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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; historias de miedo</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>Historias de actividad sexual paranormal</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jan 2012 22:27:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/6BE8607CD.jpg" alt="" border="0" /></p>
<p>Algunos cazafantasmas e investigadores del mundo fantasmal tienden a meter este tema &#8220;debajo de la alfombra&#8221;; ya sea porque no les ha ocurrido todavía, o porque las pocas o muchas veces que han lidiado con casos parecidos, por un motivo u otro, han quedado demasiado avergonzados para hablar del tema, sin embargo, el fenómeno, muy por encimade su rareza y del hecho que el obvio morbo referente al tema en la cultura popular, la posibilidad de contactos sexuales deseados o no entre seres fantasmales y personas vivas es una realidad real, palpable para muchos -principalmente víctimas inocentes-, y tema dealgunos de los estudios más apasionantes y obviamente, controversiales del mundo paranormal.</p>
<p>Muchos creen obviamente -y no soy quién para juzgarlos-, que todo esto es el absurdo paranormal en el más alto grado,&#8230; pero los antecedentes de los reportes acerca deencuentros sexuales entre entidades del mundo espiritual y personas vivas llegan en muchos casos a ser tan frecuentes y tan antiguos que una ligera revisión permite descartar la imagen creada en la mente del común de la gente al respecto, tal como fue presentada, demanera picaresca y cómica en la recordada primera entrega de la película &#8220;Cazafantastmas&#8221;: para la gran mayoría de la gente, la actividad sexual paranormal (como prefieren llamarla los investigadores), suele ser cualquier cosa, menos tema de risa en casi todos sus casos.</p>
<p>Antecedentes</p>
<p>La posibilidad de encuentros íntimos entre seres encarnados y desencarnados ha estado presente desde el inicio de la historia humana, principalmente en mitos y leyendas que han creado el corpus de creencias de muchas religiones y cultos antiguos y repartidos en todo el globo, por lo que no me extenderé en esto, debido a que en todas las culturas, ha sido aceptada la posibilidad de contacto amorosos entre los vivos y los fallecidos y rebuscar en busca de registros de encuentros íntimos no es muy difícil para un lector acucioso; más bien reseñaré los casos que más han atraído a través de la historia a investigadores parapsicológicos y psiquiatras: en la Baja y Alta Edad Media empezaron a registrarse minuciosamente los reportes acerca de encuentros sexuales y abusos perpetrados por entidades del mundo espiritual: los famosos &#8220;íncubos&#8221; o &#8220;súbucos&#8221;, los cuales aún son analizados por la psicología moderna. Ya entrado el siglo XIX y con la expansión del espiritismo a nivel mundial, empezaron las investigaciones serias con respecto a las agresiones sexuales por parte de entidades y espíritus del denominado &#8220;bajo Astral&#8221;. <span id="more-4296"></span></p>
<p>Pero no fue sino hasta 1974, cuando los parapsicólogos de del Laboratorio deParapsicología de la Universidad de California se toparon con el caso de Carla Moran (Doris D), uno de los primeros casos documentados y analizados de actividad sexual paranormales (y vale destacarlo, uno de los casos más extremos y agresivos); el ya famoso caso de &#8221;El Ente&#8221; y el cual nunca pudo explicarse satisfactoriamente. A partir de entonces, son pocos los parapsicólogos que nieguen la posibilidad de no sea posible encuentros sexuales de algún tipo con un ente desencarnado, pero aún así, es un tema aún un tanto vetado.</p>
<p>Hay muchos fantasmas que aún vagan buscando amor en este mundo,.. y también hay los que buscan un contacto más íntimo y a veces carnal, por lo que asumiendo que un fantasma o alma en pena está &#8220;atrapada&#8221; en nuestro mundo por causas y bajas pasiones terrenales en muchos casos, ya no se descarta que existan fantasmas que quieren tener encuentros sexuales con los vivos. La experiencia de un real contacto sexual paranormal -para los que lo han experimentado-, es tan vívida que realmente puede convertir a cualquier persona en creyente convencido, ya en el caso del investigador paranormal como en cualquier otra persona.</p>
<p>¿Dónde y cómo puede ocurrir? Por supuesto, hay muchos lugares embrujados en el mundo donde uno puede ir &#8220;a la caza&#8221; de experiencia real de la actividad sexual paranormal. Hay yse han investigado reportes de lugares tales como hoteles, restaurantes, cementerios, espacios públicos en todo el mundo en el que los encuentros sexuales con fantasmas son más que comunes y se dan cada día. En bien sabido embrujada ciudades como Gettysburg, San Francisco, Nueva Orleans, Sacramento, Portland y la mayor parte de Oregon, París, Roma y Tokio Charlotte, Carolina del Norte para nombrar solo algunos. La historia más frecuente y común es las referentes a las &#8220;entidades molestosas&#8221;: la típica y archiconocida palmada grosera por parte del fantasma que frecuenta desde décadas un bar o restaurante embrujado. De este tipo de historias, hay casi una por cada ciudad o pueblo del mundo.</p>
<p>Igualmente, son muy frecuentes las entidades fantasmales que se manifiestan como una suerte de más agresivos abusadores invisibles: los fantasmas que realizan el &#8220;frottage&#8221; (frotarse), con sus ocasionales víctimas: roces que pueden la nítida sensación de contactode casi todas las partes del &#8220;cuerpo&#8221; (del fantasma se entiende), incluyendo las nalgas, los pechos, abdomen, muslos, pies, manos, piernas y órganos sexuales &#8220;astrales&#8221;, sin penetración. Toda una agresión por parte de un pervertido fantasmal. Si una experiencia así puede ser muy desagradable, ¡imagínese si descubre que lo ha perpretado contra usted un ser que no es de este mundo!; tanto en este caso como en el anterior, sucede más frecuentemente a mujeres, pero no es una regla general.</p>
<p>A menudo, algunos espectros invisibles utilizan el frottage como una etapa temprana de la intimidad sexual, y antes de atreverse a un contacto más explícito, o como un sustituto de la relación sexual pero para mantener un mayor grado de control sobre la persona que están embrujados, por lo que uno debe de tener cuidado al sufrir este tipo de agresión fantasmal yno tomarla a la ligera.</p>
<p>La frontera que pocos traspasan: sexo con un fantasma Hoy, muchos cazadores defantasmas y investigadores de fenómenos paranormales son conscientes de lo que paso a reseñar pero deciden no hacerlo público por muchas razones: muchos &#8220;cazafantasmas&#8221; e Investigadores paranormales están saliendo en busca de fantasmas,&#8230;con el propósito real ydirecto de tener y propiciar encuentros sexuales reales con ellos:</p>
<p>&#8220;Comencé mis experimentos, desafiando al fantasma a atacarme -nos cuenta una investigadora norteamericana-, &#8220;en el momento del inicio de mi investigación, se conocía muy poco acerca de este tipo de fantasmas. La estimulación de un fantasma real en mis pezones fue el primer encuentro sexual real que tuve con una entidad invisible. Yo estaba muy sorprendida, se asustó: esto me pasó en un lugar público en 1967. Realmente pensé que estaba volviendo loca, pero sé que realmente le pasó a mi&#8221;.</p>
<p>&#8220;Sin embargo a partir de hoy y para mi, la única manera de documentar una situación como lade un encuentro sexual con un fantasma real es que le suceda a usted personalmente. De lo contrario, no tienen ninguna prueba, salvo para tomar la palabra de la persona que le dice que pasó con ellos&#8221;.</p>
<p>Para un investigador neófito o un simple curioso, entrarle a este jueguito es un asunto que es preferible evitar: una entidad invisible puede penetrar fácilmente a través de las bragas, sostenes, pantimedias, medias, o medias y la ropa sin ningún problema,&#8230;</p>
<p>&#8220;Durante los años que he estado en contacto cercano con muchos que han experimentado este tipo de comportamiento sexual con fantasmas reales, y recientemente he estado en contacto con muchos grupos -de investigadores-, que sus miembros lo han sufrido en varias ocasiones -nos relata Greg Ashford, investigador paranormal-, muchos no saben cómo detener esas actividades: yo les digo a ellos que busquen un exorcista&#8221; .</p>
<p>&#8220;La fascinación por el contacto sexual con fantasmas reales es lo que más preocupa a muchos en la comunidad paranormal en la actualidad: hay varios grupos en mi opinión deque están caminando en terreno peligroso. Hay &#8220;cazafantasmas&#8221; incautos que piensan que lo que se ve en la televisión es todo lo que te puede pasar y que para todo eso hay un documento o una solución, pero cuando un fantasma los lleva sin que ellos lo deseen, al nivel de placer sexual y del dolor, ¿qué harán entonces?,&#8230; en mi opinión hay cazadores defantasmas demasiado novatos que pueden estar ya permanentemente dañados o mentalmente marcados de por vida. y a menos que tomen conciencia de los peligros de lo que un fantasma depredador sexual les pueden y les van a hacer&#8221;.</p>
<p>Greg Ashford es un investigador paranormal que ha estado investigando los fantasmas reales y la actividad de los mismos como perseguidores sexuales, en todo Estados Unidos desde 1976. Sus estudios profundos le han conseguido a él muchas asombrosas revelaciones sobre el mundo de los fantasmas y de otras entidades que realmente nos agreden de golpe en la noche.</p>
<p>La agresión sexual paranormal Este tipo de casos, no infrecuente es, de los más brutales ytraumáticos y como hemos podido ver, puede ser provocado por la víctima o no, y provocarlo me parece algo menos que estúpido;</p>
<p>&#8220;Súbitamente, a través de mi ropa que me sentí algo en mi región genital, y dos manos me tomaron fuerte, sin soltar mis hombros, empujándome a la cama a la fuerza. Luego se movió. Yo estaba en el pánico así que empecé a gritar pero pesado una mano invisible y muy sólida me cubría la boca. Entonces me di cuenta de que la presión de lo que sentí como un hombre grande que estaba encima de mí y su presión sobre mis piernas cerradas. Todo se interrumpió a los 20 minutos, al sentir el colapso pesado de ese cuerpo encima de mí. Y luegode pronto ya no estaba. Y yo estaba temblando y temblando por este contacto sexual fantasmal: me violaron, en esencia, por una fuerza invisible, muy real, malvada, fuerte&#8221;-, nos relata una víctima involuntaria de identidad en reserva.</p>
<p>Las experiencias de actividad sexual paranormal son en fin un tema delicado, aterrador en casi todos los casos, y algo para tomar en serio,.. y esto aún si a alguien le parece interesante, como fetiche personal, vivir tal tipo de experiencia.</p>
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		<title>El sueño de Claudia</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 21:23:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-4272 alignleft" title="1894080-2595091" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/1894080-2595091-300x237.jpg" alt="" width="300" height="237" />Claudia se despertó bastante temprano, teniendo en cuenta que la noche anterior había salido con sus amigas hasta muy tarde. En realidad, todavía hubiera dormido varias horas más, si el truculento desenlace de su sueño no le hubiera provocado un terror tan intenso. Ahora apenas podía recordar los acontecimientos. En cambio, la avasalladora sensación de terror con la cual estos habían culminado la recordaba tan bien que, durante un terrible instante, pensó que jamás podría olvidarla. Por suerte, no tardó en comprender que no sería así. De hecho, pocos minutos después su recuerdo de la misma contenía más extrañeza que verdadero terror. Definitivamente, los inofensivos horrores de las pesadillas siempre son pueriles y casi ridículos si se comparan con los del mundo real… bueno, una vez que la pesadilla ya ha terminado, se entiende.</p>
<p>Una fría noche de otoño cae sobre los barrios portuarios de Le Havre. Año 1941. La trastienda de un humilde tenducho sirve de sede para la reunión. La oscuridad es casi absoluta. Las luces están apagadas, las persianas bajadas. Solo una vela colocada sobre la mesa atenúa con su resplandor incierto aquel imperio de tinieblas. En torno a la mesa, rostros pálidos, serenamente desesperados, susurros tras los que se esconden gritos de angustia, silenciados por el mismo terror que en otras circunstancias ellos mismos hubieran expresado. Lara toma la palabra:<br />
<span id="more-4271"></span><br />
-Supongo que ya sabrás que Rui ha sido capturado por la GESTAPO. Estaba en su casa, escuchando a De Gaulle por la radio, cuando varios nazis, apoyados por los gendarmes, derribaron la puerta y lo encañonaron con sus armas. Esto lo sé por David, que estaba con él y pudo escapar por la ventana de la cocina, la que da al patio trasero. David tuvo mucha suerte. Primero, fue casualidad que en ese preciso momento hubiese ido a la cocina a servirse un vaso de agua. En segundo lugar, había varios agentes vigilando el patio, pero eran de los nuestros (en realidad, todos son de los nuestros cuando los nazis les dejan) y le permitieron escapar. Incluso le suministraron un uniforme de gendarme para poder esquivar los controles. Ahora está escondido en mi casa, pero sabe que si sale no tardarán en detenerlo.</p>
<p>Claudia apenas pudo contener el sollozo que luchaba por huir de su pecho cuando le preguntó a Lara, con voz trémula:</p>
<p>-¿Y Rui? ¿Qué ha sido de él?<br />
-No te puedo decir más de lo que ya sabes. Está detenido e incomunicado. No podemos hacernos ilusiones. Ya era bastante malo que en aquel preciso momento estuviera escuchando la radio de la Francia libre, pero, si además han registrado la casa y han encontrado los papeles, entonces… Claudia, sé cuánto lo quieres. Pero me temo que apenas hay esperanza para él. Solo aguardo que no nos delate en los interrogatorios.</p>
<p>Claudia se olvidó de toda prudencia y estalló:<br />
-¡Sabes que él nunca haría eso, no tienes derecho a dudar de su valor solo porque ellos hayan tenido la suerte de atraparlo! ¡Toda esta mierda te está volviendo cruel!</p>
<p>Dicho esto, Claudia se llevó las manos a la cara y estalló en sollozos. Lara se levantó y abrazó a su amiga, intentando consolarla con caricias y palabras teñidas de dulzura (aunque no de esperanza):</p>
<p>-No se trata de valor. La GESTAPO conoce métodos para infligir un sufrimiento que va más allá de cualquier límite. Y, aunque no consigan quebrantar su espíritu mediante torturas, pueden amenazarlo con represalias contra su familia. Yo no soy cruel al dudar de Rui, lo sería si esperara de él un estoicismo antinatural. Solo podemos esperar que no lo consideren lo suficientemente importante como para torturarlo y se limiten a enviarlo a un campo de prisioneros. A fin de cuentas, sus papeles no eran especialmente comprometedores. Solo pueden acusarlo de ideas subversivas, no de participación en sabotajes ni de colaboración con la Resistencia armada.</p>
<p>-¿Y te parece poco que se lo lleven a uno de esos infiernos?<br />
-Si lo que quieres es volver a verlo, siempre habrá más esperanzas para él en un infierno que una fosa común. Escúchame bien. A David lo buscan, yo ya soy muy sospechosa. Capturado Rui, tú eres la única de nosotros en la que aún confían. Claudia, lo mejor que puedes hacer por él es impedir que, al final, su trabajo no haya servido para nada. Pero tendrás que hacerlo sola. Entiéndeme, yo no te obligo, pero…</p>
<p>Claudia, en un arrebato de rabia, contuvo sus lágrimas para decir, con una voz entrecortada, que delataba el trágico ardor de un corazón valiente, enamorado más allá de todos los límites:</p>
<p>-Puedes contar conmigo. Puedes contar conmigo hasta la muerte.<br />
-Rui (tú lo recordarás) siempre decía que así es como se ganan las guerras: no temiendo morir en ellas. Pero el valor no debe confundirse con la temeridad. Sé prudente. No uses un arma, arréglatelas para envenenarlo o algo así.<br />
-Eso jamás. Tengo mi pistola y quiero ver la cara que pone ese cerdo cuando le apunte con ella.<br />
-Recuerda que estarás sola y que habrá al menos cinco hombres con Nessler.<br />
-En mi pistola hay seis balas. Por tanto, seremos fuerzas iguales.</p>
<p>Sábado por la noche en el Chapeau Rouge. Karl-Heinrich Nessler, comandante de las SS y uno de los principales carniceros de la represión, acudía, como de costumbre, al local para tomar una copa (o más) en compañía de sus guardaespaldas. La muerte de aquel hombre brutal no contribuiría mucho a la victoria de los aliados, pero sí llenaría de satisfacción a muchas familias destrozadas por la pérdida de algún ser querido. Claudia estaba allí, elegantemente vestida e irresistiblemente bella. Según el plan original, también tendría que haber estado Rui, vestido de camarero y con una pistola en el bolsillo para cubrirle la retirada. Pero las cosas se habían torcido y Claudia estaba sola. Una vez que el alcohol hubo teñido de color las pálidas mejillas de Nessler, este le dirigió un guiño a Claudia, quien respondió a él con la más seductora de sus sonrisas. Un momento después, Nessler y Claudia subían tranquilamente por las escaleras, rumbo a una alcoba de la planta superior, la mejor del hotel, especialmente reservada por el nazi para aquellas situaciones. No era, ni mucho menos, la primera vez que Claudia entraba en aquella habitación.</p>
<p>Mientras Nessler, sentado sobre la cama de matrimonio, se quitaba las botas, con manos vacilantes que delataban el abuso del alcohol, Claudia, a la vez que contemplaba su hermoso rostro en el espejo, se desprendía de su abrigo y se soltaba el cabello. Fue como si una cascada de ébano se despeñase por pendientes de alabastro. El alemán se levantó torpemente y besó sus hombros desnudos con labios ardientes. Nessler era medio alsaciano y hablaba perfectamente el francés. Le dijo, con una voz susurrante, muy impropia de él:</p>
<p>-Ma petite Claudette, merece la pena hacer la guerra solo para conseguir a una mujer como tú.<br />
Claudia, sin dejar de mirarse en el espejo, sonrió dulcemente y le respondió:</p>
<p>-¿Hacer una guerra solo para buscar chicas guapas lejos de casa? Me parece que tu Führer no estaría de acuerdo contigo.<br />
-¡A la mierda el Führer! ¿A quién le importa lo que opine ese tarado?<br />
Claudia fingió escandalizarse y dijo, riendo sin alegría:<br />
-¡Dios mío, Karl! ¡Si has hecho fusilar a mucha gente por decir cosas así! Eres un niño muy malo.<br />
-¡Y tanto! Ayer mismo mandé matar a uno de la Resistencia, al que pillamos escuchando emisoras ilegales. Lo curioso del caso es que, si no lo hubiesen fusilado, el muy bestia habría muerto igual, desangrado por sus propios dientes. ¡El pobre diablo se cortó la lengua a mordiscos cuando los chicos de la GESTAPO lo llevaban a los interrogatorios! En fin, nuestros amigos japoneses solían hacer algo parecido cuando los cogían prisioneros, en los viejos tiempos de los samuráis. ¡ Al infierno con él!<br />
Claudia permaneció impasible mientras escuchaba aquellas palabras de borracho sincero. Sus ojos se habían quedado definitivamente secos, ya habían agotado hacía varios días todo su caudal de lágrimas. Y, en el fondo, siempre había sabido que Rui estaba perdido para siempre desde el momento de su captura. Incluso era mejor así.<br />
Nessler se tumbó en la cama, aguardando a su amante con una sonrisa sensual en la boca. Esta, sin dejar de mirarlo con misteriosa dulzura, le dijo:<br />
-Espera, tengo en el bolso algo que me gustaría enseñarte.</p>
<p>Nessler acentuó su sonrisa cuando vio que Claudia extraía del bolso una pistola de juguete. No dejó de sonreír en ningún momento, ni siquiera cuando la pistola, que no era de juguete, vomitó una bala que le atravesó la frente. Su cerebro, congestionado por el alcohol y la lujuria, nunca llegó a asimilar que había caído en una trampa.</p>
<p>Poco después, Claudia se enfrentó a los cinco guardaespaldas de Nessler. Hubo un intercambio de disparos en el rellano superior de las escaleras. La valerosa muchacha se olvidó de sí misma hasta que todos sus enemigos hubieron caído al suelo para morir sobre los peldaños ensangrentados. A cada uno de ellos le había adjudicado una sola bala letal, dirigida hacia el cerebro con matemática precisión. Solo entonces, Claudia cobró conciencia de que su propio cuerpo había sido literalmente acribillado a balazos. Su vida, cálida y roja, huía a borbotones por mil heridas distintas. Se dijo:</p>
<p>-En fin, ya solo me queda morir para ser una heroína.</p>
<p>Dicho y hecho.</p>
<p>Claudia había visto, pocos días antes, Origen, donde había escuchado que, si te mueres en un sueño, tienes que despertarte.</p>
<p>Por eso no pudo seguir durmiendo después de haber probado el sabor de la nada en estado onírico. Aunque se sentía cansada, optó por levantarse al ver que ya era de día. Se miró en el espejo del cuarto de baño. Su rostro, aunque siempre bello, se presentaba más pálido y ojeroso que de costumbre. Quizás la noche anterior se había pasado con los cubatas. Tras haberse desnudado para ducharse, comprobó, disgustada, que los mosquitos se habían ensañado con su cuerpo mientras dormía. Varios puntitos rojos rompían la inmaculada blancura de su piel en su cuello y en sus hombros. Quizás había alguna relación entre aquellas picaduras, que ella no había sentido, y los malos sueños que habían asaltado su mente.</p>
<p>Claudia, ya completamente despejada por el frío aire matinal, entró en una cafetería para desayunar. No había mucha gente, pero el camarero no la daba atendido. Hacía cualquier cosa (limpiar el mostrador, charlar con otro cliente, repasar el contenido de la caja registradora…) menos atenderla, como si no la hubiera visto. Claudia, demasiado educada para protestar, optó por echarle paciencia al asunto. Cogió un periódico para entretenerse mientras no la servían. Le interesaba sobre todo echarle un ojo a la cartelera cinematográfica.</p>
<p>Pero lo que más le llamó la atención fue una esquela.</p>
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		<title>Miedo a la deriva</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 16:38:50 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone  wp-image-4263" title="e27211728cf71cdd97e8068" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/e27211728cf71cdd97e8068.jpg" alt="" width="524" height="284" />El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.</p>
<p>El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.</p>
<p>El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.</p>
<p>El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.</p>
<p>Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.</p>
<p>-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!</p>
<p>Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.<br />
<span id="more-2030"></span><br />
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo. ¡Dame caña!</p>
<p>-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer espantada.<br />
<!--more--><br />
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!</p>
<p>La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.</p>
<p>-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.</p>
<p>Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.</p>
<p>Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.</p>
<p>El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez-dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.</p>
<p>La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.</p>
<p>La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.</p>
<p>-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.</p>
<p>-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.</p>
<p>El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.</p>
<p>El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.</p>
<p>El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.</p>
<p>El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.</p>
<p>¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.</p>
<p>Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.</p>
<p>De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también&#8230;</p>
<p>Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo&#8230; ¿Viernes? Sí, o jueves . . .</p>
<p>El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.</p>
<p>-Un jueves&#8230;</p>
<p>Y cesó de respirar.</p>
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		<title>Angeles caidos</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 16:28:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia de Vampiros]]></category>
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		<description><![CDATA[Estaba allí sentada en la oscuridad de aquel local, con toda la gente alrededor, pensando que no me veían. Buscando entre la penumbra de aquel sitio, encontré un hombre que me llamó la atención porque tenía algo misterioso. Era blanco como la nieve que cae en invierno sobre los árboles y la hierba, sus manos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-4260 alignleft" title="ANGEL CAIDO - CORAZON DE VAMPIRO" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/ANGEL-CAIDO-CORAZON-DE-VAMPIRO.jpg" alt="" width="400" height="320" />Estaba allí sentada en la oscuridad de aquel local, con toda la gente alrededor, pensando que no me veían. Buscando entre la penumbra de aquel sitio, encontré un hombre que me llamó la atención porque tenía algo misterioso.</p>
<p>Era blanco como la nieve que cae en invierno sobre los árboles y la hierba, sus manos parecían frágiles, pero a la vez fuertes, su pelo era negro como las noches que tapan las ciudades, sus ojos eran como dos estrellas que han bajado del cielo, los luceros que me alumbraban según se movía, su boca era de color rojizo y suave.</p>
<p>Era como un ángel caído del cielo. Pero aún así algo malévolo había en su ser. Me di la vuelta un momento, solo un simple segundo y había desaparecido. Quise gritar y pensé: &#8221; quizá está fuera&#8221; me levanté, sin decir nada y salí a la calle.</p>
<p>En la calle, la lluvia tocaba toda mi pálida piel, miré para todas partes pero fue inútil, no había nadie, ni un alma en aquel callejón. Me arrodillé en el suelo y reclamé al ángel negro que lo trajera aquí de nuevo. Me levanté porque mis plegarias no habían tenido respuesta, de repente en la oscuridad de la noche, vi unos ojos verdes que salían de ella, avanzó hacia a mi, me miró a los ojos, agaché la mirada, él me la levantó y me puso la chaqueta por encima, se acercó a mi oído y me dijo: &#8220;no te asustes, no quiero hacerte nada&#8221;,<span id="more-4259"></span> yo le respondí: “yo no tengo por qué asustarme de ti, era algo bello y maravilloso como me sonrió y volvió a decir:&#8221;te amo, eres como un ángel que se ha escapado del cielo, desde hace mucho tiempo nadie me aclamaba o me buscaba no me dio tiempo a decir nada más, él se deslizó hacia mi cuello y me mordió suavemente para que no sufriera mucho, una gota de sangre fue deslizándose hasta mi pecho, sentía que mi corazón separaba poco a poco, me cogió en brazos y dijo: “yo te cuidaré para que siempre te quedes a mi lado amor mío, yo en un agonía le contesté: “yo siempre me quedaré contigo viva o no, siempre estaré contigo &#8211; NO, TU VIVIRAS!!! eres fuerte y mi corazón no aguantaría perderte, serás la princesa de las tinieblas, yo le abracé fuertemente, los dos nos metimos en la oscuridad para no salir nunca.</p>
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		<title>Mirándome fijamente</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 13:07:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta noche estoy agotado. El trabajo estuvo fuerte el día de hoy. Salí a las 8:30 pm y llegue a mi casa casi a las diez. Nada mejor que un baño para relajarse y refrescarse, y después de haberme preparado algo de comer, iré a la cama a dormir. Espero no volver a soñar con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/beso.jpg" alt="" />Esta noche estoy agotado. El trabajo estuvo fuerte el día de hoy. Salí a las 8:30 pm y llegue a mi casa casi a las diez. Nada mejor que un baño para relajarse y refrescarse, y después de haberme preparado algo de comer, iré a la cama a dormir.</p>
<p>Espero no volver a soñar con ella. Las últimas dos semanas no he dormido bien, he tenido sueños con mi esposa… murió hace ya casi un año. Pasado mañana lo cumplirá. Quizá sea eso el motivo de mis sueños. Murió en esta misma cama, según los doctores, producto de un infarto. No les creí… Ella se cuidaba mucho, estaba sana, su corazón jamás había causado problemas. Fue un duro golpe en mi vida que me tomó por sorpresa.</p>
<p>Sueño todos los días lo mismo… La veo morir en este cuarto, yo estoy de pie al lado de la cama. Me habla pero no la puedo escuchar… Y no puedo leer sus labios. La veo sufrir, su rostro expresa el terror y de repente simplemente se queda quieta… muerta. Y no puedo moverme para ayudarla.</p>
<p>No entiendo ese sueño. No quiero volver a tener esa pesadilla, porque eso es lo que es, si, una pesadilla. Quiero dormir… descansar… Estoy muerto…</p>
<p>Me despierto, Volteo mi cabeza a la derecha para ver el reloj en la mesa de noche, son las 4:05 am. En menos de una hora tendré que levantarme para ir al trabajo. Y lo mejor de todo, es que no he soñado con ella… ¡Que bien!<br />
<span id="more-4255"></span></p>
<p>Tengo demasiada sed y calor, mucho calor. Iré a la cocina por un vaso de agua bien fría… Voy a levantarme pero… ¿Que me pasa? ¡No puedo hacerlo! Lo intento nuevamente y no puedo pararme, ¡que rayos!</p>
<p>Siento mi cuerpo pesado… no, no es eso… Siento un peso encima de mi, como si tuviera una persona en mi pecho… Y ahora tengo frío… Muevo mis brazos sobre mi pecho y no puedo creer lo que siento y menos lo que veo. Mis brazos y mis manos sienten un cuerpo, y esta muy frío. Un cuerpo de hombre, y mis brazos quedan en una posición que me recuerdan a mi mujer, cuando hacíamos el amor, ella encima de mí y sus pechos contra mi pecho, yo acariciando su espalda. Eso me producía placer… Esto me produce terror.</p>
<p>Tengo que estar alucinando, son ideas mías… seguro es eso… Intento levantar nuevamente… Sin éxito….</p>
<p>¡Maldita seaaa! ¡No puedo levantarme! Comienzo a desesperar, grito, pido ayuda, pero vivo solo, y la casa más cercana esta a bastantes metros de distancia… No sé que hacer… ¡Dios ayúdame!&#8230; No soporto esta sensación…</p>
<p>De repente abro los ojos, despierto agitado… ¡Era una pesadilla! ¡Una maldita y estúpida pesadilla! Gracias a Dios. Son las 4:28 am, aun me queda media hora para dormir. Giro a mi izquierda y le veo… A ella. Sus ojos verdes, su mirada muerta. Mi esposa muerta esta acostada a mi lado… Mirándome. Me sobresalto, quiero salir corriendo, pero no puedo hacerlo. Y siento una presión muy fuerte en mi pecho…</p>
<p>PD: ¿Pero qué es esto? Estoy en mi habitación de pie. ¡Puedo verme acostado en la cama!&#8230; Y puedo verlos… Ahora lo entiendo. El cuerpo de un hombre muerto encima de mi y acostada a mi lado, mi esposa muerta… ¡Mirándome fijamente!</p>
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		<title>Historia de miedo de la guillotina</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Jan 2012 18:32:59 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La plaza era una turba enajenada, sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro -como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba lista para la siguiente ejecución. -¡Cortadle la cabeza! ¡Cortadle la cabeza! –se escuchaba como un eco que iba y venía, entre otros de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-4247 alignleft" title="bloody" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/bloody.jpg" alt="" width="298" height="400" /></p>
<p>La plaza era una turba enajenada, sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro -como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba lista para la siguiente ejecución. -¡Cortadle la cabeza! ¡Cortadle la cabeza! –se escuchaba como un eco que iba y venía, entre otros de inhumana ferocidad. La muchedumbre apenas se abría para dar paso al carro tirado por caballos que se adentraba en la plaza. Con las manos atadas a la espalda y recostado en un lateral, el noble mantenía su mirada en la distancia, indiferente a la ventisca de insultos, frutas y huevos podridos que arreciaba sobre él. Los guardianes empujaban con sus lanzas a los exaltados que se acercaban al carro para escupirle en la cara, aunque muchos lo conseguían.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vio en lo alto al verdugo limpiarse las manos con un trapo, como un carnicero. Tenía el honor de ser el último ejecutado en este día de terror. Por el suplicio ya habían pasado sus cortesanos, sus amigos, sus familiares…a lo largo de las horas previas.</p>
<p>Le habían obligado a contemplarlo todo.<span id="more-4246"></span></p>
<p>Lentamente, fue conducido por las escaleras hasta la plataforma de la guillotina. Aquello era un lodazal de sangre y el hedor le produjo arcadas que apenas pudo contener. Desvió la vista del montón de cuerpos amontonados a un lado, donde pronto caería el suyo. La sucia hoja de acero le pareció suspendida a increíble altura. Desde la lejanía se le había antojado más baja.</p>
<p>La negra capucha del verdugo le preguntó:</p>
<p>-¿Últimas palabras?</p>
<p>El noble negó con un fugaz movimiento de cabeza; entonces fue cuando el experimentado verdugo le recostó -sin la menor ceremonia- sobre el tablón, para pasar a ajustar las piezas de la máquina que aprisionaron su cuello. Cerró los ojos y el griterío inundó sus oídos, su oscuridad.</p>
<p>Una atmósfera de silencio expectante crecía acallando toda voz por encima del rumor. Quedaban segundos, lo sabía. Imaginaba al corpulento verdugo dirigiendo sus ojos invisibles a la masa, a un lado y luego hacia el otro, esperando el respeto de la mínima dignidad para el condenado y su muerte. El fin había llegado.</p>
<p>Captó el segundo justo. Un crujido en la madera al accionar el mando. Una vibración grave y…</p>
<p>Un clamor de júbilo reventó la plaza.</p>
<p>La cabeza había caído en el cesto ensangrentado, junto a las demás.</p>
<p>Hombres, mujeres y niños mostraban su obscena alegría. Había sido un día grande para ellos y, ahora que todo había acabado, se resistían a abandonar el lugar. Durante horas celebraron la muerte y las futuras muertes que estaban por llegar. De repente, entre la algarabía general, se alzó un coro de gritos aterrorizados que, desde la zona más próxima al cadalso, cruzó la plaza como un cuchillo.</p>
<p>El bullicio cesó, y la atención se dirigió hacia el arco de plebe temblorosa que se iba formando en torno a la guillotina. Por el borde del cesto de cabezas habían surgido tres descomunales patas de tarántula. Otras dos salieron para agarrarse por el otro extremo; la gente retrocedió chillando y la masa se desplazó como un campo de trigo azotado por el viento. Poco a poco, la cabeza sangrienta del noble emergió, erguida sobre aquellas patas que nacían en su cuello seccionado.</p>
<p>El terror convulsionó a los presentes de mil maneras, iniciando oleadas de pánico. Muchos corrieron desencajados, implorando al dios misericordioso, otros cayeron desmayados para ser pisoteados por los que huían, mientras algunos quedaron paralizados, movidos sólo por los empujones, observando lívidos como la cabeza descendía sobre la plataforma con un balanceo espasmódico en su cara.</p>
<p>-Os espero abajo… –dijo entre espumajos sanguinolentos; su voz era un fuelle rasgado-…todos tenéis vuestro sitio abajo…TODOS…</p>
<p>El caos inundó la plaza, un pozo de locura.</p>
<p>Nadie recogió aquella cabeza de sonrisa grotesca.<br />
Y sus ocho patas de tarántula.</p>
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		<title>Fabricante de Ataúdes</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Dec 2011 01:18:23 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Los últimos enseres del fabricante de ataúdes Adrián Prójorov se cargaron sobre el coche fúnebre, y la pareja de rocines se arrastró por cuarta vez de la Basmánnaya a la Nikítinskaya, calle a la que el fabricante se trasladaba con todos los suyos. Tras cerrar la tienda, clavó a la puerta un letrero en el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-4151 alignleft" title="ataudes" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/12/ataudes.jpg" alt="" width="400" height="300" />Los últimos enseres del fabricante de ataúdes Adrián Prójorov se cargaron sobre el coche fúnebre, y la pareja de rocines se arrastró por cuarta vez de la Basmánnaya a la Nikítinskaya, calle a la que el fabricante se trasladaba con todos los suyos. Tras cerrar la tienda, clavó a la puerta un letrero en el que se anunciaba que la casa se vendía o arrendaba, y se dirigió a pie al nuevo domicilio. Cerca ya de la casita amarilla, que desde hacía tanto había tentado su imaginación y que por fin había comprado por una respetable suma, el viejo artesano sintió con sorpresa que no había alegría en su corazón.</p>
<p>Al atravesar el desconocido umbral y ver el alboroto que reinaba en su nueva morada, suspiró recordando su vieja casucha donde a lo largo de dieciocho años todo se había regido por el más estricto orden; comenzó a regañar a sus dos hijas y a la sirvienta por su parsimonia, y él mismo se puso a ayudarlas.<br />
<span id="more-2022"></span><br />
Pronto todo estuvo en su lugar: el rincón de las imágenes con los iconos, el armario con la vajilla; la mesa, el sofá y la cama ocuparon los rincones que él les había destinado en la habitación trasera; en la cocina y el salón se pusieron los artículos del dueño de la casa: ataúdes de todos los colores y tamaños, así como armarios con sombreros, mantones y antorchas funerarias. Sobre el portón se elevó un anuncio que representaba a un corpulento Eros con una antorcha invertida en una mano, con la inscripción: «Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos.» Las muchachas se retiraron a su salita. Adrián recorrió su vivienda, se sentó junto a una ventana y mandó que prepararan el samovar.</p>
<p>El lector versado sabe bien que tanto Shakespeare como Walter Scott han mostrado a sus sepultureros como personas alegres y dadas a la broma, para así, con el contraste, sorprender nuestra imaginación. Pero en nuestro caso, por respeto a la verdad, no podemos seguir su ejemplo y nos vemos obligados a reconocer que el carácter de nuestro fabricante de ataúdes casaba por entero con su lúgubre oficio. Adrián Prójorov por lo general tenía un aire sombrío y pensativo. Sólo rompía su silencio para regañar a sus hijas cuando las encontraba de brazos cruzados mirando a los transeúntes por la ventana, o bien para pedir una suma exagerada por sus obras a los que tenían la desgracia (o la suerte, a veces) de necesitarlas.</p>
<p>De modo que Adrián, sentado junto a la ventana y tomándose la séptima taza de té, se hallaba sumido como de costumbre en sus tristes reflexiones. Pensaba en el aguacero que una semana atrás había sorprendido justo a las puertas de la ciudad al entierro de un brigadier retirado. Por culpa de la lluvia muchos mantos se habían encogido, y torcido muchos sombreros. Los gastos se preveían inevitables, pues las viejas reservas de prendas funerarias se le estaban quedando en un estado lamentable. Confiaba en resarcirse de las pérdidas con la vieja comerciante Triújina, que estaba al borde de la muerte desde hacía cerca de un año. Pero Triújina se estaba muriendo en Razguliái, (2) y Prójorov temía que sus herederos, a pesar de su promesa, se ahorraran el esfuerzo de mandar a por él hasta tan lejos y se las arreglaran con la funeraria más cercana.</p>
<p>Estas reflexiones se vieron casualmente interrumpidas por tres golpes francmasones (3) en la puerta.</p>
<p>—¿Quién hay? —preguntó Adrián.</p>
<p>La puerta se abrió y un hombre en quien a primera vista se podía reconocer a un alemán artesano entró en la habitación y con aspecto alegre se acercó al fabricante de ataúdes.</p>
<p>—Excúseme, amable vecino—dijo aquel con un acento que hasta hoy no podemos oír sin echarnos a reír—, perdone que le moleste&#8230; Quería saludarlo cuanto antes. Soy zapatero, me llamo Gotlib Schultz, y vivo al otro lado de la calle, en la casa que está frente a sus ventanas. Mañana celebro mis bodas de plata y le ruego que usted y sus hijas vengan a comer a mi casa como buenos amigos.</p>
<p>La invitación fue aceptada con benevolencia. El dueño de la casa rogó al zapatero que se sentara y tomara con él una taza de té, y gracias al natural abierto de Gotlib Schultz, al poco se pusieron a charlar amistosamente.</p>
<p>—¿Cómo le va el negocio a su merced?—preguntó Adrián.</p>
<p>—He-he-he—contestó Schultz—, ni mal ni bien. No puedo quejarme. Aunque, claro está, mi mercancía no es como la suya: un vivo puede pasarse sin botas, pero un muerto no puede vivir sin su ataúd.</p>
<p>—Tan cierto como hay Dios—observó Adrián—. Y, sin embargo, si un vivo no tiene con qué comprarse unas botas, mal que le pese, seguirá andando descalzo; en cambio, un difunto pordiosero, aunque sea de balde, se llevará su ataúd.</p>
<p>Así prosiguió cierto rato la charla entre ambos; al fin el zapatero se levantó y antes de despedirse del fabricante de ataúdes, le renovó su invitación.</p>
<p>Al día siguiente, justo a las doce, el fabricante de ataúdes y sus hijas salieron de su casa recién comprada y se dirigieron a la de su vecino. No voy a describir ni el caftán ruso de Adrián Prójorov, ni los atavíos europeos de Akulina y Daria, apartándome en este caso de la costumbre adoptada por los novelistas actuales. No me parece, sin embargo, superfluo señalar que ambas muchachas llevaban sombreritos amarillos y zapatos rojos, algo que sucedía sólo en ocasiones solemnes.</p>
<p>La estrecha vivienda del zapatero estaba repleta de invitados, en su mayoría alemanes artesanos con sus esposas y sus oficiales. Entre los funcionarios rusos se encontraba un guardia de garita, el finés Yurko, que, a pesar de su humilde grado, había sabido ganarse la especial benevolencia del dueño.</p>
<p>Había servido en este cargo de cuerpo y alma durante veinticinco años, como el cartero de Pogorelski. (4) El incendio del año doce que destruyó la primera capital (5) de Rusia, devoró también la garita amarilla del guardia. Pero tan pronto como fue expulsado el enemigo, en el lugar de la garita apareció una nueva, de color grisáceo, con blancas columnillas de estilo dórico, y Yurko volvió a ir y venir junto a ella con «su seguro y su coraza de arpillera». (6) Lo conocían casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie, y algunos de ellos incluso habían pasado en la garita de Yurko alguna noche del domingo al lunes.</p>
<p>Adrián en seguida trabó relación con él, pues era persona a la que tarde o temprano podría necesitar, y en cuanto los convidados se dirigieron a la mesa, se sentaron juntos.</p>
<p>El señor y la señora Schultz y su hija Lotchen, una muchacha de diecisiete años, reunidos con los comensales, atendían juntos a los invitados y ayudaban a servir a la cocinera. La cerveza corría sin parar. Yurko comía por cuatro: Adrián no se quedaba atrás; sus hijas hacían remilgos; la conversación en alemán se hacía por momentos más ruidosa. De pronto, el dueño reclamó la atención de los presentes y, tras descorchar una botella lacrada, pronunció en voz alta en ruso:</p>
<p>—¡A la salud de mi buena Luise!</p>
<p>Brotó la espuma del vino achampañado. El anfitrión besó tiernamente la cara fresca de su cuarentona compañera, y los convidados bebieron ruidosamente a la salud de la buena Luise.</p>
<p>—¡A la salud de mis amables invitados! —proclamó el anfitrión descorchando la segunda botella.</p>
<p>Y los convidados se lo agradecieron vaciando de nuevo sus copas. Y uno tras otro siguieron los brindis: bebieron a la salud de cada uno de los invitados por separado, bebieron a la salud de Moscú y de una docena entera de ciudades alemanas, bebieron a la salud de todos los talleres en general y de cada uno en particular, bebieron a la salud de los maestros y de los oficiales. Adrián bebía con tesón, y se animó hasta tal punto que llegó a proponer un brindis ocurrente. De pronto uno de los invitados, un gordo panadero, levantó la copa y exclamó:</p>
<p>—¡A la salud de aquellos para quienes trabajamos, unserer Kundleute! (7)</p>
<p>La propuesta, como todas, fue recibida con alegría y de manera unánime. Los convidados comenzaron a hacerse reverencias los unos a los otros: el sastre al zapatero, el zapatero al sastre, el panadero a ambos, todos al panadero, etcétera. Yurko, en medio de tales reverencias recíprocas, gritó dirigiéndose a su vecino:</p>
<p>—¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos!</p>
<p>Todos se echaron a reír, pero el fabricante de ataúdes se sintió ofendido y frunció el ceño. Nadie lo había notado, los convidados siguieron bebiendo, y ya tocaban a vísperas cuando empezaron a levantarse de la mesa.</p>
<p>Los convidados se marcharon tarde y la mayoría achispados. El gordo panadero y el encuadernador, cuya cara parecía envuelta en encarnado codobán, (8) llevaron del brazo a Yurko a su garita, observando en esta ocasión el proverbio ruso: «Hoy por ti, mañana por mí.» El fabricante de ataúdes llegó a casa borracho y de mal humor.</p>
<p>—Porque, vamos a ver —reflexionaba en voz alta—; ¿en qué es menos honesto mi oficio que el de los demás? ¡Ni que fuera yo hermano del verdugo! Y ¿de qué se ríen estos herejes? ¿O tengo yo algo de payaso de feria? Tenía ganas de invitarlos para remojar mi nueva casa, de darles un banquete por todo lo alto, ¿pero ahora?, ¡ni pensarlo! En cambio voy a llamar a aquellos para los que trabajo: a mis buenos muertos.</p>
<p>—¿Qué dices, hombre? —preguntó la sirvienta que en aquel momento lo estaba descalzando—. ¡Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¡Convidar a los muertos! ¿A quién se le ocurre?</p>
<p>—¡Como hay Dios que lo hago! —prosiguió Adrián—. Y mañana mismo. Mis buenos muertos, les ruego que mañana por la noche vengan a mi casa a celebrarlo, que he de agasajarles con lo mejor que tenga.. .</p>
<p>Tras estas palabras el fabricante de ataúdes se dirigió a la cama y no tardó en ponerse a roncar.</p>
<p>En la calle aún estaba oscuro cuando vinieron a despertarlo. La mercadera Triújina había fallecido aquella misma noche y un mensajero de su administrador había llegado a caballo para darle la noticia. El fabricante de ataúdes le dio por ello una moneda de diez kopeks para vodka, se vistió de prisa, tomó un coche y se dirigió a Razguliái.</p>
<p>Junto a la puerta de la casa de la difunta ya estaba la policía y, como los cuervos cuando huelen la carne muerta, deambulaban otros mercaderes. La difunta yacía sobre la mesa, amarilla como la cera, pero aún no deformada por la descomposición. A su alrededor se agolpaban parientes, vecinos y criados. Todas las ventanas estaban abiertas, las velas ardían, los sacerdotes rezaban.</p>
<p>Adrián se acercó al sobrino de Triújina, un joven mercader con una levita a la moda, y le informó que el féretro, las velas, el sudario y demás accesorios fúnebres llegarían al instante y en perfecto estado. El heredero le dio distraído las gracias, le dijo que no iba a regatearle el precio y que se encomendaba en todo a su honesto proceder. El fabricante, como de costumbre, juró que no le cobraría más que lo justo y, tras intercambiar una mirada significativa con el administrador, fue a disponerlo todo.</p>
<p>Se pasó el día entero yendo de Razguliái a la Puerta Nikítinskie y de vuelta: hacia la tarde lo tuvo listo todo y, dejando libre a su cochero, se marchó andando para su casa.</p>
<p>Era una noche de luna. El fabricante de ataúdes llegó felizmente hasta la Puerta Nikítinskie. Junto a la iglesia de la Ascensión le dio el alto nuestro conocido Yurko que, al reconocerlo, le deseó las buenas noches. Era tarde. El fabricante de ataúdes ya se acercaba a su casa, cuando de pronto le pareció que alguien llegaba a su puerta, la abría y desaparecía tras ella.</p>
<p>«¿Qué significará esto?—pensó Adrián—. ¿Quién más me necesitará? ¿No será un ladrón que se ha metido en casa? ¿O es algún amante que viene a ver a las bobas de mis hijas? ¡Lo que faltaba!»</p>
<p>Y el constructor de ataúdes se disponía ya a llamar en su ayuda a su amigo Yurko, cuando alguien que se acercaba a la valla y se disponía a entrar en la casa, al ver al dueño que corría hacia él, se detuvo y se quitó de la cabeza un sombrero de tres picos. A Adrián le pareció reconocer aquella cara, pero con las prisas no tuvo tiempo de observarlo como es debido.</p>
<p>—¿Viene usted a mi casa? —dijo jadeante Adrián—, pase, tenga la bondad.</p>
<p>—¡Nada de cumplidos, hombre! —contestó el otro con voz sorda—. ¡Pasa delante y enseña a los invitados el camino!</p>
<p>Adrián tampoco tuvo tiempo para andarse con cumplidos. La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitaciones andaba gente.</p>
<p>«¡¿Qué diablos pasa?!», pensó.</p>
<p>Se dio prisa en entrar&#8230; y entonces se le doblaron las rodillas. La sala estaba llena de difuntos. La luna a través de la ventana iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y las afiladas narices&#8230; Adrián reconoció horrorizado en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios, y en el huésped que había llegado con él, al brigadier enterrado durante aquel aguacero.</p>
<p>Todos, damas y caballeros, rodearon al fabricante de ataúdes entre reverencias y saludos; salvo uno de ellos, un pordiosero al que había dado sepultura de balde hacía poco. El difunto, cohibido y avergonzado de sus harapos, no se acercaba y se mantenía humildemente en un rincón. Todos los demás iban vestidos decorosamente: las difuntas con sus cofias y lazos, los funcionarios fallecidos, con levita, aunque con la barba sin afeitar, y los mercaderes con caftanes de día de fiesta.</p>
<p>—Ya lo ves, Prójorov—dijo el brigadier en nombre de toda la respetable compañía—, todos nos hemos levantado en respuesta a tu invitación; sólo se han quedado en casa los que no podían hacerlo, los que se han desmoronado ya del todo y aquellos a los que no les queda ni la piel, sólo los huesos; pero incluso entre ellos uno no lo ha podido resistir, tantas ganas tenía de venir a verte.</p>
<p>En este momento un pequeño esqueleto se abrió paso entre la muchedumbre y se acercó a Adrián. Su cráneo sonreía dulcemente al fabricante de ataúdes. Jirones de paño verde claro y rojo y de lienzo apolillado colgaban sobre él aquí y allá como sobre una vara, y los huesos de los pies repicaban en unas grandes botas como las manos en los morteros.</p>
<p>—No me has reconocido, Prójorov —dijo el esqueleto—. ¿Recuerdas al sargento retirado de la Guardia Piotr Petróvich Kurilkin, el mismo al que en el año 1799 vendiste tu primer ataúd, y además de pino en lugar del de roble?</p>
<p>Dichas estas palabras, el muerto le abrió sus brazos de hueso, pero Adrián, reuniendo todas sus fuerzas, lanzó un grito y le dio un empujón. Piotr Petróvich se tambaleó, cayó y todo él se derrumbó. Entre los difuntos se levantó un rumor de indignación: todos salieron en defensa del honor de su compañero y se lanzaron sobre Adrián entre insultos y amenazas. El pobre dueño, ensordecido por los gritos y casi aplastado, perdió la presencia de ánimo y, cayendo sobre los huesos del sargento retirado, se desmayó.</p>
<p>El sol hacía horas que iluminaba la cama en la que estaba acostado el fabricante de ataúdes. Éste por fin abrió los ojos y vio delante suyo a la criada que atizaba el fuego del samovar. Adrián recordó lleno de horror los sucesos del día anterior. Triújina, el brigadier y el sargento Kurilkin aparecieron confusos en su mente. Adrián esperaba en silencio que la criada le dirigiera la palabra y le refiriese las consecuencias del episodio nocturno.</p>
<p>—Se te han pegado las sábanas, Adrián Prójorovich—dijo Aksinia acercándole la bata—. Te ha venido a ver tu vecino el sastre, y el de la garita ha pasado para avisarte que es el santo del comisario. Pero tú has tenido a bien seguir durmiendo y no hemos querido despertarte.</p>
<p>—¿Y de la difunta Triújina no ha venido nadie?</p>
<p>—¿Difunta? ¿Es que se ha muerto?</p>
<p>—¡Serás estúpida! ¿O no fuiste tú quien ayer me ayudó a preparar su entierro?</p>
<p>—¿Qué dices, hombre? ¿Te has vuelto loco, o es que aún no se te ha pasado la resaca? ¿Ayer qué entierro hubo? Si te pasaste todo el día de jarana en casa del alemán, volviste borracho, caíste redondo en la cama y has dormido hasta la hora que es, que ya han tocado a misa.</p>
<p>—¡No me digas! —exclamó con alegría el fabricante de ataúdes.</p>
<p>—Como lo oyes—contestó la sirvienta.</p>
<p>—Pues si es así, trae en seguida el té y ve a llamar a mis hijas.</p>
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		<title>El vestibulo de los profetas</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Dec 2011 03:41:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Puede que esté mejor en la cárcel&#8230; Todos piensan que soy un monstruo. —Sara Aldrete Sara sintió la luz a través de sus párpados, pero se negó a mirar. Desde hacía varios años, un estremecimiento acompañaba cada amanecer: el miedo al día enloquecedoramente largo que tendría que atravesar antes de buscar refugio en el sueño [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-4133" title="castle" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/12/castle.jpg" alt="" width="500" height="333" />Puede que esté mejor en la cárcel&#8230; Todos piensan que soy un monstruo.</p>
<p>—Sara Aldrete</p>
<p>Sara sintió la luz a través de sus párpados, pero se negó a mirar. Desde hacía varios años, un estremecimiento acompañaba cada amanecer: el miedo al día enloquecedoramente largo que tendría que atravesar antes de buscar refugio en el sueño una vez más. No quería abrir los ojos tan pronto&#8230;</p>
<p>-¡Eh! -una mano sacudió su hombro con suavidad-. ¡Eh!</p>
<p>Sara no reconoció la voz; sintió que algo no era como debería ser, y se obligó a abrir los ojos, esperando ver los muros tachoneados de obscenidades que conformaban su celda. Pero no fue esto lo que vió.</p>
<p>Se incorporó de golpe, ignorando a la mujer que la había despertado, mirando perpleja el techo de madera, las mesas ocupadas por bebedores silenciosos, las repisas llenas de botellas más allá de la barra.</p>
<p>Esto le produjo más pánico que entusiasmo. ¿Se había vuelto loca al fin? ¿Era esto un vívido delirio? ¿Por qué no estaba en la prisión? O, ¿quién le había traído aquí?</p>
<p>-Cálmate, muchacha -dijo la mujer-. No te asustes.</p>
<p>-¿Quién es usted? -preguntó Sara, estudiando con recelo aquel rostro solícito, avejentado.</p>
<p>-Me llamo Sofía. No, no me preguntes; yo tampoco sé por qué estamos aquí. Ven, vamos a darte algo para que te sientas mejor.</p>
<p>La mujer rodeó la barra y destapó una botella de vino blanco; llenó un vaso y se lo ofreció. No era la elección preferida de Sara, pero lo aceptó. Mientras el líquido atibiaba su garganta, Sofía siguió hablando:</p>
<p>-Yo me dormí en mi casa&#8230; y dsesperté aquí hace como cinco horas, sin saber cómo había llegado. Eso mismo nos ha pasado a todos -indicó con un ademán a las personas que llenaban el bar. Sara notó entonces el extraño silencio que reinaba; opresivo, casi expectante.<span id="more-2060"></span></p>
<p>¿Es esto real?, se preguntó. ¿Estoy soñando&#8230;? Esto le pareció posible. Todo era muy nítido, pero su mente parecía ofuscada&#8230; Sus ojos recorrieron el sitio hasta topar con los del hombre con barba que estaba sentado frente a la barra, a su izquierda. El sonrió y le indicó la banca vecina con una mano, para luego empinar un vaso de tequila. El hombre estaba escribiendo algo sobre una servilleta de papel.</p>
<p>-¿Cómo te llamas? -preguntó Sofía, y Sara vaciló al contestar. Tenía miedo de decir completo su nombre, de ser reconocida&#8230; -Sara -murmuró.</p>
<p>Sofía sonrió como para darle ánimos, y le dijo: -Puedes hablar con confianza. Aquí todos tenemos algo que no es agradable contar -Sara la miró sin comprender, pero con renovada aprensión-. Yo llevo aquí unas horas, pero la gente ha estado llegando desde hace cuatro días. No hay explicaciones, pero se han formulado algunas teorías&#8230; -un resoplido despreciativo interrumpió a Sofía; Sara miró al hombre que lo había producido, encontrando que era un sacerdote flaco, que ocupaba solo una de las mesas. El sacerdote la miró con enfado y le dio la espalda.</p>
<p>Sofía se encogió de hombros y prosiguió:</p>
<p>-Quienquiera que nos trajo, dejó bastante comida. ¿Tienes hambre? -Sara negó con la cabeza. En la cárcel comía muy mal, pero todo esto&#8230;</p>
<p>-¿Por qué no se van? -preguntó de repente.</p>
<p>-Algunos lo intentaron -repuso Sofía-. La puerta no se abre, no hay ventanas&#8230; -la desolación fue invadiendo a Sara-. Estamos atrapados aquí.</p>
<p>El hombre sentado a la izquierda de Sara empezó a tararear una canción de los Beatles mientras seguía escribiendo. Sara se percató de que lo había visto en alguna parte.</p>
<p>¡Es el día del Juicio, te digo! -exclamó un hombre desde el otro extremo de la barra, y varias voces le dijeron con fastidio que se callara.</p>
<p>-¿Puedo? -dijo Sara tímidamente, señalando la botella de tequila de su vecino, y éste asintió con otra sonrisa. Se sirvió medio vaso, considerando la posibilidad de emborracharse hasta empezar a delirar dentro de este delirio.</p>
<p>-Tal vez Dios sí nos trajo aquí -dijo el hombre de repente, dejando de escribir y mirando a Sara-. Aunque tal vez no todos pensamos en el mismo Dios.</p>
<p>Hubo una especie de silencio; todos habían piesto atención a aquello. El silencio se prolongó hasta ser roto por el sacerdote: -¡Que el Señor te maldiga, loco satánico!</p>
<p>Sara se estremeció al escuchar eso. Había recibido maldiciones similares con demasiada frecuencia; las otras mujeres del reclusorio la rehuían, pues pensaban que ella era como decían los periódicos&#8230; Pero el hombre recibió el insulto con un encogimiento de hombros y reanudó su escritura.</p>
<p>-¡Por algo estás aquí tú, padrecito! -dijo alguien más, y Sara pensó de repente en La Dimensión Desconocida y en el infierno.</p>
<p>Se echó a llorar. Hacía semanas que no lo hacía, y, si bien no era consuelo, cuando menos le daba una excusa para dejar a un lado el autocontrol, la razón &#8211;que tan inútil parecía hoy&#8211; y las preguntas sin respuesta.</p>
<p>Pasaron las horas, y se enteró de muchas cosas que no servían sino para aumentar su angustia. Algunos sí pensaban que esto era el infierno, o cuando menos un ala muy selecta de éste. Seis personas más llegaron después de ella; de alguna manera simplemente estaban allí, nunca parecían entrar por ningún lado. Sólo mirabas hacia un rincón que no habías mirado en un rato, y ya estaba allí uno más, dormido. Nadie lograba ver cómo llegaban&#8230;</p>
<p>Sara platicó con varias personas, y su nerviosismo aumentaba con cada una, en lugar de obtener distracción. Un hombre le habló del veneno que les inyectaba a los &#8220;puercos orientales&#8221; al ir por las calles de Los Angeles, para hacerlos &#8220;pagar&#8221; a todos por lo que pasó en Vietnam&#8230; Una jovencita como de dieciséis años le describió su &#8220;religión&#8221; (Sara se estremeció al oír esta palabra), fundada por su amante sudamericano, y lo que hacían con animales y niños para saciar sus impulsos sexuales&#8230; La propia Sofía de los ojos amables era una maestra de escuela de un pueblo de España, y le contó las cosas que les enseñaba a sus alumnas a hacer unas con otras&#8230;</p>
<p>&#8230;y le preguntó a Sara qué hacía ella.</p>
<p>El hombre que escribía y bebía tequila la abrazó cuando le dio el ataque de histeria; la abrazó hasta que dejó de gritar, hasta que se cansó de llorar.</p>
<p>-Yo no sabía nada&#8230; -sollozó Sara-. No debería estar aquí, no es cierto lo que decían los periódicos&#8230; El me gustaba, y me interesó mucho esa religión, la santería&#8230; Pero yo no estaba de acuerdo con eso de sacrificar animales. Luego me enteré de que habían hecho cosas peores, de que esataban matando a seres humanos&#8230; Y él me dijo que mataría a mi familia si trataba de escapar. Los atraparon porque yo hice una nota para avisar a la policía, pero luego la misma policía dijo que yo había organizado todo, que yo era la madrina, que era una asesina&#8230; No es cierto, no debería estar aquí&#8230;</p>
<p>El hombre la escuchó, tratando de reconfortarla, y repuso: -Yo sí hice muchas cosas, y pienso hacer más&#8230; o pensaba hacer más cuando los que creían en mí me sacaran de la cárcel. En todo caso, nadie está limpio, pero tampoco hay diablos perfectos.</p>
<p>Mirándolo muy de cerca, Sara recordó, poco a poco, por qué ese hombre le parecía familiar&#8230;</p>
<p>Y Charles Manson tarareó esa canción de los Beatles una vez más.</p>
<p>Ella se apartó muy despacio de él&#8230;</p>
<p>Sara hacía un nuevo intento de emborracharse cuando, sin aviso, la puerta se abrió. Todos se volvieron, tensos, a mirar al recién llegado. El primero en llegar por la puerta, de manera convencional. Llevaba una especie de túnica andrajosa, el pelo revuelto y empolvado; era un hombre poco notorio, de aspecto repelente&#8230; pero en sus ojos había un no sé qué inestable. Está loco, pensó Sara en seguida.</p>
<p>Ya estamos todos -dijo, caminando hasta el centro de la estancia. Los ocupantes de la mesa más cercana se apartaron con rapidez; uno de ellos gimió de espanto. El hombre sonrió y extendió lños brazos, recorriendo al grupo con la mirada-: La Puerta está lista para ser abierta; todos hemos hecho nuestra parte para allanar el camino, y ahora Dios nos ha reunido para cumplir su última orden.</p>
<p>-¿Quién es usted? -preguntó alguien con voz temblorosa; la sonrisa del hombre era casi afable al responder:</p>
<p>-La boca de Dios, igual que ustedes. Yo también traje su mensaje; soy Dios, y el heraldo de su venida; todos nosotros lo somos.</p>
<p>-¿Qué Dios? -preguntó Manson.</p>
<p>-El tuyo, el mío&#8230; ¿qué importa? Todos los Dioses son hermanos, y nosotros les hemos allanado el camino con sangre y con fuego.</p>
<p>-¿Dios o el Diablo? -insistió Manson.</p>
<p>-¿Qué diferencia hay? -el desconocido mantenía esa sonrisa insolente-. El Verbo de Azathoth tiene muchos nombres.</p>
<p>-¡Maldito blasfemo! -rugió el sacerdote, y el hombre lo miró burlón.</p>
<p>-Yo no blasfemo contra mi Dios, padre. ¿Y qué hacía usted con los fetos expulsados por sus monjas favoritas? ¿No era a mi Dios al que los consagraba, aunque le diera el nombre de otro Dios que nada quiere de gente como nosotros? Nuestro Dios no olvida, hermanos -añadió, dirigiéndose de nuevo a todos-. Quiere venir a la Tierra, y debemos abrirle la Puerta para que venga a nosotros su reino y nos haga Dioses. Dioses entre los hombres&#8230; Es hora; al otro lado de esta entrada, en mi casa en la Tierra, mis discípulos están listos para sacrificarse, para alimentar con sus almas la luz del faro que alumbrará el camino para la venida de Dios.</p>
<p>-&#8221;Recen conmigo&#8230;</p>
<p>El hombre se puso de rodillas, y aguardó.</p>
<p>Todos se miraron entre sí, y volvieron a mirarlo. Alguien sollozó. Un hombre delgado se desmayó, golpeando el suelo de madera con su cabeza.</p>
<p>Entonces una mujer se arrodilló.</p>
<p>Sofía fue la siguiente; empezó a hacer la señal de la cruz, pero se interrumpió a medio gesto, como recapacitando. Le siguió el italiano de la ropa blanca y los estigmas, y luego el oriental llamado Sun, y el veterano de Vietnam. Uno a uno&#8230;</p>
<p>Manson vació su vaso de tequila, tomó una servilleta y empezó a escribir, apretando un cigarro entre los dientes.</p>
<p>-Helter-Skelter -murmuró.</p>
<p>Sara lo miró&#8230; y sintió de repente esas frases que invadían su cabeza, seguidas por un coro horrible que las pronunció en voz alta. Los labios de Sara trataron de vocalizarlas, pero ella los obligó a mantenerse quietos: Bugg shu-ggog, y-hah: Yog-Sothoth&#8230; Los labios de Sara temblaron, ansiosos por unirse al coro.</p>
<p>-¡No! ¡No! -dijo entredientes, apretándose la cabeza con ambas manos como para exprimir fuera de ella esas palabras sin sentido que consumían sus pensamientos.</p>
<p>¡Ygnaiih! ¡Yog-Sothoth!</p>
<p>Sus sienes latían, siguiendo el ritmo de las voces-.</p>
<p>¡Yo no debería estar aquí! ¡No! -golpeó la barra hasta que el dolor inmovilizó su brazo; abrió los ojos a pesar del vértigo que empezaba a envolverle, y trató sin éxito de enfocar la mirada en las tablas del techo. La madera parecía estarse desdibujando&#8230; como si&#8230;</p>
<p>- ¡NOO! -agarró a ciegas la botella de tequila de la barra y la arrojó contra las repisas repletas de bebidas; cristales y licores se desparramaron por el suelo&#8230; un suelo que retumbó como por un trueno subterráneo. Como si el eco del coro invadiera el centro de la Tierra&#8230;</p>
<p>Los olores mezclados de las bebidas derramadas se combinaron en sus pulmones con el humo del cigarro de Manson, el cual seguía escribiendo frenéticamente. Sara sintió que iba a vomitar&#8230; Pero se quedó mirando a Manson, su cigarro humeante, su mano que llenaba de palabras la servilleta con un bolígrafo, la madera desgastada de la barra, el vaso de tequila, la caja de cerillos&#8230;</p>
<p>Con la quemadura del vómito ya en su garganta, tomó los cerillos, se las arregló para encender uno con dedos que se sacudían sin control, y lo arrojó hacia el reguero de licores; una llamarada agradeció su esfuerzo. Las repisas se encendieron, las botellas selladas empezaron a estallar como palomitas de maíz puestas al fuego, los muros de madera reseca desdlumbraron a Sara con destellos amarillos&#8230;</p>
<p>Las palabras-voces seguían retumbando dentro y fuera de su cráneo, el vómito tironeaba de la raíz de su lengua&#8230; y sus ojos se detuvieron sobre la servilleta donde Manson había estado escribiendo hasta que comenzó el fuego:</p>
<p>No queriendo nada de Dios</p>
<p>Escupí sobre Su trono y le di la espalda.</p>
<p>Mas al llegar al abismo encontré</p>
<p>Que Satán sólo deseaba el trono de Dios.</p>
<p>Busqué luego refugio entre los hombres,</p>
<p>Pero éstos no hacían sino inventar Dioses.</p>
<p>Busqué al fin las moradas del Caos idiota</p>
<p>Y de Satán, Dios y el hombre me reí con él.</p>
<p>Las llamas consumieron la servilleta y el poema, lamieron su rostro, y todo se volvió anaranjado&#8230; y luego negro. Pero Sara despertó pensando todavía en ese poema&#8230; Despertó llorando, y luego empezó a reír, y a llorar otra vez.</p>
<p>Despertó en su celda.</p>
<p>Por la mañana, en el comedor de la prisión, estuvo viendo un noticiero. No le habría prestado atención de no haber reconocido un rostro de ojos insensatos que apareció en forma de fotografía, tan loco y tan repelente como lo recordaba&#8230;, el rostro de un líder religioso, un tal David Koresh, que acababa de morir anoche. La filmación del incendio en un rancho de Waco, Texas, donde ese hombre y sus discípulos habían sucumbido fueron lo último que Sara vió antes de desmayarse.</p>
<p>Ese día le correspondía a Sara una nueva visita a la corte, un intento más de apelación, de solicitud de fianza. Inútil, pensaba ella, pero cuando menos era un pretexto para salir de la prisión por un rato.</p>
<p>Dos policías la escoltaron junto con su abogado a través de las puertas del reclusorio, y el sol cayó sobre ella con una calidez reconfortante que no parecía tener cuando la alumbraba dentro de los muros opresivos. Tibio; purificador&#8230; Sara pensó en un bar en llamas, un sueño confuso y extraño&#8230;, aspiró el aire fresco de un mundo sereno,infestado acaso de horrores, pero sólo de horrores humanos, finitos, mientras que el mundo era más viejo que el hombre y sin duda duraría más que él&#8230;</p>
<p>De repente todo le parecía más soportable. Incluso le parecía posible &#8211;un poco&#8211; llegar a obtener esa fianza&#8230; Después de todo, lo que estaba en su contra era humano, sólo humano.</p>
<p>-¡Maldita endemoniada!</p>
<p>El grito le llegó a Sara un segundo antes que la piedra; entonces el impacto sacudió su cráneo, aplastó su mejilla contra sus dientes.</p>
<p>Su visión se ennegreció por un momento&#8230; Parpadeó varias veces, y vió a la mujer que era retenida por dos policías; la desconocida la miraba con odio demente, gritándole infamias que ya le eran familiares:</p>
<p>-¡Bestia! ¡Asesina! ¡Satánica! ¡Te vas a podrir en el infierno junto con ese diablo de Constanzo! ¡Debieron quemarte a ti también cuando quemaron el rancho de Matamoros donde mataste a mi hijo, y a tanta gente! ¡Mal nacida! ¡El mundo estaría mejor sin ti&#8230;!</p>
<p>Sara se tocó la mejilla sangrante, mirando con fijeza a la mujer. Cada palabra le dolía aún más&#8230; Pero entonces pensó en su sueño, y en el noticiero, y aunque sintió algo de miedo, el dolor se hizo menor. ¿Cómo sería el mundo ahora sin ella? Sólo Dios&#8230; o, ¿por qué no?, los Dioses&#8230; lo sabían. Siguió caminando, escoltada por los policías, y les sonrió al Sol y al aire que escoriaba su herida fresca; les sonrió simplemente porque aún estaban ahí, porque el mundo aún estaba ahí&#8230; &#8230;y porque el mundo pertenecía a la humanidad, mientras los Dioses no viniesen a reclamarlo.</p>
<p>Fin.</p>
<p>Unas palabras sobre el relato:</p>
<p>Como pudieron observar algunos de los personajes de esta historia vivieron o viven en realidad. Sara Aldrete es parte de un horrible suceso acaecido en Matamoros, México: La masacre de los Narco &#8211; Satánicos, una secta de inclinaciones ocultistas negras con ramificaciones en el oscuro mundo del narcotráfico. Sus sacrificios y ritos dieron mucho de que hablar a la sociedad mexicana pues demostraba una extraña y hasta ahora inusual mezcla de negocios sucios y ocultismo de la peor calaña. Esta mezcla que se antoja ilógica volvió a aparecer en primeros planos con el turbio asunto de “La Paca” una vidente que trabajaba para Raúl Salinas de Gortari, hermano del ex-presidente de México y ahora preso en la cárcel de Almoloya de Juárez y la cual decía tener informes sobre un supuesto asesinato realizado en el rancho “El Encanto”. Por supuesto, los poderes videntes de “La Paca” resultaron ser un fraude, mientras que el poder del grupo Narco -Satánico se derrumbo cuando la policía encontró los cuerpos de una masacre ritual perpetrada por ellos, prueba suficiente como para asegurar que ningún poder de ultratumba los protegía. Por supuesto, esta historia es solo ficción y nada de lo que aquí se relata ocurrió en realidad&#8230;¡ y que bueno!</p>
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		<title>Un medico rural</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Dec 2011 02:59:27 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-4102 alignleft" title="16" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/12/16.jpg" alt="" width="470" height="351" /><br />
Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo&#8230; El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna <span id="more-2098"></span>solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. de la pocilga salió una vaharanda como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.</p>
<p>Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.</p>
<p>&#8211;¿Los engancho al coche? &#8211;preguntó, acercándose a cuatro patas.</p>
<p>No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.</p>
<p>&#8211;Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa &#8211;dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.</p>
<p>&#8211;¡Hola, hermano, hola, hermana! &#8211;gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.</p>
<p>&#8211;Ayúdalo &#8211;dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.</p>
<p>&#8211;¡Salvaje! &#8211;dije al caballerizo&#8211;. ¿Quieres que te azote?</p>
<p>Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.</p>
<p>&#8211;Suba &#8211;me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.</p>
<p>Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.</p>
<p>&#8211;Yo conduciré, pues tu no conoces el camino &#8211;dije.</p>
<p>&#8211;Naturalmente &#8211;replica&#8211;, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.</p>
<p>&#8211;¡No! &#8211;grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta, al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.</p>
<p>&#8211;Tu vendrás conmigo &#8211;digo al mozo&#8211;; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.</p>
<p>&#8211;¡Arre! &#8211;grita él; y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta que encontrara la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:</p>
<p>&#8211;Doctor, déjeme morir.</p>
<p>Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome sus manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.</p>
<p>&#8211;Si &#8211;pienso indignado&#8211;; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo&#8230;</p>
<p>En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.</p>
<p>&#8211;Regresaré en seguida &#8211;me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo el joven es posible que tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna, todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia&#8230; Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo &#8211;¿qué espera, pues, la gente?&#8211; se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial&#8230; ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.</p>
<p>&#8211;¿Me salvarás? &#8211;murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.</p>
<p>Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?</p>
<p>Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:</p>
<p>&#8220;Desvístanlo, para que cure,<br />
y si no cura, mátenlo.<br />
Sólo es un médico, sólo es un médico&#8230;&#8221;</p>
<p>Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.</p>
<p>&#8211;¿Sabes &#8211;me dice una voz al oído&#8211; que no tengo mucha confianza en ti? No importa como hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.</p>
<p>&#8211;En verdad &#8211;dije yo&#8211;, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.</p>
<p>&#8211;¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que si. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.</p>
<p>&#8211;Joven amigo &#8211;digo&#8211;, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.</p>
<p>&#8211;¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?</p>
<p>&#8211;Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.</p>
<p>Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.</p>
<p>&#8211;¡De prisa! &#8211;grité&#8211;. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:</p>
<p>&#8220;Alégrense, enfermos,<br />
tienen al médico en su propia cama.&#8221;</p>
<p>A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.</p>
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		<title>Cestoda</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Nov 2011 05:41:18 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-4065" title="promiedo2011" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/11/promiedo2011.jpg" alt="" width="500" height="375" /><br />
La alarma de su despertador sonó a las 7:00 pero, como de costumbre, él la ignoró. Se quedó dormido hasta las dos de la tarde, cuando ya no pudo dormir más porque la brillante luz anaranjada del sol caía sobre su almohada a través de la ventana en el techo. Tan pronto como se desperezó y estuvo lo suficientemente despierto como para que resultase inútil el intentar cerrar la ventana y volver a la cama, unas espesas nubes gris-verdosas ocultaron el sol y empezó la tormenta de media tarde. Justo igual que cualquier otro día. El tiempo en ese planeta era tan regular como su despertador. Las mañanas eran insoportablemente calientes, y la jungla alrededor de la base transpiraba como una sauna. El vapor evaporado durante el día volvía al suelo en forma de lluvias torrenciales durante las tardes y parte de las noches. Las tormentas se acababan de repente a eso de las cuatro de la mañana, tan repentinamente como empezaban.<span id="more-2122"></span> Era un sitio horrible; Jeff Chuan, el técnico de mantenimiento del faro, estaba haciendo una lista de preguntas para hacerle al jactancioso inspector del gobierno la próxima vez que pasase por allí. Cosas como &#8220;¿por qué tiene que estar el faro en el ecuador del planeta?&#8221; La pregunta &#8220;¿por qué necesita el faro un equipo de cinco personas para controlarlo?&#8221; era particularmente dolorosa para Chuan, y tenía varias sub-preguntas como &#8220;¿por qué las dos mujeres asignadas a la base tenían que ser lesbianas?&#8221;, y &#8220;¿por qué los otros dos hombres tenían que ser unos desviados sexuales tan degenerados y estúpidos?&#8221;. La primera pregunta de la lista, subrayada varias veces en rojo, era &#8220;¿cuándo cojones puedo volver a casa?&#8221; Chuan se examinó las piernas buscando parásitos y se arrancó cuatro de esas pequeñas garrapatas translúcidas de tres patas, que tiró dentro del retrete. Se puso su mono de trabajo y empezó a buscar algún par de calcetines relativamente limpios. Todos ellos tenían una especie de hongo creciendo sobre los dedos; la humedad desmedida del planeta favorecía este tipo de cosas. Pensó por un momento en meter todos los calcetines dentro del microondas para desinfectarlos con la radiación, pero farfulló un &#8220;¡a la mierda!&#8221; y se puso los calcetines que parecían más limpios. Las puntas de los pies le picaron cuando los hongos volvieron a extender sus raíces a través de sus dedos. En el pasillo que llevaba a la cocina vio a la comandante Marina Tetzas, pero ella se dio la vuelta y se fue por otro camino apenas le vio a él. Pensó en gritarle su saludo habitual, &#8220;¡Hola Tetas!&#8221;, pero decidió callarse. En vez de eso se preguntó por qué el gobierno, exhibiendo una completa incompetencia en psicología, les había puesto a todos ellos juntos en la misma base; era obvio que los cinco se iban a odiar entre sí. Desafortunadamente, los otros cuatro se habían apareado y habían formado un equipo en contra de Chuan. La comandante Tetzas y su amante, la enfermera Beth Sachs, disfrutaban provocándole, sabiendo lo caliente que estaba después de once meses sólo en la base. El doctor Giro Frascastoro y su esclavo sexual, el técnico segundo Manny Diaz, se entretenían asqueándole. Frascastoro era el peor. Chuan no tenía ni idea de dónde habría conseguido ese sapo sudoroso y barrigudo su titulación médica; hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que le echaron de alguna facultad de veterinaria por haber follado animales muertos. Pero el nauseabundo doctor estaba en su elemento en este planeta insoportable, cuya flora abigarrada le proporcionaba numerosas plantas &#8220;medicinales&#8221;. Aunque él decía que las estaba catalogando, Chuan había notado muchas veces los repulsivos olores a plantas quemadas. Poco antes de llegar a la cocina, Chuan olió una de las plantas-mofeta que fumaba Frascastoro, y tuvo una arcada; al llegar a la puerta le vio reclinado sobre algún objeto en el suelo, que posiblemente era Diaz disfrazado de algo, y se preguntó si tenía tanta hambre como para comer con la parejita. La respuesta era que no, así que se alejó de la cocina sin haber desayunado. Se fue a la sala de control de mal humor y con las tripas rugiendo. Le echó un ojo rutinario a la consola de estatus, y encontró su taza de café. En el fondo tenía un poso de un medio centímetro de algo marrón que durante la noche se había convertido en el hogar de un sinnúmero de cosas pequeñas; insectos, gusanos, y una especie de planta-semilla que nadie había podido decidir hasta el momento si era vegetal o animal, pero que parecía ser más inteligente que la mayor parte de la vida del planeta, incluyendo a los humanos. Después de tirar al suelo a los habitantes, Chuan puso un poco de cristales de café instantáneo en la copa. Fue entonces cuando vio que había un pelo pegado al fondo de su taza. Lo recogió y lo examinó; rizado, duro, rubio, y con un poquito de piel en uno de los extremos. Era un pelo púbico, y sólo había una persona con ese color de pelo en la base: Sachs. La muy zorra. Chuan sospechaba que ella lo hacía deliberadamente, ya que no sólo los ponía dentro de su taza de café, sino también en su cepillo de dientes, que finalmente había dejado de usar hacía dos meses porque había oido que Frascastoro lo había usado para hacerle algo asqueroso a Diaz. Chuan incluso llegó a despertarse un día con dos pelos de Sachs en la boca; él sabía que era porque ella los habría puesto en su cena, pero prefirió atribuirlos a la fantasía con la que se había masturbado esa noche, comerle el chocho directamente a la enfermera. Pero no había esperanza; la única posibilidad que tenía de comérsela era que se estropeasen los sintetizadores de comida y se tuviese que convertir en un caníbal. Ya había fantaseado antes con esta posibilidad, pero esta vez se le pasó por la cabeza la idea de descuartizar a Frascastoro y meter los trozos del bastardo engordado en el microondas, y se puso malo. Examinó la copa bajo la mira del microscopio; no encontró más indicios de sabotaje lésbico, pero de todas formas puso la copa bajo la lámpara de radiación y la dejó ahí durante media hora a máxima potencia para descontaminarla. Mientras esperaba, empezó a inspeccionar todos los sistemas de la base. Aparte de unas cuantas tomas de electricidad que funcionaban intermitentemente en la lavandería, todo estaba funcionando. Afortunadamente; no tenía ganas de tener que pasarse cerca de Diaz si podía evitarlo. El sujeto tenía un algo indeseable que repelía a Chuan. Posiblemente las manchas de semen en las braguetas de sus pantalones, o las legañas que se le formaban en las comisuras de la boca cuando se le secaba la saliva abandonada. Estaba a punto de reestablecer el contacto con la red, con la vana esperanza de volver a hablar con una persona relativamente normal, cuando escuchó un educado carraspeo a su espalda. Conocía ese sonido; era Sachs. Se preparó para tener con ella la habitual discusión sobre su alopecia púbica y su taza de café, pero una vez más se quedó sin energías al encarar a la mujer más bella del planeta (que no era decir gran cosa, considerando que sólo había dos). Ella le tenía bien agarrado, y los dos lo sabían. Además, estaba llevando tan sólo unas braguitas negras de encaje y una camiseta. Ella le apuntó con los pezones y le dijo &#8220;Jeff, el secador de la lavandería ha dejado de funcionar. Podrías mirarlo&#8230;&#8221; Ella le mostró su infame medio-sonrisa mientras se pasaba la lengua sobre los labios. &#8220;¿Por favor?&#8221; A Chuan le hubiera gustado que ella tuviese un mínimo de delicadeza, por lo menos. Hizo una mueca y murmuró un &#8220;sí&#8221;. Salió brúscamente de la habitación. Por el camino pasó al lado de Marina Tetzas. Esta vez no se reprimió. &#8220;Buenos días, Tetas&#8221;. Ella le rugió un &#8220;¿cuándo cojones vas a arreglar el puto secador, Chuan?&#8221; &#8220;Ahora mismo, ¿vale? Déjame en paz.&#8221; Jesús, qué tendría esa tortillera en el culo para estar siempre así. Oh, estamos flotando cerca de la costa tú y yo, y las hijas de la portera oh, qué podemos hacer, sin una salchicha para comer y la más pequeña de las hijas de la portera mete sus manos en las aguas peligrosas oh, qué podemos hacer, en nuestra pequeña canoa&#8230; Chuan estaba canturreando solo mientras recorría los cables de detrás del secador en la lavandería. Estaba soñando despierto con que Sachs quisiese dejar a la comandante por él, y que ésa fuese la razón por la que la comandante estaba siempre tan cabreada con él. Encontró un lugar donde el cable, que yacía sobre el suelo, se metía en un charquito de agua. Diaz había adquirido la costumbre de guardar sus condones usados en la toma de aire que había sobre el charco; la comida dentro de los condones (fuese lo que fuese) había atraido algo hasta la base, y ése algo había decidido quedarse y comerse también el aislamiento de plástico de los cables de alrededor. Dado que los cables se habían quedado desnudos, el secador se quedaba sin corriente cada vez que el cable tocaba el agua y se producía un cortocircuito. Chuan enrolló un metro de cinta aislante naranja alrededor del cable; había descubierto tras unos cuantos experimentos que el aislante naranja era el que menos le gustaba a la cosa que se comía el plástico. Una vez arreglado el desperfecto, Chuan se puso unos gruesos guantes y sacó de la toma de aire unos diez de los condones de Diaz, con los que hizo una pelota que iba a meter en su comida esa misma noche. Uno de los condones crujió al doblarlo, debía estar todavía habitado por algún artrópodo devorador de semen. Mejor. Chuan puso en marcha el secador, y parecía funcionar sin problemas. Sachs, que había estado esperando apoyada en la puerta, sonrió alegremente al ver el secador en marcha. Chuan notó cómo la sangre le circulaba más rápido, y ya iba a contestarle sonriendo amigablemente él también, cuando apareció la comandante Tetzas. Decidió que sería mejor no simpatizar con su novia enfrente de ella. &#8220;El secador ya está funcionando, Tetas&#8221;, dijo Chuan mientras pasaba apresuradamente a su lado por la puerta. No podía quitarse de la mente la imagen de la comandante sujetando entre sus tetas la cabeza de Sachs. Chuan se dirigió a la enfermería, con un poco de suerte podría robar más anfetaminas. Se asomó por la puerta de la enfermería y miró dentro. El doctor había vendado a Diaz como si fuese un carrete de hilo y lo había atado a una de las camas. Ahora estaba metiendo dentro del culo del técnico segundo una pequeña tubería que estaba conectada con una manguera a un cilindro que debía contener algún gas o líquido. &#8220;No quiero saber qué es lo que están haciendo&#8221;, pensó Chuan, y silenciosamente puenteó el control electromagnético que protegía el armario con las medicinas. Una vez desconectada la alarma, robó un poco de speed y una jeringuilla. De vuelta en sus habitaciones, la lluvia estaba cayendo sobre su ventana como si ahí fuera hubiese una manada de elefantes meando directamente encima de su cuarto. Abrió el grifo del agua caliente y esperó a que el chorrito se calentase. Al sentarse en su cama notó cómo miles de pequeñas cosas vivas se movían a su alrededor; insectos de tres, cuatro o cinco patas, que vivían de comerse pequeños trozos de él durante la noche; y unas cosas que parecían ratas, solo que al diseccionarlas resultaban estar formadas enteramente por material vegetal. Abrió la botellita de droga y mezcló un poco del polvo grisáceo con el agua caliente, agitando la mezcla con la aguja de la jeringuilla hasta que todos los grumos se disolvieron. Chupó tres mililitros del fluido gris de aspecto nuboso dentro de la jeringuilla y empleó los próximos dos minutos en darle golpecitos hasta que todas las burbujas de aire se unieron, formando una única burbuja más grande que expulsó a la atmósfera. Luego empezó a buscarse una vena para inyectarse, pero no pudo encontrar ninguna en sus brazos; parecía como si la lluvia de media tarde obligase a sus venas a buscar refugio dentro de los músculos. &#8220;Asomad, venitas jodidas, tengo algo bueno que os va a gustar&#8221;, musitaba mientras se azotaba detrás de los codos para ver si alguna vena se le marcaba un poco. Sin éxito. &#8220;Mierda&#8221;. Se tumbó en su catre y se quedó mirando frustrado al techo, pensando qué hacer. Entonces oyó un ruido familiar en el cuarto a su lado, el de Tetzas. Bien. Giró su terminal hacia él y empezó a teclear órdenes para que el banco de sensores infrarojos que había escondido en el techo del cuarto de la comandante empezase a transmitir. La imagen era borrosa, pero él sabía como conseguir algo decente después de un complicado procesamiento informático que ocupaba la mayor parte de los ordenadores de la base (a la mierda con el alineamiento del faro, pensó). Empezó a ver una imagen granulada en blanco y negro de Tetzas y Sachs agarrándose sobre la cama de la comandante. Había visto lo suficiente de esta rutina como para darse cuenta que mirar a dos lesbianas follando no era tan interesante como podría parecer a primera vista. A pesar de todo, el estímulo le sirvió de ayuda para que las venas de la polla se le marcasen un poco. Nunca había aprendido qué venas iban al pene y cuáles volvían al corazón, y nunca tuvo la paciencia necesaria para experimentar sistemáticamente, así que se clavó la aguja de la jeringuilla en la primera vena que vio. No podía ver bien si el fluido estaba entrando correctamente; de hecho, al meterse los últimos milímetros demasiado rápidamente se reventó la vena a causa de la presión, y el fluido se le amontonó debajo de la piel, mezclándose con la sangre de la pequeña hemorragia interna y formando un feo bulto a un lado de su polla. &#8220;Y qué más da&#8221;, pensó, &#8220;no es como si hubiese una oportunidad de que alguien me fuese a mirar pronto la polla&#8221;. Como de costumbre, después empezó a preguntarse por qué de todas las drogas en la base tenía que usar speed. No le ayudaba a superar el aburrimiento o la frustración sexual. Se preguntó por qué estaba ahí, y qué pasó con las cosas buenas de la vida, y si la vida tendría algún sentido más allá de la multiplicación sin propósito de la humanidad por el espacio, y por qué a nadie le interesaba ya la religión, y qué es lo que le pasó a los discordianos. Solían ser gente divertida, o por lo menos eran los menos aburridos de un mogollón muy aburrido, y&#8230; LLegado a este punto, Chuan ya no estaba paseando por la habitación, sino que estaba prácticamente saltando de una pared a la otra, con su pene todavía erecto y descolorado apuntando hacia el techo. El bulto a su lado todavía no había desaparecido, pero Chuan no iba a dejar ni loco que Frascastoro se lo tocase. A lo mejor Sachs podía ayudar. Cuando pensó en esta posibilidad empezó a imaginarse sus dedos delgados y fríos tocando su erección, acariciándole suavemente, y fue sólo entonces cuando se dio cuenta de que estaba golpeando su cabeza contra la pared de plástico poroso. Pensó que a lo mejor sería una buena idea salir un rato, así que se vistió. Seguía lloviendo fuera. Recogió un emisor de microondas que había convertido en una especie de arma y se encaminó hacia la compuerta principal. No se había usado durante una temporada; tuvo que golpear la pesada puerta de acero con sus puños unas cuantas veces hasta que empezó a deslizarse, dejando caer insectos muertos y plantitas que habían empezado a crecer en las junturas. El olor del exterior siempre conseguía producirle una arcada; era un repugnante hedor a jungla pudriéndose en un pantano. No se molestó en comprobar si había formas de vida peligrosas alrededor; no existían en ese planeta. Descendió por la rampa. Sus pies desnudos se hundían hasta el tobillo en el barro viscoso, formado por cadáveres en descomposición de plantas y animales procedentes de todos los niveles de la cadena alimentaria. También habían cosas vivas en mitad de esta mierda pútrida, y Chuan podía notarlas cuando se movían. Tocaban sus pies brevemente, tan sólo el tiempo necesario para descubrir que eso era un ente alienígena, no comestible, y por tanto falto de interés. Entonces se alejaban de él, buscando alguna otra cosa que comer. Chuan arrastraba los pies bajo la lluvia, alejándose con determinación de la base. Pasó por entre unos arbustos grises achaparrados hacia lo que pasaba por una selva en este planeta dejado de la mano de Dios. Encontró uno de esos montones de tierra que indicaban la posición de las madrigueras de una especie de topos gordos con seis patas. Como el resto de la vida del planeta, estas cosas eran una mezcla entre animal y vegetal, lentas, estúpidas, y constituían unos objetivos excelentes. Chuan se detuvo a unos metros del montículo, enfocó el emisor de microondas en la entrada a la madriguera, y lo encendió. El aparato zumbó y chisporroteó bajo la lluvia, y Chuan notó cómo se calentaba. En unos escasos segundos empezó a brotar vapor del agujero, y podía oir grititos y quejidos dentro. Una naricita de color marrón pálido apareció. Giraba en una dirección y luego en otra, buscando a su atacante. Chuan se rió por un momento como un poseso y bajó el foco de su emisor. El topo se retorció mientras hacía unos patéticos ruidos que parecían maullidos. El calor le hinchó rápidamente, hasta el punto de quedarse atascado en la entrada a su madriguera. Chuan tuvo que controlar su impulso de acercarse a la cosa inmovilizada y retorcerle el cuello con sus propias manos. En vez de eso, elevó el nivel de radiación de su emisor, mientras gruñía &#8220;¿eh? ¿eh?&#8221; a través de sus dientes apretados por la excitación de la caza. El topo se hinchó todavía más y sus gritos se redoblaron en volumen y angustia. Por un momento se pareció a un guante de goma que se deja encajado en un grifo de agua y se infla hasta alcanzar proporciones grotescas, y entonces explotó. El pingajo de carne marronosa que había sido su cabeza salió volando, todavía unido a dos de sus seis miembros, y aterrizó a un metro de la entrada a la madriguera. Chuan se reía histéricamente; cayó de rodillas sobre el barro y empezó a golpearlo rabiosamente con sus puños. Paró en cuanto vio que la parte trasera del topo salía de la madriguera, moviéndose torpemente bajo la lluvia, pero sin que pareciese que necesitaba demasiado su cabeza o sus patas delanteras. Malditos bichos. Chuan les iba a dar su merecido. Al cabo de media hora, la luminosidad había descendido hasta el punto en que Chuan no podía ver los seres que incineraba. A su última víctima le tiró el emisor, que explotó al cortocircuitarse. Para cuando volvió a la base se encontraba muy cansado y adormilado. Se había caido varias veces de bruces sobre el barro. Al ver la base se abalanzó torpemente sobre su pared, concienzudamente empapado tras tanto tiempo bajo la lluvia. No sabía dónde se encontraba exactamente. Caminó vacilantemente alrededor de la base, buscando la compuerta mientras se volvía a caer de nuevo y enterraba su cara en el pútrido cieno del suelo. De repente se encontró enfrente de una ventana. A causa del estupor en el que se encontraba, Chuan no sintió la revulsión habitual cuando miró dentro, y contempló fascinado a Diaz con su brazo metido hasta el codo dentro del culo de Frascastoro. Chuan meneó lentamente su cabeza de lado a lado, sin entender por qué la gente hacía ese tipo de cosas. Siguió andando torpemente alrededor de la pared de la base, buscando ahora la ventana de la comandante Tetzas, pero tenía las cortinas echadas. Maldiciendo, Chuan volvió a buscar el camino hacia la compuerta de entrada. Finalmente la encontró, entró en la base con un último tropezón, y consiguió arrastrarse por los pasillos hasta llegar instintivamente a su cama, donde se quedó dormido inmediatamente, con las ropas puestas. No durmió bien esa noche; soñó que miles de ganchos pequeños se le clavaban en la piel y luego tiraban de él, izándole hasta estar levitando en mitad del aire. Se despertó un par de veces en la oscuridad, pero volvió a dormirse rápidamente. Al día siguiente se despertó con una extraña sensación de torpeza e insensibilidad por todo el cuerpo, como si estuviese anestesiado. Tenía los músculos doloridos, posiblemente a causa de la cantidad inusual de ejercicio que había hecho la noche anterior. Hizo el gesto de levantarse de la cama, pero fue incapaz de mover los brazos con la velocidad necesaria, y poco después de ponerse de pie empezó a caerse a un lado, sin que pudiese hacer nada para recobrar el equilibrio. Sus brazos simplemente no reaccionaron, y se cayó dolorosamente al suelo. Preguntándose qué es lo que estaría pasando, Chuan consiguió sentarse al lado de su cama, y contempló con horror cómo había miles de filamentos vegetales atravesando sus ropas. Eran tan delgados como un pelo, y de un color gris verdoso. Se quitó su camiseta y empezó a arrancarse a pellizcos de su torso las plantas que habían crecido por la noche sobre su piel, alimentándose de él. Cada plantita salía haciendo un viscoso ruido de succión y dejaba una pequeña herida en su piel. Chuan estuvo pronto cubierto de agujeritos, de los que supuraba lentamente un asqueroso fluido amarillento. Su piel estaba endurecida y acartonada, como la portada de una revista que se queda en la lluvia. Poco a poco empezó a preocuparse. Se desabrochó los pantalones y luego se los quitó tirando fuertemente de ellos. La mancha roja brillante y húmeda en sus calzoncillos no le calmó nada. Con un gemido lastimero, se envolvió una toalla alrededor de la cintura y salió corriendo hacia la enfermería. Afortunadamente, Frascastoro no estaba allí; solo estaba Sachs, ocupada en revisar el armario de las medicinas. Posiblemente estaba buscando la botella de speed que Chuan había robado la noche anterior. Se le cayó su libreta de notas al suelo cuando vio a Chuan. Intentó empezar tres o cuatro frases, pero no lo consiguió. Al final fue él quien empezó a hablar: &#8220;me quedé fuera ayer, durante la lluvia.&#8221; Hizo un gesto mudo con la mirada hacia su hombro, en el que se veían moviéndose bajo la piel unas cosas del tamaño de su dedo meñique. Ella dudó antes de tocarle, y al final se limitó a agarrarle de una punta de la toalla y conducirle a una mesilla de examinación. Chuan se sentó. Parecía estar en shock mientras ella le quitaba varias docenas de filamentos con unas pinzas. Cada uno de los filamentos hacía un ruido húmedo y viscoso al ser arrancado, y dejaba un nuevo agujero del que luego supuraba más de ese fluido purulento. Caundo Sachs se recobró de su sorpresa inicial, intentó relajar a su paciente con un poco de charla. &#8220;Sí&#8230; te oí cuando volvías anoche. Estabas gritando algo acerca de follarte a un topo muerto.&#8221; Entonces le quitó una tira de piel en la que se había incrustado algo parecido al capullo de un insecto que estaba creciendo en su antebrazo, mientras él tenía escalofríos. &#8220;Sí, bueno, creo que perdí el control&#8230; ¡AHHH!&#8221; gritó cuando ella le abrió el hombro con un bisturí por encima de uno de los grumos que se movían. La piel se apartó rápidamente a los lados del corte, dejando ver dentro algo que tenía la consistencia de un espermatozoide moviéndose lentamente delante y detrás, buscando alguna forma de volver a enterrarse debajo del músculo. Con una cara del color de la ceniza, ella intentó tirar del parásito con unas tenazas, pero no pudo, así que al final tuvo que matarlo cortándolo con un bisturí y después usó unas pinzas para sacar todos los trozos de dentro de la herida. Después repitió el proceso con varios de los grumos más grandes que él tenía moviéndose por su torso y después, con ciertas reservas, desató la toalla de su cintura y le cortó los calzoncillos. Todo su vello púbico había desaparecido, comido por algo. Tenía unas ampollas alargadas de color pálido, de medio centímetro de anchura, que se retorcían sinuosamente por la superficie de su barriga. Iban desde su ombligo hasta sus muslos, y se hinchaban rítmicamente. Parecían estar llenas de algún fluido a presión. El bulto que se hizo al lado de su pene al drogarse no había decrecido en absoluto desde la noche anterior; se había vuelto negro y ahora era el hogar de algo que se parecía a un trozo de cuerda con nudos. Chuan podía sentirlo. Era extraño, pero el ver algo vivo dentro de su pene empezó a ponerle cachondo. Sachs estaba pinchando a los lados del bulto con la punta del bisturí, buscando algún sitio por donde poder cortar sin pillar ninguna vena. Se detuvo al ver su erección. &#8220;¿Te pasa algo?&#8221;, preguntó con un tono de decirle &#8220;no me jodas o me voy de aquí ahora mismo&#8221;. Chuan meneó la cabeza para decirle que siguiera. &#8220;Ya, simplemente quítamelo, ¿no?&#8221;, protestó ella con resignación. Apuñaló con el bisturí el bulto cerca del final de su prepucio y la piel se retrajo hacia los lados, dejando ver que la cosa dentro era tres o cuatro gusanos grisáceos que parecían intestinos encogiéndose y expandiéndose al ritmo de su peristalsis. Los gusanos no se quedaron quietos esperando a ser arrancados, sino que empezaron inmediatamente a moverse como caracoles hacia abajo por el pene erecto. La sensación era increiblemente erótica, y Chuan se sintió más y más excitado. Ella puso un remedio sobre el corte, que se cerró en cuestión de minutos, y le enrolló un poco de esparadrapo en la base del pene. Por un momento los dos compartieron el mismo pensamiento de que esa cura podría convertirse en algo más personal. Chuan estaba fantaseando con que ella estaba a punto de ionclinarse sobre él para besarle, pero entonces apareció Frascastoro en la enfermería y destruyó la oportunidad. Los ojos del doctor se encendieron glotonamente por un momento al ver la erección de Chuan. Sachs se apresuró a acabar de vendarle la polla y después le volvió a poner su toalla encima del regazo. Unas horas después, cuando la mayoría de las cosas que habían estado creciendo a costa de Chuan habían sido arrancadas, él volvió a su cuarto y se tiró cansado sobre su camastro. Le habían raspado cada centímetro de su piel, le habían bombeado medicinas horribles a través de la garganta, y le habían dejado casi sin pelo. Se sentía como un trapo viejo que alguien hubiese usado para limpiar una flota entera de naves estelares. Y sin embargo no se sentía más limpio que antes de que Frascastoro empezase a trabajar en él. No podía comprobarlo, pero sentía como si por encima de todo su cuerpo tuviese extendida una capa de porquería. Necesitaba ducharse. Se quitó su bata de la enfermería y examinó el esparadrapo que le cubría la picha. Estaba manchado de amarillo en el sitio donde había estado el bulto, pero se notaba el capullo completamente curado. Se quitó el vendaje hasta alcanzar una sección donde el pus se había secado, dejando pegadas varias capas de esparadrapo en una masa sólida. No intentó tirar del pegote, porque parecía que podría ser doloroso. Se metió en el cubículo de su ducha y, después de usar el agua para arrastrar varios insectos por el desagüe, se dirigió el chorro hacia la picha, remojando el pegote de vendas apelmazadas. Después de reblandecerlo se quitó todo el esparadrapo que quedaba. Su polla tenía mejor aspecto, pero había salido del suplicio con una clara torcedura hacia la izquierda. Chuan se enjabonó vigorosamente para quitarse todos los pringues de encima. El jabón le escocía en los miles de agujeros que habían dejado las plantas en su piel al ser arrancadas. Y entonces, de repente, vio que Sachs estaba en la puerta, mirándole. Chuan le devolvió la mirada, con una cara de sorpresa. El chorro de agua le caía en un lado de la cara, y le arrastraba sobre un ojo un mechón de su pelo cortado desigualmente en la enfermería. Finalmente ella dijo &#8220;Yo&#8230; yo venía a ver si estás bien&#8230;&#8221; Hubo una pausa incómoda y él contestó &#8220;Estoy bien, de verdad.&#8221; Ella no dijo nada más, sino que entró en el pequeño cuarto de baño y se arrodilló en el suelo de la ducha, dejando que el agua la empapase. Chuan estuvo observando con una sensación creciente de irrealidad cómo ella le acariciaba sus muslos depilados y le enjabonaba las caderas. Luego sacó su lengua y le tocó el prepucio. A pesar de todo lo que le había pasado durante las últimas doce horas, Chuan respondió rápidamente, aunque su polla se llenó de sangre de forma desigual y se movió de un lado a otro, como serpenteando, mientras se inflaba. Ella le agarró la polla ansiosamente y empezó a hacerle sin prisas una paja. De repente, Chuan notó algo dentro de él. No era el habitual estremecimiento pre-orgásmico, sino algo más bien parecido a la sensación que se tiene inmediatamente antes de aflojar la vejiga para mear. Notando algo raro, ella le agarró por el escroto y tiró hacia abajo rítmicamente, mandando pequeñas ondas de choque a través de su pelvis. Ella empezó a tirar con más rapidez, mientras él apoyaba su espalda contra la pared de la ducha, a causa de la debilidad en su rodillas. A continuación ella tiró de su prepucio, descubriendo el glande de Chuan, que esta vez notó claramente que algo estaba moviéndose dentro de él, uretra abajo. Tenía una sensación como si estuviese meando un rosario y notase cómo todas las cuentas se movían, una detrás de otra, a lo largo de su uretra, arañándole el interior. Entonces los dos vieron los tres primeros segmentos de una oruga saliendo por la punta de su polla. Se quedaron paralizados mientras el insecto se retorcía a los lados para mirar alrededor. Entonces ella se inclinó sobre la polla de Chuan y atrapó el primer segmento de la oruga entre sus dientes. Empezó a tirar de él con cuidado, para no romperlo, y sacó al insecto poco a poco, segmento por segmento. Chuan notaba cómo la oruga agitaba sus patas, intentando agarrarse a algo por dentro de su uretra. Ahora era como si en vez de un rosario estuviese meando un alambre de espino. Ella consiguió arrastrar la mayor parte de la oruga fuera de él, entonces hechó de golpe su cabeza hacia atrás y después escupió la oruga fuera de la ducha. Chuan miró hacia abajo, fijándose en la camiseta empapada que intentaba cubrir los pechos de Sachs. Su mirada se encontró con una mueca de desafío en la cara de ella, que empezó a mover su lengua alrededor de su glande recogiendo todo el moco fibroso que la oruga había dejado tras de sí. Chuan sonrió. Los dos iban a llevarse muy bien.</p>
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