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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; Maldad</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>No te moriras de viejo</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Jun 2011 06:33:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3564" title="miedoymuertes" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/06/miedoymuertes.jpg" alt="" width="614" height="461" /></p>
<p>Ella se ha dado la media vuelta, dejando su espalda tersa y desnuda frente a la cara de él. Él no se atreve a pasar su mano por su espalda por temor a despertarla (la última vez se levantó sin mirar el reloj y se marchó).</p>
<p>Él se levanta cuidadosamente y fuma frente a la ventana, mirando el reflejo de las agujas de un reloj de pared, esperando que sean las cinco y media. A esa hora ella se levantará, entrará al baño y saldrá por la puerta antes de que termine de bajar el agua del inodoro.</p>
<p>Él mira por la ventana y se fija en lo mucho que ha cambiado la ciudad, hace tiempo que desapareció la casa del brujo que le leyó la mano. Aún recuerda al quiromante que deslizaba su esfera ocular por los caminos de su mano. &#8220;No te morirás de viejo&#8221; le dijo. Las cinco y media, ella se sienta sobre la cama se cubre con una franela y busca a tientas su ropa interior. &#8220;¿Me muero en un accidente?&#8221; Le preguntó al brujo. &#8220;No sé. Eso no se ve.&#8221; Suena el agua por el inodoro. &#8220;¿Cuándo me voy a morir?&#8221; &#8220;Eso tampoco se ve.&#8221; Se escucha el agua en la ducha, quizás no quiere irse y espera por mí. Tal vez espera que la detenga, que le haga el amor en la ducha, que no la deje escapar, piensa él. &#8220;Pero sí se ve dónde vas a morir.&#8221; &#8220;¡Cómo es la vaina!&#8221; &#8220;Sí aquí se ve&#8230; es la calle C, entre la esquina T y K..&#8221; Así recuerda que se lo dijo, como quien diagnostica mal de amores o sarpullido inglés. &#8220;No vaya más por ese sitio. Podría encontrarlo su destino.&#8221; Él mira aún por la ventana, mientras enciende otro cigarrillo, y por si acaso más nunca pasé por esa calle.<span id="more-2726"></span></p>
<p>La ducha ha dejado de sonar, él recuerda cómo la conoció: fue unos días después de su visita al hechicero, estaba tomándose un café en una de las innumerables mañanas que se repetía antes de ir al trabajo, ella trataba desesperadamente de pasar desapercibida con su vestimenta gris y su cabello desarreglado, él no lo permitió. &#8220;¿Quisiera tomarse un café conmigo?&#8221; &#8220;No gracias. Otro día tal vez.&#8221; Así esperó a que llegara ese otro día y para que no lo matara la espera, decidió sumergirse por completo en su trabajo. Pero no volvió al siguiente día, ni a la semana siguiente, pasaron años y ella nunca volvió. Mientras la esperaba se sumergió en su trabajo y en la rutina, esperando todas las mañanas a que ella se presentara dispuesta a compartir ese café. Durante treinta años él no se fijó en otra cosa, sólo podía dejar la vista en la puerta del café, en los informes bancarios, en las hojas de trabajo. Treinta años después vino a percatarse de su rostro, estaba mucho menos demacrado que el de sus compañeros, sus manos estaban bien conservadas y de hecho parecía unos veinte años más joven de lo que en realidad era. Treinta años más y su cara se veía igual, sus manos estaban igual y ella seguía sin cruzar la puerta del café (el cual compró cuando falleció el dueño).</p>
<p>Tuvo que fingir su muerte, y decidió permanecer en el anonimato de las masas por lo que jamás abandonó su status de clase media. Éste era el único que le permitía pasar desapercibido, pobre o rico habría sido descubierto en un momento dado, ya fuera por la tosca impertinencia de los primeros o la glamorosa farandulería de los segundos. Pero el educado reservamiento de la clase media, le permitía no ser observado. El silencio antipático de sus vecinos de edificio lo llenaba de alivio, los grises pasillos que parecían adentrarse sobre sí mismo eran para él una vista hermosa, los brillos metálicos de los ascensores lo camuflajeaban en las mañanas. Hizo interesantes descubrimientos sobre la mediocridad, con lo que se mantuvo por muchos años en diversos trabajos, preferiblemente dentro de los bancos en el que permanente ir y venir de las personas eran como olas que lavaban las huellas de su identidad de la arena del recuerdo. De esta forma supo que la cotidianidad era el mejor aliado de la inmortalidad.</p>
<p>Así fue, dentro de la cotidianidad, como celebró sus doscientos años de edad, en la soledad de su apartamento de dos habitaciones, junto a una copa de vino que había guardado desde hace cincuenta años con la finalidad de descorcharla únicamente para ese fin.</p>
<p>Ella abre la puerta del baño y sale medio vestida, buscando sus zarcillos. Con los mismos gestos con los que cruzó la puerta del café hace unos meses, él fingía desde años ser un cliente más, ella lo miró al entrar y estuvo unos segundos sorprendida de verlo, dio media vuelta para irse pero él no se lo permitió. &#8220;Espero que esta vez no rechace mi invitación.&#8221; Ella sólo asintió y se sentó junto a él. &#8220;Veo que usted y yo tenemos el mismo don de no morirnos.&#8221; Le dijo ella, cuando salió de su sorpresa. &#8220;Un brujo me dijo que no volviera por la calle C, porque ahí encontraría mi muerte.&#8221; &#8220;Quizás fue el mismo brujo que me dijo que no saliera de la calle C después de las seis y media.&#8221; Unos segundos de silencio y las miradas absortas que se cruzaron. &#8220;Entonces debemos hacer el amor lo antes posible&#8230; ya son las cinco.&#8221; Le dijo él.</p>
<p>Esa fue la primera tarde que pasaron juntos. Ella se encuentra ahora sentada en la cama, vistiéndose sin prisa. Son ya las seis. No quiero que se vaya, quiero despertar en la mañana y verla junto a mí. &#8220;Quédate.&#8221; &#8220;Ya son las seis, no puedo quedarme.&#8221; &#8220;No. Son las seis y cuarenta y cinco. Atrasé los relojes esta mañana.&#8221; Ella lo mira directo a los ojos buscando ese extraño brillo que tienen las personas que mienten. Él apaga el cigarrillo y se sienta. &#8220;Ves, no te has muerto todavía.&#8221; &#8220;Desgraciado&#8221;, ella toma su cartera y trata de salir corriendo del apartamento, él la alcanza frente al ascensor, la toma por los brazos, &#8220;¡No ves que ya estamos muertos! Cada día que se repite como si nada antes hubiera existido, cada día tomando café en la mañana, cada día haciendo el amor hasta las cinco de la tarde, cada día tu metida en tu trabajo yo en el mío, cada año fingiendo que morimos cuando ya hemos muerto.&#8221; Ella no sabe que decir, la puerta del ascensor se abre, ella se zafa y cruza, pero no se da cuenta que el ascensor no está, ella cae diez pisos y él no tuvo tiempo de agarrarla.</p>
<p>Una hora después él se encuentra en la calle C, a un paso de la cuadra que está entre la esquina T y K. No hay autos, no es una zona peligrosa, sólo algunos edificios. Hace tiempo que he descubierto como ser inmortal&#8230; sin ella ¿para qué me sirve eso? Él mira como la calle se abre a sus pies como esperándolo, sin decirle nada. Pero eso es lo único que sé hacer ¿acaso habrá bancos y vecinos antipáticos que me permitan ser un muerto por siempre? ¿Estará ella ahí? ¿Quién me dice que sabré ser un muerto? La duda me obliga a meditarlo un poco. Se dio la media vuelta y se fue. Ya eran casi las ocho, tenía que preparar un informe sobre el cierre fiscal del año, en el camino pensaría como fingir su próxima muerte.  Recuerda que para guardar esta historia en tus favoritos solo tienes que presionar control mas la letra D. Con cada +1 que le des a las historias iran subiendo en google tambien.</p>
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		<title>El Clérigo Malvado</title>
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		<pubDate>Sat, 28 May 2011 04:03:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3430 alignleft" title="clerigo" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/05/clerigo.jpg" alt="" width="300" height="300" />Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en esos términos:  -Sí, aquí vivió él&#8230;, pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos donde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.  -Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.  Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descrifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar.  El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.  Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta.<span id="more-2837"></span> La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación&#8230; y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.  Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina&#8230; Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.  El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor incediblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que le odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación.  El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.  Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirle; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista.  Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora:  -¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?  Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:  -¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe que es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a América.  -No debe volver a tocar ese&#8230; objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir&#8230;, pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.  -Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en&#8230; su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión&#8230;, aunque no será nada repulsivo.  Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:  Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.  Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros.  Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.</p>
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		<title>Videos de Miedo &#8211; Mi primer fantasma</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Mar 2011 07:14:25 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Esperamos que disfruten nuestras series de cuentos de terror en esta oportunidad es el cuento llamado Mi priner fantasma. No olviden compartir este video y votarlo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esperamos que disfruten nuestras series de cuentos de terror en esta oportunidad es el cuento llamado Mi priner fantasma. No olviden compartir este video y votarlo.<br />
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		<title>Ojos de diamante</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Dec 2010 05:37:40 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/12/Ojos_magicos_100.jpg" alt="" width="370" height="490" /><br />
La tempestad gruñe fuera del ático. Los entrecortados destellos se filtran por las altas ventanas de la pared ridiculizando la debilidad de las gotas de la tormenta que no pueden más que estamparse contra el cristal y morir frente a él, resignadas e impotentes.<br />
Dentro reina el frío. La efímera penumbra permite observarnos unos instantes: yo de pie, tú en el suelo; mientras la escolta de los gritos de los truenos ensordece los alaridos desprendidos por tu boca. Luego se engendra la totalidad de las sombras y el terror acalla los chillidos. Puedo sentir el fluir de tu sangre bajo el cuero de mis botas. Es cálida y espesa, como el semen de un mujeriego.<br />
Odio a los mujeriegos, siempre los he odiado. ¿Sabes por qué? Porque gozan de la oportunidad de concebir el amor y lo sacrifican a favor del sexo. Yo siempre anhelé el amor por encima de todo; el sexo nunca abarcó el arca vacía de mi felicidad, quizá porque los muros de la soledad se erigían demasiado vastos y elevados.<br />
Furioso conmigo mismo te ataco precisa y directamente con la punta del duro calzado. Te aplasto la entrepierna sin piedad mientras tus ojos azules se estremecen por el dolor. Tu rostro se contrae. Me pareces un papel viejo, arrugado y amarillento, fácil de estrujar y de lanzar a la basura.<br />
Para mí no eres más que eso: basura.<br />
Los truenos enmudecen unos segundos, dejándome a solas con los aullidos de tu sufrimiento, tan ajeno y visible. Parece que duele&#8230; sí, debe escocer mucho que pulverice el símbolo de tu virilidad. No debería importarte mucho; la última mujer que dormirá entre tus brazos será la muerte.<br />
Mujeres&#8230; ¿crees absurdo que una mujer sea la causa de este episodio de sangre y tormento? ¿Crees absurdo que el odio sea el hermano mayor del amor? Sí, a mí también me hubiese parecido absurdo hace muchos años, antes de enamorarme, antes de conocerla. Ahora, empero, lo absurdo es tan cotidiano e inapelable como los latidos del corazón.<br />
Escupo al suelo y divago lentamente por el ático dibujando círculos a tu alrededor como un buitre hambriento. Estás tirado en mitad de la áspera y fría superficie. Ni siquiera tienes fuerzas para moverte o pedir auxilio. <span id="more-1312"></span><br />
De poco te serviría&#8230;<br />
Pulso el interruptor de la luz. Estoy cansado del rumor y de los pestañeos de la tormenta, harto de vislumbrar tu mirada dolida y tus labios rotos vestidos de penumbra. Bajo la luminosidad de la bombilla desnuda que pende del techo puedo observarte mejor y deleitarme aún más con la desdicha de tu destino.<br />
Te odio.<br />
Los celos, la envidia y el rencor son como el cariño, el amor y el apego, pero en un formato destructivo capaz de arrasar los corazones expuestos a su furia. Y mi corazón tiempo atrás fue arrasado por los ojos de una chica&#8230;<br />
Ojos&#8230; no; ¡balas de diamante! ¡Flechas de sol! Si hubiese nacido ciego, no me habrían arrancado el corazón. Y tú estarías sano y salvo.<br />
Pero es irreversible. A cada cual le corresponden ciertas cualidades, eventos y alternativas. Lo único que nos corresponde es la elección, una elección siempre subordinada a nuestro propio ego. Muy pocos son capaces de perfeccionarse así mismo, de renunciar a su personalidad y de engrandecer su alma para encontrar la felicidad, el orgullo y la gloria de quien ha cambiado para bien.<br />
Yo, por ejemplo, he cambiado. He arruinado mi existencia por esa chica de ojos de diamante; he derrochado tiempo, amistades y fortuna por ella; he trastornado mi comportamiento por querer lograr su corazón. Pero no he cambiado para bien, sino para mal.<br />
Lo que te estoy haciendo lo demuestra.<br />
Una gota de fatiga me está enfriando por dentro. El esfuerzo me agota. Comprendo que tras esta noche me consumiré en la apatía y en la indolencia, seré un bastardo insensible con el único destino de colmar unos deseos desconocidos para sí mismo, buscando una felicidad que el propio corazón no puede comprender, que desconoce, y que no obstante, lo enriquece y alivia.<br />
Es tarde, mejor será abandonar las reflexiones sobre el porvenir que sólo atestiguarán mi incertidumbre. Mejor será acabar cuanto antes…<br />
Tras haber encendido la luz del ático, puedo descubrir una silla de madera ubicada contra la pared. La agarro por el respaldo y la sitúo frente a ti sin cesar de mirarte. Me siento en ella con el respaldo de la silla por delante de forma que puedo apoyar los codos sobre ella.<br />
Veo que intentas incorporarte. Inútil. Las ataduras en muñecas y tobillos te impiden maniobrar. Sonrío. Nunca pensé que la crueldad pudiera embargarme de bienestar y consuelo, nunca creí que el odio pudiese parecerme algo tan hermoso como el amor. ¿Pero quién no se ha equivocado una vez, o muchas? ¿Quién puede ser tan vanidoso y empedernido como para no pedir perdón y no admitir sus defectos, sus desaciertos? ¿Quién?&#8230; Sólo se me ocurre un nombre&#8230;<br />
Ella siempre fue tan sólida, tan inconcusa, tan soberbia y altiva. Tan orgullosa y terca. Y sin embargo, supongo que los dioses deben ser engreídos y arrogantes, pues si humildes y honrados fuesen, degeneraría su poder hasta el punto de la debilidad. Ella siempre fue una diosa, mi diosa.<br />
Supongo que alguna vez se lo dije, en vano.<br />
En esta obra de teatro que es la vida, donde no somos sino títeres encabezados por los hilos del tiempo y de la casualidad, nunca comprendí que pudiésemos ser hacedores de nuestro propio destino, de la senda de nuestra existencia. Ahora lo comprendo. Es tan sencillo manejar esos hilos del tiempo y de la casualidad. Un corte certero o un tardo desgarro que quiebre definitivamente el hilo y de esta suerte, que el último afán de nuestra voluntad pueda ser desempeñado por la muerte creándonos dueños del último segundo de nuestra vida.<br />
Porque el control sobre la vida reside en determinar cuando queremos morir.<br />
¿Fácil, verdad? Una pistola puede engendrarme señor de tu vida y de la mía. Y por ello me siento poderoso, como un océano cuya marea asciende desorbitadamente tras un lustro de sequía.<br />
¿Y tú&#8230; cómo te sientes?<br />
Podría preguntártelo, pero me viene a las mientes la rotura de tu mandíbula. Las pocas palabras que suspiran por tus labios no son sino gemidos y lamentos suplicantes; gemidos que me hinchan de bienestar y lamentos que ignoro como si un supremo silencio me hablase.<br />
Lanzo una mirada por las ventanas del ático cerciorándome de que la tormenta prosigue aun cuando han reprimido sus truenos. Extraigo una cajetilla de tabaco y enciendo un cigarrillo.<br />
Me arrellano en la silla y disfruto&#8230;, disfruto del aroma del tabaco que se estremece en mi alma como la caricia de un amante durante una noche apasionada; disfruto del sonido acompasado y armónico de la lluvia al batir el cristal de las ventanas como un timbal ajeno a la orquesta que recrea una música más sublime que el de la cofradía; disfruto del sabor aterrado que se derrama en mis labios cada vez que sorbo el aire de la atmósfera como el aliento de un café caliente en una gélida noche de invierno; disfruto de la visión sádica de tu cuerpo indefenso arropado en sangre y piel desgarrada.<br />
Disfruto del recuerdo, de las líneas del pasado que se esbozan tras mis ojos dibujadas por los lápices del más expresivo y preciso pintor. Evoco sus labios, chicos como una perla, que pese a su pequeñez, resplandecen más que el más grande diamante. Y más feliz me siento, a más recordar las noches que nutrí entre sus brazos, bebiendo de su piel. Mas el recuerdo&#8230; es nostalgia, añoranza, menos felicidad.<br />
Te miro. Te envidio. Te odio. Te recuerdo con ella, junto a ella.<br />
Una lágrima se derrama desde mis ojos. Yo la amaba, yo la he amado más que cualquiera, yo me he rendido a sus encantos ofreciéndole el sacrificio de los míos, yo la he adorado como a una deidad, la he amparado como a un frágil tesoro&#8230;, y tú me la arrebataste, aun cuando no era mía.<br />
Observé durante tantas noches como abrías tu pasión ante el fruto de sus labios, me atormenté con el pensamiento de vuestro romance durante tantos días&#8230; Arrancados el alma y el corazón por la obsesión, ni siquiera el cerebro me pertenecía después de recluirme en mis sentimientos. Sus ojos me descubrieron esclavo al enseñarme su amor, un amor que perduró como un suspiro sin aire y un esclavo que fue inmortal sin afán de vivir.<br />
¿Por qué el amor me ha hecho tan desdichado? ¿Y a ti y a ella, tan venturosos? ¿Dónde encuentras ese camino, ese recodo, ese acantilado o ese océano infranqueable que te permite encontrar el jardín o el lago o la isla de la felicidad, de la fortuna, del cariño?<br />
Si la envidia es un pecado capital del mismo modo que lo son la ira, la gula, la lujuria, la pereza, la soberbia y la avaricia, ¿por qué no resumirlos todos con un nombre masculino, como el amor? El pecado de amar: tan traicionero como un océano repleto de sirenas; sirenas de canto arrobador que te hechizan y te consumen hasta la muerte.<br />
Ella fue una sirena, una hermosa sirena de verano que marcó mi existencia atrapándome en las líneas de su cuerpo que tan turbiamente dilucidaban mis ilusiones. Amar&#8230; una ilusión. Odiar&#8230; un hecho.<br />
Con las lágrimas quemándome el rostro me atrevo a deslizar la mano al interior del bolsillo de la chaqueta. De ella extraigo una pequeña lámina de papel no más grande que mi mano, pero tan soberbia y temible como la propia muerte.<br />
Es una fotografía, una fotografía que marca un antes y un después en el camino de la vida, cual símbolo que se adhiere a una sabiduría vendida por el dolor. El rostro de ella se figura sonriente en el interior del daguerrotipo con los labios abiertos y curvados y la enseña de los dientes centelleando y desafiando las virtudes del sol. La foto se concibe sobre un fondo blanco, como nubes de cielo o espuma de mares, pareciéndome ella un ángel en la pureza del esplendor.<br />
Es tan hermosa&#8230;, siempre lo ha sido.<br />
Observo detenidamente su rostro fotografiado mientras la nostalgia, el deseo y el recuerdo frenan el paso del tiempo en la realidad que nos esclaviza. Examinando la pulcritud de sus mejillas, el resplandor de sus pupilas y el fuego ostentoso de sus cabellos parezco un anciano momificado incapaz de morir, condenado a una eternidad de pesadumbre y avidez, de sed y de hambre.<br />
Cierro los ojos, aislándome todavía más en los abismos de la discordia mental. Y veo&#8230; y la veo tendida sobre el colchón de su dormitorio con los muslos medio desnudos y la cabeza apoyada contra la almohada, mientras sus ojos entornados me vislumbran de soslayo iluminados por una chispa de pasión y confidencia. De sus labios tan solo recuerdo el tacto trémulo y vago de una gloria antaño hermosa y compartida, y ahora lóbrega y anhelada.<br />
Abro los párpados de súbito porque la memoria de noches pasadas y distantes me atormenta como una daga clavada en las profundidades de las entrañas y cuyo óxido se dispersa lentamente hacia el entorno del alma. Mis ojos se encuentran con la fotografía, la hermosa estampa de su rostro eternamente juvenil y encantador. Paso la vista por encima del retrato y te contemplo con desprecio, también con codicia y celos. Eres la persona a la que menos aprecio y a la que más envidio:<br />
Tú también apareces en la fotografía, junto al de ella.<br />
Mis manos tiemblan con la foto a merced de un caos irrefrenable donde la furia y el cariño de mi corazón se enfrentan al contemplar el retrato de vuestros rostros.<br />
Ojalá pudiera durante unas horas ser un hombre feliz entre sus brazos y morir después amparado por la felicidad del momento. Ojalá tuviese la voluntad ingente y necesaria como para alzarme de la tumba de mi cerebro y vivir durante un tiempo con el corazón.<br />
Pero mi única opción es resignarme, derretirme a merced del tiempo mientras el frescor de las lágrimas de mis ojos me rememora el sufrimiento que significa el vivir. Y tras el afligido espejo de dichas lástimas, observo agónico tu agonía, conociendo en el fondo de mi alma y aborreciendo aún más en el fondo este conocimiento, que el último consuelo y bienestar para mí está encadenado, irremediablemente, a tu sufrimiento y destrucción. Porque el amor, cuando es tan grande, no tiene cabida dentro de un único corazón y así termina explotando y convirtiendo lo más hermoso en lo más brutal.<br />
Aspiro el concluyente aliento del cigarrillo y arrojo el deshecho al suelo, inmune a toda moral y respeto. Con ambas manos y empleando ligeramente las puntas de los dedos, coloco la fotografía en diagonal a la luz que fluye del techo.<br />
Y todo se ilumina. ¿Por qué? Porque su rostro de dieciséis veranos paralizado en el pasado, pero igualmente grácil, me sonríe. Y todo se oscurece. Porque junto a su mejilla morena de terciopelo, se ríe tu rostro, tus labios de muchacho ambicioso y apuesto capaz de seducir a cualquier chica.<br />
Ignoro cuando fue tomada la foto, pero tu retrato y el suyo parecen estar representados fuera del tiempo y del espacio. ¡Y no! No quiero. Quiero olvidar que estuviste con ella, amándola como yo la amé. Quiero olvidar que la belleza de la chica más hermosa de la historia de la humanidad no fue tocada por nadie, salvo por mí. Quiero soñar, olvidar tu cara y deleitarme con la suya sin el acecho de tu mirada azul.<br />
Furioso, deshojo el daguerrotipo por la mitad, arrancando tu semblante de la fotografía y estrujándolo poco después. Esbozo una sonrisa repleta de maldad. Ahora ella es la única silueta del retrato, y rodeada de soledad, es como el sol: demasiado esplendorosa y deslumbrante como para poder ser acompañada por otros astros o satélites.<br />
Sonrío viendo la foto, ahora libre de ti. La acerco a mis labios y la beso tiernamente como si la realidad engendrase un amante ilusorio. Suspiro de complacencia y guardo la foto en el bolsillo, eludiendo arrugar los vértices.<br />
Ahora me siento mejor.<br />
Me levanto de la silla y devuelvo la mirada a tu cuerpo hundido en sangre. Continúas en el mismo estado, aunque más cerca de la muerte. Como todo, tu final se avecina. Ya no me regodeo con la imagen de tu sufrimiento. El placer del pretérito ha sucumbido a la monotonía, tal y como tarde o temprano sucede con todos los placeres. Siempre me faltó imaginación para no caer en la rutina. Ora poco importa.<br />
En un rincón del ático yace una vieja escopeta que perteneció a mi abuelo en tiempos de guerra, utilizada en defensa de la república y de la democracia. Yo la utilizaré en defensa del amor y del odio; que al fin y a la postre, semejantes son: locuras del sentimiento humano.<br />
Te apunto con el arma.<br />
Un rayo resplandece fuera del ático y de seguido el rugido de su paso devora la resonancia de la bala. Cierro los ojos, intentado recobrarme del áspero olor del humo polvoroso.<br />
Cuando los abro y me topo con la muerte de tu cuerpo, me embarga el mismo sentimiento que me embargó cuando culminó mi primera relación sexual. Me siento fatigado, pero ansioso de un placer que ya ha sucedido. Ojalá pudiese volver a matarte. Es extraño. Ni siquiera entiendo porqué sigo hablando contigo, ahora que has muerto.<br />
¡Qué importa&#8230;!<br />
Minutos después me encuentro en la calle caminando bajo la lluvia, pensativo y acompañado por la muerte, perseguido por el recuerdo de un sangriento homicidio, por la huella de una infamia que me acosará hasta el fin de mis días.<br />
El frío me golpea la cara con suavidad como si quisiera despertarme cariñosamente de mis sueños, y humedece mi extravagante y enigmática sensibilidad con un rocío de amparo y comprensión. Ni siquiera la naturaleza, aun siendo yo hijo de su virtud, me entiende.<br />
Continúo deambulando por la acera, tan muerta como la soledad, tan sola como la muerte, y luego de un paseo donde se bifurcan mis pensamientos y converge mi destino, me detengo en un elíseo parque, fúnebre a causa de la tormentosa madrugada.<br />
Abro la mirada hacia la vertiginosa lluvia que cae de arriba abajo, igual que siempre y sin pausa. Se me figuran las gotas el paso del tiempo de cada una de las vidas del mundo. Tarde o temprano, todas se estrellan contra el suelo. Traspaso con la mirada los umbrales de la vida y de la muerte. En el firmamento no hay luces. ¿Dónde se resguardarán los ángeles del cielo en tales noches de diluvio? ¿Y cómo puede calentarse un corazón tan frío como la muerte, pero aún vivo?<br />
¡Qué más da! Poco importa. ¿Qué estimar más que la felicidad de cada uno, la felicidad del egoísmo?<br />
Entonces, me pregunto, ¿soy feliz? Me río, resignado&#8230;<br />
No, claro que no lo soy. Pero unos minutos atrás, mientras le torturaba, sí lo era.<br />
Deslizo la mano hacia el bolsillo del abrigo y extraigo la fotografía donde aparece el rostro de ella, de mi amada. Es tan hermosa, tan delicada, tan grácil&#8230;<br />
Y me pregunto: ¿soy feliz? No, no lo soy, pero muchos meses atrás, mientras estuve con ella, sí lo fui.</p>
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		<title>Doble camino</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Nov 2010 19:58:46 +0000</pubDate>
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<p>Las luces se encendieron y las maquinas comenzaron a funcionar, como lo hacían todos los días. Las puertas se abrieron de par en par y por ellas atravesó un pequeño hombre con una bata blanca, miraba hacia abajo y caminaba apurado murmurando cosas que solo él entendía y escuchaba, su aspecto era inofensivo pero su mente era escalofriante. Detrás de aquel hombrecito entró un joven alto de nos mas de 25 años, también con una bata blanca, llevaba un cuaderno y mientras caminaba escribía.<br />
El hombrecito se sentó tras un escritorio, acomodó unos papeles y dijo:<br />
-Kiix, revisa los signos vitales de la chica.<br />
El joven levantó la vista y sin responder dejó el cuaderno sobre su escritorio y salio de aquella habitación.</p>
<p>Al abrirse las puertas las luces se encendieron. Kiix caminó hasta una camilla donde descansaba una joven de apariencia enfermiza. El chico la miró con cierta ternura y miró el monitor que indicaba que todo estaba normal.<br />
Kiix se sentó en un sillón, viejo y medio roto, sus ojos seguían fijos en el rostro de la chica, inclino la cabeza y sus ojos se humedecieron, no quería pensar en lo que había pasado aquel día hace 2 semanas. Cerró los ojos y se durmió. En su sueño la joven que estaba en aquel laboratorio caminaba hacia el, lo miraba y con un lamento decía:<span id="more-1200"></span><br />
-	Kiix ayúdame, ayúdame, ayúdame, Kiix, KIIIIIXX!!!<br />
Despertó sobresaltado desde la otra habitación Goodnoski gritaba su nombre, Kiix se levantó de un salto y corrió.</p>
<p>-¿Dónde estabas? ¡Incompetente! ¿Cómo esta la chica?<br />
- Normal, esta bien.<br />
Goodnoski se acercó hasta el chico, se detuvo a cinco centímetros de su rostro con las cejas fruncidas, su rostro no era muy amistoso, lo examinó con cierto desagrado y casi gritando exclamó:<br />
-¿Estuviste llorando otra vez por esa chica? ¡Por Dios!<br />
Kiix bajó la mirada y no respondió dio media vuelta y se fue a sentar a su escritorio. Odiaba a aquel hombre, pero no podía hacer nada, para terminar la carrera de científico debía pasar por lo menos un año con aquel detestable hombre. El día transcurrió sin más incidentes.<br />
Cuando Kiix salió de su espantoso trabajo, ya era de noche y empezaba a llover, se puso su campera y emprendió su camino de regreso a su pequeño apartamento donde lo esperaba su gato. Su mente empezó a pensar otra vez en aquella chica, ¿Cómo se llamaba? Busco en su memoria, recordando aquel día.<br />
Ella caminaba por una de las calles mas transitadas de la ciudad, él y Goodnoski habían ido a comprar un par de cosas para un experimento nuevo. La chica venia hablando por su teléfono celular, discutía con alguien, decía que estaba cansada de hacer ese trabajo, que desearía tener un clon para que la ayudara. Goodnoski también estaba escuchando hablar a aquella chica ruidosa, al escuchar lo que ella dijo, se paro en el medio de la vereda, lo miró con una sonrisa dibujada en su rostro, sus ojos brillaba con una extraña excitación. Se dio vuelta y emprendió el camino de regreso al laboratorio, Kiix lo siguió confundido.<br />
Al entrar, Goodnoski, dio vueltas por la pequeña habitación donde estaba su escritorio. Se sentó, tomó unos papeles e hizo algunas anotaciones. Kiix, no comprendía, se sentó en su escritorio y termino de escribir algunas notas incompletas. Pasaron diez minutos, cuando Goodnoski se levantó, se paró frente a Kiix y con la voz calmada dijo:<br />
-Creo que tengo una idea excelente, va a revolucionar el mundo. ¿Recuerdas la chica esa que hablaba por teléfono en el centro de la ciudad?- Kiix la recordaba, la había mirado detenidamente,- ella dijo que le gustaría tener un clon, pues eso haremos, un clon de esa chica.<br />
Kiix abrió los ojos sorprendido y ha la vez un tanto asustado, casi en un susurro preguntó:<br />
-¿Cómo lo vamos a hacer? Necesitamos su ADN.<br />
-De eso no te preocupes, ya lo he resuelto.- del bolsillo de su chaqueta sacó un largo y fino cabello.<br />
Hasta ese momento para Kiix era solo un experimento, que quizás fracasaría como casi todo lo que hacia aquel loco. Pero las cosas se complicaron a los tres días de comenzado el experimento. Él había llegado como todos los días a las 7 AM, la puerta estaba sin llave y las luces prendidas, entro con cierto temor de encontrarse con extraños, pero solo lo encontró a Goodnoski con las manos en la cabeza y el pelo mas despeinado de lo habitual, el cuarto era un caos las hojas estaban desparramadas por todo el piso. Kiix le preguntó que había pasado y Goodnoski alterado respondió:<br />
-¡No ha funcionado! El experimento fracasó, necesito mas ADN- de repente sus ojos se iluminaron- ¡la necesito a ella!<br />
Kiix aparentaba prestar atención pero en realidad escuchaba solo una parte de aquel discurso de maniático. Toda su atención se centro en él cuando escucho la frase: ¡Me tenes que ayudar! Vas a conocer a la chica, vas a ser su amigo y la vamos a traer aquí. El chico lo miró sorprendido pero no dijo nada, así que Goodnoski siguió explicándole su plan, Kiix acepto, para el solo era un experimento.<br />
Al día siguiente, fue a la misma calle donde la había visto por primera vez, la esperó y cuando la vio la siguió hasta donde ella trabajaba, eran unas oficinas donde había decoradores de interior, ella era una de esas decoradoras, él pidió hablar con ella. Después de media hora, una jovencita, lo hizo pasar a una oficina, ella estaba sentada detrás de un escritorio lleno de papeles, levantó la vista y sonrió como hacia con cada cliente. Se sentó y le explico que quería hacer una decoración de su living, ella le dio un presupuesto, luego de hablar quince minutos él le dio la dirección y ella se comprometió a ir el siguiente martes al atardecer. Ahí lo recordó, Melisa, se llama Melisa.<br />
Cuando recordó esto Kiix ya estaba en la puerta de su apartamento, sacó la llave de su bolsillo, abrió la puerta y prendió las luces, su gato lo recibió ronroneando, él lo acarició al pasar, se sacó la campera y se sentó en su sillón al frente de la televisión. Poco a poco se fue durmiendo, en su sueño los recuerdos volvieron. El día que ella iba a ir a su departamento, llovía como hacia meses que no lo hacia, él creía que ella no aparecería, pero a la hora acordada, el timbre sonó, al abrir la puerta se encontró con una chica toda mojada y con frío, Kiix, la invitó a entrar, se sentarse, y le sirvió un café caliente, empezaron a hablar sobre el trabajo que ella creía que haría, cuando habían quedado acordados los detalles, ya había anochecido y la lluvia era mas fuerte, Melisa le preguntó si se podía quedar hasta que pasara la lluvia, Kiix aceptó, no sabia porque pero le caía bien aquella chica. Hablaron por horas de sus vidas, cuando se dieron cuenta, la lluvia había parado, a si que la chica un poco avergonzada por su distracción tomó sus cosas y se fue, antes Kiix le pidió su número de teléfono, así se mantendrían en contacto por el trabajo, dijo pero solo era una excusa. Cuando ella se fue, Goodnoski llamó para preguntar si ya la había capturado, él le dijo que no había podido que ella no había ido a su departamento, ahora dudaba de querer capturar a Melisa, pero le dijo que tenía el teléfono y que la llamaría el viernes, Goodnoski aceptó no muy convencido.<br />
Kiix se despertó sobresaltado, su gato había saltado sobre sus piernas y ahora se acomodaba para dormir, miró la hora eran las 3 AM, así que apago el televisor y se fue a dormir. Al otro día, se levantó como lo hacia todos los días y salió hacia su trabajo. Todavía no había llegado Goodnoski así que el encendió las luces, y puso en funcionamiento todas las maquinas. Se sentó en su escritorio a leer la última revista que había comprado, Goodnoski llegó media hora después, venía con una sonrisa radiante, Kiix le preguntó el porque de aquella inesperada felicidad, el hizo el anuncio mas temido por el chico, en una semana terminaría el experimento, y la original seria destruida. Kiix se sintió mareado, casi se cae, pero se sentó, igual el mareo no se iba, corrió al baño y vomito lo poco que había desayunado, Goodnoski siguió con su trabajo como si nada hubiera pasado. Kiix, salio a tomar aire. Todavía no había vuelto el color a sus mejillas, cuando llego a una pequeña plaza cerca de su trabajo, se sentó y recordó todo lo que había pasado.<br />
Ese viernes, Melisa llegó al departamento de Kiix, y se fueron a un pequeño restaurante italiano. Comieron, rieron y se divirtieron como hacia mucho que ninguno lo hacia. Goodnoski estaba enterado de que ellos se reunirían ahí, así que él también fue al lugar, pero se sentó en una de las mesas del fondo donde estaba todo oscuro, el hombre tenía la sospecha de que Kiix no capturaría a la chica, era demasiado sentimental. Lo llamó a su teléfono celular y le preguntó si ya estaba con la chica, el respondió que no que otra vez había faltado a su cita. Kiix se disculpó con la chica por aquella interrupción y siguió con la conversación. Goodnoski estaba enfurecido por aquella mentira de su ayudante. Al salir del restaurante, Goodnoski los siguió a una distancia prudente, al llegar al departamento de Kiix, Goodnoski los alcanzó y capturó a la chica, la desmayó y luego hizo lo mismo con Kiix. El chico despertó media hora mas tarde, estaba en la vereda de su edificio, le dolía la cabeza y estaba confundido, de repente las imágenes de Goodnoski secuestrando a la chica vinieron a su mente, desesperado se paró y corrió hasta el lugar donde trabajaba, al llegar estaba todo oscuro y en silencio las puertas estaban cerradas y Goodnoski nunca le había dado una llave. Golpeó las puertas y gritó nadie salió, se largó a llover y el se sentó en la vereda llorando de desesperación. Al ver que con eso solo ganaría un resfrío volvió a su casa. Al otro día fue a trabajar, el edificio seguía cerrado y con apariencias de que no había nadie, Kiix volvió a su casa. Goodnoski lo llamó, al atardecer, y le dijo que debía volver al día siguiente, él no respondió, y cortó el teléfono, tomó dos pastillas para dormir y se durmió casi en el acto. Despertó al otro día, a pesar de las pastillas casi no había dormido pensando en Melisa, tenía ojeras y una barba de dos días, se veía muy mal, tomó dos tasas de café y salió al trabajo al llegar, las puertas estaban abiertas y todo lucia normal, por un momento tuvo la esperanza de que ella se haya podido escapar, pero al entrar al laboratorio, estaba ella sobre una camilla, conectada a monitores que indicaban sus signos vitales. Al verla así, pensó en renunciar y denunciarlo a Goodnoski, pero se le ocurrió un plan.<br />
Kiix, se levantó del banco donde estaba sentado, volvió a su trabajo con una cara nueva, el momento final de su plan se acercaba.<br />
Dos semanas más tarde, el experimento había finalizado con un éxito aterrador, Kiix desde aquel día en el que se descompuso, se mostró indiferente con respecto a Melisa hasta le puso mas atención al experimento, Goodnoski sospechaba pero nada concreto. Cuando Goodnoski anunció que el experimento estaba finalizado, lo condujo hasta una habitación que Kiix nunca había visto, en una camilla estaba Melisa y en otra también estaba Melisa, era su clon exacto, el joven se acerco al clon, asombrado, en busca de algún defecto, alguna diferencia pero no lo encontró. Goodnoski estaba feliz, empezó a desconectar las maquinas al clon de Melisa, despertó lentamente, Kiix estaba de espalda mirando a Melisa, cuando escucho una voz extremadamente conocida:<br />
- ¿Qué paso? ¿Dónde estoy?<br />
Kiix se dio vuelta perplejo, la miró, era igual a la “original” pero había algo raro en su mirada, algo vacío. Goodnoski, preparó una inyección letal para aplicarle a Melisa, Kiix le suplicó que lo dejara ponerle él, Goodnoski accedió, también le pidió que los dejara a solas. Lo dudo pero estaba demasiado feliz con su clon, que accedió también a aquel pedido, el hombre se llevo al clon, Kiix desconectó a Melisa, ella empezó a despertar lentamente, estaba desorientada, él le explicó rápidamente lo que había pasado, ella, naturalmente, no lo podía creer, él le pidió que confiará. Le pidió que se acostara en la camilla y finja que estaba muerta. Kiix salió de la habitación con lágrimas en los ojos, le preguntó que debía hacer ahora, Goodnoski le dijo que deberían llevar el cuerpo a algún lugar donde nadie lo encontrara pero igual nadie la iba a extrañar ya que había una Melisa viva. Kiix le dijo que el conocía un lugar. Al anochecer, cargaron el cuerpo de Melisa en el auto de Goodnoski, también venia el clon. El hombre condujo media hora, hasta llegar un bosque, el chico contó que ahí iba de chiquito. Cuando llegaron, Kiix se adelantó, y cargó el cuerpo, Goodnoski, agarró una pala y empezó a cavar, el chico dejó a Melisa en el piso, y tomó una pala y se acerco temblando a Goodnoski, que estaba agachado, levantó la pala y lo golpeó en la espalda, él cayó, lo miró con los ojos desorbitados, susurró:<br />
- Sabias que me ibas a traicionar. Debí haber echo algo, lo sospechaba, pero confié.<br />
A Kiix se le llenaron los ojos de lágrimas, Goodnoski cerró los ojos y dejó de respirar, era frágil aquel hombre porque solo basto un golpe para matarlo. El muchacho cayó al piso, con las manos se tapó la cara, escuchó una suave voz detrás de él, era Melisa, lo abrazó y lloró con él, le agradeció y por primera vez se besaron. Él recordó que en el auto estaba el clon, de un pequeño bolso que llevaba sacó una aguja y preparó una inyección letal, no quería que sufriera, se subió al auto, inocentemente pregunto donde estaba Goodnoski, Kiix no respondió se acerco a ella y la inyectó, se desplomo sobre el asiento del auto, él la alzo y la saco del auto, cavó mas donde había empezado Goodnoski, primero lo metió a Goodnoski y luego se aseguro que el clon estuviera realmente muerta, cuando lo confirmó, también la metió allí, tapó aquel pozo y subió al auto. Allí lo esperaba Melisa, lo puso en marcha, se besaron y arrancó, desaparecieron por la carretera.</p>
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		<pubDate>Wed, 03 Feb 2010 12:18:11 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/02/mal-de-ojo.jpg" alt="" title="mal de ojo" width="470" height="358" class="alignnone size-full wp-image-557" /><br />
Claudia iba a trabajar como todos los días en el autobús. Era lunes y el tráfico hacía que se moviera con excesiva lentitud. En una de las paradas se fijó en la gente que transitaba por las calles y una mujer le llamó la atención porque la miraba desde la acera muy fijamente, como si la odiara por algo.</p>
<p>Inmediatamente después el autobús se puso en marcha y siguió mirando a la mujer por si no la miraba a ella, pero a medida que se movía hacia adelante, la mujer la seguía con la mirada. Se preguntó si la conocía de algo y sintió miedo ya que con ese cruce de miradas era obvio que no le estaba deseando ningún bien.</p>
<p>En cuanto sus miradas se separaron comenzó a sentir ganas de vomitar. Se había sentido mareada todo el camino pero después de eso no pudo aguantar más y a duras penas logró sacar una bolsa de plástico de su bolso y vomitó todo el desayuno.<br />
<span id="more-556"></span><br />
Llegó a su trabajo y su malestar continuaba. Sentía que sus miembros habían perdido fuerza, como si tuviera que caminar en medio del agua. Le costaba muchísimo dar cada paso que la llevaba a la oficina. Pensó que se trataría de algún virus o que se le pasaría en cuanto comiera algo. No le dio mucha importancia a pesar de que todos sus compañeros le decían que tenía muy mala cara y que debería irse a su casa a descansar. Se negó porque sabía que si se marchaba, le quitarían el día de sueldo y estaban tan justos de dinero que no podía permitirse ese lujo. Aguantaría hasta el último minuto.</p>
<p>Desayunó algo y no se encontró mejor. Al contrario, lo vomitó todo otra vez en menos de media hora.</p>
<p>- Eso es un virus &#8211; decían los compañeros.<br />
- No sé &#8211; decía ella -. Debí comer algo en el desayuno en mal estado.<br />
- Vete a casa o nos contagiarás a todos &#8211; decía otro, medio en broma.<br />
- Uy, no tendréis esa suerte &#8211; dijo ella, sonriendo -. Mañana vendréis todos a trabajar.</p>
<p>Con las bromas y el trabajo, Claudia pasó el día como pudo, entretenida pero sin poder comer nada. Medio mareada y sin fuerzas casi ni para moverse de la silla.</p>
<p>Cuando llegó la hora de irse, un compañero le dijo que no permitiría que se fuera sola a casa en ese estado. Le ofreció llevarla a casa en su coche y ella se lo agradeció de corazón.</p>
<p>Una vez en casa llamó al doctor y éste le hizo un chequeo completo.</p>
<p>- Señora, ha debido beber agua del grifo -dijo. El agua de la ciudad no era muy saludable-, o ha podido comer algún alimento en mal estado. Tómese estas pastillas, beba muchos líquidos y no coma nada hasta pasadas 24 horas. Las pastillas cada 8 horas.</p>
<p>Así lo hicieron y mientras no comió se sintió estupendamente aunque muy débil. Al día siguiente se atrevió con el desayuno y tomó una tostada con mantequilla y un café con leche. Le sentó bien en un principio, fue a trabajar y en el autobús volvió a vomitarlo todo y el malestar volvió a dejarla sin fuerzas durante todo el día. Esta vez el compañero la llevó al hospital en lugar de ir a su casa. Estaba tan débil que pensaron que era algún tipo de enfermedad infecciosa.</p>
<p>Sin embargo en el hospital no supieron qué tenía. Los médicos la tuvieron en cuarentena hasta que los resultados de los análisis de sangre determinaron que no tenía absolutamente nada extraño. Al estar allí se sintió algo mejor y la dijeron que podía irse a casa, que tomara vitaminas y no tendría por qué recaer.</p>
<p>Una vez en su casa, tomándose las vitaminas, se sintió un poco mejor. Aun así todo lo que comía lo vomitaba y después de otro día entero de vómitos decidieron llevarla de nuevo al hospital. Algo tenía que tener.</p>
<p>Una vecina fue a verla justo cuando estaban preparándose para salir. Esta le dijo que no era la primera vez que veía algo así y le dijo que lo único que tenía era un mal de ojo. Ella y su marido le dijeron educadamente que no creían en esas supersticiones así que no podía ser eso. Haciendo caso omiso se despidieron educadamente de ella y fueron al hospital.</p>
<p>Una vez allí la examinaron más detenidamente, le hicieron pruebas todo el día y llegaron a la misma conclusión del día anterior. Debía tener alguna infección del sistema digestivo, le recetaron dieta líquida durante tres días y mucho reposo.</p>
<p>De vuelta a casa comenzó la dieta de líquidos, bebió zumos y su estómago comenzó a rechazar incluso los zumos. Cosa que comía, cosa que vomitaba. El malestar era tan fuerte que dejó de tener fuerzas de levantarse incluso para ir al baño.</p>
<p>La vecina volvió a visitarla y le dijo que ella conocía la cura para su problema. Que no perdía nada en dejarse tratar ya que solo tenía que pasarle &#8220;el huevo&#8221;.</p>
<p>- No necesito tus recetas de supercherías &#8211; se quejaba el marido -. Vete, mujer, no nos ayudas y mi mujer está muy débil.<br />
- No pierdes nada. Déjame intentarlo, ni siquiera la tocaré así que no corre ningún peligro. Si no funciona aceptaré irme y no os molestaré más… pero si funciona quiero una tarta de manzana, de esas tan ricas que hace tu mujer. ¿Qué me dices?</p>
<p>Ese descaro le hizo reír y aceptó finalmente.</p>
<p>- Y como no funcione te echaré de casa a patadas &#8211; bromeó él.<br />
- Va a funcionar, no es el primer mal de ojo que trato &#8211; dijo la otra, muy segura de si misma.<br />
- Está bien, ¿qué necesitas?<br />
- ¿Tienes un huevo? Un huevo fresco, corriente.<br />
- Claro, espera.</p>
<p>El hombre bajó a la cocina, a la nevera y cogió un huevo. Subió corriendo a la habitación y se lo entregó a la mujer. Esta comenzó a pasarlo cerca del cuerpo dormido de Claudia y murmuraba algunas extrañas plegarias. Pasó el huevo desde la cabeza hasta los pies, por los brazos, el cuerpo y por los lados. Finalmente cogió un plato y lo rompió en él.</p>
<p>El contenido dejó al marido boquiabierto. Parecía que dentro del huevo había petróleo, era un líquido que olía a podrido y tan negro como el alquitrán.</p>
<p>- Ya está, tu mujer está curada &#8211; dijo.</p>
<p>Claudia la escuchó y abrió los ojos.</p>
<p>- ¿Qué ha pasado? &#8211; preguntó.<br />
- Acaba de pasarte el huevo &#8211; se mofó el marido -. ¿Cómo estás amor?<br />
- Me encuentro… bien. ¿Qué habéis hecho? Siento como si&#8230; me hubieran quitado una tonelada de encima.</p>
<p>La vecina sonrió satisfecha.</p>
<p>- Me debéis una tarta de manzana de las tuyas.<br />
- ¿Qué es eso del huevo?<br />
- El huevo, un huevo de gallina normal &#8211; explicó la mujer -. Son células perfectas, tienen el poder de absorber todas las influencias negativas. &#8220;Lo malo&#8221; siempre busca &#8220;el bien&#8221; más perfecto posible. Por eso el huevo absorbe y libera del mal de ojo.<br />
- No puedo creer que fuera eso en serio &#8211; dijo Claudia-, siempre pensé que esas cosas solo le afectan a los que creen en ellas.</p>
<p>Claudia estaba tan bien que pudo levantarse sin problemas. Estaba completamente sana. Comió algo con miedo a vomitarlo después, eligió un yogourt, y después de un rato, al ver que le sentaba bien, comió con la familia sin problemas. Por la tarde la vecina regresó a su casa a ver cómo estaba.</p>
<p>- Es increíble, estoy curada.<br />
- Ya ves, hija. No eres la primera que curo, ni seguramente la última. Lo peor es admitir que lo tienes porque ya has visto que solución tan fácil tiene.<br />
- Gracias, te haré una tarta… Pero, ¿quién podría querer echarme mal de ojo? ¿Por qué?<br />
- Hay una forma de protegerte en el futuro. Solo tienes que poner algo rojo en las ventanas de tu casa y el mal de ojo no entrará ni para ti, ni para tu familia.<br />
- Pues no creía en estas cosas, pero voy a hacerte caso.</p>
<p>Colocó lazos rojos en todas las puertas y ventanas por dentro de la casa. Nunca supieron por qué esa mujer le echó un mal de ojo y nunca volvió a encontrarse con ella. Pero lo cierto es que nadie más en la familia volvió a sufrirlo.</p>
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		<title>Una Broma Misteriosa</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 04:12:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>la_mas</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-379" title="mirada-misteriosa" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/12/mirada-misteriosa.jpg" alt="mirada-misteriosa" width="405" height="535" /></p>
<p>Estaba en primer año de Arquitectura, se acercaba el fin del segundo semestre académico cuando uno de los profesores nos designó como examen un trabajo en pareja dándonos la opción de elegir a la persona con quien trabajar, pero como yo era bastante tímido no tenía muchos amigos y sólo tuve que esperar a que todos encontraran con quien unirse, para ver quién más quedaba solo. Así fue, esperé y me encontré con que la única persona que quedaba era Rita, alumna de segundo año que había reprobado la materia.</p>
<p>Rita era bastante extraña, de contextura delgada, cabello negro, al igual que sus uñas nerviosas, con una mecha de cabello blanco que salía desde su frente, muy “dark” como la llamaban los demás y de mirada esquiva. Algo en ella no me daba confianza, pero tenía que responder con el encargo, y si no había afinidad qué importaba, tampoco andaba perseguido por la vida imaginando que cualquier persona sería capaz de hacerme daño.<br />
<span id="more-378"></span>Me dio su correo y quedamos en hablarnos por la noche para juntarnos el fin de semana, y así pasó, pero el trabajo no era fácil y ella se excusó con que no podía salir de su casa en todo el fin de semana porque tenía que cuidar a su hermana, así que le propuse ir yo para su casa y ella aceptó. Si hubiese sabido lo que iba a pasar no habría propuesto semejante locura.</p>
<p>Era un sábado por la tarde, las 19 horas para ser exacto, comenzaba a oscurecer y yo estaba en la puerta de su hogar. De madera, algo antigua pero muy bonita, no era una casa ostentosa pero tenía sus comodidades. Me abrió la puerta y me sorprendió. Vestía una blusa negra muy escotada que enseñaba sus bellos pechos bien contorneados, hasta decaer en su sensual obligo lujurioso. Nunca la había visto así, hasta sus labios se veían más gruesos y sensuales, y su mirada reflejaba belleza. Realmente se veía distinta y mis ojos no dejaban de mirar su figura, pero rápidamente desvié mi vista antes de que ella lo notara.</p>
<p>Me hizo pasar sin hablar mucho, yo entré cargando mis materiales para construir la maqueta y subimos la escalera que llegaba directo a su habitación. Era una habitación muy especial, amplia de paredes negras cubierta por poster de grupos de música gótica, con una gran ventana que iluminaba el lugar y nos enseñaba las luces de la ciudad.</p>
<p>-	¿Es la segunda vez que haces la materia, no?- le pregunté, rompiendo el hielo.</p>
<p>-	Así parece.</p>
<p>-	¿Te costó mucho la primera vez?</p>
<p>-	Sí pero no fue sólo eso, tuve algunos problemas personales la verdad.</p>
<p>-	¡Ah!- exclamé sin querer entrometerme. Ella lo notó y continuó hablando.</p>
<p>-	Mis padres se separaron y mi hermana se suicidó.- hizo una pausa.- Se colgó de ahí.- señaló la ventana, el único lugar pacífico que vi en la habitación.</p>
<p>Me puse muy nervioso, no sabía qué decir, ella se rió con diversión, al parecer mi incomodidad le agradaba y eso me ponía más inquieto. Era como si de su cuerpo brotaran hormonas de maldad que sacaban de mí sentimientos encontrados entre deseo y excitación, me sentía hasta capaz de olvidar mi timidez para lanzarme hacia ella y recorrer todo su cuerpo. Pero me controlé continuando la conversación.</p>
<p>-	Debe ser muy duro lo que te pasó… ¿Ya estás bien de eso?</p>
<p>-	Creo que sí.</p>
<p>-	¿Era mayor que tú?</p>
<p>-	¿Laura? No, menor que yo. Cinco minutos menor. Éramos gemelas.</p>
<p>-	¡Lo lamento!- pude notar la expresión de su rostro. Me sentí mal por la pregunta pero continué, erróneamente.- ¿Cuántos hermanos son?</p>
<p>-	Somos dos, ella y yo.</p>
<p>-	¡Ah! Pero me dijiste…</p>
<p>Preferí callar, recuero bien cuando se excusó de juntarnos con el pretexto de cuidar a su hermana y ahora me decía que la única hermana que tenía estaba muerta. O era muy caradura para mentir, o muy extraña y quizá algo loca. Eso fue lo que pensé, estábamos solos en la casa, su habitación muy oscura y el único lugar que me daba tranquilidad era donde su hermana se había quitado la vida. Me limité a trabajar más rápido para irme luego de ahí. De pronto ella se levantó y desapareció.</p>
<p>Pasaron alrededor de diez minutos, ella no aparecía en la habitación, yo estaba solo y asustado hasta que empecé a oírla hablar desde el exterior. Hablaba con alguien, no fui capaz de reconocer la otra voz pero se oían carcajadas. Me asusté y me levanté, mi cuerpo temblaba y sentía mucho calor en mi rostro. Me acerqué a la puerta para espiar y ver con quién conversaba, de seguro así se quitaba mi miedo, pero al abrir la puerta para inspeccionar me encontré con ella parada frente a mí, esperando una respuesta. Salté hacia a atrás y ella se rió, con diversión o perversión, no pude hacer la diferencia.</p>
<p>-	¿Por qué te ríes?- Le pregunté asustado.</p>
<p>Recuerdo que me respondió algo así como “Me gustas mucho cuando tienes miedo” o “Me fascinas cuando estás asustado”.</p>
<p>Yo me sorprendí, se estaba declarando ante mí y eso nunca me había sucedido con otra chica. Volví a mirar sus pechos que parecían apuntar hacia mis ojos, ella se percató y se rió, me acarició la mano y acercó su boca a la mía. Mi respiración jadeaba y mis piernas descubrían una nueva sensación, cerré los ojos mientras mi lengua saboreaba sus fríos labios, pero de un momento a otro dejó de besarme, abrí los ojos y ella no estaba. La puerta se abrió y apareció ella nuevamente, vestida de negro pero con una blusa que le cubría hasta el cuello, tal cual como la había visto en la Universidad. Me miró sorprendida, algo impactada y me preguntó:</p>
<p>-	¿Cómo entraste?</p>
<p>-	¿Cómo entré?</p>
<p>-	¡Sí! ¿Cómo entraste? Me demoré media hora en llegar porque mi sicóloga se atrasó con su consulta. ¿Cómo pudiste entrar si no hay nadie?</p>
<p>Me quedé helado al oírla hablar. Abrí los ojos para mirarla nuevamente y era obvio que no se trataba de ella, yo había estado con Laura, su hermana. No estaba muerta, se había hecho pasar por ella y me había dado el susto de mi vida. Me puse a reír comprendiendo todo.</p>
<p>-	¡Tu hermana me hizo una broma! Se hizo pasar por ti, lo siento. Soy un estúpido.</p>
<p>-	¡¿Mi hermana?! ¡Ella está muerta!.. ¿Tú también la viste?</p>
<p>Sentí como un balde de agua fría caía por mi cuerpo, o peor, como si cubos de hielo se deslizaran por mi cuello. No quise saber qué había pasado, si era una broma de ambas o era cierto. Recogí todas mis cosas y me fui, no quise seguir escuchándola y me fui de esa casa.</p>
<p>Para el examen cada uno llegó con su trabajo, ella no volvió a dirigirme la palabra y yo tampoco a ella. Supe que se retiró de la carrera al igual que yo, no creo que la vuelva a ver pero siempre quedaré con la duda de qué fue lo que pasó. Si besé realmente a un fantasma o fui víctima de una estúpida broma.</p>
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		<title>El guardián de la nave</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Nov 2009 16:06:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Historia de un vigilante de una nave al que le ocurren sucesos extraños. EL GUARDIÁN DE LA NAVE El miedo es un ente malicioso que se infiltra en nuestro organismo por todos los poros de nuestra epidermis, extiende sus ramificaciones posesivas y nos atenaza con una fuerza sobrecogedora y paralizante. A veces es una respuesta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/11/un-dia-aterrador.jpg" alt="un dia aterrador" title="un dia aterrador" width="411" height="324" class="alignnone size-full wp-image-261" /><br />
Historia de un vigilante de una nave al que le ocurren sucesos extraños.<br />
EL GUARDIÁN DE LA NAVE</p>
<p>El miedo es un ente malicioso que se infiltra en nuestro organismo por todos los poros de nuestra epidermis, extiende sus ramificaciones posesivas y nos atenaza con una fuerza sobrecogedora y paralizante. A veces es una respuesta adecuada ante una situación acuciante que contiene ciertos ingredientes que suponen una amenaza para nuestra integridad. En otras ocasiones es la exagerada consecuencia de un infundio de naturaleza imaginaria, la máscara grotesca de una inconsciencia que bosteza al presenciar con desencanto la adormecedora rutina. Lo más inquietante del miedo (y que conste que no hablo por hablar, sino con conocimiento de causa) es que, en algunos momentos, no es fácil discernir si lo que oprime nuestro ánimo es un peligro real, o bien, es un simple montaje orquestado por una mente rebelde que tiene a su disposición una extensa amalgama de recuerdos y ensoñaciones, fantasmagorías y presentimientos que le resulta sumamente propicia para urdir un engaño.<br />
El cielo anubarrado ocultaba las estrellas, esas brújulas impenitentes que han servido de guías a tantos navegantes desorientados en océanos interminables, indiferenciados en su negrura oleaginosa, de la misma manera que desempeñan la función de consejeras espirituales para tantos náufragos de ese no menos vasto océano de incertidumbres al que vamos a parar tras nuestro nacimiento. El viento suave, que sonaba como un flautín desafinado, no lograba abrir claros en el tejido abotagado del firmamento, negándome con persistencia la contemplación de la astronomía casi extinta de la urbe.<span id="more-260"></span><br />
El polígono industrial (una denominación muy apropiada, pues la funcional geometría de los edificios de aquel territorio urbanizado carecía de encanto arquitectónico) por el que transitaba hacia la nave en la que debía desempeñar mi cargo como vigilante, estaba tan desierto como de costumbre. En mi itinerario pasaba junto a fábricas abandonadas con los cristales de las ventanas rotos y otros signos de abandono que las dejaban impregnadas de un hálito tétrico. De vez en cuando se me cruzaba algún viandante de mirada esquiva, con las manos metidas en los bolsillos, que caminaba con ese aire furtivo y azorado propio de los peatones que vuelven a casa a deshoras, temiendo quizá el asalto de un atracador noctámbulo que invierte esas horas de oscuridad en cometer sus tropelías. En el complejo industrial por el que caminaba, la oscuridad sólo estaba atenuada por unas farolas de vapor de sodio que se alzaban muy espaciadas entre sí y que depositaban charcos de luz redondeados en sus inmediaciones, amén de los vivos rótulos de neón que constituían un rasgo inequívoco de las empresas junto a las que pasaba.<br />
Accedí a la nave por una estrecha puerta metálica revestida con una capa de pintura descascarillada, que abrí con mi juego de llaves, y anduve hasta la garita acristalada. Allí me aguardaba mi predecesor en el turno de vigilancia, Damián, quien al verme se apresuró a aplastar su humeante cigarrillo contra el cenicero (lo hizo con tanta minuciosidad que parecía estar ensañándose con él), antes de abandonar su puesto para darme el relevo. Damián era un individuo en el ocaso de su vida laboral, con las cejas revueltas y en forma de bumerán, y un rostro huérfano de cuchilla que estaba algo enrojecido y excoriado por unas rascaduras que él mismo se infligía, sedimentando suciedad en las fisuras que separan sus uñas de su piel. El desaliño con el que vestía —supongo que por pura desidia, no por desatenciones conyugales— sólo era atribuible a uno de esos zarrapastrosos vagabundos que deambulan por las ciudades arruinando la imagen turística que ha de prevalecer en ellas a toda costa. Llevaba puesta una camisa a cuadros de tonos tostados y cubierta de pelusa de tantos y tantos lavados, con los botones mal confrontados, sin casar bien, y unos pantalones grises de pana con algún remiendo más de lo que mandan las buenas costumbres.<br />
—Ándate con cuidado, mozalbete —me aconsejó con su timbre de voz ligeramente nasal, mientras me sacudía un índice nudoso delante de la cara. Aquella escena me resultó tan irrisoria (tanto la recomendación como sus gestos eran patéticos) que tuve que morderme los labios para contener la risa—, que la competencia siempre está esperando al menor descuido para jugártela. —En las comisuras de los labios se le había formado una diminuta membrana amarillenta de textura mucilaginosa que conminaba mi atención. Su repertorio de dogmas, que pecaba de exiguo, era repetido incansablemente con esa machaconería insufrible que sacan a relucir quienes se creen dueños de la verdades absolutas, unas certezas repelentes a los matices, porque son fruto de experiencia verídicas de su vida.<br />
Al bueno de Damián no le quitaban el sueño los desperfectos que pudieran ocasionar los fenómenos meteorológicos o el vandalismo —el mes pasado unos gamberros habían hecho unas pintadas obscenas en el muro trasero de la nave—, pero él no había dado la menor muestra de sentirse alterado con estas gamberradas, las cuales siempre calificaba como “ingenuas canalladas que cubre el seguro”; lo que a él en verdad le inquietaba eran las temibles maniobras de una hipotética competencia traicionera y desleal a más no poder (aunque invariablemente se refería a esos supuestos competidores de una forma genérica) que a todas horas permanecía pendiente del menor descuido para poner en práctica un “boicot” que, según él, desestabilizaría irremisiblemente la economía de la empresa.<br />
—El hecho de que la Empresa (lamento contravenir ciertas normas lingüísticas, pero Damián era uno de esos empleados probos que a buen seguro hubiera magnificado la categoría del centro de trabajo que sufragaba su existencia) marche viento en popa es algo que les sabe a cuerno quemado a nuestros competidores, chavalete —aunque me había presentado incontables veces, el muy maleducado u olvidadizo nunca se dignaba a llamarme por mi legítimo nombre de pila—. Así que ya sabes, a la más mínima sospecha de peligro, das parte a la policía.<br />
El veterano guardián hacía gala de esa actitud displicente y didáctica que los trabajadores veteranos reservan a los principiantes, aunque su posición laboral en la empresa sea idéntica.<br />
—Dalo por seguro, Damián —contesté con forzada indulgencia, procurando que mi voz no trasluciera el tremendo aburrimiento que arrastraba, por culpa de unas lecciones que ya me habían sido inculcadas durante mi etapa de preparación y que empezaban a resultarme insoportables de otra boca.<br />
El guarda que me precedía abandonó por fin el recinto con el paso algo desacompasado de un jinete (el sedentarismo excesivo hace mella hasta en los andares) y yo me quedé en compañía de mi inseparable soledad. A mi espalda, en el momento en el que Damián traspuso el umbral de la puerta, pude oír con nitidez cómo las nubes se liberaban de su carga acuosa, baqueteando el suelo con el ímpetu feroz de una cascada o un sifón. Oí un trueno, que se dio un aire al rugido de una bestia apocalíptica y que me hizo pegar un aparatoso respingo.<br />
La nave era, en realidad, el inmenso taller —su capacidad era tal que a nadie le habría parecido descabellado compararlo con el hangar de una compañía aeronáutica— de una serie de empresas dedicadas a las obras públicas en el ámbito regional. Normalmente, flotaba en el ambiente un olor a líquido anticongelante, aceite de engrase, carburante y a otras nocivas miasmas (aunque su olor dulzón no resultaba demasiado desagradable) que recorrían las tripas artificiales de las criaturas metálicas. La nave contaba con unos andamiajes compuestos de pasarelas de rejilla y escaleras de mano, que les facilitaban a los mecánicos —veterinarios de la modernidad— la toma de contacto con las máquinas. El recinto quedaba vagamente iluminado por unas claraboyas instaladas en la arqueada techumbre. Era proverbial la roñosería del gerente de la empresa, don Aurelio Marquina, que se resistía empecinadamente a dejar encendidas las hileras de fluorescentes colgantes del recinto durante la noche, a pesar de que la normativa así lo exigía. Una circunstancia que, a aquellas horas intempestivas, igualaba, en cierto modo, el aspecto de apisonadoras, perforadoras, palas cargadoras, “bulldozers”, excavadoras, grúas, árganas con contrapesos descomunales, camiones-volquete y cualquier otra maquinaria mastodóntica sometida a una reparación, o bien, a un reglaje o reajuste de las piezas.<br />
Entré en la cabina del guarda y tomé asiento en la silla de madera de respaldo tallado y cojera incurable, donde transcurrían con parsimonia, basculando mentalmente entre el hastío y la abnegación, las horas vacuas que me reportan el salario exiguo, gracias al cual subsisto sin conocer demasiados artículos gravados con el impuesto de lujo. La condenada silla cojeaba cada vez más porque, de vez en cuando, el descuidado de Damián pegaba tacos de goma de diferente grosor en las patas, sin percatarse de que las baldosas, mal niveladas, también contribuían a eternizar la cojera crónica del mueble. Creo que a aquellas alturas todas las patas tenían longitudes diferentes.<br />
Sobre la mesa, junto a un periódico deportivo manoseado y jalonado con lamparones grasientos (en algunas páginas se podía apreciar claramente la densa espiral dactilográfica de la yema de algún dedo), había un cenicero de hojalata de una marca desconocida de vermú, con sus bordes mohosos de herrumbre, cargado de colillas de tabaco negro aplastadas y un cúmulo de ceniza. Con cierta aprensión aparté el rebosante cenicero y intenté concentrarme en el texto del diario, mas en vano, pues no era capaz de pasar por alto ni por un segundo las ofensivas improntas digitales. Se oyó otro trueno que en esta ocasión estuvo revestido de un retumbar con resonancias metálicas; daba la sensación de que Thor se hubiera aprestado a reanudar sus actividades, amartillando sobre un yunque para sembrar temores olvidados entre los humanos, incrédulos ante lo sobrenatural. Al rato, opté por adelantar mi tradicional paseo por la nave (solía reservarlo para el cenit de mi jornada laboral, a eso de las tres y media de la madrugada), pues estaba empezando a perder la paciencia en aquella garita donde todo era cutre, asquerosamente familiar, e inducía, sin posibilidad de poner remedio, a reconcomerse el alma con mil recriminaciones que no eran sino ladridos a la luna o disparos de fogueo al cielo, y que carecían de un destinatario que no fuera yo.<br />
Caminaba en una penumbra que abocetaba los contornos superiores de las moles mecánicas, y hacía que el espacio circundante a ras de suelo, quedara anegado de una profunda negrura. La oscuridad no era absoluta (habitualmente no lo es ni aun cerrando los ojos con fuerza), pues ante mí hormigueaban unos tenues puntos de colores, y por ello veía lo suficiente para no chocarme contra un obstáculo. Me gustaba vagar por la nave a oscuras, entre las máquinas convalecientes, avanzando con los brazos estirados como hacen los sonámbulos y los muertos vivientes para no estrellarme, porque experimentaba esa sensación amedrentadora y atractiva al mismo tiempo, que deben de sentir los profanadores de tumbas o los paracaidistas. A veces prorrumpía en alaridos desafiando al silencio catedralicio de la nave, para que el eco, esa sombra sonora y burlona, me devolviera el fragor de una turba de gente que aplacara la indecible desolación de mi turno nocturno de guardia. Luego solía sobrevenir un silencio que de tan absoluto tenía algo de sibilante.<br />
Pero en aquella ocasión llegó hasta mis oídos un golpeteo sordo de procedencia incógnita. Al principio atribuí a este inquietante triquitraque, a un burdo artificio de mi imaginación, pero la persistencia del sonido me hizo desterrar tal suposición. Su continuidad también me hizo descartar la posibilidad de que pudiera tratarse de simples asentamientos naturales de algunas piezas internas recién instaladas en aquellos dinosaurios futuristas.<br />
Azuzado por esa presencia abstracta y angustiosa que representa los horrores indefinidos que pueblan las pesadillas, me dirigí hacia la garita a tientas, en todo momento aquejado de una flojera de piernas que me hizo adoptar en mi camino el rumbo serpenteante e inseguro de un tipo ebrio. En el interior, descolgué decididamente el auricular del teléfono, lo sostuve vacilante delante de mis narices pero, al cabo, desoyendo el consejo que Damián hubiera querido elevar a la categoría de mandato, preferí no recurrir a las autoridades. No llamé porque no albergaba la menor duda de que me tomarían por un chalado necesitado de un teléfono de la esperanza o de una consulta de diván si demandara presencia policial con un pretexto tan sólido como haber oído unos ruidos sospechosos. Y como no estaba dispuesto a que mi reputación quedase mancillada (o, peor aún: que mi cordura fuera puesta en entredicho) con aquel despropósito, decidí armarme de valor y plantar cara a lo desconocido. Las manos me temblaban y los dientes me castañeteaban de una forma desconocida cuando saqué del cajón del escritorio la linterna cilíndrica, pero no me arredré.<br />
El chorro de luz que salía de la linterna (que hacía una doble función de talismán y arma arrojadiza) agravaba el misticismo que imperaba en el recinto, pues ahora surgían gigantescas sombras móviles que se proyectaban por todas partes, creando un sorprendente conjunto de efectos caleidoscópicos.<br />
Conforme volvía al sector donde había oído los inexplicables ruidos, noté cómo mi respiración se volvía rápida y anhelosa, quizá para amoldarse al ritmo desbocado de mi corazón, que sonaba como un redoble de tambor, en un involuntario ejercicio de percusión. Mis pasos estaban lastrados por el peso adicional del pánico. En realidad, me daba la sensación de que, en lugar de llevar puesto el uniforme de la agencia de seguridad para la cual trabajo, me hubiera ataviado con una escafandra o un traje de astronauta. De pronto, sintonicé unos sonidos guturales (eran como gruñidos reprimidos) que se habían sumado al incesante aluvión de golpes sordos, pero perfectamente audibles. Ahuequé las manos en torno a mis orejas para agrandar mi pabellón auditivo y captar con mayor precisión la procedencia del ruido y, al poco, localicé el lugar de procedencia: la pala mecánica de una gigantesca excavadora. Por un momento y dejándome llevar por una paranoia más propia de Damián que de mí, se me pasó por la cabeza que aquel suceso tan extraño pudiera tratarse de un retorcido subterfugio llevado a cabo por una presunta empresa de la competencia, para acabar con mis nervios. Algo así como un remedo del Caballo de Troya con operarios escondidos (saboteadores industriales si hemos de seguir el símil) y malintencionados que enarbolarían mazas y martillos que les servirían para destrozar los huéspedes impasibles de cuya vigilancia me ocupaba. Pero el miedo (no sé si por que cultivo cierto gusto atávico hacia el sadomasoquismo) ejercía sobre mí un influjo de efectos similares a la hipnosis y continué husmeando.<br />
Alumbré con la linterna la enorme excavadora —calculé que la pala quedaría a veinte o veinticinco metros de altura—, que parecía estar alzando los brazos para pronunciar una plegaria al dios impío de la tecnología, un dios venerado que no requiere altares, plegarias, ni ninguna otra consideración sagrada. No me desalenté al comprobar que no había ninguna pasarela desde la que poder examinar el vehículo, lo cual me obligaba a renunciar a esta vía de acceso. Insidiosos goterones de sudor, que formaban parte de un peregrinaje gobernado por la gravedad, surcaban la orografía de mi piel haciéndome cosquillas.<br />
Auspiciado por el trémulo haz de la linterna, que me anticipaba el camino, comencé el ascenso por un tramo de peldaños metálicos flanqueado por unas agarraderas, hasta que alcancé la cabina del operario. Mi subida había sido premiosa, casi denodada, puesto que temía dar un paso en falso en la oscuridad, pero tuve el valor suficiente para no echarme atrás. Con los jadeos atropellados del que se repone de un esfuerzo físico desacostumbrado e intentando desembarazarme de un temor que me angustiaba y entorpecía mis movimientos, me subí al techo de la cabina del vehículo.<br />
Hasta el momento, la ascensión no había revestido demasiadas dificultades; sería a partir de entonces cuando me tocaría enfrentarme a la parte más peliaguda: encaramarme a la pala excavadora. La distancia que me separaba de mi objetivo, que se encontraba a poco más de dos metros y estaba ligeramente elevado respecto al plano del techo de la cabina, me exigiría dar un salto considerable. Una oscuridad impenetrable, desdeñosa ante mis intentos de escudriñarla, se abría a mis pies desafiándome a brincar. El golpeteo sordo se intensificó perentoriamente, sacándome de mi reticente ensimismamiento. Me alegré de que tanto el techo de la excavadora como el borde de la pala al que habría de agarrarme estuvieran galvanizados de luz y me sirvieran de referencia. De la misma manera, celebré que la parte de la pala por la que efectuaría el salto no ostentara el reborde de picos triangulares e incisivos como las fauces de un tiburón que, en cambio, sí presentaba la parte contraria. Lancé la linterna, que describió una línea curva y luminosa como el rastro de una estrella fugaz, al interior del pala y me dispuse a ejecutar el salto. Con el fin de adquirir el máximo impulso, tomé carrerilla desde el punto más alejado del techo de la cabina. Entonces, procurando hacerme a la idea de que las peripecias que estaba protagonizando formaban parte de una fantasía irreal (los sueños son refugios surrealistas que te preservan de cualquier peligro) con objeto de no considerar muy en serio la posibilidad real de precipitarme al vacío, di un par de zancadas y salté propulsándome con todas mis energías. Como un acróbata experimentado, logré aferrarme con firmeza al borde engarfiándome con ambos brazos. La inercia resultante del vuelo hizo que mis rodillas recibieran un topetazo morrocotudo contra la pared externa que tuvo vagas reminiscencias metálicas de gong, pero en un vigoroso alarde de resistencia propio de un púgil en medio de un combate decisivo, soporté la dolorosa colisión. Algunas gotas de sudor que atravesaban mi frente se saltaban el atascadero de mis cejas e iban a parar a mis ojos como si de una dosis de colirio mal administrada se tratara. Acto seguido, logré encaramarme en la pala que, para mi sorpresa, estaba cubierta de tierra casi hasta los bordes. Envalentonado por la proeza efectuada y con ayuda del extremo ciego de la linterna (la parte luciente me deslumbraba con la refulgente contundencia de una supernova), me agaché y empecé a escarbar en la tierra imitando a un perro que busca un hueso que ha enterrado con antelación. Cada vez captaba con mayor intensidad el incesante ruido, que se hacía más apremiante por momentos. Me aterraba barajar mentalmente conjeturas sobre el emisor del enigmático sonido —aunque no dejé de tener presente que el responsable fuera una víctima de una muerte aparente, uno de esos fallecimientos temporales que pueden acaecer a causa de cierta enfermedad coronaria—, y por eso trataba de apartar estos pensamientos dejándome llevar por el frenesí incontenible de buscador de oro del que era presa. Ahondé a toda velocidad y enseguida di con un grueso panel de conglomerado de madera contra el que me raspé las yemas de los dedos.<br />
Contorneé con las manos el misterioso hallazgo averiguando que se trataba de un ataúd de tosca fabricación. La tapadera del féretro (aunque este término no haga justicia a la extrema vulgaridad de aquel embalaje) retemblaba al contacto de los empellones de quienquiera que estuviera encerrado. Ahora que el inquilino del ataúd ya no cargaba con el peso de la tierra (el enterrado había sido un Atlas de pacotilla), los clavos que afianzaban el que suele constituir el último refugio, empezaban a entreverse a cada embestida, alineados a lo largo de los cantos de la burda caja funeraria. Por fin, la tapa se desprendió y la visión obscena a la que de improviso fueron sometidos mis ojos, me hizo soltar un alarido desgarrador y destemplado que se prolongó durante unos segundos; el aullido coincidió con un trueno y un fucilazo que constituyeron una apoteosis de decibelios y refulgencia que asocié al presunto “Big-Bang” primigenio y que me hicieron padecer un síncope momentáneo del que afortunadamente me repuse.<br />
Tendido en el interior del ataúd se veía (aunque yo tardé en enfocarlo tras la exposición a la luz a la que me había sometido) una aberración humana, un engendro horrendo que hubiera despreciado el mismísimo Lucifer. Su indumentaria quedaba reducida a un pantalón de pijama infantil raído y desgastado hasta el punto de asemejarse a una prenda transparente. Todo su cuerpo (a excepción de las uñas, las palmas de las manos, las plantas de los pies y la zona orbicular de alrededor de los ojos) estaba cubierto por una espesa mata de pelo que le confería una apariencia bestial, terrorífica. Sobreponiéndome a la repugnancia que me suscitaba la criatura, desanudé una servilleta que tenía atada en torno a la boca a guisa de mordaza. El sujeto, aspiraba y exhalaba aire ruidosamente y me miraba con cierta prevención, como si tuviera derecho a reprocharle algo a su salvador. Sus extremidades estaban inmovilizadas con una cuerda verde de las que se utilizan para tender la ropa, lo que ponía una nota grotesca en semejante drama.<br />
El enfermo de licantropía (y eso que la noche no estaba presidida por la luna llena que suele propiciar estas transfiguraciones) intentaba recobrar el resuello tras sus penurias subterráneas. Entretuve mi mirada en su cara, pero sus facciones ocultas por su plétora de pelo crecido e hirsuto me vedaban esta intrusión visual.<br />
Cuando se repuso de su acaloramiento interrogué a aquel feto humanoide, sin poder evitar que me entrara una risa histérica, acerca del responsable de su sepultura precoz. Antes de que alguien me tache de insensible quiero aprovechar para decir por experiencia que la risa auténtica (no me refiero a esa risa forzada de corteses pretensiones que tanto se prodiga en las reuniones sociales) es una mujer grosera que nunca acude a sus citas, pero que puede aparecer en circunstancias tan inoportunas como en un velatorio o en un entierro. Me imagino que la inhumana tensión psíquica que había estado acumulando, me exigió entonces una descarga emocional en condiciones. No obstante, al engendro no pareció molestarle mi actitud divertida. Mientras lo ayudaba a desprenderse de sus ligaduras (por fortuna, los nudos eran tan aparatosos como ineficaces) el viviente póstumo me puso al corriente de su historia hablando con voz estropajosa. Aquel tipo, cuya espeluznante fealdad hubiera hecho palidecer al jorobado Quasimodo o al Abominable Hombre de las Nieves había nacido con el germen de una enfermedad congénita rarísima conocida como “síndrome del hombre-lobo” que incubó paulatinamente y acabó por manifestarse en toda su virulencia al alcanzar la mayoría de edad. Este síndrome hacía que toda la superficie de su cuerpo fuera infamado con una profusión pilosa desmesurada. Cuando su enfermedad empezó a hacerse patente en su fisonomía su familia renegó de él (sobre todo su padre, que era actor teatral que pisaban bien las tablas y le daba una vergüenza tremenda ante sus amistades hacer frente a aquel oprobio del destino) y lo confinó en un polvoriento desván en el que se acumulaban todos los cachivaches de la casa y donde le habían suministrado lo justo para sobrevivir, no tanto por caridad, como para no incurrir en un delito. Como es natural, esta crudelísima reclusión le había impulsado a deshacerse en obstinadas súplicas y peticiones de misericordia que sus allegados soportaron con una resignación empedernida. A los pocos meses, sus atribulados progenitores, demasiado cobardes como para mancharse las manos de sangre, pero deseosos de acabar con tanta escandalera extemporánea, tramaron un plan para deshacerse de él. La noche pasada, habían aprovechado que dormía, para entrar en la buhardilla y adormecerlo por medio de un somnífero que pudo ser cloroformo. El resto de la historia se queda en esa zona de nadie en la que sólo se puede conjeturar. Debieron de escoger para su temprana sepultura un solar abandonado o quizá ruinoso con tan mala sombra que aquel mismo día unas máquinas de la construcción emprendieron unas obras allí. Seguramente, la máquina que exhumó el cadáver, se había averiado antes de desprenderse de la última porción de tierra recogida. Así pues, el desventurado sujeto había permanecido enterrado en penosas circunstancias, envuelto en la negrura y en la asfixia, ensordecido de tanto silencio, con la claustrofobia oprimiéndole de una forma casi física.<br />
—Estaba a punto de tirar la toalla cuando oí ruido en el exterior —me contó incorporándose del horroroso catafalco—. No sabes cuánto me alegro de que me oyeras. Por cierto, ¿por dónde se baja de aquí?<br />
—No te preocupes —improvisé sin pestañear—, el suelo queda a poco más de dos metros. —Me acerqué despacio, pero con resolución al borde dentado de la pala y simulé que estaba preparándome para dejarme caer al suelo.<br />
El imprudente liberado se me adelantó y apenas tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que había sido engañado vilmente. En su salto al vacío sin paracaídas, lanzó un alarido estridente que concluyó de forma brusca y que me transmitió un sádico ataque de hilaridad, un salvaje paroxismo de carcajadas que amenazaba con cortarme la respiración.</p>
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