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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; cuentos de terror largos</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>Sombras perfectas</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Nov 2011 07:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Existen cosas en el mundo que es mejor no preguntar ni saber su motivo. Comenzare con una escueta presentación: Mi nombre es &#8220;Omar&#8221; y en aquel entonces residía en Morelia. Toda mi vida a transcurrido envuelta en la más tediosas sucesión de hechos monótonos. Podría decirse que soy el mortal más común y silvestre. ¿Entonces, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-4073 alignleft" title="sombras" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/11/sombras.jpg" alt="" width="448" height="336" /><br />
Existen cosas en el mundo que es mejor no preguntar ni saber su motivo. Comenzare con una escueta presentación:</p>
<p>Mi nombre es &#8220;Omar&#8221; y en aquel entonces residía en Morelia.</p>
<p>Toda mi vida a transcurrido envuelta en la más tediosas sucesión de hechos monótonos. Podría decirse que soy el mortal más común y silvestre. ¿Entonces, por que tuvo que ocurrir aquello?</p>
<p>Transcurría el día trece de Octubre de 1998. Unos amigos y yo emprendimos un campamento al bosque, sin saber que uno de nosotros ya jamas regresaría. Todo estaba contemplado y listo con una semana anticipación para que no hubiese errores; la casa de campaña, las latas de conserva, barajas, tequila. Todo menos el carbón, el cual fue olvidado por Guillermo. Pero de esto nos enteramos hasta ya entrado el día.</p>
<p>- Traigan el carbón para la parrilla &#8211; grito Ivan con su voz mandona y prepotente.</p>
<p>- Guillermo fue el encargado de eso, el debe de saber donde esta &#8211; Dijo Salvador.</p>
<p>- Ha, mmmm,. ¡Ca- carbón! . Chin, el carbón, lo deje en la casa de Asdruval.<span id="more-2082"></span></p>
<p>- Estúpido</p>
<p>- Infeliz</p>
<p>- Babas</p>
<p>- Ya no jodan, ahorita tomo el hacha y voy por madera. Asunto arreglado. ¡Chillones!.</p>
<p>No sé que <a title="miedo" href="http://www.aterrorizar.com/">oscuro</a> deseo tuve, pero lo acompañe. Creo que fue para burlar la posibilidad de colaborar con alguna cosa más difícil.</p>
<p>Caminamos un largo trecho hasta topar con una hermosa arboleda.</p>
<p>Él me dijo que cortaría madera y que yo tendría que cargarla. Me pareció injusto pero accedí, sabiendo que una vez cortada yo me negaría a llevar sobre mis hombros peso alguno. Irremediablemente mi olvidadizo amigo haría todo el trabajo.</p>
<p>El sol de las tres de la tarde bañaba de su sofocante calor: Siendo un verdadero martirio, aun para nuestros jóvenes cuerpos de 18 años.</p>
<p>Recuerdo que nuestras sombras se expandían extrañamente sinuosas, esto debió de ser una señal, pero no quise hacer comentario alguno por temor a ser criticado.</p>
<p>Corto un par de ramas, las cuales por estar muy verdes resultaban inservibles. Por ello &#8211; maldigo el momento &#8211; le señale un viejo eucalipto, cuya triste figura hablada de termitas, años de estar seco y de una hermosa fogata.</p>
<p>- Este vejestorio lo derribare de un solo hachazo.</p>
<p>- Si chucha como no, lo que tu digas.</p>
<p>Guillermo blandió el hacha con fiereza, dando un certero golpe en la base del pequeño y decrépito árbol.</p>
<p>- ¡Carajo! &#8211; Dijo mi compañero mientras se sobaba la muñeca &#8211; Esta correoso.</p>
<p>- Te dije, ni para eso eres bueno.</p>
<p>Mi camarada no cesó en sus intentos por derribar el vetusto eucalipto.</p>
<p>- Hemos estado mas de media hora, y en todo este rato no has logrado hacerle cosquillas.</p>
<p>- ¡Me tienes harto!, ahorita vas a ver todo mi poder en acción.</p>
<p>En eso, furioso por la falta de consideración de ese árbol, y aun más enojado por mis poco sutiles ironías, dio un nuevo y más potente golpe de hacha.</p>
<p>Inesperadamente el árbol cedió, comenzando a caer. Un ridículo gesto de pueril alegría se dibujo en aquella faz regordeta.</p>
<p>Es curioso, pero el sol en ese momento proyectaba nuestras sombras muy cercanas, quizá, me atrevo a decirlo, exactamente iguales al tamaño real.</p>
<p>Debido al inesperado triunfo, arrojó el hacha a un lado, quedando clavada en la tierra, para poder, supongo, festejar a gusto. Desgraciadamente mi mano derecha prolongaba la sombra de su dedo índice de tal forma que esta fue interceptada en la tierra por el hacha.</p>
<p>Después todo sucedió muy rápido.</p>
<p>El árbol cayo sobre la sombra de Guillermo. Justo en medio de los hombros y cabeza. Un grito que duro solo medio segundo fue emitido.</p>
<p>Inexplicablemente su cabeza cayo, rodando por el suelo. La sangre broto por doquier.</p>
<p>Al mirar con mas calma, puede ver como el pedazo de cuello que quedo adherido a su cuerpo tenia las marcas de un tronco.</p>
<p>Fue justo en ese instante que reaccionaron mis nervios, los cuales seguramente permanecieron aletargados por la impresión, mandando la descarga de dolor. Al bajar mi vista me percate que el dedo índice de mi mano derecha se encontraba cercenado hasta la falange.</p>
<p>Mi ropa se encontró grotescamente empapada del sumo de su yugular, así como del de mi pobre dedo.</p>
<p>Preocupado por no ser acusado de asesinato fui a un arrollo que sabia cercano y me lave.</p>
<p>Escondí el cuerpo de lo que fue mi amigo y regrese al campamento. A los otros les dije que Guillermo, muy ofendido con nosotros, se había marchado rumbo a su casa.</p>
<p>A mi dedo lo cubrí y hasta la fecha aun lo cubro con un guante.</p>
<p>Esa noche no pude conciliar el sueño.</p>
<p>La policía nos interrogó a todos, a mí con mas ahínco. Sin embrago no nos pudieron comprobar nada. De hecho yo encabece una exhaustiva búsqueda junto con sus padres por todo el bosque.</p>
<p>El cuerpo fue encontrado un mes mas tarde en tal estado de descomposición que no pudieron precisar con certeza quien era. Sus padres lo suponían, pero aun guardan la esperanza de que siga con vida.</p>
<p>Creo que hay veces que los ángeles o los demonios quieren divertirse, y yo, en esa ocasión, estuve presente.</p>
<p>En algunas ocasiones, ahora mas que antes, pienso que tal vez si se hubiese tardado o apresurado la caída del eucalipto solo unos segundos &#8211; por supuesto, solo como una febril hipótesis -, nuestras sombras no hubiesen sido perfectas y entonces él viviría y yo tendría mi índice.</p>
<p>Después de eso mi vida a seguido con la cotidianidad de siempre. Soy yo quizá él más común de los mortales.</p>
<p>Tan solo plasmo esto para advertir a los incrédulos, que fuerzas misteriosas nos controlan, jugando bromas macabras cuando menos lo esperamos.</p>
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		<title>Cuento Largo de Glimark</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Oct 2011 13:17:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3952" title="muerte-aterrorizar" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/10/muerte-aterrorizar.jpg" alt="" width="408" height="485" /></p>
<p>&#8230;Trate inútilmente ver mis propias manos, las cuales habían desaparecido ante mis ojos, mi cuerpo perdía todo su peso elevándose velozmente hacia la nada, rumbo al centro de esa gran ausencia, mi voz creaba un gran eco en el silencio que rebotaba en mi cabeza como un pequeño zumbido, el corazón pareciese detenido, la sangre congelada impidiendo el andar por mis venas, ¿ acaso tenia éxito ese viejo conjuro ?, ¿ podría ser real ese antiguo libro ?, tal vez solo es un sueño, un sueño inspirado en mi nocturna lectura, en ese viejo y maltratado libro que cambie comprándole una botella de austero vino a ese extraño viejo, al principio solo pereciese eso, solo un libro viejo, el cual me intereso por los extraños dibujos de su raída portada y que solo por curiosidad hizo gastar mis ultimas monedas.<span id="more-2169"></span></p>
<p>Ese viejo libro que me mantuvo en tensión toda esa noche y que sin pensar recite en voz alta esas extrañas palabras de un olvidado dialecto, Glimhark, ese insigne nombre tanto repetido en sus estrofas, ¿ seria acaso el nombre de un dios antiguo ? ¿ un demonio? O simplemente producto de la imaginación fonética del escribano, ese nombre que comenzaba a repiquetear en mi cabeza, cada vez mas fuerte, mas aun, hasta retumbar como una lanza de Thor en una noche de tormenta, Glimhark, ese simple sonido que me transporta hacia la nada, que me hace creer que no tengo cuerpo, simplemente que he muerto.</p>
<p>Distingo a lo lejos guturales voces, lamentos de un antiguo calvario, gritos suplicantes de piedad, se escuchan cada vez mas claros, como si cientos de seres a mi alrededor se aglomeraran, la vista comienza a esclarecerse no sin antes sentir un gran golpe que me lanzo algunos metros por los aires e hizo estamparme con el suelo abruptamente, donde estoy me preguntaba mientras inhalaba cabeza abajo una gran bocanada de aire la cual se transformo en una cascada de arena que lijaba mi garganta mientras tragaba la ultima gota de saliva que en ese momento me salvo de morir ahogado, escupí como pude los restos que quedaban en mi boca y pude por fin respirar un poco de ese aire, ese pedazo de la nada que nos hace permanecer vivos, mis sentidos volvían a su lugar después de hebermeles aventajado por esa caída y por fin me alcanzaban, era un alivio tocar tierra firme, tanto que ni el dolor de la caída se hizo latente, sentir esa hirviente arena raspar mis dedos, de hecho el solo sentirlos era un alivio. Todavía desorientado puedo por fin abrir los ojos y me veo en medio de un gran desierto, ese gran mar de arena que me baña con su calor, al alzar la vista soy cegado por la intensa luz del sol la cual me hace desistir de mirar, nuevamente me percato que no estoy solo, percibo sombras moverse velozmente sobre la arena, seres enormes impulsados de aquí para allá alzando sus voces por los cielos, seres con brillantes armaduras que centelleaban al mirar el sol, limpie los restos de arena sobre mis ojos y pude por fin ver claramente, que ven mis ojos?, no puede ser cierto, estoy en el centro de una gran batalla, imponentes estatuas con un brillo platino montadas en amenazantes corceles corriendo a mi alrededor, enormes espadas erguidas en son de guerra, interminables lanzas bañadas en espesas manchas de sangre, abollados escudos que salvan la vida de un hombre, enormes estandartes con vistosos bordados entre coronas, leones y espadas, estoy indefenso ante una legión de guerreros medievales, en medio de la muerte, el coraje, el odio y la furia de un pueblo exigiendo territorio, ¿acaso pueden ellos verme ?, ¿podrá esa furia volverse en contra mía?, no tarde siquiera en reflexionarlo cuando dos opacas armaduras apuntaron hacia mi y gritaron en su extraño dialecto algo similar a una cruel amenaza. Como pude trate de incorporarme, al primer intento caí de rodillas pues ahora mi cuerpo se sentía mas pesado que de costumbre, así de rodillas, como el esclavo negro implorando perdón antes de ser azotado por su patrón, observe como estos dos guerreros se aproximaban cegándome con el brillo de sus espadas izadas ante el sol y esperando blandir mi cabeza, nuevamente hice un esfuerzo sobrehumano y logre tenerme en pie, me encontraba a un par de decenas de metros de la muerte, aunque en realidad no sabia si esto ya lo era, vire bruscamente trastabillando a cada paso que daba, la distancia con mi fatal destino se iba recortando, sus despotricos estaban ya casi lanzados en mi oído, sentía ya su húmedo aliento golpearme la espalda y la sombra de sus armas cubrir mi cabeza , solo cerré los ojos e hice mi ultimo esfuerzo y corrí, corrí a una velocidad que ni yo mismo creí algún día poder alcanzar, rápidamente deje atrás a mis adversarios los cuales con sus pesados aceros cubriendo su cuerpo no pudieron mas que verme alejarme y añorar mi cabeza- o lo que hubiese quedado de ella- para colocarla entre sus trofeos de guerra.</p>
<p>Seguí y seguí corriendo, avanzando con todo lo que mi cuerpo y alma podían dar- como los poseídos de pueblo que después de leer a Lovecraft creen tener el demonio dentro y que el cura, con una copa de vino con la grandiosa y omnipotente consagración de dios &#8211;!ja!&#8211;, el acto de contrición y un par de bofetadas hacen volver al mundo real-, pero en ese momento no había quien me hiciera parar, creo que de haber encontrado una montaña en mi camino la hubiera atravesado como si fuera una vieja y débil telaraña. No pare creo, hasta poco mas de una hora y no lo hubiera hecho de no ser por aquel gran castillo con el cual tropezè al final de aquella interminable duna. De primera instancia este castillo tenia la apariencia de una gran montaña de hielo, con sus tonos grisáceos y sus altas y desteñidas paredes formadas por infinidad de rocas, pareciesen tan antiguas que podrían predicarnos el origen de este mundo, este castillo que contaba con su propia tormenta, era cubierto por ese negruzco y amenazador cielo, tan obscuro que asemejaba a la noche, la cual metros atrás no era siquiera evidente, de un solo paso me sumergí en aquel nebuloso océano, camine unos cien metros hasta llegar al pie de esa fría fortaleza, admire una a una las seis torres las cuales solo podía trepar con mi vista y que desde mi lugar daban el aspecto de seis enormes brazos los cuales protegían los innumerables secretos que llevaban en su corazón. Rodee a pasos cortos la gran circunferencia hasta ubicarme en la parte posterior del mismo, adentrándome en aquel muerto jardín, cientos de arbustos secos los cuales a pesar de su falta de sol seguían creciendo de una extraña y marchita forma. Fue hasta este punto donde por fin pude localizar una puerta de acceso la cual se encontraba al ras del piso, no tuvo la mínima intención de entrar pero el miedo a que mi perseguidores llegaran hizo que tomara una gran rama que a pesar de su aspecto, todavía se conservaba firme, batalle hasta que al fin se desprendió con un seco crujido y la utilice para apartar de mi camino aquellas filosas espinas que solo esperaban el momento de encajarse en mi cuello para alimentar sus raíces.</p>
<p>Llegue como pude hacia la puerta la cual tenia una gran argolla, me incline sobre ella y tire fuertemente con ambas manos, con mucho esfuerzo logre que esta cediera al momento que por sus orillas emergiese una nube de polvo, creo que jamas o al menos por muchos años esta no había sido abierta, al hacerlo completamente me percate existía una tenue pero clara iluminación como si cientos de bombillas eléctricas emitieran aquella azulada luz, antes de intentar bajar frote una y otra vez mis manos contra mi pantalón pues el oxido de la argolla había dejado una incipiente comezón, cuando la rojiza mancha había abandonado mis palmas para quedarse en mi ropa, sin pensarlo dos veces, comencé a bajar uno a uno los seis enormes escalones, tan enormes que tenia que dar un gran salto para pasar de uno a otro, esos escalones que me llevaron a aquel húmedo y frío lugar, descendí por fin hasta el final y comenze a recorrer el largo pasillo, camine dejando atrás dos o tres bóvedas las cuales no tenían esta iluminación la cual me permitía seguir avanzando hasta que tope con una gran puerta de hierro, que por cierto era la primera que veía en forma vertical desde mi llegada. Empuje recargando todo mi cuerpo logrando moverla solo unos centímetros, entonces, recargue ahora mi espalda y hacia atrás empuje con mis piernas hasta lograr abrirla lo suficiente como para escabullirme por ahí, la luz que de ahí salía tenia un matiz muy diferente al del pasillo exterior, esta ultima era mas bien rosada y al lograr asomarme me percate que provenía de un millar de velas que estaban todas encendidas en el interior, danzando e iluminando el cuarto, lo cual me sobresalta inmediatamente pues esto significaba que el castillo estaba habitado, aunque este cuarto parecía lo contrario, o eso creía yo, pues mi vista abarcaba todo el perímetro y solo veía aquella enorme caja sobre un reluciente alfombra roja con garigoles dorados.</p>
<p>Estuve inmóvil por largo tiempo sin saber que hacer, cuando distinguí a lo lejos un sinnúmero de pisadas, ¿serian aquellos bizarros caballeros que legaban por fin de su sangrienta lucha?, me apresure por fin dentro del cuarto y trate de retirar la tapa de aquella caja la cual era mas pesada de lo que parecía, los pasos se oían cada vez mas cerca, escuchaba ya el rechinar de sus aceros friccionados entre sus articulaciones, cuando por fin pude apartarla y cual no seria mi sorpresa el ver dentro de ella a una mujer tendida dentro de ese gran cajón forrado en terciopelo color vino, de inmediato fui hechizado por su belleza, su pálida piel que le daba un aspecto mortuorio, su rostro iluminado por esa infinidad de pequeñas llamas tenia un aspecto demoniaco y hermoso, tan hermoso como la maldad misma, tan hermoso que deje de sentir miedo, sus delgadas cejas apenas manchaban su frente, los párpados cerrados adornados por aquellas densas y largas pestañas, la nariz esculpida por el mas grande artista de todos los tiempos, su boca que contrastaba con su tez por ese rojo intenso similar al de la sangre, bajando por su extenso cuello hasta llegar a esos enormes senos que brotaban de aquel escote formado por una complicada maraña de listones, me acerque un poco mas y mi embrujo se vino abajo pues cruzaban tras de mi ya aquellos pasos, trate de retirarme bruscamente cuando me sentí fuertemente aferrado por el cuello por una mano, cual iba a ser mi sorpresa cuando me percate que era ella, parada majestuosamente frente a mi, con sus ya vivos ojos tan profundos como el infierno, tan brillantes como el fuego, me miraban tan fijamente que sentía que empezaban a quemarme y me dijo sin siquiera mover los labios “por fin haz cruzado el reino de Glimhark, soy Krysheida tu nueva reina y soberana y dueña de estas tierras, por fin podrás entregarme tu tan ansiada sangre”, al momento que abrió su boca y me mostró sus flameantes colmillos. No supe mas de mi, cuando pude al fin despertar, me encontraba en mi habitación, la luz del sol entraba por las ventanas, mis manos estaban negras por las cenizas de aquel libro que se había consumido entre mis dedos, nunca supe en si lo que sucedió, solo me quedo el recuerdo de aquella hermosa mujer y las cinco cicatrices de sus uñas que guardare por siempre como un celoso recuerdo.</p>
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		<title>Muerte en vida</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Sep 2011 09:10:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Cómo explicar lo que ha pasado? ¿Acaso estoy muerto? En realidad no lo se con certeza. Todo en mi mente es confuso. Al igual que todo lo que esta a mi alrededor me resulta extraño. Lo ultimo que recuerdo es el viaje que debí esta haciendo con mis amigos. Pero hace cuanto tiempo de eso. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3886 alignright" title="muertoenvida" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/09/muertoenvida.jpg" alt="" width="390" height="500" />¿Cómo explicar lo que ha pasado? ¿Acaso estoy muerto? En realidad no lo se con certeza. Todo en mi mente es confuso. Al igual que todo lo que esta a mi alrededor me resulta extraño. Lo ultimo que recuerdo es el viaje que debí esta haciendo con mis amigos. Pero hace cuanto tiempo de eso. ¿Horas? ¿Días? ¿Meses? Y quizás porque no toda una eternidad. Al menos a mi eso me parece. Mi nombre es Jorge o eso logro escuchar, pero Según puedo acordarme estaba de viaje con mis amigos. Un viaje que planeamos desde hace tiempo para el fin de cursos de la Universidad. Si eso si recuerdo. Recuerdo haber empacado mis cosas y haberme reunido con mis amigos para el gran viaje. Roberto, creo que ese era su nombre, porque me cuesta acordarme de todo eso. Si mi amigo Roberto era quien iba al volante del camión que consiguió que le prestará su papá que es dueño de varios camiones. Roberto no quiso gastar dinero en un chofer porque aunque el camión era de su padre, el chofer era otra cosa y abría que pagar. Pero entre todos nos ofrecimos a turnarnos para conducirlo. No todos sabíamos como conducir camiones. Roberto tenía algo de experiencia, había conducido para su padre en múltiples ocasiones. Así que Roberto se ofreció a ser chofer del camión aunque todos nos ofrecimos para ayudarlo el se negó diciendonos que conducir un camión no es nada fácil, y que era mejor que alguien con experiencia lo hiciera mejor. Todo iba de maravillas y decidimos adelantar la fiesta un poco, alguien traía un estéreo y pusimos música. Y para ambientar un poco más nos pusimos a beber cerveza. <span id="more-2136"></span>Al rato todos estábamos de lo más borrachos. Incluso Roberto se tomo un par, a nosotros no nos preocupo, Roberto podía tomar más de nueve cervezas sin ningún problema. Recuerdo que después de un tiempo algo malo ocurrió, no lo se con certeza, estábamos todos disfrutando cuando de repente el camión comenzó a patinar, eso es, y de repente todo comenzó a dar vueltas. No se que ocurrió después excepto que ahora. Después desperté, todo era muy confuso, escuchaba la voz de mucha gente. Trate de levantarme. No se si lo hice. Me sentía como en un sueño. Y todavía me siento como en uno. Pero creo que si estaba de pie pude ver lo que parecía ambulancias y algunas patrullas. Trate de llegar hasta ellos pero sentí como si algo me detuviera, entonces creo que algo me jaló. No sé de que otra forma describirlo. Y después todo fue oscuridad.</p>
<p>II)<br />
Ahora mientras habló parece que he vuelto a despertar. Debo estar mal todavía todo lo veo borroso pero puedo alcanzar a ver como sacan varias camillas de las salas de urgencias y las llevan a otra habitación. Me imagino que estoy en un hospital. ¿Cómo llegue aquí? Trató de ir hacia esa habitación pero de repente escucho ruidos. Además de los ruidos voces, trato de seguir a las voces, son como un murmullo pero se van haciendo más fuerte conforme me acerco al origen de las mismas. Algo me distrae de mi camino. Veo a mis padres corriendo hacia una habitación. Voy tras ellos. En el camino me encuentro con varios doctores están discutiendo algo, oigo el sonido de una discusión. Lo extraño es que no parecen discutir, pero el sonido parece llegar a mi. Me acerco. Y los oigo.</p>
<p>-&#8221;Casi todos muertos o apunto de morir&#8221; &#8211; oigo a uno de los doctores con una voz que parece un susurro.</p>
<p>- No se ve nada bien verdad &#8211; oigo que vuelve a decir el mismo doctor, pero esta vez con una voz mucho más fuerte.</p>
<p>Que extraño me pareció que la primera vez no había movido los labios. Bueno pero no tengo tiempo tengo que alcanzar a mis padres&#8230;</p>
<p>Los persigo hasta una habitación. No llego a tiempo cierran la puerta en mi cara. No esperen si logre pasar, antes de que la puerta se cerrará. Al menos eso me pareció. Si no, ¿cómo he entrado?</p>
<p>Un doctor esta hablando con mis padres. Curioso no parecen haber advertido mi presencia me aproximo hacia ellos. De repente siento. Me volteo y veo a Roberto. Se ve muy pálido. Debe estar muy mal. El se aproxima hacia mí:</p>
<p>- Veo que no has sufrido todavía la misma suerte que nosotros &#8211; me dice Roberto.</p>
<p>Yo no se a que se refiere.</p>
<p>- ¿Qué quieres decir? ¿Qué ha pasado? &#8211; pregunto yo sorprendido.</p>
<p>- No lo sabes. Vaya si que eres lento. Bueno pronto lo averiguaras &#8211; me dice Roberto.</p>
<p>Yo sigo intrigado.</p>
<p>- Ve con ellos y averigua que sucede. Yo te esperare el tiempo que pueda esperarte &#8211; me dice Roberto.</p>
<p>Me aproximo a mis padres. Mi papá esta abrazando a mi madre que llora desconsoladamente. Les grito y les pregunto que sucede, nada, parece que no me han escuchado, me aproximo y escucho las voces de mis padres. Que extraño no veo que estén hablando, mi madre sólo llora y mi padre guarda silencio mientras abraza y consuela a mi madre. Pero estoy seguro que son su voces.</p>
<p>- ¿Por qué? ¿Por qué? &#8211; es la voz de mi padre pero hablada como en susurros.</p>
<p>- No, no, esto no puede estar pasando. No a él &#8211; oigo que susurra mi madre.</p>
<p>- Me tengo que ir. Ya es hora &#8211; me grita Roberto.</p>
<p>Me volteo para verlo. Y lo que veo no puedo creerlo. Esta sangrando de todas partes. Esta lleno de heridas sangrantes por todo su cuerpo. Y su ojo izquierdo tiene clavado un enorme cristal que hace que de el brote sangre como si fueran lágrimas.</p>
<p>-¡Roberto! &#8211; gritó aterrorizado.</p>
<p>- ¡Si puedes vive! ¡Adiós amigo mío! &#8211; me grita Roberto.</p>
<p>Corro hacia donde el se encuentra un doctor se atraviesa, lo esquivo. Pero al pasar al doctor ya no veo ningún rastro de Roberto. ¿Qué quiso decirme?</p>
<p>Y de repente todo comienza a tomar forma. No puede ser dice mi mente. Pero volteo y veo el cuerpo que esta en la cama con aparatos especiales conectados. ¿Cómo no lo vi antes si esta justo al lado de donde se encuentran mis padres? Me acerco y lo que veo hace que un terror indescriptible se apodere de mi. Corro, rato de escapar de las escenas que acabo de presencia, corro todo lo que puedo, tengo que salir de ese lugar. Sigo corriendo, trato de seguir, lejos, muy lejos, donde toda esta pesadilla quede atrás. Las imágenes acuden a mi mente. (Ya casi llego a la puerta de salida del hospital). Veo una series de aparatos que están conectados a un cuerpo vendado acostado a una cama. Mis padres se encuentran a su lado llorando su pena. (Sigo corriendo pronto dejare el hospital). Me aproximo y lo que veo me llena de un terror y horror incomparable. Mi mente enloquece con la imagen vista. (He llegado a la puerta del hospital pronto estaré fuera). Me doy cuenta que la persona por la que mis padres lloran es el individuo que se encuentra en la cama. (Algo esta mal la vista se me nubla). Pero mayor es mi sorpresa al ver que quien esta en la cama, vendado, lleno de aparatos y agonizante soy yo. Las imágenes abandonan mi mente. Todo se pone oscuro. Todo es oscuridad.</p>
<p>III<br />
Han pasado dos años. Dos años de terrible tormento y agonía para mi. No estoy muerto. Y la verdad preferiría estarlo. Estoy vivo todavía. Si a esto se le puede llamar vida. Han pasa dos años y por fin empiezo a entender mi situación. De alguna manera sobreviví al accidente si estar en esta condición es vivir. Soy una especie de fantasma por así decirlo. Sigo vivo, mi cuerpo esta en coma desde el accidente, a pesar de haber pasado ya dos años no he muerto. Los aparatos conectados a mi cuerpo lo mantienen vivo. Y por eso quiero destruirlos. Soy un recuerdo, una sombra de lo que fui. He descubierto que los murmullos que escucho muchas veces son lo pensamientos de la gente. No se como pero puedo oirlos, pero puedo hacerlo. También puedo oír y ver a las sombras de todos aquellos que agonizan y esperan la muerte. Pero no duran mucho tal vez cinco minutos mientras agonizan y cuando por fin mueren desaparecen. Puedo vagar por el hospital como un alma en pena pero jamás puedo salir de él.. Al intentar salir del hospital de cualquier manera todo se vuelve borroso y luego caigo en la más tenebrosa oscuridad. Después de un tiempo me veo de nuevo en la habitación donde esta mi cuerpo. Quiero morir, esto no es vida. Esto es peor que estar muerto. No siento nada, no puedo tocar nada ni abandonar el lugar. Y los pensamientos de la gente me vuelven loco. Ni siquiera puedo llegar a mi cuerpo al intentar tocarlo, pasa lo mismo que cuando intento salir del hospital todo se vuelve oscuro y regreso a este horrendo lugar. Estoy vivo pero es como si estuviera muerto. He hospital es mi tumba. Una tumba eterna de la cuál no se si me desharé incluso cuando por fin mi cuerpo muera. Lo sé porque también puedo oír (y sólo oír como si fueran un eco) a aquellos que ya han muerto y no pueden dejar el lugar. Este hospital es como un trampa para las almas y se que pronto estaré con ellos, las voces me lo dicen, no podrás escapar, ni de la muerte, ni de la muerte en vida&#8230;</p>
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		<title>Estirpe de la cripta</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Mar 2011 14:19:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra desde sus orígenes. Duermen bajo la roca inamovible; crecen con el árbol desde sus raíces; se agitan bajo la mar y en las regiones subterráneas; habitan los reductos más sagrados. Cuando les llega su hora, brotan del sepulcro de orgulloso bronce o de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3177 alignleft" title="moradordelacripta" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/03/moradordelacripta.jpg" alt="" width="370" height="370" />Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra<br />
desde sus orígenes. Duermen bajo la roca inamovible; crecen con el árbol<br />
desde sus raíces; se agitan bajo la mar y en las regiones subterráneas; habitan<br />
los reductos más sagrados. Cuando les llega su hora, brotan del sepulcro de<br />
orgulloso bronce o de la humilde fosa de tierra. Algunos hay de antiguo conocidos<br />
por el hombre; otros, permanecen ignorados basta el día terrible de su revelación.<br />
Tal vez los más espantosos y atroces no se han manifestado aún. Pero entre aquellos<br />
que surgieron hace tiempo, entre los que han evidenciado su insoslayable presencia,<br />
hay uno que por su suprema inmundicia no puede nombrarse: la descendencia<br />
que los moradores secretos de las criptas han engendrado en la humanidad.<br />
(Del Necronomicon, de Abdul Alhazred).</p>
<p>En cierto modo, es una suerte que la historia que debo relatar ahora, se refiera en gran parte a sombras indecisas, a dudosas insinuaciones y a deducciones discutibles. De otra manera, jamás habría sido escrita por mano humana ni leída por los ojos de los hombres. Mi participación en el espantoso drama fue breve, ya que se limitó a su último acto. Los primeros apenas constituían para mí una leyenda remota y horrible. Aun así, el dislocado reflejo del horror que todo el asunto me produjo ha convertido los principales sucesos de la vida normal en tenues cendales tejidos al oscuro borde de algún abismo batido por el viento, al borde de algún sepulcro donde se oculta y supura la máxima corrupción de la Tierra.<br />
La leyenda a que aludo me era conocida desde la infancia, ya que fue tema habitual de chismorreos familiares y de mudos asentimientos de cabeza, pues sir John Tremoth había sido compañero de clase de mi padre. Yo no había visto nunca a sir John. Tampoco había visitado Tremoth Hall hasta el día en que comenzó el acto final de la tragedia. Mi padre emigró de Inglaterra; me llevó consigo a Canadá cuando todavía era niño. En Manitoba prosperó como apicultor y, después de su muerte, las colmenas me tuvieron muy ocupado durante varios años, sin poder realizar mi sueño dorado que era visitar mi tierra natal y viajar por sus comarcas rurales.<span id="more-2899"></span><br />
Cuando por fin logré realizar el viaje, recordaba muy confusamente las viejas habladurías sobre sir John. Un día, ya en mi país natal, decidí dar una vuelta en motocicleta por las típicas comarcas inglesas. Tremoth Hall no formaba parte de mi itinerario, desde luego. Al fin y al cabo, el espantoso suceso relacionado con dicha mansión no suscitaba en mí ninguna curiosidad morbosa, como acaso la hubiera suscitado en otras personas. Fui a parar allí por pura casualidad. Había olvidado por dónde caía Tremoth Hall; ni siquiera se me ocurrió que pudiera estar por los alrededores. De haberlo sabido creo que me hubiera desviado -a pesar de la urgente necesidad de buscar albergue aquella noche-, antes que tomar parte en la tremenda desdicha que afligía a su dueño.<br />
Cuando llegué a Tremoth Hall estábamos a principios del otoño. Acababa de hacerme una jornada entera de viaje a través de una campiña ondulada por serpeantes carreteras y pacíficos caminos vecinales. El día había sido despejado. Brillaba un cielo pálido sobre los nobles parques teñidos de rojo y ámbar en la languidez otoñal. Pero, avanzada la tarde, comenzó a extenderse la niebla por las bajas colinas y acabó por envolverme en su seno espectral, de suerte que me extravié y no pude encontrar indicación alguna que me orientara hacia la ciudad donde pensaba pasar la noche.<br />
Seguí adelante al azar, con la idea de que no tardaría en dar con otra bifurcación. La carretera era poco más que un rústico camino vecinal, totalmente solitario. La niebla se había hecho más espesa y oscura, borrando el horizonte en toda su extensión. A juzgar por lo que veía, el paisaje de la región estaba formado de matorrales y peñascos, sin vestigio de cultivo alguno. Subí un repecho y descendí después por una cuesta larga y monótona, mientras la niebla se hacía más densa con el crepúsculo. Me parecía que rodaba en dirección oeste, pero ante mí, en la pálida oscuridad, no descubría el más mínimo resplandor que indicara el lugar donde se estaba poniendo el sol. Me llegaba un húmedo olor salitroso, como de marismas.<br />
La carretera describió una curva muy cerrada, y me dio la sensación de que rodaba entre hoyas y pantanos. La noche se precipitó con rapidez casi anormal, como si tuviera prisa por atraparme, y comencé a sentir una especie de confusa inquietud, como si me hubiera extraviado por unos parajes extraños y no en un apacible rincón de la vieja Inglaterra. La niebla y el atardecer parecían disimular un paisaje silencioso y lívido, lleno de misterio, inquietante, estremecedor.<br />
Luego, a mi izquierda y un poco por delante de mí, vi un resplandor que me hizo pensar en un ojo fúnebre y empañado. Brillaba entre masas indistintas y borrosas, como entre árboles de un bosque fantasmal. Una de las sombras más cercanas, al ir aproximándome, se resolvió en un pequeño edificio que parecía guardar la entrada de alguna finca. Estaba oscuro y silencioso. Me detuve a escudriñar, y vi una verja de hierro y un seto de tejo sin recortar.<br />
Toda la finca tenía aspecto de abandono. Volví a sentir en la médula el frío estremecimiento del miedo que me acechaba desde que me internara en aquella región de brumas y marismas. Pero la luz era testimonio de proximidad humana en tan solitarios parajes. Podría encontrar albergue por una noche o, cuando menos, pediría que me indicaran la dirección del pueblo o posada más próximos.<br />
Para sorpresa mía, la verja no estaba cerrada. Empujé y se abrió con un ruido chirriante y herrumbroso. Daba la sensación de que hacía mucho que no la habían abierto. Empujé la moto adentro y continué por la alameda invadida de yerba, hacia la luz. No tardó en recortarse la vaga silueta de un edificio solariego entre árboles y arbustos cuyas formas artificiales, como el desgarrado seto de tejo, obedecían más a una selvática extravagancia que a la pericia de un jardinero.<br />
La niebla se había convertido en fría llovizna. Casi a tientas en la negrura, hallé una puerta a cierta distancia de la ventana que dejaba escapar la solitaria luz. Llamé por tres veces, y, como respuesta, oí finalmente un apagado ruido de pasos arrastrados y lentos. Se abrió la puerta poco a poco, y apareció ante mí un anciano con una vela encendida en la mano. Le temblaban los dedos por parálisis o por vejez. Tras él, en las tinieblas del recibimiento, fluctuaban las sombras deformadas y acariciaban sus rasgos arrugados como un aleteo de murciélagos.<br />
-¿Qué desea, señor? -preguntó.<br />
La voz, aunque temblona y vacilante, distaba mucho de ser ruda. Tampoco dio muestras de recelo y frialdad, como empezaba yo a temer. No obstante, percibí una especie de vacilación, y cuando le conté las circunstancias que me habían llevado a llamar a su puerta, me escudriñó con una impertinencia que no me pareció acorde con su extrema vejez.<br />
-Sabía que sería usted extranjero en estos contornos -comentó cuando hube terminado-. Sin embargo, ¿podría saber su nombre, señor?<br />
-Me llamo Henry Chaldane.<br />
-¿No será usted hijo del señor Arthur Chaldane?<br />
Algo desconcertado, dije que sí.<br />
-Se parece usted a su padre, señor. El señor Chaldane y sir John Tremoth fueron buenos amigos antes de que su padre se marchara al Canadá. ¿Quiere pasar, por favor? Esto es Tremoth Hall. Sir John no tiene costumbre de recibir invitados desde hace mucho tiempo, pero le diré que está usted aquí y puede que quiera saludarle.<br />
Asustado, y no muy agradablemente sorprendido por el descubrimiento del lugar donde me encontraba, seguí al anciano hasta un despacho atestado de libros, cuyo mobiliario evidenciaba lujo y abandono. Encendió una antigua lámpara de aceite, de pantalla pintada y polvorienta, y me dejó solo entre aquellos muebles y libros más polvorientos aún.<br />
Sentía una turbación extraña, una sensación de entrometimiento, mientras aguardaba bajo la desfallecida amarillez de la lámpara. Me volvían a la memoria los detalles espantosos, casi olvidados, del relato que había oído a mi padre en mi infancia.<br />
Lady Agatha Tremoth, la esposa de sir John, había sido víctima de ataques catalépticos. El tercer ataque pareció causar su muerte, ya que no revivió después del intervalo acostumbrado. El cuerpo de lady Agatha fue llevado al panteón de la familia, que se hallaba situado en la parte posterior de la mansión y era casi fabuloso por sus dimensiones y antigüedad. Al día siguiente del entierro, sir John, angustiado por una duda extraña y persistente sobre el dictamen final del médico, había visitado nuevamente el panteón; al entrar, oyó un alarido espeluznante y encontró a lady Agatha incorporada en su ataúd. La tapa, que había sido afirmada con clavos, estaba en el suelo. Parecía imposible que hubiera sido arrancada por los esfuerzos de una frágil mujer. Sin embargo, no cabía otra explicación, y la misma lady Agatha contribuyó bien poco al esclarecimiento de las circunstancias de su extraña resurrección.<br />
Medio trastornada y casi delirante, en un estado de inenarrable horror fácil de comprender, refirió en forma incoherente lo que había sucedido. No recordaba haber hecho esfuerzo alguno por liberarse de su ataúd, pero se sentía enormemente trastornada por el recuerdo de una cara pálida, espantosa, inhumana, que había visto en la oscuridad al despertar de su prolongado letargo mortal. Fue la visión de ese rostro, inclinado sobre ella en el ataúd ya abierto, lo que le hizo dar un grito enloquecedor. Aquel ser había desaparecido antes de que se acercara sir John, huyendo velozmente hacia el interior del panteón. Apenas pudo hacerse una vaga idea de su aspecto general. Creía, sin embargo, que tenía un rostro blanco, ancho, y que echó a correr como un animal, a cuatro patas, aunque sus miembros parecían humanos.<br />
Como es natural, su relato fue considerado como sueño o producto del delirio provocado por el trauma de su espantosa vivencia, que había borrado toda huella del verdadero motivo de su terror. Pero el recuerdo de la horrible cara y del aspecto general del repulsivo visitante, llegó a convertirse en perpetua causa de obsesión, y sus frecuentes delirios ponían de manifiesto el terror morboso que la dominaba. Nunca se recobró de su ansiedad; siguió viviendo en un deplorable estado físico y mental, y falleció nueve meses más tarde, después de dar a luz a su único hijo.<br />
La muerte fue misericordiosa con ella, porque el niño, al parecer, era uno de esos monstruos espantosos que a veces aparecen en la estirpe humana. No se conocía la naturaleza exacta de su anormalidad, aunque corrían rumores temerosos y contradictorios, probablemente suscitados por el médico, las enfermeras y la servidumbre que lo habían visto. Algunos criados, después de haber visto al pequeño monstruo, abandonaron Tremoth Hall y se negaron a volver.<br />
Después de la muerte de lady Agatha, sir John se retiró de la vida social, y poco a poco dejó de hablarse de él y de la desgracia que significaba tener un hijo como el suyo. No obstante, la gente decía que lo tenía encerrado bajo llave, en un cuarto de ventanas enrejadas en el que nadie podía entrar más que el propio sir John. Esta tragedia había destrozado su vida, convirtiéndole en un recluso: vivía solo, con uno o dos criados fieles, y no hacía nada por evitar la decadencia y el abandono de su propiedad.<br />
Sin duda, pensaba yo, el anciano que me había recibido era uno de los criados que se quedaron junto a él. Aún estaba reflexionando sobre la terrible leyenda, esforzándome por recordar algunos detalles casi olvidados, cuando oí un ruido de pasos. A juzgar por su lentitud, me imaginé que era el criado que regresaba.<br />
Pero me había equivocado: la persona que entró era nada menos que el propio sir John Tremoth. Su alta figura, ligeramente encorvada, el rostro arrugado como por efecto de algún corrosivo, todo en él revelaba una dignidad que parecía triunfar sobre la doble catástrofe de la enfermedad y la amargura de la muerte. No sé por qué -aunque podía haber calculado su verdadera edad- había esperado encontrarme con un anciano. Pero no, en realidad sir John era un hombre en plena madurez. No obstante, su palidez cadavérica y su paso vacilante eran los de una persona afectada por alguna enfermedad fatal.<br />
Al dirigirse a mí, se mostró impecablemente cortés, incluso afable. Pero su voz era la de alguien para quien las relaciones y las actividades de la vida habían perdido todo su significado y trascendencia desde hacía muchísimo tiempo.<br />
-Harper me ha dicho que usted es hijo de mi viejo camarada Arthur Chaldane -dijo-. Sea usted bienvenido a este pobre refugio, que es lo único que puedo ofrecer. Hace muchos años que no he recibido invitados y me temo que va a encontrar la mesa un tanto lúgubre. Por otra parte, tal vez me tome usted por un mal anfitrión. De todos modos, debe quedarse usted al menos por esta noche. Harper ha ido a prepararnos la cena.<br />
-Es usted muy amable -contesté-. Sin embargo, no quisiera haber venido a molestarle. Si&#8230;<br />
-De ningún modo -exclamó con firmeza-. Debe usted quedarse aquí. La posada más próxima está a varias millas y la niebla se está convirtiendo en una lluvia pertinaz. Verdaderamente me alegro de tenerle conmigo. Quiero que me cuente algo sobre su padre y sobre usted mientras cenamos. Entre tanto, trataré de buscarle una habitación, si me hace el favor de venir conmigo.<br />
Me condujo al piso alto de aquella mansión, a través de un corredor con vigas y entrepaños de roble antiguo. Cruzamos por delante de varias puertas cerradas. Una de ellas estaba reforzada con barrotes de hierro pesados y siniestros como los de una mazmorra. Inevitablemente, imaginé que era ésta la cámara donde había sido confinada la monstruosa criatura. Me preguntaba también si, después de un lapso que debía oscilar alrededor de los treinta años, seguiría viva. ¡Cuán insondables, cuán repugnantes debieron ser sus desviaciones con respecto al tipo humano medio, para que fuera necesario retirarlo inmediatamente de la vista de los demás! y, ¿en virtud de qué características de su desarrollo ulterior había hecho falta poner barrotes en una puerta de roble que, por sí misma, era bastante recia para resistir las embestidas de un hombre o de un animal cualquiera?<br />
Sin dirigir una sola mirada a la puerta, mi anfitrión siguió adelante, portando una bujía que apenas temblaba entre sus débiles dedos. Las curiosas reflexiones en que me había sumido mientras caminaba tras él se vieron interrumpidas, con un repentino sobresalto, por un grito que pareció salir de la habitación clausurada. Fue un aullido largo, ascendente, muy bajo al principio, como la voz de un demonio ahogada por la tumba, que subió de tono hasta convertirse en un alarido inhumano, penetrante y furioso, como si el demonio emergiera voraz a la superficie a través de pasadizos subterráneos. No era voz de persona ni de bestia, sino algo enteramente preternatural, demoníaco, macabro. Me estremecí, electrizado por un miedo insoportable, que me duraba aún cuando el aullido, después de llegar a su grado más elevado, hubo bajado de nuevo hasta perderse en un silencio sepulcral.<br />
Sir John aparentó no hacer caso del espantoso alarido y continuó caminando con su paso vacilante. Llegó al final del corredor y se detuvo ante la segunda habitación a partir de la puerta reforzada.<br />
-Usted ocupará esta habitación -dijo- Es la siguiente a la mía.<br />
No se volvió a mirarme mientras hablaba. Su voz era forzada, impersonal, reprimida. Me di cuenta, sobresaltado, de que la habitación que me indicaba como suya era contigua a la cámara de la que parecía haber brotado el tremendo aullido.<br />
Se notaba que mi habitación no había sido usada desde hacía años. Reinaba un aire denso, frío, malsano, con olor a husmo penetrante. Los muebles estaban cubiertos de polvo y telarañas. Sir John comenzó a disculparse:<br />
-No sabía el estado en que se hallaba la habitación -dijo-. Le diré a Harper que suba después de cenar a quitar el polvo y poner ropa limpia en la cama.<br />
Le aseguré que no tenía por qué disculparse. La tremenda soledad, la vejez de la antigua mansión, sus años de abandono y la inconsolable aflicción de su propietario me tenían hondamente impresionado. No me atrevía  a especular demasiado sobre el horrible secreto de la cámara enrejada, ni sobre el alarido que todavía vibraba en mis nervios trastornados. Me lamentaba ya de la extraña casualidad que me había conducido a aquel lugar. Sentía un deseo imperioso de salir, de continuar mi viaje aun de cara a la fría lluvia otoñal y al viento de la noche. Pero no se me ocurría ninguna excusa sólida y verosímil. Evidentemente, no tenía más remedio que quedarme.<br />
La cena, en un salón lúgubre pero señorial, fue servida por el anciano Harper. La comida era sencilla, aunque sustanciosa y bien preparada. El servicio, impecable. Comencé a sospechar que Harper sería el único criado, una mezcla de ayuda de cámara, mayordomo, lacayo y cocinero.<br />
A pesar del hambre que tenía y de las molestias que mi anfitrión se tomaba para que yo me sintiera a gusto, la comida resultó una ceremonia solemne y casi fúnebre. No se me iba de la cabeza la historia que había contado mi padre, y menos aún podía apartar de mi imaginación la puerta enrejada y el impresionante aullido. Fuera como fuese, el monstruo vivía aún, y yo sentía una complicada mezcla de admiración, piedad y horror al mirar el flaco rostro de sir John Tremoth y pensar en el infierno de vida a que se había condenado, pese a la aparente fortaleza con que soportaba sus duras pruebas.<br />
Tras los postres fue servida una botella de excelente Jerez que alargó una hora o más la sobremesa. Sir John habló durante un rato sobre mi padre -no se había enterado de su muerte-, y se interesó por mis asuntos con el tacto y la cortesía de un hombre de mundo. Habló muy poco de sí mismo, y no hizo la más remota alusión a su trágica historia.<br />
Como a mí la bebida casi no me gusta y no vaciaba el vaso con demasiada frecuencia, la mayor parte de la botella la consumió mi anfitrión. Hacia el final de la velada, manifestó cierta extraña disposición a las confidencias. Primero me habló de su falta de salud, bien visible por su aspecto. Me dijo que sufría una gravísima enfermedad del corazón, angina de pecho, y que recientemente había sufrido un ataque excepcionalmente grave.<br />
-El próximo acabará conmigo -dijo-. Y puede que me dé en cualquier momento ¿Quién sabe? Tal vez esta noche.<br />
Me lo dijo con toda sencillez, como si estuviera hablando de algo corriente o aventurado una predicción del tiempo. Luego, después de una breve pausa, con más énfasis y más peso en sus palabras, comentó:<br />
-Quizá piense usted que soy persona rara, pero tengo aversión a los entierros en criptas y panteones. Quiero que mis restos sean incinerados, y he consignado por escrito todas las disposiciones necesarias para ello. Harper se encargará de que se cumplan debidamente. El fuego es el más limpio y el más puro de los elementos, y acaba con todos esos procesos infames que se producen entre la muerte y la plena desintegración final. No puedo soportar la idea de una tumba mohosa, infestada de gusanos.<br />
Continuó hablando sobre el mismo tema durante un buen rato. Daba tales pormenores, que sin duda se trataba de un tema sobre el que meditaba con frecuencia, si es que no se había convertido realmente en una obsesión para él. Parecía ejercer sobre él una morbosa fascinación, y al hablar, mostraba un brillo doloroso en sus ojos hundidos y ocultos, y un matiz de histeria, rígidamente dominada, en su voz. Recordó el entierro de lady Agatha, su trágica resurrección, y el confuso, el delirante horror del panteón, que había constituido la parte inexplicable e inquietante de su historia. No era difícil comprender la aversión de sir John hacia los entierros. Pero estaba yo muy lejos de sospechar el tremendo espanto que se ocultaba bajo esta repugnancia.<br />
Harper había desaparecido después de traernos la botella de Jerez; supuse que había recibido la orden de arreglar mi habitación. Vaciamos nuestros vasos y terminó él su peroración. El acaloramiento, que parecía haberle reanimado ligeramente, decayó y mi anfitrión adquirió un aspecto más enfermizo y macilento que nunca. Alegando que me sentía muy cansado, le manifesté mi deseo de retirarme; y él, con su cortesía inalterable, insistió en acompañarme hasta mi habitación para asegurarse de que todo estaba en orden antes de irse a acostar.<br />
En el pasillo de arriba nos encontramos con Harper, que en ese preciso momento bajaba por un tramo de escaleras que debía conducir a un tercer piso. Llevaba una pesada cacerola de hierro con restos de comida. Noté un olor acre bastante fuerte, casi de putrefacción, cuando pasó por mi lado. Me pregunté si habría estado dando de comer al monstruo desconocido y si no le daría la comida desde el techo, a través de una trampa. La suposición era bastante verosímil; pero el olor de las sobras, por una lejana y un tanto rebuscada asociación de ideas, había comenzado a suscitar en mí otras conjeturas que iban más allá de lo verdaderamente razonable. Ciertas sospechas vagas e incoherentes parecían integrarse espontáneamente en una única y horrenda suposición. Mal que peor, intenté convencerme de que la hipótesis era científicamente inadmisible, una mera fantasía de brujería supersticiosa. No, no podía ser que&#8230; que aquí, en Inglaterra precisamente, aquel demonio devorador de cadáveres que cuentan los cuentos y las leyendas orientales&#8230; el gul<br />
En contra de todos mis temores, no se repitió aquel diabólico aullido, al pasar frente a la habitación secreta. En cambio, me pareció oír un lento ronchar, como el de un animal enorme que devorase su alimento.<br />
Mi habitación, aunque bastante oscura, estaba ahora limpia de polvo y telarañas. Después de una inspección personal, sir John me deseó buenas noches y se retiró a su aposento. Me sorprendieron su palidez mortal y su flojedad al despedirse, y pensé con cierta culpabilidad que la extorsión que suponía el haber atendido y obsequiado a un huésped pudo haber empeorado la grave enfermedad que padecía. Me pareció descubrir un dolor, un sufrimiento, bajo la armadura de urbanidad, y me pregunté si aquella urbanidad no era mantenida a un precio excesivo.<br />
El cansancio del viaje, junto con la pesadez del vino que había bebido, debían haberme vencido; pero a pesar de permanecer con los ojos firmemente apretados en la oscuridad, no conseguía apartar aquellas sombras malignas de sospecha que se hacinaban sobre mí. Me sentía rodeado de unos seres detestables provistos de garras inmundas, que me rozaban en sus nauseabundas contorsiones, al removerme durante horas y horas o mientras contemplaba el rectángulo gris de la ventana. El constante gotear de la lluvia, el gemido del viento, se resolvieron en un espantoso murmullo de voces casi articuladas que conspiraban contra mi tranquilidad y susurraban abominables secretos en un lenguaje demoníaco.<br />
Finalmente, al cabo de un tiempo que me pareció un siglo, la tempestad amainó y dejaron de oírse aquellas voces equívocas. La claridad que entraba por la ventana se proyectaba débilmente en la negrura de la pared. Los terrores de mi larga noche de insomnio se disiparon un tanto, pero no conseguí coger el sueño. Me di cuenta del completo silencio que reinaba en la casa. Luego, en aquel silencio, oí un ruido extraño, débil, inquietante. De momento, no sabía de dónde procedía.<br />
A veces, era un ruido apagado. Luego parecía aproximarse, como si viniera de la habitación contigua. No sé por qué, me recordaba el ruido que harían las garras de un animal al arañar un recio maderaje. Me incorporé y, al escuchar con más atención, me di cuenta con un sobresalto de terror de que provenía del lado donde estaba el cuarto enrejado. Se produjo una extraña resonancia; después, el ruido se hizo casi inaudible. De pronto, y durante un rato, cesó por entero. En ese intervalo oí un simple gemido, como el de una persona agonizante o presa de un insuperable terror. No cabía la menor duda de que el gemido venía de la habitación de sir John Tremoth; y tampoco podía equivocarme ya sobre el origen del prolongado arañar.<br />
El gemido no se volvió a repetir, pero comenzó nuevamente aquel rascar en la madera y ya continuó hasta el amanecer. Después, como si la bestia que arañaba fuese de costumbres nocturnas, el ruido cesó y no se oyó más. Hasta ese momento había permanecido en una insoportable tensión de nervios, lleno de aprensión angustiosa, atento a los ruidos y, a la vez, embotado por el cansancio y el deseo de dormir. Al cesar todo sonido, allá en la descolorida palidez del amanecer, caí en un sueño profundo del que no pudieron sacarme todos los espectros de la vieja mansión.<br />
Me despertaron unos golpes sonoros en la puerta, unos golpes que, aun en la torpeza del sueño, sentí imperiosos y urgentes. Debían ser cerca de las doce del mediodía, y con cierto sentimiento de culpa por haberme recreado demasiado en la cama, corrí a la puerta y abrí inmediatamente. Harper, el viejo criado, estaba allí plantado, y su temblorosa excitación revelaba que algo terrible había sucedido.<br />
-Siento decirle, señor Chaldane -tartamudeó-, que sir John ha fallecido. No contestaba a mi llamada como de costumbre, y me he visto obligado a entrar en su habitación. Debe de haber muerto a primera hora de la madrugada.<br />
Mudo de estupor ante la noticia, recordé el gemido que oí cuando comenzaba a clarear. Tal vez había muerto en aquel preciso instante. Recordé también aquel pesadillesco arañar en la madera. Inevitablemente me pregunté si el gemido que oí no fue tanto de dolor físico como de temor. ¿No pudo ser, acaso, la tensión de estar oyendo aquel ruido espantoso lo que provocó el último ataque de la enfermedad de sir John? No las tenía todas conmigo; mi cerebro se atormentaba con pavorosas y horribles conjeturas.<br />
Con la cortesía convencional que suele emplearse en tales ocasiones, traté de dar el pésame al anciano sirviente y me ofrecí a ayudarle en las diligencias necesarias para destruir los restos mortales de su señor, según su última voluntad. Puesto que no había teléfono en la casa, me brindé a buscar un médico que examinara el cuerpo y extendiera el certificado de defunción. El viejo pareció experimentar una gratitud y un alivio extraordinarios.<br />
-Muchas gracias, señor -dijo fervientemente, y añadió como explicación-. Le prometí vigilar su cuerpo de cerca.<br />
Siguió hablando del deseo de sir John de ser incinerado. El barón había dejado disposiciones concretas de que se construyera una pira de leña en el montículo situado detrás de la mansión, con objeto de quemar allí sus restos, y de que se esparcieran sus ceniza por los campos de su heredad. Había ordenado, facultando para ello a su sirviente, que estas disposiciones se llevaran a cabo lo antes posible después de su fallecimiento. Nadie debía presenciar dicha ceremonia, aparte Harper y los hombres necesarios para llevarla a cabo. En cuanto a los familiares más allegados -ninguno de los cuales vivía en las cercanías- no deberían ser informados hasta que todo hubiese concluido.<br />
Rehusé el ofrecimiento de Harper, que quería prepararme el desayuno. Le dije que comería cualquier cosa en el pueblo vecino. En su actitud había una extraña ansiedad, y comprendí, por una especie de intuición difícil de definir, que deseaba comenzar su prometida vigilancia junto al cadáver de sir John.<br />
Sería aburrido e innecesario detallar el velatorio que siguió. La espesa niebla marina había vuelto. Mientras me dirigía al pueblo vecino tuve la sensación de ir a tientas por un mundo húmedo e irreal. Conseguí localizar a un médico y contratar varios hombres para montar. la pira y transportar el cadáver. En todas partes fui recibido con pocas muestras de entusiasmo. Nadie manifestaba deseos de comentar la muerte de sir John ni de hablar acerca de la negra leyenda de Tremoth Hall.<br />
Harper, para mi sorpresa, había propuesto que la cremación se llevara a cabo inmediatamente. Sin embargo, no tardamos en comprobar que era imposible. Cuando concluyeron todas las formalidades y disposiciones, la niebla se había convertido en una llovizna continua, insistente, que impedía prender fuego a la pira. Nos vimos obligados a aplazar la ceremonia. Le había prometido a Harper que me quedaría hasta que todo hubiera concluido, así que tuve que pasar otra noche bajo aquel techo, albergue de secretos malditos y abominables.<br />
No tardó en oscurecer. Después de una última visita al pueblo, en la que conseguí unos bocadillos para cenar Harper y yo, regresé a la solitaria mansión. Encontré a Harper en la escalera cuando subía a la cámara mortuoria. Había una gran inquietud en su semblante, como si hubiese sucedido algo que le llenara de terror.<br />
-¿No accedería usted a hacerme compañía esta noche, señor Chaldane? -preguntó-. Ya sé que el velatorio que le pido que  comparta conmigo va a ser espantoso, y quizá hasta peligroso. Pero sir John se lo agradecería, estoy seguro. Si tiene usted un  arma sería conveniente que la llevara encima.<br />
Era imposible negarse a su petición, de modo que asentí inmediatamente. No tenía arma de ninguna clase, por lo que Harper insistió en que aceptara un revólver antiguo; él andaba con otro que era hermano del que me ofrecía.<br />
-Pero bueno, Harper -dije bruscamente, mientras nos encaminábamos por el pasillo a la habitación de sir John-, ¿de qué tiene miedo?<br />
Se quedó visiblemente turbado ante la pregunta. Parecía no tener demasiadas ganas de contestar. Luego, un momento después, se dio cuenta de que era necesario hablar con franqueza.<br />
-Es la criatura de la habitación enrejada -explicó-. Tiene que haberla oído, señor. La hemos custodiado sir John y yo durante estos veintiocho años, siempre con el temor de que pudiera escaparse. Nunca nos ha causado problemas ya que siempre  la hemos tenido bien alimentada. Pero estas tres últimas noches  ha estado arañando la gruesa pared de roble que la separa de la habitación de sir John, y eso jamás lo bahía hecho antes. Sir John decía que era porque sabía que él iba a morir y quería apoderarse de su cuerpo porque anhelaba un alimento distinto del que nosotros le proporcionábamos. Esta es la razón por la que debemos vigilarle estrechamente esta noche, señor Chaldane. Pido a Dios que la pared aguante; pero esa bestia sigue arañando y arañando como un demonio, y no me gusta la resonancia del ruido&#8230; Parece como si hubiera gastado el tabique y estuviera a punto de romperlo.<br />
Asustado por esta afirmación de la espantosa conjetura que se me había ocurrido la noche anterior, me quedé sin contestar. Cualquier comentario habría resultado banal. Tras esta abierta declaración de Harper, la anormalidad de aquella criatura tomaba un carácter más sombrío y desquiciado, más poderoso y amenazador. De buena gana habría renunciado al velatorio pero me era imposible, naturalmente.<br />
Al cruzar por delante de la puerta enrejada pude oír que su ocupante rascaba con furia, de una manera diabólica, ruidosa, frenética. Inmediatamente comprendí el tremendo miedo que había impulsado al anciano a solicitar mi compañía. El ruido era indeciblemente alarmante y turbador era de una insistencia inquebrantable; delataba un deseo irreprimible, una brutal voracidad. Al entrar en la habitación del difunto, el ruido se hizo más claro, y adquirió una resonancia espantosa y desesperada.<br />
Durante el transcurso del día me había abstenido de visitar esta habitación. No tengo esa morbosa curiosidad que sienten muchos por contemplar los efectos de la muerte. De modo que ésta era la segunda y última vez que veía a mi anfitrión. Completamente vestido y preparado para la pira, yacía en la fría blancura del lecho, cuyas cortinas de raso habían sido retiradas a los lados. La pieza estaba iluminada por altos cirios, alineados en los brazos de un antiguo candelabro que descansaba sobre una mesita. Los cirios derramaban una luz vacilante por la estancia plagada de sombras mortuorias.<br />
Un poco en contra de mi voluntad miré los rasgos del muerto, y aparté los ojos rápidamente. Esperaba ver una blancura y una rigidez marmórea, pero no esa expresión de terror infinito, de ese mismo terror que sin duda debió ir minando su corazón a lo largo de los años y que, con un autodominio casi sobrehumano, consiguió ocultar en vida de las miradas indiscretas. Daba la sensación de que no estaba muerto, de que aún escuchaba, atento y angustiado, los ruidos pavorosos que muy bien pudieron haber sido causa del desenlace fatal de su enfermedad.<br />
Había varias sillas que, como el lecho, parecían del siglo XVII. Harper y yo nos sentamos junto a la mesita, entre el lecho mortuorio y la pared revestida de oscura madera, y comenzamos así nuestro velatorio.<br />
Estando sentados allí, me dio por representarme el aspecto de aquella monstruosidad sin nombre. Por los rincones de mi cerebro se sucedieron, fugaces y caóticas, imágenes amorfas, pesadillescas, de los horrores del sepulcro. Sentía una tremenda curiosidad, cosa extraña en mi natural forma de ser, que me impulsaba a hacer preguntas a Harper. Pero por otra parte, me lo impedía una más poderosa inhibición. A su vez, el anciano tampoco tenía deseos de hacer ninguna clase de comentario, limitándose a vigilar la pared con ojos alarmados y fijos.<br />
Sería imposible referir la tensión violenta, la expectación sombría y macabra de las horas que siguieron. El maderaje debía ser de gran dureza y espesor, y sin duda podía desafiar todas las acometidas de aquella criatura armada tan sólo de garras y dientes. No obstante, a pesar de argumentos tan reconfortantes, me pareció que de un momento a otro vería derrumbarse el zócalo encima de mí. El ruido de las uñas poderosas proseguía eternamente. Mi enfebrecida imaginación lo percibía más fuerte y más cercano cada vez. A intervalos, me parecía oír un quejido apagado, anhelante, como el de un animal hambriento acercándose a la boca de su madriguera.<br />
Ninguno de los dos hablamos de lo que debíamos de hacer, caso de que el monstruo consiguiera su propósito. Había, empero, un tácito acuerdo entre nosotros. Y yo, que nunca había sido supersticioso, empecé a preguntarme si el monstruo poseería una constitución lo bastante orgánica para ser vulnerable por las balas de un revólver. ¿Hasta qué punto se habrían desarrollado los caracteres de su desconocido y fabuloso progenitor? Traté de convencerme de que tales cuestiones y conjeturas eran sencillamente absurdas, pero me las planteaba una y otra vez, como fascinado por el vértigo de un abismo prohibido.<br />
La noche fue transcurriendo como las negras y perezosas aguas de un río. Los altos cirios funerarios se habían consumido hasta pocos centímetros de los brazos verdosos del candelabro. Esta fue la única circunstancia que me dio idea del paso del tiempo, porque me encontraba como sumergido en una eternidad de tinieblas, como paralizado por un horror ciego. Llegué a acostumbrarme de tal manera a aquel perenne escarbar de zarpas en la madera, que su aumento y violencia se me antojaban figuraciones mías. Y así fue como sobrevino el final, casi sin damos cuenta.<br />
De súbito, oí un golpe, un ruido provocado al astillarse la madera, y al mirar espantado hacia la pared vi saltar un listón que quedó colgando de un entrepaño. Luego, antes que pudiera recobrarme ni comprender lo que revelaba el testimonio de mis sentidos, saltó en mil pedazos un gran trozo semicircular de pared, bajo la arremetida de un cuerpo pesado.<br />
Gracias a Dios seguramente, no he podido recordar jamás qué clase de ser infernal salió de aquel boquete. El choque provocado por el exceso mismo de terror me ha borrado el recuerdo de los detalles. No obstante, me quedó la vaga impresión de un cuerpo enorme, blancuzco, lampiño, que caminaba a cuatro patas; recuerdo también grandes colmillos en un rostro semihumano y enormes uñas de hiena. Un olor pútrido precedió a su aparición, como la vaharada del cubil de una devorador de carroñas. Y luego, de un salto prodigioso, la criatura aquella cayó sobre nosotros.<br />
Oí los repetidos disparos del revólver de Harper, cortantes, vengativos, en la habitación cerrada; el mío sólo produjo un chasquido metálico y herrumbroso. Tal vez era demasiado viejo el cartucho. Sea como fuere, el arma falló. Antes de que pudiera apretar el gatillo otra vez, me sentí arrojado al suelo con terrible violencia, golpeándome la cabeza contra el pesado pie de la mesita. Sobre mi conciencia pareció caer un velo de tiniebla espolvoreado de incontables lucecitas, que me ocultó la escena totalmente. Después, desaparecieron todas las lucecitas, y quedé en completa oscuridad.<br />
Poco a poco, comencé a tener conciencia de una llama y una sombra, pero la llama era brillante y oscilaba y parecía aumentar y hacerse más luminosa cada vez. Entonces, mis sentidos inciertos y embotados se reavivaron ante un acre olor a ropa quemada. Volvieron a recobrar su forma los contornos de las cosas y me di cuenta de que me encontraba en el suelo, junto a la mesa derribada, de cara al lecho de muerte. Las velas habían ido a parar al suelo. Una de ellas había prendido fuego a la alfombra que tenía cerca; otra, algo más allá, había incendiado las colgaduras de la cama, y las llamas se habían corrido rápidamente hacia el enorme dosel. Aun no me había movido yo del suelo, cuando cayeron sobre la cama algunos jirones de paño incendiado, y el cuerpo de sir John quedó rodeado por un círculo de fuego incipiente.<br />
Con mucho trabajo conseguí ponerme en pie, aturdido aún por el golpe recibido en la caída. La habitación estaba desierta, aparte el viejo criado que yacía en el umbral y se quejaba débilmente. La puerta estaba abierta, como si alguien&#8230; o algo se hubiera marchado mientras estaba yo sin conocimiento.<br />
Me volví otra vez hacia la cama con la instintiva intención de apagar el fuego. Las llamas se extendían rápidamente, se elevaban cada vez más, pero no tan de prisa que me ocultaran las manos y las facciones -si es que se podían llamar así- de lo que había sido sir John Tremoth. No haré ninguna referencia explícita a este último horror. Me gustaría igualmente no acordarme de aquello. El monstruo había huido asustado por el fuego, pero demasiado tarde&#8230;<br />
Poco más me queda que añadir. Tambaleándome, con Harper en brazos, eché una mirada hacia atrás. La cama y el dosel formaban una masa de llamas envolventes. El desdichado barón había encontrado su pira funeraria, tan deseada por él, en su propia cámara mortuoria.<br />
Estaba a punto de amanecer cuando salíamos de la infausta mansión. La lluvia había cesado; el cielo aparecía surcado de nubes plomizas. El aire fresco reanimó al criado, que permaneció junto a mí, sin pronunciar una palabra, mientras contemplábamos cómo se elevaban las llamas que brotaban del tejado de Tremoth Hall y un cárdeno resplandor comenzaba a extenderse por los cuatro costados del edificio.<br />
A la luz combinada del pálido amanecer y el fantástico incendio, descubrimos a nuestros pies unas huellas semihumanas, de grandes uñas caninas, hondamente impresas en el barro. Salían del edificio en dirección a la colina que había detrás.<br />
Sin decir palabra seguimos las huellas. Casi en línea recta nos llevaron a la entrada del antiguo panteón familiar, hasta la pesada puerta de hierro cerrada por orden de sir John Tremoth durante toda una generación, Pero la encontramos abierta: la cadena oxidada y la cerradura habían sido destrozadas por una fuerza brutal. Después, al examinar el interior, vimos las huellas de barro que descendían hacia las tinieblas eternas de la muerte.<br />
Ibamos desarmados los dos. Habíamos dejado nuestros revólveres en la cámara mortuoria, pero no nos paramos a deliberar. Harper llevaba una buena provisión de cerillas, y buscando por allí encontré una rama que podía servirme de garrote. En silencio, con tácita determinación, realizamos una minuciosa inspección de las criptas más inmediatas, gastando una cerilla tras otra a medida que avanzábamos por entre sombras y moho.<br />
Las huellas de aquellos pies horribles se hacían más borrosas conforme iban adentrándose en la negrura de las bóvedas. En ninguna parte encontramos nada, sino humedad apestosa, telarañas seculares, y un sinnúmero de ataúdes. La criatura que buscábamos se había desvanecido como tragada por los muros subterráneos.<br />
Por último regresamos a la entrada. Allí, a plena luz del día, habló Harper por vez primera y dijo en voz baja y temblorosa :<br />
-Hace muchos años, poco después de morir lady Agatha, sir John y yo inspeccionamos el panteón de un extremo a otro, pero no encontramos rastro alguno del ser que nos imaginábamos. Ahora es inútil buscar, igual que lo fue entonces. Existen misterios que, gracias a Dios, jamás llegaremos a desentrañar. Lo único que sabemos es que el engendro de las tumbas ha regresado a las tumbas. Que permanezca ahí, es menester.<br />
En silencio, y en lo más profundo de mi corazón, repetí sus últimas palabras y su ferviente deseo.</p>
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		<title>La casa de los espiritus</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Feb 2011 18:15:37 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Uno de mis amigos, hombre de letras y filósofo, me decía un día, medio en broma, medio en serio: -Imagine usted, querido amigo, que he descubierto una casa frecuentada, en pleno centro de Londres. -¿Realmente frecuentada? ¿Y por quién? ¿Por fantasmas? -No puedo responder a esta pregunta. Esto es todo lo que yo sé: hace [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de mis amigos, hombre de letras y filósofo, me decía un día, medio en broma, medio en serio:</p>
<p>-Imagine usted, querido amigo, que he descubierto una casa frecuentada, en pleno centro de Londres.<br />
 <a href="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/casaencantada210ak.jpg"><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/casaencantada210ak.jpg" alt="" title="casaencantada210ak" width="598" height="459" class="alignnone size-full wp-image-2985" /></a><br />
-¿Realmente frecuentada? ¿Y por quién? ¿Por fantasmas?</p>
<p>-No puedo responder a esta pregunta. Esto es todo lo que yo sé: hace seis semanas, mi mujer y yo, íbamos a la búsqueda de un apartamento amueblado. Al pasar por una calle tranquila, vimos en la ventana de una casa un cartel: Apartamento amueblado. El lugar nos convenía. Entramos en la casa. Nos gustó. Alquilamos el apartamento por semanas y&#8230; lo abandonamos al cabo de tres días. Nada en el mundo habría podido obligar a mi mujer a permanecer allí por más tiempo. Y debo decir que no me sorprendo de ello.</p>
<p>-Pues ¿qué vieron?</p>
<p>-Le ruego me perdone. No tengo ningún deseo de pasar por un soñador supersticioso. Tampoco querría, por otra parte, hacerle admitir, ante mi única afirmación, lo que usted no podría creer sin el control de sus propios sentidos. Déjeme decirle que no es tanto lo que hemos visto y oído (pues podría usted creernos víctimas de nuestra imaginación, o de una impostura) lo que nos hizo salir de allí, como el indefinible terror que se apoderaba de nosotros cada vez que pasábamos por delante de la puerta de una habitación vacía, en la cual, por otra parte, jamás habíamos visto ni oído nada. Y lo más extraño, es que por primera vez en mi vida, estuve de acuerdo con mi mujer -necia mujer, por otra parte- y le concedí que después de tres noches de permanecer allí, no era posible permanecer ni una más. La cuarta mañana, pues, llamé a la mujer que guardaba la casa y nos servía, le dije que las habitaciones no eran de nuestro agrado, y que no queríamos finalizar la semana. Ella respondió secamente:</p>
<p>-Ya sé por qué; ustedes, sin embargo, se han quedado más tiempo que ningún otro inquilino. Son pocos los que han permanecido dos noches. Y ni uno ha quedado a la tercera. Sin embargo, creo que han sido muy amables con ustedes.<br />
 <span id="more-2927"></span><br />
&#8211;Ellos&#8230; ¿quiénes?, -pregunté yo, simulando una sonrisa.</p>
<p>-¡Oh, pues&#8230; los que frecuentan la casa, sean quienes fueren! Yo no me preocupo. Los recuerdo hace muchos años, cuando yo vivía en la casa, pero entonces no como criada. Sé que un día causarán mi muerte. Pero no me inquieto mucho pues soy vieja, y de todos modos moriría pronto. Y entonces, seguiré con ellos en la casa.</p>
<p>La mujer hablaba con una tranquilidad tan aterradora, que realmente fue una especie de temor lo que me impidió seguir la conversación. Pagué el alquiler de la semana, y mi mujer y yo nos sentimos muy afortunados al poder irnos tan pronto.</p>
<p>-Me intriga usted -dije-, y nada me gustaría tanto como dormir en una casa frecuentada. Deme la dirección, se lo ruego, de la casa que ha abandonado tan vergonzosamente.</p>
<p>Mi amigo me dio la dirección, y cuando nos separamos, me dirigí directamente a la casa indicada.</p>
<p>Está situada en el lado norte de Oxford Street, en un lugar triste y respetable. Encontré la casa cerrada, sin ningún cartel en la ventana, y nadie me respondió cuando llamé. Cuando iba a regresar, un muchacho que recogía botes de estaño por los alrededores, me dijo-</p>
<p>-¿Desea usted algo de esta casa, caballero? -Sí, he oído decir que estaba vacía.</p>
<p>-¡Déjelo! La mujer que la guardaba murió hace tres semanas, y nadie quiere vivir allí aunque Mr. J&#8230; ofrezca mucho. Le ha ofrecido a mi madre que trabajaba en su casa durante el día una libra a la semana para abrir y cerrar las ventanas, y ella ha rechazado su oferta.</p>
<p>-¿La ha rechazado? ¿Por qué?</p>
<p>-La casa está encantada, y la mujer que vivía aquí, fue encontrada muerta en su cama, con los ojos desmesuradamente abiertos. Dicen que el diablo la estranguló&#8230;</p>
<p>-¡Bah&#8230; 1 habla de Mr. J&#8230;. ¿Es el propietario? -Sí.</p>
<p>-¿Dónde vive?</p>
<p>-En G&#8230; Street, núm&#8230;</p>
<p>-¿Qué hace? ¿Qué negocios tiene?</p>
<p>-Nada, caballero, nada especial&#8230; un simple particular.</p>
<p>Di al muchacho la propina que merecía su información, y me fui a ver a Mr. J&#8230;, G&#8230; Street, cuya calle se encontraba en el extremo de la que desembocaba en la casa encantada. Fui lo bastante afortunado como para encontrarle en su casa. Era un hombre de edad, de aspecto inteligente y maneras corteses.</p>
<p>Le dije mi nombre, y le expliqué francamente el asunto. Le dije haberme enterado de que la casa estaba encantada, que tenía, muchos deseos de ver de cerca una casa que gozara de una reputación tan equívoca, y que le estaría muy obligado si quisiera permitirme alquilarla, aunque no fuera más que por una noche. Estaba dispuesto a pagar este favor al precio que él quisiera.</p>
<p>-Caballero, -me dijo Mr. J&#8230; con gran cortesía-, la casa está a su disposición por todo el tiempo que desee. El precio está fuera de discusión. Todas las ventajas serán para mí, si usted consigue descubrir la causa de los extraños fenómenos que la privan actualmente dé todo valor. No puedo alquilarla, pues me resulta imposible poner a una sirvienta para mantener el orden y abrir la puerta. Desgraciadamente, está encantada -me permito expresarme así- no solamente de noche, sino también de día. No obstante, por la noche, los fenómenos son más desagradables, y a veces de un carácter netamente alarmante. La pobre vieja que murió allí hace tres semanas, era una mendiga que habla retirado de una «casa de trabajo», porque en su infancia había sido conocida por alguno de mi familia, y otro tiempo había estado a punto de alquilar la casa de mi tío. Era una mujer de una educación superior, y de espíritu sólido, la única, además, a quien pude convencer de que viviera en la casa. De hecho, desde su muerte repentina, y después de la encuesta del coronel que le dio una notoriedad en el vecindario, he acabado por desesperar de encontrar a alguien que la ocupe, y menos aún un inquilino, y la he retirado voluntariamente del alquiler durante un año, hasta que alguien pagara el interés y las cargas.</p>
<p>-¿Cuánto tiempo hace que esta casa tiene un renombre tan siniestro?</p>
<p>-Difícilmente podría decírselo, pero hace ya varios años. La vieja de la que le he hablado, decía que estaba ya encantada cuando ella la alquiló, hace de esto treinta o cuarenta años. El hecho es que yo he pasado toda mi vida en las Indias, al servicio de la Compañía. Volví a Inglaterra el año pasado para heredar la fortuna de uno de mis tíos, y entre otras cosas, estaba esta casa. La encontré cerrada y vacía. Tenía la reputación de estar encantada, y nadie quería vivir en ella. Yo me reía de esta historia que suponía vana. Gasté algún dinero en reparar la mansión, añadiendo a su mobiliario antiguo algunos objetos modernos, la puse en alquiler y la contraté por un año. El inquilino era un coronel de media paga. Llegó con su familia, una hija y un hijo y cuatro o cinco criados. Todos abandonaron la casa al día siguiente. Y aunque cada uno declaró haber visto una cosa distinta de los demás, lo que todos habían visto era igualmente aterrador. No podía, en conciencia, perseguir ni atacar al coronel por ruptura de contrato. Entonces alojé a la mujer de la que le he hablado, dándole permiso para alquilar la mansión. No he tenido jamás ni un solo inquilino que se haya quedado más de tres días. No le repetiré sus historias, pues los mismos fenómenos no se han repetido jamás dos veces. Vale, más que juzgue por usted mismo, y en vez de entrar en la casa con ideas preconcebidas, esté preparado únicamente a ver o a oír algo anormal y adopte todas las precauciones que le apetezcan. </p>
<p>-Sí. Pasé en ella, no solamente una noche, sino tres horas a plena luz. Mi curiosidad no quedó satisfecha, sino enfriada. No tengo deseo alguno de renovar la experiencia. No puede achacarme, caballero, que no sea lo suficientemente franco. A menos que su interés no esté excitado en alto grado, y sus nervios extremadamente templados, añadiré honradamente que le aconsejo que no pase ni una noche en esta casa.</p>
<p>-Mi interés está sumamente excitado -repliqué-, y aunque sólo un cobarde se atreve a presumir de sus nervios en situaciones totalmente extrañas y fuera de lo corriente, los míos han estado de tal modo habituados a toda clase de peligros, que tengo derecho a contar con ellos, incluso en una casa encantada.</p>
<p>Mr. J&#8230; no añadió nada. Tomó de su escritorio las llaves de la casa, me las dio y, tras agradecerle cordialmente su franqueza y su amabilidad, me llevé mi trofeo.</p>
<p>Una vez en mi casa, impaciente por hacer la experiencia, llamé a mi hombre de confianza, un joven de espíritu alegre, de temperamento poco temeroso y tan desprovisto de prejuicios supersticiosos como el que más.</p>
<p>-F&#8230; -dije-, ¿recuerdas en Alemania, cuán decepcionados estuvimos al no encontrar fantasmas en aquel viejo castillo que decían que estaba encantado por una aparición sin cabeza? ¡Pues bien!, he oído hablar de una casa en Londres que, tengo razones para creerlo, está realmente encantada. Tengo la intención de ir a pasar la noche allí. Por lo que me han dicho, no hay duda que hay que ver y oír cosas horribles. Si te llevo con migo, ¿puedo contar con tu presencia de espíritu suceda lo que suceda?</p>
<p>-¡Oh!, señor, tenga confianza en mí, se lo ruego, -respondió F&#8230;, haciendo una mueca de placer.</p>
<p>-Muy bien; aquí están las llaves de la casa, y aquí la dirección. Ve, escógeme una buena habitación, y puesto que el lugar está deshabitado desde hace varias semanas, enciende un buen fuego, airea las habitaciones y asegúrate de que hay candelabros y combustible. Toma mi revólver y mi daga, y ármate tú también así, y si no estamos equipados contra una docena de fantasmas, somos una mala pareja de ingleses.</p>
<p>Tenía que resolver el resto del día, asuntos tan urgentes, que no volví a tener tiempo de pensar en la aventura nocturna en la que había comprometido mi honor. Cené solo y muy tarde, y leí mientras comía, según mi costumbre. Escogí uno de los volúmenes de ensayos de Macaulay. Me dije que me llevaría el libro conmigo. Había en aquel volumen tanta vida y tanta realidad, que me serviría de antídoto contra las influencias perniciosas de la superstición.</p>
<p>Me lo puse en el bolsillo y, hacia las nueve y media, me dirigí tranquilamente hacia la casa encantada. Llevaba conmigo uno de mis perros favoritos, un bull extremadamente vivo, atrevido y vigilante, al que le gustaba merodear por los rincones oscuros y los pasajes misteriosos, en busca de ratas; es decir el perro por excelencia, para la caza de los fantasmas.</p>
<p>Era una noche de verano, pero fresca, con un cielo oscuro y cubierto. Había claro de luna, una luna débil y sin brillo, pero era la luna al menos, y si las nubes lo permitían, después de medianoche el cielo se aclararía.</p>
<p>Llegué a la casa, llamé, y mi criado acudió a abrirme con una alegre sonrisa.</p>
<p>-Todo perfecto, señor, y muy agradable. -¡Oh! -dije yo, un poco contrariado-. ¿No has visto ni oído nada extraño?</p>
<p>-Oh, sí, tengo que confesar que he oído algo extraño.</p>
<p>-¿Qué?</p>
<p>-Unos pasos detrás de mí, y una vez o dos un ruido muy ligero, como un suspiro muy cerca de mi oído, nada más.</p>
<p>-No pareces asustado.</p>
<p>-¡No lo estoy en absoluto, señor¡ Y la mirada valerosa del buen hombre, me aseguró al menos una cosa, y es que sucediera lo que fuese, no me abandonarla.</p>
<p>Estábamos en el vestíbulo, con la puerta de entrada cerrada, y mi atención se había apartado de mi perro. Había avanzado primero de bastante buen grado, pero se arrastraba ahora cerca de la puerta, gimoteando por salir. Cuando le hube acariciado la cabeza, y le hube animado, pareció reconciliarse con la situación y nos siguió a F&#8230; y a mí a través de la casa, sin separarse ni una pulgada de mi lado, en lugar de aventurarse hacia delante, como tenía por costumbre hacer en todos los lugares extraños.</p>
<p>Visitamos primero los sótanos, la cocina y las demás dependencias, especialmente las bodegas, donde descubrimos algunas botellas de vino cubiertas de telas de araña, y que, según todas las apariencias, no habían sido tocadas desde hacía años. Estaba claro que los espíritus no eran aficionados a la botella. No descubrimos ninguna otra cosa que fuera interesante. Había un siniestro patio rodeado de elevadas paredes cuyas piedras estaban húmedas, y en donde, gracias a la humedad por una parte, y por otra parte al polvo y al hollín, nuestros pies dejaban al pasar, huellas cenagosas. Allí apareció el primer fenómeno extraño, del que fui testigo en aquélla extraña mansión. Vi delante de mí, formarse en el mismo momento la huella de un pie, como si el pie estuviera allí. Me detuve, llamé a mi criado, y le mostré la cosa. Delante de aquella huella se dibujó inmediatamente otra. La vimos los dos. Avancé rápidamente hacia aquel lugar, y la huella avanzó, delante de mí; era una huella pequeña, como la de un niño. La impresión era demasiado débil para que pudiera distinguirse claramente su forma, pero a los dos nos pareció que debía ser la de un pie desnudo.</p>
<p>Este fenómeno cesó, cuando llegamos a la pared opuesta, y no se produjo a la vuelta. Subimos las escaleras, y entramos en las habitaciones de la planta bija, un comedor, un saloncito, y una tercera habitación más pequeña aún, que aparentemente había estado destinada a algún criado, las tres silenciosas como la muerte. Visitamos los salones que nos parecieron decorados recientemente y muy nuevos. En la habitación que daba a la fachada, me senté en un sillón. F&#8230; dejó sobre la mesa el candelabro que nos había iluminado. Le dije que cerrara la ventana. Cuando se volvía para hacerlo, una silla, abandonó silenciosa y rápidamente la pared de enfrente, y se paró delante de mí, a un metro aproximadamente de mi sillón.</p>
<p>-¡Vaya! -dije riendo a medias-, esto es mejor que las mesas giratorias.</p>
<p>Mientras yo reía, mi perro volvió la cabeza y se puso a aullar.</p>
<p>F&#8230; no había visto el movimiento de la silla. En aquel momento trataba de tranquilizar al perro. Yo seguía observando la silla e imaginé ver entonces una figura humana, de un azul pálido vaporoso pero de un contorno tan impreciso, que difícilmente podía dar crédito a mis sentidos. El perro estaba tranquilo.</p>
<p>-Toma esta silla que está delante de mí, y vuélvela a poner junto a la pared -le dije a F&#8230;</p>
<p>F&#8230; obedeció.</p>
<p>-¿Ha sido usted, señor? -preguntó, volviéndose bruscamente.</p>
<p>-¿Yo? ¿El qué?</p>
<p>-Algo me ha tocado. Lo he notado claramente en el hombro&#8230; justamente aquí, mire</p>
<p>-No -dije yo-. Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir sus artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.</p>
<p>No nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido. Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.</p>
<p>La habitación que mi criado había escogido para mí, era la mejor del piso, grande, con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio, estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar, había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías. Encontramos solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques, evidentemente sólidos, y las paredes exteriores del edificio.</p>
<p>Habiendo terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F&#8230;, nuevas investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con doble llave.</p>
<p>-Señor -exclamó mi criado, sorprendido-, he abierto esta puerta al mismo tiempo que las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior, porque&#8230;</p>
<p>Antes de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había tocado, se abrió tranquilamente por sí misma. Nos &#8216;miramos un instante. El mismo pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al fin ser descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una triste y pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y cestos en un rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no había chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para entrar; no había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual, remendado en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un ser viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse. Cuando inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos había dejado paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto. Estábamos cogidos.</p>
<p>En el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con F&#8230;</p>
<p>-Dios mío, no crea que estamos cogidos en la trampa, señor. De una patada, podría reducir esta hipócrita puerta a astillas.</p>
<p>-Prueba primero si puedes abrirla con las manos -dije yo, desembarazándome de mi aprensión-, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.</p>
<p>Quité los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito ya; no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras del patio.</p>
<p>F&#8230;. entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.</p>
<p>Le di, contento, el permiso que pedía. Pero aunque era un hombre de una fuerza poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se detuvo. Me encarnice a mi vez con a puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y más obsesionante. Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.</p>
<p>Yo seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.</p>
<p>El chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer. Pero oírnos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y entonces me di cuenta de que mi perro no nos había seguido. Estaba acurrucado junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesita a la cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse demasiado de sus cuidados.</p>
<p>Las cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje, indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo parecido a un crimen.</p>
<p>«Debemos amarnos», es una de las frases que recuerdo, «Porque todos nos detestarían si supieran&#8230; »</p>
<p>Y luego: «No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas, mientras duermes».</p>
<p>Y de nuevo: «Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida». -No -dije yo-. Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir sus artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.</p>
<p>No nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido. Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.</p>
<p>La habitación que mi criado había escogido para mí, era la mejor del piso, grande, con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio, estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar, había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías. Encontramos solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques, evidentemente sólidos, y las paredes exteriores del edificio.</p>
<p>Habiendo terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F&#8230;, nuevas investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con doble llave.</p>
<p>-Señor -exclamó mi criado, sorprendido-, he abierto esta puerta al mismo tiempo que las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior, porque&#8230;</p>
<p>Antes de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había tocado, se abrió tranquilamente por sí misma. Nos &#8216;miramos un instante. El mismo pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al fin ser descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una triste y pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y cestos en un rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no había chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para entrar; no había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual, remendado en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un ser viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse. Cuando inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos había dejado paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto. Estábamos cogidos.</p>
<p>En el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con F&#8230;</p>
<p>-Dios mío, no crea que estamos cogidos en la trampa, señor. De una patada, podría reducir esta hipócrita puerta a astillas.</p>
<p>-Prueba primero si puedes abrirla con las manos -dije yo, desembarazándome de mi aprensión-, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.</p>
<p>Quité los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito ya; no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras del patio.</p>
<p>F&#8230;. entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.</p>
<p>Le di, contento, el permiso que pedía. Pero aunque era un hombre de una fuerza poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se detuvo. Me encarnice a mi vez con a puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y más obsesionante. Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.</p>
<p>Yo seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.</p>
<p>El chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer. Pero oírnos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y entonces me di cuenta de que mi perro no nos había seguido. Estaba acurrucado junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesita a la cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse demasiado de sus cuidados.</p>
<p>Las cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje, indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo parecido a un crimen.</p>
<p>«Debemos amarnos», es una de las frases que recuerdo, «Porque todos nos detestarían si supieran&#8230; »</p>
<p>Y luego: «No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas, mientras duermes».</p>
<p>Y de nuevo: «Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida».  </p>
<p>Aquí había una frase subrayada, mejor escrita, que parecía trazada por una mano de mujer. Y lo hacen. Al final de la carta más reciente, la misma mano femenina había trazado estas palabras: «perdido en el mar el 4 de junio, el mismo día que &#8230; »</p>
<p>Dejé las cartas, y me puse a reflexionar sobre su contenido. Temiendo, sin embargo, que este tipo de pensamientos me indispusiera mi sistema nervioso y determinado a mantener mi espíritu en buen estado, en perspectiva de todo lo que aquella noche podía aún ofrecerme de maravilloso, me levanté, dejé las cartas sobre la mesa, aticé el fuego aún brillante y alegre, y abrí mi volumen de Macaulay. Leí tranquilamente hasta las once y media. Me eché entonces completamente vestido, en la cama, y permití a mi criado que se retirara a su habitación, recomendándole, no obstante, que se mantuviera despierto. Le rogué igualmente que dejara abierta la puerta entre nuestras habitaciones y, solo al fin, puse dos candelabros sobre la mesilla de noche. Dejé mi reloj al lado de las armas y cogí de nuevo el Macaulay. Delante de mí el fuego brillaba, y en el hogar el perro parecía dormir. Al cabo de unos veinte minutos, sentí pasar como una flecha, junto a mi mejilla, una corriente de aire excesivamente fría. Pensé que la puerta de la derecha, que comunicaba con el rellano se había abierto, pero no, seguía cerrada. Miré entonces a la izquierda y vi que las llamas de las velas estaban inclinadas por un soplo tan violento como el viento. En aquel momento, el reloj que se encontraba al lado del revólver abandonó lentamente la mesa y aunque no había ninguna mano visible, desapareció. Habiéndome armado, me puse a mirar el suelo; no había rastro del reloj. Tres golpes sordos lentos, se oyeron claramente a la cabecera de la cama. Mi criado llamó.</p>
<p>-¿Es usted, señor?</p>
<p>-No. Estate alerta.</p>
<p>El perro se había levantado y, sentado sobre sus cuartos traseros, sus orejas se agitaban vivamente de atrás hacia delante. Tenía los ojos fijos en mí con una mirada tan extraña, que toda mi atención estaba atraída por él. Lentamente, se levantó, con el pelo erizado, y se quedó rígido, con la mirada salvaje. Mi criado, salia de su habitación, y si he tenido jamás la ocasión de ver el horror pintado sobre algún rostro humano, fue esta vez. Si le hubiera encontrado en la calle, no hubiera podido reconocerle, tan alterado estaba su rostro. Rápidamente, pasó junto a mí, diciendo en un soplo que parecía salir apenas de sus labios:</p>
<p>-Deprisa, deprisa, ¡está detrás de mí! Llegó a la puerta del rellano, la abrió y se precipitó hacia abajo. Yo le seguí involuntariamente, gritándole que se detuviera. Pero sin oírme, bajaba dando tumbos por la escalera, golpeando la baranda, y saltando varios peldaños a la vez. Desde donde yo estaba, oí que abría la puerta de la calle y la cerraba detrás de sí. Estaba solo en la casa encantada.</p>
<p>Por un instante, permanecí indeciso, no sabiendo si seguir a mi criado. El orgullo y la curiosidad me impidieron esta huida humillante. Me reintegré a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí, y me dirigí prudentemente hacia el gabinete interior. No vi nada que justificara el terror de mi criado. Examiné de nuevo cuidadosamente las paredes, para ver si existía alguna puerta oculta. No encontré rastro alguno, ni una hendidura en el papel castaño del tapizado.</p>
<p>¿Cómo había entrado, pues, en aquella habitación, fuese lo que fuese lo que le había aterrado, sino a través de la mía? Volví a mi habitación, cerré con doble llave la puerta de comunicación y me mantuve dispuesto y atento a la menor alarma. Advertí que el perro se habla retirado a un rincón de la habitación, y se apretaba contra la pared, como si hubiera querido abrirse paso con todas sus fuerzas. Fui hacia él y le hablé. La pobre bestia estaba evidentemente aterrorizada. Mostraba los dientes, la saliva le manaba de la boca, y ciertamente me hubiera mordido si la hubiera tocado. No parecía reconocerme. Aquel que ha visto en el jardín zoológico un conejo fascinado por una serpiente, acurrucándose en un rincón, puede formarse una idea del terror que el perro parecía experimentar. Todos mis esfuerzos para apaciguarle fueron vanos, y temiendo que su mordedura fuera, en el estado en que se encontraba, tan peligrosa como la de un perro rabioso, le dejé, coloqué mis armas sobre la mesa, al lado del fuego, me senté y volví a mi Macaulay.</p>
<p>Con el objeto de que no parezca que trato de hacer creer al lector que me hallaba en posesión de mayor valor, o presencia de ánimo de lo que puede concebir, voy a introducir aquí, y ruego me perdonen, una o dos observaciones personales.</p>
<p>Como yo creo que la presencia de ánimo, o lo que se llama valor, es proporcional a la costumbre de encontrarse en circunstancias que lo reclamen, diré que yo estaba más que suficientemente familiarizado con los fenómenos maravillosos. Había encontrado casos realmente extraordinarios en diferentes partes del mundo, casos que, si tuviera que relatarlos, no serían dignos de crédito alguno, y no serían tenidos en cuenta como influencias sobrenaturales. Mi teoría es que lo sobrenatural se confunde con lo imposible y que lo que es reconocido como tal, proviene simplemente de la aplicación de leyes naturales que ignoramos. Así, pues, si un fantasma se me aparece, yo no tengo derecho a decir: «Vaya, existe lo sobrenatural», sino «Vaya, la aparición de un espíritu, contrariamente a lo que había creído hasta ahora, entra en el dominio de las leyes naturales y no de las sobrenaturales».</p>
<p>Así, pues, en todo lo que había visto y en todos los milagros que los aficionados de la época al misterio han relatado como hechos, había siempre una intervención humana. En el continente, se encuentran magos que afirman poder hacer salir a los espíritus. Suponiendo incluso que sean sinceros, mientras que la forma material del mago está presente, constituye el elemento esencial material, por el cual. a causa de ciertas originalidades de constitución, ciertos fenómenos extraños se manifiestan a nuestros sentidos. Admitiendo incluso los cuentos de la «Spirit Manifestation in América», tales como la producción de música u otros sonidos, la escritura sobre papel sin el concurso de una mano visible, los movimientos de objetos o muebles sin intervención humana aparente, la vista y el contacto de manos que no parecen pertenecer a cuerpo alguno, se encontrará siempre el médium, ser vivo capaz de conseguir semejantes fenómenos, a causa de ciertas particularidades en su constitución. En una palabra, en el origen de todas estas maravillas, suponiendo que no sean el resultado de una impostura, debe haber un ser semejante a nosotros, por el cual, o bajo la influencia del cual, estos efectos caen sobre nuestros sentidos.</p>
<p>Sucede así en el fenómeno ahora conocido con el nombre de mesmerismo o magnetismo animal, en que el espíritu de la persona tratada está influenciado por un agente material vivo. Suponiendo incluso que un paciente sometido al método de Mesmer pueda realmente cumplir la voluntad de un hipnotizador que se halla a cien millas de distancia, esta pasividad no es menos el resultado de una acción material; y es por medio de un fluido material -llámenle eléctrico, o lo que quieran- que tenga el poder de atravesar el espacio y de pasar a través de los obstáculos, que el efecto material es transmitido de uno a otro.</p>
<p>De ahí que todo aquello de lo que había sido testigo, y lo que esperaba ver aún en aquella extraña casa, me parecía causado por un médium tan mortal como yo mismo. Y esta idea me preservaba necesariamente del terror que habrían experimentado a través de las aventuras de esta memorable noche, aquellos que miran estos fenómenos como obra de las fuerzas sobrenaturales y no como operaciones propias de la Naturaleza.</p>
<p>Así pues, todo lo que se presentaba o podía aún presentarse, se me aparecía como procedente de alguien que tuviera el don natural de hacer aparecer tales cosas, y un motivo para hacerlo, y yo sacaba de mi teoría un interés más filosófico que supersticioso. Puedo decir sinceramente que estaba tan tranquilo como hubiera podido estarlo cualquier sabio en espera de los efectos de una determinada combinación química que ofreciera, sin embargo, algún peligro.</p>
<p>Naturalmente, cuanto más lograra tranquilizar a mi imaginación, más dispuesto estaría mi espíritu para la observación que quería hacer, por esta razón, concentraba todo mi pensamiento y todas mis miradas en el vigoroso y claro buen sentido de las páginas de Macaulay.</p>
<p>Vine a observar que algo se interponía entre la página y la luz, pues la página se encontraba oscurecida por una sombra. Lo que miré y vi me es difícil, por no decir imposible de describir. Era una oscuridad del ambiente, siguiendo contornos poco definidos. No puedo decir que se pareciera a un hombre, y no obstante aquello tenía más parecido con una forma humana, o más bien su sombra, que con cualquier otra cosa. Se alzaba, totalmente diferenciada del aire y de la luz, y sus dimensiones parecían enormes, pues la parte de arriba, tocaba el techo. Cuando la miraba, fui presa de una impresión de frío intenso. Si un iceberg se hubiera encontrado delante de mí, no me habría congelado más, y, por otra parte, el frío que emanara de un iceberg hubiera sido puramente físico. Estoy convencido de que aquel frío no era causado por el miedo. Seguía mirando y creo -aunque no puedo precisarlo- que vi dos ojos mirándome desde lo alto. Por un instante, creí verlos claramente, y al instante siguiente, parecían haber desaparecido. Pero dos rayos de una luz azul pálido atravesaron varias veces la sombra, como si cayeran del lugar donde me había parecido ver los ojos.</p>
<p>Traté de hablar, pero me faltó la voz. Pude solamente pensar: «¿Es esto miedo? No, no es miedo». Traté de levantarme; en vano. De hecho, mi impresión era estar sujeto por una fuerza irresistible, como un inmenso abatimiento, una impotencia total de luchar contra una fuerza superior a las fuerzas humanas como la que se debe experimentar físicamente en una tempestad en el mar, en una explosión, o ante cualquier terrible bestia feroz, como un tiburón en el océano; pero en mí era una impresión moral. Otra voluntad se oponía a la mía, era más fuerte que la mía, como el rayo, el fuego o el tiburón son superiores, en fuerza material, al hombre.</p>
<p>Y ahora, a medida que esta impresión se desarrollaba en mí, era presa del horror, un horror tal que ninguna palabra podría describirlo. Únicamente el orgullo, sino el valor, me contenía aún, y pensaba: «Esto es el terror y no el temor; mi razón la rechaza. Una alucinación&#8230;, no tengo miedo».</p>
<p>Con un violento esfuerzo, conseguí al fin tender la mano hacia el arma colocada encima de la mesa, y cuando hacía este gesto recibí en el brazo y en el hombro un golpe tal, que mi brazo cayó inerte a mi lado. Y para aumentar aún el horror de la situación, la luz de las velas empezó a declinar suavemente, no era como si se hubieran apagado, sino que la llama parecía alejarse gradualmente y así sucedía también con el fuego; la luz se retiraba de los carbones; en algunos minutos, la habitación quedó sumida en la oscuridad.</p>
<p>La angustia que me cogió al sentirme en aquella habitación oscura, con aquella cosa oscura cuyo poder se hacía sentir tan intensamente, me produjo una reacción nerviosa.</p>
<p>De hecho, mi terror había alcanzado un grado tal que mis sentidos me abandonaron, y rompí el encanto. Lo rompí, efectivamente, pues encontré mi voz, pero esa voz era un grito penetrante. Recuerdo que aullé, estas palabras: «No tengo miedo, mi alma no teme nada», y en el mismo instante encontré fuerzas para levantarme. Inmediatamente, en las tinieblas, me precipité hacia una de las ventanas, corrí la cortina y abrí las persianas; mi primer pensamiento fue: «¡Luz!». Y cuando vi la luna alta, clara y tranquila, sentí una alegría tal, que era capaz de compensar mi terror precedente. Era la luna, y más luz de los faroles en la calle desierta.</p>
<p>Me volví hacia la habitación para mirar en el interior; la luna penetró en la sombra, muy débil, pero era la luz. Como quiera que fuese, la cosa había desaparecido; sólo había una sombra ligera que parecía ser la sombra misma de la otra sobre la pared opuesta. Mis ojos se volvieron entonces hacia la mesa, una vieja mesa de caoba que no cubría tapete alguno, y de debajo de esta mesa, surgió una mano, visible únicamente hasta el puño. Era una mano aparentemente de carne y hueso como la mía, pero la mano de una persona de edad, flaca, arrugada y pequeña, una mano de mujer. Se apoderó cuidadosamente de las cartas que se encontraban sobre la mesa; luego, cartas y mano se desvanecieron. En seguida se repitieron los tres golpes sordos que había oído a la cabecera de la cama, antes de que empezara aquel drama extraordinario.</p>
<p>Cuando cesaron, sentí que toda la habitación vibraba sensiblemente, y al extremo de ésta se elevaron, como apareciendo del suelo, unas gotas o bolas de luz coloreada, verdes, amarillas, rojas, azules. De arriba abajo, de atrás hacia delante, aquí y allá como un ballet, las gotas empezaron a hallar, lentas o rápidas, cada una según su capricho. Una silla se había movido y se había colocado al otro lado de la mesa. Y de repente, pareció salir la forma de una mujer. Era realmente como la forma de un cuerpo, como una pálida figura de muerta. El rostro era joven, de una extraña y conmovedora belleza. La garganta y los hombros estaban descubiertos, y el resto del cuerpo envuelto en un amplio vestido de un blanco de nube.</p>
<p>Estaba ocupada en peinar sus largos cabellos rubios que caían sobre los hombros, sus ojos no estaban vueltos hacia mí, sino que miraban hacia la puerta. En un plano alejado, la sombra se iba haciendo más densa. Y de nuevo, creí ver en lo alto dos ojos brillantes que parecían mirar la forma de la mujer sentada. Como viniendo de la puerta, aunque ésta permaneciera cerrada, surgió otra forma, igualmente clara, igualmente espantosa, la forma de un hombre, y de un hombre joven. Llevaba el traje del siglo pasado, o una imagen de este traje, pues ambos, hombre y mujer, no eran más que sombras impalpables, fantasmas, simulacros. Y había algo grotesco aunque aterrador en el contraste entre los aderezos rebuscados de sus formas corporales, con sus puños, sus puntillas y sus rizos, y el silencio de fantasmas de éstos. Cuando el fantasma del hombre se acercaba al de la mujer, la sombra se desprendió de la pared y los tres quedaron inmersos un instante en la oscuridad. Cuando el pálido resplandor apareció nuevamente, los dos cuerpos parecían presos en las garras de la sombra que se alzaba entre ellos; había ahora una mancha de sangre en el pecho de la mujer. El fantasma del hombre estaba empalado en su espada, y la sangre manaba rápidamente de los puños y de las puntillas; la sombra de la forma que se alzaba entre ellos los recubrió: habían desaparecido.</p>
<p>De nuevo, surgieron las bolas de luz y empezaron a viajar y a girar, haciéndose cada vez más numerosas y desordenadas en sus movimientos. La puerta que se encontraba a la derecha del hogar, cerrada hasta entonces, se abrió, y en el dintel apareció una mujer de edad. Tenía en sus manos las cartas, las mismas cartas sobre las que había visto cerrarse la mano. Detrás de ella, oí un paso. La mujer dio una vuelta alrededor de la habitación como para escuchar, y luego abrió las cartas y empezó a leerlas; por encima de su hombro, pude ver el rostro lívido de un ahogado, pálido e hinchado, con los cabellos llenos de algas; a sus pies, la forma de un cuerpo; al lado del cuerpo un niño acurrucado, un miserable niño, asquerosamente sucio, con un rostro hambriento y unos ojos de bestia acorralada. Cuando quise mirar el rostro de la vieja, las arrugas y los surcos desaparecieron, dando paso a una cara joven, de mirada dura y glacial, pero joven. Luego, la sombra recubrió la visión, y todo volvióse oscuro nuevamente.</p>
<p>Nada subsistía ya de todo aquello, más que la sombra sobre la que mis ojos se volvieron y permanecieron fijos hasta que vi aparecer de nuevo sus ojos, unos ojos malsanos de serpiente. Las pompas de luz reaparecieron también, y emprendieron su danza desordenada y turbulenta, mezclándose con los rayos de la luna. Ahora, de estas mismas partículas, nacían, como escamas de un huevo, cosas monstruosas que llenaron el aire; larvas exangües, tan repugnantes, que no puedo describirlas mejor que recordando al lector el movimiento intenso que únicamente el microscopio puede ofrecer a las miradas en una gota de agua, por ejemplo; cosas transparentes, viscosas, ágiles, persiguiéndose unas a otras, devorándose unas a otras, formas que jamás se han podido ver a simple vista.</p>
<p>Como sus contornos no tenían simetría, sus movimientos eran desordenados. No había ningún orden en sus evoluciones, giraban a mi alrededor, y me rodeaban cada vez más numerosas, rápidas y ligeras, apretándose encima de mi cabeza, trepando a lo largo de mi brazo derecho, que yo había alzado involuntariamente para protegerme. En ciertos instantes, me sentí tocado, pero no por ellas; eran unas manos invisibles que me tocaban. Una vez, experimenté la sensación de unos dedos suaves y fríos contra mi garganta. Tuve la impresión de que estaba en peligro, y concentré todas mis facultades en mi voluntad de defenderme y resistir. Antes que nada, aparté mi mirada de la sombra, de aquellos extraños ojos de serpiente, ahora netamente claros, porque sabía que era allí, y en ninguna otra parte a mi alrededor, donde residía la voluntad, una voluntad mala, intensa, creadora y activa, capaz de quebrar la mía.</p>
<p>La pálida atmósfera de la habitación, se iba haciendo roja como la atmósfera próxima a una explosión. Las repugnantes larvas seguían creciendo, y ahora parecían borbotear en un fuego. De nuevo la habitación vibró y dejó oír los tres golpes regulares; de nuevo todas las cosas cayeron en la sombra, como si fuera de ella que emanara todo, y a ella, que todo volviera.</p>
<p>Cuando la oscuridad cedió, la sombra había desaparecido. Solamente entonces, cuando se había alejado, volvió a encenderse la llama de las velas, y también el fuego del hogar. Toda la habitación se volvió calma, apacible, como antes de la visión. Las dos puertas se habían vuelto a cerrar, y la puerta de comunicación estaba cerrada bajo doble llave. En el rincón de la pared, donde se había acurrucado convulsamente, el perro seguía tendido. Le llamé, y no hizo ningún movimiento; me acerqué: el animal estaba muerto, con los ojos desorbitados, la lengua fuera, y la espuma en los labios. Experimenté una viva sensación de tristeza ante la pérdida de mi pobre compañero, y también un remordimiento. Me acusé de su muerte, y le creí muerto de miedo. Pero cuál no fue mi sorpresa al advertir que tenía la nuca rota. ¿Había ocurrido en la oscuridad? ¿No había requerido aquel acto la mano de un hombre como yo? ¿No había necesitado esta muerte de una influencia humana? Tenía una buena razón para creerlo. No puedo sacar deducciones, no puedo hacer otra cosa que relatar fielmente los hechos. Que el lector deduzca de ellos lo que le plazca.</p>
<p>Otra circunstancia sorprendente, mi reloj se encontraba de nuevo en la mesa, de dónde yo lo había visto desaparecer tan misteriosamente; pero estaba parado en el momento en que había sido, por así decirlo, raptado; y después, a pesar de toda la pericia del relojero, el hecho es que si se pone en marcha, lo hace de un modo extraño y poco corriente durante algunas horas, y se detiene luego en un punto muerto&#8230;, pero este detalle es insignificante.</p>
<p>No sucedió nada más durante el resto de la noche. Por otra parte, no tuve que esperar mucho la llegada del día, pero no quise dejar la casa encantada hasta que fuera día claro. Antes de irme, volví a la pequeña habitación donde mi criado y yo nos habíamos quedado emocionados. Tenía claramente la impresión -y no sé claramente por qué- de que era en aquella habitación donde se encontraba el mecanismo del fenómeno que había tenido sus efectos en la mía.</p>
<p>Y aunque entrase ahora, a plena luz del día, con el sol brillando a través de los cristales, sentí subir del suelo aquella misma impresión de horror que había experimentado la víspera, agravada ahora por todo lo que había sucedido en mi habitación. No pude soportar el permanecer allí más de medio minuto; bajé las escaleras, y oí otra vez con claridad unos pasos delante de mí. Cuando abrí la puerta de la calle, oí claramente una ligera risa. Volví a mi domicilio, creyendo encontrar a mi cobarde criado. Pero no había hecho aún su aparición. No supe nada más de él durante tres días, fecha en que recibí una carta procedente de Liverpool. Hela aquí.</p>
<p>«Señor, le pido humildemente perdón, aunque apenas puedo creer que me lo conceda, a menos que, y Dios no lo quiera, no haya visto usted lo que yo vi. Sé que necesitaré años para recobrarme. En cuanto a hallarme en estado de servir, desde luego que no. Me voy, pues, a Melbourne, a casa de mi cuñado. El barco sale mañana. Tal vez el largo viaje me hará bien. No hago más que estremecerme y temblar e imaginarme que &#8220;aquello&#8221; me persigue. Le ruego humildemente, señor, que haga enviar mis ropas y los sueldos que me debe, a mi madre, en Walworth. John sabe su dirección.»</p>
<p>La carta terminaba con otras excusas, un poco incoherentes y detalles explicativos concernientes a los bienes de los que él se había ocupado.</p>
<p>Esta defección podrá tal vez suscitar la sospecha de que el hombre tenía deseos de ir a Australia y se había aprovechado fraudulentamente de los acontecimientos de la noche. No veo nada que pueda refutar esta opinión; aún más, pienso que les parecerá a muchas personas la solución más probable de estos sucesos inexplicables. Mi fe en mi propia teoría permanece íntegra. Volví por la noche a la casa, con desconfianza, para recoger los objetos que había dejado allí y el cuerpo de mi pobre perro.</p>
<p>Nadie me turbó en mi tarea, y no se produjo ningún incidente notable, excepto al subir y bajar las escaleras, que oí otra vez el ruido de pasos.</p>
<p>Al salir de la casa, me dirigí a casa de mister J&#8230; Le devolví las llaves, le dije que mi curiosidad estaba ampliamente satisfecha y empecé a relatarle rápidamente lo que había sucedido; pero él me hizo callar y me dijo, muy cortésmente, que no encontraba ningún interés en un misterio que jamás había sido resuelto.</p>
<p>Me decidí finalmente a hablarle de las dos cartas que había leído, así como de la manera extraordinaria como habían desaparecido, y le pregunté si habían sido dirigidas a la mujer que había muerto en la casa, y si había en su historia alguna cosa que pudiera confirmar las sospechas que estas cartas podían suscitar. Mister J&#8230; pareció estremecerse, y después de haber reflexionado durante algunos minutos, respondió:</p>
<p>-Sé pocas cosas de la historia de esta mujer, salvo, como le he dicho ya, que su familia conocía a la mía. Pero usted reaviva algunas vagas sospechas que alimenté en otro tiempo contra ella. Voy a hacer una encuesta y le informaré del resultado. Y entre tanto, incluso aunque podamos admitir la creencia popular en el hecho de que una persona que ha sido durante su vida el autor o la víctima de un crimen puede volver después de su muerte al teatro de sus crímenes, haré observar que la casa ya estaba frecuentada por extrañas visiones y ruidos raros antes de que esta mujer muriese. ¿Sonríe usted? ¿Qué piensa?</p>
<p>-Digo que estoy convencido de que si vamos hasta el fondo del misterio, encontraremos alguna influencia humana en la base de todo esto.</p>
<p>-¿Cómo? ¿Cree usted en una impostura? ¿Por qué razón?</p>
<p>-No en una impostura en el sentido ordinario de la palabra. Si yo estuviera sumido en un profundo sueño del que no pudiera usted despertarme, y en este sueño pudiera responder a preguntas con una precisión de la que sería incapaz estando despierto podría decirle, por ejemplo, cuánto dinero tiene usted en los bolsillos, o escribirle sus propios pensamientos, no es necesariamente una impostura, pero tampoco un efecto sobrenatural. Yo podría estar, sin saberlo, sin estar presente en mí mismo, bajo una influencia mesmérica impuesta a distancia por una persona que hubiera adquirido sobre mí un poder cualquiera en un encuentro precedente.</p>
<p>-Pero si bien un hipnotizador puede afectar de este modo a una persona viva, ¿le cree usted capaz de influir objetos inanimados, de desplazar sillas, o de abrir puertas?</p>
<p>-¿O de impresionar a los sentidos con el fin de hacerle creer en tales efectos, si usted no ha estado nunca en relación con la persona en cuestión? No. Lo que comúnmente se llama mesmerismo, no podría lograrlo; pero puede existir un poder semejante, o hasta superior al mesmerismo, tal como el llamado antiguamente «magia». No llegaré a afirmar que un poder semejante pueda estar igualmente aplicado a los objetos materiales. Pero si fuera así, no sería contra la Naturaleza, sería, por el contrario, un raro poder que ésta otorga a ciertas constituciones particulares y cultivado por la práctica hasta llegar a un grado extraordinario. Que un poder semejante pueda obrar sobre un muerto, es decir, sobre ciertos pensamientos y recuerdos que el muerto pueda conservar, y obligar a que se haga aparente a nuestros sentidos, no lo que algunos llaman vulgarmente «el alma», lo cual está más allá del alcance humano, sino más bien algo como un fantasma de lo que ha sido en la tierra el soporte visible, esto es una teoría muy antigua, y un poco pasada de moda sobre la cual no aventuraría ninguna opinión. Pero no puedo admitir que este poder sea sobrenatural. Déjeme ilustrar lo que acabo de decir, con una experiencia de Paracelsus, descrita como fácil de hacer y que el autor de Curiosities of Literature cita como prueba: «Una flor se marchita. La quemáis. Allí dónde han ido los elementos de esta flor, cuando estaba viva, no lo sabéis; no podréis encontrarlos ni reunirlos. Pero podéis, por medio de la química, de las cenizas de esta flor, hacer surgir un espectro de ésta, con todas las apariencias de vida». Puede suceder así con los humanos. El alma ha escapado como la esencia o los elementos de la flor&#8230; Pero podéis resucitar un espectro. Y este fantasma, aunque la creencia popular lo tenga por el alma del difunto, no debe ser confundido con ella. No es más que una imagen del muerto. Lo que más nos sorprende en las más acreditadas historias de fantasmas, es la ausencia de lo que llamaremos «alma», es decir, de una inteligencia superior libre de toda traba. Estas apariciones salen generalmente de pequeños objetos o de la nada. Hablan raramente, y si esto sucede, expresan ideas que no son superiores a las de la mayoría de los mortales. Espiritistas americanos han publicado volúmenes de comunicaciones en prosa o en verso, que dicen y afirman haber sido hechas por los muertos más ilustres, Shakespeare o Bacon. Estas comunicaciones no son ciertamente de otro orden que las que habrían hecho personas de un cierto talento y de una cierta educación aún en vida; son, en todo caso, sorprendentemente inferiores a lo que Shakespeare, Bacon o Platón, escribieron, en vida. Y lo que es más notable todavía, no contienen ninguna idea que no existiera ya sobre la tierra. Por ello, si tales fenómenos, admitiendo que sean reales, pueden existir, veo que muchos de ellos la filosofía los puede poner en duda, pero ninguno que pueda negar, y en todo caso, ninguno que sea sobrenatural. Son únicamente ideas transmitidas de una manera o de otra -no hemos descubierto aún el medio- de un espíritu mortal a otro espíritu mortal. Igualmente, aunque el hecho de hacer bailar a las mesas, de hacer aparecer formas en un círculo mágico o manos sin cuerpos apoderándose de ciertos objetos, o una sombra como la que se me apareció a mí, hiele la sangre, estoy convencido de que todo está transmitido por agentes materiales tales como ondas eléctricas. En ciertos organismos existen causas químicas que pueden producir efectos seudomilagrosos de naturaleza química; en otros circula un fluido eléctrico, y estos últimos pueden dar nacimiento a fenómenos eléctricos. Estos fenómenos no difieren de la ciencia ordinaria más que en esto: que no tienen fin, ni objeto, son totalmente pueriles y fútiles. No conducen a ningún resultado práctico, y por esta razón, el mundo no los tiene en cuenta y los verdaderos sabios no los han cultivado. Pero estoy absolutamente seguro de que en el origen le todo lo que he visto u oído, se encuentra un hombre como yo; y estoy inconscientemente convencido de su existencia tan sólidamente como de sus efectos, por la razón siguiente: me ha dicho usted mismo que no ha habido dos personas que hayan observado los mismos fenómenos. ¡Pues bien! Observe igualmente que no existen dos personas que hayan tenido jamás el mismo sueño.</p>
<p>Si se tratara de una impostura corriente, la maquinación estaría construida para dar resultados apenas diferentes: si se tratara de un hecho de orden sobrenatural, emanando del Todopoderoso, se produciría igualmente con un objeto bien definido Estos fenómenos no pertenecen, pues, a ninguna de estas dos clases. Mi opinión es que proceden de un espíritu en este momento muy alejado, y que no tiene intenciones muy claras; que estos hechos son el resultado de pensamientos desviados, inestables, cambiantes y a medio formar; en una palabra, que pueden ser los sueños de este espíritu, puesto en acción, y hechos sustánciales sólo a medias; que este espíritu posee un inmenso poder, capaz de poner la materia en movimiento, que es malvado y destructivo. Creo en una fuerza material que ha matado a mi perro, y esta fuerza hubiera sido suficiente para matarme, si me hubiera dejado subyugar por el terror, como fue el caso de mi perro, si mi inteligencia y mi espíritu no me hubieran dado la fuerza de resistir por medio de la voluntad.</p>
<p>-¡Ha matado a su perro! Es aterrador. Efectivamente, es muy extraño que ningún animal haya podido resistir el permanecer en aquella casa; ni siquiera un gato. Además, no hay ratas ni ratones.</p>
<p>-El instinto de los animales les hace descubrir las influencias nefastas a su existencia. La razón humana es menos sutil, pero es más resistente. Ya basta. ¿Ha Comprendido usted mi teoría?</p>
<p>-Sí, aunque imperfectamente. Y acepto esta fantasía (y perdone el término), aunque llena de rarezas, más fácilmente que la noción de fantasmas y de espectros de la que estamos embebidos desde la infancia. Pero en cuanto a mi pobre casa, el mal sigue siendo, el mismo. ¿Qué podré hacer de ella?</p>
<p>-Voy a decirle lo que yo haría. Estoy íntimamente convencido de que la pequeña habitación sin amueblar, que se encuentra a la derecha de la puerta de la habitación que yo he ocupado, es el punto de partida, receptáculo de las influencias que encantan la casa y le aconsejo que desguarnezca las paredes, que cambie el suelo, e incluso que la destruya completamente. He observado que se aparta del cuerpo principal, que está construida por encima del patio, y que podría ser demolida sin causar perjuicio al resto de la mansión.</p>
<p>-Y piensa usted que haciendo esto&#8230;</p>
<p>-Tendrá que cortar los hilos del telégrafo. Pruébelo estoy convencido de que tengo razón, y quiero pagar la mitad de los gastos, si usted me permite que dirija los trabajos.</p>
<p>-No, puedo soportar los gastos. En cuanto a lo demás, permítame que le escriba.</p>
<p>Unos diez días más tarde, recibí una carta de mister J&#8230; diciéndome que había visitado la casa después de nuestra entrevista; que había encontrado las de cartas que yo había descrito y las había vuelto a guardar en el cajón de donde las había sacado; que las había leído con la misma desconfianza que yo y que había empezado una encuesta concerniente a la mujer a quien yo sugerí que las cartas, habían sido escritas. Parece ser que treinta y seis años antes, un año antes de la fecha de las cartas, la mujer se había casado en contra de la opinión de los suyos con un americano de un carácter muy especial; de hecho, siempre había sido considerado como un pirata. La mujer era la hija de unos comerciantes dignos, y había ocupado el cargo de directora en un parvulario, antes de su matrimonio.</p>
<p>Tenía un hermano rico, según decían, padre de un niño de seis años. Un mes después de la boda, el cuerpo de este hermano había sido encontrado en el Támesis cerca del puente de Londres, llevaba en el cuello señales de violencia, pero los indicios no eran suficiente para clausurar la encuesta de otro modo que con esta palabras. «Encontrado ahogado». El americano y la mujer tomaron al niño a su cargo, pues el hermano difunto había manifestado en vida la voluntad de que su hermana se ocupara de él, y si a él le sucedía algo la instituía como heredera. El niño murió seis meses después; se supone que fue por causa de negligencia y de malos tratos. Los vecinos atestiguaron haber oído gritos durante la noche. El cirujano que le examino después de su muerte, dijo que estaba subalimentado y que su cuerpo estaba cubierto de señales lívidas: Parece ser que durante una noche de invierno, había tratado de escaparse, había saltado al patio, y tras intentar escalar el muro, había sido encontrado por la mañana, muerto sobre las piedras. Pero aunque hubo evidencia de crueldad, no había prueba alguna de asesinato, y la tía y su marido pudieron excusarse, alegando la excesiva insubordinación y la perversidad del niño, al que otros tachaban de pobre de espíritu. Sin embargo, tal como debía suceder a la muerte del huérfano, la tía heredó la fortuna de su hermano.</p>
<p>Antes de que hubiera terminado el primer año de matrimonio, el americano abandonó Inglaterra y no apareció más por aquí. Consiguió pasaje en un barco que se hundió con cuerpos y bienes en el Atlántico dos años más tarde. La viuda vivía en la opulencia. Pero algunos reveses de fortuna se abatieron sobre ella. Un banco quebró, fue perdida una inversión, emprendió un pequeño comercio y fue reconocida como insolvente; fue bajando cada vez más, desde gobernante hasta criada para todo, no pudiendo conservar ningún empleo, aunque jamás tuvieron que achacarle nada decisivo. Estaba considerada como una mujer sobria, honesta y particularmente tranquila en sus costumbres; y no obstante, todo le salía mal; de este modo, había acabado por caer en la «casa de trabajo» de donde mister J&#8230; la había sacado para emplearla en la misma casa donde había reinado como dueña durante el primer año de su matrimonio.</p>
<p>Mister J&#8230; añadía que él había pasado una hora solo en la habitación vacía que yo le había aconsejado que derribara, y que su impresión de angustia había sido tal, aunque no hubiera oído ni visto nada, que se había decidido a desguarnecer las paredes y a cambiar el recubrimiento del suelo, tal como yo le había aconsejado. Había contratado personal para este efecto, e iban a empezar el día que yo tuviera a bien indicarle. El día fue fijado. Me dirigí a la casa encantada; entramos en la lúgubre habitacioncita, levantamos el plinto y luego el recubrimiento del suelo. Bajo las vigas encontramos, cubierta de basura, una trampa apenas lo bastante ancha para permitir el paso de un hombre.</p>
<p>Estaba cerrada con candados y remaches. Al abrirla, descubrimos una pequeña habitación, de cuya existencia jamás se había sospechado. En aquella habitación había una ventana y una chimenea, pero, con toda evidencia, habían sido tapiadas las dos, muchos años antes. Con la ayuda de velas, examinamos el lugar. Contenía únicamente algunos muebles carcomidos, tres sillas, un banco de encina, una mesa, todo del estilo de hace ochenta años. Había una cómoda junto a la pare donde encontramos, medio podridos, los objetos de vestir como los usaban, hace un siglo, los caballeros de algún rango; hebillas de acero y botones como llevan aún ahora en las levitas, una elegante espada y en un traje que en otro tiempo había estado adornado con encajes de oro, pero que actualmente estaba negrecido y sucio por la humedad, encontramos nueve guineas, algunas monedas de plata y una ficha de marfil probablemente para una recepción de hacía mucho tiempo. Pero nuestro principal descubrimiento fue una especie de caja fuerte de hierro, fija a la pared, que nos costó mucho trabajo abrir.</p>
<p>En aquel cofre encontramos tres departamentos, dos pequeños cajones. Alineadas sobre las tablas, había unas botellitas de cristal herméticamente cerradas. Contenían esencias volátiles incoloras, sobre las cuales diré únicamente que no eran venenos; el fósforo y el amoniaco entraban en la composición de algunas de ellas. Encontramos también unos curiosos tubos de cristal, una pequeña barrita de hierro, con una pesada maza de cristal de roca y otra de ámbar, así como un poderoso imán.</p>
<p>En uno de los cajones encontramos una miniatura en oro, cuyos colores tenían una frescura notable aún a costa del tiempo que hacía que se hallaba allí. El retrato era el de un hombre de edad madura, de unos cuarenta y siete o cuarenta y ocho años Era un rostro sorprendente, de los más impresionantes. Si pueden ustedes imaginar alguna enorme serpiente transformada en hombre y conservando, bajo los rasgos humanos, el carácter de la serpiente, tendrán una imagen mejor de la que podría ofrecerles una descripción. Estos eran los rasgos: amplitud y llaneza de la frente, elegancia puntiaguda de los contornos, suavizando la fuerza de una mandíbula implacable, la mirada alargada, grande terrible, con destellos verdosos como la esmeralda, una especie de tranquilidad imperturbable, como nacida de la conciencia de un inmenso poder.</p>
<p>Maquinalmente, di vuelta a la miniatura para examinar el reverso, y en la cara posterior observé un pentágono grabado. En medio de éste una escalera cuyo tercer peldaño estaba formado por la fecha de 1765.</p>
<p>Al mirar desde más cerca, encontré un resorte; apretando éste, se abría la parte posterior de la miniatura como una tapadera. En el lado interior de la tapadera, estaba grabado: «A ti, Mariana, sé fiel en la vida y en la muerte a&#8230;»</p>
<p>Aquí seguía un nombre que no mencionaré, pues me resultaba algo conocido. Lo había oído mencionar a los viejos en mi juventud como perteneciente a un charlatán famoso que había causado sensación en Londres durante un año, y había huido del país bajo acusación de doble asesinato, perpetrado en su propia casa, de su amante y su rival. No dije nada de ello a mister J&#8230;, a quien entregué la miniatura.</p>
<p>Habíamos abierto sin dificultad el primer cajón del cofre, pero nos costó mucho trabajo abrir el segundo: no estaba cerrado con llave, pero resistió a todos los esfuerzos, hasta que insertamos en la hendidura la hoja de un cuchillo. Cuando lo abrimos, encontramos en su interior un singular aparato de los más perfectos en su género.</p>
<p>Sobre un librito delgado, una plaqueta más bien, se encontraba un platillo de cristal lleno de un líquido claro sobre el que flotaba una especie de brújula cuya aguja giraba rápidamente. Pero en lugar de los signos ordinarios de la brújula, se podían leer siete extraños caracteres, bastante semejantes a los que utilizan los astrólogos para designar a los planetas, Un olor particular, ni fuerte ni desagradable, salía de aquel cajón recubierto de una madera que enseguida identificamos como nogal.</p>
<p>Cualquiera que fuera la causa de aquel olor, producía un extraño efecto sobre los nervios. Experimentamos los dos, así como los dos obreros que se encontraban en la habitación, una sensación de dolor agudo que iba del extremo de los dedos hasta la raíz de los cabellos. Impaciente por examinar la plaqueta, cogí el platillo. Al hacer esto, la aguja de la brújula se puso a girar a una velocidad excesiva y sentí un golpe que se extendió por todo el cuerpo, tan fuerte, que dejé caer el platillo al suelo. El líquido se derramó, el platillo se rompió, la brújula rodó hasta el extremo de la habitación y en el mismo instante, las paredes temblaron como si un gigante las hubiera sacudido.</p>
<p>Los dos obreros se quedaron tan asustados, que se lanzaron a la escalera por la que habían bajado a la habitación.</p>
<p>Entre tanto, ya había abierto la plaqueta. Estaba encuadernada con cuero y cierre de plata. Contenía una única hoja de pergamino, y en aquella hoja estaba escrito en el interior de un doble pentágono, en viejo latín monástico, una frase que se puede traducir literalmente por estas palabras: «Sobre todo objeto palpable que se encuentre en esta casa, animado o inanimado, vivo o muerto, como se mueven las agujas, así actúa mi voluntad. Maldita sea la casa y que sus habitantes sean atormentados para siempre».</p>
<p>No encontramos nada más. Mister J&#8230; quemó la plaqueta y su anatema. Arrasó hasta los cimientos la parte del edificio que ocultaba la habitación secreta, y la que se encontraba encima de ella. Tuvo entonces el valor de vivir él mismo en la casa durante un mes, y no pudo encontrarse en todo Londres una casa más tranquila y más confortable.</p>
<p>En consecuencia, la alquiló, y su inquilino no se quejó jamás.</p>
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		<title>La muerte jamás podrá vencerme</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 08:59:36 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-876 alignleft" title="labellamuerte" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/06/labellamuerte.jpg" alt="" width="415" height="480" />El humo del incendio y el nauseabundo hedor a carne quemada que desprende su cuerpo penetra en torrente por mis fosas nasales, y sobretodo, por mi boca. Trato de cubrirme con la camisa destrozada, que pende de mi cuerpo como si fuera un pendón quemado, pero la tela está tan agujereada y agrietada, que lo mismo da.<br />
Mi cuerpo se retuerce, tembloroso y exhausto, como consecuencia de las incesantes y violentas arcadas a las que se ve sometido.<br />
Me invade una sensación extraña, vagamente familiar, como si el hedor fuera un organismo vivo que se deslizara garganta abajo, y el humo, una tela invisible que obstruyera mis vías respiratorias.<br />
Un regusto repugnante, similar al que uno percibe después del vómito, se instala en mi paladar con la intención de alojarse, quizá para siempre; y la impresión de asfixia, cuyos primeros síntomas comencé a notar hará más de diez minutos —casi con la primera de las detonaciones—, no hace sino aumentar su virulencia.<br />
El dolor de cabeza es insoportable, como si la broca de un taladro, manejado por manos inexpertas, tratara de perforarme la sien izquierda.<br />
Nunca imaginé que un incendió pudiera ocasionar semejante ruido.<br />
Me cuesta pensar con claridad. Mi mente parece una animal torpe y lento, encerrado en el más peligroso e intrincado de los laberintos. Concentrarme, se me antoja la más sádica de las torturas imaginables. Los pensamientos se evaporan con la misma celeridad con que son concebidos.<br />
Necesito silencio, despejar mi mente… aislarme del infierno sonoro que me rodea.<br />
El humo, además de negarme el oxígeno e intoxicar mis pulmones, despierta en mí, un llanto descontrolado y provoca que las cosas materiales que me rodean se tornen formas espectrales, que danzan a mí alrededor sin ningún patrón racional.<br />
No logro siquiera ubicarme. ¿Dónde estoy? Cómo he podido perder toda referencia espacial, en cuestión de segundo.<br />
Me siento tan aturdido y desorientado que ni siquiera sé hacia dónde debo correr para huir. Temo dirigirme directamente hacia las llamas, la cuales braman, amenazadoras, al amparo del denso humo que lo devora todo.<br />
Me percibo irreal, como si fuera el protagonista de una pesadilla y me hallara próximo al inminente último sobresalto; aquel, que te hace despertar empapado en sudor frío.<br />
Esto no puede estar pasando; no, a mí. Creí ser bastante más precavido. Vivir durante cientos de años, debería conllevar aprendizaje, maldita sea. Tendría que haber estado preparado para enfrentarme a algo así. Cómo pudo pillarme con la guardia tan baja. Ni siquiera lo vi venir.<br />
Fui un completo idiota. Me metí de cabeza en la boca del lobo.<br />
¡Déjalo! Tienes que centrarte en salvar el pellejo. ¡Vamos, piensa!<br />
Durante siglos he salido indemne cada vez que la muerte ha tenido a bien dirigir sus cuencas vacías hacia mí. Estoy convencido de que, aunque me quedara aquí, de pie, como un idiota, no moriría. El fuego abrasaría mi piel, sí. Probablemente, sufriría el mayor de los tormentos&#8230; Pero el incendio desatado, no podría matarme.<br />
Recuerdo que pasé por una experiencia similar, hace muchísimo tiempo.<br />
Viajé al nuevo mundo con el fin de empezar una nueva vida, lejos de aquellos que me conocían, tras fingir mi propia muerte y huir, a escondidas, como un vulgar ladrón, abandonando tanto mis posesiones más preciadas, como a mis seres más queridos, de la, ya por entonces, vieja Europa. <span id="more-875"></span><br />
Tras meses de travesía, alcancé el nuevo mundo y me instalé en una pequeña colonia pesquera. Fui feliz durante un tiempo. Pero mis vecinos, con quienes había compartido mesa y mantel, me acusaron de brujería.<br />
En cuestión de días, fui juzgado culpable y condenado a morir en la hoguera.<br />
Para espanto de quienes asistieron a mi ejecución, y para mi eterna vergüenza, cuando las últimas ascuas se apagaron, los restos de lo que fue un ser humano, antes de que el fuego lo consumiera casi hasta el hueso, aún se movían, grotescamente.<br />
Aquella misma noche, los locos puritanos, llenos de horror, ante lo que consideraron como una prueba irrefutable de la existencia del Diablo, decidieron que lo mejor sería enterrarme en la fosa más honda que pudieran cavar; y así, lo hicieron.<br />
Pasé más de un año, enterrado vivo, a decenas de metros de la superficie, en tierra impía, aletargado, sin necesidad de oxígeno o alimento, sumido en una especie de estado vegetativo, mientras tenía lugar una horripilante regeneración corporal: piel, cartílagos, tendones, músculos y huesos crecieron de la nada.<br />
El dolor que sufrí durante dicho proceso, fue inhumano.<br />
Ignoro si todo el mundo puede prolongar su vida, gracias a la simple voluntad de no morir; o si, por el contrario, mi condición, nada tiene que ver con la razón, y sí, todo, con la genética y la evolución.<br />
De lo que sí estoy completamente seguro, es de que no quiero pasar una segunda vez por lo mismo. De ninguna manera.<br />
Si existe alguna forma de salir medianamente entero de este infierno, pienso aferrarme a ella con uñas y dientes.<br />
Miro a mí alrededor, analizando la situación en la que me encuentro. Y lo hago, guardando toda la calma que me es posible. Dadas, claro, las circunstancias.<br />
A unos metros de donde me encuentro, fuera ya de mi alcance, y en consecuencia, de cualquier probabilidad de salvación, veo al padre Daniel. A quien el azar cruzo en mi vida, cuando yo vagaba sin rumbo por la calles de Arles. Y a quien el resto del mundo denomina de un modo bastante más rimbombante.<br />
Ahora es cuando tratáis de aguantar la carcajada y evitáis reíros de mí. Nuestro Señor Jesucristo, le dicen. No, no se me ha ido la cabeza, es Él.<br />
Sí, aquel individuo que tuvo que padecer un infierno en la tierra, para salvar las almas de los mismos hombres que le martirizaron hasta la muerte.<br />
Él quiso enseñarles el camino del cielo, y ellos le mostraron, a su vez, el camino del infierno.<br />
Y mientras el hijo sufría, ¿qué hacía el Padre?<br />
Pues nada. Simplemente, dejó que ocurriera. Se limitó a contemplarle sangrar, sin levantar un solo dedo en su defensa. Los milagros necesitan de grandes sacrificios, debió pensar, el muy cabrón.<br />
Como os imaginaréis, no todo lo que os han contado fue real. Todas las historias que se narran en este mundo están pasadas por el tamiz de los intereses. Los hechos son de quien los cuenta, no de quien los viven.<br />
Pasé más de tres años conviviendo con el padre Daniel, quien me acogió sin hacer preguntas y sanó mi mente; muy maltrecha por aquel entonces.<br />
El aburrimiento y la desidia no son buenos aliados para quien es consciente de su propia inmortalidad.<br />
Lo que iba a ser una convivencia de días, se convirtió en una estancia de meses. Y los meses, a su vez, se transformaron en años. Incluso llegué a establecerme en la deliciosa localidad de Arles, como un vecino más, y creé mi pequeño círculo de amigos; gracias, en gran medida, al apoyo del Padre Daniel.<br />
La amistad que se fraguó entre ambos fue tal, que pronto decidimos ser sincero el uno con el otro, y desvelar un secreto que, ni el uno ni el otro, sabíamos que, a grandes rasgos, era compartido.<br />
El me contó que no hubo renacimiento. Pues nunca llegó a morir, para después resucitar. Cuando se hallaba próximo al sueño eterno, fue descolgado de la cruz por sus seguidores más fieles y llevado a un lugar secreto. Ahí, a pesar de la agonía, me confesó que disfrutó de los que fueron los días más felices de su larga existencia. María Magdalena le amó, le alimentó y le ayudó a sanar.<br />
Una vez curado, y tras entregarle su sabia a su amada, en una noche de tórrida pasión, Jesús se despidió para siempre, e hizo del sacrificio su único amor verdadero.<br />
Sabía que el hombre debía desaparecer, para que el mito pudiera tornarse eterno; y lo aceptó, en buena lid.<br />
Pero también era consciente de que mientras todos pensaran que había muerto, no había necesidad ninguna de morir. Así que Jesús, a medida que iba creando nuevas identidades, vagó, solo, durante milenios, recorriendo el globo terráqueo, sin que nadie, hasta mi llegada, claro, supiera nunca de su origen.<br />
Me imagino que tuvo que resultarle muy duro pasar inadvertido, cuando su imagen era venerada por un gran porcentaje de la población… pero nunca pensé hasta qué punto.<br />
Ahora, aquel que adoran miles de almas, y quien su padre no había hablado desde que éste cumpliera su cometido, se está carbonizando, literalmente, abrasado por las lenguas de fuego que lamen su cuerpo.<br />
Apenas puedo verle desde donde me encuentro.<br />
Parece una sombra trémula, bañada por los focos de un escenario improvisado. Se mueve a cámara lenta, girando en un radio de poco más de un metro. Va, y viene.<br />
¿Por qué lo hizo? ¿Por qué decidió atentar, de pronto, pasados los siglos, contra sus propios feligreses? ¿Qué pudo pasar dentro de su cabeza? ¿Qué le indujo a cometer un acto tan demencialmente desproporcionado? ¿Es verdad que el camino del inmortal está condenado a concluir siempre en la senda de la locura? ¿Qué la mortalidad solo existe con el propósito de que el tiempo no destroce la cordura de los hombres y mujeres que habitan este mundo?<br />
Dudo que obtenga jamás respuestas que calmen mi desasosiego.<br />
Si hay algo que es descubierto con el transcurrir de los siglos, es que no existe una respuesta racional que explique las acciones perpetradas por un ser pasional. Y más que nos pese, el ser humano se mueve por pulsiones tan primarias y elementales como las que rigen la conducta del resto de especies con las que comparte el mundo.<br />
Creemos que la razón nos sitúa por encima del resto de animales, cuando sólo nos hace más conscientes de nuestra propia irracionalidad.<br />
Daniel no parece querer escapar de las llamas que le acorralan. Más bien al contrario, casi parece ir a su encuentro. Creo que su boca tiembla o balbucea, pero soy incapaz de distinguir si grita, jadea o solloza. El ruido de los cimientos de la Catedral de Arles, desmoronándose encima de nuestras cabezas, silencia todo lo demás.<br />
No puedo estar seguro, dado lo nublado de mi visión, pero creó que su brazo izquierdo, cuelga, separado unos centímetros del hombro. Probablemente, haya sido como consecuencia de la onda expansiva, provocada por la detonación de los explosivos, adheridos con esparadrapo a su torso. Y esa misma onda expansiva, puede haber destrozado más, mucho más, de lo que puedo ver desde aquí.<br />
Pero todo son suposiciones, pues sólo atisbo una sombra que en nada se parece ya a un hombre.<br />
Mejor así, nulo de claridad. No deseo ver las amputaciones y heridas que debe de haber sufrido su cuerpo. Me niego a convertir el dolor en un símbolo antropomórfico. Este hombre merece ser recordado de la forma en qué vivió; y no, del modo en qué murió.<br />
Al diablo con todos aquellos católicos ortodoxos, sadomasoquistas; incapaces de contemplar el amor desde otra óptica diferente al dolor. Me niego a lapidar en mi mente el horror que mis ojos atisban ahora mismo.<br />
Mi cuerpo reacciona como un resorte, dando un rápido traspiés hacia atrás, y luego, empezando una frenética y ciega marcha hacia delante, mientras los cascotes se desprenden y resquebrajan el suelo a mi paso.<br />
Poseído por una furia irracional, como un animal enrabietado, plenamente consciente de que la muerte es su único destino, me pongo a correr entre las llamaradas; ignorando la agonía que se expande por mi sistema nervioso, cada vez que las lenguas de fuego lamen mi piel.<br />
No sé hacia dónde voy, ni qué hago, en realidad. Sólo corro.<br />
En un instante, mi cuerpo queda envuelto por el fuego, asemejándose mi figura a la de un Ave Fénix; y la piel que le viste, ya ennegrecida, se desprende a jirones. Incluso, si no fuera porque todo ocurre demasiado rápido, y mi mente va por detrás de mi instinto, juraría que mi corazón deja de latir durante unos segundos.<br />
El dolor alcanza su grado sumo, cuando atravieso las enormes puertas que dan a la escalerilla de piedra que, a su vez, desembocan en la preciosa plaza de Arles. Aunque los portones ceden y se abren al impactar contra mi hombro, mis maltrechas articulaciones parecen desencajarse con el golpe; y siento como se astillan y quiebran todos y cada uno de mis huesos.<br />
Salgo despedido hacia delante y ruedo escaleras abajo. Un segundo después, noto la brutal acometida de un chorro de agua, a máxima presión.<br />
Me retuerzo torpemente por el suelo, tratando de ver lo que ocurre a mí alrededor, cuando la tormenta de agua, que apenas dura unos segundos, parece disiparse, como si nunca hubiera existido.<br />
Una multitud difusa, ribeteadas por una mezcolanza de rojos, azules y naranjas, me observan, con ojos aviesos, tras la cinta de plástico blanca, que se empeñan en comprobar cuán elástica puede llegar a ser.<br />
Puedo percibir la sorpresa y el miedo en sus miradas, sin apenas valerme de la nitidez.<br />
Hombres y mujeres me rodean y vociferan cosas que no puedo entender.<br />
En ausencia del crepitar del fuego, el ruido del mundo se restaura. Me siento incapaz de abordar y organizar la telaraña de sonidos que saturan mi cerebro.<br />
Algo viscoso se desprende y se desliza por mi cara, como si fuera la yema de un huevo frito. Da la impresión de que la tez se está desprendiendo, literalmente, del hueso. Me percato, con espanto, de que mis ojos no están mirando en la misma dirección. Uno ve a la gente que, ahora, parece retroceder un poco; el otro, sólo puede ver la carne ennegrecida de mi pecho.<br />
Quizá lo que noté deslizarse por mi mejilla, mientras huía de las llamas, no fueran lágrimas, como pensé, en un principio.<br />
Estoy vivo, supongo.<br />
Miro a mí alrededor, pero las cosas que veo están demasiado borrosas.<br />
Camino, tambaleante, hacia la multitud. Algo no va bien.<br />
¿Qué hacen? ¿Qué les pasa? ¿Están gritando? Sí creo que, sí. ¿Por qué gritan? ¿De qué tienen miedo? ¿De mí?<br />
Trato de avisarles de que aún queda una persona con vida dentro de la Catedral… pero mis cuerdas vocales sólo son capaces de emitir un grotesco sonido.<br />
Espera, espera… Alguien también me está hablando con una especie de megáfono:<br />
Padre Daniel… Por favor… No me obligues…<br />
No puedo entender todo lo que me dice. Trato de acercarme, hacia donde proviene la voz, para intentar escucharle mejor.<br />
La gente grita.<br />
Oigo un estruendo, y mi rodilla se hunde hacia dentro.<br />
Pierdo el equilibro.<br />
Otro estruendo, y me desplomo.<br />
¿Me están disparando?<br />
Vuelvo a levantarme.<br />
A duras pena logro mantenerme siquiera en pie. Me siento tan cansando.<br />
Aún así, prosigo mi marcha, renqueante, mientras trato de preguntar por qué. Sólo consigo emitir un gruñido. Otro estruendo más, y mi mandíbula parece explotar. Sangre y hueso saltan por los aires.<br />
Una de mis manos se aferra, trémula, a mi estómago. Descubro que hay algo adherido donde ésta se ha posado. Su tacto… esparadrapo. Sí, es esparadrapo.<br />
Miro por encima del hombro, y veo que la Catedral de Arles se extiende, intacta y majestuosa, como si quisiera alcanzar el cielo.<br />
No entiendo nada de lo que está ocurriendo. Todo es tan confuso.<br />
Noto como mi otra mano se alza, al mismo tiempo que la gente retrocede y mi visión se transforma en un sin sentido.<br />
¡¿Qué está pasando?!<br />
Grito de rabia e impotencia, pero sigo siendo incapaz de formar una frase coherente.<br />
Debajo del esparadrapo… hay algo más.<br />
No puede ser…<br />
Me doy cuenta de que el pulgar de la mano, que mantengo alzada, presiona un botón, una décima antes de que una luz blanca borre el mundo, mi cuerpo salte en pedazos y mi razón me muestre la más cruel de las verdades.<br />
No había ninguna otra persona dentro de la catedral de Arles; solo yo.</p>
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		<title>Una Relación sin Futuro</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 03:33:19 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/01/miedo_2.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-550" title="miedo_2" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/01/miedo_2.jpg" alt="" width="480" height="360" /></a></p>
<p>Esta historia empezó un otoño. No es una historia cualquiera, es una historia sobre lo doloroso que puede llegar a ser algunas veces el amor. Una buena mañana Paula llegó al colegio con una muy buena noticia: se había enamorado por primera vez, pero también tenía una mala, y es que, por desgracia, se había enamorado de uno de sus profesores, concretamente del profesor de Lengua. Al principio se negó a confesar su nombre a compañeros y amigos pero con el paso del tiempo cada vez se descubrió. Sus compañeros la apoyaban y se reían con ella de lo que el profesor de Lengua hacía o dejaba de hacer, pero un buen día resultó que Manuel (así se llamaba el profesor) se enteró y la llamó para hablar con ella del tema. Paula se sentía avergonzada, pero resultó que, lo que Manuel le dijo, la puso más contenta de lo que esperaba. Manuel se había fijado en ella también y estaba enamorado, así que, con 20 años de diferencia, decidieron empezar una relación de la cual nadie se podía enterar.<span id="more-549"></span></p>
<p>Un par de meses más tarde corría por el colegio una noticia que a todo el mundo le gustaba. Esa noticia era que Manuel había encontrado por fin la horma de su zapato: la profesora de Historia, cuyo nombre era Teresa. Esta noticia sólo podía disgustar a Paula, que veía como todo el mundo felicitaba a Manuel al final de pasillo mientras sus miradas se cruzaban. En un recreo, Paula decidió afrontar la verdad e ir hablar con él. No le gustó para nada su contestación a la pregunta: ¿Por qué no me dijiste nada?, y es que, su respuesta fue que su relación no iba a ningún sitio, que ambos sabían perfectamente que no tenían ningún futuro.</p>
<p>Paula desapareció del colegio una semana, nadie sabia nada de ella, ni siquiera en su casa sabían donde estaba. Llegó por fin el día del enlace entre los profesores y la Iglesia estaba totalmente abarrotada, nadie quería perderse ese momento tan especial para Manuel y Teresa, pero en el momento justo en el que el cura acababa de dar su bendición, Paula entró en la iglesia e interrumpió la boda. Tenía unas ojeras horrorosas y su pelo estaba totalmente desaliñado. Alzó la voz y le dijo a Manuel: “Lo pagarás, te arrepentirás de haber hecho lo que acabas de hacer. Estarás maldito toda tu vida”. A los tres días de la boda, Teresa murió sin causa aparente. Manuel no se lo podía creer, el amor de su vida había muerto y ya no sería feliz nunca. Sin más vacilación, Manuel se fue al puente más alto de la ciudad y se arrojo al vació. Esta noticia  consternó a todos y respecto a Paula, las malas lenguas dicen que está cumpliendo condena en el infierno por su pacto con el diablo que llevó a la muerte a dos personas.</p>
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		<title>Retrocorpere</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Jan 2010 03:36:29 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La madre de los mortales castigada por sus propios hijos La madre que los trajo al mundo La señora que los mantuvo en sus regazos La dueña de la vida y de la sapiencia humana Pero todo debía terminar, todo debía llegar a su fin Como lo hacían las estaciones Como los hacían los cuerpos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/01/cuentos-de-terror.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-538" title="cuentos de terror" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/01/cuentos-de-terror.jpg" alt="" width="512" height="384" /></a><br />
La madre de los mortales castigada por sus propios hijos<br />
La madre que los trajo al mundo<br />
La señora que los mantuvo en sus regazos<br />
La dueña de la vida y de la sapiencia humana</p>
<p>Pero todo debía terminar, todo debía llegar a su fin<br />
Como lo hacían las estaciones<br />
Como los hacían los cuerpos astrales<br />
Como lo hacían los mortales</p>
<p>Cansada de tanta injusticia contra sus propias entrañas y contra sus propios sentimientos ocultos en la oscuridad<br />
Se encargaría que sus proles mortales, los señores de la codicia lo paguen por toda la eternidad<span id="more-537"></span></p>
<p>Todos los pueblos, todos los imperios, todas la ciudades, todas la civilizaciones<br />
Todos lo pagarían y ninguno a la vez<br />
Todo debía ser así<br />
Todo estaba escrito en los papiros del universo<br />
Todo estaba creado por la mano de los dioses del cosmos<br />
Todo vivía, todo moría, todo renacía<br />
La señora que dio sus órganos para dar la vida<br />
La mujer o la hembra del universo, nadie lo sabía con exactitud<br />
La señora que lloró ríos de azufre, se baño en mares de sangre y engendró compuestos de carne y huesos</p>
<p>Y estos compuestos creados por tal mujer dueña de la belleza infinitesimal<br />
La fueron deteriorando poco a poco<br />
Punzando cada parte propensa al dolor</p>
<p>La tierra, el mundo<br />
Aún no se comprendía si el planeta era un dios o una diosa</p>
<p>Lo único que comprendían las proles del planeta más esplendoroso del universo era, que todo estaba por concluir</p>
<p>Ráfagas de sonidos agónicos transitaban los senderos del mundo<br />
Ecos de gritos que eran capases de cuajar hasta al hombre más impertérrito hacían notar su presencia vaporosa<br />
Ríos de lamentos provenientes de los miedos más indómitos de la raza cordial<br />
Altares descontrolados se postraban en el umbral de la condenación<br />
Centellas vivas encargadas de calmar el alma de cualquier mortal, recorrían la carretera de la peste y transitaban las riveras de la creación corrompida por la causa más bizarra de los seres más despreciables.</p>
<p>Pronto todo terminaría<br />
Pronto todo se detendría<br />
Pronto todo aliviaría el alma de muchos y corrompería el sentir de tantos</p>
<p>Ya no existían las ciudades<br />
Ya no existían los imperios<br />
Ya no existían las civilizaciones<br />
Ya no existían los pueblos<br />
Ya no existían mortales para habitar tales lugares creados por las mentes más crecientes y más degradantes para la vida</p>
<p>Todo volvió a ser como en tiempos olímpicos<br />
Todo volvió a ser como debía ser</p>
<p>La madre de los mortales, el padre de los humanos<br />
Nadie lo sabía con exactitud<br />
Pero lo que sí era predicho en los imperios del cosmos era, que estos dos, que eran uno a la vez, se habían quedado sin sus hijos<br />
Algo que no tenía nombre<br />
Pero algo que era necesario para que la vida pudiese volver a los caudales del renacimiento</p>
<p>Debía ser así, nunca cambiaría<br />
Nunca más existirán tales aberraciones para un dios o un planeta encargado de proporcionar esplendor</p>
<p>El tiempo, ya no avanzaba<br />
El espacio, no tenía planes de propiciar nada<br />
La materia, ya era cosa de un pasado reciente y ya no era necesaria en el nuevo cuerpo astral</p>
<p>Pero la madre dadora de la vida no había muerto<br />
Ella no, ella no debía morir nunca<br />
Sólo se había desasido de una peste que la enfermaba día a día</p>
<p>La madre o el padre sólo los mortales podían llamarla de tal manera<br />
Pero ellos ya no tenían ningún papel en el escenario de la creación</p>
<p>La perdición no era una opción para la señora de la vida<br />
La angustia no era algo propio de ella<br />
La soledad no transitaba por su imaginación<br />
Lo único que podía amoldar en sus entrañas era la energía</p>
<p>La energía daba la vida<br />
La energía propiciaba a la materia</p>
<p>Mientras la madre de la creación divina tuviese energía<br />
No faltaría nada en sus regazos</p>
<p>Una raza fue desterrada<br />
Una raza sólo será ecos de un pasado remoto y cercano para nuevos dueños de almas cargadas de júbilo<br />
Dueños que surgirán desde las entrañas más profundas de los pensamientos más remotos, de una madre que tuvo que sacrificar a tantos para dar vida a muchos.</p>
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