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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; oscuridad</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>Aullidos de libertad</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Oct 2011 06:52:32 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-3963 alignleft" title="aullidos-miedo-aterrorizar" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/10/aullidos-miedo-aterrorizar-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Pesaba ciento cuarenta kilos, medía dos metros y treinta centímetros de estatura y se hallaba encadenado a la pared. Todo en él era odio y deseos de venganza. No sabía que los seres nacidos de mujer tienen nombre propio. Le habían crecido en el rostro, especialmente sobre el labio superior, unos pelos que le parecían muy distintos a los que cubrían su cabeza. Vivía en la oscuridad aunque no era ciego. Sur recuerdos, escasos y primarios, se formaban de sonidos y emociones apenas sin imágenes y carentes de palabras. Había sabido hablar, de eso hacía mucho tiempo, pero terminó por perder la voz de tanto gritar que le sacaran de allí. Por eso actuaba como un instinto racional que espera la ocasión para descargar la hiel que almacena. Ignoraba la existencia del espejo, del peine y de la higiene personal. Sólo conocía aquel sótano, su reducido universo, aunque la imaginación le decía que tras aquella puerta, tan cercana e inalcanzable, debía encontrarse algo distinto, apetecible e invitador, cuyo conocimiento necesitaba más que su propia existencia. Por eso no cesaba de luchar para comprobarlo, sin importarle que sus medios resultasen muy limitados y rudimentarios, y que fuera a estrellarse contra el obstáculo, cada vez más violentamente que se lo impedía de una forma despiadada. Hasta el punto que su empeño obsesivo bordeaba los límites del suicidio.<span id="more-2730"></span></p>
<p>Realmente no hacía otra cosa que obedecer a ese impulso básico y ancestral, tan común a todas las criaturas que pueblan la Tierra, que se llama libertad.</p>
<p>Cuando las dos únicas personas que le trataban –sabía que eran Padre y Madre, pero no los sentía como algo suyo– entraban a traerle la comida y el agua, lo hacían abriendo la puerta, con lo que la oscuridad quedaba anulada, provocadoramente, gracias a la claridad del exterior. Y quizá fuese este cambio el origen de la convulsión enloquecida a la que se veían sometidos sus brazos y sus piernas, a la vez que se le nublaba el cerebro y se le reventaban todos los propósitos de mantenerse tranquilo. Porque, sumido en su lucha desesperada por librarse de las cadenas, olvidaba el bestial castigo al que se iba a hacer merecedor.</p>
<p>Luego, irremisiblemente, escuchaba los restallidos del látigo, le alcanzaban los impactos dolorosos, la carne se le abría en infinidad de heridas sangrientas, y no tardaba en sentirse dominado por un sentimiento de indefensión. Entonces, cuando antes había sido un brevísimo volcán en erupción o una epilepsia sobrehumana, su voluntad se transformaba en una necesidad de que el cuerpo consiguiera incrustarse en la pared y encogerse, para así escapar del martirio haciéndose lo más pequeño posible. Y con los mocos, las babas y los estertores, sordos y rabiosos pero sin lágrimas, le volvía a amansar el miedo y el convencimiento de que jamás le permitirían salir del sótano. Pero no le desaparecía el odio y el ansia de cobrarse la más despiadada represalia.</p>
<p>No siempre había alimentado los mismos sentimientos. Tiempo atrás, cuando era más pequeño y blando, no le mantenían encadenado, a pesar de que, en todo momento, quería rebasar la hipnótica frontera de la puerta. Nada más que ésta se abría, él corría en busca del exterior, siempre impulsado por la catapulta de una obsesión cada vez más exacerbada, aunque no irracional. Al momento encontraba cerrándole el paso el corpachón de Padre, y las manos de éste le sujetaban, comunicándole toda su repulsión y una gran amenaza. Esto lograba detenerle, sin que se acallasen las quejas y se le secaran las lágrimas. Seguidamente, Madre venía a abrazarle, le devolvía a las sombras y, tranquilizándole con sus palabras, le empezaba a dar de comer utilizando un objeto metálico, cuyo nombre él había olvidado porque llevaba demasiado tiempo alimentándose con sus propias manos y hasta metiendo la boca en el mismo plato.</p>
<p>Cierto día, después de permanecer esperando junto a la puerta, estuvo a punto de conseguir escapar. Sólo fue un parpadeo de novedad: un amago que le abrió todas las esperanzas, porque, en el instante en que la emoción le invitaba a reír, Padre le apresó por una pierna, como si quisiera rompérsela y, luego, le golpeó salvajemente con los puños hasta dejarle sin sentido.</p>
<p>Cuando volvió a la realidad, se encontró atado a la pared por medio de una cuerda. No pudo entender aquello. Quiso caminar por la reducida estancia y cayó de bruces sobre la paja del suelo al encontrar obstaculizados sus movimientos por lo que rodeaba uno de sus pies. Enloquecido, intentó quitárselo, pero sólo consiguió llagarse los tobillos y destrozarse los dedos de las manos&#8230;</p>
<p>¡Qué alivio sintió cuando Madre le curó las heridas!</p>
<p>No obstante, el dolor sufrido únicamente significó una tregua, ya que continuó luchando contra sus ataduras , hasta que consiguió romperlas. Nada más coronar la hazaña, advirtió que dentro de su cuerpo se había formado una emoción similar a la que conoció al superar la puerta por primera y única vez. La alegría fue muy corta, aunque nunca le arrebataron la esperanza, porque Padre le golpeó, más que nunca, sirviéndose de los puños y de los pies calzados con botas provistas de suelas claveteadas; después, le volvió a atar con otra cuerda, de mayor grosor que la anterior, y le hizo probar el suplicio del látigo, mientras gritaba:</p>
<p>–¡Jamás saldrás de aquí! ¡Este es tu único mundo! ¡Y da gracias que te permitamos seguir vivo!</p>
<p>Puede decirse que él había aprendido a hablar escuchando las crueles amenazas de Padre y las ahogadas exclamaciones, los rezos y los susurros cariñosos de Madre. Y con este conocimiento le nacieron las preguntas, a las que faltaban unas respuestas que no fuesen las que nacían del castigo y del desprecio. También acabaron por brotar los aullido de protesta que él convirtió en un arma al comprobar que a su verdugo le enfurecían. Inútil esfuerzo. Con el tiempo enronqueció hasta dañarse incurablemente las cuerdas bucales, y se quedó sin voz después de un largo proceso de sufrimientos.</p>
<p>Más tarde, la imposibilidad de hablar le convirtió en una criatura intuitiva, en un animal casi irracional que aceptaba mantener un papel sumiso con el único propósito de encontrar una nueva oportunidad de escapar. Sin embargo cometió infinidad de errores, todos los cuales se debieron al mal aprovechamiento de su fuerza descomunal. Y es que en varias ocasiones consiguió romper las gruesas cuerdas que le ataban a la pared más lóbrega del sótano, pero siempre le aturdió la emoción de su breve triunfo. Después, cegado por la claridad que había brotado de al abrirse la puerta, quedaba convertido en una fácil presa de la violencia de Padre, y terminaba viéndose unido a la pared. Por último le colocaron las cadenas&#8230;</p>
<p>¿Cuánto tiempo hacía que venía sufriendo?</p>
<p>No conocía el reloj ni el calendario, tampoco sabía cuando era de día o de noche. Pero su mente había encontrado una forma de intuir en qué momento se iba a abrir la puerta, y sus ojos, así como la totalidad de su cuerpo y de su cerebro, se concentraban en ese suceso excepcional, en esa alteración emotiva, tantas veces dramática, que le cegaba la vista con el asalto enloquecedor de la claridad, renovaba la acre atmósfera del sótano y le sometía, a él, a una convulsión nerviosa y esquizofrénica.</p>
<p>En algunas ocasiones, no recordaba cuántas por su reducido número, había estado más tiempo sin que ellos viniesen. Y hasta llegó a temer por su vida, debido a que el hambre y la sed le llevaron al borde del delirio. Entonces comenzó a buscar otros alimentos: esas cucarachas que había pisado sin querer, por culpa de que estaba dormido o se hallaba cegado por la claridad que entraba por la puerta. No le desagradó el sabor, como tampoco le asqueó masticarla paja húmeda del suelo y hasta sus secos excrementos.</p>
<p>Cuando ellos volvían a aparecer, a través de los llorosos susurros de Madre, sabía que Padre había estado enfermo o ausente: «ha caído malo» o «se tuvo que marchar de aquí», eran las únicas explicaciones que escuchaba de quién jamás se atrevía a entrar sola en aquel lugar. A él le costaba entender el significado de las palabras, acaso porque jamás había «caído malo» –en esas ocasiones que simulaba estar durmiendo, había llegado a escuchar algo parecido a esto: «pobre desgraciado, en ti todo es tan extraño que hasta las heridas que te produce el látigo cicatrizan de un día para otro&#8230;»; pero sí terminó por comprender el sentido de la frase «se tuvo que marchar de aquí»: era algo similar a poder rebasar la puerta para escapar de aquel maldito sótano.</p>
<p>En esos tiempos que era más pequeño y blando, por lo que no le tenían atado, y hasta cuando le mantuvieron sujeto a la pared con las cuerdas, pero siempre adoptando las mayores precauciones y suplicándole, a la vez, que no le devolviese «mal por bien». Ya que en algunas ocasiones él la había golpeado, dejándose arrastrar por la desesperación y olvidando que ella era su única aliada y el freno que había impedido, en infinidad de suplicios, que los latigazos llegasen a matarle.</p>
<p>También recordaba sus juegos con las ratas y con toda la variedad de insectos y lombrices que le acompañaban en su prisión. Sumido en la oscuridad a la que se había habituado, y pudiendo ver lo que se hallaba cerca de su cuerpo, sobre todo lo que se movía, le gustaba dejar que los animales le subiesen por las piernas y por los brazos, y no le importaba que esas peludas bestezuelas llegaran hasta su rostro para lamerle la grasa y los restos de comida que se habían resecado sobre su piel. Tampoco se negaba a compartir el contenido de los pucheros metálicos y de los baldes de dura madera.</p>
<p>Pero, al poco tiempo de verse encadenado, el odio comenzó a formar parte de cada una de sus acciones, a constituirse en un aliento de supervivencia, aunque no lo pudiese controlar en ese instante excepcional que se abría la puerta y la claridad le devolvía, brutal y enloquecedoramente, la obsesión de escapar de allí, por eso quedaba a merced de la epilepsia sobrehumana que le llevaba a ser reo de un castigo terrible y aniquilador. Así terminó volcando el odio sobre las pequeñas criaturas que vivían en el sótano. Fue empezando por recrearse dándoles caza, para después martirizarlas arrancándoles las patas, una a una, y gustando cruelmente de sus convulsiones de dolor, aplastándoles la cabeza y el cuerpo, y comiéndoselas con la lentitud del que desconoce las prisas porque sabe que no puede ir a ninguna parte.</p>
<p>Y de esa forma iba cultivando su sed de venganza, entrenando esa represalia con el martirio de los animalillos cuando su meta inconsciente, aún no aceptada de una forma externa, era el hombre que le blandía el látigo y el comunicaba tan honda repulsión. Lo más emocionante lo encontraba al apresar a las ratas: las primeras se dejaron coger con facilidad porque eran sus amigas; pero, luego, en el momento que las nuevas le vieron como un rival muy peligroso, debió desarrollar una estrategia hecha de paciencia y de astucia, pues dejaba que sus víctimas se confiaran creyéndole dormido. Y descargaba el ataque definitivo, fulminante, cuando sabía que ya era imposible el fracaso: las bestezuelas iban devorando los restos de comida que las aproximaba a la trampa, en la que caían sin contar con ninguna escapatoria. La mayoría le mordían las manos, y todas se agitaban enloquecidas hasta que les llegaba la muerte. No cedían en su protesta, mientras el les partía las patas, la cabeza y el cuerpo. Todo esto lo iba masticando con el mayor placer.</p>
<p>Su odio llegó a ser tan agresivo que ni siquiera toleraba el contacto de Madre cuando le lavaba o le cambiaba de ropa. Por eso recurrieron a echarle algo en la comida que le dejaba dormido. Esto lo descubrió una vez que se despertó cuando ella le estaba atendiendo. Su reacción fue de arrojarla lejos de su cuerpo, y lo realizó con un arrebato de furia animalesca. Acto seguido, a la vez que volvía a ser herido y martirizado por el látigo, pudo escuchar a Madre:</p>
<p>–Esta vez no has preparado la suficiente dosis&#8230; ¡Por favor, deja de golpearle! ¡Reconoce que él no tiene la culpa de que tú estés tan preocupado con esos experimentos&#8230;! ¡Acaso no puedes ver que ya es imposible que pueda alcanzarme&#8230; porque no da más de sí su cadena&#8230;? ¡Fíjate más en lo que haces, y no pagues en este pobre desgraciado tus errores!</p>
<p>Habían sido muy pocas las veces que ella protestaba de esa forma. Más tarde, abrazado por la oscuridad, él luchó por encontrar una respuesta sirviéndose de las palabras que acababa de escuchar. No estaba acostumbrado a deducir, pero los elementos a relacionar eran tan elementales: esas ganas insoportables de echarse a dormir que venía padeciendo últimamente al poco de terminar de comer y la primera frase que había pronunciado Madre. Le costó más de tres nuevas visitas de ellos dar con la respuesta: le obligaban a coger sueño para así cambiarle de ropa y lavarle.</p>
<p>Su primera reacción fue la de aprovechar este conocimiento para tenderles una trampa similar a la que empleaba para cazar ratas. Sin embargo, el odio y los juegos de astucia le habían desarrollado una inteligencia primaria, y asía tuvo en cuenta la existencia de la cadena: «¿de qué le valdría matarlos y devorarlos si continuaba atado a la pared?» Además, ya había intentado romper repetidamente la dura sujección, y sabía que en un momento más o menos cercano lo conseguiría.</p>
<p>Pero comprobó sus posibilidades: dejó intacta la comida y el agua; después, simuló que se había quedado dormido. Ellos tardaron en aparecer, por lo que le martirizaba un hambre irresistible; también estuvo a punto de estropearlo todo los efectos de la claridad que invadía todo al abrirse la puerta&#8230; ¿Cómo pudo olvidarse de esta reacción? Gracias a que se hallaba de espaldas, y a que apretó con fuerza los párpados y contuvo a tiempo el arrebato nervioso. Al poco rato se dio cuenta de que había cometido otro error.</p>
<p>–¿Cómo se ha podido quedar dormido sin probar bocado? –preguntó Padre, muy cerca– El balde de agua también está sin tocar. ¡Qué raro!</p>
<p>–¡Tú siempre con tus recelos! Estaría agotado&#8230; ¿Sabemos lo que hace cuando le dejamos solo? Si tanto miedo le tienes, quédate a mi lado y con ese maldito látigo levantado, pero déjame que le cuide&#8230;</p>
<p>Se silenciaron las palabras repletas de crispaciones, y fue atendido por unas manos que eran incapaces de ocultar la repugnancia por mucho que lo intentasen. Mientras tanto, le llegaba una nueva sensación, de la que disfrutó con un malévolo estímulo y sintiéndose, por primera vez, superior a ellos. Además, el hecho de permanecer inmóvil, con los ojos cerrados y manteniendo una respiración monocorde suponía un nuevo paso en su entrenamiento para la venganza. Sabía que ésta llegaría en su momento, no le importaba cuándo porque le habían «amaestrado» para que desconociese las prisas; por otra parte, la impaciencia era otra de las muchas palabras que carecían de significado para él debido a que nunca la había sufrido.</p>
<p>Después de la cuarta o quinta llegada de ellos, repitió la experiencia, pero cuidándose de ocultar entre las pajas parte de la comida y de derramar el agua del balde en la proporción que acostumbraba a beber. Y la prueba funcionó a su plena satisfacción; sin embargo, no se conformó con ese triunfo, y repitió el desafío emocionante en infinidad de ocasiones, porque ya lo veía como un juego mucho más interesante que cazar a las ratas, aunque a éstas no las olvidó en ningún instante. Y sometido a estos procesos de acumulación de astucias y crueldades, fue creciendo en su alma una seguridad que le permitió utilizar aún más su inteligencia.</p>
<p>¡Y por fin consiguió arrancar la larga cadena del punto de sujección en la pared!</p>
<p>No podía saber que la oxidación del metal, unido a su permanente forcejeo, había sido la causa de su conquista. Sólo tenía conciencia de la libertad que acababa de obtener, y de que todas las bazas le serían favorables si conseguía contener la borrachera de júbilo que le embargaba. Dispuso del tiempo suficiente para serenarse. Luego planeó su estrategia de ataque. No podía fallar. Rasgó un trozo de tela de los bajos de su camisa, pretendiendo conseguir un vendaje para sus ojos. Tuvo que repetir la acción tres veces porque le había fallado el cálculo de lo que realmente necesitaba; seguidamente, se encontró con el problema de conseguir que aquello se sujetara, porque no sabía lo que era un nudo. Lo logró después de múltiples intentos, aunque fue de una manera tosca pero segura.</p>
<p>De repente, ese «sexto sentido», la intuición, le permitió saber que ellos estaban a punto de llegar al sótano. Esperó pegado a la pared, levantando la cadena con la mano derecha en posición de golpear, y teniendo la mano izquierda dispuesta para cerrar la puerta en cuanto «sus enemigos» estuviesen dentro del sótano. No tardó en escuchar los pasos pausados, los susurros de Madre, las secas protestas de Padre, el tintineo del llavero y el chirrido de los cerrojos al ser desplazado. Cerró con fuerza los ojos, temiendo que la claridad que iba a inundarlo todo fuese capaz de atravesar la defensa de tela. Debía evitar que se desatara la epilepsia sobrehumana que le dejaba indefenso&#8230;</p>
<p>El crujido de las bisagras y la renovación del aire, unido a esa sensación de erección gozosa que acusaba todo el vello abundante de su cuerpo, le dijeron que había llegado el instante crucial. El odio se convirtió en una frialdad inusitada, en una tranquilidad sobrenatural que no se dejaría traicionar por todo lo que iba a escuchar.</p>
<p>–¡¿Dónde estás&#8230;?! –gritó Padre al descubrir que el apresado no se hallaba donde siempre; pero ya había entrado en el sótano–. ¡Si ha roto la cadena&#8230;! ¡Yo le mato&#8230; Esta vez será la definitiva&#8230;!</p>
<p>–¡No, por favor&#8230;! ¡Es tu hijo, más que mío! –suplicó Madre, llorando y con una voz desgarrada, pero también se hallaba en el interior de la lóbrega estancia.</p>
<p>Entonces, haciendo gala de la crueldad de un verdugo, el que acechaba cerró la puerta de golpe. Y el lugar quedó completamente a oscuras –tuvo esta certeza por medio de los ruidos y las quejas intranquilas de ellos–. Ya todas las ventajas eran suyas porque conocía a la perfección cada palmo de aquella estancia.</p>
<p>–¡Ha sido él&#8230; quien ha cerrado la puerta&#8230;! –exclamó Padre, luchando por recuperar la seguridad–. ¿Por qué no ha intentado escapar&#8230; como en aquella ocasión&#8230;? ¡No puede ser más inteligente que yo! –Le estaba volviendo la repulsión y la violencia, como demostró al restallar el cuero y hacer que golpease al aire–. ¡Oye el sonido del látigo que va a arrancarte esa vida que no te pertenece! ¡Por mucho que te escondas, yo te encontraré para desollarte el cuerpo hasta que te deje muerto!</p>
<p>–¡No, no, te lo suplico&#8230;! –gritó Madre, asustada e indefensa–. ¡Es tuya la culpa de que él sea así&#8230;!</p>
<p>Mientras, el látigo no cesaba de buscar a su víctima; sin embargo, los continuos golpes al vacío precipitaron la frecuencia de los estallidos, evidenciando el gran nerviosismo que dominaba al verdugo fallido, al ser inteligente que se enfrentaba a una situación incomprensible, fuera de toda lógica racional. Y tan preocupado se hallaba por la falta de una respuesta concreta y por la imposibilidad de ver en aquella oscuridad, que no escuchó los pasos de enemigo, ni tampoco percibió el chirrido de la cadena; pero sí sufrió el impacto de la misma: un golpe envolvente que le destrozó la nariz, las orejas y la zona del occipital. El dolor fue tan enorme, tan evidente de su derrota-ejecución, que aulló como la bestia que un día quiso ser –en la pretensión demencial de imitar al doctor Jekyll convirtiéndose en míster Hyde–, sin saber que así estaba consiguiendo que aumentase la sed homicida de su enemigo. Volvió a recibir un mayor castigo, mediante impactos que le destrozaban el cuerpo, las piernas y los brazos, sin brindarle la ocasión de suplicar y de encogerse, porque ya había perdido el control sobre sus músculos y nervios. Luego, en una destrucción de todo lo vivo que había existido en su humanidad, le llegó la nada de la muerte: ese error imperdonable para un científico por la posibilidad de ser rectificarlo.</p>
<p>El vengador continuó descargando la cadena hasta que se le cansó el brazo. Ya hacía mucho tiempo que Padre había dejado de moverse. Acto seguido, respondiendo a un impulso ancestral, a esa fuerza que le impulsaba a devorar gustosamente a los escarabajos, las cucarachas y las ratas, se arrodilló junto al cadáver y clavó sus dientes en la carnosidad y los huesos de la cabeza, que eran una pulpa sanguinolenta, y comenzó a devorar a su presa: desgarró, trituró y tragó con una voracidad en aumento, dejándose arrastrar por un impulso que era más poderoso que cualquier otro de los que le animaban.</p>
<p>Luego le nació una nueva reacción desconocida, y no la contuvo porque algo le decía que formaba parte de su auténtica personalidad: aulló a pesar de la rotura de sus cuerdas bucales, y con el fiero sonido vomitado por su garganta supo que era el más fuerte. Por eso ya no retrasó el momento de ir al encuentro de la claridad. Se quitó la tela de los ojos y corrió hasta la puerta. La abrió con cierta lentitud, receloso. ¿Qué encontraría más allá?</p>
<p>La luz hirió sus ojos habituados a la oscuridad, y debió cerrar los párpados con fuerza. Pero no le asaltó el ataque de epilepsia sobrehumana debido a que la libertad se encontraba a su alcance. Se apoyó en la pared, conteniendo el ahogo de la excitación&#8230;</p>
<p>Repentinamente, volvió a sufrir el cruel azote del látigo. Se dio la vuelta y vio a su madre: más cruel que nunca y llena de repulsión.</p>
<p>–¡Tú no puedes escapar de aquí! ¡Debo matarte antes que dejarte en libertad&#8230; Porque harás a los demás lo que acabas de hacer a tu padre&#8230;! –gritó ella, rabiosa, y castigándole de nuevo con el cuero–. ¡Aprendí a amarte mientras estuviste en mi vientre&#8230;! ¿Por qué no aborté&#8230; o no te estranguló tu padre cuando te sacó de mí en el parto&#8230;? ¡Le has devorado&#8230; Esa sangre que cubre tus ropas&#8230; y rezuma de tu boca es de él&#8230;! Dios mío, ¿acaso este es el castigo que merecemos?&#8230;</p>
<p>La mujer balbucía su protesta sin dejar de caminar hacia atrás. Porque los golpes del látigo no detenían al enemigo, a esa bestia a la que seguía considerando su hijo, sino que, al contrario, le impulsaba a avanzar blandiendo la cadena de una forma aterradora. Este acose se detuvo cuando la espalda encontró la pared. Le vio abrir los ojos, mirarla con odio, y&#8230;</p>
<p>Ya estaba muerta en el momento que la cadena se estrelló contra su cabeza. El corazón no había resistido tanto sufrimiento. Luego, el siguió golpeando con una furia que era la erupción de un odio acumulado durante muchísimo tiempo. Y siguiendo el ciclo de la experiencia anterior, también devoró una parte del cadáver. Tampoco faltó el aullido salvaje de su triunfo. Seguidamente, bañado en sangre y eructando de placer, atravesando el umbral de la puerta, precipitadamente. Como había dejado que la cadena arrastrase a uno de sus pies, provocó que ésta golpease a un objeto, que nunca había visto, el cual se rompió con un pequeño estrépito, y su continuo cayó sobre la paja que cubría el suelo del sótano. Al instante se produjo un incendio&#8230;</p>
<p>Era la primera vez que contemplaba el fuego, ¡y sintió un terror insoportable, demencial, y le desapareció toda la seguridad! ¡Sólo quería huir de allí, lo más lejos posible!</p>
<p>Corrió por los escalones de piedra, resbalando multitud de veces por culpa de la precipitación y por la torpeza de unas piernas tan poco acostumbradas a caminar y mucho menos a desplazarse con tanta rapidez. Pero consiguió llegar arriba. La densa humareda le asfixiaba. Encontró su camino cerrado por otra puerta, más pequeña que la anterior y que estaba situada en el techo. Al principio se detuvo pensando que no podría abrirla.</p>
<p>Le obligó a reaccionar la proximidad de las llamas, el intenso calor, el humo y la necesidad de conseguir la libertad. Estrelló contra el obstáculo todas las fuerzas de su cuerpo gigantesco, y consiguió que saltara el pequeño cerrojo. Después salió a un jardín y a la noche, sin darse cuenta del cambio porque le enloquecía el miedo a morir bajo ese calor tan intenso. Apoyado en el tronco de un árbol, exhausto y con los ojos llenos de lágrimas y escozores, comenzó a adquirir la certeza de que había superado el peligro. Se sentía muy cansado, por lo que se echó sobre la hierba y no tardó en quedarse dormido.</p>
<p>Le despertó el frío de la naturaleza. Se incorporó con los ojos abiertos. Le asombraba la ausencia de esa claridad que él creía que siempre iba a encontrar al escapar del sótano. Se incorporó muy despacio e intentó caminar, pero se notó atado. Una rabia salvaje volvió a su mente, y aulló y se convulsionó desesperadamente. De pronto se dio cuenta de que ya no estaba sujeto a ninguna pared. Tardó en comprender que la cadena se enganchaba en los múltiples obstáculos del suelo, por eso se cuidó de llevarla recogida y sujeta con su mano izquierda.</p>
<p>Ya todo le asombraba y le sobrecogía. Cada sombra moviente de las ramas, los arbustos, el cloqueo de los búhos, el susurro del aire y&#8230; ¡la luna llena! Había llegado a una zona abierta del bosque, y allí arriba se encontraba un gran círculo blanco, mirándole. Sin entender por qué lo hacía, levantó la cabeza y aulló, repetidamente, en una especie de canto ancestral: aullidos de libertad de una criatura racional, que había nacido para encontrarse allí y no encerrada en un sótano. Sólo acalló la cantinela cuando desapareció la celeste provocación. Entonces siguió caminando, sin olvidarse de no dejar que arrastrase la cadena.</p>
<p>Cayó al suelo en varias ocasiones debido a la torpeza de sus andares y a las piedras y a las raíces. Y en un momento, cuando se había quedado quieto ante una barrera de agua, le dejó anonadado el amanecer. Se quedó sentado en la hierba, extasiado por aquel espectáculo que le revelaba que había merecido la pena escapar. Lentamente, con la emoción creciente del instante, supo que esa era la auténtica claridad, y no la que entraba por la puerta del sótano al aparecer ellos. No le dolían los ojo, ya que había dispuesto del suficiente tiempo para adaptarse a aquel cambio tan radical y excitante.</p>
<p>Tenía sed. Se incorporó con torpes movimientos, recogió la cadena y se acercó al agua. Con cierta dificultad se arrodilló en el suelo y acercó su boca al espejo del remansado líquido&#8230;</p>
<p>¡De repente, como una agresión desafiadora, vio ante él un ser de fauces abiertas, grandes colmillos salientes sobre el labio inferior y superior, ojos pequeños inyectados de sangre, narices aplastadas de negros orificios, rostro peludo y orejas afiladas!</p>
<p>No soportó el reto que aquella aparición representaba. Saltó a por el enemigo, y se zambulló en el río. Durante unos momentos peleó contra la nada, chapoteando y aullando. Luego, cansado y satisfecho, se dio cuenta de que estaba solo. Por eso aulló a la libertad que le permitía librarse de su enemigo, bebió en el agua revuelta de tierra y cieno y volvió a la orilla.</p>
<p>Se notaba poderoso, más fuerte que nunca, porque ignoraba que su rostro era una combinación de los que correspondían al jabalí y al lobo, que su instinto era una bestia carnicera y que su humanidad ofrecía el aspecto de un gigante repulsivo: singular licántropo sin el don de recuperar el aspecto humano al no hallarse bajo la influencia de la luna llena, por lo que sería combatido hasta el exterminio por esos seres, perecidos a Padre y Madre, con los que no iba a tardar en tropezarse&#8230;</p>
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		<title>Historias de miedo sobre La Hermandad Negra</title>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3610 alignleft" title="oscuro" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/07/oscuro.jpg" alt="" width="400" height="325" />Probablemente las circunstancias que rodearon la misteriosa destrucción por el fuego de una abandonada casa situada en una colina, a orillas del Seekonk, en un distrito poco habitado entre los puentes de Washington y Red, no llegarán a conocerse nunca. La policía fue acosada por el número habitual de maniáticos que se ofrecían para facilitar informes sobre el asunto. Nadie más insistente que Arthur Phillips, el descendiente de una vieja familia del East Side, residente desde hacía mucho en la calle Angell. Era un joven algo extraño y a la vez formal; preparó un relato de los acontecimientos que, según él, condujeron al incendio. Aunque la policía habló con todas las personas mencionadas en el relato del señor Phillips, no obtuvo ninguna confirmación. Solamente sirvió de apoyo a la alegación del señor Phillips la declaración de una bibliotecaria del Ateneo, en el sentido de que, efectivamente, el señor Phillips se había reunido allí con la señorita Rose Dexter. A continuación se reproduce su relato.</p>
<p><span id="more-2748"></span></p>
<p>I<br />
Por la noche, las calles de cualquiera de las ciudades de la Costa Este proporcionan al paseante nocturno visiones de lo extraño y lo terrible, de lo macabro y de lo insólito: al amparo de la oscuridad, salen de las rendijas y grietas, de las buhardillas y callejones de la ciudad aquellos seres humanos que, por razones tenebrosas y remotas, se guarecen durante el día en sus grises nichos. Ellos son los deformes, los solitarios, los enfermos, los ancianos, los perseguidos, y esas almas perdidas que están siempre buscándose a sí mismas bajo el manto de la noche, que les es más beneficioso de lo que jamás puede serlo para ellos la fría luz del día. Son los heridos por la vida, los mutilados, hombres y mujeres que nunca se han recuperado de los traumas de la niñez, o que han buscado experiencias no permitidas al hombre. En cualquier lugar en que la sociedad humana se ha concentrado por un período de tiempo considerable, allí están ellos, aunque sólo se les ve surgir en las horas de oscuridad, como mariposas nocturnas que se mueven en los alrededores de sus guaridas por breves horas antes de huir de nuevo cuando surge la luz del sol.</p>
<p>Como había sido un niño solitario al que dejaban hacer lo que le daba la gana, debido a mi persistente falta de salud, desarrollé muy pronto el hábito de deambular por las noches, al principio sólo en la calle Angell y la vecindad donde viví durante mi niñez, y luego, poco a poco, en un círculo más amplio de mi nativa Providence. Durante el día, si lo permitía mi salud, paseaba por el río Seekonk desde la ciudad hasta el campo abierto, o cuando me encontraba fuerte, jugaba con unos compañeros escrupulosamente elegidos en una «casa-club» edificada en una zona boscosa no muy lejos de la ciudad. También me gustaba leer, y pasaba largas horas en la copiosa biblioteca de mi abuelo. Leía sin discriminación, y por lo tanto asimilaba una gran variedad de conocimientos, desde las filosofías griegas hasta la historia de la monarquía inglesa, de los secretos de la antigua alquimia a los experimentos de Niels Bohr, de la ciencia de los papiros egipcios a los estudios regionales de Thomas Hardy. Mi abuelo era muy católico en sus gustos en materia de libros: desdeñaba la especialización, y de todo lo que compraba sólo conservaba lo que, según él, era bueno; esto representaba, en el conjunto de sus lecturas, una variedad inaudita y a menudo desconcertante.</p>
<p>Pero la ciudad nocturna superaba todo lo demás; caminar era lo que prefería a cualquier otra cosa, y salía por las noches, durante los años de mi niñez y los de mi adolescencia, en el curso de los cuales procuré -pues las enfermedades esporádicas impedían mi asistencia al colegio- bastarme a mí mismo y me volví más y más solitario. No podría decir ahora qué es lo que buscaba con tanta insistencia en la ciudad durante la noche, qué me atraía de las calles mal iluminadas, por qué merodeaba por la calle Benefit y los alrededores sombríos de la calle Poe, casi desconocidas en la extensa Providence, qué esperaba ver en las caras furtivas de otros paseantes nocturnos que se deslizaban y escabullían por las oscuras calles y pasajes de la ciudad. Quizá fuese para escapar a las más intensas realidades del día, lleno de insaciable curiosidad acerca de los secretos de la vida de la ciudad que sólo la noche podía descubrir. Cuando por fin finalicé mis estudios de secundaria, se esperaba que me dedicaría a otros menesteres. Pero no fue así. Mi salud era demasiado precaria para garantizarme la matrícula en la Universidad de Brown, adonde me habría gustado ir para continuar mis estudios. Esta restricción sirvió sólo para incrementar mis ocupaciones solitarias: dupliqué mis horas de lectura y aumentó el tiempo durante el que paseaba por las noches, con la compensación de dormir durante las horas del día. Sin embargo, me las arreglaba para llevar una existencia normal; no abandoné a mi madre viuda, ni a mis tías, con quienes vivíamos. Mis compañeros de juventud se habían alejado de mí, pero me encontré con Rose Dexter, descendiente de las primeras familias inglesas que se instalaron en Providence, de ojos negros, de proporciones singularmente atractivas y de facciones de gran belleza. a quien persuadí para que compartiese mis paseos nocturnos.</p>
<p>Con ella continué la exploración de la Providence nocturna, con un nuevo aliciente: el ansia de enseñar a Rose todo aquello que yo ya había descubierto en mis paseos por la ciudad. Al principio nos encontrábamos en el viejo Ateneo, y continuamos encontrándonos allí cada tarde, y desde sus portales nos introducíamos en la noche de la ciudad. Lo que para ella empezó como una ocurrencia del momento, pronto se convirtió en un hábito. Demostraba tanto deseo como yo por conocer los ocultos pasajes, y los caminos no utilizados desde hacía ya muchos años, y se sintió pronto como en su casa en medio de la ciudad nocturna, al igual que yo. Tampoco le gustaban las charlas intranscendentes, con lo que queda demostrado hasta qué punto nos complementábamos.</p>
<p>Durante algunos meses habíamos estado explorando Providence en esta forma, cuando una noche, en la calle Benefit, un hombre con una capa hasta la rodilla, sobre una ropa raída y arrugada, se acercó a nosotros. Le había visto antes al doblar la esquina: estaba a poca distancia de nosotros, detenido en la acera, y le observé al pasar delante de él. Me chocó, porque su cara de ojos negros y bigote, y el indomable pelo en la cabeza sin cubrir, me resultaron familiares. Además, al pasar, hizo intención de seguimos. Por fin nos alcanzó, me tocó en el hombro y habló conmigo.</p>
<p>-Señor -dijo-, ¿podría decirme cómo se va al cementerio donde estuvo Poe?</p>
<p>Se lo expliqué y después, movido por un repentino impulso, le sugerí que podíamos acompañarle adonde deseaba ir. Antes de que me diera cuenta plenamente de lo que había pasado, íbamos los tres caminando juntos. Observé en seguida con qué aire escrutador aquel individuo examinaba a mi compañera. Sin embargo, cualquier resentimiento que pudiese surgir en mí estaba descartado porque reconocía que el interés de ese extraño era inofensivo: resultaba más frío y crítico que pasional. También aproveché la ocasión para examinarle lo más atentamente posible, en los momentos fugaces en que la luz de las calles alumbraba el camino por el cual pasábamos, y me inquietaba cada vez más la certidumbre de que le conocía o le había conocido alguna vez.</p>
<p>Vestía totalmente de negro, excepto la camisa blanca y una ligera corbata de Windsor. Su ropa estaba muy arrugada, como si la hubiese llevado mucho tiempo Sin haberse ocupado de ella, pero a primera vista no estaba sucia. Tenía la frente amplia, casi abovedada; bajo ella miraban con cierta obsesión sus oscuros ojos y el rostro se estrechaba hasta acabar en una pequeña y tiesa barbilla. Llevaba el pelo más largo de como se estilaba entre las gentes de mi edad, y sin embargo parecía pertenecer a esa misma generación; no aparentaba ser más de cinco años mayor que yo. Pero definitivamente, su vestimenta no era la de mi generación; aunque su aspecto era nuevo, parecía cortada con un patrón de una generación anterior.</p>
<p>-¿Es usted forastero en Providence? -le pregunté.</p>
<p>-Estoy de paso -dijo en seguida.</p>
<p>-¿Se interesa usted por Poe?</p>
<p>Asintió.</p>
<p>-¿Qué sabe de él? -le pregunté.</p>
<p>-Muy poco -dijo-. ¿Podría usted contarme algo sobre él?</p>
<p>No hacía falta que me lo dijese dos veces. En seguida le solté un apunte biográfico del padre de las historias de detectives y maestro de los cuentos macabros, cuyas obras yo admiraba desde hacía mucho tiempo. Cité simplemente su romance con la señora Sara Helen Whitman, pues se refería a Providence y a la visita con la señora Whitman al cementerio al que nos dirigíamos. Pude observar que escuchaba con atención extasiada, y parecía estar grabando en su mente todo cuanto le decía. Pero no podía deducir de su rostro inexpresivo si lo que le con taba le agradaba o le desagradaba, ni qué interés podría tener en ello.</p>
<p>Por su parte, Rose era consciente de la atracción que provocaba, pero no se sentía avergonzada, quizá porque intuía que era debida a un interés distinto del amor. Sólo en el momento de preguntarle ella cómo se llamaba me di cuenta de que ignorábamos su nombre. Nos dio el de «señor Allan». Al oírlo, Rose sonrió casi imperceptiblemente; observé su sonrisa mientras paseábamos bajo una farola de la calle.</p>
<p>Una vez que supo nuestros nombres, nuestro acompañante no parecía interesado en nada más, y silenciosamente llegamos por fin al cementerio. Pensé que el señor Allan entraría, pero no tenía ese propósito; sólo pretendía localizarlo para poder volver de día. Era una sensata conclusión: para mí tenía atractivo a aquellas horas por haberlo pateado a menudo de noche, pero ofrecía poco encanto a un extraño, incapaz de ver nada en plena oscuridad.</p>
<p>Nos despedimos en la entrada, y Rose y yo continuamos.</p>
<p>-He visto a ese hombre antes en algún sitio -le dije a Rose cuando nos habíamos alejado lo suficiente para que no pudiera oírnos-. Pero no logro recordar dónde. Quizá en la biblioteca.</p>
<p>-Debe de haber sido en la biblioteca -contestó Rose con aquella risa quebrada tan frecuente en ella-. En un retrato de la pared.</p>
<p>-¡Vamos! ¿Qué dices? -grité.</p>
<p>-¡Pero si estoy segura de que te diste cuenta del parecido, Arthur! -dijo-. Incluso de su nombre. Se parece a Edgar Allan Poe.</p>
<p>En efecto, se parecía. En cuanto Rose lo dijo me di cuenta de la gran semejanza, incluso en su ropa, y en seguida califiqué al señor Allan de inofensivo idólatra de Poe. Un hombre tan obsesionado con su ídolo que iba a su estilo, incluso con una ropa pasada de moda. ¡Otro de los extraños ejemplares de la raza humana que callejeaban de noche por la ciudad!</p>
<p>-Bien, es el tipo más extraño que hemos encontrado desde que empezamos nuestros paseos -dije.</p>
<p>Su mano apretó mi brazo.</p>
<p>-Arthur, ¿no sentiste algo, algo extraño que emanaba de él?</p>
<p>-Bueno, supongo que algo «extraño» trasluce de todos nosotros, los que buscamos la oscuridad -dije-. En cierto modo, tendemos a crear nuestra propia realidad.</p>
<p>Pero mientras le contestaba, me daba cuenta de lo que quería decirme. Ya no había necesidad de la aclaración que buscaba ella afanosamente en las palabras de explicación que pronunció a continuación. Sí, había algo extraño en el señor Allan, y lo que había era una profunda falsedad. Se notaba, ahora lo veía claro y lo aceptaba, en un buen número de cosas triviales, pero particularmente en la falta de expresión de sus facciones. Su forma de hablar, a pesar de haber sido poco locuaz, no tenía entonación, era casi mecánica. No había sonreído, ni se había alterado la expresión de su rostro. Había hablado con una precisión que sugería un distanciamiento de la mayoría de los hombres. Incluso el interés manifiesto que mostraba por Rose era más clínico que admirativo. Al tiempo que se despertaba mi curiosidad, creció en mí una bocanada de aprensión. Preferí llevar el tema de nuestra conversación por otros derroteros y acompañé a Rose a su casa.</p>
<p>II<br />
Era inevitable, sospecho, que me encontrase de nuevo con el señor Allan. Ocurrió dos noches después, no lejos de la puerta de mi casa. Quizá resulte absurdo, pero no pude evitar el pensamiento de que estaba esperándome, que su ansiedad por encontrarse conmigo era tan grande como la mía.</p>
<p>Le saludé jovialmente, como a un compañero nocturno más, y me di cuenta en seguida de que, aunque su voz remedaba mi propia jovialidad, ningún trazo de emoción asomaba a su rostro; permanecía absolutamente impasible, hierático, como diría un escritor romántico. Ni un atisbo de sonrisa aparecía en su rostro, ni había ningún reflejo en sus brillantes ojos negros. Y ahora, como me habían sugerido, pude apreciar que el parecido con Poe era asombroso, tanto que de haberme dicho el señor Allan que era descendiente de Poe, le habría creído sin dudarlo.</p>
<p>Pensé que se trataba de una, curiosa coincidencia, y nada más. El señor Allan no hizo en esta ocasión ninguna mención de Poe o de nada relacionado con Providence. Parecía, era evidente, más interesado en escucharme que en hablar. Se mostraba tan singularmente hermético como si de hecho no nos hubiésemos visto antes. Pero tal vez buscaba algún terreno común, pues en cuanto mencioné que colaboraba con artículos semanales relacionados con la astronomía en el Journal de Providence, empezó a tomar parte en la conversación; lo que había sido durante algunas manzanas un monólogo, se convirtió en diálogo.</p>
<p>Pronto me di cuenta de que el señor Allan no era un novato en cuestiones astronómicas. Escuchaba ansiosamente mis puntos de vista, pero él mantenía los suyos, diferentes a los míos y a veces muy discutibles. No se mostró remiso en manifestar que no sólo era posible un viaje interplanetario, sino que innumerables estrellas, no sólo planetas de nuestro sistema solar, estaban habitadas.</p>
<p>-¿Por seres humanos? -pregunté incrédulamente.</p>
<p>-¿Por qué tendrían que ser seres humanos? -replicó-. La vida es única, no el hombre. Incluso aquí, en este planeta, la vida toma muchas formas.</p>
<p>Le pregunté si había leído las obras de Charles Fort.</p>
<p>No lo había hecho. No sabía nada de él, y al pedírmelo, le expliqué algunas de las teorías de Fort, así como los hechos que aducía para apoyar estas teorías. Vi que de cuando en cuando, mientras caminábamos, la cabeza de mi acompañante se balanceaba, aunque su cara permanecía inexpresiva; era como si estuviese de acuerdo. Y en una ocasión llegó a exclamar.</p>
<p>-Sí, así es. Lo que él dice es así.</p>
<p>Fue al hablar yo de objetos voladores no identificados vistos cerca de Japón durante la última mitad del siglo diecinueve.</p>
<p>-¿Cómo puede afirmar eso? -interrogué.</p>
<p>Se lanzó a una extensa perorata, que podía resumirse así: en el terreno de la astronomía, todo científico que estuviera al día tenía la certeza de que no había vida solamente en la tierra. Por tanto, al igual que se podían concebir cuerpos celestes con formas de vida inferiores a la nuestra, otros podrían dar cabida a formas superiores. Si se aceptaba esta premisa, era perfectamente lógico que los viajes interplanetarios no tuvieran misterios para esas formas superiores y pudiesen, tras décadas de observación, familiarizarse con la Tierra y sus habitantes, así como con los demás planetas hermanos.</p>
<p>-¿Con qué propósito? -le pregunté-. ¿Para hacer la guerra? ¿Para invadirnos?</p>
<p>-Un modo de vida tan desarrollado no tendría necesidad de emplear tales métodos primitivos -señaló-. Nos vigilan, al igual que nosotros vigilamos la luna y escuchamos las señales de radio de los planetas. Nosotros estamos aún en las primeras etapas de la comunicación interplanetaria, y no digamos de los viajes espaciales, mientras que otras razas en estrellas remotas hace mucho que han superado ambas cosas.</p>
<p>-¿Cómo puede hablar con tanta seguridad? -le pregunté entonces.</p>
<p>-Porque estoy convencido de ello. Seguramente habrá conocido a gente que ha llegado a conclusiones similares.</p>
<p>Admití que así era.</p>
<p>-¿Se considera usted un hombre sin prejuicios por lo que respecta al tema? Admití esto también.</p>
<p>-¿Tanto es así que examinaría ciertas pruebas si le fueran presentadas?</p>
<p>-Ciertamente -repliqué, aunque no debió pasarle inadvertido mi escepticismo.</p>
<p>-Eso está bien -dijo-. Si nos permite a mí y a mis hermanos ir a su casa de la calle Angell, puede ser que le convenzamos de que hay vida en el espacio. No con forma humana, pero vida. Vida de unos seres poseedores de una inteligencia muy superior a la de los hombres más inteligentes.</p>
<p>Me resultaba cómica la magnitud de sus aseveraciones y de sus creencias, pero no lo demostré en ningún momento. Su confidencia me hizo pensar otra vez en el cúmulo de personajes que pueden encontrarse entre los paseantes nocturnos de Providence. El señor Allan era un obseso de sus inauditas convicciones y como todos los obsesos ansiaba hacer proselitismo, convertir a la gente.</p>
<p>-Cuando quiera -dije como invitación-. Cuanto más tarde mejor, para dar tiempo a que mi madre se acueste. Los experimentos no le hacen gracia.</p>
<p>-¿Digamos el próximo lunes por la noche?</p>
<p>-De acuerdo.</p>
<p>A partir de ese momento, mi acompañante no volvió a hablar del tema. Apenas se refirió a otras cuestiones, y de hecho me tocó a mí hablar todo el rato. Evidentemente se aburría; no habíamos recorrido tres manzanas cuando llegamos a un callejón y allí el señor Allan se despidió de mí bruscamente, se volvió hacia el callejón y se lo tragó la oscuridad.</p>
<p>¿Estaría su casa al final del callejón?, pensé. De no ser así, tendría que salir inevitablemente por el otro extremo. Impulsivamente corrí alrededor de la manzana y me puse a esperar en una calle paralela, en las sombras. Desde allí podía observar la entrada del callejón sin ser visto.</p>
<p>El señor Allan salió tranquilamente del callejón antes de que me diera tiempo a recobrar la respiración. Esperaba que continuase a través del callejón, pero no fue así; bajó por la calle, y acelerando un poco el paso, continuó su camino. Movido por la curiosidad, le seguí, procurando mantenerme oculto. Pero el señor Allan nunca se volvió a mirar. Con la mirada fija delante de él, no le vi dirigir la vista ni una sola vez siquiera a derecha o izquierda. Se dirigía claramente a un sitio determinado que sólo podía ser su casa, pues ya era más de medianoche.</p>
<p>Me fue fácil seguir a mi acompañante. Conocía bien estas calles, las conocía desde mi niñez. El señor Allan se dirigía al Seekonk, y mantuvo esta ruta, sin desviarse, hasta que llegó a una zona de Providence. Una vez allí, se dirigió hacia una casa hace ya tiempo deshabitada. Se introdujo en ella, y no le volví a ver. Aguardé un poco más, esperando ver alguna luz encenderse en la casa, pero no fue así, y llegué a la conclusión de que se había acostado.</p>
<p>Afortunadamente me había mantenido en las sombras, puesto que al parecer el señor Allan no se había acostado. Parecía que había pasado por la casa y rodeado la manzana entera, pues de repente le vi acercarse a la casa, en la dirección en que habíamos venido, y una vez más pasó por delante del lugar en que me ocultaba, y se introdujo en la casa, de nuevo sin encender ninguna luz.</p>
<p>Esta vez, ciertamente, se quedó dentro. Esperé unos cinco minutos, quizá más; entonces di media vuelta y me encaminé hacia mi casa de la calle Angell, convencido de haber hecho lo mismo que el señor Allan la noche en que nos conocimos: me había seguido. Sí, había llegado a la conclusión de que nuestro encuentro esta noche no había sido fruto del azar, sino premeditado.</p>
<p>Sin embargo, algunas manzanas más allá, me sorprendí al ver que él, Allan, se acercaba en dirección a mí, procedente de la calle Benefit. Traté de explicarme cómo se las había arreglado para dejar la casa otra vez y dar un rodeo hasta conseguir caminar derecho hacia mí. Quise imaginar en vano la ruta que pudo haber tomado para lograrlo. El caso es que pasó a mi lado sin aparentar reconocerme.</p>
<p>Pero no cabía duda: era él. La misma semejanza con Poe le distinguía de cualquier otro caminante nocturno. Ahogué su nombre en mi boca y me volví para mirarle. En ningún momento volvió la cabeza, y caminó hacia adelante, dirigiéndose con paso seguro hacia el lugar que yo había dejado momentos antes. Le vi desaparecer mientras intentaba en vano, todavía, trazar en mi mente la ruta que tendría que haber tomado, en medio de los vericuetos y callejuelas tan familiares para mí, para hacer posible que me tropezase de nuevo con él cara a cara.</p>
<p>Vamos a ver: nos habíamos encontrado en la calle Angell, luego caminamos hacia Benefit y el norte, y nos volvimos hacia el río otra vez. Tenía que haber corrido mucho para poder dar la vuelta y regresar. ¿Y a que propósito obedecía seguir semejante ruta? Me dejó totalmente perplejo, especialmente porque ni siquiera había dado muestras de conocerme, como si fuésemos completamente extraños.</p>
<p>Pero si los acontecimientos de la noche me habían dejado tan confundido, más lo estaba aún al encontrarme con Rose en el Ateneo la noche siguiente. Me esperaba, y corrió hacia mí en cuanto me vio.</p>
<p>-¿Has visto al señor Allan? -me preguntó.</p>
<p>-Ayer por la noche -le respondí, y habría continuado con la explicación de los hechos de no haber vuelto a hablar ella.</p>
<p>-¡Yo también! Me acompañó desde la biblioteca a casa.</p>
<p>Me callé lo que iba a decir y le escuché. El señor Allan había estado esperando a que saliese de la biblioteca. La había saludado y le había preguntado si podía pasear con ella. Anduvieron durante una hora, pero sin hablar mucho. Lo poco que dijeron fue muy superficial: vaguedades referentes a las antigüedades de la ciudad, la arquitectura de algunas casas, y cuestiones similares, de interés para quien sintiera curiosidad por los aspectos históricos de Providence. Luego la acompañó a casa. Ella había estado con el señor Allan en un lugar de la ciudad a la vez que yo había estado con él en otro. Ninguno de nosotros teníamos la menor duda respecto a la identidad de nuestro acompañante.</p>
<p>-Le vi después de medianoche -dije.</p>
<p>Era parte de la verdad, pero no toda.</p>
<p>Esta extraordinaria coincidencia debía de tener alguna aplicación lógica, aunque no estaba dispuesto a discutirla con Rose, para que no se alarmase. El señor Allan había hablado de «sus hermanos»; entraba dentro de lo posible que el señor Allan tuviese un gemelo idéntico. Pero ¿qué explicación cabía para lo que obviamente resultaba decepcionante? Uno de nuestros acompañantes no era, no podía ser el mismo señor Allan con quien previamente habíamos paseado. Pero ¿cuál de ellos? Yo estaba seguro de que mi acompañante era el mismo señor Allan al que habíamos conocido dos noches antes.</p>
<p>Sin darle importancia, y en vista de las circunstancias, hice a Rose algunas preguntas en relación con la identidad de su acompañante, a ver si en algún momento de nuestro diálogo salía a relucir si era el mismo al que había visto yo. No dudaba en absoluto; estaba plenamente convencida de que su acompañante era el mismo hombre que había paseado con nosotros dos noches antes; pues al parecer incluso había hecho varias referencias al paseo nocturno anterior. No tenía motivos para dudar, y yo preferí callarme. Había un extraño misterio aquí: los hermanos tenían alguna razón oculta para interesarse por nosotros. Había una razón distinta a la de compartir nuestro interés por los paseantes de la ciudad y por los lugares desconocidos que se desvelan únicamente con el crepúsculo y se desvanecen otra vez, desapareciendo con el amanecer.</p>
<p>Sin embargo, mi compañero de la víspera se había citado conmigo, mientras que el de Rose, que yo supiera, no había planeado otro encuentro con ella. Pero ¿por qué había esperado a encontrarse con ella? Esta línea de investigación no era válida ante la evidencia de que ninguno de los seres con quienes me encontré anoche, después de haber dejado a mi compañero en su casa, podía haber acompañado a Rose, pues ella vivía muy lejos del lugar en que por última vez me crucé con el extraño individuo; no podía haber tenido tiempo de dejarla en la puerta de su casa y, simultáneamente, encontrarse conmigo casi al otro extremo de la ciudad. Una inquietante sensación comenzó a invadirme. ¿Eran quizá tres Allan -todos idénticos-, trillizos? ¿O cuatro? No, seguramente el segundo señor Allan que me encontré la noche anterior era el mismo con quien habíamos estado paseando hasta el cementerio dos noches antes. El que sí podía ser otro era el de mi tercer encuentro.</p>
<p>Por mucho que intentase pensar en ello, el rompecabezas continuaba sin resolverse. Aguardaba con cierto ánimo desafiante la cita del lunes por la noche con el señor Allan, para la que sólo faltaban dos días.</p>
<p>III<br />
Aun así, no estaba bien preparado para la visita del señor Allan y sus hermanos en la noche del lunes siguiente. Llegaron a la diez y cuarto; mi madre acababa de subir a acostarse. Esperaba, como máximo, a tres personas. Eran siete. Y tan parecidos como los guisantes en una vaina, tanto que no era capaz de distinguir entre ellos al señor Allan con quien había paseado dos veces por las nocturnas calles de Providence, aunque deduje que era el que hablaba del grupo</p>
<p>Se encaminaron al salón, y el señor Allan inmediatamente se dispuso a colocar las sillas en semicírculo. Le ayudaban sus hermanos, mientras él murmuraba algo acerca de la «naturaleza del experimento». A decir verdad, yo estaba aún demasiado sorprendido e inquieto con la apariencia de los siete hombres idénticos, tan pasmosamente semejantes a Edgar Allan Poe, como para darme verdadera cuenta de lo que se decía. Pude observar también, a la luz de mi lámpara de gas Welsbach, que los siete eran de una complexión pálida, cerúlea, no hasta el punto de dudar que fuesen de carne y hueso como yo, pero sí para pensar que a todos les aquejaba algún tipo de enfermedad, anemia quizá, o que algún mal hereditario había dejado sus rostros carentes de color. Sus ojos eran muy negros y parecían mirar fijamente, aunque sin ver. Pero no se trataba de un defecto de percepción; era como si viesen gracias a un extrasentido invisible para mí. La sensación que experimenté no era predominantemente de miedo, sino de abrumadora curiosidad mezclada con una cada vez mayor intuición de algo extremadamente desconocido no sólo para mi experiencia, sino para mi propia existencia.</p>
<p>Pocas cosas reseñables habían sucedido hasta el momento entre nosotros. Pero en cuanto el semicírculo se completó, y mis visitantes se sentaron, el que llevaba la voz cantante me señaló una silla situada dentro del semicírculo y de cara a los hombres sentados.</p>
<p>-¿Quiere tomar asiento aquí, señor Phillips? -preguntó.</p>
<p>Hice lo que me indicaba y me encontré con que me había convertido en el centro de todas las miradas. Más que el objeto, el foco de sus miradas: los siete hombres no parecían mirarme a mí, sino mirar a través de mí.</p>
<p>-Nuestra intención, señor Phillips -dijo el que llevaba la voz cantante, a quien tomé por el caballero con quien me había encontrado en la calle Benefit- es producir en usted ciertas impresiones de vida extraterrestre. Todo lo que tiene que hacer es relajarse y ser receptivo.</p>
<p>-Estoy listo -dije.</p>
<p>Creí que iban a pedirme que amortiguase la intensidad de la luz, cuestión que forma parte integrante de este tipo de sesiones, pero no lo hicieron. Esperaron un rato en silencio, un silencio sólo roto por el tic-tac del reloj del hall y el alejado murmullo de la ciudad, y entonces comenzaron algo que sólo puedo describir como un cántico, un tarareo bajo, no desagradable, casi arrullador, que aumentaba en volumen y era interrumpido por sonidos que imaginé palabras aunque no podía distinguir ninguna. La canción que cantaban, y la forma en que cantaban, eran indescriptibles, extrañas; en clave menor, los intervalos de los tonos no se parecían a ningún sistema de música terrestre que pudiera serme familiar, aunque me parecía más oriental que occidental.</p>
<p>Tuve poco tiempo para percatarme de la música, pues pronto me sobrecogió una sensación de profundo malestar. Las caras de los siete hombres se tomaron difusas y se fundieron en un rostro borroso. Tuve la intolerable sensación de que me barría el paso de miles de años de tiempo. Llegué a la conclusión de que algún tipo de hipnosis era responsable de mi estado, pero me daba igual; la experiencia a la que me estaba sometiendo era totalmente nueva y no desagradable, aunque había en ella una nota discordante, como de algún mal acechando detrás de las relajantes sensaciones que se acumulaban y me arrastraban. Gradualmente, la lámpara, las paredes y los hombres que tenía delante se emborronaron y desvanecieron. Me daba cuenta de que todavía estaba en mi casa de la calle Angell, pero al mismo tiempo presentía que de alguna forma había sido trasladado a otros lugares, y empezó a manifestarse un sentimiento de alarma ante el desconocimiento de lo que me rodeaba, así como de repulsión y alienación. Era como si temiese la pérdida del conocimiento en un lugar extraño, sin medios para volver a la tierra, pues lo que presenciaba era una escena extraterrestre, de unas proporciones de grandeza y magnificencia incomprensibles para mí.</p>
<p>Vastas panorámicas del espacio se arremolinaban ante mí en una dimensión desconocida, y en el centro veía una colección de cubos gigantes, esparcidos en una ensenada de agitada radiación violeta. Entre ellos se movían otras figuras enormes, cambiantes, unos conos rugosos cuya talla alcanzaba los diez pies de altura y que reposaban sobre su base compuesta de un material semielástico, con escamas y bultos. De sus ápices salían cuatro miembros flexibles, cilíndricos, cada uno por lo menos de un pie de ancho, y de una sustancia similar, aunque más parecida a la carne, a la de los conos. Estos eran los supuestos cuerpos de los miembros que los coronaban. Según pude observar, tenían la capacidad de contraerse y dilatarse algunas veces hasta alcanzar una medida de largo similar a la altura del cono al que estaban adheridos. Dos de estos miembros tenían unas enormes garras en el extremo, mientras que un tercero llevaba una cresta de cuatro apéndices rojos con forma de trompeta, y el cuarto acababa en un globo amarillo de dos pies de diámetro, en medio del cual había tres enormes ojos, de un ópalo oscuro, que, dada su posición en el miembro elástico, podían volverse en cualquier dirección. Fue una escena que me causó gran fascinación, pero al mismo tiempo me inspiraba una repelencia atroz, dada la absoluta extrañeza y el aura de temibles descubrimientos que se desprendía de ella. Con mayor claridad y distinción, pude ver las figuras moverse: parecían atender a los grandes cubos; logré ver que sus extrañas cabezas estaban coronadas por cuatro grandes tallos grises con apéndices similares a unas flores y que, en su parte inferior, ostentaban ocho tentáculos sinuosos y elásticos, del color verde alga, constantemente agitados en un movimiento de serpentina. Esos tentáculos se dilataban y se contraían, se alargaban y se acortaban; azotaban de un lado a otro como si tuviesen una vida independiente de aquella que animaba a los conos, que parecían más perezosos. La escena estaba bañada en un descolorido resplandor rojo, como el de un sol moribundo que, habiendo perdido a su planeta, hubiese ocupado ahora el lugar de la radiación violeta de la ensenada.</p>
<p>Me causó un indescriptible impacto; era como si se me hubiese permitido mirar a otro mundo, un mundo increíblemente mayor que el nuestro, diferente al nuestro por distintos valores antipódicos y formas de vida, y lejos del nuestro en el tiempo y el espacio; y mientras miraba a este vasto mundo, me di cuenta -como si este conocimiento estuviera introduciéndose en mí por algún sistema psíquico- que contemplaba una raza destinada a morir, una raza que tenía que escapar de su planeta o morir. Espontáneamente, intuí la amenaza de un mal, y con un rápido y violento esfuerzo, me deshice del hechizo del cántico que me tenía apresado, exterioricé la excitación del miedo que me poseía, irrumpí en un grito de protesta y me levanté mientras la silla en que estaba sentado se caía hacia atrás estrepitosamente</p>
<p>De inmediato la escena que discurría ante mis ojos se desvaneció y la habitación volvió a enfocarse. Enfrente de mí estaban sentados mis visitantes, los siete caballeros parecidos a Poe, impasibles y silenciosos. los sonidos que habían emitido, el tararear y las extrañas palabras y ruidos tonales, habían cesado.</p>
<p>Me calmé y mi pulso se hizo más pausado.</p>
<p>-Lo que ha visto, señor Phillips, era una escena de otra estrella lejana -dijo el señor Allan-, muy alejada en el espacio. De hecho, pertenece a otro universo. ¿Le ha convencido?</p>
<p>-¡Basta ya! -grité.</p>
<p>No podía decir si mis visitantes se divertían o me despreciaban; no tenían expresión alguna, incluido su portavoz, que se limitó a inclinar la cabeza levemente y decir:</p>
<p>-Nos vamos, entonces, con su permiso.</p>
<p>Y silenciosamente, uno tras otro, desfilaron por la puerta que daba a la calle Angell.</p>
<p>Aquella experiencia me había dejado una impresión sumamente desagradable. No poseía pruebas de haber visto algo de otro planeta, pero podía atestiguar que había sido preso de una extraordinaria alucinación, indudablemente por influencia hipnótica.</p>
<p>¿Pero cuál era su razón de ser? Lo pensé mientras ordenaba el salón. No me era posible aducir ninguna razón sólida para demostrar lo que había presenciado. Era incapaz de negar que mis visitantes habían mostrado poseer facultades extraordinarias. Pero ¿con qué fin? Tenía que admitir que me confundía tanto la aparición de nada menos que siete hombres idénticos, como la experiencia alucinante que acababa de vivir. Quintillizos, era posible, sí, ¿pero alguien había oído hablar de siete gemelos? Tampoco eran usuales los nacimientos múltiples de niños idénticos. Y sin embargo había siete hombres poco más o menos de la misma edad e idénticos en apariencia, de cuya existencia no cabía la más mínima explicación.</p>
<p>Tampoco tenía ningún significado palpable la escena que había presenciado durante la demostración. De alguna forma había comprendido que los grandes cubos eran seres vivos y sensibles para quienes la radiación violeta era como la vida: me di cuenta de que las criaturas de los conos les servían en alguna forma, pero nada había descubierto que lo demostrase. La visión entera carecía de sentido: era una de esas escenas que podía haber sido creada por una imaginación altamente organizada, y telepáticamente dirigida a un sujeto que se prestase a ello, como, por ejemplo, yo mismo. Era ridículo demostrar así la existencia de vida extraterrestre; lo único que demostraba era que yo había sido víctima de una alucinación inducida. Pero, una vez más, se trataba de un círculo vicioso. Como alucinación, no tenía razón de ser.</p>
<p>Y sin embargo, esa noche no conseguí evitar una insistente inquietud que me atenazó durante largo tiempo, hasta que pude dormir.</p>
<p>IV<br />
Lo raro es que mi malestar fue en aumento a medida que transcurría la mañana siguiente. Pese a estar acostumbrado a las curiosidades humanas, a los frecuentes e increíbles personajes y las extrañas cosas que encontraba en mis paseos nocturnos por Providence, las circunstancias que rodeaban al señor Allan y sus hermanos, todos tan parecidos a Poe, eran tan extraordinarias que no podía quitármelos de la mente.</p>
<p>Instintivamente, dejé mi trabajo esa tarde y me dirigí a la casa del callejón a orillas del Seekonk, dispuesto a enfrentarme con mi acompañante nocturno. Pero la casa, cuando llegué a ella, tenía aspecto de estar totalmente desierta; cortinas raídas colgaban por el antepecho de las ventanas y, en torno, todo era cenizas de abandono.</p>
<p>Sin embargo, llamé a la puerta y esperé.</p>
<p>No hubo respuesta. Llamé otra vez.</p>
<p>No parecía haber nadie dentro de la casa. Arrastrado por la curiosidad, intenté abrir la puerta. Y se abrió nada más tocarla. Dudé aún, y miré a mi alrededor. No había nadie a la vista; por lo menos dos de las casas de la vecindad estaban desocupadas. Y si me estaban vigilando, yo no lo notaba.</p>
<p>Abrí la puerta y entré en la casa. Permanecí de pie durante un momento con mi espalda contra la puerta, para acostumbrarme a la oscuridad crepuscular que llenaba las habitaciones. Entonces anduve cautelosamente a través del pequeño vestíbulo hacia la habitación contigua, una salita llena de muebles tapizados por lo menos veinte años antes. Ni rastro de seres humanos, aunque existían indicios de que no hacía mucho alguien había andado por allí y había dejado huellas en el polvo visible del suelo sin alfombras. Crucé la habitación y entre en un pequeño comedor. Lo crucé también, y me encontré en una cocina. Al igual que el resto de las habitaciones tenía pocas trazas de haber sido utilizada, pues no había nada de comida, y la mesa parecía que no se había usado en años. Pero aquí también había un gran número de huellas que demostraban que la casa estaba habitada. Y la escalera demostraba asimismo un uso intenso.</p>
<p>Pero fue en la parte posterior de la casa donde descubrí lo que mayor desasosiego me produjo. Esta parte del edificio consistía en una gran habitación, aunque era evidente que antiguamente habían sido tres, pues en las paredes quedaban sin enfoscar los agujeros de los tabiques que las habían separado. Vi esto con el rabillo del ojo, pues lo que había en el centro de la habitación atraía poderosamente mi atención. Una luz violeta bañaba la habitación, un suave resplandor que emanaba de una especie de largo bloque introducido en un cristal, rodeado, junto a un segundo bloque, similar y apagado, de maquinaria de una clase que nunca había visto antes, excepto en mis sueños.</p>
<p>Entré cautelosamente en la habitación, alerta por si alguien interrumpía mi intromisión. Nadie ni nada se movió. Me acerqué más a la caja de cristal encendida de violeta. Había algo dentro de ella, aunque al principio no me percaté de esto, pues me fijé en que estaba sobre una reproducción de tamaño natural de Edgar Allan Poe, iluminada, como todo lo demás, por la misma luz violeta. No podía determinar su origen, excepto que estaba envuelta en una sustancia parecida al cristal que formaba el envase. Pero cuando finalmente me di cuenta de qué era lo que había encima de la reproducción de Poe, casi grité de miedo, pues era una miniatura, una exacta reproducción de uno de esos conos rugosos que sólo había visto ayer por la noche en la alucinación a la que había sido inducido en mi casa de la calle Angell. ¡Y el sinuoso movimiento de los tentáculos de su cabeza -o lo que yo creía que era su cabeza- evidenciaba indiscutiblemente que estaba vivo!</p>
<p>Me retiré rápidamente con una ojeada al otro envase para asegurarme de que estaba vacío y sin ocupar, aunque conectado por muchos tubos metálicos al otro que estaba paralelo a él; me fui rápidamente haciendo el menor ruido posible, pues estaba convencido que los hermanos de la noche dormían arriba y en mi confusión por esta inexplicable revelación que situaba mi alucinación de la noche anterior en otras coordenadas, no quería encontrarme con nadie. Me fui de la casa sigilosamente, aunque me pareció ver la sombra de una de esas caras tan parecidas a la de Poe en una de las ventanas superiores. Corrí a lo largo de las calles que unían el Seekonk con el río Providence, corrí durante muchas manzanas antes de ponerme a caminar más despacio, pues empezaba a llamar la atención en mi loca carrera.</p>
<p>Mientras caminaba, intentaba poner en orden mis caóticos pensamientos. No podía dar ninguna explicación a lo que había visto, pero sabía intuitivamente que me había topado con un peligro amenazante demasiado oscuro y repelente, y quizá demasiado vasto para poder comprenderlo. Busqué un significado pero no pude hallar ninguno; nunca había tenido una preparación muy científica, aparte de la química y la astronomía, de modo que no estaba preparado para comprender el empleo de máquinas tan grandes como las que había visto en esa casa alrededor de ese bloque encendido de violeta donde estaba el cono rugoso en cálida y animadora radiación portadora de vida. De hecho no era capaz de asimilar siquiera la misma maquinaria, pues sólo existía una remota similitud con algo que podía haber visto antes, como la dínamo de una central eléctrica. Estaban todas las máquinas conectadas de algún modo a los dos bloques, y a los envases de cristal -si el material era cristal-, uno ocupado, el otro vacío y oscuro, también unidos entre sí por unos tubos.</p>
<p>Pero había visto suficiente para convencerme de que el oscuro clan fraternal que caminaba por las calles de Providence durante la noche con vestimenta y aspecto de Edgar Allan Poe paseaba por motivos diferentes a los míos; los suyos no eran simple curiosidad acerca de los personajes nocturnos, de los colegas paseantes de la noche. Quizá la oscuridad era su estado más natural, al igual que la luz del sol era la de la mayoría de las personas; pero sus motivos eran siniestros, no podía dudarlo. Sin embargo, no lograba imaginarme lo que iba a suceder después.</p>
<p>Por fin dirigí mis pasos hacia la biblioteca, con la vaga esperanza de tropezarme con algo que me diese una clave para llegar a comprender lo que había visto.</p>
<p>Pero nada. Por mucho que busqué no encontré clave alguna, ningún indicio, aunque leí atentamente toda referencia concebible -incluso las de la estancia de Poe en Providence- a mi alcance sobre los estantes, y dejé la biblioteca tarde, tan desconcertado como cuando había llegado.</p>
<p>Quizá era inevitable que volviese a encontrarme con el señor Allan otra vez esa noche. No había forma de saber si mi visita a su casa había sido observada, a pesar de que creía haber visto a un observador en la ventana de arriba en el momento de mi huida, cuando estaba algo turbado. Pero esa sospecha mía no debía de tener fundamento alguno, pues cuando me encontré con el señor Allan más tarde, y le saludé en la calle Benefit, no había nada en su actitud o en sus palabras que dejase notar su posible conocimiento de mi intromisión. Ahora bien, yo ya conocía su habilidad para mantener su rostro impermeable a toda expresión: humor, disgusto, incluso enfado o irritación eran ajenos a sus facciones, que nunca abandonaban esa máscara introspectiva que caracterizaba a Poe.</p>
<p>-Espero que se haya recuperado de nuestro experimento, señor Phillips -dijo, después de intercambiar las frases de costumbre.</p>
<p>-Totalmente -le contesté, aunque no era cierto. Añadí algo acerca de un repentino marco, que había precipitado el final del experimento.</p>
<p>-Es uno de los mundos exteriores lo que vio, señor Phillips -continuó el señor Allan-. Son muchos. Cien mil por lo menos. La vida no es propiedad exclusiva de la Tierra. Tampoco la vida en forma de seres humanos. La vida toma muchas formas en otros planetas y estrellas, formas que aparecerían extrañas para los humanos, al igual que la vida humana resulta extraña a esas otras formas de vida.</p>
<p>Por una vez, el señor Allan se mostraba singularmente comunicativo, y yo tenía poco que decir. Estaba claro, creyese yo o no que lo que había visto era una alucinación -incluso ante el descubrimiento que había hecho en casa de mi acompañante- que él creía sin la menor reserva en lo que decía. Hablaba de muchos mundos, como si le fuesen familiares todos ellos. En un momento dado habló casi con reverencia de ciertas formas de vida, particularmente de aquellas que tenían una asombrosa capacidad de adaptación para tomar las formas de vida de otros planetas en su incesante búsqueda de las condiciones necesarias para su existencia.</p>
<p>-La estrella que vi -le inrerrumpí- estaba muriéndose.</p>
<p>-Sí -dijo simplemente.</p>
<p>-¿La ha visto usted?</p>
<p>-La he visto, señor Phillips.</p>
<p>Le escuché con alivio. Ya que era imposible que ningún hombre pudiese ver la vida propia del espacio exterior, lo que yo había experimentado no era más que la transmisión de una alucinación del señor Allan y sus hermanos.</p>
<p>Comunicación telepática, ciertamente, ayudada con una especie de hipnosis que no había experimentado antes. Aun así no podía deshacerme de la inquietante sensación de peligro que rodeaba a mi acompañante nocturno, ni del malestar que se había apoderado de mí, pues aquella explicación que me había apresurado a aceptar resultaba sumamente ingenua.</p>
<p>En cuanto pude, presenté mis excusas al señor Allan y me marché. Me fui de prisa y directamente al Ateneo con la esperanza de encontrar a Rose Dexter, pero ya se había marchado, si es que estuvo allí. Fui al teléfono público del edificio y la llamé a su casa.</p>
<p>Contestó Rose, y confieso que sentí al instante una sensación de alivio.</p>
<p>-¿Has visto al señor Allan esta noche? -le pregunté.</p>
<p>-Sí -replicó-. Pero sólo unos instantes. Iba camino de la biblioteca.</p>
<p>-Yo también le he visto.</p>
<p>-Me pidió que fuese a su casa alguna noche para ver un experimento -continuó.</p>
<p>-No vayas -le dije en seguida. Hubo un largo silencio al otro lado del teléfono.</p>
<p>-¿Por qué no?</p>
<p>Desafortunadamente no me di cuenta del acento de crueldad que había en su voz.</p>
<p>-Sería preferible que no fueras -dije con toda la firmeza que pude.</p>
<p>-¿No cree, señor Phillips, que soy yo quien debe decidirlo?</p>
<p>Me apresuré a asegurarle que yo no era quién para juzgar sus acciones; sólo le sugería que podría ser peligroso ir.</p>
<p>-¿Por qué?</p>
<p>-No puedo decírtelo por teléfono -contesté, plenamente convencido de que sonaba a tonto, y de que a la vez era cierto que no podría poner en palabras todas las terribles sospechas que habían empezado a aparecer en mi mente, pues eran tan fantásticas, tan extrañas, que nadie se las creería.</p>
<p>-Lo pensaré -dijo quebradamente.</p>
<p>-Intentaré explicártelo cuando te vea -le prometí. Me dio las buenas noches y colgó con una intransigencia que no presagiaba nada bueno y que me dejó profundamente preocupado.</p>
<p>V<br />
Llego ahora al final de los apocalípticos acontecimientos concernientes al señor Allan y al misterio que rodeaba la casa en el olvidado callejón. Dudo en ponerlos aquí, incluso ahora, pues sé de sobra que el cargo que ya pesa contra mí se agravaría y daría lugar a serias dudas con respecto a mi salud mental. Pero no me queda otro remedio. De hecho, el futuro entero de la humanidad, el curso de todo lo que llamamos civilización, puede verse afectado por lo que pueda o no pueda escribir acerca de esta cuestión. Los acontecimientos culminantes se desarrollaron con rapidez tras la conversación mantenida con Rose Dexter, ese insatisfactorio intercambio telefónico.</p>
<p>Tras un día de trabajo inquietante y lleno de desasosiego, llegué a la conclusión de que tenía que dar una explicación justificativa a Rose. A la noche siguiente, fui temprano a la biblioteca, donde solía encontrarme con ella, y me coloqué en un lugar desde el que podía ver la entrada principal. Allí esperé durante más de una hora hasta que se me ocurrió que a lo mejor no iba a la biblioteca aquella noche.</p>
<p>Otra vez recurrí al teléfono, con intención de preguntarle si podía acercarme a verla para explicarle lo de la noche anterior.</p>
<p>Fue su cuñada, y no Rose, quien contestó al teléfono. Rose había salido</p>
<p>-Un caballero la llamó.</p>
<p>-¿Le conoce usted? -pregunté.</p>
<p>-No, señor Phillips.</p>
<p>-¿Oyó su nombre?</p>
<p>No lo había oído. De hecho sólo le había visto parcialmente cuando Rose salió presurosa a encontrarse con él, pero ante mi insistencia admitió que el caballero que había llamado a Rose tenía bigote.</p>
<p>¡El señor Allan! No necesitaba averiguar más.</p>
<p>Colgué y durante unos momentos no supe qué hacer. Quizá Rose y el señor Allan se dedicaban solamente a pasear a lo largo de la calle Benefit. Pero tal vez habían ido a esa casa misteriosa. Sólo pensar en ello me llenó de una aprensión tal que me hizo perder la cabeza.</p>
<p>Salí de la biblioteca y me dirigí a casa. Eran las diez cuando llegué a la casa de la calle Angell. Afortunadamente mi madre se había acostado, de modo que pude coger la pistola de mi padre sin molestarla. Una vez cargada, caminé apresuradamente a través de una Providence invadida por la noche, manzana tras manzana, hacia la orilla del Seekonk y el callejón en que estaba la extraña casa del señor Allan, sin percatarme del espectáculo que, para otros paseantes nocturnos, representaba la prisa incontrolada con la que caminaba. De todos modos, no me importaba, pues quizá la vida de Rose estaba en peligro, y más allá de eso, poco definido, rondaba un mal más espantoso aún y mayor.</p>
<p>Cuando llegué a la casa en que había desaparecido el señor Allan, me sorprendieron su soledad y sus ventanas oscuras. Aturdido, dudaba en continuar, y esperé durante un minuto o dos para tomar aire y tranquilizar mi pulso. Entonces, siempre en las sombras, me moví silenciosamente hacia la casa, vigilando el menor rayo de luz.</p>
<p>Di la vuelta a la casa desde la puerta delantera a la trasera. No se veía el más mínimo rayo de luz. Pero sí podía oírse un tararear bajo, un sonido vibrante, como el silbido de un cable respondiendo al viento. Crucé hacia un extremo de la casa, y ahí vi indicios de luz, no luz amarilla, como de una lámpara en el interior, sino una pálida radiación color lavanda que parecía emanar tenuemente de la propia pared.</p>
<p>Me retiré, recordando vívidamente lo que había visto en la casa. Pero mi papel no podía ser pasivo. Tenía que saber si Rose estaba en la casa oscura, quizá en aquella misma habitación de la maquinaria desconocida y el envase de cristal con el monstruo dentro de la radiación violeta.</p>
<p>Di la vuelta hacia la parte delantera de la casa, y subí los escalones que conducían a la puerta de entrada.</p>
<p>De nuevo la puerta estaba abierta. Cedió a la presión de mis dedos. Me paré únicamente para coger la pesada arma en mis manos, empujé la puerta y entré en el vestíbulo. Me detuve un instante para acostumbrar mis ojos a la oscuridad; ahí de pie, percibía mejor el sonido tarareante que había oído, y algo más: el mismo tipo de cántico que me había dejado en estado hipnótico cuando fui testigo de la turbadora visión que supuestamente era la vida en otro mundo.</p>
<p>Me di cuenta de su significado inmediatamente. Pensé que Rose estaría con el señor Allan y sus hermanos, pasando por una experiencia similar.</p>
<p>¡Ojalá no hubiese sido más que eso!</p>
<p>Pues cuando entré en la gran habitación de la parte trasera de la casa, vi algo que para siempre se quedará grabado en mi mente. Alumbrada la habitación por la radiación del envase de cristal, podía ver al señor Allan y sus hermanos postrados en el suelo alrededor de los dos envases, entregados a su cántico. Detrás de ellos, junto a la pared, yacía -en su tamaño natural- la reproducción de Poe que yo había visto bajo la extraña criatura en el envase de cristal bañado por la radiación violeta. Pero no era el señor Allan y sus hermanos lo que me produjo el profundo shock y me repelió. ¡Fue lo que vi en los envases de cristal!</p>
<p>En el que daba resplandor a la habitación con su pulsante y agitada radiación violeta, estaba Rose Dexter, completamente vestida, y ciertamente bajo hipnosis. Y encima de ella estaba, alargado y con sus tentáculos azotando furiosamente, la figura de cono rugoso que la última vez había visto encogerse sobre la silueta de Poe. Y en el envase que se conectaba -casi me espanta anotarlo aquí-, yacía, idéntica en todos los detalles, ¡un duplicado perfecto de Rose Dexter!</p>
<p>Lo que ocurrió a continuación estaba confuso en mi mente. Sé que perdí el control, que disparé a ciegas contra los envases de cristal, intentando romperlos. Sé que le dí a uno o a ambos, pues el impacto de la radiación se desvaneció, la habitación quedó sumida en la oscuridad, gritos de miedo y de alarma por parte del señor Allan y sus hermanos, y entre la sucesión de explosiones de la maquinaria, corrí hacia adelante y cogí a Rose Dexter. No sé cómo, alcancé la calle con Rose.</p>
<p>Miré hacia atrás y vi que las llamas aparecían en las ventanas de la maldita casa, y entonces, inesperadamente, la pared norte se derrumbó, y algo -un objeto que no pude identificar- salió de la casa en llamas y se esfumó en el cielo. Salí corriendo, con Rose en mis brazos.</p>
<p>Una vez que recuperó el sentido, Rose se puso histérica, pero al fin logré calmarla y se quedó callada, sin querer decir nada. En silencio la llevé a casa. Sabía lo terrible que tenía que haber sido su experiencia, y estaba dispuesto a no decir nada hasta que se hubiese recuperado totalmente.</p>
<p>En el curso de la semana siguiente, pude darme cuenta con toda claridad de lo que había ocurrido en la casa del callejón, pero el delito de incendio -del que me culpaban, en lugar de otro mucho más serio, por la pistola que había abandonado en la casa ardiendo- había cegado a la policía y rechazaban cualquier interpretación de los hechos que tuvieran algo que ver con cuestiones extraterrestres. He insistido en que viesen a Rose Dexter cuando estuviese recuperada y pudiese hablar, y desease hacerlo. No puedo hacerles entender lo que yo ahora comprendo perfectamente. Pero los hechos están ahí, indiscutibles. Dicen que la carne achicharrada encontrada en la casa no es humana, al menos la mayor parte de ella no lo es. ¿Podían esperar otra cosa? ¿Siete hombres parecidos a Edgar Allan Poe? ¡Tienen que comprender que lo que había dentro de la casa procedía de otro mundo, de un mundo agonizante, que pretendía invadir y tomar posesión de la Tierra reproduciéndose con forma humana! Tienen que saber que el primer modelo humano elegido por esos seres para reencarnarse había sido, por casualidad, Poe, escogido porque ignoraban que no representaba el tipo medio de hombre. Y han de saber, como yo llegué a saber, que el cono rugoso provisto de tentáculos, en la radiación violeta, era el origen de su forma material, y que la maquinaria y los tubos -que decían habían quedado demasiado estropeados por el incendio para poder identificarlos, ¡como si hubiesen podido identificar su función aun sin estar destrozados!- creaba, a partir del material suministrado por el cono en la luz violeta, material que simulaba carne, unas criaturas con forma humana y parecidas a Poe.</p>
<p>El propio «señor Allan» me proporcionó la clave, aunque no lo supe entonces, cuando le pregunté por qué la humanidad era objeto de escrutinio interplanetario: «¿Para hacer la guerra? ¿Para invadimos?»; y respondió: «Una forma de vida tan desarrollada no tendría necesidad de utilizar métodos tan primitivos». ¿Podía algo servir de explicación mejor que esto para la extraña ocupación de la casa a orillas del Seekonk? Desde luego, era evidente ahora que lo que el «señor Allan» y sus hermanos me ofrecieron en mi propia casa era una visión del planeta de los cubos y los conos rugosos, su planeta. Y seguramente lo más abominable de todo, evidente para cualquier observador imparcial, era la razón por la cual querían a Rose. Pretendían reproducir a su especie en la forma de hombres y mujeres, para poder mezclarse con nosotros, sin ser detectados, sin sospechar de ellos, y lentamente, a lo largo de décadas, quizá de siglos, mientras su mundo moría, tomar y preparar la Tierra para aquellos que viniesen después. ¡Sólo Dios sabe cuántos de ellos puede haber aquí, entre nosotros, incluso ahora!</p>
<p>Más tarde. No he podido ver a Rose todavía, esta noche, y no sé si llamarla. Me ocurre algo terrible. Me siento preso de horribles dudas. No lo pensé durante esa terrible experiencia, después de los disparos en la habitación iluminada de violeta, y es ahora cuando he empezado a preguntármelo, y mi preocupación ha ido creciendo hora tras hora, hasta convertirse en insoportable. ¿Cómo puedo estar seguro de que en esos minutos de locura rescaté a la verdadera Rose Dexter? Si lo hice, sin duda, ella me lo confirmará esta noche. Si no lo hice ¡Dios sabe lo que he soltado, sin quererlo, sobre Providence y el mundo!</p>
<p>Extracto de The Providence Journal, l7 de julio</p>
<p>UNA MUCHACHA DE LA VECINDAD MATA A SU AGRESOR<br />
Rose Dexter, hija del señor Elisha Dexter y señora, del 127 de la calle de Benevolent, repelió y dio muerte ayer noche a un joven al que acusó de haberla agredido. La señorita Dexter fue encontrada en un estado de histeria mientras corría por la calle Benefit, en las cercanías de la Catedral de San Juan, cerca del cementerio donde tuvo lugar el suceso. Su agresor fue identificado como un viejo amigo, Arthur Phillips&#8230;</p>
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		<title>Oscuridad</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Apr 2011 06:14:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<description><![CDATA[Todo comenzó por curiosidad. Comenzó cuando me hice las clásicas preguntas ¿qué tal si&#8230;? ¿cómo será&#8230;? ¿qué habrá&#8230;.? Bueno la curiosidad mato al gato, dicen&#8230; y sí, es verdad&#8230; yo lo comprobé. Pero la idea era demasiado tentadora&#8230; ¿Nunca se hicieron esas preguntas&#8230;? ¿Nunca se preguntaron que habrá más allá de la ruta, detrás de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3320" title="Oscuridad" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/04/Oscuridad.jpg" alt="" width="400" height="544" /></p>
<p>Todo comenzó por curiosidad.</p>
<p>Comenzó cuando me hice las clásicas preguntas ¿qué tal si&#8230;? ¿cómo será&#8230;? ¿qué habrá&#8230;.? Bueno la curiosidad mato al gato, dicen&#8230; y sí, es verdad&#8230; yo lo comprobé.</p>
<p>Pero la idea era demasiado tentadora&#8230;</p>
<p>¿Nunca se hicieron esas preguntas&#8230;? ¿Nunca se preguntaron que habrá más allá de la ruta, detrás de los alambrados, en esas zonas repletas de nada aparente?</p>
<p>Uno piensa que es nada más que oscuridad, y solo le se le atribuye cierta profundidad porque vemos en el cielo negro de la noche esas mancha aún más negras, que en un proceso asociativo las relacionamos con los arboles que vimos durante el día en el mismo lugar, y aunque nada más aparente nada más equivocado, solo es oscuridad, incluso esos arboles que ya no lo son.</p>
<p>Nos sentimos seguros dentro de nuestros autos mientras manejamos, contemplando esa negrura total del espacio, cerrados herméticamente, con música funcional, calefacción&#8230; creamos un ambiente parecido al de nuestras casas, el lugar más seguro de la tierra, pero de todos modos admiramos ese vacío lleno de sombras y a más de uno, estoy seguro, se le paso la idea de parar el auto y explorar estas zonas que imponentes nos desafían, bueno no lo hagan&#8230; yo lo hice y así termine. No lo hagan porque YO los estaré esperando.<span id="more-2146"></span></p>
<p>Disculpen, todavía no me he presentado, mi nombre es Guillermo Gouric&#8230; y lo que me paso, fue, como dije al principio por curiosidad.</p>
<p>Iba camino a mis perfectas vacaciones, después de año y medio de trabajar como burro de carga, el jefe por fin me había dejado tomarme esos dos meses que la empresa me debía. Tiempo de ocio era lo que me sobraría, pero la misma noche en la que me entere del sabático, arme los bolsos y sin pensarlo dos veces agarre el auto y partí&#8230; sin rumbo, donde me llevara la buenaventura. Y la buenaventura me llevó a una ruta desierta, que vaya a saber uno donde terminaba. Suzanne Vega me hacía compañía con su &#8220;Luka&#8221; por la radio, el cigarrillo endulzaba mi paladar y la calefacción entibiaba mi piel. Y a pesar de todas esas distracciones no lograba despejar la mirada de esas oscuras áreas guardianas de deseados secretos, zonas de terciopelo negro suaves a la vista rugosas al tacto, lugar que captaba toda mi atención&#8230;&#8221;Luka&#8221; dejo de sonar.</p>
<p>Y me decidí&#8230;</p>
<p>Apreté el freno del auto con toda determinación. Baje&#8230; y mire cara a cara el objeto de mi intriga, me sentía el ser más chico de la creación&#8230;</p>
<p>Al parecer alguien estaba de mi lado&#8230; el cielo se nubló por completo.</p>
<p>La poca luz que se desprendía de la luna se opacó ante las inmensas nubes de tormenta.</p>
<p>Y comenzaron los relámpagos&#8230; con sus destellos iluminaban por fracciones de fracción la tierra ennegrecida, haciendo todo mucho más&#8230; interesante.</p>
<p>Claro que podía subirme al auto y seguir mi camino, pero&#8230; tal vez ya estaba escrito lo que me iba a suceder</p>
<p>Mi auto que aún estaba en marcha se apagó de súbito. Las luces del mismo se consumieron como tragadas por</p>
<p>la masa negra que nos rodeaba&#8230; estaba en la más completa oscuridad. Todo era nada&#8230; Y recordé entonces esos libros que leía en mi infancia, &#8220;Elige tu propia aventura&#8221;&#8230; creo que se llamaban.</p>
<p>Si quieres seguir metiéndote en problemas&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;. pasa a la página 134</p>
<p>Si huyes como un cobarde, con el rabo entre las patas&#8230;&#8230;&#8230;&#8230; vete al demonio</p>
<p>Por supuesto fui a la página 134, pueden ponerme todos los adjetivos que quieran menos cobarde.</p>
<p>Además, ya estaba jugado y el anhelo de descubrir el secreto oculto tras ese cerrado bloque de tinieblas era demasiado intenso.</p>
<p>Caminé entonces hasta&#8230; bueno nada era visible, solo camine.</p>
<p>Choque contra lo que parecía ser un alambrado&#8230;</p>
<p>Un relámpago surcó el cielo, iluminó&#8230; y sí, en efecto, era un alambrado.</p>
<p>Lo salte.</p>
<p>Otro relámpago y otros milisegundos de visión&#8230;</p>
<p>Por lo que pude ver en ese instante de luz celestial, derecho no había ningún obstáculo, derecho fui entonces.</p>
<p>Caminé, caminé y caminé&#8230; por unos cinco minutos caminé. Los relámpagos que se daban en intervalos de 10 segundos más o menos, me dieron una mano inestimable.</p>
<p>Y hubiese seguido caminando, pero&#8230; a lo lejos, allá donde me dirigía, pude ver algo, o mejor dicho no pude ver nada. Donde antes un relámpago había iluminado un monte ahora solo había oscuridad.</p>
<p>¿Cómo puede ser?- me pregunte &#8211; ¿Cómo puede ser que la luz, la fuerza más rápida y potente de la naturaleza, no pudo iluminar ese monte como lo había hecho antes? No, deben ser mis nervios –esperé otro relámpago.</p>
<p>La centella vino y con ella mi asombro&#8230; ahora no solo no podía ver el monte, sino que noté que esa masa de oscuridad estaba más cerca de donde estaba yo parado. Espere otro relámpago que se hacía desear, y yo sumergido en un mar oscuro en el que no hacía pie, empecé a escuchar ruidos. Pasos, cientos de pasos, voces, gritos y chillidos, susurros y amenazas. Y cada vez más cerca de mí.</p>
<p>Estaba ciego y paralizado, ¿hacía que lado correr? ¿dónde estaba mi auto? ¿quién o quienes producían esos ruidos? Y mi única respuesta, la oscuridad&#8230;</p>
<p>Esperé sin mover un músculo unos segundos más antes de correr sin dirección alguna, la espera tuvo su premio&#8230; un rayo salvador cayó en las lejanías contestando todas mis preguntas.</p>
<p>¿Hacía que lado correr?</p>
<p>Hacía atrás&#8230;</p>
<p>¿Dónde estaba mi auto?</p>
<p>Atrás&#8230;</p>
<p>¿Quién o quienes producían esos ruidos?</p>
<p>Mis verdugos&#8230;</p>
<p>Corrí, corrí como nunca antes lo había hecho, como un niño ciego corrí hasta perderme definitivamente en la profunda ceguera de la masa negra de la noche&#8230;</p>
<p>-Un relámpago- rogué al dios cristiano –Si existís, manda un relámpago&#8230;.Mierda!!!</p>
<p>Y aunque no fui muy respetuoso, él relámpago llegó iluminando el TERROR&#8230;.</p>
<p>No era una masa oscura lo que venía tras de mí, de lejos parecían eso, pero ahora que casi me habían dado alcancé, los distinguí bien&#8230; Miles de seres humanoides, negros como la noche, rápidos como el viento, querían mi cabeza. Camuflándose perfectamente en las tinieblas, imposible era verlos sin luz alguna, imposible era huir sin luz alguna.</p>
<p>El relámpago se apagó y con él la visión&#8230; y se seguían acercando.</p>
<p>Corrí nuevamente, no se para donde, pero corrí&#8230;</p>
<p>Relámpago&#8230;</p>
<p>Delante, también vienen por delante!!!</p>
<p>Otra vez oscuridad</p>
<p>Cambie de dirección&#8230; no se para cual, tal vez este yendo a las mismas fauces del lobo.</p>
<p>Escuchaba los pasos y gritos cada vez más cerca.</p>
<p>Relámpago&#8230;.</p>
<p>Rodeado&#8230; los seres estaban por todos lados, corriendo en mi dirección. No había ningún lugar al cual huir.</p>
<p>Oscuridad&#8230;</p>
<p>Recordé el encendedor que tenía en el bolsillo&#8230; tal vez era mi única salvación. Nervioso, temblando, lo encendí&#8230; Las criaturas ahora apenas visibles, pararon a menos de medio metro de donde, nervioso y asustado temblaba. Sus caras sin facciones dejaban apenas distinguir los ojos solo visibles por la llama de mi encendedor reflejada en las pupilas, piernas largas y flacas les servían para correr con gran rapidez, sus dedos terminados en garras las convertían en mortales seres, creí que no tenían boca&#8230; hasta que una sonrió mostrando una hilera de blancos y afilados dientes&#8230;</p>
<p>La criatura sonriente dijo:</p>
<p>-La oscuridad debe reinar- con una voz tan apagada como su color</p>
<p>Mi encendedor, comenzó a perder brillo, poco a poco dejé de ver a esas criaturas. Mi Zippo seguía prendido pero ya no emitía ni luz ni calor.</p>
<p>Otra vez en la más completa oscuridad&#8230;</p>
<p>Las criaturas se abalanzaron sobre mí desgarrando con sus afilados dientes la carne de mi cuerpo, sentía el dolor pero era un testigo ciego de mi mutilación&#8230; grité y grité&#8230; sufrí, traté de luchar, pero nada se podía hacer y por fin&#8230; morí.</p>
<p>Ahora estoy acá, sea donde sea, rodeado de otras almas que como yo, se van oscureciendo con el paso del tiempo. Flotando en el éter pasé del más puro de los blancos al gris percudido, pero en lo que tardé en contarles esta historia ese gris se ha transformado en el más negro de los negros. Un pensamiento se hace cada vez más recurrente en mi mente, un pensamiento que combate con los otros siempre triunfando, un pensamiento que aliena mis sentidos, un pensamiento de deseo que me controla absolutamente y que debo obedecer a toda costa.</p>
<p>LA OSCURIDAD DEBE REINAR LA OSCURIDAD DEBE REINAR LA OSCURIDAD DEBE REINAR</p>
<p>LA OSCURIDAD DEBE REINAR LA OSCURIDAD DEBE REINAR LA OSCURIDAD DEBE REINAR</p>
<p>LA OSCURIDAD DEBE REINAR LA OSCURIDAD DEBE REINAR LA OSCURIDAD DEBE REINAR</p>
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		<title>La Pata de Mono</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Mar 2011 05:42:13 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3173" title="pata de mono" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/03/pata-de-mono.jpg" alt="" width="576" height="465" /></p>
<p>La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.<br />
—Oigan el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.<br />
—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.<br />
—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.<br />
—Mate —contestó el hijo.<br />
—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.<br />
—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.<br />
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.<br />
—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.<br />
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.<br />
—El sargento-mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.<br />
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.<span id="more-2867"></span><br />
—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.<br />
—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.<br />
—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.<br />
—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.<br />
—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?<br />
—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.<br />
—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.<br />
—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.<br />
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.<br />
—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.<br />
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.<br />
—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.<br />
—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo&#8230; Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.<br />
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.<br />
—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.<br />
El sargento lo miró con tolerancia.<br />
—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.<br />
—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.<br />
—Se cumplieron —dijo el sargento.<br />
—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.<br />
—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.<br />
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.<br />
—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?<br />
El sargento sacudió la cabeza:<br />
—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.<br />
—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?<br />
—No sé —contestó el otro—. No sé.<br />
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.<br />
—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.<br />
—Si usted no la quiere, Morris, démela.<br />
—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.<br />
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:<br />
—¿Cómo se hace?<br />
—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.<br />
—Parece de las Mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?<br />
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.<br />
—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.<br />
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.<br />
—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.<br />
—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.<br />
—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.<br />
—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.<br />
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.<br />
—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.<br />
—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.<br />
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.<br />
—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.<br />
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.<br />
—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.<br />
—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.<br />
—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.<br />
Sacudió la cabeza.<br />
—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.<br />
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.<br />
—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.<br />
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.</p>
<p>A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.<br />
—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?<br />
—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.<br />
—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.<br />
—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.<br />
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.<br />
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.<br />
—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.<br />
—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.<br />
—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.<br />
—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era&#8230; ¿Qué sucede?<br />
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.<br />
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.<br />
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.<br />
—Vengo de parte de Maw &amp; Meggins —dijo por fin.<br />
La señora White tuvo un sobresalto.<br />
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?<br />
Su marido se interpuso.<br />
—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.<br />
Y lo miró patéticamente.<br />
—Lo siento&#8230; —empezó el otro.<br />
—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.<br />
El hombre asintió.<br />
—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.<br />
—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.<br />
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.<br />
—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.<br />
—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.<br />
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.<br />
—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.<br />
El otro se levantó y se acercó a la ventana.<br />
—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.<br />
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.<br />
—Se me ha comisionado para declararles que Maw &amp; Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.<br />
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?<br />
—Doscientas libras —fue la respuesta.<br />
Sin oir el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.</p>
<p>En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.<br />
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.<br />
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.<br />
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.<br />
—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.<br />
—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.<br />
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.<br />
—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.<br />
El señor White se incorporó alarmado.<br />
—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?<br />
Ella se acercó:<br />
—La quiero. ¿No la has destruido?<br />
—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?<br />
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:<br />
—Sólo ahora he pensado&#8230; ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?<br />
—¿Pensaste en qué? —preguntó.<br />
—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.<br />
—¿No fue bastante?<br />
—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.<br />
El hombre se sentó en la cama, temblando.<br />
—Dios mío, estás loca.<br />
—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!<br />
El hombre encendió la vela.<br />
—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.<br />
—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?<br />
—Fue una coincidencia.<br />
—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.<br />
El marido se volvió y la miró:<br />
—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras&#8230;<br />
—¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño que he criado?<br />
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.<br />
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.<br />
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.<br />
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.<br />
—¡Pídelo! —gritó con violencia.<br />
—Es absurdo y perverso —balbuceó.<br />
—Pídelo —repitió la mujer.<br />
El hombre levantó la mano:<br />
—Deseo que mi hijo viva de nuevo.<br />
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.<br />
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.<br />
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.<br />
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.<br />
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.<br />
—¿Qué es eso? —gritó la mujer.<br />
—Un ratón —dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.<br />
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.<br />
—¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.<br />
—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.<br />
—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.<br />
—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.<br />
—¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.<br />
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:<br />
—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.<br />
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.<br />
—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara&#8230;<br />
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.<br />
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.</p>
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		<pubDate>Thu, 03 Mar 2011 01:48:22 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3098" title="ojos" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/11/ojos.jpg" alt="" width="500" height="248" /><br />
Era la hora, todo estaba oscuro. En cualquier momento esos ojos iban a aparecer en la oscuridad de mi habitación y se iban a acercar lentamente a mí, sin hacer nada más que observarme en mi profundo sueño.<br />
Pero esta vez iba a ser diferente, todo estaba preparado, el objeto metálico en mis manos y mis ojos buscando a esos redondos y penetrantes ojos.<br />
Como cada noche los ojos se me acercaron y se quedaron a mi lado. Era el momento, apreté con fuerza el objeto en mi mano y en un segundo que me pareció eterno, el objeto color plata hacía en uno de sus ojos.<span id="more-1357"></span><br />
Se estremeció, chilló y luego no dijo nada. Me levanté de la cama y encendí la luz, estaba horrorizado.<br />
Mis padres se suponía que iban a salir, pero me había olvidado de algo, mamá decidió no ir.<br />
Y ahora yacía tendida en suelo sin señales de vida.</p>
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		<title>Claustrofobia</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Feb 2011 21:46:14 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La cueva, ante sus ojos, parece tener un raro poder hipnótico. La entrada es poco más alta que el tamaño medio de un ser humano. Quizá un metro noventa, o quizá menos&#8230; Pero Toño se siente irresistiblemente empujado a entrar en ella. Algo, en su interior, grita desesperadamente. Le previene de que no debe traspasar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3061" title="claustrofobia" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/02/claustrofobia.jpg" alt="" width="500" height="337" /></p>
<p>La cueva, ante sus ojos, parece tener un raro poder hipnótico.<br />
La entrada es poco más alta que el tamaño medio de un ser humano. Quizá un metro noventa, o quizá menos&#8230;<br />
Pero Toño se siente irresistiblemente empujado a entrar en ella.<br />
Algo, en su interior, grita desesperadamente. Le previene de que no debe traspasar el umbral de piedra.<br />
Toño vacila.<br />
Da un paso.<br />
Luego otro vacilante, luego otro más seguro&#8230;<br />
Finalmente, penetra decididamente en el oscuro agujero.</p>
<p>El interior no es tan oscuro como él temía. Avanza entre un olor dulzón a tierra húmeda. Las paredes, efectivamente, rezuman humedad, minúsculas gotas que resbalan lentamente, como perezosas lagartijas, roca abajo, hasta ser absorbidas por la tierra que tapiza el suelo de la cueva.<br />
El pasillo se alarga, entre curvas suaves. Toño nota que sus cabellos rozan algo. Es el techo de la cueva. Parece como si el techo estuviera cada vez más bajo. Quizá el pasillo se estrecha paulatinamente a medida que se prolonga&#8230;<br />
Esa sola idea basta para atenazarle el corazón. Su corazón, débil y enfermizo de por sí&#8230; un corazón aprensivo que no resiste la idea de cuatro paredes cerradas&#8230;<br />
¡CLAUSTROFOBIA!<br />
Esa es la palabra&#8230;<span id="more-2214"></span><br />
Y en ella refleja todo su temor. Un temor formado por una parte de morboso placer, que le empuja a seguir adelante por el corredor de piedra a sabiendas de que las paredes son cada vez más estrechas y el techo y el suelo se hallan cada vez mas cerca&#8230;<br />
La fuerza invencible sigue empujándole adelante, aunque ahora debe caminar ya agachado&#8230;<br />
La luz disminuye. Debería haber desaparecido ya, pero aún basta para vislumbrar levemente el camino que se extiende serpenteante ante él. Un brusco descenso del techo. Toño tiene que caminar sobre sus rodillas y sus codos para seguir avanzando.<br />
Aquella depresión del techo pasará pronto&#8230; tiene que pasar&#8230; y luego podrá seguir caminando normalmente, erguido, quizá incluso se halle en una caverna natural con estalactitas y estalagmitas&#8230; Una foto de las Grutas de Cacahuamilpa pasa fugazmente ante sus ojos.<br />
Respira fatigosamente, con una extraña opresión. El esperado ensanchamiento no llega. En vez de eso, el paso entre las paredes de piedra es cada vez mas angosto, obligándole a arrastrarse como una serpiente para seguir avanzando, empujado por alguna extraña e incomprensible fuerza&#8230;<br />
Asustado, Toño se da cuenta de que ya no tiene espacio ante él. El corredor, angosto como una conejera, termina bruscamente ante la piedra que forma el corazón de la montaña, como si algún desalentado ingeniero hubiera dejado su trabajo e medio terminar&#8230;<br />
Claustrofobia&#8230;<br />
El asfixiante terror a los espacios cerrados hace presa en él.<br />
Debe volver atrás, rápidamente, ganar la salida, el cielo azul, el aire fresco, la,&#8230;<br />
No, no es posible.<br />
¿Por qué no puede retroceder?<br />
Sus manos se apoyan fuertemente en el suelo a fin de intentar impulsarle hacia atrás&#8230; pero es inútil.<br />
No puede moverse. Por lo menos, no con ayuda de las manos.<br />
Entonces son las rodillas las que, desesperadamente, tratan de constituirse en punto de apoyo para impulsarse hacia atrás. Pero sólo consigue desgarrarse la tela del pantalón y desollarse la piel.<br />
No puede moverse. Está clavado en el suelo, con la roca sobre su espalda, bajo su pecho, ante su cabeza y quizá, muy posiblemente, detrás de sus pies&#8230;<br />
Como una película, un brutal zoom hacia atrás le hace ver a si mismo prisionero en una inmovible cárcel de piedra, con toneladas de piedra sobre él y debajo de él, por delante, por detrás, como si ahora también él formara parte de la montaña que le ha aprisionado en sus entrañas&#8230;<br />
Abre la boca.<br />
Llena sus pulmones de aire viciado, húmedo, oscuro, con sabor a tierra. Un alarido desesperado, desgarrador, salvaje, brota de su garganta.</p>
<p>-Toño&#8230; por Dios, ¿qué te ocurre?<br />
La mano de Ana, fuertemente, le sacude.<br />
El final del alarido sale, agonizante, de sus pulmones.<br />
-Toño&#8230; ¿qué tienes?<br />
Mira a su alrededor. Un armario, un rectángulo de luz que viene de la calle. Lo único que toca su cuerpo es la ropa del pijama, y encima de ella la de la cama.<br />
Ana, preocupada, le mira con cierta inquietud.<br />
-Ha sido ese sueño otra vez, ¿verdad?<br />
-Si&#8230; el horrible&#8230; ¡me moriré si sigo soñando eso! Mi corazón&#8230; no lo resistirá&#8230;<br />
-Tranquilízate, cariño&#8230; mañana volveremos otra vez a ver al cardiólogo.<br />
Y, si es necesario, a un psicoanalista. Pero tienes que dejar de soñar esas cosas horribles&#8230;<br />
-¿&#8221;Esas&#8221;, dices? No, Ana&#8230; Sólo hay una pesadilla&#8230; sólo una&#8230; siempre la misma&#8230;</p>
<p>El médico retira los cables, que se han calentado al contacto con el cuerpo de Toño.<br />
Luego, tira de una larga hoja de papel y observa los grafismos de cordillera que la cabeza lectora ha impreso en ellos.<br />
-Tenemos que cuidarnos, amigo- dice, empleando ese &#8220;nos&#8221; tan característica y paternalista de los médicos.<br />
-¿Estoy peor?<br />
-Bueno, no es eso exactamente&#8230; pero no hay mejoría, que es lo que nosotros esperábamos. Ese corazón está muy fatigado&#8230;</p>
<p>-Toma&#8230; aquí tienes las gotas&#8230;<br />
Toño, obedientemente, las toma mientras Ana acaba de abrocharle la chaqueta del pijama y pasa cariñosamente los dedos por la piel de su pecho.<br />
-No te desmoralices, ¿quieres? No me gusta verte deprimido&#8230;<br />
Toño asiente, en silencio. Su frente se puebla de un sudor frío. Acaba de presentir que volverá a tener la pesadilla.<br />
Se tumba en la cama, se arropa, aprieta las sábanas en torno a su cuerpo como para protegerse de un enemigo invisible y viscoso que caerá sobre él en cuanto Ana apague la luz de la mesilla de noche&#8230;</p>
<p>La cueva. La oscuridad.<br />
Olor a humedad, un pasillo cada vez más angosto&#8230; piedras que aprisionan su pecho, su espalda, toso su cuerpo&#8230;<br />
Un alarido. Otro más. El último.</p>
<p>Ana, sobresaltada, toca el cuerpo de Toño. Rígido, frío. Sus ojos están clavados en el techo, como si éste se hubiera movido, como si hubiera bajado para aplastarle&#8230;<br />
Su corazón no late desacompasado como es habitual después de su pesadilla. Ana aplica el oído al pecho de Toño. Nada. Silencio. Su corazón se ha detenido.</p>
<p>Todo es oscuro. Toño abre los ojos. La pesadilla otra vez&#8230;<br />
Sigue el olor a tierra, y el olor a humedad. Intenta mover los brazos, pero no puede. Quizá con las rodillas&#8230;<br />
Pero, como es habitual, tampoco las rodillas sirven.<br />
Tendrá que gritar para despertarse y acabar con aquella horrible angustia.<br />
Abre la boca. Va a gritar. Pero, de repente, algo cruza su mente.<br />
Hay algo distinto. ¿Qué es?<br />
La posición&#8230; no está boca abajo, como cuando lucha desesperadamente para salir del túnel.<br />
No. Está boca arriba. Boca arriba&#8230;<br />
Y hay otro olor. Un olor nuevo, aparte de la humedad, la tierra&#8230; un olor a madera.<br />
A madera recién barnizada.<br />
Toño adivina que el barniz es de color negro. Y advierte ahora el movimiento exterior&#8230; un movimiento de balanceo&#8230;<br />
Un golpe brusco. Es el final del viaje. Algo blando cae sobre él, sin tocarle, pero Toño oye el ruido, nota la vibración. Olor a tierra Húmeda, recién movida&#8230;<br />
Intenta gritar, pero ningún sonido sale de su garganta. Y las paletadas de tierra, lenta e inexorablemente, caen sobre la tapa de su ataúd mientras Toño desgarra sus uñas contra la madera, en un salvaje e inútil intento por sobrevivir&#8230;<br />
Su palabra terrible, claustrofobia, se une ahora a otra mucho más terrible aún: catalepsia&#8230;<br />
¿Por qué no esperaron un poco entes de enterrarlo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? &#8230;</p>
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		<title>Que nos deparara el futuro</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 00:28:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Ficcion]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3041 alignleft" title="futuro" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/02/futuro.jpg" alt="" width="400" height="393" /></p>
<p>Todo comenzó con algo tan simple como un proyecto alocado de fin de carrera. Stephe pensó que la mejor manera de sobresalir en una carrera tan marcada como geologia era hacer algo que no hiciese mucha gente por lo que cuando planteo el proyecto para realizar un estudio en la antartida no esperaba que se lo aceptasen. Ya tenía en mente otro tema más mundano cuando le llego el sobre que confirmaba que no solo aceptaban su proyecto sino que se lo financiarían a través de una beca especial. Como el proyecto aceptaba un acompañante decidió que fuese con el su mejor amigo Mark, a pesar de que este era lingüista. Había sopesado los principales inconvenientes del continente helado y el primero era la sensación de soledad por lo que optó por la persona con la que se encontraría mas cómodo.</p>
<p>En su proyecto lo que quería conseguir un estudio general de todos los minerales y estratos que se podían localizar en las nuevas playas que se estaban generando por el retroceso del hielo. Por lo que su campamento base se instalo en una de esas playas. Durante un par de días no se encontró con nada fuera de lo normal pero el tercero tropezó con un mineral extremadamente duro pero eso no era lo mas sorprendente. Era completamente liso, por lo menos en la parte que se entreveía en el barro. Tardo un rato en dejar la pieza completamente limpia y definidos sus límites. El tamaño aproximado era de medio metro por medio metro y completamente liso y perfectamente cortado. Una vez analizado descubrió que era titanio y con esas características sería tremendamente difícil que fuese obra de la naturaleza por si sola. No dudo en explicárselo a su amigo y pedirle que le ayudase a tratar de moverlo. Pudieron poner los dedos por debajo, ya que no era muy grueso, y así levantarlo. Esta chapa ocultaba un agujero que conducía hacia abajo. Lo primero que pensó fue en entrar ya que era algo realmente misterioso pero justo cuando empezaba a bajar escucho a su amigo gritar y saltar.</p>
<p><span id="more-1394"></span></p>
<p>– Que te pasa Mark?.</p>
<p>– ¿No te has fijado en la parte de atrás de la chapa?</p>
<p>– No, ¿Por qué?</p>
<p>– Míralo anda.</p>
<p>Pudo ver que había símbolo y dibujos pequeños enmarcados en un cuadrado en el centro. Su amigo le pidió que esperara a que se lo estudiase bien ya que podía entender alguno de los símbolos. Al final del día cuando se reunieron para cenar Mark le explicó que ya casi lo tenia completo. Había podido traducir la gran mayoria de los símbolos y había llegado a la conclusión de que era una especie de abecedario gráfico donde cada símbolo era una silaba por si mismo. Le dijo que para mañana ya podrían entrar y que se había algo mas escrito seguramente lo podría entender. Ya no había nada más por lo que esperar mañana sería el día.</p>
<p>Se prepararon para bajar y llevaron reservas para varios días. La bajada era corta y daba directamente a un pasillo recto que parecía bajar de manera suave y progresiva. Después de caminar un buen rato comenzaron a notar que la temperatura bajaba al ritmo que ellos lo hacían, hasta llegar a un punto del cual prefirieron no seguir y equiparse mejor. Cuando llegaron a la superficie comentaron lo extraño de la bajada de temperatura y Stephe dijo que justo antes de dar la vuelta le había parecido escuchar como un pitido pero muy lejano. Como al salir ya era de noche lo dejaron para el día siguiente.</p>
<p>Esta vez estaban mejor preparados y justo cuando llegaron al mismo punto en que habían dado la vuelta pudieron escuchar perfectamente un pitido. Este ruido venía de una caja que se encontraba al final del pasillo. Esta caja era perfectamente cuadrada y tenía en la parte delantera algo escrito con los símbolos que había en la chapa. Mark se puso de inmediato a traducirlo y mientras tanto Stephe miro como se encontraban cortadas las paredes. Solo pudo confirmar que no daban la sensación de haber sido cortadas de lo perfectamente lisa que eran. En un susurro Mark le pidió que se le acercara. Había traducido gran parte del texto y el miedo se le veía en la cara a pesar de la oscuridad. Según el texto aquella máquina tenía una duración aproximada de unos 50.000 años y había sido instalada allí para general el suficiente frío como para bajar la temperatura de un planeta en el que no se podía asentar la vida ya que hacía demasiado calor. Llegado a este punto se miraron sin saber que decir. Mark siguió comentando que además el texto informaba que se generaría una capa de hielo y nieve que protegería la maquina para que la vida nativa no la pudiese alterar y que solo quedaría expuesta en el caso de que comenzara a funcionar de manera defectuosa. Si se estaba leyendo este texto es porque la protección se había retirado y habría comenzado el deterioro de la maquina. Seguramente ya se estaría escuchando un pitido y si a eso se le añade un luz roja en la parte de atrás era debido a que el deterioro era mas rápido de lo esperado por lo que seguramente la forma de vida mas evolucionada estaría afectado el clima dificultando la función de la misma. En este ultimo caso solo quedaría esperar que esa forma de vida evolucionada este lo suficientemente avanzada como para poder repararla. Llegado aquí Mark ya no quiso decir nada mas. Los dos se levantaron a la vez y fueron a la parte de atrás de la maquina donde pudieron ver una luz roja parpadeante…</p>
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		<title>El Extraño</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Feb 2011 06:41:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
		<category><![CDATA[antiguedad]]></category>
		<category><![CDATA[dioses]]></category>
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		<description><![CDATA[Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3007" title="estraño" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/02/estraño.jpg" alt="" width="467" height="700" /></p>
<p>Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron&#8230; a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.</p>
<p>No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.<span id="more-2939"></span></p>
<p>Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas&#8230;, ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.</p>
<p>Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.</p>
<p>Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.</p>
<p>A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.</p>
<p>De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debia haber ganado la terraza o, cuando menos, algúna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.</p>
<p>Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.</p>
<p>Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.</p>
<p>De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.</p>
<p>Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasomoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosodad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.</p>
<p>Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absoluntamente ajenas.</p>
<p>Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente ilumindada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose cotra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numersas puertas.</p>
<p>Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznates gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirirgí a una de las alcobas creí detectar una presencia&#8230; un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, comtemplé en toda su horrible intensidad el iconcebible, indescriptible, inenarrable mostruo que, por obra de su mera aprarición, había convertido una algre reunión en una horda de deliriantes fugitivos.</p>
<p>No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminisencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.</p>
<p>Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.</p>
<p>No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.</p>
<p>Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.</p>
<p>Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.</p>
<p>Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.</p>
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		<title>Nuestra Noche de Terror</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Jan 2011 14:29:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Era aproximadamente mitad del verano, cuando ocurrió. Fany había venido a visitar a sus primos; Alexis y Saúl. Ellos vivían en una pequeña isla enfrente de la costa marroquí, en medio del Océano Atlántico. Como casi diariamente nos levantábamos temprano e íbamos a sacar a los perros y andábamos por la playa. Muchas veces solíamos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-2690" title="nochedeterror" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/nochedeterror.jpg" alt="" width="562" height="370" /></p>
<p>Era aproximadamente mitad del verano, cuando ocurrió. Fany había venido a visitar a sus primos; Alexis y Saúl.</p>
<p>Ellos vivían en una pequeña isla enfrente de la costa marroquí, en medio del Océano Atlántico.	Como casi diariamente nos levantábamos temprano e íbamos a sacar a los perros y andábamos por la playa. Muchas veces solíamos hacer excursiones por los extensos parajes de la isla, y por las noches nos reuníamos en la playa, los tres para contar historias de miedo con nuestros amigos; Carla y Arturo. Nos encantaba pasar terror sobre todo ver la cara de Arturo (el menor del grupo). Acurrucados todos en círculo en la inmensa oscuridad de la playa, empezábamos nuestra función nocturna:</p>
<p>&#8220;Era una noche muy oscura -relataba Alexis- cuando Jorge se levantó de la cama, con una fuerte sed. Se dirigió a la cocina a por un vaso de agua. Después de haberse refrescado dirigió su mirada al reloj de cocina detrás de él. Observo que marcaba la una de la madrugada, cosa que le extraño por que pensaba que sería más tarde. Dejó el vaso en la mesa con intención de salir de la cocina y dirigirse hacia su habitación en la segunda planta. Entonces oyó un ruido en la cocina, enseguida pensó en el vaso de agua. Se acerco muy lentamente hacia la cocina, tanto que creyó que nunca llegaría. Al encontrarse junto a la puerta, buscó con su mano el interruptor de la luz lo pulsó y vio que no se encendía. Entonces sintió que algo le tocaba su mano. Su tacto era frío y duro, Jorge ante esto corrió hacía las escaleras, con el presentimiento de que alguien lo perseguía. Jorge se tropezó y cayó al suelo. Y el tacto que había sentido en la cocina le cogió el tobillo&#8230;&#8221;<span id="more-2635"></span></p>
<p>-¡Aaahh! &#8211; gritó Arturo -</p>
<p>-¿Qué pasó? &#8211; dijo Carla asustada al oír a su hermano gritar.-</p>
<p>-Hay un hombre ahí de pie.</p>
<p>Todos asustados miramos lentamente hacia el lado que señaló Arturo y nos quedamos petrificados al ver una sombra inmóvil que nos observaba.</p>
<p>- ¡Es un cubo de basura!- dijo Saúl.</p>
<p>- ¿Eres imbécil?- chilló Carla.</p>
<p>- ¡No!, era un hombre!, un hombre! se ha convertido en un cubo de basura cuando vosotros mirasteis.</p>
<p>- ¡Anda ya! -dijo Fany- un hombre convertido en basura. ¡Que bobería!</p>
<p>A partir de ahí nos cansamos de contar historias. Colocados en círculo como nos encontrábamos, Saúl dijo:</p>
<p>-¿Sabéis lo que me gustaría hacer? La ouija.</p>
<p>-¡Sí! -mencionó Fany- sería genial.</p>
<p>Saúl comenzó a alisar la arena y en ella escribió con el dedo. Todos nos cogimos de las manos, menos Saúl que se inclino hacia la arena y escribió &#8220;¿Hay alguien al otro lado?&#8221; y riéndonos de lo que hacíamos, como si fuera una bobería. La arena tapó las palabras de Saúl y empezó a dibujarse &#8220;¿De qué os reis?&#8221;. Todos nos quedamos con la boca abierta y con la duda de si gritar o de salir corriendo.</p>
<p>- ¡Guau!- exclamó Saúl.</p>
<p>- ¿Quién eres? -preguntó Alexis.</p>
<p>Y en la arena volvió a dibujarse esta ves con &#8220;¿De verdad quieres saberlo?&#8221;</p>
<p>- ¡Sí! -dijimos todos al unísono-.</p>
<p>- ¿Síiii? -preguntó Arturo.</p>
<p>Y por esta vez apareció en la arena:&#8221;Soy / \&#8221;.</p>
<p>- ¿Ehh? ¿Qué es eso? -preguntó Alexis.</p>
<p>- Ese es el símbolo del diablo -dijo Saúl.</p>
<p>Y en cuanto Saúl dijo eso desapareció el símbolo. Salimos todos corriendo hacia la avenida buscando la luz de una farola. Hablamos un rato sobre lo ocurrido y luego nos marchamos a casa, Carla y Arturo se quedaban esta noche con nosotros.</p>
<p>Ya en casa y después de haber cenado, Fany fue al baño a ducharse, se metió en la bañera y detrás de ella había un espejo de cuerpo entero. Mientras se duchaba, se dio la vuelta hacia el espejo y contemplo en el una imagen reflejada, que no era la suya. Era la de un hombre con un cuchillo que al instante desapareció.</p>
<p>-¡Aaahh! &#8211; gritó Fany.</p>
<p>Salió de la bañera lo más rápido que pudo, cogió su bata y se la colocó por encima y a toda prisa, casi tropezando se agarro al pomo de la puerta, lo giró y no consiguió abrirlo. Después de varios intentos la abrió y gritó de pánico al ver varias figuras humanas tras la puerta, eran sus amigos que al oír los gritos acudieron:</p>
<p>-¿Qué pasó? -preguntaron todos.</p>
<p>-He visto a alguien en el baño con un cuchillo.</p>
<p>Asustados nos asomamos al baño pero no había nadie, miramos detrás de toallas, cortinas, etc y nada. a partir de ese momento no pudimos conciliar el sueño. Así que decidimos bajar al salón. Se sentaron en los sillones para ver la televisión. Intentamos todo lo posible por no dormirnos, pero el sueño nos ganó la partida.</p>
<p>-¿Alexis? -preguntó Carla, nadie contestó.</p>
<p>Al rato:</p>
<p>-¿Dónde estáis? -preguntó Saúl.</p>
<p>Había una espesa niebla que lo invadía todo, de repente en un claro surgieron todos: Carla, Arturo, Saúl, Alexis y Fany.</p>
<p>-¿Dónde estamos?</p>
<p>-No sé, no lo reconozco -dijo Carla.</p>
<p>-La sombra -dijo Arturo- la de la playa.</p>
<p>Todos miramos al mismo hombre que sostenía en sus manos un cuchillo completamente manchado de sangre.</p>
<p>-Es el hombre que vi en la bañera -gritó Fany.</p>
<p>Todos echamos a correr gritando y sin mirar atrás. De repente todos chocamos a la ves contra una pared.</p>
<p>- ¿Qué hacemos ahora?</p>
<p>- Viene el hombre, ¡ahhh!.</p>
<p>Nos despertamos todos en el suelo del salón.</p>
<p>-¡Oh! -exclamó Carla- que pesadilla. Ese hombre.</p>
<p>-Sí, con el cuchillo -siguió Fany.</p>
<p>-Atrapados -dijo Saúl.</p>
<p>-Encerrados -dijo Arturo.</p>
<p>-Pero, ¿todos habéis tenido la misma pesadilla que yo? -preguntó Alexis.</p>
<p>-Nos están ocurriendo cosas muy extrañas desde que estuvimos en la playa.-dijo Fany</p>
<p>-Sí, me he dado cuenta, es muy extraño -dijo Saúl.</p>
<p>-Voy a al cocina tengo sed -dijo Carla.</p>
<p>Carla salió del salón, cruzó el corto pasillo y aún con miedo, aunque sin querer demostrarlo ante los demás partió a por su vaso de agua. Una vez en la cocina, bebiendo su vaso de agua la puerta se cerró. Y ella se quedó sola y separada de sus amigos que acudieron a oír el portazo, y que daban golpes intentando abrir la puerta. Carla entre este estruendo de golpes y gritos se volvió entonces vio una persona de espaldas llevaba una túnica negra con capucha. Carla se convenció a si misma y se dirigió hacía ella poniendo su mano en su hombro y dándole la vuelta.</p>
<p>-¡Aaahh! -gritó Carla.</p>
<p>Sus amigos abrieron la puerta y la sacaron. Carla dijo que al darle la vuelta vio su propio rostro deformado con su nombre en la frente.</p>
<p>-¡Salgamos de aquí! -exclamo Arturo.</p>
<p>-De acuerdo, salgamos.</p>
<p>La casa empezó a temblar las paredes a resquebrajarse. Salimos como pudimos y cuando llegamos a fuera vimos nuestra casa destrozada. Sólo la puerta y el marco se encontraban de pie y en el centro de esta y en color rojo, lo que tomábamos por sangre, era una cruz invertida. Nos miramos unos a otros y todos supimos que debíamos volver a la playa y hablar con el Diablo.</p>
<p>Corrimos hacía la playa y todo estaba muy oscuro, debía de ser más tarde de las doce Alexis cogió a Arturo en las espalda por que estaba cansado. No había ni un alma en la playa, o al menos eso parecía. Una vez tocamos la arena empezamos a andar hacia el punto exacto donde hicimos ese ritual, estilo ouija, cerca de la papelera. Ya nos estábamos mosqueando porque llevábamos una media hora caminando y no aparecía la papelera. Alexis, Fany y Carla oyeron gritar a Saúl y Arturo, se volvieron y vieron como la arena se levantaba tras ellos. Esta adquirió la forma de una gran figura con un manto encima que de un abrazo los zabulló en la arena. Nos dirigimos corriendo al lugar y empezamos a cavar en la arena. No había manera, cada ves era más dura. Lo dejamos, supimos que la manera de solucionarlo era volver al lugar donde todo empezó.</p>
<p>Caminábamos hacia delante, hasta que apareció una gran muralla de unos 20 metros de altura y que se extendía infinitamente como el horizonte. Nos dimos la vuelta y tras nosotros había un gran desierto de arena.</p>
<p>-¿Qué hacemos? -preguntó Carla.</p>
<p>-No lo sé -dijo Alexis</p>
<p>Fany no dijo nada, miraba perpleja lo que parecía imposible. Se sentaron en el suelo y por intentarlo Alexis alisó la arena, se dieron las manos. Fany comprendió y dijo:</p>
<p>-¿Estás ahí?</p>
<p>Se dibujo el símbolo &#8220;/ \&#8221; en la arena.</p>
<p>-¿Por qué nos haces esto? -preguntó Carla.</p>
<p>-Porque vosotros lo queríais.</p>
<p>-¿Cómo que lo queríamos?</p>
<p>-Sí, todas las noches os reuníais a contar historias de terror y Yo os he dado una historia de terror y ya no podréis salir de ella.</p>
<p>-Queremos que todo sea como antes -dijo Fany.</p>
<p>Empezó a soplar el viento.</p>
<p>-Nada volverá a ser como antes -se dibujo en la arena.</p>
<p>Se levantó una gran tormenta de arena.</p>
<p>Fany se levantó de la cama, miró hacia su derecha, Carla no estaba en su cama. Por la puerta apareció Saúl.</p>
<p>-¡Buenos días Fany!. Carla y Arturo ya se han ido a su casa, a venido su madre a buscarles.</p>
<p>-¿Y Alexis?</p>
<p>-Desayunando.</p>
<p>Una vez abajo en el salón:</p>
<p>-He tenido una pesadilla muy extraña- dijo Fany -estábamos en la playa y&#8230;</p>
<p>Saúl y Alexis la miraron y se miraron. Algo les impulso a mirar hacia fuera. Eran las nueve y media de la mañana pero afuera era de noche. Tal asombro hizo que Fany, Saúl y Alexis volvieran a mirarse dándose cuenta de que Carla y Arturo estaban entre ellos, pero no estaban solos , estaban rodeados de cadáveres y esqueletos y observaron a su alrededor y vieron lápidas, estaban en un cementerio y un hombre con un cuchillo y a la vez una pala les echaba tierra encima.</p>
<p>Fin.</p>
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		<title>Siervos de la oscuridad</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Jan 2011 01:37:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<description><![CDATA[Sueño; acto de representarse en la fantasía de uno, mientras duerme, sucesos y escenas. El viento azota con fuerza los grandes ventanales de aquella habitación, cuyos aliados, el helado pedrisco y la tormenta, arrancan un fuerte estruendo de lo que antes era un silencio inquietante. Pocos segundos separan aquel manto de luz celestial de un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="size-full wp-image-2571 aligncenter" title="siervos" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/siervos.jpg" alt="" width="400" height="275" /><br />
Sueño; acto de representarse en la fantasía de uno, mientras duerme, sucesos y escenas. El viento azota con fuerza los grandes ventanales de aquella habitación, cuyos aliados, el helado pedrisco y la tormenta, arrancan un fuerte estruendo de lo que antes era un silencio inquietante. Pocos segundos separan aquel manto de luz celestial de un estrepitoso rugido, el cual se asemeja a una fiera en su estado más agresivo. Sin duda la tormenta consternaba a todo ser viviente, con esperanza alguna de sortear el aguacero que por momentos se hacía cada vez más intenso.</p>
<p>Las doce solemnes campanadas del viejo reloj acaban de anunciar la media noche. Entre aquellos ventanales filtraba una tenue luz, la cual se hacía mucho más intensa cuando los relámpagos renacían sin cesar entre la oscuridad de la noche. Uno de esos ventanales, se componía de paneles que enmarcaban a su vez extrañas figuras pintadas en vivos colores, y que proporcionaban al aposento singulares imágenes cuando los impactos de luz hacían mella entre ellas. Situada a un extremo de la habitación, estaba la cama, tallada en madera de roble. De la parte superior colgaban sedas y damascos. Penachos de plumas, no faltos de polvo, podían apreciarse en cada rincón del aposento, emanando de él una melodía sorda, de marcha fúnebre…<br />
<span id="more-2269"></span><br />
Un silbido inquietante, arrancado del silencio, procedía de alguna grieta que por defecto dejaba entrar un hilo de aire. Este no cesaba, y cuanto más fuerte silbaba, el viento descargaba más violentamente su furia sobre el vidrio pulido.</p>
<p>En aquella vieja cama, yace un hermoso joven medio dormido, a la espera de conciliar el sueño. Un brazo le cuelga de un lado de la cama y el otro está posado encima de su cabeza. Mueve los labios ligeramente, adormecido, como quien recita sus plegarias a ‘Aquel’ que vino al mundo a sufrir por nosotros. Aun permanece en estado de vigilia, inquieto a la vez… Un sentimiento de angustia invade su ser, siente miedo, pánico, terror… Es una mezcla de sensaciones indecibles, él solo desea evadirse de sus sentidos para no formar parte del rol que asume la penumbra, un papel aterrador.</p>
<p>Aún sigue diluviando. La furia de los elementos parece hallarse en su punto álgido. La fuerte granizada golpea contra los cristales, sin piedad. La tormenta no cesa. Rayos y centellas cabalgan en lo más alto del firmamento y el estruendo se hace cada vez más amenazador. Es como si diesen la más calurosa bienvenida a Los Siete Jinetes del Apocalipsis, quienes se desafían en duelo entre sí.</p>
<p>El muchacho que descansa en la antigua cama recobra la conciencia, abre sus ojos y un estridente grito escapa de su garganta. Su alarido queda ahogado entre el ruido de la tormenta, la trompeta celestial se sirve de una melodía desafinada, la cual retumba en cada rincón del albergue.</p>
<p>El joven mantiene la mirada fija en el ventanal, quieto, paralizado por el miedo que recorre lo más profundo de su ser. Consigue divisar un rayo que ha caído próximo al lugar donde él habita, le vislumbra y cuando el trueno estalla él grita al unísono. Desesperante voz manaba de él y un repetido y estrepitoso chillido volvió a emerger<br />
del muchacho. Cada rincón de su aposento acogía el eco de sus gritos, alaridos que bastaban para aterrar al corazón más valiente. No daba crédito a lo que sus ojos apreciaban. Desde el despertar de aquel impacto de luz, una siniestra imagen quedó impregnada en el ventanal, tras aquellas figuras talladas que no dejan ver con claridad que se oculta tras ellas. El, vacilante, no arrancaba la mirada de aquella figura, aquella sombra que destacaba entra la multitud, aquel ser que parecía haber nacido entre la tormenta.</p>
<p>Estaba tiritando, intentaba gritar pero la angustia se ceñía en su garganta. Sus labios solo le permitían susurrar palabras de auxilio y tormento, y sus ojos, petrificados en aquel ventanal, se clavaron directamente en figura tan singular.</p>
<p>Un fuerte viento surgió repentinamente, el cual golpeaba de forma violenta los cristales de aquella habitación. Su forcejeo no quedó en vano, pues la tempestad había conseguido agrietar los cristales, y tras un par de bocanadas estos se hicieron añicos. Un vívido flash acompañaba a la tempestad, aleatoriamente y el rugido celestial permanecía constante en los oídos del acongojado muchacho. Este, cegado por los impactos de luz, no podía retener por mucho más tiempo la mirada en aquella ventana, y envuelto en un abismo de terror, apartó la mirada de aquél siniestro espectáculo. En su mente aun perduraba el recuerdo de aquella imagen aterradora, quien sin rostro ni forma definidos había logrado posarse ante el. Fuertemente cerró los ojos, giró su cabeza y arrancó en llanto. El poder de sus articulaciones desaparece, atenazado por el terror, aunque puede deslizarse por sí<br />
mismo hacia el lado de la cama, retorciéndose. Abre los ojos y alza la mirada. Ahora los relámpagos dejan caer su luz entre los restos de cristales que han quedado en el marco del ventanal. Penetran en la habitación y reflejan en el rostro del atemorizado “ciervo”, inofensivo ante tal situación. Gira la cabeza, entre los repetidos estallidos observa un manantial de niebla negra, espesa sombra que destaca entre la penumbra de la habitación. Esta avanza a medida de que los intensos golpes de luz y el cantar del Apocalipsis cubren sin vacilar la noche, entremezclados con el poderoso vendaval que azota en aquel lugar.</p>
<p>El muchacho contemplaba la aparición, encogido, estrechándose él mismo con sus propios brazos. Su respiración era entrecortada y densa, su pecho se elevaba palpitante y sus labios temblaban mientras su mente no reaccionaba a una señal de socorro. El ente fantasmagórico avanzaba, cuyos movimientos parecían entrecortarse la causa de los destellos de luz que le cubrían a intervalos. El muchacho pone en el suelo uno de sus pequeños pies e inconscientemente arrastra la ropa con él. La puerta del aposento se halla en aquella dirección.</p>
<p>La figura se detiene, apreciándose su rostro. Quien se asemeja a un noble cervatillo lo mira fijamente, sin mediar palabra y falto de fuerzas para gritar. Sus ojos quedaron petrificados en aquella mirada fría, desafiante, que procedía de aquel ser sobrenatural. Sus ojos. Sólo podía contemplar su mirada. Ella bastaba para transmitir un sentimiento de agonía, de vacío… Un silbante sonido sale del pecho de aquel ser, y avanza.</p>
<p>La figura se detiene de nuevo y, mitad en la cama, mitad fuera de ella, el muchacho sigue temblando. Esta pausa debió de durar unos segundos, segundos que bastaron para que la locura consumara su trabajo.</p>
<p>Con una súbita rapidez que no hubiera podido ser ni prevista y junto a un extraño alarido, asió los largos cabellos del muchacho y los ató con ellos. Entonces él chilló, la agonía le había concedido la facultad de gritar de nuevo. A un grito le sucedió otro, y otro. Las ropas de la cama cayeron y él fue arrastrado. Aquel angélico cuerpo con demoníaca satisfacción, arrastró la cabeza del joven hasta el borde de la cama y hundiendo sus afilados dientes en el esbelto cuello del muchacho, le chupó su sangre. El muchacho quedó desfallecido en la cama. Un hilo de sangre manaba de las llagas provocadas por el mordisco. Aquel ente no solo se adueñó de su sangre, sino también se su<br />
alma.</p>
<p>Las seis solemnes campanadas del viejo reloj acababan de anunciar el amanecer. La terrible tormenta que acechaba aquella misma madrugada, apaciguó.</p>
<p>El cielo estaba cubierto de espesas nubes, las cuales no permitían filtrar un rayo de sol. El hedor a humedad imponía el ambiente. El muchacho abrió los ojos. – Sólo ha sido un mal sueño, pensó. Estiro sus brazos, sus piernas y al mismo tiempo su boca se abrió esbozando un bostezo. Se levantó perturbado aun por aquel “mal sueño” y tras incorporarse, se dirigió hacia la puerta, titubeando, con la intención de llegar hasta el lavabo. Giró la cabeza y con la mirada perdida, rememoró aquella espeluznante escena.</p>
<p>Al fin llegó a su destino. Abrió el grifo y dispersó por su cara el agua que manaba<br />
de él. Con los ojos empapados, cogió un paño y se lo restregó por la cara. Tras secarse,<br />
suspiró. Estaba libre de aquella condena, de aquel sufrimiento… Abrió los ojos, miró al espejo pero su imagen se había perdido entre la nada.</p>
<p>-No&#8230; no es posible, pensó.</p>
<p>Temblaba&#8230; Cierto instinto asesino se apoderó de él, ansiaba algo&#8230; tenia sed. Cerró sus puños y golpeo fuertemente el cristal hasta quebrarlo. La locura le consumaba poco a poco&#8230; Gritaba desesperado. Cogió un pedazo y lo estranguló en su mano. Brotaba sangre, mucha, pero no era suficiente para calmar su instinto. Su actitud era fría, ese olor&#8230; era su panacea.</p>
<p>Alzó su brazo, no podía pensar&#8230; Su pecho&#8230; de ahí manaba su fuente de vida. Cerró los ojos y con una leve sonrisa se clavó el cristal, como si de un puñal se tratase. No sentía dolor, ni angustia&#8230; Ni siquiera miedo ni rencor. Su apetito estaba por encima de cualquier sufrimiento. Sus manos, en forma de cuenco, recogían la sangre que manaba abundante, la maldijo y ansiosamente se la bebió. Un siervo de la oscuridad había nacido.</p>
<p>- He de regocijarme entre alguna sombra, pensó, pues la luz del dia será fatídica para mi existencia&#8230;</p>
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