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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; historias para temblar</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>Por favor, no me hagas daño</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Dec 2010 19:52:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<description><![CDATA[Por favor, no me hagas daño – Tienes una casa muy bonita. – Es una porquería. Puedes decirlo&#8230;, no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo? – Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá. – Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad? [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-1667" title="cuentos de terror - Por favor, no me hagas daño" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/12/foto1.jpg" alt="" width="512" height="266" />Por favor, no me hagas daño</p>
<p>– Tienes una casa muy bonita.</p>
<p>– Es una porquería. Puedes decirlo&#8230;, no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo?</p>
<p>– Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá.</p>
<p>– Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad?</p>
<p>– Vamos, querida&#8230; Tu nombre es Tammy, ¿no?</p>
<p>– Tammy Johnson. Te lo he dicho al menos tres veces en el bar.</p>
<p>– Eso es. Tammy. No recuerdo bien las cosas después de haber bebido unas cuantas copas.</p>
<p>– Yo también bebí bastante y recuerdo tu nombre. Bob. ¿Eh?</p>
<p>– Eso es, eso es. Bob. Pero ¿por qué querría nadie lastimar a una dulce joven como tú, Tammy? Ya te dije en el bar que te pareces a esa actriz de nombre raro. La de Ghost.</p>
<p><span id="more-1654"></span></p>
<p>– Whoopi Goldberg.</p>
<p>– Oh, sí que eres graciosa. Graciosa y hermosa. No, la otra.</p>
<p>– Demi Moore.</p>
<p>– Sí. Demi Moore. ¿Por qué querría nadie hacer daño, a alguien que se parece a Demi Moore? Sobre todo después de que me invitaste a venir a tu casa.</p>
<p>– No sé por qué. Nunca sé por qué. Pero parece que los hombres acaban siempre haciéndome daño.</p>
<p>– Yo no, Tammy. Ni hablar. Ése no es mi estilo. Soy amante, no luchador.</p>
<p>– ¿Cómo es que eres marino, entonces? ¿No me dijiste que estuviste en la guerra del Golfo?</p>
<p>– Así fueron las cosas. Pero no dejes que el uniforme te asuste. Soy amante de corazón.</p>
<p>– ¿Me amas?</p>
<p>– Si me dejas.</p>
<p>– Mi padre decía que me amaba.</p>
<p>– Oh, no creo que esté hablando de ese tipo de amor.</p>
<p>– Bien. Porque no me gusta. Él decía que me amaba y luego me hacía daño.</p>
<p>– A veces los niños necesitan un cachete de vez en cuando. Sé que rni padre me amaba, pero de vez en cuando me salía de la raya, como un clavo que empieza a soltarse de una valla, y entonces tenía que zurrarme para que volviera a mi sitio. No creo que sea peor por ello.</p>
<p>– No hahlo de «cachetes», marinero. Si quisiera hablar de «cachetes » lo diría. Estoy hablando de hacer daño. Mi padre me lastimó muchas veces. Y lo hizo durante mucho, mucho tiempo.</p>
<p>– ¿Sí? ¿Y qué hacía para lastimarte?</p>
<p>– Cosas. Y me obligaba a hacer cosas todo el tiempo.</p>
<p>– ¿Qué tipo de cosas?</p>
<p>– Sólo&#8230; cosas. Le tenía que hacer cosas. Cosas para hacerle sentir bien. Luego me hacía cosas que decía me harían sentir bien, pero me hacían sentirme sucia y pegajosa.</p>
<p>– Oh. Bueno; ¿,no se lo dijiste a tu madre?</p>
<p>– Claro que sí. Muchas veces. Pero nunca me creía. Siempre me decía que dejara de decir cosas sucias y entonces me pegaba y me lavaba la boca con jabón.</p>
<p>– Eso es terrible. Pobrecita. Ven. Apretújate contra mí. ¿Qué tal?</p>
<p>– Bien, supongo, pero lo que era peor es que mi madre se lo decía a papá y entonces él se enfadaba y me lastimaba de verdad. A veces era tan malo que yo pensaba en matarme. Pero no lo hice.</p>
<p>– Ya lo veo. Y me alegro de que no lo hicieras. Qué despilfarro habría sido.</p>
<p>– No quiero hablar de mi padre. Ya no está y apenas pienso en él.</p>
<p>– ¿Se marchó?</p>
<p>– No. Está muerto. Y bien muerto. Tuvo un accidente en nuestra granja, hará unos siete años. Cuando yo tenía doce o así.</p>
<p>– Es una lástima&#8230;, creo.</p>
<p>– La gente dijo que fue un accidente muy extraño. El gran neumático del tractor, que llevaba años guardado en el granero, se soltó y le cayó en la cabeza. Le rompió el cuello por tres sitios.</p>
<p>– Vaya. Luego hablan de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.</p>
<p>– Sí. Mi madre decía que alguien tenía que haber empujado el neumático, pero recuerdo que oí al hombre de la compañia de seguros decir cuántos accidentes hay en las granjas. Accidentes malos. De todas formas, papá vivió unas cuantas semanas en el hospital y luego murió.</p>
<p>– Vaya. Pero hablemos de nosotros. ¿Por qué no&#8230;?</p>
<p>– Nadie pudo explicarlo. La máquina que respiraba por él se desconectó. El enchufe se salió solo de la pared. Yo lo vi cuando acababa de morir&#8230;; fui la primera en entrar en la habitación, de hecho.</p>
<p>– Eso parece terrible.</p>
<p>– Lo fue. Espera, déjame descorrer la cremallera. Sí, tenía la cara azul púrpura y los ojos rojos e hinchados por haber intentado inspirar aire. Mi madre estuvo triste durante algún tiempo, pero se recuperó. ¿Te gusta cuando te hago esto?</p>
<p>– Oh, nena, es magnífico.</p>
<p>– Es lo que solía decir papá. Oh, mira lo grande y dura que se te pone. Joe solía ponerse igual.</p>
<p>– ¿Joe?</p>
<p>– Sí. Poco después de que papá muriera mi madre se hizo amiga de un hombre llamado Joe y poco después empezaron a vivir juntos. Como decía, yo tenía unos doce años y Joe solía obligarme a que le hiciera esto. Y luego me hacía daño.</p>
<p>– Lamento oírlo. No te pares.</p>
<p>– No lo haré. La tuya es muy grande. No como la de Joe. La tenía torcida. Tal vez por eso la suya me lastimaba más que la de papá.</p>
<p>– ¿Cómo te libraste de él?</p>
<p>– Oh, no lo hice. Tuvo un accidente.</p>
<p>– ¿De verdad? ¿Otro accidente de granja?</p>
<p>– No. Ya no vivíamos en la granja. Vivíamos en una casa vieja en Lottery Canyon. Mi madre seguía trabajando, pero todo lo que Joe hacía era jugar con su viejo Cadillac&#8230;, ya sabes, el que tiene alerones.</p>
<p>– Sí. El del cincuenta y nueve.</p>
<p>– Lo que sea. Siempre estaba arreglándolo. Y siempre me hacía ayudarle&#8230;; ya sabes, estar presente y ver lo que hacía y pasarle herramientas y las cosas que pedía. Me enseñó un montón sobre coches, pero si no lo hacía todo bien, me lastimaba.</p>
<p>– Y apuesto a que casi nunca lo hacías todo bien.</p>
<p>– No. Nunca. Ni una sola vez. ¿Cómo demonios lo sabes?</p>
<p>– Una suposición afortunada. ¿Qué le pasó por fin?</p>
<p>– Los viejos frenos del Caddy se estropearon una noche cuando daba una de sus vueltas por la carretera del cañón para ir a la tienda de licores. Se salió y cayó treinta metros.</p>
<p>– ¿Se mató?</p>
<p>– Sí, pero no inmediatamente. Salió despedido y luego el coche le cayó encima. Se rompió las piernas por treinta sitios. Pasó un rato antes de que nadie le echara en falta y tardaron casi una hora en rescatarle. Y dicen que gritaba como un cerdo todo el tiempo.</p>
<p>– Oh.</p>
<p>– ¿Pasa algo?</p>
<p>– Uh, no. En realidad, no. Supongo que se lo merecía.</p>
<p>– Claro que sí. Pero no llegó al hospital. Entró en shock cuando le quitaron el coche de encima y vio lo que quedaba de sus piernas. Murió en la ambulancia. Pero espera&#8230;, déjame hacerte esto. Hmmm. ¿Te gusta?</p>
<p>– Oh, Dios.</p>
<p>– ¿Eso significa que sí?</p>
<p>– ¡Será mejor que así lo creas!</p>
<p>– A mi novio le encantaba.</p>
<p>– ¿Novio? Eh, espera un momento&#8230;</p>
<p>– No te molestes ahora. Échate para atrás y relájate. Mi ex novio. Muy ex.</p>
<p>– Será mejor que lo sea. No voy a caer en ninguna trampa.</p>
<p>– ¿Trampa? ¿Qué quieres decir?</p>
<p>– Ya sabes&#8230;; tú y yo nos enrollamos aquí y tu novio aparece y me despluma.</p>
<p>– ¿Tommy Lee? ¿Entrar aquí? Oh, hey, no pretendía reirme pero Tommy Lee Hampton no aparecerá por aquí ni por ningún otro sitio.</p>
<p>– No me digas que también ha muerto.</p>
<p>– No&#8230;, no. Tommy Lee está vivo todavía. Sigue viviendo en la ciudad. Pero apuesto a que desearía no hacerlo. Y apuesto que prefiriría haber sido más amable conmigo.</p>
<p>– Yo seré amable contigo.</p>
<p>– Eso espero. Tommy y Tammy&#8230;; parecía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces Tommy Lee era realmente agradable conmigo. Muchas veces. Pero sólo cuando yo hacía lo que él quería que hiciera. Como esto&#8230;, como lo que te estoy haciendo ahora. Me enseñó esto y me enseñó a hacérselo todo el tiempo.</p>
<p>– Puedo entender por qué.</p>
<p>– Sí, pero quería que se lo hiciera en público. Y otras cosas. Como cuando íbamos en el coche quería que yo&#8230;; mira, te lo demostraré&#8230;</p>
<p>– ¡Oh&#8230;, Dios&#8230; mío!</p>
<p>– Eso es lo que él decía siempre. Pero quería que se lo hiciera, cuando circulábamos junto a uno de esos grandes camiones para que el conductor pudiera vernos. O junto a un autobús Greyhound. O en un semáforo. O en un ascensor&#8230;; ¿quién sabe cuándo iba a pararse y quién entraría cuando se abrieran las puertas? Soy una chica encantadora, ¿no? Pero no soy de ese tipo de chicas. En absoluto.</p>
<p>– Parece que es un psicópata.</p>
<p>– Creo que lo era. Porque si no le hacía lo que quería, entonces se enfadaba y se emborrachaba, y me hacía daño.</p>
<p>– Otro no.</p>
<p>– Sí. ¿Puedes creerlo? Desde luego, tengo una mala suerte total. También le daba a las drogas. Siempre esnifando algo o tragándose una píldora tras otra, siempre intentando meterme en las drogas con él. Quiero decir que bebo un poco, como sabes&#8230;</p>
<p>– Sí, sabes acabar con los margaritas.</p>
<p>– Me gusta la sal, pero las drogas son otra cosa. Y él se enfadaba cuando yo le decía que no&#8230;; me llamaba Nancy Reagan, ¿puedes creerlo? Y me lastimaba de forma horrible.</p>
<p>– Bueno, al menos lo largaste.</p>
<p>– De hecho, se largó él.</p>
<p>– ¿Encontró a otra chica?</p>
<p>– No exactamente. Tomó un montón de pildoras y se emborrachó una noche y se quedó dormido en la cama con un cigarrillo encendido. Estaba tan borracho y colocado que se quemó la mayor parte del cuerpo antes de despertar.</p>
<p>– ¡Jesús!</p>
<p>– Jesús no tuvo nada que ver&#8230;, excepto tal vez en el hecho de que sobreviviera. Quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento del cuerpo, dijeron los médicos. Dicen que es un milagro que esté vivo. Si se puede llamar vida a lo que está haciendo.</p>
<p>– Pero ¿ qué&#8230;?</p>
<p>– Oh, no queda mucho. Es como un muñón vivo de tejido cicatrizado. Parece que está fundido. Ya no puede andar. Apenas puede hablar. No puede mover más que dos o tres dedos de la mano izquierda, y sólo un poquito. Algunos amigos que le conocían dicen que lo tiene bien empleado. Y es lo que digo yo. De hecho, se lo digo en la cara un par de veces a la semana cuando le visito en el hospital.</p>
<p>– ¿Tú&#8230; le visitas?</p>
<p>– Claro. No puede alimentarse y las enfermeras agradecen la ayuda. Así que voy de vez en cuando y le doy de comer. ¡Oh, cómo lo odia!</p>
<p>– Apuesto a que sí, sobre todo después de la forma en que te trató.</p>
<p>– Oh, no es eso. Me aseguro de que lo odie. Verás, le pongo cosas en la comida y le hago comerla. Ayer mismo le metí una cucaracha viva en una cucharada de puré de patatas. Se la metí en la boca y le hice masticar. Crunch-crunch, ñam-ñam, crunch-crunch. Tendrías que haber visto las lágrimas&#8230;, como un bebé grande. Y entonces yo&#8230;. ¿Eh? ¿Qué te pasa? Se te ha pasado el entusiasmo. ¿Qué pasa con&#8230;? Eh, ¿adónde vas? Empezábamos a pasarlo bien&#8230; Eh, no te vayas&#8230; Eh, Bob, ¿qué he hecho mal?&#8230; ¿Qué he dicho?&#8230; ¡Bob! Vuelve y&#8230; Juro&#8230;, juro que no comprendo a los hombres.</p>
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		<title>Museo de Cera</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 12:42:57 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-560" title="LinternaMagica3" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/02/LinternaMagica3.jpg" alt="" width="425" height="398" /><br />
Cada noche desde hacia tres meses recorría sus pasillos con su vieja linterna. Con la penumbra, aquellas figuras parecían incluso cobrar vida. Eran tan reales, estaban tan bien hechas. Afortunadamente, a el no le impresionaban. Recordaba en cambio las historias que le contaba los últimos días el guarda anterior, al que le aterraba pasar las noches sólo en aquel increíble lugar. Cada vez que realizaba la ronda una extraña sensación de compañía le aguardaba en cada esquina, sobre todo cuando debía atravesar el área de asesinos, monstruos y tortura. ¿En que cabeza cabía recrear aquellas escenas tan macabras?, solía decir. Sin embargo, era por mucho el área más vista de todo el museo. Era como si el ser humano disfrutase viendo el terror y el dolor ajeno. A veces, Roberto le contaba historias fantasiosas sobre figuras que aparecían de un día para otro, o sobre extrañas desapariciones. Pero, teniendo en cuenta su edad y lo mucho que bebía, no era de extrañar. Roberto era uno de los pocos vigilantes que había pasado allí algo más de dos años y en los últimos meses se negó a trabajar a solas. Al final Hendrix, el jefe, le tuvo que despedir. Lo cierto, es que el personal del museo tenía una de las rotaciones mayores que el hubiese visto en toda su carrera de guarda. Pero, dado el tipo de trabajo, tampoco era de extrañar. El trabajo en el museo era bastante monótono e iba claramente a menos y los sueldos también.<br />
<span id="more-559"></span><br />
Aquella noche, como otras tantas, Frank tomó una lata de coca cola y dio un trago antes de empezar su ronda. Mientras recorría los pasillos empezó a pensar en la rapidez con que se creaban nuevas figuras. Antes, cuando había un grupo de artesanos locales encargados de la creación y reparación de las figuras, no era tan sorprendente pero, desde que limitaron los fondos destinados al museo, era el propio Hendrix quien llevaba a cabo aquellas tareas.¿ De dónde sacaba el tiempo para todo aquello? Hendrix, el responsable del museo, había pasado toda su vida con aquellas figuras. A falta de familia había hecho de aquel museo su casa. Pasaba allí horas y horas, admirando a sus amigas las estatuas, sus obras de arte. De hecho, todas tenían un nombre cariñoso que el les había puesto. Tan sólo había una parte del museo que estaba totalmente vetada al personal y era la zona donde se montaban las nuevas figuras. No era de extrañar que les prohibiesen el paso ya que, cualquier pequeño contratiempo, podía enviar al traste la obra de varias semanas. La cera, hasta que no estaba completamente terminada, era un material excesivamente maleable y delicado como para dejar que cualquiera pasase cerca de ella.</p>
<p>Debía ser cerca de media noche cuando Frank, al pasar por la zona ambientada en el SXVIII, se fijó en aquella estatua. No recodaba haberla visto antes. Quizás, la habían colocado aquella misma mañana antes de que el entrase de guardia. Se acercó por detrás con sumo cuidado. Era una mujer de estatura media y ataviada con ricos ropajes y peluca blanca, típica de la época. Al verla de frente, por un segundo, creyó reconocer aquel rostro aunque, medio oculto tras aquel hermoso antifaz, dejaba gran parte de sus rasgos a la imaginación. Aquella mujer le recordaba a alguien, aunque no conseguía saber a quien. Tampoco era de extrañar que entre tantas caras de famosos y personajes célebres, alguna le resultase familiar. Seguramente que debía ser la reproducción de alguna noble que debió ser muy conocida en aquel periodo. Sin darle mayor importancia, Frank siguió con su ronda. Pasaron las horas y ya de madrugada Frank esperó con ganas que llegara María, la mujer de la limpieza y José, el encargado de día. Puntual como cada mañana, José llegó al museo con su destartalada motocicleta.</p>
<p>-¿Qué tal la noche? Preguntó como solía hacer cada día.<br />
-Bien, sin novedad en el frente, contestó Frank.<br />
-¿No ha llegado todavía María?<br />
-No. Igual llama diciendo que se encuentra mal. Ya sabes que siempre es la primera en llegar.</p>
<p>Entonces apareció por la puerta el viejo Hendrix.</p>
<p>-María no va a venir, ayer me notificó que dejaba el trabajo. Dijo Hendrix dirigiéndose a ambos.<br />
-¿Y eso? Si necesitaba la pasta más que ninguno de nosotros. Apuntó Frank.<br />
-Ya, pero por lo visto le ha salido otro trabajo mejor.<br />
-¿Así, de la noche a la mañana y sin despedirse de nadie? Dijo José sorprendido.<br />
-Bueno, menos charla y a trabajar. Dijo el viejo algo molesto por las dudas.</p>
<p>José se cambió e inició la ronda como cada mañana pero, cuando llegó a la altura de la zona dedicada al SXVIII, al igual que a Frank, una nueva figura llamó su atención. Se acercó a ella y la miró atentamente. Aquel rostro le era familiar. Sin embargo, a diferencia de Frank, José levantó el antifaz. Era ella, era sin lugar a dudas, el rostro de María.</p>
<p>-¿A que le sientan bien los ropajes de época? Pregunto el viejo Hendrix desde la parte trasera de la sala.</p>
<p>José sobresaltado miró con horror al viejo loco. Se acercó a el y agarrándole por las solapas de la chaqueta exclamó:</p>
<p>-¿Qué le ha hecho a María?<br />
-Tranquilo. Ella está bien, tan sólo utilice su cara como patrón. ¿Acaso cree que soy un asesino?</p>
<p>Nervioso José retrocedió. La verdad es que quería creer aquellas palabras bajo cualquier concepto. La remota posibilidad de que aquella estatua fuese María le removía las entrañas.</p>
<p>-Hace un par de meses le pregunté si quería ceder su cara para una de las estatuas a cambio de algo de dinero y la chica lo hizo encantada.<br />
-Lo siento. Se parece tanto que por un instante yo…<br />
-Le entiendo pero otra vez, controle sus impulsos. Dijo el viejo mientras se alejaba por el pasillo.</p>
<p>José miró nuevamente la figura y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Se parecía tanto a ella.</p>
<p>El día, pese a ser festivo pasó relativamente tranquilo. Un grupo organizado, alguna familia, alguna pareja…Sin darse cuenta le dieron la ocho, la hora de cerrar. Cuando estaba cambiándose llegó Frank. José contrariado por lo ocurrido con Hendrix le explicó la historia a su compañero.</p>
<p>-Pues vaya susto te tuviste que dar.<br />
-No lo sabes bien.<br />
-Ya decía yo que me sonaba su cara; normal.<br />
-Creo que lo de trabajar en este decrépito museo me está afectando. No sería mala idea buscar algo fuera de aquí como ha hecho María. Contestó José.<br />
-¿Así que quiere dejarnos, señor Manzano? Preguntó desde detrás de la puerta de entrada a los baños.<br />
-Bueno, yo no he dicho exactamente eso…Contestó José tratando de excusarse.</p>
<p>Pasó una semana y una mañana, cuando Frank esperaba la llegada de José, un nuevo vigilante apareció en el centro.</p>
<p>-José ha cumplido finalmente con sus deseos y ha encontrado algo mejor. Le presento a Ernesto, el nuevo guarda. Dijo Hendrix anticipándose a la pregunta de Frank.<br />
-¿Sin despedirse? Preguntó Frank dando nula credibilidad a las palabras de su jefe.<br />
-Quizás no era tan buen amigo como usted pensaba. Contestó el viejo en tono irónico.</p>
<p>A la noche siguiente, Frank dio rienda suelta a su intuición. Que María se fuese sin despedirse, cabía dentro de la probable pero que lo hiciese José, no. Lo que Hendrix no sabía era la relación que ambos tenían incluso fuera del trabajo. José jamás se hubiese ido de aquella manera. Nervioso, Frank se acercó a la estatua de aquella mujer, pero esta vez dispuesto a borrar toda duda. Le quitó con delicadeza el antifaz y observó atentamente su cara. Entonces, asomando ligeramente bajo la blanca peluca Frank creyó ver algo fuera de lo normal. Con cuidado trató de levantar ligeramente la peluca. Cuál fue su sorpresa cuando tras ella, una hermosa cabellera negra idéntica a la de María, salió a relucir. ¿Quién iba a recrear la existencia de un pelo real bajo la peluca blanca? Aquello no tenía sentido. Inquieto, se acercó a otra figura del mismo periodo y tiró fuertemente de su peluca. Tal y como imaginaba, bajo aquella peluca no había nada más que un desnuda cabeza de cera. Sobrecogido, regresó frente a María y con las uñas trató de arrancar la cera que yacía sobre su piel. Tal y como imaginaba, en cuanto hubo arrancado una fina capa, entre sus uñas Frank descubrió rastros de sangre y de piel.<br />
Alterado, Frank decidió que ya era hora de entrar en el taller de aquel viejo loco y ver que terribles secretos guardaba allí. Sin dudarlo forzó la puerta y entró en aquella sala.</p>
<p>-¡Que has hecho! Exclamó la voz del viejo Hendix desde su interior. Ahora vendrán a por ti.<br />
-¡Usted la mató!<br />
-Yo no maté a nadie. Dijo mostrándole el cuerpo de José convertido en una nueva estatua lista para decorar la sala egipcia.<br />
-¡Dios! ¿Por qué? Preguntó Frank apuntando al viejo con su revolver.<br />
-No soy yo. Son ellas, las verdaderas propietarias del museo; las figuras.<br />
-¿Cómo?<br />
-Saben que cada vez viene menos gente a verlas y que tarde o temprano acabarán por cerrar el museo. Ya no hay presupuesto para nuevas estatuas y por eso, cuando alguno de nosotros amenaza con irse…ellas sólo aprovechan. ¿Sabe usted lo cara que va la cera? Yo sólo trato de convertir el horror en arte.</p>
<p>De pronto, Frank sintió pasos tras de sí. Asustado, giró rápidamente su cabeza. Tras de sí, un auténtico ejercito de estatuas avanzaban como zombies con los brazos extendidos. Frank empezó a disparar indiscriminadamente.</p>
<p>-El plomo no sirve de nada. Ya están muertas. Dijo Hendrix sonriéndose mientras Frank chillaba con la expresión desencajada. No te resistas Frank, o todavía será peor.</p>
<p>A la mañana siguiente, el museo no abrió sus puertas. Un cartel colgado en la entrada dictaba. “Cerrado por restauración y mantenimiento de las figuras”.</p>
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