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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; relatos de miedo</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>Una fabula porteña</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Aug 2011 10:08:05 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3725 alignleft" title="fabula" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/08/fabula.jpg" alt="" width="400" height="380" />No es fácil encontrar el residuo de lo gótico en Buenos Aires. Es una ciudad de eterna vigilia, en donde lo mundanal ha ahogado lo fantástico y los relatos no tienen oyentes. Tal vez es cierto que ningún fantasma ha caminado por sus calles, que ninguna maldición se ha posado sobre sus casonas antiguas. Pero me basta caminar por la madrugada, en ese único momento en que la gran ciudad duerme para saber que sigue existiendo magia en sus veredas. Es una sensación, tal vez un sonido, un murmullo. Es un instante en que la muchedumbre durmiente no puede silenciar a los espectros. Esos fantasmas emiten su discurso pronunciado en antigua y desconocida lengua. Tratan de contar lo que les pasó a los transeúntes despreocupados, sumidos en el dolor de las almas que no estén en el cielo pero tampoco en el infierno. Y es entonces cuando yo, un romántico, un poeta, me pongo a escuchar sus relatos. Aunque no puedo entenderlos me gusta mecerme en sus palabras que dicen -yo lo sé- algo importante. Me gusta sentir que soy uno de los pocos que sabe sus secretos. Pero cuando la gente comienza a despertar, ellos callan y yo vuelvo a ser Raél Wilde, un loco, un fracaso. Aquel día había visto a un niño hurgando en la basura, a un par de borrachos cantando al unísono una vieja canción y a una prostituta ejerciendo su oficio. En las calles del barrio de Balvanera no es nada fuera de lo comían. Vivo en una casona en avenida Independencia, donde mis abuelos me educaron desde muy pequeño. De mis padres sóo existe una sombra. A veces recuerdo una sonrisa, unos labios finos, pero el accidente sólo me dejó fotografías e imágenes inconexas. Mis abuelos habían muerto dos años atrás, mi abuela primero y después mi abuelo. Los espectros, la música de un viejo tocadiscos y la frondosa biblioteca familiar eran mi única compañía. Cuando los rayos de sol comenzaron a asomar y no había nada más que escuchar en las calles, volví al hogar. Me aguardaron dos horas de éxtasis poético, <span id="more-2210"></span>escribiendo pulcros versos, que serían condenados al fuego cuando la mañana siguiente me sorprendiera con la falta de talento. Luego me sumí en la obra de Poe y en la fina prosa de Lovecraft. Leí alguna monstruosidad porteña de JJ Bajalída, pero no quede satisfecho. Me levanté para tomar un libro más, para ahondar más en ese laberinto de roble que contenía fascículos inéditos coleccionados por varias generaciones. Un tomo ennegrecido por el tiempo me llamó la atención. Fue por esa idea singular de lo estético que me había acompañado durante toda mi vida. Un libro de esas características, polvoriento, antiguo, no podía dejar de tener saberes dignos de conocer. Estética de alquimista, decía mi abuelo, burlándose de mi ingenuidad. Pero mi intuición -lamentablemente- no falló esa vez. Abrí el fascículo. &#8220;El Manifiesto de Aurelio&#8221;, señalaba la primera hoja en tono imponente. Ante mi asombro era un manuscrito. Identifiqué la letra de mi abuelo, fina, ese tipo de letra que se ha perdido. Señalaba ser una traducción de un original en latín escrito en el siglo XVII. Parecía ser más una obra sensacionalista, que algo digno de mi atención.</p>
<p>Estuve a punto de cerrarlo y volverlo a colocar en su estante en la biblioteca, pero por algún motivo comencé a leerlo. Había algo en la forma en que estaba escrito, algo en las palabras, que lo dotaban de un terrible realismo; por más de que había muchos hechos fantásticos que no creería ni un chiquillo de cuatro años. Era la vida de un abad francés, Aurelio, que había estudiado la cábala y alquimia.</p>
<p>&#8220;Dios es invisible ante los ojos de los hombres; y sus hijos no deben desear ver su rostro&#8221;, decía mi abuelo citando en su faena de traductor al religioso. Rescataba los morbosos rituales que había llevado a cabo aquel sujeto del pasado, hombre que nunca debió haber existido para bien de mi cordura y el de todos sus lectores.</p>
<p>Aurelio vivió en Normandía. Huérfano, se crió en una abadía entre monjes. Hacia la adolescencia comenzó a llevar a cabo un profundo análisis teológico, que lo llevó a estudiar fragmentos de antiquísimas obras. Ya en su madurez comenzó a practicar la magia para acercarse a Dios &#8220;pero el Supremo permanec\&#8217;eda distante, alejado&#8221;. Comprendió que la mejor forma de estudiar a Dios era a través de la magia negra. Se acercó a los dioses paganos a quienes los antiguos europeos rendían pleitesía. Estudió la magia negra y descubrió cultos que habían sobrevivido desde la antigüedad hasta el presente. Supo que tras todo sacrificio, tras todo ritual existía una entidad, así como existía un Dios que la había creado. Practicó actos impuros y bailó junto a las brujas en sus aquelarres. Envejeció entre los males del mundo, pero su fin era santo, digno de un hombre de Dios. Quería acercarse al Supremo y para ello debía recurrir a su antítesis, al mismo demonio. Ya en su lecho de muerte, consiguió cita con el Maligno. La figura oscura acudió a su puerta, entró impetuosa a su habitación y le susurró al oído:</p>
<p>-Toda la vida has tratado de ver algo que no existe. Yo soy el único y el de siempre. Ahora la muerte te recoge y sabes que no hay más que dolor tras el umbral. Más dolor aún por la esperanza perdida. Vi crepitar las hojas del trabajo de mi abuelo. La bebida me ayudó a olvidar&#8230; olvidar por un tiempo aquello que había leído. Pasaron días antes de que pueda salir nuevamente a las calles. Pero cuando el valor regresó, ahí estaba devuelta la madrugada de Buenos Aires, con sus espectros ignorados. Seguían balbuceando su discurso intangible. Pregunté a ellos si era cierto pero permanecían distantes, imperturbables como siempre. Una mano se posó en mi hombro. Reconocí detrás mío, en el fantasma que se me presentaba el rostro antaño afable de mi abuelo.</p>
<p>-¿Qué pregunta te aflige?</p>
<p>-¿Es verdad? ¿Es verdad que no existe?</p>
<p>Sonrió y se perdió en la neblina matinal.</p>
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		<title>Aire frío</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jun 2011 04:14:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3502 alignleft" title="vientofrio" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/vientofrio.jpg" alt="" width="350" height="303" />Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.</p>
<p>Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba mucho menos que las demás que había probado.<span id="more-2781"></span></p>
<p>El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo. La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.</p>
<p>Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería rápidamente solucionado.</p>
<p>El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse &#8211; cada vez está más enfermo &#8211; pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad &#8211; todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus propias faenas &#8211; su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno &#8211; mi padre en Barcelona oyó hablar de él &#8211; y tan sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!</p>
<p>La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este mundo.</p>
<p>Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.</p>
<p>Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía &#8211; la &#8220;pequeña habitación&#8221; de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había mencionado &#8211; era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.</p>
<p>La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.</p>
<p>A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.</p>
<p>Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita habilidad del médico que de inmediato se manifiestó, a pesar del frío y el estado tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio. Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.</p>
<p>Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir &#8211; o al menos a poseer algún tipo de existencia consciente &#8211; ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte, estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación &#8211; alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit &#8211; era mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.</p>
<p>Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su influencia al anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle &#8211; que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.</p>
<p>Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que originalmente había sentido.</p>
<p>Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28 grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle. Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.</p>
<p>Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.</p>
<p>Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma en su habitación era peor &#8211; a pesar de las especias y el incienso, y los acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.</p>
<p>Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró &#8211; en su mayor parte de las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.</p>
<p>Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón. El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.</p>
<p>La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de &#8220;¡Más, más!&#8221;. Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.</p>
<p>Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.</p>
<p>Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del doctor. El vago que había contratado, parece, había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.</p>
<p>En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre. Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.</p>
<p>Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.</p>
<p>Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco, y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire frío.</p>
<p>El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo &#8211; el hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden durar. Imagino que sabes &#8211; lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer &#8211; tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera &#8211; conservación &#8211; pues como se puede ver, fallecí hace dieciocho años.</p>
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		<title>Una Noche de Verano</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Apr 2011 05:56:06 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El hecho que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba, con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas con algo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3316" title="noche de verano" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/04/noche-de-verano.jpg" alt="" width="500" height="399" /></p>
<p>El hecho que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba, con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas con algo que rompió fácilmente sin que se alterase la situación—, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.</p>
<p>Pero, muerto… no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotado en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.</p>
<p>Pero algo se movía en la superficie. Era aquélla una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.<span id="more-2791"></span></p>
<p>Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años, Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era que «conocía a todas las almas del lugar». Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.</p>
<p>Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.</p>
<p>El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedar amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.</p>
<p>En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.</p>
<p>Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada en el mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.</p>
<p>Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.</p>
<p>—¿Lo has visto? —exclamó uno de ellos.</p>
<p>—¡Dios! Sí… ¿Qué vamos a hacer?</p>
<p>Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso en pie, sonriendo, todo ojos y dientes.</p>
<p>—Estoy esperando mi paga —dijo.</p>
<p>Desnudo, sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.</p>
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		<title>La Cabeza</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Apr 2011 05:40:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
		<category><![CDATA[Otros Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[historias reales]]></category>
		<category><![CDATA[padilleros]]></category>
		<category><![CDATA[Pandillas]]></category>
		<category><![CDATA[relatos de miedo]]></category>

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		<description><![CDATA[Una mañana, cuando Jon tenía diez años, llovía demasiado como para que él saliera a matar a alguien. Desde la parte superior de la cueva contempló la tormenta, diciéndose que la lluvia era marica, hermano. Pero se sentía bien. Entonces Jon guardó el cuchillo debajo del cinturón de su slip y bajó a los túneles [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3284" title="asesino" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/04/asesino.jpg" alt="" width="429" height="600" /></p>
<p>Una mañana, cuando Jon tenía diez años, llovía demasiado como para que él saliera a matar a alguien.</p>
<p>Desde la parte superior de la cueva contempló la tormenta, diciéndose que la lluvia era marica, hermano. Pero se sentía bien.</p>
<p>Entonces Jon guardó el cuchillo debajo del cinturón de su slip y bajó a los túneles para buscar a alguien a quien pudiera hacérselo. Sólo que no podía atrapar ninguno de los más chicos porque corren cuando lo ven venir. Y sabe que si no tuviera cuidado alguno de los grandes se lo haría a él.</p>
<p>A él no le atraía, ni cuando lo hizo Grope, pero al menos Grope impedía a los otros ofenderlo. Grope era el más grande de toda la cueva, y no dejaba que nadie se lo hiciera a sus damas mayores o sus chicos excepto él.</p>
<p>La bronca existía, Grope había salido a cazar cabezas con la pandilla y Jon no confiaba en los otros. Aunque llovía las mujeres estaban afuera en los campos y los chicos corrían sueltos por la cueva con sus cuchillos y mazas, produciendo ruido. Cuando recorría los túneles laterales, Jon pudo escuchar los sonidos exteriores —risas y gritos y lamentos.</p>
<p>Entonces Jon se mantuvo en medio de la gran cueva donde las hogueras de las cocinas iluminaban el camino. Cada banda tenía la suya, con un tullido cuidando que nunca se apagara. Los tullidos eran muy viejos para cazar o trabajar en los campos y no podían hacer más, por lo que a la mayoría se los mataba, pero siempre dejaban algunos para cuidar las hogueras.<span id="more-1632"></span></p>
<p>Los chicos nunca iban a las hogueras solos. Jon recuerda que una vez cuando él era un pequeño, Grope encuentra un chico que trata de robar comida de una olla. Grope lo agarra y lo estrella contra una roca. Luego ella misma termina en la olla. Los otros chicos ríen, ja, ja, pero no olvidan. Y después de eso se mantienen lejos de las hogueras, excepto a la hora de comer.</p>
<p>Por eso, era seguro quedarse en la gran cueva ahora, pero Jon estaba inquieto, quería hacer algo. Entonces agarró una antorcha y bajó al túnel lateral de Grope muy despacio y con cuidado, por si alguien se escondía allí. Pero el túnel estaba vacío y él se arrastró en la oscuridad hasta que pasó el lugar donde se duerme y encuentra el hueco de entrada a las madrigueras más allá. Había muchas madrigueras retorcidas a través de la roca y Jon conocía bien su camino. Casi nunca nadie va hasta allí.</p>
<p>Había rocas caídas dentro de los túneles, demasiadas para que los grandes treparan, pero Jon empezó a trepar cuando era un chico pequeño y fue siempre el único. Así encontró el lugar secreto.</p>
<p>El lugar secreto estaba muy abajo. Jon pasó por rocas caídas, donde las paredes eran lisas. No rocas, las paredes, sino algo más. Como su cuchillo, duro y brillante. Y entonces él fue donde estaba el zumbido.</p>
<p>Cuando acudió allí por primera vez, el zumbido lo asustó, pero se acostumbró después de un tiempo. Nunca lo lastima, sólo algún ruido detrás de las paredes lisas. Ahora se quedó donde no necesitaba antorcha porque había luz. La luz venía de algún lado atrás como el zumbido.</p>
<p>Nadie sabía del zumbido o la luz y Jon nunca lo contó porque era parte del secreto.</p>
<p>El secreto residía en una pequeña cueva de la pared lisa con más zumbido y guiños de luces de abajo de un estante con perillas. Jon recuerda cómo lo asustó hace tiempo ver la gran burbuja brillante en el estante, que él trató de romperlo con una roca pero la roca rebotó. Entonces él tuerce perillas que no se aflojan, pero viene más luz de la burbuja brillante y luego pudo ver lo que había dentro.</p>
<p>Eso era el secreto real, flotando dentro de la burbuja con las cosas largas y finitas que le salían de las orejas y el cuello.</p>
<p>Una gran cabeza, toda arrugada y peluda. Ojos bien cerrados, boca cerrada también. Muerta.</p>
<p>Hasta que Jon tuerce perillas como hizo la primera vez. Ahora las chispas saltan de las cosas largas y finitas.</p>
<p>Los ojos se abren, lo miran. La boca se abre también.</p>
<p>Y la cabeza dice, &#8220;Buen día, Jon.&#8221;</p>
<p>Buen día, Jon.</p>
<p>Pudo oír su voz que lo decía, pero pudiera ser que no fuera la mañana: el tiempo no tenía importancia aquí. Y no era realmente su voz —sólo la emisión artificial del mecanismo alimentado por el débil impulso eléctrico de su lengua y nervios laríngeos; amplificada electrónicamente, como su audición.</p>
<p>¿Cómo era la vieja frase? Inteligentes como el demonio, estos chinos. Inapropiado, por supuesto. Los chinos no habían perfeccionado esta variación de la técnica criónica; de hecho se había llegado a ella exactamente antes del amenazado holocausto termonuclear. Ellos habían anticipado los resultados, y ésta era la solución. Una solución química, en la cual el cerebro era preservado y reactivado eléctricamente.</p>
<p>Era la única salida que habían encontrado. No podían salvar la atmósfera, no podían salvar los artefactos, no podían salvar la vida humana. Pero tal vez, bajo estas condiciones, pudieran salvar el conocimiento.</p>
<p>Razonaron que todo conocimiento registrado es perecedero —libros y cintas y microfilms están sujetos a la desintegración. O, aunque se preserven, a la mala interpretación. Y las computadoras no eran la solución; no se podía generar energía perpetua ni mantenerla en una escala suficiente como para alimentar grandes unidades, y no tendrían ninguna utilidad para quien no tuviera un sofisticado entrenamiento.</p>
<p>La única fuente segura de sabiduría seguía siendo la mente. Seleccionad las mentes, seleccionad los poquísimos psicológicamente aptos para soportar semejante stress y preservadlos. Ubicadlos en refugios de seguridad estratégicamente situados a gran profundidad, y enganchadlos a los mecanismos autosuficientes de input y output. Más tarde o más temprano alguien los encontrará. Habrá supervivientes; eventualmente la atmósfera se desprenderá de la polución. Entonces los remanentes de la raza humana, preparados para la regeneración, tropezarían con las reservas secretas, las secretas fuentes de ciencia y arte y saber que estaban esperando para reconstruir un nuevo mundo de las ruinas.</p>
<p>Ese había sido el plan. Había otras mentes enterradas en varios lugares subterráneos de alta seguridad; podía ser que no hubieran sido aún descubiertas, podía ser que no lo fueran nunca. Pero la ley de posibilidades, la ley de accidente, había llevado a esta resurrección.</p>
<p>Yo soy la resurrección y la vida, dijo el Señor. Y un pequeño niño los conducirá. Un niño, merodeando por las cuevas y dando con esta unidad, manipulando torpemente los artilugios extraños, reactivando su conciencia.</p>
<p>Miró a la criatura agachada frente a él. Borrosa, indistinta, fuera de foco. Mejor corregir eso.</p>
<p>—Jon, ¿puedes oírme?</p>
<p>La figura agachada cabeceó.</p>
<p>-Bien. Ahora escucha atentamente. ¿Recuerdas lo que te dije las otras veces que viniste, sobre los interruptores?</p>
<p>La criatura pestañeó. Algo lo estaba desconcertando. Interruptor. No entendía la palabra. ¿Qué término conocería?</p>
<p>—La perilla, Jon. La perilla de la izquierda.</p>
<p>La criatura cabeceó nuevamente, y se inclinó hacia adelante.</p>
<p>—Allí. Empújala para arriba. Despacio —no mucho— solo un poquito. Así está mejor.</p>
<p>Sí, ahora podía ver con claridad. ¿Pero era mejor? ¿Era realmente mejor tener una visión clara de esta figura semidesnuda, este antropoide blanco? Ni siquiera blanco, en realidad, sino un nuevo cruce étnico de Caucásico y Negroide, un producto de generaciones de endogamia en la oscuridad perdida.</p>
<p>Sus confrontaciones previas habían producido poco más que el conocimiento del nombre de Jon; su gente no tenía historia, ninguna conciencia de continuidad. Por lo que Jon sabía, siempre habían vivido en cuevas, siempre escarbando la cicatrizada superficie exterior y superior para encontrar yemas para los cocimientos, siempre cazando grupos de otras cuevas para complementar ocasionalmente con carne su dieta diaria. Tenían fuego, resguardo, armas toscas, la semblanza de supervivencia de una subcultura urbana basada en el concepto de agrupación y territorio. Todo esto era lo que había recogido en pacientes interrogatorios, y tal vez era todo. Salvajes.</p>
<p>Desechó la idea; no era importante. Lo que importaba ahora era que esta criatura era todo lo que quedaba de la humanidad. La esperanza del futuro, la única esperanza superviviente.</p>
<p>Podía hablar. &#8220;Cuéntame algo, hermano.&#8221;</p>
<p>Hermano. Esta criatura pertenecía a la humanidad, a lo que quedaba de ella. Despojado de todo, arrancado de la civilización, su lenguaje se reducía a una jerga tosca.</p>
<p>Dios, ¿cómo se podía educar esto? ¿Cómo podría tan sólo comunicarse con claridad? Pero tenía que hacerlo, debía, era el único camino.</p>
<p>—Cómo hablar de algo, hermano.</p>
<p>Y él habló.</p>
<p>Otra vez, como tantas otras antes, le contó a Jon la historia. Le contó de los viejos tiempos, los días de la inocencia antes de las guerras, cuando la gente caminaba libre y orgullosa sobre la faz de la tierra y construía sus ciudades resplandecientes cuyas agujas se perdían en lo alto; construían sus esperanzas más altas aún, remontándose a las estrellas.</p>
<p>Eso es lo que era para Jon, un cuento. Estaba escuchando, siempre escuchaba, pero obviamente no creía. No más de lo que la humanidad había creído en el Jardín del Edén.</p>
<p>De algún modo, por supuesto, este nuevo mundo era el Jardín del Edén del cual hablaba —la Tierra antes de la Caída. Y la creciente disidencia que había conducido a la guerra —la lucha racial, política, religiosa, ideológica, sexual, con su falta de comunicación a todo nivel— había sido como la torre de Babel. Hasta la misma guerra final era como un Diluvio que aniquilaba el mundo. Sus supervivientes no se refugiaron en la cima de las montañas; en su lugar estaban dentro de ellas. Los hijos de Noé, agazapados en esta cueva.</p>
<p>Se escuchó a sí mismo —a la emisión mecánica de su pensamiento- y reconoció en qué medida todo ello sonaba como un cuento de hadas. Así le sonaban a él los relatos bíblicos en los viejos tiempos. Fábulas, fantasías, folklore. Si para él había sido difícil concebir la simplicidad del Jardín del Edén, cuánto más difícil debía de ser para Jon percatarse de la realidad de una civilización complicada.</p>
<p>Y sin embargo era verdad. Había existido la esperanza de un paraíso en la tierra, hasta que la humanidad lo convirtió en un infierno. Para la mayoría, el infierno había sido una horrorosa pesadilla de dolor y miedo, repentina y breve, seguida de un olvido piadoso. Pero el verdadero significado de infierno les había sido revelado solamente a unos pocos, como él. Él sabía realmente lo que era el infierno.</p>
<p>El infierno era eterno.</p>
<p>El infierno era una oscuridad que nunca moría, una pesadilla que nunca terminaba. El infierno era el dolor y el miedo de estar vivo y consciente en esa oscuridad, absolutamente aislado, incapacitado de ver, o hablar o aun moverse. El infierno era estar a solas con sus pensamientos para siempre; pensamientos que no dormían jamás, pensamientos que resonaban eternamente con un griterío inaudible que destrozaba el cráneo.</p>
<p>Ése era su infierno, antes de que Jon lo encendiera. Y ése era su infierno cuando Jon lo apagaba, dejándolo solo en la oscuridad.</p>
<p>Por eso ahora no importaba realmente si Jon le creía o no, siempre que estuviera dispuesto a escucharlo. Porque si estaba escuchando no lo apagaría.</p>
<p>Sigue hablando, manténlo interesado. Cuéntale de cualquier cosa, de todo. Del radar, los láseres, la fisión, la fusión, los super y subsónicos, el microcosmos, el macrocosmos, los dáctilos y pterodáctilos, de todas las maravillas y tropiezos del mundo.</p>
<p>—Y entonces, Jon, comenzarnos la conquista del espacio. Aterrizamos en la luna.</p>
<p>—Ya lo contaste —Jon se puso de mal humor; estaba aburrido—. Cuenta de grandes matanzas.</p>
<p>Grandes matanzas. La guerra. Él no quería hablar de la guerra; eso era Información Reservada, Alta Seguridad, las órdenes selladas y la directiva que lo habían mandado aquí al Área Secreta. Operación Supervivencia —así la habían denominado, el procedimiento que lo situó bajo el cuchillo en el momento mismo en que la tierra temblaba y las cimas se derrumbaban sobre su cabeza. Pero había obedecido, todos habían obedecido; los científicos y cirujanos transpirando al esgrimir sus escalpelos bajo las hirvientes luces electrónicas antes de la oscuridad final. Sus palabras le volvieron a la mente.</p>
<p>—Pero maldito sea, ¿no lo entiende? No es la muerte ¡estará vivo! Es inevitable que alguien lo encuentre tarde o temprano y cuando esto suceda, cuando lo enciendan, usted renacerá. Y también la raza humana renacerá con el saber por usted conservado.</p>
<p>Ésa era la esperanza que había sido depositada junto a él en la oscuridad, el propósito que lo había sostenido a través del vacío terrible, interminable.</p>
<p>Pero eso no era lo que Jon quería oír. Estaba nuevamente reticente, rascándose una axila.</p>
<p>Más matanza —dijo Jon—. Bombas. Tú sabes, hermano.</p>
<p>—Yo no sé —dijo él—. Y tú tampoco sabes. Tú no eres un hombre —eres un niño. Por eso debes escucharme, escucharme y aprender. Hay otras cosas en la vida además de matar y comer y copular. Si me escuchas puedo enseñarte.</p>
<p>—Cuenta cómo haces bombas —Jon sonrió—. Algún día yo mato a Grope.</p>
<p>—No, esa no es la forma.</p>
<p>Jon sacudió la cabeza porfiadamente.</p>
<p>—¡Cuéntame!</p>
<p>Contarle ¿qué? Dónde estaban las palabras, cómo podía llegar a él, enseñarle, rescatarlo del salvajismo, sacar a su gente de la barbarie. ¿Y qué palabras servirían —las de Jesús, Buda, Mahoma, Lao Tsé, Platón, Spinoza, Confucio, Shakespeare? ¿Qué profetas, sacerdotes, filósofos, sabios o eruditos en la historia de la humanidad le podían mostrar la solución?</p>
<p>Tenía que encontrar ahora esas palabras, por el bien de Jon, por su propio bien, aunque sólo fuera para que no lo apagara, para no ser vuelto a ese silencio incesante, a esa oscuridad ciega. Un cerebro, enterrado vivo dentro de una montaña.</p>
<p>Montaña. Desierto. ¿No había conducido Moisés a una multitud nómada a través del desierto, y escalado una montaña? Supongamos que la Babel bíblica y el Diluvio fueran alegorías. Supongamos que hubiera habido entonces una destrucción termonuclear ¿y la misma solución? Los científicos de una civilización olvidada habían dado con el secreto de la salvación, preservando una inteligencia viva hasta el día en que fuera encontrada por algún primitivo sobreviviente, escondida a la espera de traer nuevamente al mundo la luz de la verdad. Supongamos que Moisés hubiera ido a las montañas, encontrado la cueva, tropezado con ese mecanismo, encendiéndolo, y oído la voz de Dios.</p>
<p>Firme, ahora, A Dios no le espantaría la oscuridad como le espantaba a él, Dios no tendría temor de ser apagado. Tú no eres Dios. Recuérdalo.</p>
<p>Pero puedes ser la voz de Dios.</p>
<p>Tú puedes ser la voz de Dios y Jon puede ser Moisés. Háblale con las palabras de Dios, para que pueda conducir a su gente a la Tierra Prometida.</p>
<p>—No matarás —dijo.</p>
<p>Jon frunció el ceño, sacudiendo la cabeza.</p>
<p>—Yo mato a Grope. Ves.</p>
<p>—No. Grope es tu padre. Honra a tu padre y a tu madre, ¿entiendes?</p>
<p>Jon gesticuló, los ojos desasosegados, resentidos. No estaba interesado.</p>
<p>¡Pero tenía que haber un camino! Un camino para la salvación de Jon y de los otros, un camino para la salvación de sí mismo. Porque si era apagado otra vez, sabía que se volvería loco, final e irrevocablemente loco, y no habría ninguna voz de Dios, sólo el contorsionar, el arañar, el desesperado retorcerse de su cerebro a punto de explotar, sólo en la oscuridad, para siempre. Habría oscuridad en los cielos y la tierra, y sin su voz, Dios estaría muerto. Jon estaba buscando la perilla. Buscando, aburrido e impaciente.</p>
<p>Él no podía impedirlo. Sólo Dios tenía ese poder. Salvación. La salvación por medio de la oración. Sí, ése era el camino.</p>
<p>Entonces habló. Habló las únicas palabras que salvarían al mundo, las palabras que nunca morían, las palabras de sabiduría, las palabras de los tiempos, las palabras de Dios.</p>
<p>—El Señor es mi pastor: Nada me faltará. Él me ha hecho yacer en verdes praderas; Él me ha conducido a las aguas calmas. Él ha restaurado mi alma.</p>
<p>Ahora Jon escuchaba. ¿Entendería? ¿Había quedado en esta criatura la humanidad suficiente como para comprender la verdad? La respuesta decidiría para siempre su destino, el destino de Jon, el destino del mundo, el destino de Dios.</p>
<p>Entonces Jon sonrió y la respuesta llegó.</p>
<p>—Eso es basura, hermano —dijo Jon.</p>
<p>Y lo apagó.</p>
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		<title>La Risa del Vampiro-Historias de Vampiros</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Feb 2011 00:17:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia de Vampiros]]></category>
		<category><![CDATA[Historias de vampiros]]></category>
		<category><![CDATA[relatos de miedo]]></category>
		<category><![CDATA[susto]]></category>
		<category><![CDATA[vampiros]]></category>

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		<description><![CDATA[El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3020" title="vampiro" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/02/vampiro.jpg" alt="" width="440" height="320" /></p>
<p>El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis pacientes a la misma institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora -¡ironía de las ironías!- soy su hermano en mi desgracia.<br />
Y no obstante, en realidad no estoy loco. Me enviaron aquí porque quise decir la verdad, y no era la clase de verdad que los hombres se atreven a revelar o a reconocer. Soy consciente de que mi papel en el asunto me llevó a sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero no me afectó demasiado. Mi historia es cierta; lo juro -pero ellos no me creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas  suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquella noche repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en vida que aborrezco.<br />
Hay otra prueba concreta que podría dar si me atreviera, pero sería demasiado horrible. No debo conducirles al mismo lugar de aquel cementerio desconocido, indicarles el pasadizo que se abre bajo aquella tumba. Es mejor que sufra solo, que el mundo se ahorre el conocimiento que destruye la cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y a la monotonía de mis días se añade el tormento sin fin de mis sueños nocturnos. Es por esto que he decidido escribir este relato. Quizás el desarrollo de mi historia servirá de algun modo a aliviar el difícil peso de mis recuerdos.<br />
El asunto empezó un día del pasado Agosto en mi oficina de la ciudad. Aquella mañana había sido una aburrida espera, y la larga y cálida tarde llegaba a su fin cuando la enfermera hizo entrar al primer paciente. Era un caballero que venía a verme por primera vez; un hombre que se presentó como el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry College. Hablaba de una forma sibilante, con un peculiar acento extranjero que me hizo presumir que no era natural de este país. Le invité a que se sentara y procuré estudiarlo rápidamente mientras aceptaba mi invitación.<br />
Era alto y delgado. El cabello comenzaba a blanquear, tirando a platino, aunque por su aspecto general aparentaba  tener unos cuarenta años. Sus ojos verdes, vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas cejas largas y  oscuras. La nariz era ancha, con sensuales ventanillas, pero sus labios eran delgados, un contraste físico que en seguida llamó mi atención.</p>
<p><span id="more-2829"></span>Las huesudas manos que descansaban sobre la mesa eran extraordinariamente pequeñas, con largos dedos rematados por uñas afiladas, y pensé que se dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su postura flexible era como la de una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de un aventurero y los modales refinados. A la luz del sol pude observar su rostro, y vi que todo su semblante estaba cubierto con una red de finas arrugas. También noté la extraña palidez de su piel, que indicaba alguna afección dermatológica. Pero lo más extraño de él era su modo de vestir. La ropa, evidentemente nueva, era incongruente en dos aspectos: demasiado elegante para presentarse a aquella hora y además, no parecía hecha para él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos de cuero y no llevaba sombrero. Sin duda, era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.<br />
Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era un hombre de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin necesidad de preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la garganta y empezó.<br />
Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leido y oído; le proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía. Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus  obsesiones estaban fundadas en la realidad. Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus dificultades.<br />
Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.<br />
El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la parte más vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus visiones nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche, bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas  visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba.<br />
Por lo general, sus   sueños empezaban de esta manera, en medio de un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un sendero bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los ataudes. Entonces, se arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.<br />
Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la noche inmemorable.<br />
Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y excitado susurro.<br />
El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran los moradores de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín. Habitaban en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses primitivos ante altares en forma de cráneo. Había galerías que condudan a las tumbas y fosos aún más hondos en donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.<br />
Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía más tensa.<br />
No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signnicativos que siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las noches. En sus visiones, esos seres no se le acercaban y parecían no preocuparse de su presencia; continuaban entregándose a horrendos festines en las cámaras sepulcrales o a unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no diría más. Sus viajes nocturnos siempre acababan con el tránsito de una vasta procesión de estas monstruosidades por una caverna aún más profunda, un viaje que veía desde el borde superior. Una visión rápida y estremecedora de los reinos inferiores le recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus sueños, mientras veía la procesión demoníaca desde el borde, había perdido pie precipitándose dentro del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su sueño terminaba afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.<br />
Noche tras noche, las visiones se sucedían, pero esto no era lo peor de sus preocupaciones. ¡Su auténtica obsesión, su verdadero pavor consistía en el conocimiento de que estas visiones eran ciertas!<br />
Al llegar aquí le interrumpí con impaciencia, pero él insistió en proseguir. ¿No había visitado el cementerio desde sus primeros sueños y no había encontrado la misma bóveda que reconocía a través de sus visiones? ¿Y qué había de los libros? Le habían enviado para que iniciara una extensa investigación entre los libros particulares de la biblioteca de un colega antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido, debía admitir las veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en tales libros como Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el grotesco Ritos Negros, del místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del escondido Bast. Recientemente, había emprendido algunos estudios en el loco y legendario Necronomicon de Abdul Alhazred. No pudo impugnar el misterio que se halla detrás de todas esas cosas como el censurado e infame Fábula de Nyarlathotep, o La leyenda de Elder Saboth.<br />
Aquí irrumpió en un divagador discurso sobre los oscuros secretos míticos, con frecuencia alusiones a las antiguas creencias, como el labuloso Leng, el oscuro N&#8217;ken y el diablo encantado Nis; también habló de las blasfemias de la luna de Yiggurath y la secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.<br />
Era evidente que estos desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y con este argumento conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo.<br />
Sus lecturas e investigaciones le habían producido este ataque, y añadí que no debía someter su cerebro a estas meditaciones, y que estas cosas son peligrosas para las mentes normales. Había leído y oído lo suficiente para saber que tales ideas no estaban concebidas para que los hombres las buscaran o comprendieran. Además, no debía tomarse demasiado en serio estos pensamientos. pues después de todo, estas leyendas eran únicamente alegóricas. No existen vampiros ni demonios mitológicos, debía verse que estos sueños podían ser interpretados simbólicamente.<br />
Cuando terminé, se sentó en silencio durante un momento. Dio un suspiro y luego habló con mucha cautela. Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba diferente. ¿No había reconocido el lugar de sus sueños?<br />
Intervine con una observación sobre la influencia del subconsciente, pero él, sin hacer caso de mi aseveración, continuó.<br />
Luego, me informó con una voz que vibraba con una excitación histérica, me contaría lo  peor. Aún no me había contado  todo lo que sabía y lo que le había ocurrido cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se había detenido al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había llegado aún más lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared; descendió las escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para regresar, nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres, él había siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana siguiente siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos seres! Ahora, debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto irreflexivo.<br />
Le calmé con dificultad, mientras procuraba encontrar un método de tratamiento lógico y eficiente. Se hallaba casi al borde de la locura. De nada serviría persuadirle o intentar convencerle de que había soñado todos aquellos incidentes, de que su sistema nervioso le había llevado a alucinaciones afines. No podía esperar que él se diera cuenta, en su estado presente, que los libros responsables de su enfermedad habían sido escritos por mentes desordenadas y con el propósito de producir locos delirios. Era evidente que el único camino abierto era alegrarle, y luego demostrarle concretamente el completo engaño de sus creencias.<br />
Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme la verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete.<br />
Le prescribí un sedante suave para que lo tomara aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta  la noche siguiente.</p>
<p>Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digo de estudio: un profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño de tres años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida lectura de la edición expurgada del conde d&#8217;Erlette Cultes des Goules.<br />
El anochecer me encontró dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando la llegada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.<br />
Por fin llegó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja muralla que rodeaba la necrópolisS. Luego, me condujo a través de un jardín de grava iluminado por la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la diabólica densidad de las sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable, me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos portales de la tumba que pretendía haber profanado.</p>
<p>No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió, ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ningu no de los dos decíamos nada.<br />
Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me las había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que estuviera completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso, su mente podría al fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego?<br />
Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más. Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si me negaba tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar.<br />
Fue esto último lo que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba&#8230; bueno, pronto lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su lado para que me enseñara el camino.<br />
La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico. Bajamos por una escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa del más espantoso pánico ,aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.<br />
Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la segunda espiral del pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su alimentación. Luego, también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia?<br />
Al mirar hacia abajo, recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen de lo que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera.<br />
Rápidamente, encubriendo mi terror pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en vano traté de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido.<br />
Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que este antiguo sendero no habíasido construido para nada normal o parecido a la normalidad, y no temí que mis pensamientos incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más adelante. Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio.<br />
Abajo, abajo, abajo, nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura. Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros mientras me aconsejaba que guardara silencio.<br />
Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y sombría caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad. Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba en las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me dejó tan de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta.<br />
Me senté en la oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto?  En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin piedad.<br />
La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras: eran retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud.<br />
Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas.<br />
Pero no me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo la escalera subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada más que el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba, jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin!<br />
Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego<br />
brotó un ronco aullido en las escaleras directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos, acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban llegando!<br />
Seguí corriendo, al rítmico trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas mis fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca, más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto.<br />
Por fin se terminaron las escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al hacerlo, la moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar tambaleándome al mundo de los mortales.<br />
Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he llegado a ser. Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los monstuos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.<br />
¡ Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres como el Profesor Chaupin!</p>
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		<title>El despertar de los muertos</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Feb 2011 01:06:32 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[¡Estoy viviendo una horrenda pesadilla!&#8230; Eso debe ser&#8230; Una espantosa pesadilla. Estoy en este solitario cementerio, no sé que es lo que hago aquí, ni como llegue hasta este lugar&#8230; Todo tiene un tono grisáceo, incoloro&#8230; Es por esa razón por la que estoy seguro de que estoy en medio de un sueño atroz. A [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/02/cementerio.jpg" alt="" /><br />
¡Estoy viviendo una horrenda pesadilla!&#8230; Eso debe ser&#8230; Una espantosa pesadilla.</p>
<p>Estoy en este solitario cementerio, no sé que es lo que hago aquí, ni como llegue hasta este lugar&#8230; Todo tiene un tono grisáceo, incoloro&#8230; Es por esa razón por la que estoy seguro de que estoy en medio de un sueño atroz.</p>
<p>A mis espaldas esta una cripta abierta, la cual despide un fétido olor.</p>
<p>-¡Oh! Dios mío, dame fuerzas para salir de este lugar&#8230; de despertar de este horrible sueño.</p>
<p>Los húmedos sepulcros están burbujeando sustancias extrañas, la tierra que cubre las fúnebres tumbas se mueven, se escuchan crujidos, primero pequeños pero después se oyen tan fuertes que me producen escalofríos.</p>
<p>¡Ah! Alcanzo a ver una mano que sale de la tierra, ahora se le ve hasta el codo, se mueve desesperadamente&#8230; ¡Dios! Esto no puede estar sucediendo, no es lógico.</p>
<p>En todas las tumbas se escuchan los crujidos, y burbujea la tierra santa del campo&#8230; En todos los sepulcros se ven partes de cuerpos semienterrados, luchando afanosamente por salir.</p>
<p>¡No puedo soportar esos halles de dolor! ¡Porque gritan y se quejan! ¡Porque no se callan, maldita sea!</p>
<p>Mis huesos están entumecidos por la humedad y el espanto, mis esfuerzos son sobrehumanos, pero pronto llegaré a la puerta de este maldito cementerio, gracias a la densa niebla me impide aterrarme mas al ver las horrendas figuras de los cadáveres que van cobrando vida, pero cuando paso cerca de ellos alcanzo a oler su pestilente aroma, y veo sus putrefactas carnosidades, algunos ni eso tienen, solo son huesos deambulando&#8230; ¡quiero salir de aquí ¡ ¡Debo salir de aquí!</p>
<p>¡La puerta del campo santo se abre! ¡Ya casi estoy fuera! ¡Solo unos pasos mas!&#8230; ¡Oh, nooo! Algo me sujetó del hombro, mis pies sin ordenárselos se detienen, estoy paralizado por el horror, muevo mi cabeza lentamente y miro lo que sujeta mi hombro y&#8230; ¡Oh, Dios! Es una mano descarnada que supura sustancias inmundas&#8230; ¡Debo mirar de quien es esa espantosa mano!</p>
<p>-¡Aaaaah! ¡Por favor, no me haga daño! ¿Qué quiere de mí?</p>
<p>Ahí estaba uno de los cadáveres de ultratumba, sonriendo, mostrando sus encías negruscas carentes de piezas dentales, de uno de sus ojos raptaba lentamente un gusano de blanco color.</p>
<p>-Espérame hermano y vayamos juntos.<br />
<span id="more-2919"></span><br />
-¿A Do-donde?</p>
<p>-A nuestro destino hermano, a nuestro destino&#8230; ¡Vaya que estás horroroso hermano!&#8230; Disculpa mi temblor, pero aun no me acostumbro a ver semejante espectáculo tan cerca, jeje.</p>
<p>- ¿A que se refiere?</p>
<p>-¿Cómo?&#8230; ¿No lo sabes?&#8230; ¿No sabes que haces aquí?&#8230; ¿Adónde vamos?&#8230; Mírate hermano, estas hecho una piltrafa.</p>
<p>¿Piltrafa yo?&#8230; Pero este estúpido muerto viviente no sabe de lo que habla. Mire mi mano y&#8230;</p>
<p>-¡Ooooh! ¡No puede ser!</p>
<p>-¡Sí! ¡Eres un cadáver!&#8230; Al igual que yo&#8230; Al igual que todos, jeje.</p>
<p>De pronto una luz inmensa nos cegó&#8230; Y un estruendo inmenso se escuchó, eran gritos de júbilo de la gente que formaba una vaya inmensa para que pasáramos&#8230; Alcancé a distinguir: niños, jovenes, adultos, ancianos&#8230; Todos de ambos sexos&#8230; Los angeles se mezclaban entre la gente y empujaban por alcanzar buen lugar&#8230; Uno de ellos, mi guardian, me guiño un ojo y senti una paz intensa y el terror desapareció&#8230; Se escuchó una potente voz autoritaria:</p>
<p>-¡Vienen los primeros muertos a ser juzgados!&#8230; Porque yo, no les mentí, les dije que juzgaría a vivos y muertos&#8230; Los vivos han sido juzgados&#8230; ahora les toca a mis hijos que fallecieron en tiempos pasados.</p>
<p>Mi compañero, por inercia tomó mi mano&#8230; Y así avanzamos, juntos, hasta que la potente luz traspasó nuestros cuerpos putrefactos y los hizo transparentes&#8230; Sentí un fuerte tirón, desprendiéndome de la mano de mi acompañante, y la autoritaria voz retumbó en mis adentros:</p>
<p>-¡Tu! Por este camino.</p>
<p>Vi con tristeza como mi compañero se separó de mí y tomó un camino polvoriento, lleno de filosos pedruscos que se le incrustaban en sus putrefactos y amoratados pies, a los costados de ese camino se veían diferentes variedades de enredaderas llenas de espinas&#8230; Él volvió su rostro, y alcancé a vislumbrar una lagrima correr por sus mejillas y de sus labios alcancé a leer un: “lo siento”</p>
<p>En cambio el camino que me hicieron tomar, estaba pavimentado y muy limpio, a las orillas de este, se veían infinidad de rosa y flores, hermosas, con una fragancia deliciosa, a cada paso que daba, iban desapareciendo mis dolencias y mis carnes recobraban la suavidad y el color rosáceo de antaño.</p>
<p>Seguí por ese camino hasta que llegué a la ciudad del cielo.</p>
<p>Todo mundo bailaba, y brindaban, y por las calles hermosas me encontré gente conocida, tomando con alegría, me señalaban un gran salón donde procedía una hermosa melodía, al abrir las puertas, me quedé atónito con lo que mis ojos veían:</p>
<p>Un cuadro dantesco, todos estaban desnudos, mujeres bailando, copulando, hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres&#8230; el vino corría a raudales, y se bebía con desesperación.</p>
<p>Unos hombres me invitaron a su actividad homosexual&#8230; Los rechacé con delicadeza&#8230; pero acepte la invitación de unas hermosas mujeres&#8230; bebí, copulé, me extasié&#8230; Y después de un largo reposó, ingenuo exclamé:</p>
<p>-¡Que hermoso es vivir en el cielo!</p>
<p>Se hizo un silencio que me pareció eterno&#8230; después todos estallaron en sonoras carcajadas.</p>
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		<title>Valerie</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Jan 2011 13:56:07 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Una mirada, gustos afines, una sonrisa y una amena platica con la chica de la biblioteca puede indicarnos que lo que tanto hemos esperado, nuestra alma gemela, esta ahí&#8230; pero a veces, las atormentadas almas gemelas pueden llevaronos muy cerca del infierno. VALERIE (Basado en una narración de César E. Pratts) Aún en las noches [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/terror.jpg" alt="" /><br />
Una mirada, gustos afines, una sonrisa y una amena platica con la chica de la biblioteca puede indicarnos que lo que tanto hemos esperado, nuestra alma gemela, esta ahí&#8230; pero a veces, las atormentadas almas gemelas pueden llevaronos muy cerca del infierno.</p>
<p>VALERIE<br />
(Basado en una narración de César E. Pratts)</p>
<p>Aún en las noches más cálidas siempre mantengo todas las ventanas de mi casa cerradas, y cuando escucho el sonido de una puerta o ventana al abrirse inesperadamente a mis espaldas sufro tremendos sobresaltos; a veces me preguntan el por qué de mi actitud, pero no podría revelar la causa de mi aversión a asomarme siquiera a través del cristal cuando el sol se ha ocultado, pues me tacharían de loco.</p>
<p>Conocí a Valerie Loveman en 1982, cuando asistía a la secundaria del Instituto Loyola. Valerie era una muchacha vivaz e inteligente, de abundante cabello rubio-castaño y grandes ojos verdes enmarcados por un rostro pálido que su intensa imaginación y fuerte individualidad hacían refulgir. A pesar de lo que todos creían, durante mucho tiempo no hubo entre nosotros más que una estrecha amistad.<br />
<span id="more-2641"></span><br />
Valerie y yo nos conocimos en la biblioteca; yo acudia a ésta con cierta frecuencia para consultar su abundante acervo de autores como James Frazer, Jacques Bergier y Charles Fort, y me alegré de conocer a otra persona interesada en temas tan poco usuales a nuestra edad. A lo largo de una extensa charla me enteré de que ella era extranjera, y hasta el mes de enero de 1978 su hogar había sido la ciudad de Davenport, en California, pero ahora vivía con su madre en una vieja casa al noroeste de la ciudad, muy cerca de la Universidad Valencia; dicha casa no estaba lejos de mi propio domicilio e insistí en acompañarla hasta la puerta de su casa.</p>
<p>Unas cinco semanas pasaron antes de que me fuera dado conocer a su madre. La Sra. Loveman era una mujer extraña y casi misteriosa que vestía siempre de una manera increíblemente anticuada: vestidos largos con cuellos altos, mangas largas y ajustadas, de colores invariablemente obscuros, que se combinaban con su elegainte peinado (el pelo engrisecido sujeto arriba y atrás de su cabeza) y su rostro adusto para conferirle un sorprendente —y no del todo inapropiado— parecido con Agatha Harkness, tal y como Bill Sienkiewicz dibujaba a este personaje de Marvel Cómics. Algunas veces pensaba en esta altiva dama como en una baronesa salida de algún relato de Maupassant o de Poe; y esta imagen tampoco era tan errónea como suponía, ya que la Sra. Loveman era realmente una bruja.</p>
<p>Por supuesto que Valerie no la llamó de esa manera cuando me lo dijo; solamente comentó que su madre practicaba el paganismo y había estudiado las ciencias ocultas, y me reveló que de cuando en cuando realizaba curaciones por medio de ciertas hierbas o de ejercicios psíquicos, aunque por lo general se limitaba a hacerlo con Valerie o consigo misma.</p>
<p>Su casa era de lo más adecuado para la Sra. Loveman, si bien Valerie no encajaba en semejante monumento al pasado; se trataba de una casa de muros descoloridos y techos altos donde el tiempo parecía haber dejado marcado el paso de cada día: recurrentes cuarteaduras y manchas negruzcas en los muros de adobe; techos levemente convexos donde asomaban una o dos vigas herrumbrosas que rechazaban cualquier intento de cubrirlas con yeso; grandes ventanas enrejadas en el piso inferior y estrechos balcones en el superior; y, como contribución de sus actuales habitantes a la ya impresionante atmósfera de inmemorial antigüedad, estaban los viejos muebles que la Sra. Loveman y su hija habían traído consigo desde su hogar anterior en Davenport. Se trataba de auténticas obras de arte del siglo XVIII, de un encanto y belleza inalcanzables para las modernas imitaciones talladas por máquinas, tan difundidas por los muebleros actuales.</p>
<p>Amueblada de esta manera, la casa daba la sensación de ser una auténtica mansión dieciochesca. Tenía cuatro habitaciones en el piso superior, y en la planta baja había, aparte de sala, comedor y cocina (todos ellos de moderada amplitud), un pequeño patio en el centro de la casa; más allá de él nada más había una cochera fuera de uso, pues Valerie y su madre carecían de automóvil. El patio antes mencionado, donde sin duda más de una sirvienta había lavado las ropas de diversas familias durante el último siglo, tenía sólo dos entradas: una, siempre cerrada e incluso obstruida por un pesado mueble roto, que daba a la cochera; y otra, que consistía en una puerta con paneles de vidrio en la parte superior, que conducía a la cocina.</p>
<p>En cierta ocasión Valerie me dijo que sus viejos muebles eran una herencia que había pasado por los hogares de varias generaciones de la familia de su madre desde su fabricación en 1849, y me divirtió enterarme de que habían sido hechos en Salem, Massachusetts; esto no sólo coincidía irónicamente con las peculiares creencias de la Sra. Loveman, sino también con los deliciosos antecedentes de la propia casa, que Valerie y yo estuvimos indagando en una ocasión.</p>
<p>A diferencia de su madre, Valerie gozaba hablando acerca de las tradiciones que había aprendido de ella. Todo ello me parecía fascinante a pesaar de que no creía mucho en la magia, ya fuese blanca o negra; llegamos a pasar horas enteras discutiendo no sólo el paganismo europeo sino diversas ramas del ocultismo, la mitología e incluso, a veces, la demonología. Los conocimientos de Valerie eran sorprendentemente amplios y a veces me limitaba a escuchar sus especulaciones acerca de cómo ciertos logros científicos y acontecimientos recientes parecían corroborar mitos ancestrales como los de las sumergidas tierras de Mu, del no menos fabuloso país de Mnar, o de Yig, el mítico Padre de las Serpientes de los indios Dakota. Igualmente hablábamos de más sólidos hechos u objetos ensombrecidos por velos de misterio, tales como la célebre &#8220;Piedra de Dagon&#8221;, tallada en honor del antiguo dios caldeo, que fuera hallada en 1979 en las ruinas de Ebla, o bien la fallida expedición de Pabodie a la Antártida, realizada en 1931, que ha dado pie a tantas especulaciones entre los modernos astroarqueólogos. Me interesó mucho lo que Valerie me contó acerca del proyecto de investigación parapsicológica que se inició en la Miller University de Davenport casi un año antes de que Valerie y su madre se transladasen a Montecruz. Valerie había sido voluntaria para este proyecto y, como su madre lo había predicho, la primera etapa del exámen señaló que ella poseía un nivel ESP superior al promedio.</p>
<p>Creo que era ese mutuo anhelo de ir más allá de los prosaicos conceptos del universo impuestos por la ciencia tradicionalista lo que nos unió desde el primer momento. Como he dicho ya, durante algún tiempo no existió abiertamente ningún lazo entre nosotros, pero ahora veo que nuestra amistad había sobrepasado tal definición mucho antes que nosotros, maniatados por la misma introversión que nos unía, lográsemos reconocerlo. A veces, cuando estábamos solos y, en silencio, la miraba a los ojos, por un instante podía espiar el reflejo de nuestra mutua añoranza, nuestra obsesión por aquello que se oculta más allá de nuestras manos, siempre fuera de alcance mas tentadoramente cerca, que se deja entrever pero nunca se revela ni nos dice su nombre&#8230; nuestra fascinación por el misterio; ése, en verdad, sería uno de los más poderosos y extraños vínculos entre nosotros.</p>
<p>En marzo de 1984 Valerie enfermó. Fue algo repentino e inesperado. ¿Quién habría sospechado que alguien como ella tendría problemas cardíacos? Fue un martes cuando pasé por su casa, como habíamos acordado el día anterior, y me topé con una pesadilla. Por la mañana, tras de un rápido desayuno, Valerie había estado sentada en el sofá de la sala; entonces pareció recordar algo que necesitaba de su dormitorio y empezó a subir las escaleras; por fortuna, cuando el dolor la asaltó cayó no de espaldas, sino hacia adelante, y se salvó de rodar escaleras abajo. La Sra. Loveman, después de llevarla hasta su cama, utilizó algunos de sus propios métodos curativos para contrarrestar temporalmente el peligro (los cuales, pensé yo, habrían servido por lo menos para tranquilizar a la pobre mujer), y sólo entonces llamó a un médico.</p>
<p>El médico estaba atendiendo a Valerie cuando yo me presenté. Al terminar su exámen le dijo a la Sra. Loveman que lo mejor sería llevar a su hija al hospital, pero ella, obstinada, se opuso con firmeza a esta sugerencia. Luego de fracasar en sus esfuerzos por hacerla entrar en razón, el médico se fue, irritado, y yo pasé al dormitorio de Valerie. La visión de su pálido rostro demacrado y sus ojos enrojecidos me llenó de angustia.</p>
<p>Visité a Valerie todos los días; unas veces la encontraba bastante mejorada, otras espantosamente débil y cansada. En ocasiones, cuando ella pasaba sus peores momentos, me parecía estar ante un fantasma que en cualquier momento se dispersaría en forma de niebla gris. Estaba convencido, a pesar de mi ignorancia en medicina, de que su corazón no era realmente la única causa de su estado, pero no le pedí mayores detalles al médico pues sabía que el conocerlos sólo me atormentaría más. Yo admiraba su optimismo y tenacidad, que no dejaban nunca de manifestarse a pesar de que estaba bien enterada de su situación. Mi voz se quebró cuando, una tarde, leí a petición suya el poema La Durmiente, de Poe. Valerie se sostenía día a día con impresionante valor, sobreponiéndose a la enfermedad que la arrastraba inexorablemente hacia el umbral del último de los grandes misterios que sirempre le habían fascinado, y yo observaba impotente su rápido avance hacia ese prematuro encuentro. Los medicamentos no servían más que para demorar ese resultado y, a pesar de la insistencia del médico, así como la mía, e incluso de la propia Valerie, la Sra. Loveman se negaba a permitir que su hija fuese llevada al hospital. La cirugía era su única esperanza, y su propia madre se la negaba. La Sra. Loveman se preocupaba únicamente por sus preparativos para los rituales que, según ella, devolverían la salud a su hija. Nada cambió hasta que, en la segunda semana de su enfermedad, Valerie empeoró visiblemente. Al abrir la puerta de su dormitorio la vi tendida sobre el lecho, un pálido fantasma de sí misma: sus ojos entrecerrados, su cabello revuelto, sus labios resecos, su voz apenas un susurro. Me habló con un flaqueante optimismo que yo intenté reforzar; ambos sabíamos que era un esfuerzo vano, pero no nos rendimos. Hablábamos de cosas que habíamos hecho antes, de algunos amigos nuestros que a veces la visitaban también, de los libros que nos gustaba leer, de&#8230;</p>
<p>En más de una ocasión ella no pudo contener las lágrimas, y yo tampoco.</p>
<p>El médico vino y se fue, murmurando algo acerca de una posible mejoría en la que ni siquiera él mismo creía. Yo mismo tuve que atender a Valerie e incluso preparar sus alimentos, ya que su madre se había negado a hacerlo desde esa mañana. Así, pues, me dediqué a proporcionarle su comida, sus medicinas, compañía. Valerie comentó entonces que parecía como si estuviéramos casados y yo cuidara de mi esposa enferma. Me sorprendí, ya que eso era precisamente lo que yo me hallaba pensando. No era la primera vez que esto sucedía; ella era muy perceptiva.</p>
<p>La Sra. Loveman se negaba a subir al dormitorio de su hija y no había probado bocado en todo el día; sólo se dedicaba a contemplar unas cartulinas amarillentas en cuya superficie habían sido trazados diversos signos rúnicos y extraños pentagramas, o bien a encender pequeños incensarios que impregnaban la planta inferior de la casa con desconocidos y penetrantes aromas. A veces le daba por musitar alguna tétrica tonada o recitar espantosas fórmulas en latín o hebreo que, gracias a Dios, no se escuchaban en la habitación de Valerie.</p>
<p>Hacia las 7:00 P.M., Valerie empezó a hablar acerca de su madre.</p>
<p>-¿Sabes? -dijo en tono casual-, creo que mamá tiene&#8230; algunas ideas demasiado extrañas. Yo no soy escéptica, claro, pero a veces&#8230;</p>
<p>-¿A qué te refieres? -pregunté.</p>
<p>Titubeó, pero al fin prosiguió:</p>
<p>-Mamá me decía una vez que no debíamos temer ninguna desgracia, porque había alguien que&#8230; podría cuidarnos.</p>
<p>-¿Cuidarlas&#8230;?</p>
<p>-¿Te acuerdas cuando te hablé del proyecto de la Universidad Miller, allá en Davenport? -asentí con la cabeza. Su voz era poco más que un susurro, pero clara y ansiosa-. Mamá dijo que iban a encontrar en mí algo especial&#8230; que yo era perceptiva. Y así fue -sonrió muy levemente-; las pruebas indicaron que mis facultades psíquicas eran mayores que el promedio.</p>
<p>Asentí de nuevo.</p>
<p>-Tenía razón -prosiguió-, soy perceptiva. A veces puedo sentir cosas, ya sabes&#8230; sé lo que alguien está pensando acerca de mí, cosas que van a pasar&#8230; -Valerie me miraba fijamente con sus ojos verdes, cansados y, me di cuenta entonces, asustados-. He sentido en estops días algo parecido&#8230; como si me estuvieran vigilando constantemente, como si algo estuviera aquí, allá, en todas partes, buscándome&#8230; a punto de alcanzarme. Es&#8230; es algo que va a pasar y que no puedo evitar. Antes no era más que una sensación ligera, pasajera, pero ahora&#8230; cada vez es más intenso, más horrible&#8230; es&#8230; ¡no puedo soportarlo!</p>
<p>-Valerie&#8230; -empecé, sin saber qué decir.</p>
<p>-Hablé ayer con mamá -siguió diciendo con voz temblorosa, sus ojos húmedos aún fijos en los míos-. Dijo que no iba a necesitar más al doctor, que ella iba a conseguir ayuda de otro tipo&#8230; -la débil voz de Valerie se convirtió en sollozos; se cubrió la cara con ambas manos y dejó de contenerse. Me levanté de mi silla y me senté en el borde de la cama, a su lado, poniendo mi brazo alrededor de sus hombros. Valerie oprimió su rostro sobre mi pecho y siguió expulsando su angustia.</p>
<p>Después de las 8:00, Valerie se quedó dormida. Apagué las luces silenciosamente y me detuve un momento a contemplar su rostro en la penumbra. En esos momentos no parecía quedar rastro alguno de los temores y sufrimientos que la acosaban; era sólo la muchacha de cabellos largos y ambiciosas ilusiones que yo había conocido un año antes en la biblioteca, soñando quizá con un mundo de extrañas personas y portentosas ciudades donde la tristeza y el dolor no serían sino mitos olvidados.</p>
<p>Una ligera sonrisa se formó en sus labios.</p>
<p>Cerré la puerta a mis espaldas, enfrascado en mis dolorosas fantasías.</p>
<p>Encontré a la Sra. Loveman sentada en un extremo de la mesa del comedor. La escena me asombró, a pesar de estar ya familiarizado con su extraordinaria forma de ser: su vestido de color púrpura, de mangas ceñidas y cuello alto, el atuendo de una dama de tiempos ya idos, así como su cabello enblanquecido que se abultaba en un no menos antiguo peinado, y su imponente y afectada inmutabilidad, todo encajaba a la perfección en el cuadro formado por esa mesa labrada con cu pálido mantel de encaje, la silla de intrincados arabescos que ella ocupaba, y la casa misma, sugerente de una grandeza remota&#8230; Por un momento me vi trasladado un siglo atrás, a una soñada Nueva Inglaterra, probablemente en Salem, cuando los miembros de las más notables familias se sentaban a la mesa y acogían con intachable dignidad los víveres preparados, quizá, con motivo de alguna celebración&#8230;</p>
<p>-Señora -dije entonces; mi propia voz rompió el desconcertante encanto de la escena, pero la altiva mujer no se dignó a mirarme.</p>
<p>-Debes irte -dijo, erguida en su asiento y mirando al frente; era una orden más que una sugerencia.</p>
<p>-Valerie está empeorando -insistí, como lo había hecho más de una vez-. No puede negarse a que sea llevada a un sanatorio; permítame llevarla en un taxi&#8230;</p>
<p>-Mi hija permanecerá aquí -declaró, fría y autoritaria.</p>
<p>Ya habíamos pasado antes por todo esto; aún el médico había sido incapaz de convencerla. Tenía que probar algo nuevo, hablarle con su propio lenguaje.</p>
<p>-Lo que usted hace es un error; puedo sentirlo. Valerie también lo siente. Ella percibe que el hospìtal es su única esperanza.</p>
<p>Esta vez sí me miró; una mirada hostil, exasperada.</p>
<p>-Yo siento lo contrario -dijo calmadamente-. Sé lo que hago, y tendrás ocasión de comprobarlo.</p>
<p>-¡Escuche! -exclamé en un estallido de mi frustración acumulada, convencido de que la Sra. Loveman estaba loca-. Valerie está muriéndose y no me voy a quedar sin hacer nada -ni siquiera me importó, en mi angustia, gritar mis argumentos, pero éstos llegaban de todos modos a oídos sordos-. ¡La voy a llevar ahora mismo al hospital, no importa lo que usted diga, porque es la única forma de salvar su vida!</p>
<p>La mirada fija en el muro situado frente a ella, la Sra. Loveman declaró:</p>
<p>-Nêgara no dañará a lo falto de movimiento.</p>
<p>Al escuchar estas palabras quedé petrificado, invadido de repente por un horror indefinible, causado no sólo por las desconcertantes palabras de la ancianasino también por el inexplicable sonido que llegó a mis oídos a través de la pùerta abierta de la cocina, a mis espaldas: el inconfundible ruido de la puerta quedaba al pequeño patio interior de la casa al ser sacudida desde afuera.</p>
<p>Reaccioné y retrocedí para poder asomarme por la puerta de la cocina y ver quién intentaba abrirse paso desde el patio, cuya única entrada, recordé entonces, era la misma puerta que estaba siendo sacudida, afianzada desde el interior con un cerrojo. Y a través de los seis paneles de cristal que conformaban la parte superior de la puerta del patio ví una masa caleidoscópica de vapores o gases que flotaban y se enroscaban, teñidos de diversas coloraciones opacas entrevistas tras la predominancia de un amarillo fuerte y un rosa obscuro; y por uno de los paneles inferiores se asomaba, conformada de los mismos vapores espesos igual que una de las figuras sorprendentes que suelen adoptar las nubes, sólo que un millar de veces más definida, la faz perfectamente delineada de una infernal criatura de rasgos bestiales que flotaba allí afuera,suavemente balanceándose en el aire nocturno.</p>
<p>Sacudido por esa visión, retrocedí. Miré a la Sra. Loveman, su encanecida cabeza en alto y sus manos sobre la mesa, inmóvil como una estatua de cera.</p>
<p>Nêgara no dañará a lo falto de movimiento&#8230;</p>
<p>Ella se sentaba allí, inmóvil, los párpados cerrados, pero ¿qué podía hacer yo? Pensé por un momento sentarme en otra silla, imitándola, pero deseché en seguida esta idea absurda. Aún cuando el permanecer inmóvil fuera la salvación, como ella lo dijo, ¿cómo lograrlo cuando el miedo me estremecía? Llegué a tropezones al lado opuesto de la habitación, sin poder pensar con coherencia; el ruido incesante, de la puerta agitada por manos inhumanas con inexorable insistencia seguía escuchándose a través de la puerta de la cocina, de la cual sólo me separaba la amplia mesa rectangular. En la cabecera de dicha mesa, a mi derecha, la Sra. Loveman permanecía imperturbable, ignorando tannto a mí como al ruido. Mi cerebro había estallado en un torbellino de ideas caóticas danzando al ritmo del ruido de la puerta del patio, que era agitada una y otra vez&#8230; &#8230;y abruptamente se detuvo.</p>
<p>En el terrible silencio que siguió miré hacia la puerta de la cocina, sabiendo demasiado bien lo que en unos instantes aparecería en ella. Mi cerebro gritó, y me desplomé boca abajo, irracionalente, sobre una silla que se hallaba separada de la mesa; mi estómago quedó atravesado sobre el asiento de la silla, mi cabeza y brazos colgando por el lado derecho de ésta. Volví entonces la cabeza y tuve, por debajo de la mesa, entre las patas de ésta y de las sillas, una visión parcial dela parte inferior de la habitación&#8230; y vislumbré una masa nebulosa y cambiante de vapores que se desplazaba en completo silencio hacia la habitación contigua, sin detenerse. Me quedé allí, temblando, percibiendo el vago olor a putrefacción que la cosa había dejado a su paso&#8230; entonces recordé a Valerie.</p>
<p>Supe horrorizado cuál era el destino del ente, e imaginé lo que Valerie encontraría inclinándose sobre ella si llegaba a despertar. Valerie, indefensa e ignorante de la pesadilla que iba en su busca. Valerie, quien tal vez no volvería a abrir los ojos. Y yo, aunque hubiera podido idear alguna manera de salvarla, encontré que mi cuerpo ya no me obedecía, y no podía moverme de mi incómodo refugio.</p>
<p>Pasó una eternidad hasta que el olor putrefacto llenó de nuevo mis pulmones; no alcé la mirada del suelo que tenía ante mi cara, pues no quería ver otra vez a la nebulosa monstruosidad&#8230; o lo que tal vez llevase consigo. No me atreví a seguir tratando de moverme, y no escuché sonido alguno aparte de mi propia respiración. Después de unos momentos percibí un débil golpe que provenía de la cocina, como el que produce una puerta al cerrarse con descuido; el fétido olor no tardó en desaparecer. Contuve el aliento, y miré al fin por debajo de la mesa hacia la cocina: no había nada. Encontrando que de nuevo podía moverme, me puse de pie torpemente y miré a mi alrededor, apoyándome en la silla para no caerme. Comedor y cocina estaban limpios de presencias extrañas, pero la luz eléctrica que los alumbraba ya no servía para disipar mis temores como lo hacía en mi infancia, ya que no había hecho sino ofrecerme una más clara visión de aquéllo&#8230; La Sra. Loveman seguía sentada en su sitio; bajó la cabezaun poco y suspiró, la tensión abandonando su cuerpo.</p>
<p>¿Y Valerie? El pánico me impulsaba al rodear la mesa, pasé al lado de la Sra. Loveman y y crucé corriendo la sala inundada de sombras inquietantes —ya que allí las luces estaban apagadas— hasta llegar a las escaleras; subí los peldaños de dos en dos, cayendo de bruces un par de veces, temblando ante el mero pensamiento de lo que podría encontrar.</p>
<p>La puerta del dormitorio de Valerie estaba abierta de par en par, y yo la había dejado cerrada; la atravesé ahogando un grito de ansiedad y miré hacia la cama.</p>
<p>Allí, entre las sábanas grises en la penumbra, estaba Valerie. Dormía, y había angustia en su rostro.</p>
<p>-¡Valerie! -dije, sentándome a su lado. Ella abrió los ojos y me miró. Su rostro reflejó alivio y se incorporó en la cama, murmurando mi nombre y un débil &#8220;¡gracias a Dios!&#8221; La abracé mientras ella lloraba en silencio. Valerie no sabía por qué lloraba; sólo tenía la certeza de que algo terrible acababa de suceder.</p>
<p>Nunca le dije a Valerie lo que sucedió, aunque debió adivinarlo; después de todo, su madre le había dado a entender sus planes.</p>
<p>Desde esa noche no soporto el sonido de una puerta o ventana que se abre de repente cuando la luna ya se encuentra por encima de los árboles, pues pienso en aquel rostro horrendo y temo que pudiera volver. Mil veces me he dicho a mí mismo que lo que ví no fue sino un producto de mi angustia y fatiga; pero es inútil tratar de engañarme sabiendo que, a la mañana siguiente, el médico examinó a Valerie de pies a cabeza y realizó posteriormente nuevos análisis, encontrando en todos los casos que, pasando por alto el debilitamiento de los últimos días, Valerie gozaba de una salud plena, y su corazón se hallaba en perfectas condiciones.</p>
<p>Fin.</p>
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		<title>Diario de un Tremere</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jan 2011 17:49:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-2663" title="diariodelamuerte" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/diariodelamuerte.jpg" alt="" width="612" height="358" /><br />
Hoy, en el día de mi treinta aniversario, he decidido empezar un diario. ¿Por qué? En realidad no lo se. Puede que sea debido a que, a pesar de encontrarme en una gran ciudad, me siento solo. Hace ya unos cuantos años que decidí iniciar mi investigación de lo Oculto, y he conocido a muy poca gente que compartiese este interés. No conozco gente con la que discutir mis teorías, ni me atrevo a explicar mis descubrimientos. Me tomarían por loco. No saben hasta que punto las leyendas pueden llegar a ser ciertas. No creo en vampiros ni hombres lobo, pero he visto fantasmas. No los he visto directamente, pero he visto objetos moverse sin que nadie los sujetara. He visto gente realizando actos inhumanos, gente que ha sido exorcizada por obispos, olvidando sus actos. Si, existen los seres sobrenaturales, y si, existe el Otro Mundo. No se gran cosa de el, pero seguiré investigando. Alguna cosa encontraré.</p>
<p>Barcelona, Año del Señor de 1165, 30 del Sexto mes</p>
<p>Este diario no es tan diario como me había planteado inicialmente. Realmente no me siento motivado a escribirlo, tengo pereza. Por eso he decidido que no será tanto un diario como un conjunto de notas sobre mis descubrimientos.<br />
<span id="more-2649"></span><br />
Durante estos días he conocido, por fin, a gente interesante, uno de ellos entendía en fantasmas. Ha invocado a uno delante mío, y le ha hecho preguntas bastante interesantes. He sabido que no todo el mundo al morir va al Cielo o al Infierno. Los hay que se quedan atados de alguna manera, ya sea atados a un objeto, o debido a una pasión muy fuerte. A eso lo llaman Ataduras. ¿Es posible que el Purgatorio sea el mismo lugar en el que vivimos los mortales? ¿Puede ser que, cuando una persona se muere sin ser digna de Cielo ni Infierno, se quede en este mundo a expiar sus culpas, o a acabar de ser condenado eternamente? Algún día tendré que hacerle más preguntas a Arnau (el que ha invocado el espíritu). Quizás es me lo sabrá explicar. Me ha explicado también que los fantasmas se dividen en grupos, que unos mandan a otros&#8230; he aprendido muchas cosas que prefiero no reflejar aquí. Seria demasiado peligroso si cayese en malas manos.</p>
<p>Barcelona, Año del Señor de 1165, 30 del Décimo mes</p>
<p>Hoy he conocido a una persona que ha cambiado el curso de mi vida. Los fantasmas son interesantes, pero más lo es manipular las energías que nos rodean para utilizarlas a tu propio antojo.</p>
<p>Hacía poco que se había ocultado el sol cuando han llamado a la puerta. Uno de mis criados ha contestado, y me ha informado que tenia la visita de un desconocido muy bien vestido, y que aquel extranjero se esperaba en la entrada. Le he preguntado porqué no lo ha hecho pasar, y me ha contestado que esperaba la invitación del señor de la casa. Lo he encontrado extraño, pero he ido. Era un hombre de mediana edad, muy bien vestido. Le he hecho entrar, y lo he acompañado a mi despacho. Una vez allí me ha pedido permiso para examinar mi biblioteca, y yo, sorprendido, se lo he concedido. Después de más de media hora examinando mis libros, me ha preguntado si creía en la magia. Yo no le he contestado ni un si ni un no, si existen los fantasmas, ¿por qué no los magos? Me ha contestado que la magia existe realmente, y para demostrármelo ha apuntado a la puerta, ha cerrado los ojos, ha dicho unas palabras en una lengua muy extraña, y ha surgido un rayo de luz de sus manos, que ha destrozado la puerta, arrancándola de sus gonzones, lanzándola contra la pared opuesta del pasadizo, y dejándola completamente quemada. Eso me ha cabreado mucho, y me he lanzado sobre suyo para golpearlo, pero ¡lo he atravesado! Cuando me he calmado me ha preguntado si quería aprender. Y le he contestado que sí. Quiero aprender.</p>
<p>Barcelona, Año del Señor de 1165, 8 del Onceavo mes</p>
<p>Hace ya unos días que Ossey, este es su nombre, me enseña magia. &#8220;Taumaturgia&#8221;, la llama el. He de beber de su sangre, o si no, no funciona. Además, me ha dicho, que ha lanzado en su sangre un conjuro para que sea muy nutritiva, así no tiene que comer, ni yo tampoco. Algún día le pediré que me enseñe este conjuro. Por ahora he aprendido a comunicarme mentalmente con el. Llama a esto ‘Ritual’, y este es el ‘Ritual para comunicarse con el Sire’. No me ha dicho que significa esto de ‘Sire’, dice que más adelante comprenderé mejor. Por ahora confío en el, pero me gustaría saber porqué insiste en encontrarnos de noche tan solo, y dónde está durante el día&#8230;</p>
<p>Me ha dicho que ahora me enseñará a mirar en el pasado utilizando el agua&#8230; lo espero ansioso.</p>
<p>Barcelona, Año del Señor de 1165, 25 del Duodécimo mes</p>
<p>Hoy, día de Navidad, Ossey ha venido un poco asustado. ‘Don estos días’ me ha dicho ‘Normalmente por estas fechas no me encuentro bien. Debe ser que aún no me he acostumbrado al frío’.</p>
<p>De hecho, hacía ya un mes que no lo veía. Me ha dicho que ha tenido problemas con una persona a la que creía amiga, y la ha tenido que matar. Me ha pedido que me marche con el a los Cárpatos. Dice que ha de marchar, que lo busca gente muy poderosa, y ha de huir. Me ha dado hasta mañana para decidirme.</p>
<p>Cracovia, Año del Señor de 1166, 3 del Tercer mes</p>
<p>Bien, decidí huir con el. Liquidé todo lo que no me podía llevar, empaquetamos rápidamente todas nuestras posesiones, y una noche huimos. Ossey tenía un carruaje esperando fuera de la ciudad, pero para marchar tuvimos que eliminar un guardia. Lo que me extraña más es la forma cómo lo mató. Lo miró a los ojos diciéndole ‘ven, ofréceme tu cuello’, y dicho esto le mordió en la arteria. Si, ya sé que esto suena a cuento de vampiros, pero no creo que existan. Magos como Ossey habrían acabado con ellos.</p>
<p>Hoy me ha dicho que debido a que aquí hay muy poca luz, me enseñará una cosa nueva : como ver cuando es prácticamente oscuro. Llama a esto Auspex. Supongo que debe ser una de sus ‘Sendas de Taumaturgia’, debe ser la ‘Senda de Auspex’.</p>
<p>Cracovia, Año del Señor de 1166, 8 del Quinto mes</p>
<p>¡Lo he conseguido! ¡Hoy lo he conseguido! ¡Después de dos meses he conseguido ver como si fuese de día por poca luz que haya! ¡Esta ‘Senda de Auspex’ funciona! Me pregunto que más me enseñará&#8230;</p>
<p>Cracovia, Año 1166, 15 del Séptimo mes</p>
<p>Hoy he descubierto una cosa nueva. Los vampiros existen. Existimos, debería decir. Porqué ahora yo soy uno. He de comer sangre para alimentarme. He de matar para vivir. Hoy Ossey, mi Sire ha acabado de enseñarme como hacer que la gente obedezca una orden mía. ‘Senda de la Dominación’ lo llamaba yo. Ahora sé que no es eso. Es Dominación, sin lo de ‘Senda’. Del mismo modo que Auspex. Sin ‘Senda’. Ahora sé que es realmente la Taumaturgia. Pero empecemos por el principio :</p>
<p>Había experimentado siempre con un criado de mi Sire. Le daba órdenes extrañas cuando menos se lo esperaba. ‘Arrodíllate’ le decía. ‘Pégate’. Algunas veces me hacía caso, otras no. Hoy he conseguido que me hiciera caso en todo lo que le ordenaba. Y se lo he dicho a mi Sire. Me ha felicitado, y me ha dicho que ‘no puedo enseñarte nada más si no haces el siguiente paso. Ahora depende de si tu quieres seguir.</p>
<p>Escúchame atentamente, soy un vampiro. Si, los vampiros existen. Nosotros, los Hijos de Caín hace ya muchos siglos que corremos por la tierra, entre los mortales, alimentándonos de ellos, dominándolos. Y tu no eres un simple mortal, eres lo que se llama un ghoul. Y poca cosa mas podrás aprender como ghoul. Te he de abrazar si quieres aprender más, y debes jurar fidelidad al que será tu clan, el clan de Tremere’.</p>
<p>Yo le he contestado que me abrazase. Que quería ser como el. Quería aprender magia. ‘Taumaturgia. Quiero aprender Taumaturgia. Haz conmigo lo que sea necesario’ le he contestado. ‘Muy bien, si tu lo pides. A partir de ahora pertenecerás al clan de Tremere, fundado por Tremere hace ya 144 años. A partir de ahora serás uno de los Condenados. Serás uno de los Usurpadores’. Dicho esto, me ha clavado sus dientes, y ha empezado a sorberme la sangre.</p>
<p>Primero he sufrido un fuerte dolor que se esparcía por todo mi cuerpo, pero poco a poco este ha sido sustituido por un poderoso placer, superior al placer sexual que tan pocas veces había sentido antes. He ido perdiendo las fuerzas, a medida que Ossey me iba matando para convertirme en uno como el. Repentinamente, he visto la escena por encima. ¡Estaba muerto! Y ahora era un fantasma como aquellos que tanto había intentado estudiar. ¿Me había traicionado Ossey? Pero no, de repente he notado que era arrastrado de nuevo a mi cuerpo. Volvía a estar vivo. No muerto. No vivo. Un vampiro. Tenía mucha hambre. Tenía que alimentarme. No lo podía soportar. Ossey, ya mi Sire, ha llamado aquel criado con el que yo practicaba, y me ha dicho que me alimentase.</p>
<p>Me he lanzado sobre el pobre desgraciado, y he empezado a beber. Súbitamente he notado que me estiraban. ‘¡Para o lo matarás!’ Era mi Sire. ‘Lo primero que has de aprender es a controlarte cuando te alimentas. Ahora lame su herida, así se cerrará. Y vete a descansar. Pronto será de día, y la luz del sol es mortal para los de nuestra especie. Mañana seguiremos hablando’. Mi Sire había preparado una habitación especial con una puerta de roble macizo y forrada con acero para que fuese muy difícil de romper. Una habitación sin ventanas, y tan solo un ataúd en el centro. Sentado en este ataúd es donde escribo este diario. Ahora y para toda la eternidad.</p>
<p>Una observación : Mientras me dirigía hacia aquí, he observado que todas las plantas por las que pasaba cerca se volvían grises y morían. Tendré que preguntarle a mi Sire a que es debido esto.</p>
<p>Cracovia, Año 1166, 16 del Séptimo mes</p>
<p>Respecto a la muerte de las plantas, hoy mi Sire me ha dicho que es parte de la Maldición, que a algunos de los Vástagos les pasa. Ya aprenderé a vivir con ello. Aparte de esto, hoy ha empezado a hablarme de la sociedad en la que acabo de entrar.</p>
<p>Cracovia, Año 1166, 30 del Noveno mes</p>
<p>Hoy mi sire me ha hecho un gran favor, y una gran putada. Ha capturado dos vampiros, Gangrel y Tzimisce ha dicho que eran sus clanes, y ha practicado un ritual sobre ellos. Me ha dicho que haría una Gárgola, y me la daría para que me protegiese, puesto que nos hallamos en tierras enemigas, y yo no soy un buen luchador. Pero alguna cosa ha ido mal, y mientras ataba la gárgola a mi un fuerte dolor ha penetrado en todo mi cuerpo, ha recorrido mis extremidades y se ha concentrado en mi cabeza. Mi Sire se ha espantado mucho, y ha traído un espejo. Tengo la misma cara que la gárgola. Soy horroroso. No me miraré nunca más en ningún espejo, y llevaré siempre una capucha para que no me vea nadie.</p>
<p>Pero eso si, la gárgola obedece todas mis órdenes. Bien.</p>
<p>Cracovia, Año 1167, 23 del Primer mes</p>
<p>Poco después del accidente de la gárgola hemos empezado un viaje. Mi Sire me ha llevado a hacer una visita a los antiguos del Clan, para que bebiese parte de su sangre. Me ha dicho que es una obligación del clan, así es mas difícil que nos traicionemos. Lo que no entiendo son los comentarios que hacían sobre el. He oído que mas de uno le llamaba ‘Traidor’ y ‘Demonio’. Algún día le preguntaré porqué.</p>
<p>Hoy hemos llegado del viaje, estoy cansado. Me voy a dormir.</p>
<p>Cracovia, Año 1167, 8 del Cuarto mes</p>
<p>Hoy mi sire me ha explicado porqué lo trataban de demonio y de traidor. Hoy me he atrevido a preguntarle porqué. Los ‘Demonios’ son los Tzimisce. Nuestros odiados Tzimisce. Pero mi Sire trata con muchos de ellos, hasta ahora me lo había ocultado. El es de los que piensan que la mejor forma de vencer a un enemigo es unirte a el y atacar por dentro. Así que, sin decirle nada a nadie, se ha puesto en contacto con ellos, con los Tzimisce. Les ha hecho creer que ha renegado de su clan, y que a partir de ahora estará con ellos. Por eso me dio la gárgola. Para que me defienda si estos malditos Tzimisce jamás me atacan.</p>
<p>Cracovia, Año 1197, 1 del Primer mes</p>
<p>Hace ya años que no escribía en este diario. Esto es debido a que no tenía nada que escribir. He aprendido muchas cosas, mas Auspex y mas Taumaturgia, ahora puedo ver las auras de la gente, y mi control sobre los cuerpos acuosos ha mejorado. Pero no quiero poner por escrito lo que he aprendido. Sería demasiado peligroso si lo encontrase alguien que lo pudiese utilizar contra nosotros, los Hijos de Cain.</p>
<p>Pero esta es la razón por la que he vuelto a escribir en mi diario. Hoy mi Sire me ha dado una mala noticia. Me tiene que abandonar. Tiene que irse. Nuestra vida peligra, ya que algunos Tremere han descubierto nuestro refugio &#8211; con los años hemos roto el contacto con el clan para poder cumplir mejor la misión que nos hemos impuesto -, y el se marchará para hacerles creer que abandonamos el lugar. Dice que ahora ya estoy preparado para enfrentarme solo al mundo, pero que siempre tendremos nuestro vínculo mental para casos de necesidad &#8211; ha insistido que lo utilizase el mínimo posible, ya que teme que se pueda rastrear la huella psíquica, y nos podrían encontrar -, que me quede aquí puesto que este es el último lugar en el que nos buscarán ya que les hará creer que nos hemos ido.</p>
<p>Y yo le he jurado que continuaría la tarea que el ha empezado. Que me presentaría a los Tzimisce, malditos Demonios, malditas bestias infames, y les causaría todo el mal que pudiese&#8230; desde dentro.</p>
<p>Fin.</p>
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		<title>La sombra del lago</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jan 2011 00:55:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<description><![CDATA[Y está escrito que quien vea al dios no morirá, dormirá junto al lecho del inmortal velando su sueño y llorará y despertará cuando Él despierte, cuando vuelva para arrastrarse sobre la superficie de la tierra La historia que cuento en este viejo cuaderno (que ya estaba en un penoso estado cuando lo encontré a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/lago210.jpg" alt="" title="lago210" width="500" height="347" class="alignnone size-full wp-image-2660" /><br />
Y está escrito que quien vea al dios no morirá,</p>
<p>dormirá junto al lecho del inmortal velando su sueño</p>
<p>y llorará y despertará cuando Él despierte,</p>
<p>cuando vuelva para arrastrarse sobre la superficie de la tierra</p>
<p>La historia que cuento en este viejo cuaderno (que ya estaba en un penoso estado cuando lo encontré a mi lado nada más despertar) puede no ser creída jamás por nadie, o puede que quien la encuentre la deje, horrorizado, en el mismo sitio donde la encontró. Tal vez este amasijo de hojas amarillentas no será encontrado jamás por nadie (si es que queda alguien para poder hacerlo). Pero yo tengo que escribir estas palabras&#8230; lo he de hacer porque es el único medio que se me ocurre para purgar las culpas de mi atormentada consciencia: No pude parar aquello que pasaba en este pueblo y solamente puedo intentar avisar a los demás de la maldad que aquí impera.</p>
<p>Puedo jurar que he sido testigo de extrañísimos ritos, algunos de los cuales son anteriores a la venida de los propios romanos, pero jamás he visto ninguno que lo fuese tanto como el que presencié en el pueblo de Satoigne, ni ninguno tan terrorífico como el que (por desgracia) conocí aquí.<br />
<span id="more-2619"></span><br />
***</p>
<p>El tren traqueteaba por entre el montañoso bosque plagado de resistentes coníferas de un verdor vital (pese a que estábamos en Otoño) y también de otro tipo de árboles que mostraban su debilidad con el enfermizo color de las efímeras hojas que aún no se había llevado el viento. La ventana del compartimento era el único medio que me permitía huir de la incómoda situación que se daba en mi vagón.</p>
<p>Todo parecía marchar bien con mis compañeros de viaje al comienzo del trayecto, pero cuando pasamos de largo la última estación, los pasajeros que ocupaban los demás asientos del compartimento empezaron a mirarme con una escrutadora curiosidad que me incomodaba bastante.</p>
<p>Ahora sé porqué&#8230;</p>
<p>Aquellos viajeros: dos hombres y una mujer vestidos al estilo de los labradores de final de siglo, iban al mismo sitio que yo. Lo supe entonces porque en el programa de la estación no había ninguna parada más después de la mía (donde el tren cambiaba de dirección de vuelta a la ciudad). Entonces me fijé en ellos, piel curtida por los elementos (cosa que evidenciaba su trabajo en el campo) pero cuyo tono de palidez, aderezado con la cualidad casi transparente de la piel de su cuello (el cual parecía querer mostrar al mundo el color de sus venas) te hacía inclinarte hacia pensamientos de sospecha e intranquilidad. Además, era increíble la oscuridad casi anormal de sus ojos y el parecido de sus rasgos.</p>
<p>Al mirar sus rostros, que incluso podrían haber pasado por afables si no fuese por aquellos crueles ojos que rompían cualquier posibilidad de encanto, con su expresión casi acusadora, recordé la mirada de reproche de mi padre cuando de pequeño hacía alguna jugarreta. Pero no&#8230; la mirada de mis fortuitos compañeros de viaje era mucho más seria&#8230; como si la jugarreta hubiera dejado de serlo y se hubiese convertido en un crimen.</p>
<p>Aquella forma de mirar me obligó a volver de nuevo al refugio que suponía la contemplación de las &#8220;siempre&#8221; vivas hojas del abeto y de esos otros pelados árboles que surgían de la tierra como si se tratara de los postes telefónicos de mi ciudad.</p>
<p>El resto del viaje lo pasé mirando estas cosas propias del paisaje de montaña al que yo estaba tan desacostumbrado, y no moví la cara de la ventana hasta que llegamos a la estación ferroviaria de Satoigne: A veces, pensaba yo entonces, es mejor no hacer caso de ciertas actitudes&#8230; pero de ningún modo podía yo dejar de ponerme nervioso, porque notaba los ojos de los tres, clavados en mi nuca todo el tiempo.</p>
<p>Cuando se detuvo el tren fui más que rápido en bajar. Salí del compartimento sin girar la cabeza para despedirme de aquellos extraños: no quería tener que volver a ver aquellos ojos. Y no lo haría (o al menos eso esperaba yo).</p>
<p>Cuando dejé atrás las escaleras de hierro que bajaban desde el piso de madera del tren estaba bastante alterado. Pero mientras iba hacia el departamento postal (donde había quedado con mi primo Gerard) la preocupación fue diminuyendo hasta que llegué a pensar que lo que yo advertía como un comportamiento extraño y casi hostil no había sido más que una repentina paranoia mía.</p>
<p>Cuando llegué a la puerta del &#8220;Departamento de Correos&#8221; ya casi me había olvidado de todo aquello.</p>
<p>Dejé mi equipaje en el suelo y traté de encontrar a mi primo entre la gente. Me sorprendí al ver tanta gente en la pequeña estación de aquél pequeño pueblo que siempre había sido Satoigne. Pero el hecho de que el margen de la vía estuviese lleno de personas cargando largas piraguas en el vagón de equipajes me tranquilizó: Las carreras en el &#8220;Lago de Satoigne&#8221; eran de sobra conocidas en toda la región.</p>
<p>Mientras yo esperaba, el tren se puso en marcha, lleno de gente que haría el viaje de vuelta, pasando por las estaciones que yo había dejado atrás. Ojalá hubiera estado yo subido entonces en aquél tren&#8230;</p>
<p>Entonces le vi, corriendo entre el resto de la gente que había quedado en la estación y que ahora miraban el tren repleto de la gente a la que habían ido a despedir.</p>
<p>- ¡Eduardo! &#8211; me llamó Gerard al tiempo que esquivaba a un funcionario de correos cargado de paquetes.</p>
<p>Sonreí y levanté los brazos para que se diera cuenta de que ya lo había visto.</p>
<p>Entonces me acordé (como hago ahora) de nuestra infancia y de cómo nos habíamos ido separando todos a lo largo de los años, para vernos sólo de vez en cuando en algún acto señalado (como en el funeral de la abuela).</p>
<p>Tras el reencuentro, cogiendo una maleta cada uno tomamos el camino hacia &#8220;Nuevo Satoigne&#8221;, que era la zona donde vivían mi tía y sus hijos. Una bonita zona de caserones ideales para pasar el verano y los comienzos del otoño, que había sido edificada tan sólo unos veinte o treinta años atrás.</p>
<p>Me di cuenta mientras comenzábamos a andar que el municipio estaba dividido en dos: las tierras más planas y cercanas al lago (es decir la parte del valle), que formaban el &#8220;Viejo Satoigne&#8221;, con casas viejas y calles estrechas (como las de los barrios judíos del medioevo); y por otro lado las tierras más elevadas, donde no había ninguna huerta demasiado grande ni nada de eso, conformaban estas tierras una zona plagada de árboles y de enormes casas que casi podríamos llamar mansiones. Desde la estación de trenes se veía la parte baja del pueblo y, mirando aquellas huertas y aquellas viejas casas grises me acordé de pronto de los tres labradores que me habían acompañado durante parte del trayecto.</p>
<p>Entonces, un presentimiento se introdujo en mi cabeza. Me volví a mirar hacia las vías del tren&#8230; allí estaban los tres, de pie, con sus vestimentas inmóviles (pese a que el viento soplaba con cierta fuerza y el frescor típico de la montaña por esas fechas).</p>
<p>Allí permanecían mirando como andaba al lado de mi primo&#8230; y su mirada me recordó de momento ciertas pesadillas de mi infancia, porque aquellos ojos que antes eran fríos e inquietantes ahora estaban teñidos con un tono de maligna crueldad.</p>
<p>El sudor frío característico del miedo incontrolable me acompañó todo el camino hasta la casa de Gerard.</p>
<p>***</p>
<p>La cena de aquella noche en casa de mi tía me tranquilizó bastante, pero no pude quitarme de la cabeza el recuerdo de aquella mirada. No es que sea supersticioso (al menos no lo era&#8230; antes) pero los hechos sucesivos que constituyeron aquél día de viaje me afectaron de manera que no podía dejar de tener, si no miedo, si una cierta sensación de inquietud.</p>
<p>Pese a la alegría de mi familia, era consciente de que algún tipo de sombra se cernía sobre aquél pueblo, y tal vez sobre mí también. Pero la última cosa que yo quería hacer era preocupar a mi tía con problemas que parecían ser malas pasadas de la mente, y sobretodo cuando el motivo de mi visita era la todavía reciente muerte de mi tío Gerard.</p>
<p>Así que me fui a dormir temprano, acompañado por mi primo&#8230;</p>
<p>- Procura pasar buena noche ¿De acuerdo&#8217;?</p>
<p>- Descuida. Buenas noches.</p>
<p>El sonido de la puerta de madera&#8230; Me pareció como si viniera de afuera de la habitación&#8230; de la parte exterior de la ventana que por el día dejaba entrar la luz a la estancia pero que por la noche se convertía en un cuadro de la más detallada negrura que existe en el mundo. Las paredes de la habitación de invitados estaban muy bien empapeladas, con un decorativo motivo a rallas blancas y granates que seguramente hacía mucho tiempo le daba al lugar un cierto tono de distinción, pero que ahora ofrecía una sensación de vejez y solemnidad remarcada por las grietas añadidas por la humedad y el tiempo.</p>
<p>Me puse a pensar en lo viejo que debía ser el pueblo&#8230; al fin y al cabo la casa de mi primo (que fue una de las primeras en construirse) no debería tener más de treinta o cuarenta años&#8230; Entonces, ¿Cuántas grietas deberían haber en las paredes de yeso y fango del Viejo Satoigne?</p>
<p>Con aquél desalentador pensamiento me decidí a meterme en la cama, cuando de repente creí sentir un fuerte (si bien corto) resplandor que venía de afuera. En lugar de ir apresuradamente hacia la ventana, decidí apagar la luz (una pequeña lámpara de aceite que me dejó Gerard) y sentarme frente al cristal, que, pese a ser transparente parecía negro como el tizón.</p>
<p>La segunda vez que la luz atravesó el cristal, rompiendo la oscura paz del interior de la habitación, no me lo pensé dos veces. Abrí la ventana con más bien poca delicadeza y saqué medio cuerpo al frío de la noche: con la pierna derecha tratando de aferrarme al piso de la estancia y con el pie izquierdo tanteando la pared en busca de cualquier grieta que me permitiera afianzarme para comenzar a bajar por la cañería. Aunque ésta estaba algo vieja y pese a lo fría que estaba (tanto que las manos comenzaron a dolerme) conseguí aferrarme a ella con seguridad y bajar hasta el suelo.</p>
<p>***</p>
<p>Sombras&#8230; todo lo que alcanzaba a ver eran sombras: sombras de árboles, la inminente sombra de la casa, sombras de piedras en el camino&#8230; Pero destacando por su antinatural oscuridad entre aquellos débiles reflejos de luz, había una figura en pie, en medio de ningún camino de ningún sitio, pero que saturaba mi atención.</p>
<p>Sin saber muy bien porqué me dirigí hacia donde (no) estaba aquella figura, y ésta empezó a moverse hacia un sitio que yo no podía intuir pero, y sin saber cómo me dediqué a seguirla. Más tarde me di cuenta de que la sombra no era más que un efecto de mi imaginación (una falsa proyección emitida en mi cerebro y que me había engañado a mí mismo) y recordé las leyendas sobre los fuegos fatuos del pantano: Los guías de la muerte. Pero una sensación de seguridad muy fuerte sustituyó a la sombra en el papel de guía, y entonces me di cuenta de que había algo (o alguien) que quería que yo llegase hasta un sitio hasta el que yo ansiaba (sin saberlo) llegar.</p>
<p>Como una mancha gris en medio de un cuadro negro pasé por entre las vías del tren. Mis pies hacían crujir las piedras entre los raíles, y mis nervios aumentaban según me iba acercando a mi destino.</p>
<p>Allí, a la pálida luz de la luna llena, que se asomaba tímidamente entre las nubes que cubrían el cielo, estaba el pueblo de Satoigne&#8230; la villa que siempre había sido Satoigne, no aquél conjunto de casas casi nuevas edificadas en la falda de la montaña.</p>
<p>Al fijarme, vi luz en el interior de una de aquellas casuchas rodeadas de pútridos huertos de salud un tanto dudosa. Al acercarme me arrastré sobre la húmeda tierra de una de aquellas zonas de cultivo (que, curiosamente, no parecía haber sido trabajada desde hacía años) y conseguí llegar junto a la ventana de donde venía la temblorosa luz, arropado por las inescrutables sombras del huerto.</p>
<p>Se escuchó el quejoso gemido de una puerta vieja abriéndose en la casa. Una débil luz amarillenta y más bien tenue invadió parte del patio trasero (donde yo me encontraba entre las plantas) llegando a lamer la leprosa superficie de las hojas más cercanas a la casa. Lo que me obligó retroceder hasta donde las sombras me permitían pasar inadvertido. Entonces, un grupo de gente, vestidos de labradores, pasaron frente a mi escondite arrastrando los pies.</p>
<p>Cuando el primero de ellos se acercó lo suficiente lo escuché: un murmullo callado en sus labios, una canción entonada en voz baja que no había sido inventada ni entonada jamás por ningún ser humano corriente, una canción antigua como las estrellas que te hacía rememorar la oscuridad y la más muerta quietud que se puedan imaginar. Los demás también entonaban aquél son, con los ojos muertos y perdidos; con los rostros impasibles, como si no existiera nada de interés en lo que los rodeaba. Entonces pensé que tal vez no hacía falta esconderse, que tal vez ni siquiera mirarían&#8230; pero el miedo que me estrujaba el corazón no me dejó ni la opción de plantearme comprobarlo.</p>
<p>Aquella tétrica procesión caminó entre árboles grises que a la luz de la luna parecían muertos, entre grises piedras, entre arbustos grises&#8230; Siempre entonando su canción (que sin embargo nunca era la misma). A medida que nos acercábamos a nuestro objetivo ésta era cantada con mayor fuerza y convicción por los componentes de la marcha. Llegó un momento en que mis piernas temblorosas casi no podían caminar, ojalá me hubiese detenido y hubiera perdido de vista a aquél estrafalario grupo.</p>
<p>Pero seguí, continué persiguiendo la pequeña luz por la que se orientaban (aunque ahora dudo de si realmente necesitaban orientarse) hasta percatarme del sitio adonde se dirigían los pasos del guía del grupo. Me hice consciente de pronto del impresionante olor a humedad y de la leprosa putrefacción que invadía el bosque cuando pasábamos, una putrefacción reflejo de la esencia oscura y enfermiza de los &#8220;hombres&#8221; que iban delante de mí.</p>
<p>Súbitamente, como por la existencia de una acantilado inexistente, el imaginario camino que seguían los miembros de la procesión se cortó. Y todos los enlutados habitantes de Satoigne se detuvieron en el linde mismo del bosque, justo en el lugar donde el suelo era ya de arena blanca&#8230; en la orilla del profundo y oscuro lago de Satoigne.</p>
<p>Me di cuenta en ese preciso momento de que los hombres y mujeres que había seguido estaban casi totalmente rígidos, cosa que no me sorprendió demasiado porque me había fijado en su forma de caminar, con pasos arrastrados y evidenciando una descoordinación que, fuera del tétrico contexto de su alrededor, habría parecido incluso cómica. Pero su estática posición me ponía nervioso, y entonces pensé cuan estúpido había sido saliendo de la casa sin avisar a nadie (y más siendo mi objetivo seguir a estos pueblerinos en su paseo por el bosque).</p>
<p>Las figuras que más cerca estaban de la orilla, lamida por olas que antes no había advertido, sacaron algo de entre sus ropas para después lanzarlo lo más cerca posible del centro del muerto estanque.</p>
<p>Aquél lago no había tenido nunca pesca (que yo supiera), pero en aquellos momentos el agua hervía como si hubieran miles de salmones alborotando su superficie. Las repentinas olas que se alzaban a más de medio metro de altura desde el centro del lago me hicieron sentir un miedo y una sensación de monumental antigüedad&#8230; el lago negro en el lecho del valle y la luna blanca en lo alto, redonda, hoy como hace miles de años al comienzo de la tierra&#8230;</p>
<p>Cuando la última mujer se disponía a lanzar el correspondiente (sacrificio) objeto al lecho del lago creí ver algo a la luz pálida del satélite lunar: una advertencia que la reina de la noche me dedicaba para que no me acercase más a aquella gente ni a su pueblo&#8230; En el momento en que la mujer alzó su mano aferrando aquello, un reguero de sangre ennegrecida bajó por su pálido antebrazo descubierto, perdiéndose bajo la manga derecha de su vestido.</p>
<p>Sacrificio&#8230;</p>
<p>Entonces me di cuenta del cruel hecho que antes no había querido ver, ahora tomaba consciencia de que aquellas personas no iban al bosque para recoger setas&#8230; y yo estaba en medio de aquel rito, tal vez satánico, que osaban realizar en el pueblo desde Dios sabía cuando.</p>
<p>Pasada la locura inicial (fruto de no sé qué posible influencia mental) decidí volver a casa de Gerard&#8230;</p>
<p>Un sentimiento de miedo añadido al nerviosismo que me causó percatarme de mi situación me dominó.</p>
<p>Ya decidido a marchar hacia la parte alta de Satoigne, miré durante un ínfimo instante al lago. Ya se había calmado y estaba libre de todo tipo de olas o irregularidades en su superficie, que ahora permanecía estática y completamente lisa. La sensación que invadió mi mente destruyó de pronto toda la coherencia empírica que antes de aquella noche me caracterizaba: la certeza de mi infinitamente minúscula importancia frente al enorme océano que representaba el mar interminable del tiempo. La sensación de ser observado por la antigua luna, que ya estaba allí arriba mucho antes de que el hombre caminase completamente erguido, incluso antes que los dinosaurios caminasen por donde ahora se alzan ciudades como París o Barcelona.</p>
<p>Pero en aquel momento, mientras yo miraba aquel ancestral lago, sentí un ruido similar al que haría alguien arrastrando los pies detrás de mí&#8230;</p>
<p>Después de perder completamente la consciencia caí en un sueño intranquilo, con una sensación de vértigo que aún hoy, mientras escribo en este amarillento papel, persiste en mi cabeza. Era como si me viese cayendo en el remolino incesante del tiempo, recorriendo con mi inconsciencia el pasado: tratando de llegar a un momento y a unos recuerdos tan impactantes que luchaban en el Todo por ser comunicados.</p>
<p>***</p>
<p>Temblaba. Aquella noche hacía frío. Sabía que era de noche porque la luz del sol no se reflejaba en las piedras del fondo del río. Pero yo ya no miraba nunca al lecho de arena y piedras redondas, yo, y los compañeros que nadaban conmigo, tan sólo teníamos ojos para mirar hacia delante, hacia aquel destino tan incierto (pero que tan fuertemente nos atraía). Un destino para llegar al cual remontábamos el río saltando, y luchando contra la fuerte corriente&#8230; corriente que procedía del lugar que nosotros ansiábamos alcanzar.</p>
<p>Algunos de los que nadaban a mi lado al comienzo del viaje ya habían muerto de cansancio, pero eran muy pocos y ya los habíamos dejado atrás, ya no eran más que un nebuloso recuerdo ya no importaban&#8230;</p>
<p>No recuerdo demasiado bien esta parte del sueño, pero me sorprendió mucho el hecho de que no podía comprender la realidad como un ser humano, sino que simplemente tenía en la cabeza un almacén de imágenes, de recuerdos aislados y distanciados por una oscura bruma&#8230; Sólo importaba nadar, nadar hacia delante, hacia arriba y siempre contra corriente.</p>
<p>La corriente, que cada vez era más débil, me resultaba bastante agradable&#8230; Nadar contra corriente era el ejercicio que ansiaba realizar, parecía como si hubiese nacido y crecido para hacerlo bien en aquel momento de mi vida&#8230; Lo que no me planteaba mientras recorría el río dulce y vivo que constituía mi camino era la posibilidad de no tener adonde ir después de haber alcanzado mi meta.</p>
<p>El agua del río era clara, totalmente clara y cada vez más fría&#8230; pero al pasar determinada ensenada sentí una afluencia diferente, más cálida pero con un sabor de estancamiento que me desagradó al momento&#8230; si bien a pesar de que el agua que provenía de aquél sitio donde el suelo sería tan insalubre me repelía bastante, traté de encontrar el origen de la corriente: el pútrido afluente que traía esa agua a mi río.</p>
<p>Entonces, tras un dique de cañas y madera (que dejé atrás con un potente salto, arriesgándome incluso a caer fuera del margen fluvial) encontré el lago, en el que me hundí como una piedra tras mi corto vuelo.</p>
<p>El agua allí estaba teñida de un ligero tono mostaza, y numerosas partículas de algas muertas invadían el volumen líquido (mortífero para mis branquias). Comencé a sentirme muy mal, las aletas no hacían caso de lo que mandaba mi cerebro y noté cómo mi piel perdía consistencia e iba despegándose del resto de mi cuerpo&#8230; de los tendones y de los músculos, dejándome progresivamente &#8220;desnudo&#8221; entre las aguas pútridas que me rodeaban.</p>
<p>Dejé de nadar, solamente podía dejarme llevar por las caprichosas corrientes, tan leves como caricias empalagosas&#8230; como las caricias de la muerte.</p>
<p>Durante mi vagar entre restos de algas, y sobre las muertas plantas amarillentas que tenían aquél tono enfermizo tan característico del clímax del lago, seguí notando la precipitada degradación de mi ser. La verdad es que no dolía, como si hubiese nacido para tener un final similar a aquél, pero estaba perdiendo la vida demasiado rápido, y algo en mi instinto interior me decía que eso no era normal&#8230; Mis ojos se abrían cada vez más a pesar de no ver casi nada, me quedaba ciego, pero mi soñada enfermedad no me iba a librar de ver, entre las deformaciones de una ¿niebla? antinatural, la horripilante figura de aquel ser.</p>
<p>Aquello estaba rodeado por una especie de tinte de color mostaza apagado, como si de ese cuerpo muerto que alguna vez &#8220;caminó&#8221; sobre la tierra se desprendiese toda la peste y putrefacción que correspondía a ese ser: ese ser que, pese a estar muerto, no lo estaba y que aunque estuviese ahogado siempre respiraría.</p>
<p>La indescriptible figura de aquél ente era completamente horrible. Recorriendo la &#8220;bruma&#8221; amarillenta (sin quererlo, pero sin poder evitarlo) descubrí detalles del monstruo &#8211; dios del lago que jamás cualquier humano podría representar en palabras&#8230; porque no hay palabras para narrar lo indefinible, no para aquello que no debiera existir en ningún lugar de nuestro cosmos.</p>
<p>Vi los tentáculos (si se puede llamar así a los apéndices orgánicos que surgían de su cuerpo) que surgían de entre las muertas algas (las cuales o bien estaban muertas o bien formaban parte de la dimensión material de ese monstruo), la escamosa piel del dios del lago, corruptos tubos cuales venas grises que eran balanceadas por las decrépitas aguas del ancestral estanque.</p>
<p>Y admiré, con notable repugnancia, miedo y humildad, a la figura muerta del lecho del lago&#8230; cuando, de pronto, en el lugar más insospechado, se abrió un negro ojo sin color ni luz&#8230;</p>
<p>***</p>
<p>Me desperté aquí, en la habitación donde ahora estoy recostado contra la pared, una pared vieja, gris y repleta de manchas verdes de humedad. Aquí tomé consciencia de que no estaba muerto y de que todo aquello había pasado (incluido el sueño, que no era tal, sino que eran recuerdos de alguien o algo pero que ahora formaban parte de mí de igual modo que mi infancia y todos mis restantes recuerdos).</p>
<p>Ahora miro por la ventana de esta habitación y reconozco (aunque con cierta dificultad) el lugar donde me encuentro: el mismo sitio que siempre fue y siempre será Satoigne (pese a que no se vea ya la vieja villa). Ahora no queda ningún huerto, ni gente, y del pueblo nuevo solo se advierten restos de edificios, mientras que el valle ha desaparecido por completo.</p>
<p>Incluso han desaparecido las montañas. Y todo lo que ahora puedo ver desde la ventana es una serie de colinas arenosas donde antes habían rocas y afilados picos&#8230;. Un desierto (seguramente milenario) coronado por un sol frío, violáceo, que no tardará demasiado en extinguirse. Pero en medio de la escena que contemplo desde este vano sin cristal que antes formaba parte de una vivienda humana está el lago de Satoigne, en el fondo del cual aún hoy vive en muerte la entidad que duerme soñando el día en que volverá a caminar de nuevo&#8230;</p>
<p>Ahora tengo frío y supongo que lo que ahora veo son alucinaciones, productos de mi locura&#8230; Pero aunque sé que digo la verdad al decir que nadie vive ya en estos parajes (ni en ningún lugar de la tierra) aún espero que alguien encuentre lo escrito en este viejo, podrido y húmedo cuaderno.</p>
<p>FIN.</p>
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		<title>Luz y Oscuridad</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 23:07:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/Luz-y-Oscuridad.jpg" alt="" title="Luz y Oscuridad" width="500" height="375" class="alignnone size-full wp-image-2652" /><br />
Luz y Oscuridad Luz&#8230; Es de dia. Llevo esperando este dia desde hace unos meses, cuando mi vida dio un giro de 360º. Hasta hoy he estado preparando mi recuerdo para este pequeño mundo, un recuerdo “muy especial”. Hoy se recordara a lo largo de toda la historia, como un dia salpicado de sangre, porque yo voy a hacer algo por toda la humanidad, para abrir los ojos a otras personas y que vean la realidad, la realidad de quien tiene la culpa de todos nuestros males&#8230; Todo comenzo hace bastante tiempo, cuando yo era un simple Ingeniero Informatico que trabajaba en una prospera multinacional informatica, dedicado a la labor de programar una nueva version de un sistema operativo, junto a otros muchos de mi profesion. Pero un dia, que decididamente cambio mi vida, por el azar de la suerte o por el destino, mientras que bebia café y estaba sentado delante de mi ordenador, oi unos pasos detras mia, gire la cabeza y vi a mi jefe, mirandome fijamente. Poco despues me encontraba en su despacho, sentado y apenado, porque despues de una largo monologo del jefe, me habia despedido, porque tenia que recortar plantilla, ya que la empresa habia tenido perdidas. Me estrecho la mano, me deseo suerte y hasta me dio un abrazo. Al dia siguiente, me encontraba en mi casa, solo como siempre, ya que era soltero. Y poco a poco, según pasaban los dias y le daba vueltas en mi cabeza al porque de mi despido, me fue consumando una gran depresion. Me sentia mutilado, ¿por que me habian despedido de mi trabajo? ¿no podrian haber despedido a otro?. Asi pasaron mas dias, hasta que un dia, viendo un telediario, vi la Luz, habia una reunion del partido politico (encargado de gobernar) en un restaurante de lujo, alli estaban ellos, tan felices, tan ajenos a mis problemas, pasandoselo pipa, mientras que yo estaba aquí desquiciado por su culpa, ellos solo se habian dedicado a robar el dinero que yo pagaba en los impuestos, a decidir sobre quitarle el dinero a este o al otro, y ¡¡¡YO!!!, habia estado dormido durante todo ese tiempo, no me habia dado cuenta de que me habian estado engañando, ¿para que habia servido mi trabajo?<span id="more-2625"></span> ¿que habia conseguido con ganar todo ese dinero, si ahora me encontraba lamentando todos mis años de trabajo? habia estado perdiendo miserablemente muchos años de mi vida en regalarles una parte de mi dinero a ellos. Ellos son mis enemigos, ellos tienen la culpa de que me haya quedado sin trabajo, y ¿quienes son ellos? ellos son los dirigentes de esta sociedad, esta puta sociedad de mierda, donde no puedo hacer lo que yo quiera, por sus estupidas reglas&#8230; ¡¡¡ESTOY HARTO!!!. Por una puta vez voy a hacer lo que siempre he deseado hacer, voy a matar a toda persona que siempre me inspiro asco, voy a hacer algo por la humanidad. Consumido por mi rabia intensa, estuve muchos dias pensando en mi venganza, en mi ultima accion contra esta sociedad, asestaria un duro golpe a todos mis enemigos, asestaria un duro golpe a esta sociedad. Debia de matar a todas las personas que siempre habia despreciado por su condicion de miserables, por haberme provocado todos mis males. Pero la pregunta era ¿como?, con una simple bomba estallando sus cabezas&#8230;, ¡¡¡ESO !!!, hare que estallen sus cabezas, jejejeje&#8230; Me encamine hacia los barrios bajos, buscando un lugar para comprar mi armamento, no fue muy dificil encontrarlo, un par de billetes por aqui otros por aca y bingo, por fin despues de deambular durante varias horas, encontre a un mercander, mire y remire todo el arsenal que me ofrecia, y al final me decidi por comprarle una recortada con varios cartuchos y cuatro bombas de tiempo, con una potencia considerable. Feliz por mi compra, me marche a mi casa. Durante los dias siguientes, fue urdiendo poco a poco mi terrible plan, decidi las victimas de mi masacre y el dia en que realizaria los actos, seria en Verano con el tedioso calor. Ya hoy por fin ha llegado el dia, es primera hora de la mañana, me he despertado impaciente, con ganas de comenzar mi fiesta macabra. Despues de lavarme la cara y tomar un buen desayuno, me he vestido con mi mejor traje, naturalmente todo negro y blanco (hoy voy a ir a un funeral) con su pajarita roja, luego me he enfundado mi gabardina negra. He cogido la mochila que compre hace una semana del Corte Ingles y alli he metido un peluche, las cuatro bombas y la mayoria de los cartuchos de la recortada. Solo me he guardado unos cuantos en uno de los bolsillos de la gabardina, por si hay que usar mas municion&#8230; La temperatura es normal, hoy no es un dia muy caluroso, el cielo esta nublado, he decidido quemar mi casa para no dejar ningun rastro de mi vida, he encendido la cocina de gas poniendola al maximo y he puesto la primera de mis bombas temporizadas, el tiempo de explosion es de media hora, lo suficiente para alejarme de mi casa. Cierro la puerta con llave, y llamo al ascensor, llego al bajo, saludo a mi portera con cortesia (como siempre, para no llamar la atencion) y me alejo rapidamente de mi portal. Llamo al primer taxi que veo y le pido que me lleve al centro de la ciudad. Despues de 30 minutos, me encuentro en las afueras de la ciudad, al pasar por enfrente del escaparate de unos grandes almacenes, veo que hay varias televisiones encendidas, y en una de ellas se ve el edificio de apartamentos donde vivo ardiendo, los bomberos estan intentando sofocar el incendio, jejejejeje. Mi primer objetivo cumplido, ahora a por el segundo. Sigo andando por la calle buscando mi segundo objetivo, seguro que lo encuentro, siempre hay telenoseques en la calle, jejejeje, bingo, por fin veo al fondo de la calle un TelePizza, juaajuajauajaujauja. Poco despues me encuentro en su interior, me siento pido una pizza (para no llamar la atencion), me voy al servicio, entro en uno de los retretes, saco otra de las bombas, le pongo un tiempo de media hora, la coloco en la zona inferior trasera del retrete, cierro la puerta con el pestillo y apoyandome en el retrete consigo consigo saltar al otro retrete colindante, tiro de la cadena. Salgo del local, me alejo apresuradamente y despues de un cierto tiempo andando oigo un gran bum, jauajuajauaja, otro objetivo consumado. Ya solo me quedan dos bombas, jejejeje, pero antes de proseguir con mis objetivos, quiero disfrutar un poco. Me meto por uno de los callejones colindantes de la calle, prosigo andando un rato, hasta que por fin encuentro a mi victima solitaria, que camina por un callejon solitario, es un hombre tambaleandose de un lado a otro de la calle, lleva un buen traje, algo sucio, seguramente debido a una noche de juerga, seguro que es un yuppie. Me acerco a el, le pregunto : ¿Tiene hora?, el me mira con cara de felicidad extrema, mira su reloj, y dice : Si son las&#8230;, y me enseña el reloj, mientras dice la hora. Yo le respondo : Gracias. Y el continua avanzando, saco mi recortada de la bolsa, la coloco en posicion, y le digo : Mire al pajarito&#8230;, el hombre se da la vuelta, ve mi recortada, su cara feliz se transforma en una cara de amargura, y antes de que empiece a gritar, disparo el primer tiro, justo en el estomago, jeje, la sangre brota de una forma rapida, el hombre cae al suelo. Comienza a jadear, sigue vivo, y comienza a pedir clemencia, jauiajauajauajaa, dice que me da todo el dinero, yo le respondo que no quiero su dinero, que solo quiero su vida, el comienza a llorar y yo como muy buen samaritano, remato mi faena con un contundente tiro a la cabeza. Guardo la recortada en la bolsa, y me alejo de la escena. Mi cuarto objetivo es un grupo musical, naturalmente hoy dan una rueda de prensa, se llaman Boys&#038;Girls, lo forman cuatro jovenes guapos (dos machos y dos hembras). Naturalmente son el tipico grupo musical comercial, por el que se pirrian los jovencitos/as y merecen morir. ¿Por que?, por sencillamente dar pena. Pido un taxi, le pido que me lleve al lugar donde ocurrira la rueda de prensa. Al rato, me encuentro delante del edificio donde ocurrira la rueda de prensa, busco el coche de los cantantes, lo encuentro, me acerco a el, dentro hay un chofer, al lado de este hay un hombre vestido con traje, corpulento y alto, seguramente un guardaespaldas, me alejo de alli. Entro en el servicio de un bar, saco un gran oso de peluche abro su culo, meto las dos bombas, activadas con un tiempo de 30 minutos, las meto lo mas profundo que puedo, cierro el peluche con un poco de cinta adesiva, que compre en un gran almacen hace un rato. Poco despues, he sobornado al chofer del coche, diciendole que les de este peluche, que soy un gran admirador suyo. Me alejo algo de alli. Y espero, a los 20 minutos salen mis queridos musicos, acompañados de un gran numero de guardaespaldas, y una gran multitud de jovencitas y jovencitos chillando a sus idolos, se meten en el coche y comienza la fiesta. El coche se aleja, y a mitad de la calle, buuummmmm, jauajuajaa, veo como saltan varios pedazos, seguramente trozos de carroceria y del cuerpo de mis amiguitos. Me alejo de alli. Pido un taxi y le pido que me lleve al mitin del partido politico gobernante de este pais. Gritos de euforia, y yo entre medias del mitin, una gran multitud de personas envuelven al dirigente del partido, rodeado de policias, este esta subido en una tribuna y comienza su discurso, exaltando los animos de sus simpaticentes, engañandoles, mientras que se rei en su interior de lo gilipollas que son los que le votan y piensa a donde se ira de vacaciones, con la excusa de visitar a otros diplomaticos de paises extranjeros. Asqueado de tanta gilipollez, me voy abriendo paso entre la multitud, a lo lejos, cerca de la tribuna a un par de metros, hay un arbol de tamaño mediano. Consigo llegar a el, subo al arbol. Su discurso llega al final, empieza a gritar vivas, la gente enfervorizada le replica con mas vivas. Ha llegado el momento, ya no volveras a decir nada mas, saco la recortada de forma rapida, apunto, uno de los guardaespaldas grita : ¡ en el arbol !, disparo, el griterio se convierte en silencio, la cabeza del presidente vuela en mil pedazos, los pequeños pedazos caen en el borde la tribuna, los policias me apuntan, me pongo de pie, tiro la recortada al suelo, los policias me siguen apuntando, la gente grita desesperada, algunos me miran, otros lloran, otros corren. Uno de los policias me grita : ¡No se mueva, no haga nada, quedese quieto!. Levanto los brazos en el aire, el viento roza mi cuerpo, alzo la voz sobre la multitud y digo: ¡¡¡¡¡¡ABRID VUESTROS OJOS, MIRAD LA REALIDAD, ACABAD CON ESTA SOCIEDAD!!!!!! El silencio es total, los policias se van acercando a mi, la risa se me escapa de mis labios, comienza a brotar, por primera vez desde hace tiempo soy feliz, feliz. Miro a mi alrededor todo es caos, panico, miedo. Los policias estan al lado mio, el volumen de mi risa aumenta, es hora de acabar mi ultimo acto, hago un movimiento de mi brazo derecho hacia el bolsillo derecho de la gabardina. Uno de los policias grita: ¡No saque el arma!, yo meto la mano en el bolsillo, saco la mano vacia, ellos disparan, siento el dolor, me empiezo a tambalear, miro mi pecho, esta sangrando, grito, ya no puedo mas, caigo al vacio, siento aun mas dolor, mi cuerpo choca contra el suelo, mi vista se empieza a distornosionar, el dolor comienza a ser mas intenso. Oscuridad&#8230;</p>
<p>Dedicado a:</p>
<p>-Howard Phillips Lovecraft<br />
-Historias de la Cripta (Tales from the Crypt)<br />
-Sierrra.<br />
-Creepy</p>
<p>FIN.</p>
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