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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; cuentos urbanos</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>El tren</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Nov 2009 14:37:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-349" title="tren" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/11/tren.jpg" alt="tren" width="647" height="431" /><br />
La vio sentada al final del vagón. Era extraña, distinta. Sus ropajes y sus cabellos además de parecerle anacrónicos, estaban polvorientos. Pese a su aspecto algo desaliñado, era una mujer hermosa, de piel blanquecina y mejillas sonrosadas. Su pelo, negro azabache, descendía en finas y serpenteantes hebras sobre sus hombros. Tan sólo una bonita trenza, a modo de diadema, sujetaba aquella mata de cabello separándolo de la frente. Con la mirada perdida en el paisaje, parecía ausente; absorta en sus pensamientos. El hombre que estaba sentado a su lado sin embargo, parecía ignorar su presencia.</p>
<p>Pasaron unos minutos y el tren empezó a ralentizar su paso para detenerse en la última estación antes de llegar a Alicante. Aquel hombre se dispuso a bajar del tren. Se incorporó lentamente y, sin hacer ningún intento por sortear las piernas de aquella mujer, literalmente las atravesó. Sobresaltado, algo en su interior le hizo suponer que aquella mujer no era real. ¿Sería quizás un espejismo, un producto de su imaginación? Pero, ¿era posible que tan sólo la viera él? El tren reemprendió progresivamente su marcha. Juan miró a la mujer fijamente pero ella, distraída, seguía admirando el paisaje. Entonces, justo al cruzar el viejo puente, la mujer saco un ovillo de lana negra de un pequeño bolso y luego una tijeras, cortó con ellas varios trozos de lana y luego, para la sorpresa de Juan, desapareció. Contrariado, Juan se incorporó y miró a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado de aquella presencia, tan sólo él.<br />
<span id="more-348"></span><br />
Debían ser cerca de las nueve de la noche y Juan se dispuso a tomar el último tren con destino a Barcelona. Al subir a él, no pudo dejar de acordarse de aquella extraña mujer del trayecto de ida. Se sentó en su asiento y aprovechó para descansar una parte del viaje. A mitad de recorrido, Juan se despertó sediento y acudió al vagón donde estaba el bar. Al cruzar el resto de vagones, Juan pasó por el vagón número cuatro; el vagón en el que había viajado a la ida. Cual fue su sorpresa cuando pudo ver nuevamente a aquella mujer allí sentada. Sin poder reprimirse, Juan se sentó a su lado y trató de mantener una conversación con ella.</p>
<p>-La verdad es que prefiero el tren al avión, es más relajante ¿no cree?</p>
<p>En ese instante la mujer giró bruscamente su rostro hacia Juan.</p>
<p>-¡Puedes verme!<br />
-Pues&#8230;sí. Contestó Juan un poco extrañado por aquella pregunta.<br />
-¿Acaso no sabes lo que soy?<br />
-Hombre, intuyo que muy normal no debes ser a juzgar por lo poco que he visto de tí. Respondió algo inquieto.<br />
-Mi nombre es Átropos y soy una Moira.<br />
- Una ¿Moira?, ¿qué demonios es una Moira?<br />
-Las Moiras somos tres espíritus cuya misión es la de asignar el destino a los seres que humanos.</p>
<p>Juan se quedó mirándola sin atreverse a decir nada.</p>
<p>-El destino viene determinado mediante un hilo blanco para los momentos de felicidad y negro para los momentos de dolor. Las Moiras somos las encargadas de tejer y de velar por ese destino.</p>
<p>-Creo que no termino de entenderla. Contestó Juan mirándola no sin un cierto recelo.<br />
-La más joven, Cloto, preside el momento del nacimiento y lleva el carrete de hilo con el que se va a hilar el destino de los hombres. La segunda, Láquesis, enrolla el hilo en un carrete y dirige el curso de la vida y por último yo, Átropos, la propia Parca, que es quien coge el hilo de la vida y lo corta con sus tijeras de oro, sesgando esa vida para siempre.</p>
<p>Angustiado y sobrecogido por aquella información Juan se incorporó del asiento no sin dejar de observar a aquella extraña mujer. Entonces, nervioso, Juan llamó la atención del hombre que estaba sentado en la fila de delante y le preguntó:</p>
<p>-Perdone que le moleste pero ¿Qué ve usted en el asiento de mi lado?<br />
-¿Perdón?<br />
-¿Qué si usted ve algo o alguien en el asiento de mi lado? Repitió bastante alterado.<br />
-No. Respondió el hombre mirando a Juan, como si de un pirado se tratase.</p>
<p>Juan asustado, se giró nuevamente hacia aquella extraña mujer y sentándose otra vez a su lado le preguntó:</p>
<p>-Esta mañana la vi cortar varios pedazos de hilo negro. ¿Es que alguien va a morir?</p>
<p>La mujer, enigmática y misteriosa, miró hacia el suelo esbozando una malévola sonrisa en su rostro.</p>
<p>-¿Alguien de aquí va a morir? Insistió Juan alzando la voz, claramente alterado.<br />
-¡Casi todos! Contestó la Moira con voz clara e irónica.<br />
-¿Cómo? Contestó Juan con voz temblorosa.<br />
-¿Recuerdas el viejo puente?, ¿El puente sobre el que corte los pedazos de hilo?<br />
-Sí, lo recuerdo.<br />
-Ese puente se va a venir a bajo. Vaticinó aquella mujer desapareciendo nuevamente ante la perpleja mirada de Juan.</p>
<p>Nervioso, Juan se incorporó tratando de pensar qué debía hacer. Tenía muy pocos minutos, el puente ya estaba cerca. Quizás no le daba ni tan siquiera tiempo a hablar con el conductor, pensó. Además, ¿quién iba a creer aquella rocambolesca historia? Miró rápidamente a lo largo de todo el vagón tratando de encontrar un freno de emergencia.<br />
Allí estaba, en la intersección de los vagones. Juan corrió tan rápido como pudo hasta el freno. Miró por la ventana y vio que la locomotora estaba apuntó de atravesar aquel maldito puente. Sin pensarlo accionó el freno.</p>
<p>El tren frenó de inmediato forma contundente y los vagones, dada la aceleración, se precipitaron bruscamente unos contra otros provocando que el tren descarrilara. La locomotora, que para su desgracia acababa de entrar en el puente, se precipitó al vacío arrastrando tras de sí al resto del tren.</p>
<p>Pasaron los minutos, las horas y Juan, atrapado entre los hierros de aquel tren, oía los agónicos lamentos del resto de pasajeros. ¿Cuánta gente habría muerto en aquella barbarie?, pensó. De pronto, como si de un fantasma se tratase, la extraña y misteriosa mujer del tren apareció antes sí.</p>
<p>-Hay que reconocer que lo has bordado. Dijo la Moira, cuyo rostro había dejado de ser el de una hermosa mujer, para pasar a ser el de una vieja decrépita.<br />
-¿Cómo dices? Increpó Juan aturdido por el dolor, mientras traba de liberarse de aquel amasijo de deshechos.<br />
-Sólo quería darte las gracias por facilitarme el trabajo. Yo no lo hubiese hecho mejor.<br />
-¿Qué quieres decir?<br />
-Que si no llega a ser por el freno de emergencia, el tren no hubiese sufrido ningún daño. Dijo la mujer con una sonrisa sarcástica.</p>
<p>Juan no volvió a ver nunca más a la vieja Moira, pero su recuerdo y todo lo que aconteció aquel día, todavía le hace despertarse por las noches, sobrecogido por la angustia.</p>
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		<title>Túneles</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Nov 2009 05:24:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<description><![CDATA[-Lo cierto es que desconocía por completo esta historia. No sabía que Madrid estaba repleto de túneles que conectaban edificios y zonas de la ciudad. -Más de los que te imaginas. Esta es sólo una de las muchas entradas que existen. -¿Todavía se usan? -No creo. Al igual que esta el resto estarán seguramente tapiadas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/11/tuneles.jpg" alt="tuneles" title="tuneles" width="570" height="429" class="alignnone size-full wp-image-307" /><br />
 -Lo cierto es que desconocía por completo esta historia. No sabía que Madrid estaba repleto de túneles que conectaban edificios y zonas de la ciudad.<br />
-Más de los que te imaginas. Esta es sólo una de las muchas entradas que existen.<br />
-¿Todavía se usan?<br />
-No creo. Al igual que esta el resto estarán seguramente tapiadas.<br />
-¿Conoces sus ubicaciones?<br />
-Conozco algunas, pero seguro que existen muchas más. Madrid es un laberinto. Algunas leyendas hablan de las escapadas de Alfonso XIII, otras sobre las estaciones cegadas del Metro, o de palacetes con dos puertas difíciles de guardar. También he oído hablar sobre conducciones de agua por las que cabe un noble, o de galerías que unen el Retiro con Atocha, o sobre las cuevas secretas del famoso Luis Candelas. Además hay historias muy curiosas sobre los atajos de la Inquisición, búnkeres abandonados, los refugios de la Guerra Civil, los monasterios e incluso sobre teatros cuyos túneles desembocan en el Palacio Real.<span id="more-306"></span><br />
-Apasionante Luis; definitivamente quiero entrar.<br />
-¿Cómo dices?<br />
-Lo que oyes. No puedes contarme esta historia y esperar que me quede igual. Déjame que derribe este acceso. Prometo dejarlo igual cuando acabe.<br />
-Pero&#8230; la mayoría de estos pasadizos no son transitables, se pueden venir abajo. Además que, según tengo entendido el aire que por ellos circula no es salubre, le falta oxígeno.<br />
-Luis&#8230;existen mascarillas. No vas a conseguir que me quite esto de la cabeza.<br />
-A buena hora te he contado nada.<br />
-¿Cuándo puedo empezar?<br />
-Haz lo que quieras pero como me de algún problema, lo cierras al instante ¿Queda claro?<br />
-Te lo juro.</p>
<p>Así fue como empezó una aventura descabellada, peligrosa y de consecuencias insospechadas. A los dos días Juanjo ya estaba allí con todo el material y dispuesto a convertirse en el Indiana Jones del siglo XXI. Luis, pese a su reticencia inicial, observaba intrigado cómo Juanjo derribaba aquella pared. Tenía que reconocer que incluso a él le había picado la curiosidad en más de una ocasión.</p>
<p>-¡Esto empieza a ceder!</p>
<p>Efectivamente, segundo más tarde la pared se vino abajo y tras una enorme nube de polvo se vislumbraba entre penumbras un viejo túnel.</p>
<p>-¡Dios que nervios! ¿Te animas? Preguntó Juanjo mirando a Luis.</p>
<p>Luis dudó unos segundos pero luego, en un arrebato de locura sin precedentes en su organizada vida, se unió a la misión.</p>
<p>-A ver si vas a encontrar algún tesoro y yo como un primo, sentadito en casa.</p>
<p>Encendieron un par de linternas y enfocaron al interior. Pese al polvo y a la oscuridad, el túnel parecía en bastante buen estado. Empezaron a andar lentamente, asegurándose del terreno a cada paso que daban.</p>
<p>-¿Sabes en que dirección vamos? Quiero decir&#8230;estoy desorientado. Dijo Luis.<br />
-Creo que vamos dirección a Chamberí.</p>
<p>Tras unos metros, el túnel estaba nuevamente tapiado.</p>
<p>-¿Y ahora qué? Observó Luis<br />
-Bueno, para algo me he llevado el pico ¿no?<br />
-¿Y si el túnel se viene abajo?<br />
-¡No seas cenizo!</p>
<p>Juanjo empezó a golpear la pared, no sin una cierta cautela. Al cabo de algunos minutos se abrió un boquete.</p>
<p>-¿Ves algo?<br />
-Parece un espacio amplio, no parece un túnel.<br />
-Vaya. Habrá que seguir picando. Déjame a mí. Dijo Luis intrigado por aquel lugar.</p>
<p>Por fin, tras picar un buen rato la pared cedió. Ambos observaron atónitos ante sí un habitáculo baste más amplio que el túnel del que procedían. Con las linternas recorrieron lentamente la estancia. Había bancos, carteles y las paredes estaban cubiertas por baldosas.</p>
<p>-Creo que estamos en la vieja estación de Chamberí. La cerraron porque, por sus dimensiones, dejó de ser operativa.<br />
-Ya recuerdo. Contestó Juanjo sin dejar de mirar al frente.<br />
-¿Pero? ¿Qué es lo que hay en el suelo?<br />
-¿Ratas?<br />
-Hay ratas pero hay algo más.</p>
<p>Ambos enfocaron las linternas en la misma dirección.</p>
<p>-¡Dios, son esqueletos humanos! Exclamó Juanjo llevándose la mano a la boca.<br />
-¿Qué debió pasar aquí?<br />
-Esto no pinta nada bien. El suelo está lleno de cuerpos y no creo que tras cerrar la estación la convirtiesen en cementerio improvisado. Aquí debió ocurrir algo extraño.<br />
-La mayoría esta cerca de las salidas, como tratando de huir. Apuntó Luis.</p>
<p>Ambos avanzaron lentamente sorteando los cuerpos que iban encontrando a su paso.</p>
<p>-¡Mira! Allí hay un vagón abandonado.</p>
<p>Se acercaron al andén y asomaron la cabeza al interior del habitáculo. En vagón, el cuerpo de una mujer con un bebé en brazos yacía todavía sentado en uno de los asientos.</p>
<p>-Alguien tuvo que encerrar a esta gente aquí por algún motivo. Comentó Luis.<br />
-A alguien le debió interesar que estas personas muriesen; tenlo claro.<br />
-¿Y ahora qué? ¿Hacemos que no hemos visto nada? Preguntó Luis horrorizado por aquella masacre.<br />
-¿Cuándo se cerró la estación?<br />
-Creo recordar que fue abandonada en mayo de 1966, cuando se dieron cuenta que no permitía ser ampliada para dar cabida, como las otras estaciones, a más vagones.<br />
-Bien, eso quiere decir que quienes fueran los que tomasen esa decisión y los que la implementaron tendrían en aquella época cuanto menos más de veinticinco años. ¿No?<br />
-¿A dónde quieres llegar?<br />
-A que si decidimos denunciar esto es aconsejable que hablemos con gente joven, gente de menos de sesenta y cinco años. Si damos con alguna de las personas que estuvieron involucradas en esto, ten claro que estaremos en peligro.</p>
<p>A la mañana siguiente ambos se acercaron a la comisaría y buscaron la persona idónea para contar su historia. Cuando Sara cruzó por delante suyo bromeando con otro compañero, lo vieron claro. Joven, simpática y mujer. Era difícil que ni por edad, ni por sexo, Sara hubiese podido tener nada que ver en aquel turbio asunto. En aquella época ella no habría ni siquiera nacido pero además, las mujeres estaban muy lejos de ocupar cargos destacados y menos en cualquier organización estatal.</p>
<p>-Buenos días. ¿En que puedo ayudarles?<br />
-Queremos denunciar un hallazgo. Contestó Luis algo nervioso.<br />
-¿Un hallazgo?<br />
-¡Joder Luis! ¿Cómo que un hallazgo? Queremos denunciar un asesinato masivo.<br />
-¿Cómo?<br />
-Sí, así es. Apuntó Luis.<br />
-Esperen aquí, voy a avisar a un superior.<br />
-¡No, por Dios! Exclamó Juanjo<br />
-¿Por?<br />
-Tiene que ser usted, créanos. No podemos fiarnos de casi nadie.</p>
<p>Sara miró a ambos individuos con desconfianza. ¿Serían aquellos sujetos otro par de desquilibrados de los muchos que pasaban por ahí a lo largo de la semana? Tras escuchar toda la historia Sara no salía de su asombro.</p>
<p>-Lo mejor será que nos acompañe y lo ve usted misma.<br />
-No puedo ir sola. Debería ir al menos con mi compañero.<br />
-¿Confía usted en él? Preguntó Luis.<br />
-¿Perdón? ¿A que se&#8230;<br />
-¿Qué edad tiene? Interrumpió Juanjo<br />
-¿Cómo?</p>
<p>Ambos trataron de hacer comprender a Sara el riesgo de aquel caso.</p>
<p>-Carlos es mi compañero desde hace tres años y confío plenamente en él. Y respecto a la edad, ¿les parece bien treinta y un años? Dijo Sara con una cierta ironía.<br />
-Suena bien, sí. Contestó Juanjo</p>
<p>No había pasado ni una hora y los cuatro se encontraban ya en la vieja estación. Sara y Carlos se miraron completamente desconcertados por aquel espectáculo dantesco. ¿Quién podía haber ordenado semejante atrocidad y por qué? Mientras recorrían de punta a punta aquella estación otras preguntas sin respuesta asaltaron a ambos agentes. ¿Cómo era posible que cerca de treinta personas desaparecieran sin dejar rastro y nadie lo denunciase? Y si hubo denuncia ¿Cómo no eran ellos conocedores de una desaparición tan masiva y notable? Aunque cuando ella se incorporó el caso tendría tal vez unos veintitantos años, un caso así y más sin resolver, queda en los anales de cualquier comisaría. Había casos menos relevantes de aquella época de los que todos tenían pleno conocimiento. Ambos estaban completamente desconcertados.</p>
<p>-Esto nos supera con creces. Dijo Sara dirigiéndose a Juanjo.<br />
-Hay que informar a nuestros superiores. Añadió Carlos.</p>
<p>De pronto, desde el otro lado de la estación Luis exclamó:</p>
<p>-¡Vengan! Aquí hay algo que deben ver.</p>
<p>Todos corrieron hasta el otro extremo. Luis se hallaba en el foso, al lado de las vías. Los agentes le enfocaron con sus linternas. Aquello estaba lleno de grandes bolsas negras y, a juzgar por la cara de Luis, estas debían estar igualmente repletas de cadáveres.</p>
<p>-¿Más cuerpos? preguntó Sara apoyándose en el andén con ademán de bajar al foso.<br />
-Peor aún. Son cuerpos deformes y muchos de niños. Contestó Luis con la expresión completamente desencajada.</p>
<p>Sara, Carlos y Juanjo descendieron al foso y se acercaron a Luis. Ninguno de ellos era capaz de articular palabra. Sara, tratando de contener las arcadas, se apartó ligeramente del grupo y, sin poder remediarlo, echó todo el desayuno.</p>
<p>-¿Qué les debió pasar? Preguntó Carlos tratando de contener las lágrimas.<br />
-Me temo que a alguien se le debió ir algún experimento de las manos. Agregó Juanjo.<br />
-Carlos, antes de filtrar nada a los superiores vamos a investigar por nuestra cuenta. Creo recordar que en los sesenta hubo diversos escándalos relacionados con la industria farmacéutica en los que el gobierno tomo parte. Dijo Sara reincorporándose al grupo.<br />
-¿Cómo vamos a acceder a los archivos sin autorización?<br />
-Ya lo pensaremos pero, indudablemente, esto no lo hizo un cualquiera. Fuese quien fuese tenía mucho poder, el suficiente para hacernos desaparecer también a nosotros.<br />
-Eso si todavía sigue con vida. Añadió Juanjo.</p>
<p>Al día siguiente, Sara empezó a recabar información sobre el cierre de la vieja estación. Por un instante, todas las teorías sobre conspiraciones, asesinatos y engaños a la población que surgieron durante el franquismo vinieron a su mente. Había oído tantas cosas sobre aquel período, que era difícil discernir entre la leyenda y la realidad. Recordaba haber leído en algún libro historias sobre pruebas médicas y experimentaciones farmacéuticas realizadas con mendigos. ¿Y si los cuerpos del metro fueran frutos de ese tipo de experimentos? Aquello explicaría que nadie hubiera denunciado jamás las desapariciones. Pero si era así, iba a ser casi imposible averiguar quienes eran los muertos. Por otro lado, si conseguía averiguar cuál fue la empresa encargada de las obras, quizás alguien pudiese explicarle más cosas. Debía ir al Ministerio de obras públicas, sólo allí podía encontrar respuestas. A hora la pregunta era ¿cómo iba a acceder a los archivos? Necesitaba la ayuda de Carlos.</p>
<p>-O sea, que el plan es que yo distraigo al encargado de documentación mientras tú te cuelas. ¿Has necesitado muchas horas para tramar semejante plan? Pregunto Carlos a Sara en tono irónico.<br />
-¿Y? ¿Se te ocurre algo mejor?<br />
-¿Lo dudas?<br />
-¡Sorprendeme!</p>
<p>Ni corto ni perezoso Carlos entró en el edificio seguido de Sara. Subió las escaleras y llegó a documentación.</p>
<p>-Buenos días Carmen. Dijo Carlos dirigiéndose a la muchacha morena que estaba en la entrada.</p>
<p>Sara le miró desconcertada.</p>
<p>-Dichosos los ojos. Con que me ibas a llamar ¿no? Contestó aquella mujer.<br />
-Lo sé, lo sé. He sido muy torpe, por eso he venido a verte en persona. ¿Cómo lo tienes para cenar esta noche?<br />
-¿Esta noche? Contesto la chica sonriendo. En principio bien.<br />
-¿Te recojo a las nueve?<br />
-Necesitarás mi dirección. ¿No?<br />
-Más bien sí.<br />
-General Perón 4, 3º/2ª<br />
-Perfecto guapa. Pues nos vemos luego. Contesto despidiéndose.</p>
<p>Sara no comprendía nada. ¿Por qué se iba? Necesitaban la información.</p>
<p>-Ah! Perdona. Que mal educado he sido. Te presento a mi compañera de curro. Sara Carmen, Carmen Sara.<br />
-Encantada. Dijo Sara sin entender a donde llevaba todo aquello.<br />
-Y ahora que pienso. ¿Tú no tenías que buscar unos datos de obras públicas?<br />
-Sí&#8230;claro. Contestó Sara tratando de entender el juego de Carlos.<br />
-Pues mira que casualidad, Carmen es quien lleva el departamento.<br />
-Ahhh&#8230; ¡que bien!<br />
-¿Llevas la autorización? Preguntó Carmen<br />
-No, no&#8230;me la he dejado en la oficina. Como no contaba con acercarme ahora.<br />
-¿Te la puedo llevar yo luego? Preguntó Carlos.<br />
-Bueno, supongo que puedo hacer una excepción. Dijo Carmen sonriendo.</p>
<p>Tras buscar y fotocopiar todos los documentos necesarios Sara y Carlos regresaron a la comisaría.</p>
<p>-¿Luego? ¿Qué coño le vas a llevar? Preguntó Sara contrariada por todo aquel despliegue.<br />
-¿Y quién te dice que voy a acudir a la cita? Contestó Carlos con una media sonrisa.<br />
-¿Pero&#8230;?<br />
-¿Qué es lo que te molesta más, lo bien que he resuelto el tema, o mi irresistible atractivo con las mujeres?<br />
-Serás idiota.</p>
<p>En cuanto llegaron a la comisaría empezaron a repasar la información. Sara tomó los papeles y los leyó atentamente</p>
<p>-Las obras se iniciaron en febrero de 1966 con una empresa llamada Construm, S.A. y curiosamente al mes siguiente se cambio de empresa constructora. A finales de junio concluye la obra y la empresa que firma el final de la misma es Neogisa, S.L.<br />
-¿Quién firma el documento?<br />
-Un tal Alonso Cuadras. El aparejador a cargo de la obra, supongo.<br />
-Pues habrá que dar con él ¿no?<br />
-Eso parece y no creo que sea complicado.</p>
<p>De hecho, no eran ni las seis de la tarde que Sara y Carlos se encontraba frente al domicilio de Alonso Cuadras.</p>
<p>-¿Sí? ¿Puedo ayudarles en algo? Preguntó el hombre de mediana edad que abrió la puerta<br />
-Buscamos a Alonso Cuevas.<br />
-Yo soy Alonso Cuevas.<br />
-No. Eso no puede ser. Exclamó Carlos.<br />
-¿Cómo dice?<br />
-Por lo que puedo intuir el hombre que buscamos tiene que tener al menos unos setenta años o más. Apuntó Sara<br />
-Ya veo. Ustedes buscan a mi padre.<br />
-Eso me cuadra más. Contestó Sara.<br />
-Lo siento pero mi padre murió hace un año, a la edad de ochenta y seis. No sé si yo les puedo ser de ayuda.</p>
<p>Ambos se miraron algo descorazonados por la noticia.</p>
<p>-¿Sabe usted si su padre guardaba información de las obras públicas que realizó?<br />
-Es posible. Abajo en el sótano están todavía todos sus archivos. No me he atrevido a tocar nada.<br />
-¿Podríamos echarles un vistazo? Pregunto Carlos mostrándole su placa de policía.<br />
-Sí, ningún problema pero&#8230; ¿qué ocurre?</p>
<p>Algo en la mirada de aquel hombre hizo de Sara desconfiara de él. Era como si hubiese estado mucho tiempo ensayando aquella escena. Sus gestos, sus palabras, su forma de mirarles era demasiado comedida y calculada. Sara miró a Carlos. No hicieron falta palabras, ambos habían compartido esa misma sensación. Bajaron las escaleras no sin una cierta desconfianza y Sara, como temiendo algo que no podía explicar, decidió mandarle a escondidas un mensaje con el móvil a Juanjo; la única persona que podía entender qué estaba pasando.</p>
<p>Sótano C/Arga 12.<br />
Si en 30 min no llamó avisa poli.</p>
<p>Una vez abajo aquel hombre les hizo entrar en una habitación repleta de armarios y documentos que parecía algo así como una cámara acorazada. Una vez dentro, el hombre cerró la puerta tras de si y dijo:</p>
<p>-Bien. Sabía que tarde o temprano vendrían. Dijo aquel hombre apuntándoles con un revolver.<br />
-¿Cómo? Exclamó Carlos<br />
-Sólo era cuestión de tiempo que algún curioso reabriera el metro y hallara los cadáveres. Tanto papá como yo lo sabíamos.<br />
-¿Pero, por qué? Preguntó Sara<br />
-¿Por qué? Sólo eran un puñado de judíos deportados por Hitler desde los campos de concentración nazis. A ellos les sobraban y total para meterlos en las cámaras de gas…Los hombres de Franco los utilizaban para experimentar nuevas vacunas y armamento biológico. Eran desechos humanos.<br />
-¿Cómo puede hablar así de ellos? ¡Eran personas! Exclamó Carlos fuera de sí.<br />
-Esos hombres y mujeres eran como ratas de laboratorio. Créame si le digo que fue mejor que muriesen así.<br />
-¡Hijos de puta! Dijo Sara embargada por la rabia y el dolor.<br />
-¿Y los de las bolsas? Eran tan sólo niños…Dijo Carlos que no acababa de dar crédito a la frialdad con la aquel ser hablaba de aquella masacre.<br />
-Bueno, la mayoría de ellos fueron concebidos como cobayas. Casi todos murieron fruto de las malformaciones genéticas producidas por la experimentación con sus padres y los que no, lo hicieron poco más tarde tras practicarles todo tipo de operaciones y pruebas.<br />
-¿Qué teníais que ver vosotros con todo esto? Preguntó Sara.<br />
-Papa era amigo personal del generalísimo, además de comulgar con sus ideas y claro, cuando hubo que poner tierra a aquel escabroso asunto, la solución era obvia. Se cambió la constructora y listos.<br />
-¿Y a cuantos más piensas matar para ocultar esto? Preguntó Sara plantándole cara y tratando de ganar tiempo.<br />
- ¡Basta! Ahora me toca preguntar a mí. ¿Cómo disteis conmigo?<br />
-En el Ministerio de obras públicas consta todo el registro de la obra, fue fácil. Contestó Carlos.<br />
-Ya veo…mmmm. Habrá que atar bien los cabos esta vez. Los accidentes ocurren y más cuando dos polis curiosos entran sin permiso, en una cámara acorazada con cierre automático de un sótano que, evidentemente, no es suyo.<br />
-¡Nadie se lo va a tragar!<br />
-Cuando dentro de quince días abra esta puerta y llame a la poli no habrá nada aquí o en el Ministerio de obras públicas que les de una razón para querer asesinaros… ¡Nada!</p>
<p>En ese instante, cuando Alonso Cuadras se disponía a cerrar la puerta acorazada tras de sí, una dotación de policías irrumpió bruscamente en la casa y, tras un leve forcejeo, acabaron deteniéndole. Juanjo les había salvado la vida así que Sara se sintió en deuda con él.</p>
<p>-Aunque no debería contarte nada, porque indudablemente esto a pasado a ser un caso policial, creo que mereces saber la verdad de esta historia. Dijo Sara agarrando a Juanjo por el hombro. ¿Nunca has pensado en meterte a poli?</p>
<p>-Me temo que con esta experiencia ya he cubierto el cupo de aventuras, al menos por una larga temporada. Contesto Juanjo entre risotadas.</p>
<p>El expediente “Chamaberí” pasó a formar parte de los denominados “casos censurados”, casos que una vez resueltos de forma secreta y casi anónima, nunca volvían a ver la luz pública. Posiblemente, seguía habiendo demasiada gente poderosa implicada.<br />
Alonso Cuadras fue condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad en un juicio fuera del alcance de los medios de comunicación y su expediente, y el sumario del juicio, pasaron a engrosar la lista de documentos judiciales y policiales misteriosamente extraviados.</p>
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