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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; el tren</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>La lavandera de Brandsen</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 09:30:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="img_79654_1" class="alignleft" title="Fgct1310" src="http://www.24con.com/files/image/15/15403/497dc6c5a1d61_620_%21.jpg?s=2ff4e85e6e56c88c5125a041f1e539f0" alt="" width="323" height="300" />El Luciérnaga salió con 13 vagones desde Mar del Plata el día 7 de marzo de 1981, a las 23,55, con destino a Plaza Constitución. 803 pasajeros a bordo. A las 4,20 de la madrugada, cuando el tren volaba a 120 km por hora, de pronto, la suerte abandonó a los presentes en Brandsen, saliendo de una curva en el km 68, la locomotora chocó contra la punta de un vagón cisterna descarrilado unas horas antes. Al impactar, la máquina se clavó sobre su trompa y dio un tumbo, mientras los vagones se aplastaron unos sobre los otros, como palitos chinos. Lejos de toda ayuda posible, el inmenso sufrimiento provocado por tan terrible tragedia, acorraló a las almas de aquellos que finalmente perecieron.</p>
<p>Años después, por los campos de Brandsen, en la zona donde chocó el Luciernaga, se siguieron oyendo ruidos nocturnos de hierros retorciéndose y gritos desgarradores de mujeres y niños. Los vecinos hablaban de luces demoníacas sobre los campos en la zona del accidente ferroviario. Sin embargo, lo que producía más terror en las miradas de los lugareños era la mención del nombre de la “Lavandera”, una anciana que vivía sola frente al lugar del accidente. Apenas preguntábamos por ella o, desistían de seguir conversando, o bien, directamente, decían: “De eso no se habla”.</p>
<p>Miércoles 6 de 2007.<br />
17:30hs. Brandsen, Buenos Aires.</p>
<p><span id="more-959"></span></p>
<p>El remis nos dejó como a 20 cuadras. Leandro puteaba, pero el tipo había sido claro: “Yo hasta ahí no voy”. Cuando llegamos atardecía. La propiedad no tenía vecinos, una acequia dividía la vereda de la calle de tierra. Desde la puerta de la casa hasta la vía, había a unos 40 metros. Llegando, vemos ropas tiradas. Levanto un suéter, roto, engrasado. Y así, pantalones, camisas, zapatos, por todos lados. Junto a la puerta, una montaña de pilchas, casi deshechas.</p>
<p>Toco el timbre. Lea se aleja unos pasos y me dice: “Pise mierda”. Entonces, sale la vieja. Flaca, viejita, arrugada. Las manos con espuma. Nos mira, como quien hace mucho que no espera a nadie y dice: “Pasen, pasen” con vos dulce, finita. La casa parecía derrumbarse sobre sí misma, inhabitable. Montañas de ropa sobre la mesa, las sillas, el piso, la mesada. “Disculpen” dice, “No queda lugar, hay mucho trabajo” e, inmediatamente, se pone a colgar una prenda sobre un perchero de pie.</p>
<p>A esta altura el aroma rotundo de la zapatilla de Lea se había vuelto molesto, vergonzoso. Sin embargo, esto parecía no importarle. Leandro andaba como tratando de oler algo, pero con los ojos. Finalmente lo descubrió. Con los ojos como platos me señalaba una foto sobre un altarcito lleno de velas. Una foto 10 x 15 de un conductor ferroviario, de pie, orgulloso, delante de la locomotora.<br />
¿Quién es el de la foto? &#8211; Le pregunté, al tiempo que prendí el grabador.<br />
-Mi marido, Domingo Fernandez &#8211; dijo la viejita- el maquinista del Luciérnaga.<br />
-¿Qué hace usted acá sola?- le preguntó Lea.<br />
-Siempre hay mucho trabajo, no es solo lavar, hay que secar, planchar, ¿vio? Una tiene hacerse cargo de todo- la última parte de la frase la dijo como rumiando el remordimiento, una piedra pesada colgando de su conciencia. Después, dejó de lavar, se secó sus manos en su delantal mugriento. Fue hasta el armario y guardó la ropa, con perchero y todo.</p>
<p>-¿Para quién lava toda esta ropa?-le pregunté.<br />
La vieja como respuesta, me miró, entrecerrando los ojos, con esa mirada sabia que solo tienen algunos ancianos, esa expresión que quiere decir algo así como: “No me preguntes cosas que ya sabes”. Después observó por la ventana y, sonrió. Al seguir la mirada de la Lavandera, me di cuenta que estaba amaneciendo. Habíamos llegado como mucho hacia 20 minutos y, cuando tocamos el timbre, atardecía. Incongruente. Eso nos descolocó, como que perdimos el equilibrio. Sin embargo, lo que sucedió a continuación, fue lo que marcó nuestras retinas a fuego, con una imagen que nuestros subconscientes nunca pudieron borrar.</p>
<p>La fina luz residual del amanecer penetró por la ventana rota junto con la bruma del rocío matutino tiñendo todo de un naranja entrañable. Los primeros rayos iluminaron el techo, luego la espalda de la vieja y finalmente sus manos. La luz llenó la habitación contestando todas nuestras preguntas, inclusive aquellas que jamás pensamos en formular.</p>
<p>Advertimos atónitos, que aquello que parecían percheros de pie, en realidad, eran personas. Lo que hacia la vieja era vestirlos, uno por uno. Estaban alineados y calladitos haciendo cola. Como los pasajeros que esperan para tomar un tren. Hombres, mujeres y niños pálidos, prácticamente gaseosos. Había muchos, porque la cola daba la vuelta entre nosotros y atravesaba la pared en dirección al sudeste. La vieja los vestía, uno por uno, con ropa limpia y, uno a uno, los iba acompañando hasta el fondo. Lo que parecía un armario, en realidad era una puerta, donde los pasajeros fantasmales se perdían en una luz incolora y misteriosa.</p>
<p>Inmediatamente, Leandro me agarró del saco y me sacó de ahí. Yo no se, si este pibe no me rescata, yo no se si volvía. Había empezado a sentirme tan cómodo. Esa pequeña mujer arrugada, condenada eternamente a limpiar, parecía tener, detrás de los barrotes de la culpa, un alma generosa. Me vinieron unas ganas irrefrenables de abrazarla. Sentí los brazos de mi compañero y de pronto estaba afuera.</p>
<p>Cuando salimos, la oscuridad se había adueñado de toda la luz, excepto, aquellos fotones que previsoras, guardaron las luciérnagas। Caminamos como sonámbulos hasta la ciudad. Esperamos hasta la mañana siguiente, en un banquito de la plaza, sin mirarnos y, mucho menos dirigirnos la palabra.</p>
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		<title>El tren</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Nov 2009 14:37:02 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-349" title="tren" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/11/tren.jpg" alt="tren" width="647" height="431" /><br />
La vio sentada al final del vagón. Era extraña, distinta. Sus ropajes y sus cabellos además de parecerle anacrónicos, estaban polvorientos. Pese a su aspecto algo desaliñado, era una mujer hermosa, de piel blanquecina y mejillas sonrosadas. Su pelo, negro azabache, descendía en finas y serpenteantes hebras sobre sus hombros. Tan sólo una bonita trenza, a modo de diadema, sujetaba aquella mata de cabello separándolo de la frente. Con la mirada perdida en el paisaje, parecía ausente; absorta en sus pensamientos. El hombre que estaba sentado a su lado sin embargo, parecía ignorar su presencia.</p>
<p>Pasaron unos minutos y el tren empezó a ralentizar su paso para detenerse en la última estación antes de llegar a Alicante. Aquel hombre se dispuso a bajar del tren. Se incorporó lentamente y, sin hacer ningún intento por sortear las piernas de aquella mujer, literalmente las atravesó. Sobresaltado, algo en su interior le hizo suponer que aquella mujer no era real. ¿Sería quizás un espejismo, un producto de su imaginación? Pero, ¿era posible que tan sólo la viera él? El tren reemprendió progresivamente su marcha. Juan miró a la mujer fijamente pero ella, distraída, seguía admirando el paisaje. Entonces, justo al cruzar el viejo puente, la mujer saco un ovillo de lana negra de un pequeño bolso y luego una tijeras, cortó con ellas varios trozos de lana y luego, para la sorpresa de Juan, desapareció. Contrariado, Juan se incorporó y miró a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado de aquella presencia, tan sólo él.<br />
<span id="more-348"></span><br />
Debían ser cerca de las nueve de la noche y Juan se dispuso a tomar el último tren con destino a Barcelona. Al subir a él, no pudo dejar de acordarse de aquella extraña mujer del trayecto de ida. Se sentó en su asiento y aprovechó para descansar una parte del viaje. A mitad de recorrido, Juan se despertó sediento y acudió al vagón donde estaba el bar. Al cruzar el resto de vagones, Juan pasó por el vagón número cuatro; el vagón en el que había viajado a la ida. Cual fue su sorpresa cuando pudo ver nuevamente a aquella mujer allí sentada. Sin poder reprimirse, Juan se sentó a su lado y trató de mantener una conversación con ella.</p>
<p>-La verdad es que prefiero el tren al avión, es más relajante ¿no cree?</p>
<p>En ese instante la mujer giró bruscamente su rostro hacia Juan.</p>
<p>-¡Puedes verme!<br />
-Pues&#8230;sí. Contestó Juan un poco extrañado por aquella pregunta.<br />
-¿Acaso no sabes lo que soy?<br />
-Hombre, intuyo que muy normal no debes ser a juzgar por lo poco que he visto de tí. Respondió algo inquieto.<br />
-Mi nombre es Átropos y soy una Moira.<br />
- Una ¿Moira?, ¿qué demonios es una Moira?<br />
-Las Moiras somos tres espíritus cuya misión es la de asignar el destino a los seres que humanos.</p>
<p>Juan se quedó mirándola sin atreverse a decir nada.</p>
<p>-El destino viene determinado mediante un hilo blanco para los momentos de felicidad y negro para los momentos de dolor. Las Moiras somos las encargadas de tejer y de velar por ese destino.</p>
<p>-Creo que no termino de entenderla. Contestó Juan mirándola no sin un cierto recelo.<br />
-La más joven, Cloto, preside el momento del nacimiento y lleva el carrete de hilo con el que se va a hilar el destino de los hombres. La segunda, Láquesis, enrolla el hilo en un carrete y dirige el curso de la vida y por último yo, Átropos, la propia Parca, que es quien coge el hilo de la vida y lo corta con sus tijeras de oro, sesgando esa vida para siempre.</p>
<p>Angustiado y sobrecogido por aquella información Juan se incorporó del asiento no sin dejar de observar a aquella extraña mujer. Entonces, nervioso, Juan llamó la atención del hombre que estaba sentado en la fila de delante y le preguntó:</p>
<p>-Perdone que le moleste pero ¿Qué ve usted en el asiento de mi lado?<br />
-¿Perdón?<br />
-¿Qué si usted ve algo o alguien en el asiento de mi lado? Repitió bastante alterado.<br />
-No. Respondió el hombre mirando a Juan, como si de un pirado se tratase.</p>
<p>Juan asustado, se giró nuevamente hacia aquella extraña mujer y sentándose otra vez a su lado le preguntó:</p>
<p>-Esta mañana la vi cortar varios pedazos de hilo negro. ¿Es que alguien va a morir?</p>
<p>La mujer, enigmática y misteriosa, miró hacia el suelo esbozando una malévola sonrisa en su rostro.</p>
<p>-¿Alguien de aquí va a morir? Insistió Juan alzando la voz, claramente alterado.<br />
-¡Casi todos! Contestó la Moira con voz clara e irónica.<br />
-¿Cómo? Contestó Juan con voz temblorosa.<br />
-¿Recuerdas el viejo puente?, ¿El puente sobre el que corte los pedazos de hilo?<br />
-Sí, lo recuerdo.<br />
-Ese puente se va a venir a bajo. Vaticinó aquella mujer desapareciendo nuevamente ante la perpleja mirada de Juan.</p>
<p>Nervioso, Juan se incorporó tratando de pensar qué debía hacer. Tenía muy pocos minutos, el puente ya estaba cerca. Quizás no le daba ni tan siquiera tiempo a hablar con el conductor, pensó. Además, ¿quién iba a creer aquella rocambolesca historia? Miró rápidamente a lo largo de todo el vagón tratando de encontrar un freno de emergencia.<br />
Allí estaba, en la intersección de los vagones. Juan corrió tan rápido como pudo hasta el freno. Miró por la ventana y vio que la locomotora estaba apuntó de atravesar aquel maldito puente. Sin pensarlo accionó el freno.</p>
<p>El tren frenó de inmediato forma contundente y los vagones, dada la aceleración, se precipitaron bruscamente unos contra otros provocando que el tren descarrilara. La locomotora, que para su desgracia acababa de entrar en el puente, se precipitó al vacío arrastrando tras de sí al resto del tren.</p>
<p>Pasaron los minutos, las horas y Juan, atrapado entre los hierros de aquel tren, oía los agónicos lamentos del resto de pasajeros. ¿Cuánta gente habría muerto en aquella barbarie?, pensó. De pronto, como si de un fantasma se tratase, la extraña y misteriosa mujer del tren apareció antes sí.</p>
<p>-Hay que reconocer que lo has bordado. Dijo la Moira, cuyo rostro había dejado de ser el de una hermosa mujer, para pasar a ser el de una vieja decrépita.<br />
-¿Cómo dices? Increpó Juan aturdido por el dolor, mientras traba de liberarse de aquel amasijo de deshechos.<br />
-Sólo quería darte las gracias por facilitarme el trabajo. Yo no lo hubiese hecho mejor.<br />
-¿Qué quieres decir?<br />
-Que si no llega a ser por el freno de emergencia, el tren no hubiese sufrido ningún daño. Dijo la mujer con una sonrisa sarcástica.</p>
<p>Juan no volvió a ver nunca más a la vieja Moira, pero su recuerdo y todo lo que aconteció aquel día, todavía le hace despertarse por las noches, sobrecogido por la angustia.</p>
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