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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; Cuentos divertidos</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>El olor a fantasmas</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Feb 2010 07:27:24 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-600" title="olor-a-fantasmas" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/02/olor-a-fantasmas.jpg" alt="" width="480" height="640" /><br />
La casa de los fantasmas tiene una historia, mitad irrealidad y mitad silencio. Ahora es una historia transformada, con olor a paraguas viejo que a veces se asoma por algún ventanal.</p>
<p>Esa casa vieja decía a nuestra infancia cosas terribles de imaginar y presentir, pero en todo ello hay algo que es verdaderamente real: nuestro miedo, un miedo tan grande que no nos atrevíamos ni siquiera a pasar por la puerta, ni a pisar su vereda brotada de pastos amarillos.</p>
<p>Una vez, Dalmacio, que era el mayor de todos  los chicos, tuvo la audacia de pensar en voz alta:  -¿Y si entramos a la casa de los fantasmas para ver cómo es por dentro?  Un suspenso pálido hizo temblar la respuesta. Hasta que por fin Eufrasia, haciéndose eco de todos, dijo:  -Tanto como el interior no, pero podemos ir hasta el patio de atrás y sacar toronjas, el árbol está lleno, al pasar por la esquina se alcanza a ver como brillan con el sol.   -Está bien, podemos llevar una canasta para bajar muchas toronjas.<br />
<span id="more-597"></span><br />
II</p>
<p>Y de esa manera, por primera vez tuvimos el atrevimiento de entrar; la puerta herrumbrada, herida en sus goznes, no opuso mayor resistencia al grupo. Íbamos todos muy juntos, azorados, por la vereda de cemento llena de grietas</p>
<p>En el mediodía lleno de domingo el grupo fue acercándose al inmenso árbol de toronjas.  -Suban rápido y alcancen las más grandes -susurro Chela, con la mirada fija en una de las puertas herméticamente cerrada. No podía dejar de pensar en qué momento se abriría para permitir el paso a algún monstruo esquelético muy enojado por nuestro atrevimiento de ir nada menos que a sacar toronjas.</p>
<p>Y sucedió, en efecto, que muy lentamente se fue abriendo la puerta; el quejido metálico hizo que cada uno permaneciera en su sitio, como estatuas de vidrio, con las manos llenas de toronjas, las bocas abiertas, puro ojos, puro miedo, cuando del hueco se dibujó un negrísimo movimiento de pelos erizados, cola breve y mirar curioso, que se puso a ronronear amigablemente. -Un gatito negro, ¡qué lindo es! Eufrasia lo alzó. Era lindo de veras, lleno de pulgas y hambre.  -Llevémoslo a casa- fue la proposición de todos. De pronto la puerta se cerró de golpe con tal violencia, que hizo la punta de los pastos. El pánico se apoderó de todos y comenzamos a correr hacia la salida. Llegamos a casa sin aliento, justo cuando la campana llamaba para el almuerzo y justo para contar la aventura.</p>
<p>Anacleta puso fin al relato diciendo que esa tarde iba a hacer dulce de toronjas, y acto seguido se adueñó del gato para darle de comer.  -Se llamará Mefistófeles &#8211; dijo.</p>
<p>Esa tarde, por los tres patios se extendió el olor a dulce de toronjas, que por supuesto, desde entonces, se transformó en el olor de los fantasmas.</p>
<p>Mefistófeles, que tomó la costumbre de pasearse por el borde de las cornisas, continuamente también me lo recordaba.</p>
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		<title>La Llorona</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Jan 2010 04:28:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Leyenda del libro &#8220;Leyendas de Ayer, Hoy y Siempre&#8221; Margarita Jiménez Arreola Consumada la Conquista y mas o menos a mediados de siglo XVI , los vecinos de la Ciudad de México que se recogían en sus casas al toque de queda dado por las campanas de la primera catedral, a media noche y principalmente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/01/la-llorona.jpg" alt="" title="la llorona" width="675" height="675" class="alignnone size-full wp-image-521" /><br />
Leyenda del libro &#8220;Leyendas de Ayer, Hoy y Siempre&#8221;<br />
Margarita Jiménez Arreola</p>
<p>Consumada la Conquista y mas o menos a mediados de siglo XVI , los vecinos de la Ciudad de México que se recogían en sus casas al toque de queda dado por las campanas de la primera catedral, a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda , honda pena moral o tremendo dolor físico.<br />
<span id="more-520"></span><br />
Las primeras noches, los vecinos contentábance con persignarse o santiguarse, pensando que aquellos lúgubres gemidos eran, según ellos, de ánima del otro mundo. Pero fueron tantos y repetidos, y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados quisieron cerciorarse con sus propios ojos de qué era aquello; primero desde las puertas entornadas, desde las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir por las calles, hasta que lograron ver a la que, en el silencio de las oscuras noches o en aquellas en la que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.</p>
<p>Vestía la mujer traje blanquísimo, y blanco y espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad dormida, cada noche distinta, aunque sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde vuelto el velado rostro hacia el Oriente hincada de rodillas, daba el último angustioso y languidísimo lamento. Puesta en pie, continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo, y al llegar a orillas del salobre lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sobra se desvanecía.</p>
<p>La hora avanzada de la noche –dice el doctor José María Marroquí &#8211;, el silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar de quella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo entierra de rodillas, formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos a veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, que habían sido espanto de la misma muerte, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los mas animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y adonde iba.</p>
<p>Desde entonces se le dio el nombre de La Llorona</p>
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