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Feb

by admin


Cada noche desde hacia tres meses recorría sus pasillos con su vieja linterna. Con la penumbra, aquellas figuras parecían incluso cobrar vida. Eran tan reales, estaban tan bien hechas. Afortunadamente, a el no le impresionaban. Recordaba en cambio las historias que le contaba los últimos días el guarda anterior, al que le aterraba pasar las noches sólo en aquel increíble lugar. Cada vez que realizaba la ronda una extraña sensación de compañía le aguardaba en cada esquina, sobre todo cuando debía atravesar el área de asesinos, monstruos y tortura. ¿En que cabeza cabía recrear aquellas escenas tan macabras?, solía decir. Sin embargo, era por mucho el área más vista de todo el museo. Era como si el ser humano disfrutase viendo el terror y el dolor ajeno. A veces, Roberto le contaba historias fantasiosas sobre figuras que aparecían de un día para otro, o sobre extrañas desapariciones. Pero, teniendo en cuenta su edad y lo mucho que bebía, no era de extrañar. Roberto era uno de los pocos vigilantes que había pasado allí algo más de dos años y en los últimos meses se negó a trabajar a solas. Al final Hendrix, el jefe, le tuvo que despedir. Lo cierto, es que el personal del museo tenía una de las rotaciones mayores que el hubiese visto en toda su carrera de guarda. Pero, dado el tipo de trabajo, tampoco era de extrañar. El trabajo en el museo era bastante monótono e iba claramente a menos y los sueldos también.
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