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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; espiritus</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>La casa de los espiritus</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Feb 2011 18:15:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Uno de mis amigos, hombre de letras y filósofo, me decía un día, medio en broma, medio en serio: -Imagine usted, querido amigo, que he descubierto una casa frecuentada, en pleno centro de Londres. -¿Realmente frecuentada? ¿Y por quién? ¿Por fantasmas? -No puedo responder a esta pregunta. Esto es todo lo que yo sé: hace [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de mis amigos, hombre de letras y filósofo, me decía un día, medio en broma, medio en serio:</p>
<p>-Imagine usted, querido amigo, que he descubierto una casa frecuentada, en pleno centro de Londres.<br />
 <a href="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/casaencantada210ak.jpg"><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/casaencantada210ak.jpg" alt="" title="casaencantada210ak" width="598" height="459" class="alignnone size-full wp-image-2985" /></a><br />
-¿Realmente frecuentada? ¿Y por quién? ¿Por fantasmas?</p>
<p>-No puedo responder a esta pregunta. Esto es todo lo que yo sé: hace seis semanas, mi mujer y yo, íbamos a la búsqueda de un apartamento amueblado. Al pasar por una calle tranquila, vimos en la ventana de una casa un cartel: Apartamento amueblado. El lugar nos convenía. Entramos en la casa. Nos gustó. Alquilamos el apartamento por semanas y&#8230; lo abandonamos al cabo de tres días. Nada en el mundo habría podido obligar a mi mujer a permanecer allí por más tiempo. Y debo decir que no me sorprendo de ello.</p>
<p>-Pues ¿qué vieron?</p>
<p>-Le ruego me perdone. No tengo ningún deseo de pasar por un soñador supersticioso. Tampoco querría, por otra parte, hacerle admitir, ante mi única afirmación, lo que usted no podría creer sin el control de sus propios sentidos. Déjeme decirle que no es tanto lo que hemos visto y oído (pues podría usted creernos víctimas de nuestra imaginación, o de una impostura) lo que nos hizo salir de allí, como el indefinible terror que se apoderaba de nosotros cada vez que pasábamos por delante de la puerta de una habitación vacía, en la cual, por otra parte, jamás habíamos visto ni oído nada. Y lo más extraño, es que por primera vez en mi vida, estuve de acuerdo con mi mujer -necia mujer, por otra parte- y le concedí que después de tres noches de permanecer allí, no era posible permanecer ni una más. La cuarta mañana, pues, llamé a la mujer que guardaba la casa y nos servía, le dije que las habitaciones no eran de nuestro agrado, y que no queríamos finalizar la semana. Ella respondió secamente:</p>
<p>-Ya sé por qué; ustedes, sin embargo, se han quedado más tiempo que ningún otro inquilino. Son pocos los que han permanecido dos noches. Y ni uno ha quedado a la tercera. Sin embargo, creo que han sido muy amables con ustedes.<br />
 <span id="more-2927"></span><br />
&#8211;Ellos&#8230; ¿quiénes?, -pregunté yo, simulando una sonrisa.</p>
<p>-¡Oh, pues&#8230; los que frecuentan la casa, sean quienes fueren! Yo no me preocupo. Los recuerdo hace muchos años, cuando yo vivía en la casa, pero entonces no como criada. Sé que un día causarán mi muerte. Pero no me inquieto mucho pues soy vieja, y de todos modos moriría pronto. Y entonces, seguiré con ellos en la casa.</p>
<p>La mujer hablaba con una tranquilidad tan aterradora, que realmente fue una especie de temor lo que me impidió seguir la conversación. Pagué el alquiler de la semana, y mi mujer y yo nos sentimos muy afortunados al poder irnos tan pronto.</p>
<p>-Me intriga usted -dije-, y nada me gustaría tanto como dormir en una casa frecuentada. Deme la dirección, se lo ruego, de la casa que ha abandonado tan vergonzosamente.</p>
<p>Mi amigo me dio la dirección, y cuando nos separamos, me dirigí directamente a la casa indicada.</p>
<p>Está situada en el lado norte de Oxford Street, en un lugar triste y respetable. Encontré la casa cerrada, sin ningún cartel en la ventana, y nadie me respondió cuando llamé. Cuando iba a regresar, un muchacho que recogía botes de estaño por los alrededores, me dijo-</p>
<p>-¿Desea usted algo de esta casa, caballero? -Sí, he oído decir que estaba vacía.</p>
<p>-¡Déjelo! La mujer que la guardaba murió hace tres semanas, y nadie quiere vivir allí aunque Mr. J&#8230; ofrezca mucho. Le ha ofrecido a mi madre que trabajaba en su casa durante el día una libra a la semana para abrir y cerrar las ventanas, y ella ha rechazado su oferta.</p>
<p>-¿La ha rechazado? ¿Por qué?</p>
<p>-La casa está encantada, y la mujer que vivía aquí, fue encontrada muerta en su cama, con los ojos desmesuradamente abiertos. Dicen que el diablo la estranguló&#8230;</p>
<p>-¡Bah&#8230; 1 habla de Mr. J&#8230;. ¿Es el propietario? -Sí.</p>
<p>-¿Dónde vive?</p>
<p>-En G&#8230; Street, núm&#8230;</p>
<p>-¿Qué hace? ¿Qué negocios tiene?</p>
<p>-Nada, caballero, nada especial&#8230; un simple particular.</p>
<p>Di al muchacho la propina que merecía su información, y me fui a ver a Mr. J&#8230;, G&#8230; Street, cuya calle se encontraba en el extremo de la que desembocaba en la casa encantada. Fui lo bastante afortunado como para encontrarle en su casa. Era un hombre de edad, de aspecto inteligente y maneras corteses.</p>
<p>Le dije mi nombre, y le expliqué francamente el asunto. Le dije haberme enterado de que la casa estaba encantada, que tenía, muchos deseos de ver de cerca una casa que gozara de una reputación tan equívoca, y que le estaría muy obligado si quisiera permitirme alquilarla, aunque no fuera más que por una noche. Estaba dispuesto a pagar este favor al precio que él quisiera.</p>
<p>-Caballero, -me dijo Mr. J&#8230; con gran cortesía-, la casa está a su disposición por todo el tiempo que desee. El precio está fuera de discusión. Todas las ventajas serán para mí, si usted consigue descubrir la causa de los extraños fenómenos que la privan actualmente dé todo valor. No puedo alquilarla, pues me resulta imposible poner a una sirvienta para mantener el orden y abrir la puerta. Desgraciadamente, está encantada -me permito expresarme así- no solamente de noche, sino también de día. No obstante, por la noche, los fenómenos son más desagradables, y a veces de un carácter netamente alarmante. La pobre vieja que murió allí hace tres semanas, era una mendiga que habla retirado de una «casa de trabajo», porque en su infancia había sido conocida por alguno de mi familia, y otro tiempo había estado a punto de alquilar la casa de mi tío. Era una mujer de una educación superior, y de espíritu sólido, la única, además, a quien pude convencer de que viviera en la casa. De hecho, desde su muerte repentina, y después de la encuesta del coronel que le dio una notoriedad en el vecindario, he acabado por desesperar de encontrar a alguien que la ocupe, y menos aún un inquilino, y la he retirado voluntariamente del alquiler durante un año, hasta que alguien pagara el interés y las cargas.</p>
<p>-¿Cuánto tiempo hace que esta casa tiene un renombre tan siniestro?</p>
<p>-Difícilmente podría decírselo, pero hace ya varios años. La vieja de la que le he hablado, decía que estaba ya encantada cuando ella la alquiló, hace de esto treinta o cuarenta años. El hecho es que yo he pasado toda mi vida en las Indias, al servicio de la Compañía. Volví a Inglaterra el año pasado para heredar la fortuna de uno de mis tíos, y entre otras cosas, estaba esta casa. La encontré cerrada y vacía. Tenía la reputación de estar encantada, y nadie quería vivir en ella. Yo me reía de esta historia que suponía vana. Gasté algún dinero en reparar la mansión, añadiendo a su mobiliario antiguo algunos objetos modernos, la puse en alquiler y la contraté por un año. El inquilino era un coronel de media paga. Llegó con su familia, una hija y un hijo y cuatro o cinco criados. Todos abandonaron la casa al día siguiente. Y aunque cada uno declaró haber visto una cosa distinta de los demás, lo que todos habían visto era igualmente aterrador. No podía, en conciencia, perseguir ni atacar al coronel por ruptura de contrato. Entonces alojé a la mujer de la que le he hablado, dándole permiso para alquilar la mansión. No he tenido jamás ni un solo inquilino que se haya quedado más de tres días. No le repetiré sus historias, pues los mismos fenómenos no se han repetido jamás dos veces. Vale, más que juzgue por usted mismo, y en vez de entrar en la casa con ideas preconcebidas, esté preparado únicamente a ver o a oír algo anormal y adopte todas las precauciones que le apetezcan. </p>
<p>-Sí. Pasé en ella, no solamente una noche, sino tres horas a plena luz. Mi curiosidad no quedó satisfecha, sino enfriada. No tengo deseo alguno de renovar la experiencia. No puede achacarme, caballero, que no sea lo suficientemente franco. A menos que su interés no esté excitado en alto grado, y sus nervios extremadamente templados, añadiré honradamente que le aconsejo que no pase ni una noche en esta casa.</p>
<p>-Mi interés está sumamente excitado -repliqué-, y aunque sólo un cobarde se atreve a presumir de sus nervios en situaciones totalmente extrañas y fuera de lo corriente, los míos han estado de tal modo habituados a toda clase de peligros, que tengo derecho a contar con ellos, incluso en una casa encantada.</p>
<p>Mr. J&#8230; no añadió nada. Tomó de su escritorio las llaves de la casa, me las dio y, tras agradecerle cordialmente su franqueza y su amabilidad, me llevé mi trofeo.</p>
<p>Una vez en mi casa, impaciente por hacer la experiencia, llamé a mi hombre de confianza, un joven de espíritu alegre, de temperamento poco temeroso y tan desprovisto de prejuicios supersticiosos como el que más.</p>
<p>-F&#8230; -dije-, ¿recuerdas en Alemania, cuán decepcionados estuvimos al no encontrar fantasmas en aquel viejo castillo que decían que estaba encantado por una aparición sin cabeza? ¡Pues bien!, he oído hablar de una casa en Londres que, tengo razones para creerlo, está realmente encantada. Tengo la intención de ir a pasar la noche allí. Por lo que me han dicho, no hay duda que hay que ver y oír cosas horribles. Si te llevo con migo, ¿puedo contar con tu presencia de espíritu suceda lo que suceda?</p>
<p>-¡Oh!, señor, tenga confianza en mí, se lo ruego, -respondió F&#8230;, haciendo una mueca de placer.</p>
<p>-Muy bien; aquí están las llaves de la casa, y aquí la dirección. Ve, escógeme una buena habitación, y puesto que el lugar está deshabitado desde hace varias semanas, enciende un buen fuego, airea las habitaciones y asegúrate de que hay candelabros y combustible. Toma mi revólver y mi daga, y ármate tú también así, y si no estamos equipados contra una docena de fantasmas, somos una mala pareja de ingleses.</p>
<p>Tenía que resolver el resto del día, asuntos tan urgentes, que no volví a tener tiempo de pensar en la aventura nocturna en la que había comprometido mi honor. Cené solo y muy tarde, y leí mientras comía, según mi costumbre. Escogí uno de los volúmenes de ensayos de Macaulay. Me dije que me llevaría el libro conmigo. Había en aquel volumen tanta vida y tanta realidad, que me serviría de antídoto contra las influencias perniciosas de la superstición.</p>
<p>Me lo puse en el bolsillo y, hacia las nueve y media, me dirigí tranquilamente hacia la casa encantada. Llevaba conmigo uno de mis perros favoritos, un bull extremadamente vivo, atrevido y vigilante, al que le gustaba merodear por los rincones oscuros y los pasajes misteriosos, en busca de ratas; es decir el perro por excelencia, para la caza de los fantasmas.</p>
<p>Era una noche de verano, pero fresca, con un cielo oscuro y cubierto. Había claro de luna, una luna débil y sin brillo, pero era la luna al menos, y si las nubes lo permitían, después de medianoche el cielo se aclararía.</p>
<p>Llegué a la casa, llamé, y mi criado acudió a abrirme con una alegre sonrisa.</p>
<p>-Todo perfecto, señor, y muy agradable. -¡Oh! -dije yo, un poco contrariado-. ¿No has visto ni oído nada extraño?</p>
<p>-Oh, sí, tengo que confesar que he oído algo extraño.</p>
<p>-¿Qué?</p>
<p>-Unos pasos detrás de mí, y una vez o dos un ruido muy ligero, como un suspiro muy cerca de mi oído, nada más.</p>
<p>-No pareces asustado.</p>
<p>-¡No lo estoy en absoluto, señor¡ Y la mirada valerosa del buen hombre, me aseguró al menos una cosa, y es que sucediera lo que fuese, no me abandonarla.</p>
<p>Estábamos en el vestíbulo, con la puerta de entrada cerrada, y mi atención se había apartado de mi perro. Había avanzado primero de bastante buen grado, pero se arrastraba ahora cerca de la puerta, gimoteando por salir. Cuando le hube acariciado la cabeza, y le hube animado, pareció reconciliarse con la situación y nos siguió a F&#8230; y a mí a través de la casa, sin separarse ni una pulgada de mi lado, en lugar de aventurarse hacia delante, como tenía por costumbre hacer en todos los lugares extraños.</p>
<p>Visitamos primero los sótanos, la cocina y las demás dependencias, especialmente las bodegas, donde descubrimos algunas botellas de vino cubiertas de telas de araña, y que, según todas las apariencias, no habían sido tocadas desde hacía años. Estaba claro que los espíritus no eran aficionados a la botella. No descubrimos ninguna otra cosa que fuera interesante. Había un siniestro patio rodeado de elevadas paredes cuyas piedras estaban húmedas, y en donde, gracias a la humedad por una parte, y por otra parte al polvo y al hollín, nuestros pies dejaban al pasar, huellas cenagosas. Allí apareció el primer fenómeno extraño, del que fui testigo en aquélla extraña mansión. Vi delante de mí, formarse en el mismo momento la huella de un pie, como si el pie estuviera allí. Me detuve, llamé a mi criado, y le mostré la cosa. Delante de aquella huella se dibujó inmediatamente otra. La vimos los dos. Avancé rápidamente hacia aquel lugar, y la huella avanzó, delante de mí; era una huella pequeña, como la de un niño. La impresión era demasiado débil para que pudiera distinguirse claramente su forma, pero a los dos nos pareció que debía ser la de un pie desnudo.</p>
<p>Este fenómeno cesó, cuando llegamos a la pared opuesta, y no se produjo a la vuelta. Subimos las escaleras, y entramos en las habitaciones de la planta bija, un comedor, un saloncito, y una tercera habitación más pequeña aún, que aparentemente había estado destinada a algún criado, las tres silenciosas como la muerte. Visitamos los salones que nos parecieron decorados recientemente y muy nuevos. En la habitación que daba a la fachada, me senté en un sillón. F&#8230; dejó sobre la mesa el candelabro que nos había iluminado. Le dije que cerrara la ventana. Cuando se volvía para hacerlo, una silla, abandonó silenciosa y rápidamente la pared de enfrente, y se paró delante de mí, a un metro aproximadamente de mi sillón.</p>
<p>-¡Vaya! -dije riendo a medias-, esto es mejor que las mesas giratorias.</p>
<p>Mientras yo reía, mi perro volvió la cabeza y se puso a aullar.</p>
<p>F&#8230; no había visto el movimiento de la silla. En aquel momento trataba de tranquilizar al perro. Yo seguía observando la silla e imaginé ver entonces una figura humana, de un azul pálido vaporoso pero de un contorno tan impreciso, que difícilmente podía dar crédito a mis sentidos. El perro estaba tranquilo.</p>
<p>-Toma esta silla que está delante de mí, y vuélvela a poner junto a la pared -le dije a F&#8230;</p>
<p>F&#8230; obedeció.</p>
<p>-¿Ha sido usted, señor? -preguntó, volviéndose bruscamente.</p>
<p>-¿Yo? ¿El qué?</p>
<p>-Algo me ha tocado. Lo he notado claramente en el hombro&#8230; justamente aquí, mire</p>
<p>-No -dije yo-. Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir sus artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.</p>
<p>No nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido. Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.</p>
<p>La habitación que mi criado había escogido para mí, era la mejor del piso, grande, con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio, estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar, había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías. Encontramos solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques, evidentemente sólidos, y las paredes exteriores del edificio.</p>
<p>Habiendo terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F&#8230;, nuevas investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con doble llave.</p>
<p>-Señor -exclamó mi criado, sorprendido-, he abierto esta puerta al mismo tiempo que las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior, porque&#8230;</p>
<p>Antes de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había tocado, se abrió tranquilamente por sí misma. Nos &#8216;miramos un instante. El mismo pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al fin ser descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una triste y pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y cestos en un rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no había chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para entrar; no había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual, remendado en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un ser viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse. Cuando inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos había dejado paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto. Estábamos cogidos.</p>
<p>En el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con F&#8230;</p>
<p>-Dios mío, no crea que estamos cogidos en la trampa, señor. De una patada, podría reducir esta hipócrita puerta a astillas.</p>
<p>-Prueba primero si puedes abrirla con las manos -dije yo, desembarazándome de mi aprensión-, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.</p>
<p>Quité los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito ya; no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras del patio.</p>
<p>F&#8230;. entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.</p>
<p>Le di, contento, el permiso que pedía. Pero aunque era un hombre de una fuerza poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se detuvo. Me encarnice a mi vez con a puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y más obsesionante. Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.</p>
<p>Yo seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.</p>
<p>El chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer. Pero oírnos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y entonces me di cuenta de que mi perro no nos había seguido. Estaba acurrucado junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesita a la cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse demasiado de sus cuidados.</p>
<p>Las cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje, indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo parecido a un crimen.</p>
<p>«Debemos amarnos», es una de las frases que recuerdo, «Porque todos nos detestarían si supieran&#8230; »</p>
<p>Y luego: «No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas, mientras duermes».</p>
<p>Y de nuevo: «Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida». -No -dije yo-. Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir sus artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.</p>
<p>No nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido. Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.</p>
<p>La habitación que mi criado había escogido para mí, era la mejor del piso, grande, con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio, estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar, había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías. Encontramos solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques, evidentemente sólidos, y las paredes exteriores del edificio.</p>
<p>Habiendo terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F&#8230;, nuevas investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con doble llave.</p>
<p>-Señor -exclamó mi criado, sorprendido-, he abierto esta puerta al mismo tiempo que las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior, porque&#8230;</p>
<p>Antes de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había tocado, se abrió tranquilamente por sí misma. Nos &#8216;miramos un instante. El mismo pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al fin ser descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una triste y pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y cestos en un rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no había chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para entrar; no había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual, remendado en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un ser viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse. Cuando inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos había dejado paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto. Estábamos cogidos.</p>
<p>En el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con F&#8230;</p>
<p>-Dios mío, no crea que estamos cogidos en la trampa, señor. De una patada, podría reducir esta hipócrita puerta a astillas.</p>
<p>-Prueba primero si puedes abrirla con las manos -dije yo, desembarazándome de mi aprensión-, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.</p>
<p>Quité los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito ya; no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras del patio.</p>
<p>F&#8230;. entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.</p>
<p>Le di, contento, el permiso que pedía. Pero aunque era un hombre de una fuerza poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se detuvo. Me encarnice a mi vez con a puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y más obsesionante. Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.</p>
<p>Yo seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.</p>
<p>El chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer. Pero oírnos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y entonces me di cuenta de que mi perro no nos había seguido. Estaba acurrucado junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesita a la cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse demasiado de sus cuidados.</p>
<p>Las cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje, indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo parecido a un crimen.</p>
<p>«Debemos amarnos», es una de las frases que recuerdo, «Porque todos nos detestarían si supieran&#8230; »</p>
<p>Y luego: «No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas, mientras duermes».</p>
<p>Y de nuevo: «Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida».  </p>
<p>Aquí había una frase subrayada, mejor escrita, que parecía trazada por una mano de mujer. Y lo hacen. Al final de la carta más reciente, la misma mano femenina había trazado estas palabras: «perdido en el mar el 4 de junio, el mismo día que &#8230; »</p>
<p>Dejé las cartas, y me puse a reflexionar sobre su contenido. Temiendo, sin embargo, que este tipo de pensamientos me indispusiera mi sistema nervioso y determinado a mantener mi espíritu en buen estado, en perspectiva de todo lo que aquella noche podía aún ofrecerme de maravilloso, me levanté, dejé las cartas sobre la mesa, aticé el fuego aún brillante y alegre, y abrí mi volumen de Macaulay. Leí tranquilamente hasta las once y media. Me eché entonces completamente vestido, en la cama, y permití a mi criado que se retirara a su habitación, recomendándole, no obstante, que se mantuviera despierto. Le rogué igualmente que dejara abierta la puerta entre nuestras habitaciones y, solo al fin, puse dos candelabros sobre la mesilla de noche. Dejé mi reloj al lado de las armas y cogí de nuevo el Macaulay. Delante de mí el fuego brillaba, y en el hogar el perro parecía dormir. Al cabo de unos veinte minutos, sentí pasar como una flecha, junto a mi mejilla, una corriente de aire excesivamente fría. Pensé que la puerta de la derecha, que comunicaba con el rellano se había abierto, pero no, seguía cerrada. Miré entonces a la izquierda y vi que las llamas de las velas estaban inclinadas por un soplo tan violento como el viento. En aquel momento, el reloj que se encontraba al lado del revólver abandonó lentamente la mesa y aunque no había ninguna mano visible, desapareció. Habiéndome armado, me puse a mirar el suelo; no había rastro del reloj. Tres golpes sordos lentos, se oyeron claramente a la cabecera de la cama. Mi criado llamó.</p>
<p>-¿Es usted, señor?</p>
<p>-No. Estate alerta.</p>
<p>El perro se había levantado y, sentado sobre sus cuartos traseros, sus orejas se agitaban vivamente de atrás hacia delante. Tenía los ojos fijos en mí con una mirada tan extraña, que toda mi atención estaba atraída por él. Lentamente, se levantó, con el pelo erizado, y se quedó rígido, con la mirada salvaje. Mi criado, salia de su habitación, y si he tenido jamás la ocasión de ver el horror pintado sobre algún rostro humano, fue esta vez. Si le hubiera encontrado en la calle, no hubiera podido reconocerle, tan alterado estaba su rostro. Rápidamente, pasó junto a mí, diciendo en un soplo que parecía salir apenas de sus labios:</p>
<p>-Deprisa, deprisa, ¡está detrás de mí! Llegó a la puerta del rellano, la abrió y se precipitó hacia abajo. Yo le seguí involuntariamente, gritándole que se detuviera. Pero sin oírme, bajaba dando tumbos por la escalera, golpeando la baranda, y saltando varios peldaños a la vez. Desde donde yo estaba, oí que abría la puerta de la calle y la cerraba detrás de sí. Estaba solo en la casa encantada.</p>
<p>Por un instante, permanecí indeciso, no sabiendo si seguir a mi criado. El orgullo y la curiosidad me impidieron esta huida humillante. Me reintegré a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí, y me dirigí prudentemente hacia el gabinete interior. No vi nada que justificara el terror de mi criado. Examiné de nuevo cuidadosamente las paredes, para ver si existía alguna puerta oculta. No encontré rastro alguno, ni una hendidura en el papel castaño del tapizado.</p>
<p>¿Cómo había entrado, pues, en aquella habitación, fuese lo que fuese lo que le había aterrado, sino a través de la mía? Volví a mi habitación, cerré con doble llave la puerta de comunicación y me mantuve dispuesto y atento a la menor alarma. Advertí que el perro se habla retirado a un rincón de la habitación, y se apretaba contra la pared, como si hubiera querido abrirse paso con todas sus fuerzas. Fui hacia él y le hablé. La pobre bestia estaba evidentemente aterrorizada. Mostraba los dientes, la saliva le manaba de la boca, y ciertamente me hubiera mordido si la hubiera tocado. No parecía reconocerme. Aquel que ha visto en el jardín zoológico un conejo fascinado por una serpiente, acurrucándose en un rincón, puede formarse una idea del terror que el perro parecía experimentar. Todos mis esfuerzos para apaciguarle fueron vanos, y temiendo que su mordedura fuera, en el estado en que se encontraba, tan peligrosa como la de un perro rabioso, le dejé, coloqué mis armas sobre la mesa, al lado del fuego, me senté y volví a mi Macaulay.</p>
<p>Con el objeto de que no parezca que trato de hacer creer al lector que me hallaba en posesión de mayor valor, o presencia de ánimo de lo que puede concebir, voy a introducir aquí, y ruego me perdonen, una o dos observaciones personales.</p>
<p>Como yo creo que la presencia de ánimo, o lo que se llama valor, es proporcional a la costumbre de encontrarse en circunstancias que lo reclamen, diré que yo estaba más que suficientemente familiarizado con los fenómenos maravillosos. Había encontrado casos realmente extraordinarios en diferentes partes del mundo, casos que, si tuviera que relatarlos, no serían dignos de crédito alguno, y no serían tenidos en cuenta como influencias sobrenaturales. Mi teoría es que lo sobrenatural se confunde con lo imposible y que lo que es reconocido como tal, proviene simplemente de la aplicación de leyes naturales que ignoramos. Así, pues, si un fantasma se me aparece, yo no tengo derecho a decir: «Vaya, existe lo sobrenatural», sino «Vaya, la aparición de un espíritu, contrariamente a lo que había creído hasta ahora, entra en el dominio de las leyes naturales y no de las sobrenaturales».</p>
<p>Así, pues, en todo lo que había visto y en todos los milagros que los aficionados de la época al misterio han relatado como hechos, había siempre una intervención humana. En el continente, se encuentran magos que afirman poder hacer salir a los espíritus. Suponiendo incluso que sean sinceros, mientras que la forma material del mago está presente, constituye el elemento esencial material, por el cual. a causa de ciertas originalidades de constitución, ciertos fenómenos extraños se manifiestan a nuestros sentidos. Admitiendo incluso los cuentos de la «Spirit Manifestation in América», tales como la producción de música u otros sonidos, la escritura sobre papel sin el concurso de una mano visible, los movimientos de objetos o muebles sin intervención humana aparente, la vista y el contacto de manos que no parecen pertenecer a cuerpo alguno, se encontrará siempre el médium, ser vivo capaz de conseguir semejantes fenómenos, a causa de ciertas particularidades en su constitución. En una palabra, en el origen de todas estas maravillas, suponiendo que no sean el resultado de una impostura, debe haber un ser semejante a nosotros, por el cual, o bajo la influencia del cual, estos efectos caen sobre nuestros sentidos.</p>
<p>Sucede así en el fenómeno ahora conocido con el nombre de mesmerismo o magnetismo animal, en que el espíritu de la persona tratada está influenciado por un agente material vivo. Suponiendo incluso que un paciente sometido al método de Mesmer pueda realmente cumplir la voluntad de un hipnotizador que se halla a cien millas de distancia, esta pasividad no es menos el resultado de una acción material; y es por medio de un fluido material -llámenle eléctrico, o lo que quieran- que tenga el poder de atravesar el espacio y de pasar a través de los obstáculos, que el efecto material es transmitido de uno a otro.</p>
<p>De ahí que todo aquello de lo que había sido testigo, y lo que esperaba ver aún en aquella extraña casa, me parecía causado por un médium tan mortal como yo mismo. Y esta idea me preservaba necesariamente del terror que habrían experimentado a través de las aventuras de esta memorable noche, aquellos que miran estos fenómenos como obra de las fuerzas sobrenaturales y no como operaciones propias de la Naturaleza.</p>
<p>Así pues, todo lo que se presentaba o podía aún presentarse, se me aparecía como procedente de alguien que tuviera el don natural de hacer aparecer tales cosas, y un motivo para hacerlo, y yo sacaba de mi teoría un interés más filosófico que supersticioso. Puedo decir sinceramente que estaba tan tranquilo como hubiera podido estarlo cualquier sabio en espera de los efectos de una determinada combinación química que ofreciera, sin embargo, algún peligro.</p>
<p>Naturalmente, cuanto más lograra tranquilizar a mi imaginación, más dispuesto estaría mi espíritu para la observación que quería hacer, por esta razón, concentraba todo mi pensamiento y todas mis miradas en el vigoroso y claro buen sentido de las páginas de Macaulay.</p>
<p>Vine a observar que algo se interponía entre la página y la luz, pues la página se encontraba oscurecida por una sombra. Lo que miré y vi me es difícil, por no decir imposible de describir. Era una oscuridad del ambiente, siguiendo contornos poco definidos. No puedo decir que se pareciera a un hombre, y no obstante aquello tenía más parecido con una forma humana, o más bien su sombra, que con cualquier otra cosa. Se alzaba, totalmente diferenciada del aire y de la luz, y sus dimensiones parecían enormes, pues la parte de arriba, tocaba el techo. Cuando la miraba, fui presa de una impresión de frío intenso. Si un iceberg se hubiera encontrado delante de mí, no me habría congelado más, y, por otra parte, el frío que emanara de un iceberg hubiera sido puramente físico. Estoy convencido de que aquel frío no era causado por el miedo. Seguía mirando y creo -aunque no puedo precisarlo- que vi dos ojos mirándome desde lo alto. Por un instante, creí verlos claramente, y al instante siguiente, parecían haber desaparecido. Pero dos rayos de una luz azul pálido atravesaron varias veces la sombra, como si cayeran del lugar donde me había parecido ver los ojos.</p>
<p>Traté de hablar, pero me faltó la voz. Pude solamente pensar: «¿Es esto miedo? No, no es miedo». Traté de levantarme; en vano. De hecho, mi impresión era estar sujeto por una fuerza irresistible, como un inmenso abatimiento, una impotencia total de luchar contra una fuerza superior a las fuerzas humanas como la que se debe experimentar físicamente en una tempestad en el mar, en una explosión, o ante cualquier terrible bestia feroz, como un tiburón en el océano; pero en mí era una impresión moral. Otra voluntad se oponía a la mía, era más fuerte que la mía, como el rayo, el fuego o el tiburón son superiores, en fuerza material, al hombre.</p>
<p>Y ahora, a medida que esta impresión se desarrollaba en mí, era presa del horror, un horror tal que ninguna palabra podría describirlo. Únicamente el orgullo, sino el valor, me contenía aún, y pensaba: «Esto es el terror y no el temor; mi razón la rechaza. Una alucinación&#8230;, no tengo miedo».</p>
<p>Con un violento esfuerzo, conseguí al fin tender la mano hacia el arma colocada encima de la mesa, y cuando hacía este gesto recibí en el brazo y en el hombro un golpe tal, que mi brazo cayó inerte a mi lado. Y para aumentar aún el horror de la situación, la luz de las velas empezó a declinar suavemente, no era como si se hubieran apagado, sino que la llama parecía alejarse gradualmente y así sucedía también con el fuego; la luz se retiraba de los carbones; en algunos minutos, la habitación quedó sumida en la oscuridad.</p>
<p>La angustia que me cogió al sentirme en aquella habitación oscura, con aquella cosa oscura cuyo poder se hacía sentir tan intensamente, me produjo una reacción nerviosa.</p>
<p>De hecho, mi terror había alcanzado un grado tal que mis sentidos me abandonaron, y rompí el encanto. Lo rompí, efectivamente, pues encontré mi voz, pero esa voz era un grito penetrante. Recuerdo que aullé, estas palabras: «No tengo miedo, mi alma no teme nada», y en el mismo instante encontré fuerzas para levantarme. Inmediatamente, en las tinieblas, me precipité hacia una de las ventanas, corrí la cortina y abrí las persianas; mi primer pensamiento fue: «¡Luz!». Y cuando vi la luna alta, clara y tranquila, sentí una alegría tal, que era capaz de compensar mi terror precedente. Era la luna, y más luz de los faroles en la calle desierta.</p>
<p>Me volví hacia la habitación para mirar en el interior; la luna penetró en la sombra, muy débil, pero era la luz. Como quiera que fuese, la cosa había desaparecido; sólo había una sombra ligera que parecía ser la sombra misma de la otra sobre la pared opuesta. Mis ojos se volvieron entonces hacia la mesa, una vieja mesa de caoba que no cubría tapete alguno, y de debajo de esta mesa, surgió una mano, visible únicamente hasta el puño. Era una mano aparentemente de carne y hueso como la mía, pero la mano de una persona de edad, flaca, arrugada y pequeña, una mano de mujer. Se apoderó cuidadosamente de las cartas que se encontraban sobre la mesa; luego, cartas y mano se desvanecieron. En seguida se repitieron los tres golpes sordos que había oído a la cabecera de la cama, antes de que empezara aquel drama extraordinario.</p>
<p>Cuando cesaron, sentí que toda la habitación vibraba sensiblemente, y al extremo de ésta se elevaron, como apareciendo del suelo, unas gotas o bolas de luz coloreada, verdes, amarillas, rojas, azules. De arriba abajo, de atrás hacia delante, aquí y allá como un ballet, las gotas empezaron a hallar, lentas o rápidas, cada una según su capricho. Una silla se había movido y se había colocado al otro lado de la mesa. Y de repente, pareció salir la forma de una mujer. Era realmente como la forma de un cuerpo, como una pálida figura de muerta. El rostro era joven, de una extraña y conmovedora belleza. La garganta y los hombros estaban descubiertos, y el resto del cuerpo envuelto en un amplio vestido de un blanco de nube.</p>
<p>Estaba ocupada en peinar sus largos cabellos rubios que caían sobre los hombros, sus ojos no estaban vueltos hacia mí, sino que miraban hacia la puerta. En un plano alejado, la sombra se iba haciendo más densa. Y de nuevo, creí ver en lo alto dos ojos brillantes que parecían mirar la forma de la mujer sentada. Como viniendo de la puerta, aunque ésta permaneciera cerrada, surgió otra forma, igualmente clara, igualmente espantosa, la forma de un hombre, y de un hombre joven. Llevaba el traje del siglo pasado, o una imagen de este traje, pues ambos, hombre y mujer, no eran más que sombras impalpables, fantasmas, simulacros. Y había algo grotesco aunque aterrador en el contraste entre los aderezos rebuscados de sus formas corporales, con sus puños, sus puntillas y sus rizos, y el silencio de fantasmas de éstos. Cuando el fantasma del hombre se acercaba al de la mujer, la sombra se desprendió de la pared y los tres quedaron inmersos un instante en la oscuridad. Cuando el pálido resplandor apareció nuevamente, los dos cuerpos parecían presos en las garras de la sombra que se alzaba entre ellos; había ahora una mancha de sangre en el pecho de la mujer. El fantasma del hombre estaba empalado en su espada, y la sangre manaba rápidamente de los puños y de las puntillas; la sombra de la forma que se alzaba entre ellos los recubrió: habían desaparecido.</p>
<p>De nuevo, surgieron las bolas de luz y empezaron a viajar y a girar, haciéndose cada vez más numerosas y desordenadas en sus movimientos. La puerta que se encontraba a la derecha del hogar, cerrada hasta entonces, se abrió, y en el dintel apareció una mujer de edad. Tenía en sus manos las cartas, las mismas cartas sobre las que había visto cerrarse la mano. Detrás de ella, oí un paso. La mujer dio una vuelta alrededor de la habitación como para escuchar, y luego abrió las cartas y empezó a leerlas; por encima de su hombro, pude ver el rostro lívido de un ahogado, pálido e hinchado, con los cabellos llenos de algas; a sus pies, la forma de un cuerpo; al lado del cuerpo un niño acurrucado, un miserable niño, asquerosamente sucio, con un rostro hambriento y unos ojos de bestia acorralada. Cuando quise mirar el rostro de la vieja, las arrugas y los surcos desaparecieron, dando paso a una cara joven, de mirada dura y glacial, pero joven. Luego, la sombra recubrió la visión, y todo volvióse oscuro nuevamente.</p>
<p>Nada subsistía ya de todo aquello, más que la sombra sobre la que mis ojos se volvieron y permanecieron fijos hasta que vi aparecer de nuevo sus ojos, unos ojos malsanos de serpiente. Las pompas de luz reaparecieron también, y emprendieron su danza desordenada y turbulenta, mezclándose con los rayos de la luna. Ahora, de estas mismas partículas, nacían, como escamas de un huevo, cosas monstruosas que llenaron el aire; larvas exangües, tan repugnantes, que no puedo describirlas mejor que recordando al lector el movimiento intenso que únicamente el microscopio puede ofrecer a las miradas en una gota de agua, por ejemplo; cosas transparentes, viscosas, ágiles, persiguiéndose unas a otras, devorándose unas a otras, formas que jamás se han podido ver a simple vista.</p>
<p>Como sus contornos no tenían simetría, sus movimientos eran desordenados. No había ningún orden en sus evoluciones, giraban a mi alrededor, y me rodeaban cada vez más numerosas, rápidas y ligeras, apretándose encima de mi cabeza, trepando a lo largo de mi brazo derecho, que yo había alzado involuntariamente para protegerme. En ciertos instantes, me sentí tocado, pero no por ellas; eran unas manos invisibles que me tocaban. Una vez, experimenté la sensación de unos dedos suaves y fríos contra mi garganta. Tuve la impresión de que estaba en peligro, y concentré todas mis facultades en mi voluntad de defenderme y resistir. Antes que nada, aparté mi mirada de la sombra, de aquellos extraños ojos de serpiente, ahora netamente claros, porque sabía que era allí, y en ninguna otra parte a mi alrededor, donde residía la voluntad, una voluntad mala, intensa, creadora y activa, capaz de quebrar la mía.</p>
<p>La pálida atmósfera de la habitación, se iba haciendo roja como la atmósfera próxima a una explosión. Las repugnantes larvas seguían creciendo, y ahora parecían borbotear en un fuego. De nuevo la habitación vibró y dejó oír los tres golpes regulares; de nuevo todas las cosas cayeron en la sombra, como si fuera de ella que emanara todo, y a ella, que todo volviera.</p>
<p>Cuando la oscuridad cedió, la sombra había desaparecido. Solamente entonces, cuando se había alejado, volvió a encenderse la llama de las velas, y también el fuego del hogar. Toda la habitación se volvió calma, apacible, como antes de la visión. Las dos puertas se habían vuelto a cerrar, y la puerta de comunicación estaba cerrada bajo doble llave. En el rincón de la pared, donde se había acurrucado convulsamente, el perro seguía tendido. Le llamé, y no hizo ningún movimiento; me acerqué: el animal estaba muerto, con los ojos desorbitados, la lengua fuera, y la espuma en los labios. Experimenté una viva sensación de tristeza ante la pérdida de mi pobre compañero, y también un remordimiento. Me acusé de su muerte, y le creí muerto de miedo. Pero cuál no fue mi sorpresa al advertir que tenía la nuca rota. ¿Había ocurrido en la oscuridad? ¿No había requerido aquel acto la mano de un hombre como yo? ¿No había necesitado esta muerte de una influencia humana? Tenía una buena razón para creerlo. No puedo sacar deducciones, no puedo hacer otra cosa que relatar fielmente los hechos. Que el lector deduzca de ellos lo que le plazca.</p>
<p>Otra circunstancia sorprendente, mi reloj se encontraba de nuevo en la mesa, de dónde yo lo había visto desaparecer tan misteriosamente; pero estaba parado en el momento en que había sido, por así decirlo, raptado; y después, a pesar de toda la pericia del relojero, el hecho es que si se pone en marcha, lo hace de un modo extraño y poco corriente durante algunas horas, y se detiene luego en un punto muerto&#8230;, pero este detalle es insignificante.</p>
<p>No sucedió nada más durante el resto de la noche. Por otra parte, no tuve que esperar mucho la llegada del día, pero no quise dejar la casa encantada hasta que fuera día claro. Antes de irme, volví a la pequeña habitación donde mi criado y yo nos habíamos quedado emocionados. Tenía claramente la impresión -y no sé claramente por qué- de que era en aquella habitación donde se encontraba el mecanismo del fenómeno que había tenido sus efectos en la mía.</p>
<p>Y aunque entrase ahora, a plena luz del día, con el sol brillando a través de los cristales, sentí subir del suelo aquella misma impresión de horror que había experimentado la víspera, agravada ahora por todo lo que había sucedido en mi habitación. No pude soportar el permanecer allí más de medio minuto; bajé las escaleras, y oí otra vez con claridad unos pasos delante de mí. Cuando abrí la puerta de la calle, oí claramente una ligera risa. Volví a mi domicilio, creyendo encontrar a mi cobarde criado. Pero no había hecho aún su aparición. No supe nada más de él durante tres días, fecha en que recibí una carta procedente de Liverpool. Hela aquí.</p>
<p>«Señor, le pido humildemente perdón, aunque apenas puedo creer que me lo conceda, a menos que, y Dios no lo quiera, no haya visto usted lo que yo vi. Sé que necesitaré años para recobrarme. En cuanto a hallarme en estado de servir, desde luego que no. Me voy, pues, a Melbourne, a casa de mi cuñado. El barco sale mañana. Tal vez el largo viaje me hará bien. No hago más que estremecerme y temblar e imaginarme que &#8220;aquello&#8221; me persigue. Le ruego humildemente, señor, que haga enviar mis ropas y los sueldos que me debe, a mi madre, en Walworth. John sabe su dirección.»</p>
<p>La carta terminaba con otras excusas, un poco incoherentes y detalles explicativos concernientes a los bienes de los que él se había ocupado.</p>
<p>Esta defección podrá tal vez suscitar la sospecha de que el hombre tenía deseos de ir a Australia y se había aprovechado fraudulentamente de los acontecimientos de la noche. No veo nada que pueda refutar esta opinión; aún más, pienso que les parecerá a muchas personas la solución más probable de estos sucesos inexplicables. Mi fe en mi propia teoría permanece íntegra. Volví por la noche a la casa, con desconfianza, para recoger los objetos que había dejado allí y el cuerpo de mi pobre perro.</p>
<p>Nadie me turbó en mi tarea, y no se produjo ningún incidente notable, excepto al subir y bajar las escaleras, que oí otra vez el ruido de pasos.</p>
<p>Al salir de la casa, me dirigí a casa de mister J&#8230; Le devolví las llaves, le dije que mi curiosidad estaba ampliamente satisfecha y empecé a relatarle rápidamente lo que había sucedido; pero él me hizo callar y me dijo, muy cortésmente, que no encontraba ningún interés en un misterio que jamás había sido resuelto.</p>
<p>Me decidí finalmente a hablarle de las dos cartas que había leído, así como de la manera extraordinaria como habían desaparecido, y le pregunté si habían sido dirigidas a la mujer que había muerto en la casa, y si había en su historia alguna cosa que pudiera confirmar las sospechas que estas cartas podían suscitar. Mister J&#8230; pareció estremecerse, y después de haber reflexionado durante algunos minutos, respondió:</p>
<p>-Sé pocas cosas de la historia de esta mujer, salvo, como le he dicho ya, que su familia conocía a la mía. Pero usted reaviva algunas vagas sospechas que alimenté en otro tiempo contra ella. Voy a hacer una encuesta y le informaré del resultado. Y entre tanto, incluso aunque podamos admitir la creencia popular en el hecho de que una persona que ha sido durante su vida el autor o la víctima de un crimen puede volver después de su muerte al teatro de sus crímenes, haré observar que la casa ya estaba frecuentada por extrañas visiones y ruidos raros antes de que esta mujer muriese. ¿Sonríe usted? ¿Qué piensa?</p>
<p>-Digo que estoy convencido de que si vamos hasta el fondo del misterio, encontraremos alguna influencia humana en la base de todo esto.</p>
<p>-¿Cómo? ¿Cree usted en una impostura? ¿Por qué razón?</p>
<p>-No en una impostura en el sentido ordinario de la palabra. Si yo estuviera sumido en un profundo sueño del que no pudiera usted despertarme, y en este sueño pudiera responder a preguntas con una precisión de la que sería incapaz estando despierto podría decirle, por ejemplo, cuánto dinero tiene usted en los bolsillos, o escribirle sus propios pensamientos, no es necesariamente una impostura, pero tampoco un efecto sobrenatural. Yo podría estar, sin saberlo, sin estar presente en mí mismo, bajo una influencia mesmérica impuesta a distancia por una persona que hubiera adquirido sobre mí un poder cualquiera en un encuentro precedente.</p>
<p>-Pero si bien un hipnotizador puede afectar de este modo a una persona viva, ¿le cree usted capaz de influir objetos inanimados, de desplazar sillas, o de abrir puertas?</p>
<p>-¿O de impresionar a los sentidos con el fin de hacerle creer en tales efectos, si usted no ha estado nunca en relación con la persona en cuestión? No. Lo que comúnmente se llama mesmerismo, no podría lograrlo; pero puede existir un poder semejante, o hasta superior al mesmerismo, tal como el llamado antiguamente «magia». No llegaré a afirmar que un poder semejante pueda estar igualmente aplicado a los objetos materiales. Pero si fuera así, no sería contra la Naturaleza, sería, por el contrario, un raro poder que ésta otorga a ciertas constituciones particulares y cultivado por la práctica hasta llegar a un grado extraordinario. Que un poder semejante pueda obrar sobre un muerto, es decir, sobre ciertos pensamientos y recuerdos que el muerto pueda conservar, y obligar a que se haga aparente a nuestros sentidos, no lo que algunos llaman vulgarmente «el alma», lo cual está más allá del alcance humano, sino más bien algo como un fantasma de lo que ha sido en la tierra el soporte visible, esto es una teoría muy antigua, y un poco pasada de moda sobre la cual no aventuraría ninguna opinión. Pero no puedo admitir que este poder sea sobrenatural. Déjeme ilustrar lo que acabo de decir, con una experiencia de Paracelsus, descrita como fácil de hacer y que el autor de Curiosities of Literature cita como prueba: «Una flor se marchita. La quemáis. Allí dónde han ido los elementos de esta flor, cuando estaba viva, no lo sabéis; no podréis encontrarlos ni reunirlos. Pero podéis, por medio de la química, de las cenizas de esta flor, hacer surgir un espectro de ésta, con todas las apariencias de vida». Puede suceder así con los humanos. El alma ha escapado como la esencia o los elementos de la flor&#8230; Pero podéis resucitar un espectro. Y este fantasma, aunque la creencia popular lo tenga por el alma del difunto, no debe ser confundido con ella. No es más que una imagen del muerto. Lo que más nos sorprende en las más acreditadas historias de fantasmas, es la ausencia de lo que llamaremos «alma», es decir, de una inteligencia superior libre de toda traba. Estas apariciones salen generalmente de pequeños objetos o de la nada. Hablan raramente, y si esto sucede, expresan ideas que no son superiores a las de la mayoría de los mortales. Espiritistas americanos han publicado volúmenes de comunicaciones en prosa o en verso, que dicen y afirman haber sido hechas por los muertos más ilustres, Shakespeare o Bacon. Estas comunicaciones no son ciertamente de otro orden que las que habrían hecho personas de un cierto talento y de una cierta educación aún en vida; son, en todo caso, sorprendentemente inferiores a lo que Shakespeare, Bacon o Platón, escribieron, en vida. Y lo que es más notable todavía, no contienen ninguna idea que no existiera ya sobre la tierra. Por ello, si tales fenómenos, admitiendo que sean reales, pueden existir, veo que muchos de ellos la filosofía los puede poner en duda, pero ninguno que pueda negar, y en todo caso, ninguno que sea sobrenatural. Son únicamente ideas transmitidas de una manera o de otra -no hemos descubierto aún el medio- de un espíritu mortal a otro espíritu mortal. Igualmente, aunque el hecho de hacer bailar a las mesas, de hacer aparecer formas en un círculo mágico o manos sin cuerpos apoderándose de ciertos objetos, o una sombra como la que se me apareció a mí, hiele la sangre, estoy convencido de que todo está transmitido por agentes materiales tales como ondas eléctricas. En ciertos organismos existen causas químicas que pueden producir efectos seudomilagrosos de naturaleza química; en otros circula un fluido eléctrico, y estos últimos pueden dar nacimiento a fenómenos eléctricos. Estos fenómenos no difieren de la ciencia ordinaria más que en esto: que no tienen fin, ni objeto, son totalmente pueriles y fútiles. No conducen a ningún resultado práctico, y por esta razón, el mundo no los tiene en cuenta y los verdaderos sabios no los han cultivado. Pero estoy absolutamente seguro de que en el origen le todo lo que he visto u oído, se encuentra un hombre como yo; y estoy inconscientemente convencido de su existencia tan sólidamente como de sus efectos, por la razón siguiente: me ha dicho usted mismo que no ha habido dos personas que hayan observado los mismos fenómenos. ¡Pues bien! Observe igualmente que no existen dos personas que hayan tenido jamás el mismo sueño.</p>
<p>Si se tratara de una impostura corriente, la maquinación estaría construida para dar resultados apenas diferentes: si se tratara de un hecho de orden sobrenatural, emanando del Todopoderoso, se produciría igualmente con un objeto bien definido Estos fenómenos no pertenecen, pues, a ninguna de estas dos clases. Mi opinión es que proceden de un espíritu en este momento muy alejado, y que no tiene intenciones muy claras; que estos hechos son el resultado de pensamientos desviados, inestables, cambiantes y a medio formar; en una palabra, que pueden ser los sueños de este espíritu, puesto en acción, y hechos sustánciales sólo a medias; que este espíritu posee un inmenso poder, capaz de poner la materia en movimiento, que es malvado y destructivo. Creo en una fuerza material que ha matado a mi perro, y esta fuerza hubiera sido suficiente para matarme, si me hubiera dejado subyugar por el terror, como fue el caso de mi perro, si mi inteligencia y mi espíritu no me hubieran dado la fuerza de resistir por medio de la voluntad.</p>
<p>-¡Ha matado a su perro! Es aterrador. Efectivamente, es muy extraño que ningún animal haya podido resistir el permanecer en aquella casa; ni siquiera un gato. Además, no hay ratas ni ratones.</p>
<p>-El instinto de los animales les hace descubrir las influencias nefastas a su existencia. La razón humana es menos sutil, pero es más resistente. Ya basta. ¿Ha Comprendido usted mi teoría?</p>
<p>-Sí, aunque imperfectamente. Y acepto esta fantasía (y perdone el término), aunque llena de rarezas, más fácilmente que la noción de fantasmas y de espectros de la que estamos embebidos desde la infancia. Pero en cuanto a mi pobre casa, el mal sigue siendo, el mismo. ¿Qué podré hacer de ella?</p>
<p>-Voy a decirle lo que yo haría. Estoy íntimamente convencido de que la pequeña habitación sin amueblar, que se encuentra a la derecha de la puerta de la habitación que yo he ocupado, es el punto de partida, receptáculo de las influencias que encantan la casa y le aconsejo que desguarnezca las paredes, que cambie el suelo, e incluso que la destruya completamente. He observado que se aparta del cuerpo principal, que está construida por encima del patio, y que podría ser demolida sin causar perjuicio al resto de la mansión.</p>
<p>-Y piensa usted que haciendo esto&#8230;</p>
<p>-Tendrá que cortar los hilos del telégrafo. Pruébelo estoy convencido de que tengo razón, y quiero pagar la mitad de los gastos, si usted me permite que dirija los trabajos.</p>
<p>-No, puedo soportar los gastos. En cuanto a lo demás, permítame que le escriba.</p>
<p>Unos diez días más tarde, recibí una carta de mister J&#8230; diciéndome que había visitado la casa después de nuestra entrevista; que había encontrado las de cartas que yo había descrito y las había vuelto a guardar en el cajón de donde las había sacado; que las había leído con la misma desconfianza que yo y que había empezado una encuesta concerniente a la mujer a quien yo sugerí que las cartas, habían sido escritas. Parece ser que treinta y seis años antes, un año antes de la fecha de las cartas, la mujer se había casado en contra de la opinión de los suyos con un americano de un carácter muy especial; de hecho, siempre había sido considerado como un pirata. La mujer era la hija de unos comerciantes dignos, y había ocupado el cargo de directora en un parvulario, antes de su matrimonio.</p>
<p>Tenía un hermano rico, según decían, padre de un niño de seis años. Un mes después de la boda, el cuerpo de este hermano había sido encontrado en el Támesis cerca del puente de Londres, llevaba en el cuello señales de violencia, pero los indicios no eran suficiente para clausurar la encuesta de otro modo que con esta palabras. «Encontrado ahogado». El americano y la mujer tomaron al niño a su cargo, pues el hermano difunto había manifestado en vida la voluntad de que su hermana se ocupara de él, y si a él le sucedía algo la instituía como heredera. El niño murió seis meses después; se supone que fue por causa de negligencia y de malos tratos. Los vecinos atestiguaron haber oído gritos durante la noche. El cirujano que le examino después de su muerte, dijo que estaba subalimentado y que su cuerpo estaba cubierto de señales lívidas: Parece ser que durante una noche de invierno, había tratado de escaparse, había saltado al patio, y tras intentar escalar el muro, había sido encontrado por la mañana, muerto sobre las piedras. Pero aunque hubo evidencia de crueldad, no había prueba alguna de asesinato, y la tía y su marido pudieron excusarse, alegando la excesiva insubordinación y la perversidad del niño, al que otros tachaban de pobre de espíritu. Sin embargo, tal como debía suceder a la muerte del huérfano, la tía heredó la fortuna de su hermano.</p>
<p>Antes de que hubiera terminado el primer año de matrimonio, el americano abandonó Inglaterra y no apareció más por aquí. Consiguió pasaje en un barco que se hundió con cuerpos y bienes en el Atlántico dos años más tarde. La viuda vivía en la opulencia. Pero algunos reveses de fortuna se abatieron sobre ella. Un banco quebró, fue perdida una inversión, emprendió un pequeño comercio y fue reconocida como insolvente; fue bajando cada vez más, desde gobernante hasta criada para todo, no pudiendo conservar ningún empleo, aunque jamás tuvieron que achacarle nada decisivo. Estaba considerada como una mujer sobria, honesta y particularmente tranquila en sus costumbres; y no obstante, todo le salía mal; de este modo, había acabado por caer en la «casa de trabajo» de donde mister J&#8230; la había sacado para emplearla en la misma casa donde había reinado como dueña durante el primer año de su matrimonio.</p>
<p>Mister J&#8230; añadía que él había pasado una hora solo en la habitación vacía que yo le había aconsejado que derribara, y que su impresión de angustia había sido tal, aunque no hubiera oído ni visto nada, que se había decidido a desguarnecer las paredes y a cambiar el recubrimiento del suelo, tal como yo le había aconsejado. Había contratado personal para este efecto, e iban a empezar el día que yo tuviera a bien indicarle. El día fue fijado. Me dirigí a la casa encantada; entramos en la lúgubre habitacioncita, levantamos el plinto y luego el recubrimiento del suelo. Bajo las vigas encontramos, cubierta de basura, una trampa apenas lo bastante ancha para permitir el paso de un hombre.</p>
<p>Estaba cerrada con candados y remaches. Al abrirla, descubrimos una pequeña habitación, de cuya existencia jamás se había sospechado. En aquella habitación había una ventana y una chimenea, pero, con toda evidencia, habían sido tapiadas las dos, muchos años antes. Con la ayuda de velas, examinamos el lugar. Contenía únicamente algunos muebles carcomidos, tres sillas, un banco de encina, una mesa, todo del estilo de hace ochenta años. Había una cómoda junto a la pare donde encontramos, medio podridos, los objetos de vestir como los usaban, hace un siglo, los caballeros de algún rango; hebillas de acero y botones como llevan aún ahora en las levitas, una elegante espada y en un traje que en otro tiempo había estado adornado con encajes de oro, pero que actualmente estaba negrecido y sucio por la humedad, encontramos nueve guineas, algunas monedas de plata y una ficha de marfil probablemente para una recepción de hacía mucho tiempo. Pero nuestro principal descubrimiento fue una especie de caja fuerte de hierro, fija a la pared, que nos costó mucho trabajo abrir.</p>
<p>En aquel cofre encontramos tres departamentos, dos pequeños cajones. Alineadas sobre las tablas, había unas botellitas de cristal herméticamente cerradas. Contenían esencias volátiles incoloras, sobre las cuales diré únicamente que no eran venenos; el fósforo y el amoniaco entraban en la composición de algunas de ellas. Encontramos también unos curiosos tubos de cristal, una pequeña barrita de hierro, con una pesada maza de cristal de roca y otra de ámbar, así como un poderoso imán.</p>
<p>En uno de los cajones encontramos una miniatura en oro, cuyos colores tenían una frescura notable aún a costa del tiempo que hacía que se hallaba allí. El retrato era el de un hombre de edad madura, de unos cuarenta y siete o cuarenta y ocho años Era un rostro sorprendente, de los más impresionantes. Si pueden ustedes imaginar alguna enorme serpiente transformada en hombre y conservando, bajo los rasgos humanos, el carácter de la serpiente, tendrán una imagen mejor de la que podría ofrecerles una descripción. Estos eran los rasgos: amplitud y llaneza de la frente, elegancia puntiaguda de los contornos, suavizando la fuerza de una mandíbula implacable, la mirada alargada, grande terrible, con destellos verdosos como la esmeralda, una especie de tranquilidad imperturbable, como nacida de la conciencia de un inmenso poder.</p>
<p>Maquinalmente, di vuelta a la miniatura para examinar el reverso, y en la cara posterior observé un pentágono grabado. En medio de éste una escalera cuyo tercer peldaño estaba formado por la fecha de 1765.</p>
<p>Al mirar desde más cerca, encontré un resorte; apretando éste, se abría la parte posterior de la miniatura como una tapadera. En el lado interior de la tapadera, estaba grabado: «A ti, Mariana, sé fiel en la vida y en la muerte a&#8230;»</p>
<p>Aquí seguía un nombre que no mencionaré, pues me resultaba algo conocido. Lo había oído mencionar a los viejos en mi juventud como perteneciente a un charlatán famoso que había causado sensación en Londres durante un año, y había huido del país bajo acusación de doble asesinato, perpetrado en su propia casa, de su amante y su rival. No dije nada de ello a mister J&#8230;, a quien entregué la miniatura.</p>
<p>Habíamos abierto sin dificultad el primer cajón del cofre, pero nos costó mucho trabajo abrir el segundo: no estaba cerrado con llave, pero resistió a todos los esfuerzos, hasta que insertamos en la hendidura la hoja de un cuchillo. Cuando lo abrimos, encontramos en su interior un singular aparato de los más perfectos en su género.</p>
<p>Sobre un librito delgado, una plaqueta más bien, se encontraba un platillo de cristal lleno de un líquido claro sobre el que flotaba una especie de brújula cuya aguja giraba rápidamente. Pero en lugar de los signos ordinarios de la brújula, se podían leer siete extraños caracteres, bastante semejantes a los que utilizan los astrólogos para designar a los planetas, Un olor particular, ni fuerte ni desagradable, salía de aquel cajón recubierto de una madera que enseguida identificamos como nogal.</p>
<p>Cualquiera que fuera la causa de aquel olor, producía un extraño efecto sobre los nervios. Experimentamos los dos, así como los dos obreros que se encontraban en la habitación, una sensación de dolor agudo que iba del extremo de los dedos hasta la raíz de los cabellos. Impaciente por examinar la plaqueta, cogí el platillo. Al hacer esto, la aguja de la brújula se puso a girar a una velocidad excesiva y sentí un golpe que se extendió por todo el cuerpo, tan fuerte, que dejé caer el platillo al suelo. El líquido se derramó, el platillo se rompió, la brújula rodó hasta el extremo de la habitación y en el mismo instante, las paredes temblaron como si un gigante las hubiera sacudido.</p>
<p>Los dos obreros se quedaron tan asustados, que se lanzaron a la escalera por la que habían bajado a la habitación.</p>
<p>Entre tanto, ya había abierto la plaqueta. Estaba encuadernada con cuero y cierre de plata. Contenía una única hoja de pergamino, y en aquella hoja estaba escrito en el interior de un doble pentágono, en viejo latín monástico, una frase que se puede traducir literalmente por estas palabras: «Sobre todo objeto palpable que se encuentre en esta casa, animado o inanimado, vivo o muerto, como se mueven las agujas, así actúa mi voluntad. Maldita sea la casa y que sus habitantes sean atormentados para siempre».</p>
<p>No encontramos nada más. Mister J&#8230; quemó la plaqueta y su anatema. Arrasó hasta los cimientos la parte del edificio que ocultaba la habitación secreta, y la que se encontraba encima de ella. Tuvo entonces el valor de vivir él mismo en la casa durante un mes, y no pudo encontrarse en todo Londres una casa más tranquila y más confortable.</p>
<p>En consecuencia, la alquiló, y su inquilino no se quejó jamás.</p>
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		<title>El Asesino</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jan 2011 13:20:10 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/asesino.jpg" alt="asesino - cuentos de terror" title="asesino - cuentos de terror" width="500" height="375" class="alignnone size-full wp-image-2677" /><br />
Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quien era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo. No podía recordar nada.</p>
<p>La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.</p>
<p>Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.</p>
<p>Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fabrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.</p>
<p>&#8220;¿Quién Soy?&#8221; &#8211; le dijo pausadamente, indeciso.</p>
<p>El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.<br />
<span id="more-2643"></span><br />
&#8220;¿Quién soy? ¿Quién soy?&#8221; &#8211; gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.</p>
<p>Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.</p>
<p>El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.</p>
<p>Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. &#8220;¿Quién soy?&#8221; &#8211; le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.</p>
<p>Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.</p>
<p>Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.</p>
<p>Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.</p>
<p>&#8220;¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!&#8221; &#8211; bramaron los altavoces.</p>
<p>Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.</p>
<p>Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.</p>
<p>La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.</p>
<p>Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.</p>
<p>Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!</p>
<p>Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.</p>
<p>Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. &#8220;¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!&#8221;</p>
<p>Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro&#8230;</p>
<p>Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. &#8220;Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando,&#8221; dijo el guarda.</p>
<p>&#8220;No lo entiendo,&#8221; dijo el segundo, rascándose la cabeza. &#8220;Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era.</p>
<p>Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.&#8221;</p>
<p>Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.</p>
<p>Fin.</p>
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		<title>Fantasmas, espiritus y demonios</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 18:49:07 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[aqui se muestran algunos videos recopilacdos, fantamas reales filmados, apariciones inexplicables, sucesos extraños niña en cementerio, chica fantasma en carretera, muñeca fantasma entre otros]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/t4kAhifS4KQ?fs=1&amp;hl=es_ES&amp;color1=0x2b405b&amp;color2=0x6b8ab6"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/t4kAhifS4KQ?fs=1&amp;hl=es_ES&amp;color1=0x2b405b&amp;color2=0x6b8ab6" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object><br />
aqui se muestran algunos videos recopilacdos, fantamas reales filmados, apariciones inexplicables, sucesos extraños niña en cementerio, chica fantasma en carretera, muñeca fantasma entre otros</p>
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		<title>Vacaciones de ensueño (Sangre y miedo)</title>
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		<pubDate>Sat, 29 May 2010 07:52:12 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[-Corre!, Corre!, de pronto, Amanda cae en un hoyo -Amanda! -Vete, nada puedes hacer, huye!, mientras mas tiempo pierdas, mas posibilidades hay para que te atrapen -Pero, y tu?, no te puedo dejar sola y malherida cuando nos persiguen ellos. -No hay mas que puedas hacer por mi, solo quedas tu ahora, huye, date prisa, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-845 aligncenter" title="sangre-miedo" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/05/sangre-miedo.jpg" alt="" width="442" height="350" /></p>
<p>-Corre!, Corre!, de pronto, Amanda cae en un hoyo<br />
-Amanda!<br />
-Vete, nada puedes hacer, huye!, mientras mas tiempo pierdas, mas posibilidades hay para que te atrapen<br />
-Pero, y tu?, no te puedo dejar sola y malherida cuando nos persiguen ellos.<br />
-No hay mas que puedas hacer por mi, solo quedas tu ahora, huye, date prisa, siento sus pasos cerca<br />
-Pero, yo no puedo hacer nada sola, todos han muerto, ven conmigo<br />
-No, ya es muy tarde, estoy ya cansada de estar huyendo y estoy malherida, solo seria un estorbo<br />
-pero si te quedas&#8230;te mataràn&#8230;<br />
-No importa, yo estarè bien&#8230;, Huye, estan demasiado cerca ahora!<br />
-No te dejarè, moriremos los dos..<br />
-Entonces, para eso nos esforzamos?, para no lograr nada?, para no advertir a los demàs?, para que tengan que pasar por todo lo que nosotras?, por eso murieron nuestros amigos?<br />
Sebastiàn, carga a Amanda y huyen&#8230;<br />
-Soy demasiado pesada para que puedas correr ràpido&#8230;, dejame aquì<br />
-No, tu eres mi hermana &amp; no te dejarè morir<br />
En eso&#8230;vieron una sombra delante de ellos&#8230;<br />
-Dèjame aquì, que me maten mientras tu huyes, asì tendràs mas tiempo&#8230;<br />
-No te dejarè&#8230;<br />
-Tonto, te mataràn tambièn&#8230;, Te quiero&#8230;<br />
Amanda empuja a Sebastiàn y se mete al lugar donde vieron la sombra&#8230;<br />
Se escuchan los gritos de Amanda..<br />
-Te quiero Amanda&#8230;, no moriras en vano, te lo prometo<br />
Sebastian huye&#8230;<br />
&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;<br />
-Si, espero que estas vacaciones sean geniales, los voy a extrañar cuando acabemos el colegio&#8230;<span id="more-842"></span><br />
-ya no hay que entristecernos, para eso estamos aquì, para festejar que aùn podemos estar juntos todos..<br />
-Ya, que fue?, por que tanta cursilerìa?, Vamos a contar historias de terror<br />
Jajajaja<br />
-ok, que cuente, Stephany primero&#8230;<br />
-Esta bien&#8230;, han escuchado que por aquì hay cierta familia de asesinos?, bueno, se dice que antes que comenzaran a asesinar gente eran una familia como cualquier otra, eran un padre, una madre &amp; dos hijos, un hombre y una mujer, se dice que la chica amaba las practicas de brujerìa y que se comunicaba con espiritus todo el tiempo, pero sus padres nunca le tomaron importancia a eso, ya que eran muy escepticos ante esas cosas, pero un dìa, su hija estaba mas rara de lo normal, y cuando su padre entrò en la habitaciòn ella lo insultò y hasta lo golpeò, el padre, asustado, salio del cuarto y le comento este hecho a su esposa y sus hijos, el chico le dijo a su padre que llamaran a un sacerdote.<br />
Al dia siguiente vino el sacerdote, el cual les comentò a los padres de Catalina que ella estaba poseida por un ente demoniaco que tenian que practicar un exorcismo.<br />
El padre de Catalina no quiso creerle y le dijo que muchas gracias por el interes en su hija, pero que preferia dejarla como estaba, que de seguro habia tenido un mal dia y que ese mismo dia se le iba a pasar, que eso era un problema de la adolescencia.<br />
Lo que ambos no sabian era que Catalina estaba escuchando todo, ya que apenas el cura entrò en su habitaciòn, ella saliò a escondidas &amp; los estaba vigilando.<br />
Apenas el cura estaba a punto de irse, Catalina apagò las luces de la casa y lo atacò, le arañaba la cara con tanta maldad que se dice que se la desfigurò, pero eso no fue todo, apenas sus padres prendieron las luces, ella los amenazò de muerte y cuando su hermano le iba a tirar agua bendita, esta se escapa, jurando venganza, hasta ahora no se sabe el paradero de Catalina, algunos dicen que sigue en este pueblo y que asesina a jovenes, que como nosotros, vienen a pasar unas cuantas semanas aquì.<br />
-Uyyy que miedo&#8230;jajaja, en serio esperas que creamos eso?<br />
-yo no espero nada<br />
-tranquilo Freddy, es solo una historia de terror, o estas asustado?<br />
-Tranquila, Marina, no soy asustadizo como tu, jajajajaja<br />
-Yo no estaria tan seguro que esa historia es solo de mentira.<br />
-quien eres?<br />
-Mi nombre es Sebastian &amp; mi hermana acaba de morir por culpa de esa tal Catalina.<br />
-Eso es imposible, nadie sabe nada sobre catalina desde hace un año.<br />
-Bueno, ella asesinò a mis amigos &amp; a mi hermana, yo pude huir; tienen que escapar mientras puedan, o sera muy tarde.<br />
-Enserio quieren creerle a este tipo?, debe ser un loco de la zona que trata de asustarnos.<br />
-Ivàn, ya càllate, yo si le creo, esa historia tanbien la he oido, tu debes ser Sebastian, el chico que desaparecio con todos sus amigos hace 2 semanas; mi nombre es Madison.<br />
-Hola Madison, bueno, ese soy yo, aunque estas dos semanas fueron un infierno.<br />
-Quieres acampar con nosotros?<br />
-No se pueden quedar, Catalina ya sabe que estàn aquì, por eso me ha dejado escapar, por que quiere que le tengan miedo.<br />
-Como nos vamos?, Hace un buen rato que Carlos se fue a tomar un &#8220;break&#8221; al bosque y hasta ahora no regresa, Carlos es el ùnico que conoce la ruta.<br />
-Ya debe estar muerto, no lo debieron dejar ir solo, Catalina &amp; sus &#8220;amigos&#8221; ya lo deben haber acabado.<br />
-Entonces vamos a buscarlo!<br />
-Pero tenemos que ir todos juntos.<br />
Sebastian, Madison, Freddy, Pablo, Stephany &amp; Marina fueron a buscar a Carlos, pero no saben como lo iban a encontrar&#8230;</p>
<p>Continuarà&#8230;.</p>
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		<title>FUTURO IMPERFECTO</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jan 2010 04:21:44 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[FUTURO IMPERFECTO CAPITULO 1º EL MISTERIOSO VIAJERO TEMPORAL Torrente. Año 2050. Una figura corre por las desoladas calles de la ciudad, intentando escapar de una patrulla de Ciber Omegas encargada de la vigilancia nocturna. Se llama Rubén Martínez, y es miembro de la resistencia ciudadana contra el gobierno del dictador Ultra Omega. Busca llegar al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-444" title="futuroimperfecto" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/12/futuroimperfecto.jpg" alt="" width="634" height="476" /><br />
FUTURO IMPERFECTO</p>
<p>CAPITULO 1º</p>
<p>EL MISTERIOSO VIAJERO TEMPORAL</p>
<p>Torrente. Año 2050. Una figura corre por las desoladas calles de la ciudad, intentando escapar de una patrulla de Ciber Omegas encargada de la vigilancia nocturna.<br />
Se llama Rubén Martínez, y es miembro de la resistencia ciudadana contra el gobierno del dictador Ultra Omega.<br />
Busca llegar al viejo piso del líder y creador de la resistencia, Aitor Daniel Díaz Ortega, conocido tiempo atrás como Blanco Omega, esperando encontrar un modulador de desfase temporal que ha de llevarlo al año 2024, donde espera encontrar la ayuda que él y los suyos necesitan para combatir la tiranía de Ultra Omega.<br />
-¡Deténgase, ahora! –La metálica voz de los androides no hace otra cosa que darle alas en los pies-. ¡Ha violado la ley de toque de queda, si no se detiene de inmediato nos veremos en la obligación de abrir fuego!<span id="more-443"></span><br />
-¡Y una mierda, jodidos robots tocapelotas! –Con rápido movimiento, lanza un par de granadas explosivas contra sus perseguidores. Aunque sabe que hace falta mucho más que eso para detenerlos, se concede algo de tiempo con la confusión creada.<br />
Por fin, tras deshacerse de sus perseguidores, logra llegar a su destino, el viejo domicilio de Aitor Daniel Díaz Ortega, más conocido como Blanco Omega y, sin más dilación, hace funcionar el modulador de desfase temporal.<br />
Torrente, año 2024. Aitor Daniel y su madre Manoli se preparan para cenar tranquilamente, cuando…<br />
-¿Qué ha sido eso? –El muchacho se levanta de la silla e, instintivamente, cambia sus ropas de calle por las de Blanco Omega, con un simple pensamiento.<br />
Tras la muerte de su novia, éste ha sido un mes duro para el joven. Lo que menos necesita ahora son problemas en su propia casa.<br />
-Ten cuidado –su madre queda en el saloncito mientras él camina hacia su habitación, lugar de donde parece proceder el extraño zumbido y el extraño resplandor.<br />
-¿Quién eres, cómo has llegado aquí? –Muy despacio, con mucho cuidado, Blanco Omega abre la puerta del dormitorio, encontrándose de frente con un sorprendido joven, que lo mira con expresión asustada y aturdida.<br />
-¿Q-quién eres tú, dónde estoy? –Y, entonces, el recién llegado, se desmaya, cayendo en la cama de Aitor Daniel.<br />
Media hora más tarde, una vez el misterioso visitante ha recuperado la consciencia.<br />
-¿Así que vienes del futuro? –Aitor Daniel mira fijamente a los ojos del viajero espacial, intentando encontrar en él un atisbo de mentira.<br />
-Así es. Del año 2050 para ser exactos. En ese año tú eres el líder de la resistencia contra Ultra Omega.<br />
-Espera un momento. ¿Quién es Ultra Omega?<br />
-El Dictador Soberano de todo el planeta Tierra.<br />
-¿Y tú has venido desde el futuro al pasado, o sea nuestro presente, para matar a ese tal Ultra Omega?<br />
-No he venido a matar a nadie, si no es necesario –Rubén parece cada vez más cansado de las interminables preguntas de la joven contrapartida de su líder de batalla-.Tan sólo he venido para evitar algo.<br />
-¿Evitar el qué? ¿Y cómo es que apareciste en mi dormitorio?<br />
-¡Oh, vamos! ¡No tendrías que extrañarte tanto, que yo sepa tú ya has vivido experiencias de viaje temporal!<br />
-Sí, bueno, eso es verdad –Aitor Daniel se pasa la mano por el cabello con gesto nervioso-. Perdona, no estoy teniendo muy buenos días últimamente.<br />
-Lo sé. La muerte de tu novia Rossana a manos de Drácula todavía te afecta. Que sepas que yo me negué a hacer este viaje en estas fechas, pero tú, o sea tu yo futuro insistió en que era ahora o nunca.<br />
-De acuerdo. Vuelve a repetirme toda la historia desde el principio, y ya veremos qué hago contigo después…</p>
<p>CAPITULO 2º<br />
UN POCO DE HISTORIA</p>
<p>La situación es la siguiente…:<br />
Hace menos de diez minutos un viajero temporal llamado Rubén Martínez apareció en casa de Manoli Ortega y su hijo Aitor Daniel, procedente del futuro. Ahora va a proceder a contarles el por qué de su viaje. Espera que le crean, sobre todo el joven<br />
-Según mis datos dentro de unos días un joven científico, tras haberte estudiado y analizado los restos energéticos que quedan tras cada una de tus batallas, conseguirá sintetizar la Fuerza Omega, o lo que él cree que es la Fuerza Omega.<br />
-¿Y tú vienes a cargártelo, como en Terminator?<br />
-¡No! No pienso cargarme a nadie, si no es necesario –el joven rebelde clava una mirada impaciente en sus interlocutores.<br />
-Va, Aitor, déjale continuar. Parece interesante.<br />
-Gracias. Bien, como iba diciendo, ese científico dará a conocer su descubrimiento a las autoridades, y éstas lo usarán para crear un ejército de soldados perfectos, y el primero de ellos será un soldado llamado Lucas Márquez, quien, más tarde y corrompido por el poder, se convertirá en Ultra Omega.<br />
-¿Y yo no soy capaz de detenerlo?<br />
-Lo intentarás, cuando descubras que ha matado a los restantes miembros de las Fuerzas Intergalácticas, harás lo imposible por detenerlo y vengar sus muertes. Pero serás derrotado y sometido a torturas inimaginables. Incluso te amputarán el brazo derecho, con lo que perderás tu dominio de la Fuerza Omega.<br />
-Espera un momento. ¿Quieres decir que ese tipo, ese Ultra Omega no acabará con mi vida, se contentará con dejarme lisiado de por vida?<br />
-No sólo con eso. Después de descubrir quién se oculta tras tu máscara, eliminará a tus seres queridos. Tu madre, tu padre, toda tu familia, después de torturarlos salvajemente delante de tus ojos.<br />
-Santo Cielo –un escalofrío recorre la espalda de Manoli e, instintivamente, busca la mano de su hijo para cogerla y apretarla.<br />
-Pero… ¿Por qué no me mata y termina? –Aitor Daniel responde al contacto de su madre, asiendo la mano que esta le tiende, con fuerza-. ¿No sería todo más fácil?<br />
-No sé, parece ser cuestión de orgullo más que otra cosa.<br />
-¿Quién es ese científico, lo conoces?<br />
-Según los archivos históricos de los que disponemos se llama Ismael Beltrán. Trabaja en el Instituto Valenciano para el estudio sobre Energías y, según los datos que tengo, faltan menos de tres días.<br />
-¿Y cómo piensas convencerlo para que no haga lo que va a hacer?<br />
-No lo sé. Aún no lo sé.<br />
-¿Ese Ultra Omega, no ha hecho nada bueno en todo ese tiempo? –Pregunta intrigada la mujer, aún afectada por la noticia de su posible futura muerte a manos del psicópata.<br />
-Oh, sí. Al principio sus ideales eran honorables, incluso acabó con varias amenazas como el grupo terrorista JUSTICIA SUPREMA o con el asesino internacional Jaguar Negro. Pero luego… Se volvió loco, se desquició o algo así y creó su propio ejército de Ciber Omegas, androides leales y prácticamente indestructibles que le hacen el trabajo sucio y mantienen limpias las calles de indeseables como yo y los demás miembros de la resistencia.<br />
-¿Tan terrible es la situación?<br />
-Mucho más de lo que imaginas. Una vez el poder se le subió a la cabeza, Ultra Omega no tardó ni una semana en hacerse con el control del Gobierno en España. Después, y con ayuda de su guardia personal de élite, extendió sus dominios al resto del Mundo, convirtiéndose en pocos meses en el dueño absoluto de la Tierra, con control total sobre todos los ejércitos de todos los países desarrollados, eliminando aquellas naciones subdesarrolladas mediante el uso de armas atómicas.<br />
-¿¡Qué!? –Aitor no puede creer lo que está oyendo-. Si eso es cierto, estás hablando del mayor genocida de la historia.<br />
-Me temo que sí –Rubén suspira hondamente antes de añadir, mirando fijamente a los ojos de su joven interlocutor-. ¿Qué dices, me ayudarás?<br />
-¿Qué remedio me queda? –Aitor se encoge de hombros con aire resignado, y dedica una mirada a su madre, que se la devuelve con una sonrisa, antes de responderle…:<br />
-Ten cuidado, y no te metas en demasiados problemas. Y vuelve sano y salvo.<br />
Tras estas recomendaciones de madre preocupada, Aitor Daniel y Rubén abandonan la casa del primero con un objetivo en mente…: Encontrar a Ismael Beltrán antes de que haga su gran descubrimiento y lo dé a conocer al Mundo.<br />
-¿Te llevo?<br />
-No, gracias. No me gusta demasiado volar.<br />
-¿Vive muy lejos ese tal Beltrán?<br />
-En Valencia.<br />
-¿Y cómo piensas llegar allí, corriendo? Con esas pintas no creo que te dejen coger un taxi.<br />
-Calla y mira –ante los asombrados ojos de Blanco Omega, Rubén se acerca a una moto aparcada cerca de allí, saca un extraño artefacto y, tras abrir el candado que sujeta el vehículo, lo pone en marcha con la extraña máquina.<br />
-¿Se supone que eso te lo he enseñado yo?<br />
-Mas o menos –Rubén sube en la moto y da gas, perdiéndose rápidamente entre los pocos coches que circulan a esas horas por las calles de Torrente.</p>
<p>CAPITULO 3º<br />
ISMAEL BELTRÁN</p>
<p>En el número 54 de la calle Guillem de Castro de Valencia capital, un joven científico realiza sus últimas comprobaciones. Ha estado siguiendo todos y cada uno de los movimiento de Blanco Omega desde su última aparición en la capital valenciana por el asunto de Jaguar Negro, y cree ser capaz de sintetizar la misteriosa energía que maneja el joven héroe y usarla para un bien común.<br />
Son casi las 02:30 horas de la noche, pero se niega a darse por vencido en su búsqueda científica, aunque al día siguiente tiene que madrugar para ir a dar clases a la Universidad. Pero lo que él ignora es que en este preciso instante alguien lo busca, unos son héroes que persiguen un bien mayor, otros son villanos que persiguen su propio beneficio. Pero esto él no lo sabe y, ajeno a todo, sigue con sus investigaciones.<br />
Abajo, en la calle, Rubén aparca la moto y mira hacia lo alto, hacia la única ventana iluminada a esas horas de la noche.<br />
-Vaya, por fin apareces, hace rato que te espero –Blanco Omega desciende a tierra desde las alturas y se acerca a su compañero-. ¿Qué haces?<br />
-¿No has visto nada allí arriba? –El rebelde señala con su índice derecho hacia la ventana iluminada.<br />
-Sólo a un tipo trabajando y tomando apuntes.<br />
-Es él. ¿Me subes hasta allá arriba?<br />
-¿Piensas entrar por la ventana?<br />
-¿Por qué no?<br />
Mientras, en el piso de Ismael Beltrán…:<br />
-¿Q-quiénes son ustedes? –El joven científico retrocede hasta la ventana de su laboratorio al ver aparecer de la nada a dos individuos de sospechoso aspecto y no muy claras intenciones.<br />
-Él es Puerta Secreta, y a mí me puedes llamar Escurridizo –se presenta uno de los recién llegados mientras da un paso hacia su asustada presa-. Hemos venido a salvarte la vida…<br />
-¿A salvarme la vida? ¿De qué está hablando? Yo no he hecho nada nadie, no tengo enemigos.<br />
-Vamos, no nos lo ponga difícil, por favor. Colabore y le aseguro que nadie sufrirá daños innecesarios –moviéndose a la velocidad del pensamiento, el llamado Escurridizo se coloca tras el asustado Ismael, que no puede evitar gritar al notar las heladas manos del miembro de la Guardia de Élite de Ultra Omega en sus brazos, sujetándolo.<br />
-¿Qué hace? ¡Suélteme!<br />
-¡Vamos Puerta Secreta! ¿A qué esperas para sacarnos de aquí?<br />
Pero su compañero teletransportador le hace un gesto de impotencia, encogiéndose de hombros.<br />
-¡Mierda! –Escurridizo mira por la ventana en el preciso instante en que Blanco Omega y Rubén alcanzan ésta elevándose desde la calle-. ¡Vamos, coge a Beltrán y llévatelo de aquí antes de que esos dos entrometidos entren, por las escaleras, rápido!<br />
Puerta Secreta hace un gesto de asentimiento con la cabeza y, tras agarrar al asustado científico por el brazo, sale de la habitación y se encamina hacia la puerta de salida del piso.<br />
En ese momento, Rubén, sujeto por las axilas por Blanco Omega, golpea con los nudillos el cristal de la ventana, esperando la respuesta del dueño de la vivienda. Al no obtenerla decide entrar a por todas, ordenando a su compañero que atraviese la ventana. Una vez dentro del laboratorio se encuentran cara a cara con Escurridizo que les dedica una burlona mueca de triunfo.<br />
-¿Buscabais a alguien vosotros dos?<br />
-¿Dónde está Beltrán? –Martínez se dispone a saltar sobre el villano, pero Blanco Omega lo detiene con un gesto.<br />
-Beltrán está a salvo. Pronto será llevado en presencia de nuestro amado líder Ultra Omega. ¡Y ninguno de vosotros podrá hacer nada por impedirlo!<br />
-¡Calla la boca! –Moviéndose a la velocidad del rayo, Blanco Omega se coloca frente a Escurridizo y, antes de que el bribón pueda reaccionar le propina un poderoso puñetazo en pleno rostro, derribándolo al suelo.<br />
-Golpéame lo que quieras. En estos momentos mi compañero ya habrá abierto un portal espacio temporal y se habrá llevado a Beltrán a nuestro tiempo.<br />
-No si nosotros podemos evitarlo –sin pensarlo dos veces, el enmascarado y su nuevo aliado se dirigen a la puerta principal del piso habitado por Ismael Beltrán-. Si le he leído bien los pensamientos a ese canalla, su compañero necesita descansar como mínimo quince minutos entre apertura y apertura, aún podemos cogerle.</p>
<p>CAPITULO 4º<br />
PUERTA SECRETA, EL SILENCIOSO<br />
Y ESCURRIDIZO, EL VELOZ</p>
<p>En un callejón cercano a la calle Guillem de Castro, muy próximo a la vivienda de Ismael Beltrán…:<br />
-¿P-por qué no me sueltas, de qué va todo esto? –El joven Profesor forcejea en vano con su captor, que no ha dicho una palabra en todo el rato-; no tengo dinero, no podéis pedir un rescate por mí a nadie. ¡Sólo soy un simple profesor de Universidad, maldita sea!<br />
Puerta Secreta responde con un bestial gruñido a los lamentos de su presa, y tirando de él con violencia, mientras le hace un gesto pidiéndole silencio.<br />
De repente, y para sorpresa y susto de Beltrán, su captor lo alza en vilo y lo deja caer dentro de un contenedor de basuras.<br />
-¿Has oído eso? –El alboroto no pasa desapercibido para los dos héroes que acaban de salir por la ventana del laboratorio de Beltrán y ya pisan de nuevo la calle, después de haber discutido acerca de las prioridades de la misión.<br />
-Vino de aquel callejón –pistola en mano, Rubén Martínez se lanza hacia la calleja, sin pensárselo dos veces.<br />
-Espera. Tú por abajo y yo por arriba –dicho esto, Blanco Omega vuelve a elevarse en el cielo nocturno, y se dirige también hacia el callejón.<br />
-¡No tan rápido, amigos! –De repente, de la nada y moviéndose a la velocidad del pensamiento, Escurridizo aparece en escena, golpeando a Rubén en el estómago, dejándolo prácticamente K.O.-, si pensáis que voy a dejar que impidáis nuestras sagrada misión vais listos.<br />
-¡Rubén! –Blanco Omega desvía la atención de su objetivo al ver a su compañero tendido en el suelo-. ¿Te crees muy rápido tú, ¿verdad?<br />
-No me lo creo, ¡soy muy rápido! Antes mi pillaste desprevenido y por eso me tumbaste. Pero no volverá a pasar. Y, ahora, tendré el placer de matar a la versión juvenil del bastardo que le hace la vida imposible al líder.<br />
-No me hagas reír. Si no habéis podido derrotar a mi versión tullida del futuro… ¿Qué oportunidades crees tener contra mí que soy mucho más joven y domino plenamente la Fuerza Omega?<br />
-¡Cierra la boca, cierra la bocaaa! –Furioso, tal y como esperaba Blanco Omega, Escurridizo se lanza contra él, sin pensar en ningún plan de ataque, y sin poder frenar cuando el enmascarado se aparta de su trayectoria, haciendo que se estrelle a más de doscientos kilómetros por hora contra una farola.<br />
-Ufff, eso ha debido de doler.<br />
Mientras, en el callejón…:<br />
-¿Dónde has metido a Beltrán? –Rubén, que se ha recupero del puñetazo propinado por Escurridizo, mantiene acorralado a Puerta Secreta a punta de pistola, pero el bestial y mudo personaje se niega a colaborar.<br />
De repente, algo sucede…:<br />
-¡Nooo, Rubén, sal de ahí! –Blanco Omega se lanza hacia el callejón lo más rápido que puede al comprender la trampa que Puerta Secreta quiere tenderle a su compañero-. ¡Es una trampa, Puerta Secreta es invulnerable a las balas y superfuerte, muévete, vamos!<br />
-¿¡Qué demonios…!? –Pero el aviso llega tarde, y antes de que pueda reaccionar, el brutal esbirro de Ultra Omega lo agarra con sus manazas y comienza a apretar, rodeándolo por la cintura.<br />
-¡Suéltalo, pedazo de bestia! –Calculando al milímetro la trayectoria de su disparo, Blanco Omega lanza una descarga de energía Omega sobre Puerta Secreta, alcanzándole en pleno rostro. Pero el villano no suelta su presa, todo lo contrario, aprieta aún más fuerte, tanto que las costillas de Rubén comienzan a crujir.<br />
-¡Argh, si sigue apretando me romperá la espalda! –El rebelde forcejea sin obtener resultado alguno, mientras en el rostro del rufián se dibuja una sonrisa de satisfacción.<br />
-De acuerdo, es eso lo que quieres, pues eso tendrás –dicho esto, Blanco Omega agarra a Escurridizo por la pechera del traje y comienza a elevarse en el aire hasta alcanzar las nubes-. Suelta a mi amigo, o suelto a tu amigo. A esta altura el golpe es mortal de necesidad, y más sin tener invulnerabilidad como tú tienes.<br />
Por un instante, el bestial Puerta Secreta afloja su presa lo suficiente para que el cautivo pueda respirar y recuperar el aliento, pero, acto seguido, vuelve a apretar sus brazos en torno a la cintura de Rubén, mientras lanza una mirada desafiante a Blanco Omega.<br />
-¡Mierda, no ha servido de nada el truquito de la amenaza! Imagino que deben haberles lavado el cerebro a base de bien –El enmascarado vuelve a depositar al aún inconsciente velocista en tierra y se prepara para un segundo ataque directo, cuando…<br />
Puerta Secreta afloja la presa y deja caer a un exhausto Rubén Martínez al suelo para, seguidamente, fijar su atención en Blanco Omega que no se da cuenta de que Escurridizo ha recuperado el sentido y se le acerca por detrás…</p>
<p>CAPITULO 5º<br />
¡DERROTADOS!</p>
<p>Hace un momento el esbirro del tiránico Ultra Omega conocido como Puerta secreta mantenía sujeto al rebelde del futuro llamado Rubén Martínez, que, como él y su compañero Escurridizo, habían llegado a nuestro tiempo para hacerse con el científico Ismael Beltrán, pero el secuestro salió mal y ahora ambos villanos se enfrentan al héroe local Blanco Omega que colabora con Martínez en el rescate del joven sabio. Y, hasta hace unos instantes, las cosas iban empate entre los cuatro contendientes. Pero eso va a cambiar ahora mismo.<br />
-¡Quieto, jodido bastardo! –Antes de que pueda reaccionar, Escurridizo toma por sorpresa a Blanco Omega, agarrándolo con una poderosa llave de presa, rodeando su garganta con su brazo-. ¿Quién es ahora el lento, eh, quién?<br />
Una vez su compañero lo tiene sujeto, Puerta Secreta se lanza a toda velocidad, cargando con sus más de doscientos kilos contra el joven héroe, que se ve arrollado por la inmensa mole de músculos en un choque que lo lanza varios metros antes aplastarlo contra una pared cercana.<br />
-¡Ufff, eso dolió! –Dolorido y magullado, Blanco Omega se alza del suelo y sonríe a sus atacantes-. Pero si es lo mejor que sabéis hacer…<br />
-¡Maldito seas! –Furioso por el tono de burla del joven enmascarado, Escurridizo se lanza contra él, haciendo caer sobre Blanco Omega una auténtica lluvia de golpes a supervelocidad, para acabar con un poderoso gancho de izquierda que envía a su enemigo contra el mismo contenedor donde momento antes Puerta Secreta metiese a Beltrán.<br />
Se dispone a rematar la faena, cuando su mudo compañero le hace un gesto indicándole que ha recuperado sus poderes de teletransporte y pueden realizar el viaje de regreso a su tiempo.<br />
-Te libras por los pelos –Escurridizo suelta la solapa de la cazadora del joven enmascarado y vuelve junto a su amigo, no sin antes escupir en señal de desprecio junto al cuerpo inconsciente de Blanco Omega.<br />
Aún pasan unos minutos antes de que él y Rubén se recuperen de la paliza recibida. Por suerte para Blanco Omega es tiempo suficiente para que la Fuerza Omega cure sus heridas más superficiales, aunque no logre curar su orgullo herido.<br />
-Debemos encontrar a Beltrán. Debemos viajar al futuro y rescatarlo antes de que Ultra Omega lleve a cabo los planes que sea que tenga para él.<br />
-Eso suena más fácil decirlo que hacerlo.<br />
-Con la energía que le queda al modulador de desfase temporal sólo uno de nosotros podrá hacer el viaje al futuro…<br />
-Imagino que ése seré yo.<br />
-Sólo tú tienes el poder para hacerlo –Rubén entrega a Blanco Omega un extraño artefacto junto a la máquina del tiempo portátil-. Esto te ayudará a identificarte entre las Fuerzas Rebeldes. Con un poco de suerte es posible que incluso conozcas a tu yo futuro.<br />
-¿A que te refieres con un poco de suerte? ¿Tan borde me vuelvo con los años?<br />
-Bueno, digamos que eres un pelín difícil de ver.<br />
-¿Tú has llegado a verme?<br />
-Te conozco sólo de oídas. Pero que sepas que te respeto y que ha sido un placer trabajar contigo, me has demostrado por qué te convertirás en el líder de la Resistencia del futuro.<br />
-De acuerdo, me has convencido –dicho y hecho, Blanco Omega activa el modulador de desfase temporal y comienza su viaje en el tiempo, no sin antes pedir a Rubén una última cosa-…: Si ves a mi madre, dile que estoy bien y que la quiero…</p>
<p>FIN<br />
1ª PARTE</p>
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		<title>En la cima de la demencia</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Dec 2009 02:59:14 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/12/lenguacortada.png" alt="" title="lenguacortada" width="500" height="388" class="alignnone size-full wp-image-454" /><br />
Llevaba dos días caminado por el caluroso desierto, del cual el sol se había adueñado por toda la eternidad, con el mero anhelo de ver deshidratados a todos los viajeros del infierno arenoso. Lo único que podía reconocer en aquel entorno avizorado por ventiscas de arena era una especie de pilar negro a leguas de mi ubicación.<br />
Caminaba y caminaba y nada parecía tener un final como la hacían las historias que contaban los ancianos de mi ciudad natal. Yo era un hombre del tipo rudo, y que no capitularía por nada en el mundo, más que por la estrella colosal que gobernaba en aquel desierto dueño de un sinfín de seres vivos que se hallaban consumidos por las dunas hirvientes del lugar.<br />
Mientras caminaba podía sentir como el sudor formaba riveras en mi rostro. Indicándome que no me quedaba mucho tiempo en el reloj de minerales perdidos, propio de un cuerpo asediado por las condiciones extremas de un lugar agazapado por calores pertenecientes a pandemónium o peor aún, a las fraguas yacentes en las entrañas de volcanes corruptos ante el perdón de la vida humana.<span id="more-453"></span><br />
Pero cuando todo parecía indicar a leguas que sería mi fin, y que me reuniría con todos los condenados que seguramente habían muerto en el mismo lugar que lo iba a hacer yo, algo cambió en mi vista. En un principio creí que todo era efecto del calor, que punzaba mi mente para declararla totalmente incapacitada para pensar y controlar los sentidos. Pero todos estos pensamientos vagos y propios de un hombre nutrido por calores extremos cambiaron, porque cuando vi que todo el mapa del desierto infernal había sido reemplazado por un escenario oscuro, en el cual un altar regía sobre el mundo agónico en el que me había adentrado, me di cuenta que nada era propicio para la cordura trivial de un ser propio de estar en sus divinos cabales.<br />
Sin saber qué hacer, en aquel mundo de brumas sombrías decidí movilizarme y dirigirme hacia la posición del altar que estaba acompañado por un trono titánico.<br />
En tan sólo un periquete me encontraba en el altar de quién sabe qué aberración sería dueño de este lugar corrompido por sombras y erradicado de luces dueñas de fortalezas inundadas por el resplandor de la iluminación.<br />
Cuando estaba en el altar pude ver un libro polvoriento, que demostraba ser de tiempos remotos, ya que sus hojas con sólo verlas se desasían y los bolones de polvo mezclado con pelusas de seres pasados que trascendieron al mundo actual con sus tersos cabellos degradados, no faltaban en la reunión de lo vetusto ganando un hogar en el imperio de lo anticuario.<br />
Como todo humano sentí una curiosidad propia de un ser curioso, y tomé el libro con mis dos deterioradas manos de hombre castigado. Luego me dispuse a saber cuál era su contenido y avisté la primera página, la cual me indicó que este libro era ilegible ante mis conocimientos de humano inculto. Sin saber qué hacer al no entender el libro arcano me puse en la labor de sentarme en el trono que estaba situado detrás del altar.<br />
Una vez que mi cuerpo descansaba en los regazos de un trono desconocido por mi persona y por muchos seres del cosmos, comencé el trabajo de reconocimiento y adaptándome al entorno que me rodeaba, logré convencer a mi mente que el espacio en el que me hallaba no mostraba ningún signo de alguna civilización intergaláctica ni mucho menos, la divina luz del sol que resplandecía en la tierra de los mortales.<br />
A pesar de que me encontraba en un lugar sin espacio propio de un mundo y rebalsado en oscuridad, no dudé al intentar dormir en aquel trono. Algo que necesitaba ya que sin olvidar mi pasado fúnebre, por un pelo de buey que no había pasado a ser el alimento del desierto en el que me encontraba en un principio.<br />
Mi zona ocular no tardó demasiado en relajarse y mi mente se apagó como si fuera una máquina con falencias propias de un aparato creado por la mano del hombre.<br />
Pero cuando pensaba que me había adentrado en los mundos oníricos, tres seres inundados de iniquidad muy peculiar por la vileza que irradiaban a destajos, se acercaron hasta mi ubicación de imprevisto. Los engendros eran tan oscuros que se camuflaban con las brumas formadas de sombras, también demostraban al mundo estar en las mismas condiciones que habían llegado a él, y lo único que daban a conocer a todos los seres dueños de la visión mundana eran sus miles y miles de ojos cargados de morbosidad y teñidos de color bermellón. Pero si hubo algo que hurtó mi valentía de guerrero deificado fue la manera en que los tres demonios de las sombras paganas me miraban, ya que era realmente ominosa y podía afirmar que no querían relacionarse conmigo, lo único que se reflejaba en los turbios ojos de estos demonios, era sed de tortura.<br />
Presurosamente uno de los tres demonios tan oscuros como las mismas sombras, desgarró su estómago. En el cual luego llevó su mano izquierda para buscar algo en sus entrañas. Mientras la sangre le fluía sin pavor existente desde su estómago abierto hacia las afueras, éste trataba de encontrar algo perdido o más bien oculto. Y cuando lo logró, pude ver como una lanza con punta de metal salía desde sus entrañas, como si escondiese un mundo encubridor de objetos en su cuerpo de ser amedrentador. Realmente no comprendía cómo podía esconder una lanza tan enorme en sus entrañas, si su cuerpo no daba cabida para esta acción. Lo que sí podía comprender de la situación dueña de la aberración causada por las anomalías del vivir era, que el arma que tenía el demonio servía para un fin no deleitable para mi persona.<br />
Una vez que tenía la lanza cubierta de sangre, los otros dos demonios lo miraron y éste tercero asintió, como si le hubiesen dado la orden de fusilamiento por radio en una guerra donde los chiflidos de las balas eran algo cotidiano. No pude darme cuenta, cuando sin previo aviso, el demonio comenzó a enterrar una y otra vez el arma punzante en mi torso. Poco a poco provocaba orificios en mi carne, y levemente comprendía el dolor de sentir miles de estocadas provenientes de un arma que anidaba en las entrañas de un vil engendro maestro de la tortura.<br />
Ya casi baldo, me rendí y caí tumbado ladeando suavemente como si fuera una hoja otoñal por aquel trono, en el cual alguna vez había intentado recuperar las tan preciadas energías para movilizar mi cuerpo.<br />
El conocimiento del tiempo que pasó después de que el demonio me apuñalara, era vago y lo bastante inconcluso como para decir que habían transcurrido eones (exagerando el pasar del tiempo). Lo único que podía dar a conocer al público expectante como si fuese un maestro de renombre, era que otra vez me hallaba agonizando y deshidratado en el desierto de un principio pasado. Otra vez el infierno de arena cubría mi alma y otra vez podía sentir los calurosos vientos del lugar más semejante al inframundo. Vientos que por cierto, asediaban sin compasión mi rostro hervido por las condiciones extremas.<br />
Pero cuando todo estaba perdido y mi cuerpo ya no quería seguir batallando en el mundo terrenal, mi vista se nubló como si miles de baterías la hubiesen infestado con pestes fabricantes de cegueras eternas. Y después de perder la vista, también había perdido el conocimiento de humano vivaz.<br />
Cuando desperté nuevamente mi vista reconoció que me hallaba en el desierto de la condenación humana. Pero algo había de diferente esta vez, ya que en un principio podía avistar a leguas un pilar y en aquellos momentos había descubierto otro más.<br />
El otro pilar estaba situado a la izquierda del primigenio. Y sin titubear enfilé hacia él para lograr encontrar una redención.<br />
Después de un considerable tiempo de visiones demenciales pude darme cuenta que los pilares iban en aumento y variación, al igual que los mundos en los que me adentraba.<br />
Pero si había aprendido algo del desierto en el que transitaba era, que podría salvarme o quizá nunca lo haría, pero al menos tendría la oportunidad de escoger un sinfín de pilares que aguardaban a mi persona para conocer más mundos del cosmos o simplemente para demostrarme que mi locura ya no era insulsa. Y que mi sustento en aquel lugar sería la ilusión de volver a mi hogar viajando por toda la eternidad.</p>
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		<title>Noche en el cementerio</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 05:58:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>la_mas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace pocos años, hubo un cura en mi pueblo al que le gustaba bajar todas las noches de los sabados al cementerio a invocar a los espiritus. Yo entonces tenía 13 años. A mis amigos y a mi nos gustaba contemplarle desde un mirador que había a 500 metros escasos. Una noche fría de últimos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/11/noche-en-el-cementerio.jpg" alt="noche en el cementerio" title="noche en el cementerio" width="550" height="358" class="alignnone size-full wp-image-293" /></p>
<p>Hace pocos años, hubo un cura en mi pueblo al que le gustaba bajar todas las noches de los sabados al cementerio a invocar a los espiritus. </p>
<p>Yo entonces tenía 13 años. A mis amigos y a mi nos gustaba contemplarle desde un mirador que había a 500 metros escasos.</p>
<p>Una noche fría de últimos de Noviembre, estabamos allí solo 6 chicos, entre ellos yo, a esperar a que el cura, que por cierto se llama Jose Antonio, bajara. Y, el reloj de la iglesia dio las once de la noche.<span id="more-292"></span></p>
<p>Apareció entonces Jose Antonio, abrigado con su sotana negra y una bufanda. Llevaba consigo, como era de costumbre, un farol de los antiguos de los que iban con gasolina.</p>
<p>-¡Buenas noches, Jose Antonio!-le gritamos.<br />
-Buenas noches chavales</p>
<p>Él bajó y abrió la siniestra verja y entró. Se adentró en lo más oscuro del cementerio. Cuando ya estaba casi en el final, se le apagó el farol y se quedo a oscuras.</p>
<p>Nosotros discutiamos que si debiamos bajar a ayudarle a salir, porque ese cementerio de noche a oscuras es un laberinto. Mientras discutiamos, el cura salio del cementerio con el farol otra vez encendido.</p>
<p>-¡Que tio!-exlamó uno de mis amigos</p>
<p>Cuando de nuevo paso por nuestro lado, le volvimos a desear buenas noches, pero esta vez no nos contesto. Llevaba la cara tapada con una capucha. Al día siguiente, bajamos para ver lo que había dejado por allí, porque siempre dejaba alguna sorpresilla.</p>
<p>Pero esta vez nos encontramos un SORPRESON.</p>
<p>Al lado de una tumba que estaba partida en dos, estaba el cura tirado con su farol al lado y roto. Estaba helado de frío, pero vivo. Llamamos una ambulancia que le llevó al hospital de inmediato. </p>
<p>Una semana después, aquellos seis fuimos a visitarle al hospital. Él me agarró de la mano y, con pánico reflejado en su pálida cara, nos dijo:</p>
<p>-¡Le vi salir de la tumba y tirarme el farol al suelo! ¡Me dijo que era un enviado de Satanas y me desmalle!</p>
<p>Nos recorrió un escalofrío por el cuerpo. ¿Quien sería aquello que vimos subir con capucha?</p>
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		<title>El extraño caso de la Nave navigator</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Oct 2009 01:29:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es una historia que hice para presentarme en un concurso de ciencia ficción. Espero que sea de vuestro agardo. Espero críticas constructivas I Llevo dos largos días de viaje en la lanzadera en dirección a mi nuevo destino. La XN Navigator, un nuevo prototipo de nave, el orgullo de la tecnología cibernética y biótica de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-139" title="1335653912_d1b920c351_b" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/10/1335653912_d1b920c351_b.jpg" alt="1335653912_d1b920c351_b" width="502" height="270" /><br />
Es una historia que hice para presentarme en un concurso de ciencia ficción. Espero que sea de vuestro agardo. Espero críticas constructivas<br />
I<br />
Llevo dos largos días de viaje en la lanzadera en dirección a mi nuevo destino. La XN Navigator, un nuevo prototipo de nave, el orgullo de la tecnología cibernética y biótica de la federación. La observo preocupado, no es normal que la nave flote tranquilamente sin ninguna baliza encendida.<span id="more-138"></span><br />
La nave sigue su rumbo hacia lo desconocido. Flota ligeramente ladeada, sin ninguna preocupación aparente. Sin rumbo fijo, solo disfrutando de la soledad de las estrellas. Ninguna luz encendida. Dormitaba, como un pequeño bebe sin preocupación alguna.<br />
Me identifico mientras rodeo la nave para adentrarme en la cubierta de lanzaderas. Ninguna respuesta. Solamente se abrió el compartimento de las mismas invitándome a entrar. Está a oscuras, y lo poco que consigo ver es gracias a las luces de posición de la lanzadera. Todo parece limpio, pulcro. Y vacio. Aterrizo la nave y salgo de ella al compás del único ruido que se escucha. El del portón que da al espacio cerrándose.</p>
<p>II<br />
La puerta de la lanzadera se me abre. Noto un fortísimo golpe de calor y un olor rancio y húmedo. Sigue sin salir nadie a recibirme. Será una broma. El capitán Andrews es famoso por las novatadas que realiza a los nuevos tripulantes y para seros sincero, esta está siendo muy elaborada.<br />
La oscuridad me obliga a sacar la linterna que cuelga de mi cinturón. La enciendo. Nada, todo igual. Las metálicas cajas apiladas en orden, como el día en que salieron de Utopía Planitia. La humedad es tan agobiante, que ya noto el sudor recorriendo por mi frente. Me lo retiro con el brazo derecho y avanzo hacia la puerta que daba a un pasillo.<br />
Entro en el corredor. Más oscuridad. Cansa ya la broma. Me está poniendo nervioso. Avanzo con la linterna apuntando hacia el horizonte en busca de algo. Será desesperación, o ansiedad, pero anhelo encontrar a alguno de los tripulantes “bromistas” correteando por allí intentando escabullirse de mí. Empiezo a sentir miedo pero no, no puedo sentir miedo. Es lo quieren. Quieren asustarme, pero no lo van a conseguir.<br />
-¿Me oís? Os estáis pasando. Ya no tiene la gracia. Venga ya nos hemos reído, nos lo hemos pasado bien y lo recordaremos a la hora de la cena, pero salir. No me vais a conseguir asustar. En serio os lo digo. No tengo miedo, nada de miedo. Venga salir. ¡¡QUE SALGAIS!!-Musito desesperado<br />
Nada. Nadie responde. Ni ningún sonido. Ni tan siquiera de las máquinas en funcionamiento, ni de los motores. Nada.<br />
Cada vez el ambiente está más recargado. Me detengo en un cruce de caminos para leer las indicaciones de las placas que están escritas en las paredes. Así que estoy al lado de los reactores. Interesante.<br />
Lo más seguro es que se encuentren allí, en la sala de máquinas, riéndose del nuevo. Así que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma tendrá que ir a la montaña por lo que me dirijo hacia la sala de motores cuando oigo un ruido.<br />
Es un lamento lejano, como de un niño pequeño. Agudizo el oído. El lamento ha desaparecido. Ya no está.<br />
-Venga chicos. Lo habéis conseguido ¿vale? Estoy asustado, muy asustado, pero por favor salir ya. Detener la broma- Ruego dando vueltas sobre mi eje mirando en todas direcciones.<br />
Noto una brisa húmeda y fría en mi nuca. Asustado saco el faser y me doy la vuelta apuntando la linterna y el arma hacia donde debería provenir la brisa. Nadie. Intento relajarme. Cojo aire.<br />
Inspiro</p>
<p>Expiro</p>
<p>Inspiro</p>
<p>Expiro</p>
<p>-¿Te has perdido Jake?- Murmura una fría voz a mi espalda<br />
No había oído paso alguno y totalmente asustado me doy la vuelta apuntando con el arma y la linterna al hombre que hay enfrente de mí.<br />
Enfoco a su cara. Blanca, totalmente rasurada, sin pelo. Los ojos hundidos y vivos, pómulos altos y labios carnosos que me sonreían con una mueca de maldad. Era el capitán Andrews.</p>
<p>III<br />
-Por fin encuentro a alguien. Muy buena broma señor. Muy buena-Musito mientras me relajo.<br />
Su cara muestra estupefacción y sorpresa al oírme, parece que no sabe de lo que hablo.<br />
-¿Qué broma? Estás en la nave. Ahora está descansando la pobre- Dice acercándose a una pared y acariciándola- Esta muy cansada. Lleva un mes sin pegar ojo y necesita un día para reponer fuerzas. Pobrecita- Añade melancólicamente<br />
Habla extraño, como ausente, que ya no tuviera más preocupaciones que dar su amor a la nave. Además, algo que no había deparado hasta que se alejó de mí. Estaba desnudo, totalmente desnudo y en todo el cuerpo tenía múltiples heridas circulares alrededor de su columna vertebral, brazo y piernas.<br />
-Capitán ¿Le pasa algo?-<br />
-Apaga la linterna. La puedes despertar. Apágala por favor- Me ordena<br />
Yo obedezco como un niño asustado por haber roto el jarrón de su madre<br />
-Bien. Eres el nuevo. Oh, no tengas miedo. Estas ya en casa, en tu nuevo hogar- Me dice cariñosamente antes de cambiar la inflexión de la voz- Pero a lo que íbamos. Teniente Jake McDonald, de la colonia de Noveria VI- Empieza a decir paseándose enfrente mío.<br />
No puedo dejar de mirar a sus horribles heridas sangrantes. Eran como pequeñas picaduras circulares con la piel quemada alrededor suyo.<br />
-…Ingeniero Warp, militante de otras naves como la Enterprise y la Normandia. Interesante curriculum ¿verdad? Oh, y que leo por aquí, estuvo en los incidentes de Fartes II como soldado raso. Muy buen curriculum ¿No estás de acuerdo nave?-<br />
Mira al techo de la nave despreocupado. No entiendo cómo puede ver algo en aquella agobiante oscuridad. Parece abstraído, como si su mente no estuviera dentro de su cuerpo. Pobre, está loco ¿Y ese es el gran capitán Andrews?<br />
-Señor, si no le importa me gustaría incorporarme directamente a mi puesto-<br />
Vuelve a la realidad y me lanza una mirada fría e intensa. Una mirada que desarmaría a cualquier ser vivo. Se me acerca sin quitarme ojo y me agarra con sus desnudas manos los hombros<br />
-¿Quieres unirte ya al trabajo? Tus compañeros te esperan. Están ansiosos de que te unas a ellos. Estamos ansiosos. Nave está ansiosa ¿Verdad nave?- Añade lo último dirigiéndose a la nave<br />
Algo ha pasado en la nave. Se ha vuelto loco creyendo que la nave le habla. Eso ya no es una broma. Había algo más. Algo tenebroso. Parecía que había llegado a los confines del universo y se había vuelto loco al ver lo que haya allí. No era normal el comportamiento del capitán. Una de dos, o es un magnífico actor o simplemente se ha vuelto loco, y seamos sincero, prefiero mil veces lo primero.<br />
-La nave ruega tu incorporación ahora mismo en ella. Te espera ansiosa- Añade con ojos de loco.<br />
Algo no me cuadra. Escucho un fortísimo ruido a mi espalda y me doy la vuelta asustado. Noto que mi cuerpo se paraliza y que caigo al suelo siendo devorado por la oscuridad.</p>
<p>IV<br />
Hace calor, mucho calor, ni la brisa que me rodea consigue sofocarme mientras floto. ¿Flotar? Eso es imposible, no puedo flotar. Abro los ojos.<br />
Estoy tumbado bocabajo rodeado de decenas de cables informáticos que se injertan en mi piel y me sostienen desde el techo. Miro alrededor. Me custodian dos mujeres de igual condiciones. Desnudas y enredadas en el matojo de cables conectados a su cuerpo dormido. Intento moverme pero no puedo. Estoy bloqueado.<br />
-Estate tranquilo. No pasa nada- Musita la cabeza de Andrews que acaba de aparecer debajo de mí.<br />
-Por favor, por favor. Déjame ir. No contaré nada, por favor. Te digo la verdad. No contaré nada. Diré que he decidido abandonar por temas familiares, pero déjame salir por favor-<br />
-Se que lo harás- Dice mientras arrastra una pantalla etérea hasta sí mismo.- Antes de ver a nave, tienes que saber algo. No trabajamos para la nave ni ella para nosotros, sino que nos ayudamos. Es un buen trato, una simbiosis bastante justa. La tripulación accedemos a su sistema matricial, siendo la comunicación entre los demás entes humanos y la nave infinitamente más rápida. Cuando construyeron este prototipo dieron cierta inteligencia virtual a la nave con un componente precognitivo. Lo suficiente para que pudiera escuchar lo que pensábamos y trasmitir aquellos datos para realizar sus funciones más rápidamente, pero los programadores pensaron que no desarrollaría inteligencia propia, algo en que se equivocaron garrafalmente-<br />
-¿Qué quieres decir? No te entiendo-Le interrumpo totalmente perdido<br />
-Comunicación telepática. Somos parte del sistema y ella es parte de nosotros. Al mismo tiempo, nosotros nos comprometemos a repararla, a consolarla y que tenga voz y voto en las decisiones y en las misiones que se lleven a cabo. La única pega es que debemos estar conectados a ella la mayor parte del tiempo-<br />
-Entiendo. Pero yo no quiero que mi mente sea leída por una máquina. Te ruego que me dejes, por favor. – suplico desesperado<br />
El mira hacia arriba, clavando su mirada en mí. Sonríe maliciosamente y aparta la mirada<br />
-La primera vez duele. Pero nave te cuidará- Dice antes de apretar el botón<br />
Y grito de dolor al notar como algo se me incrusta en la nuca. Todo desaparece, la realidad el mundo. Floto en una corriente de datos que circulan a velocidades extremas. La corriente me arrastra, intento nadar entre los datos pero no puedo. La corriente me lleva, hacia algún lugar.<br />
Cierro los ojos.</p>
<p>V<br />
Abro los ojos.<br />
Luz cegadora. Me tapo los ojos con el brazo, intentando protegerlos de la luz mientras estos se adaptan a ella. Y allí está, el procesador central, lleno de cables y alrededor suyo cientos de personas de diferentes razas. Humanos, Bayoranos, Xindi. Iban sin nada, sin ropa, flotando totalmente dormidos. Me acerco al núcleo de memoria. Todo en silencio. Solo luz. Solo oscuridad.<br />
Y ante mí la evolución, la nueva raza que surcará las estrellas y las gobernará. Este es el precio que tendremos que pagar, para llegar a los confines de la realidad en pos de nuevos mundos.</p>
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