre iban detrás de los leones. Unos cazaban y se daban el banquete y otras esperaban y se quedaban con las sobras. Así funcionaban las leyes de la selva.</p>
<p>Nada más escuchar los rugidos el ser más cercano a él soltó la presa que golpeó el suelo con un sonido seco y quebradizo. El extraño emitió un chillido muy intenso, terrorífico que hizo que Obutu se cubriese los oídos y se mease sobre su taparrabos. El terror le inundó de repente y le entraron ganas de retirarse. Ahora se encontraba en una situación complicada y su suerte podía cambiar en cualquier momento, sobre todo con la llegada de los otros depredadores.</p>
<p>O tal vez no&#8230;</p>
<p>Rápidamente consiguió alejar el miedo de él y recordó cual era su principal objetivo. No estaría bien regresar al poblado con las manos vacías. Otamba no se lo perdonaría y dejaría de interesarse por él. Se convertiría en la deshonra de la familia y acabarían apartado del resto de la tribu. Por otro lado pensó que igual, con suerte y paciencia, podría llevarle a Usuri una cabeza de león, o quizás algo mejor… Sí, ¿qué sucedería se le traía como trofeo el cuerpo de uno de esos demonios? La idea le entusiasmó y le llenó de excitación.</p>
<p>Pero tendría que actuar rápido y sin llamar la atención del resto de componentes de la manada. Que el demonio estuviese más alejado del resto era una ventaja para él, la desventaja era que desconocía como podía reaccionar ante el ataque. No conocía cuáles eran sus puntos débiles.</p>
<p>La idea de cazarlo estuvo a punto de irse al traste cuando observó como casi todos los demonios se deshacían de sus presas y se introducían raudos como guepardos en el interior de la gran tienda luminosa. Si aquel que tenía cerca conseguía esconderse allí, junto a los suyos, sería prácticamente imposible cazarlo. Tenía que actuar y ya. No había tiempo de pensar.</p>
<p>Obutu alzó en silencio su lanza y la arrojó con furia sobre el demonio que no la vio llegar. La pieza de madera se clavó con fuerza sobre una de sus piernas. El ser gritó de forma horrible. Era una especie de alarido entre sorprendido y enfadado. Con una de sus garras se arrancó la lanza que se le partió en dos quedando aun un trozo dentro de su pierna. Ésta comenzó a sangrar. Miró en dirección a donde había venido el arma arrojadiza y vio a quien se la había lanzado. Obutu comprendió que había dejado de ser invisible y que pronto el demonio o se abalanzaría sobre él o pondría en aviso a sus secuaces y entonces jugaría con muchísima desventaja.</p>
<p>Al final sucedió que en vez de atacarle el demonio trató de huir. Mientras lo hacía emitía unos sonidos intensos, dolorosos a los oídos de Obutu. Éste dedujo que se trataba de la temida llamada de socorro. También comprendió que aquel se trataba de un demonio joven e inexperto. El haberse alejado tanto de la manada era una muestra clara de ello. Los gritos que emitía llamaron la atención de dos de sus compañeros que se encontraban aun alimentándose de sus presas. Cerca de la gran tienda. Ambos alzaron sus orejas y olisquearon rápidamente el aire emitiendo un gruñido ronco que erizó el cabello de la nuca del joven cazador.</p>
<p>Obutu comprendió que no había más tiempo que perder. Si todo salía como él pensaba incluso tendría más suerte de la que esperaba así que corrió hacia su presa, saltando por encima de los cuerpos de varias gacelas muertas. El joven demonio trató de hacer lo mismo pero no podía. Saltaba pero no con la suficiente potencia como para deszafrarse de su asaltante. Los otros dos demonios zanquearon hacia su dirección, ellos si lo hacían a grandes saltos, gritando como enloquecidos.</p>
<p>Obutu extrajo el puñal de piedra de su cinto y saltó sobre el demonio herido. Ambos cayeron sobre el suelo rodando y asustando a un par de gacelas aun vivas que se encontraban paralizadas de terror la una junto a la otra. El demonio automáticamente clavó sus uñas sobre el cuerpo de Obutu que gritó y se agitó de dolor. Éste contraatacó clavándole el puñal sobre el torso a la altura de donde debía tener el corazón. El demonio chilló con intensidad y en su desespero trato de arañar el rostro de Obutu. Éste de un rápido movimiento le cortó un par de dedos de donde comenzaban a asomar dos garras afiladas como cuchillas de sílex.</p>
<p>El demonio cayó a un lado. Dolorido. Agonizante. Desde el suelo Obutu vio acercarse a los otros dos demonios. Estaban furiosos. Trató de incorporarse pero no podía. Se sentía extraño. Entonces comprendió lo que sucedía. Aquel ser le había metido un mal en su cuerpo, lo había emponzoñado a través de sus uñas, sentía el mal que lo paralizaba por momentos. Pensó que así deberían ser como ellos retenían a sus víctimas.</p>
<p>Justo cuando iba a ser alcanzado por los otros dos demonios sucedió aquello que él tanto esperaba. Un par de leonas se abalanzaron desde la oscuridad derribándolos de forma violenta revolcándose por el suelo como si se tratase de un violento juego de lucha donde el ganador era el que permanecía finalmente con vida. Otros leones se unieron a la lucha. Obutu los escuchó gruñir mientras desgarraban los cuerpos de sus presas.</p>
<p>Mientras perdía la consciencia Obutu tuvo una extraña visión. Por un momento pudo ver como la enorme tienda luminosa se alzaba en el aire frente a él y salía disparada a una velocidad atroz hacia el cielo del amanecer, convirtiéndose de repente en un punto luminoso tan intenso como aquellos tantos otros que poblaban el oscuro manto de la noche.</p>
<p>Batunga encontró el cuerpo de Obutu dos días más tarde. Lo reconoció sobre todo por el brazalete que aun llevaba puesto en una de sus muñecas y que los leones y las hienas no quisieron comerse. Aun había restos de gacelas muertas a su alrededor, también vio el cuerpo inerte de un león; pero lo único que estaba vivo en ese momento en aquel desolado lugar era el propio Batunga y los millones de moscas y gusanos que pululaban por entre los cadáveres.</p>
<p>Batunga nunca vio a los demonios. No había rastro de ninguno de ellos por alrededor. Simplemente habían desaparecido. Es posible que hubiesen sido devorados por las alimañas o bien alguien como el propio Batunga se había encargado de regresar y llevarse los cuerpos como lo iba a hacer él con quien antaño fue su mejor amigo. </p>
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		<title>El Diablo en El Espejo</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Oct 2009 08:31:12 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Un amigo quería ver al Diablo, y lo vió . . . Al Lado Suyo!!! Bueno, aquí comienza mi relato, que le ha ocurrido a un amigo mío. Estabamos todos tomando unas copas en un bar de Oviedo, mi ciudad. Estabamos de risas y bebiendo lo normal, cuando apareció un chaval moreno, de unos 16 [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/10/diablo-en-el-espejo.jpg" alt="diablo en el espejo" title="diablo en el espejo" width="419" height="470" class="alignnone size-full wp-image-151" /><br />
Un amigo quería ver al Diablo, y lo vió . . . Al Lado Suyo!!!<br />
Bueno, aquí comienza mi relato, que le ha ocurrido a un amigo mío.</p>
<p>Estabamos todos tomando unas copas en un bar de Oviedo, mi ciudad. Estabamos de risas y bebiendo lo normal, cuando apareció un chaval moreno, de unos 16 años, como nosotros. Pablo, uno de mis amigos que allí se encontraban, le saludó, puesto que eran amigos. Se sentó con nosotros y hablamos durante unas horas.</p>
<p>Al cabo de unas, más o menos, 3 horas, el tema de conversación pasó a ser historias de miedo, puesto que ya había anochecido y nos encontrabamos ahora en un botellón en un descampado. Nos contabamos historias terroríficas y acabamos realmente asustados. Entonces Safías, el chaval gótico amigo de Pablo, dijo que conocía una forma de ver al Diablo. Le escuchamos con, la verdad, una atención de cuando te cuentan un chiste. El procedimiento que hay que seguir es el siguiente:<span id="more-148"></span></p>
<p>(Textualmente)&#8221;En Nochebuena, justamente a las 12 de la noche, el Diablo hace la inspección en la Tierra, la única en el año, así que si queremos verle tiene que ser ese mismo día a esa misma hora. Vete al baño, puesto que es el lugar más propicio para realizar el evento, y cierra la puerta. Enciende 12 velas, al poder ser negras, y situate enfrente del espejo. Cuando quede poco para que sean las 12, cierra los ojos y situate, como dije antes, enfrente del espejo. Mantenlos cerrados hasta que quede solo una campanada de las doce que debe sonar. En ese segundo verás al Diablo en el espejo&#8221;</p>
<p>Todos nos lo tomamos a broma, pero David, otro amigo con el mayor valo que he visto nunca, dijo que lo haría sin problema. Estabamos a 20 de Diciembre, así que en cuatro días lo haría, solo pedía que hubiese un testigo, y que sería en su casa. Ese testigo fui yo.</p>
<p>24 de Diciembre, las 23:55. Todo preparado y nadie que nos moleste. Entró David solo, yo tengo mucho miedo a esas cosas. Se cerró la puerta y esperé sentado afuera. Las campanadas sonaron, y yo estaba al acecho de que algún ser estuviese espiando para darme un susto, pero no pasó nada. Suspiré, aliviado, y llamé a Pablo. No contestó. Atemorizado, abrí la puerta de un golpe, y encontré a David en el suelo, agarrandose el corazón. Y en el aire se olía el inconfundible rastro del azufre. Llamé a la ambulancia a toda prisa y como pude, y se lo llevaron al hospital.</p>
<p>Le diagnosticaron un infarto al corazón a causa de un sobresalto, una crisis nerviosa. Yo no pude dormir durante meses, hasta que fui tratado por un psicólogo. Cuando por fin David se recuperó, me dijo a mí sus primeras palabras:</p>
<p>&#8220;Lo he visto . . . Tengo mucho miedo&#8221;</p>
<p>Ahora ya he conseguido dormir, pero david no es ya el mismo. Recuperó algo de su vitalidad, pero aún se le nota muy apagado, triste. Dicen que es porque el infarto lo deja a uno mal. No fue eso: fue lo que vió en el espejo. Y estará así hasta que se muera</p>
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