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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; cuentos de miedo largos</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>Estirpe de la cripta</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Mar 2011 14:19:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra desde sus orígenes. Duermen bajo la roca inamovible; crecen con el árbol desde sus raíces; se agitan bajo la mar y en las regiones subterráneas; habitan los reductos más sagrados. Cuando les llega su hora, brotan del sepulcro de orgulloso bronce o de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3177 alignleft" title="moradordelacripta" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/03/moradordelacripta.jpg" alt="" width="370" height="370" />Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra<br />
desde sus orígenes. Duermen bajo la roca inamovible; crecen con el árbol<br />
desde sus raíces; se agitan bajo la mar y en las regiones subterráneas; habitan<br />
los reductos más sagrados. Cuando les llega su hora, brotan del sepulcro de<br />
orgulloso bronce o de la humilde fosa de tierra. Algunos hay de antiguo conocidos<br />
por el hombre; otros, permanecen ignorados basta el día terrible de su revelación.<br />
Tal vez los más espantosos y atroces no se han manifestado aún. Pero entre aquellos<br />
que surgieron hace tiempo, entre los que han evidenciado su insoslayable presencia,<br />
hay uno que por su suprema inmundicia no puede nombrarse: la descendencia<br />
que los moradores secretos de las criptas han engendrado en la humanidad.<br />
(Del Necronomicon, de Abdul Alhazred).</p>
<p>En cierto modo, es una suerte que la historia que debo relatar ahora, se refiera en gran parte a sombras indecisas, a dudosas insinuaciones y a deducciones discutibles. De otra manera, jamás habría sido escrita por mano humana ni leída por los ojos de los hombres. Mi participación en el espantoso drama fue breve, ya que se limitó a su último acto. Los primeros apenas constituían para mí una leyenda remota y horrible. Aun así, el dislocado reflejo del horror que todo el asunto me produjo ha convertido los principales sucesos de la vida normal en tenues cendales tejidos al oscuro borde de algún abismo batido por el viento, al borde de algún sepulcro donde se oculta y supura la máxima corrupción de la Tierra.<br />
La leyenda a que aludo me era conocida desde la infancia, ya que fue tema habitual de chismorreos familiares y de mudos asentimientos de cabeza, pues sir John Tremoth había sido compañero de clase de mi padre. Yo no había visto nunca a sir John. Tampoco había visitado Tremoth Hall hasta el día en que comenzó el acto final de la tragedia. Mi padre emigró de Inglaterra; me llevó consigo a Canadá cuando todavía era niño. En Manitoba prosperó como apicultor y, después de su muerte, las colmenas me tuvieron muy ocupado durante varios años, sin poder realizar mi sueño dorado que era visitar mi tierra natal y viajar por sus comarcas rurales.<span id="more-2899"></span><br />
Cuando por fin logré realizar el viaje, recordaba muy confusamente las viejas habladurías sobre sir John. Un día, ya en mi país natal, decidí dar una vuelta en motocicleta por las típicas comarcas inglesas. Tremoth Hall no formaba parte de mi itinerario, desde luego. Al fin y al cabo, el espantoso suceso relacionado con dicha mansión no suscitaba en mí ninguna curiosidad morbosa, como acaso la hubiera suscitado en otras personas. Fui a parar allí por pura casualidad. Había olvidado por dónde caía Tremoth Hall; ni siquiera se me ocurrió que pudiera estar por los alrededores. De haberlo sabido creo que me hubiera desviado -a pesar de la urgente necesidad de buscar albergue aquella noche-, antes que tomar parte en la tremenda desdicha que afligía a su dueño.<br />
Cuando llegué a Tremoth Hall estábamos a principios del otoño. Acababa de hacerme una jornada entera de viaje a través de una campiña ondulada por serpeantes carreteras y pacíficos caminos vecinales. El día había sido despejado. Brillaba un cielo pálido sobre los nobles parques teñidos de rojo y ámbar en la languidez otoñal. Pero, avanzada la tarde, comenzó a extenderse la niebla por las bajas colinas y acabó por envolverme en su seno espectral, de suerte que me extravié y no pude encontrar indicación alguna que me orientara hacia la ciudad donde pensaba pasar la noche.<br />
Seguí adelante al azar, con la idea de que no tardaría en dar con otra bifurcación. La carretera era poco más que un rústico camino vecinal, totalmente solitario. La niebla se había hecho más espesa y oscura, borrando el horizonte en toda su extensión. A juzgar por lo que veía, el paisaje de la región estaba formado de matorrales y peñascos, sin vestigio de cultivo alguno. Subí un repecho y descendí después por una cuesta larga y monótona, mientras la niebla se hacía más densa con el crepúsculo. Me parecía que rodaba en dirección oeste, pero ante mí, en la pálida oscuridad, no descubría el más mínimo resplandor que indicara el lugar donde se estaba poniendo el sol. Me llegaba un húmedo olor salitroso, como de marismas.<br />
La carretera describió una curva muy cerrada, y me dio la sensación de que rodaba entre hoyas y pantanos. La noche se precipitó con rapidez casi anormal, como si tuviera prisa por atraparme, y comencé a sentir una especie de confusa inquietud, como si me hubiera extraviado por unos parajes extraños y no en un apacible rincón de la vieja Inglaterra. La niebla y el atardecer parecían disimular un paisaje silencioso y lívido, lleno de misterio, inquietante, estremecedor.<br />
Luego, a mi izquierda y un poco por delante de mí, vi un resplandor que me hizo pensar en un ojo fúnebre y empañado. Brillaba entre masas indistintas y borrosas, como entre árboles de un bosque fantasmal. Una de las sombras más cercanas, al ir aproximándome, se resolvió en un pequeño edificio que parecía guardar la entrada de alguna finca. Estaba oscuro y silencioso. Me detuve a escudriñar, y vi una verja de hierro y un seto de tejo sin recortar.<br />
Toda la finca tenía aspecto de abandono. Volví a sentir en la médula el frío estremecimiento del miedo que me acechaba desde que me internara en aquella región de brumas y marismas. Pero la luz era testimonio de proximidad humana en tan solitarios parajes. Podría encontrar albergue por una noche o, cuando menos, pediría que me indicaran la dirección del pueblo o posada más próximos.<br />
Para sorpresa mía, la verja no estaba cerrada. Empujé y se abrió con un ruido chirriante y herrumbroso. Daba la sensación de que hacía mucho que no la habían abierto. Empujé la moto adentro y continué por la alameda invadida de yerba, hacia la luz. No tardó en recortarse la vaga silueta de un edificio solariego entre árboles y arbustos cuyas formas artificiales, como el desgarrado seto de tejo, obedecían más a una selvática extravagancia que a la pericia de un jardinero.<br />
La niebla se había convertido en fría llovizna. Casi a tientas en la negrura, hallé una puerta a cierta distancia de la ventana que dejaba escapar la solitaria luz. Llamé por tres veces, y, como respuesta, oí finalmente un apagado ruido de pasos arrastrados y lentos. Se abrió la puerta poco a poco, y apareció ante mí un anciano con una vela encendida en la mano. Le temblaban los dedos por parálisis o por vejez. Tras él, en las tinieblas del recibimiento, fluctuaban las sombras deformadas y acariciaban sus rasgos arrugados como un aleteo de murciélagos.<br />
-¿Qué desea, señor? -preguntó.<br />
La voz, aunque temblona y vacilante, distaba mucho de ser ruda. Tampoco dio muestras de recelo y frialdad, como empezaba yo a temer. No obstante, percibí una especie de vacilación, y cuando le conté las circunstancias que me habían llevado a llamar a su puerta, me escudriñó con una impertinencia que no me pareció acorde con su extrema vejez.<br />
-Sabía que sería usted extranjero en estos contornos -comentó cuando hube terminado-. Sin embargo, ¿podría saber su nombre, señor?<br />
-Me llamo Henry Chaldane.<br />
-¿No será usted hijo del señor Arthur Chaldane?<br />
Algo desconcertado, dije que sí.<br />
-Se parece usted a su padre, señor. El señor Chaldane y sir John Tremoth fueron buenos amigos antes de que su padre se marchara al Canadá. ¿Quiere pasar, por favor? Esto es Tremoth Hall. Sir John no tiene costumbre de recibir invitados desde hace mucho tiempo, pero le diré que está usted aquí y puede que quiera saludarle.<br />
Asustado, y no muy agradablemente sorprendido por el descubrimiento del lugar donde me encontraba, seguí al anciano hasta un despacho atestado de libros, cuyo mobiliario evidenciaba lujo y abandono. Encendió una antigua lámpara de aceite, de pantalla pintada y polvorienta, y me dejó solo entre aquellos muebles y libros más polvorientos aún.<br />
Sentía una turbación extraña, una sensación de entrometimiento, mientras aguardaba bajo la desfallecida amarillez de la lámpara. Me volvían a la memoria los detalles espantosos, casi olvidados, del relato que había oído a mi padre en mi infancia.<br />
Lady Agatha Tremoth, la esposa de sir John, había sido víctima de ataques catalépticos. El tercer ataque pareció causar su muerte, ya que no revivió después del intervalo acostumbrado. El cuerpo de lady Agatha fue llevado al panteón de la familia, que se hallaba situado en la parte posterior de la mansión y era casi fabuloso por sus dimensiones y antigüedad. Al día siguiente del entierro, sir John, angustiado por una duda extraña y persistente sobre el dictamen final del médico, había visitado nuevamente el panteón; al entrar, oyó un alarido espeluznante y encontró a lady Agatha incorporada en su ataúd. La tapa, que había sido afirmada con clavos, estaba en el suelo. Parecía imposible que hubiera sido arrancada por los esfuerzos de una frágil mujer. Sin embargo, no cabía otra explicación, y la misma lady Agatha contribuyó bien poco al esclarecimiento de las circunstancias de su extraña resurrección.<br />
Medio trastornada y casi delirante, en un estado de inenarrable horror fácil de comprender, refirió en forma incoherente lo que había sucedido. No recordaba haber hecho esfuerzo alguno por liberarse de su ataúd, pero se sentía enormemente trastornada por el recuerdo de una cara pálida, espantosa, inhumana, que había visto en la oscuridad al despertar de su prolongado letargo mortal. Fue la visión de ese rostro, inclinado sobre ella en el ataúd ya abierto, lo que le hizo dar un grito enloquecedor. Aquel ser había desaparecido antes de que se acercara sir John, huyendo velozmente hacia el interior del panteón. Apenas pudo hacerse una vaga idea de su aspecto general. Creía, sin embargo, que tenía un rostro blanco, ancho, y que echó a correr como un animal, a cuatro patas, aunque sus miembros parecían humanos.<br />
Como es natural, su relato fue considerado como sueño o producto del delirio provocado por el trauma de su espantosa vivencia, que había borrado toda huella del verdadero motivo de su terror. Pero el recuerdo de la horrible cara y del aspecto general del repulsivo visitante, llegó a convertirse en perpetua causa de obsesión, y sus frecuentes delirios ponían de manifiesto el terror morboso que la dominaba. Nunca se recobró de su ansiedad; siguió viviendo en un deplorable estado físico y mental, y falleció nueve meses más tarde, después de dar a luz a su único hijo.<br />
La muerte fue misericordiosa con ella, porque el niño, al parecer, era uno de esos monstruos espantosos que a veces aparecen en la estirpe humana. No se conocía la naturaleza exacta de su anormalidad, aunque corrían rumores temerosos y contradictorios, probablemente suscitados por el médico, las enfermeras y la servidumbre que lo habían visto. Algunos criados, después de haber visto al pequeño monstruo, abandonaron Tremoth Hall y se negaron a volver.<br />
Después de la muerte de lady Agatha, sir John se retiró de la vida social, y poco a poco dejó de hablarse de él y de la desgracia que significaba tener un hijo como el suyo. No obstante, la gente decía que lo tenía encerrado bajo llave, en un cuarto de ventanas enrejadas en el que nadie podía entrar más que el propio sir John. Esta tragedia había destrozado su vida, convirtiéndole en un recluso: vivía solo, con uno o dos criados fieles, y no hacía nada por evitar la decadencia y el abandono de su propiedad.<br />
Sin duda, pensaba yo, el anciano que me había recibido era uno de los criados que se quedaron junto a él. Aún estaba reflexionando sobre la terrible leyenda, esforzándome por recordar algunos detalles casi olvidados, cuando oí un ruido de pasos. A juzgar por su lentitud, me imaginé que era el criado que regresaba.<br />
Pero me había equivocado: la persona que entró era nada menos que el propio sir John Tremoth. Su alta figura, ligeramente encorvada, el rostro arrugado como por efecto de algún corrosivo, todo en él revelaba una dignidad que parecía triunfar sobre la doble catástrofe de la enfermedad y la amargura de la muerte. No sé por qué -aunque podía haber calculado su verdadera edad- había esperado encontrarme con un anciano. Pero no, en realidad sir John era un hombre en plena madurez. No obstante, su palidez cadavérica y su paso vacilante eran los de una persona afectada por alguna enfermedad fatal.<br />
Al dirigirse a mí, se mostró impecablemente cortés, incluso afable. Pero su voz era la de alguien para quien las relaciones y las actividades de la vida habían perdido todo su significado y trascendencia desde hacía muchísimo tiempo.<br />
-Harper me ha dicho que usted es hijo de mi viejo camarada Arthur Chaldane -dijo-. Sea usted bienvenido a este pobre refugio, que es lo único que puedo ofrecer. Hace muchos años que no he recibido invitados y me temo que va a encontrar la mesa un tanto lúgubre. Por otra parte, tal vez me tome usted por un mal anfitrión. De todos modos, debe quedarse usted al menos por esta noche. Harper ha ido a prepararnos la cena.<br />
-Es usted muy amable -contesté-. Sin embargo, no quisiera haber venido a molestarle. Si&#8230;<br />
-De ningún modo -exclamó con firmeza-. Debe usted quedarse aquí. La posada más próxima está a varias millas y la niebla se está convirtiendo en una lluvia pertinaz. Verdaderamente me alegro de tenerle conmigo. Quiero que me cuente algo sobre su padre y sobre usted mientras cenamos. Entre tanto, trataré de buscarle una habitación, si me hace el favor de venir conmigo.<br />
Me condujo al piso alto de aquella mansión, a través de un corredor con vigas y entrepaños de roble antiguo. Cruzamos por delante de varias puertas cerradas. Una de ellas estaba reforzada con barrotes de hierro pesados y siniestros como los de una mazmorra. Inevitablemente, imaginé que era ésta la cámara donde había sido confinada la monstruosa criatura. Me preguntaba también si, después de un lapso que debía oscilar alrededor de los treinta años, seguiría viva. ¡Cuán insondables, cuán repugnantes debieron ser sus desviaciones con respecto al tipo humano medio, para que fuera necesario retirarlo inmediatamente de la vista de los demás! y, ¿en virtud de qué características de su desarrollo ulterior había hecho falta poner barrotes en una puerta de roble que, por sí misma, era bastante recia para resistir las embestidas de un hombre o de un animal cualquiera?<br />
Sin dirigir una sola mirada a la puerta, mi anfitrión siguió adelante, portando una bujía que apenas temblaba entre sus débiles dedos. Las curiosas reflexiones en que me había sumido mientras caminaba tras él se vieron interrumpidas, con un repentino sobresalto, por un grito que pareció salir de la habitación clausurada. Fue un aullido largo, ascendente, muy bajo al principio, como la voz de un demonio ahogada por la tumba, que subió de tono hasta convertirse en un alarido inhumano, penetrante y furioso, como si el demonio emergiera voraz a la superficie a través de pasadizos subterráneos. No era voz de persona ni de bestia, sino algo enteramente preternatural, demoníaco, macabro. Me estremecí, electrizado por un miedo insoportable, que me duraba aún cuando el aullido, después de llegar a su grado más elevado, hubo bajado de nuevo hasta perderse en un silencio sepulcral.<br />
Sir John aparentó no hacer caso del espantoso alarido y continuó caminando con su paso vacilante. Llegó al final del corredor y se detuvo ante la segunda habitación a partir de la puerta reforzada.<br />
-Usted ocupará esta habitación -dijo- Es la siguiente a la mía.<br />
No se volvió a mirarme mientras hablaba. Su voz era forzada, impersonal, reprimida. Me di cuenta, sobresaltado, de que la habitación que me indicaba como suya era contigua a la cámara de la que parecía haber brotado el tremendo aullido.<br />
Se notaba que mi habitación no había sido usada desde hacía años. Reinaba un aire denso, frío, malsano, con olor a husmo penetrante. Los muebles estaban cubiertos de polvo y telarañas. Sir John comenzó a disculparse:<br />
-No sabía el estado en que se hallaba la habitación -dijo-. Le diré a Harper que suba después de cenar a quitar el polvo y poner ropa limpia en la cama.<br />
Le aseguré que no tenía por qué disculparse. La tremenda soledad, la vejez de la antigua mansión, sus años de abandono y la inconsolable aflicción de su propietario me tenían hondamente impresionado. No me atrevía  a especular demasiado sobre el horrible secreto de la cámara enrejada, ni sobre el alarido que todavía vibraba en mis nervios trastornados. Me lamentaba ya de la extraña casualidad que me había conducido a aquel lugar. Sentía un deseo imperioso de salir, de continuar mi viaje aun de cara a la fría lluvia otoñal y al viento de la noche. Pero no se me ocurría ninguna excusa sólida y verosímil. Evidentemente, no tenía más remedio que quedarme.<br />
La cena, en un salón lúgubre pero señorial, fue servida por el anciano Harper. La comida era sencilla, aunque sustanciosa y bien preparada. El servicio, impecable. Comencé a sospechar que Harper sería el único criado, una mezcla de ayuda de cámara, mayordomo, lacayo y cocinero.<br />
A pesar del hambre que tenía y de las molestias que mi anfitrión se tomaba para que yo me sintiera a gusto, la comida resultó una ceremonia solemne y casi fúnebre. No se me iba de la cabeza la historia que había contado mi padre, y menos aún podía apartar de mi imaginación la puerta enrejada y el impresionante aullido. Fuera como fuese, el monstruo vivía aún, y yo sentía una complicada mezcla de admiración, piedad y horror al mirar el flaco rostro de sir John Tremoth y pensar en el infierno de vida a que se había condenado, pese a la aparente fortaleza con que soportaba sus duras pruebas.<br />
Tras los postres fue servida una botella de excelente Jerez que alargó una hora o más la sobremesa. Sir John habló durante un rato sobre mi padre -no se había enterado de su muerte-, y se interesó por mis asuntos con el tacto y la cortesía de un hombre de mundo. Habló muy poco de sí mismo, y no hizo la más remota alusión a su trágica historia.<br />
Como a mí la bebida casi no me gusta y no vaciaba el vaso con demasiada frecuencia, la mayor parte de la botella la consumió mi anfitrión. Hacia el final de la velada, manifestó cierta extraña disposición a las confidencias. Primero me habló de su falta de salud, bien visible por su aspecto. Me dijo que sufría una gravísima enfermedad del corazón, angina de pecho, y que recientemente había sufrido un ataque excepcionalmente grave.<br />
-El próximo acabará conmigo -dijo-. Y puede que me dé en cualquier momento ¿Quién sabe? Tal vez esta noche.<br />
Me lo dijo con toda sencillez, como si estuviera hablando de algo corriente o aventurado una predicción del tiempo. Luego, después de una breve pausa, con más énfasis y más peso en sus palabras, comentó:<br />
-Quizá piense usted que soy persona rara, pero tengo aversión a los entierros en criptas y panteones. Quiero que mis restos sean incinerados, y he consignado por escrito todas las disposiciones necesarias para ello. Harper se encargará de que se cumplan debidamente. El fuego es el más limpio y el más puro de los elementos, y acaba con todos esos procesos infames que se producen entre la muerte y la plena desintegración final. No puedo soportar la idea de una tumba mohosa, infestada de gusanos.<br />
Continuó hablando sobre el mismo tema durante un buen rato. Daba tales pormenores, que sin duda se trataba de un tema sobre el que meditaba con frecuencia, si es que no se había convertido realmente en una obsesión para él. Parecía ejercer sobre él una morbosa fascinación, y al hablar, mostraba un brillo doloroso en sus ojos hundidos y ocultos, y un matiz de histeria, rígidamente dominada, en su voz. Recordó el entierro de lady Agatha, su trágica resurrección, y el confuso, el delirante horror del panteón, que había constituido la parte inexplicable e inquietante de su historia. No era difícil comprender la aversión de sir John hacia los entierros. Pero estaba yo muy lejos de sospechar el tremendo espanto que se ocultaba bajo esta repugnancia.<br />
Harper había desaparecido después de traernos la botella de Jerez; supuse que había recibido la orden de arreglar mi habitación. Vaciamos nuestros vasos y terminó él su peroración. El acaloramiento, que parecía haberle reanimado ligeramente, decayó y mi anfitrión adquirió un aspecto más enfermizo y macilento que nunca. Alegando que me sentía muy cansado, le manifesté mi deseo de retirarme; y él, con su cortesía inalterable, insistió en acompañarme hasta mi habitación para asegurarse de que todo estaba en orden antes de irse a acostar.<br />
En el pasillo de arriba nos encontramos con Harper, que en ese preciso momento bajaba por un tramo de escaleras que debía conducir a un tercer piso. Llevaba una pesada cacerola de hierro con restos de comida. Noté un olor acre bastante fuerte, casi de putrefacción, cuando pasó por mi lado. Me pregunté si habría estado dando de comer al monstruo desconocido y si no le daría la comida desde el techo, a través de una trampa. La suposición era bastante verosímil; pero el olor de las sobras, por una lejana y un tanto rebuscada asociación de ideas, había comenzado a suscitar en mí otras conjeturas que iban más allá de lo verdaderamente razonable. Ciertas sospechas vagas e incoherentes parecían integrarse espontáneamente en una única y horrenda suposición. Mal que peor, intenté convencerme de que la hipótesis era científicamente inadmisible, una mera fantasía de brujería supersticiosa. No, no podía ser que&#8230; que aquí, en Inglaterra precisamente, aquel demonio devorador de cadáveres que cuentan los cuentos y las leyendas orientales&#8230; el gul<br />
En contra de todos mis temores, no se repitió aquel diabólico aullido, al pasar frente a la habitación secreta. En cambio, me pareció oír un lento ronchar, como el de un animal enorme que devorase su alimento.<br />
Mi habitación, aunque bastante oscura, estaba ahora limpia de polvo y telarañas. Después de una inspección personal, sir John me deseó buenas noches y se retiró a su aposento. Me sorprendieron su palidez mortal y su flojedad al despedirse, y pensé con cierta culpabilidad que la extorsión que suponía el haber atendido y obsequiado a un huésped pudo haber empeorado la grave enfermedad que padecía. Me pareció descubrir un dolor, un sufrimiento, bajo la armadura de urbanidad, y me pregunté si aquella urbanidad no era mantenida a un precio excesivo.<br />
El cansancio del viaje, junto con la pesadez del vino que había bebido, debían haberme vencido; pero a pesar de permanecer con los ojos firmemente apretados en la oscuridad, no conseguía apartar aquellas sombras malignas de sospecha que se hacinaban sobre mí. Me sentía rodeado de unos seres detestables provistos de garras inmundas, que me rozaban en sus nauseabundas contorsiones, al removerme durante horas y horas o mientras contemplaba el rectángulo gris de la ventana. El constante gotear de la lluvia, el gemido del viento, se resolvieron en un espantoso murmullo de voces casi articuladas que conspiraban contra mi tranquilidad y susurraban abominables secretos en un lenguaje demoníaco.<br />
Finalmente, al cabo de un tiempo que me pareció un siglo, la tempestad amainó y dejaron de oírse aquellas voces equívocas. La claridad que entraba por la ventana se proyectaba débilmente en la negrura de la pared. Los terrores de mi larga noche de insomnio se disiparon un tanto, pero no conseguí coger el sueño. Me di cuenta del completo silencio que reinaba en la casa. Luego, en aquel silencio, oí un ruido extraño, débil, inquietante. De momento, no sabía de dónde procedía.<br />
A veces, era un ruido apagado. Luego parecía aproximarse, como si viniera de la habitación contigua. No sé por qué, me recordaba el ruido que harían las garras de un animal al arañar un recio maderaje. Me incorporé y, al escuchar con más atención, me di cuenta con un sobresalto de terror de que provenía del lado donde estaba el cuarto enrejado. Se produjo una extraña resonancia; después, el ruido se hizo casi inaudible. De pronto, y durante un rato, cesó por entero. En ese intervalo oí un simple gemido, como el de una persona agonizante o presa de un insuperable terror. No cabía la menor duda de que el gemido venía de la habitación de sir John Tremoth; y tampoco podía equivocarme ya sobre el origen del prolongado arañar.<br />
El gemido no se volvió a repetir, pero comenzó nuevamente aquel rascar en la madera y ya continuó hasta el amanecer. Después, como si la bestia que arañaba fuese de costumbres nocturnas, el ruido cesó y no se oyó más. Hasta ese momento había permanecido en una insoportable tensión de nervios, lleno de aprensión angustiosa, atento a los ruidos y, a la vez, embotado por el cansancio y el deseo de dormir. Al cesar todo sonido, allá en la descolorida palidez del amanecer, caí en un sueño profundo del que no pudieron sacarme todos los espectros de la vieja mansión.<br />
Me despertaron unos golpes sonoros en la puerta, unos golpes que, aun en la torpeza del sueño, sentí imperiosos y urgentes. Debían ser cerca de las doce del mediodía, y con cierto sentimiento de culpa por haberme recreado demasiado en la cama, corrí a la puerta y abrí inmediatamente. Harper, el viejo criado, estaba allí plantado, y su temblorosa excitación revelaba que algo terrible había sucedido.<br />
-Siento decirle, señor Chaldane -tartamudeó-, que sir John ha fallecido. No contestaba a mi llamada como de costumbre, y me he visto obligado a entrar en su habitación. Debe de haber muerto a primera hora de la madrugada.<br />
Mudo de estupor ante la noticia, recordé el gemido que oí cuando comenzaba a clarear. Tal vez había muerto en aquel preciso instante. Recordé también aquel pesadillesco arañar en la madera. Inevitablemente me pregunté si el gemido que oí no fue tanto de dolor físico como de temor. ¿No pudo ser, acaso, la tensión de estar oyendo aquel ruido espantoso lo que provocó el último ataque de la enfermedad de sir John? No las tenía todas conmigo; mi cerebro se atormentaba con pavorosas y horribles conjeturas.<br />
Con la cortesía convencional que suele emplearse en tales ocasiones, traté de dar el pésame al anciano sirviente y me ofrecí a ayudarle en las diligencias necesarias para destruir los restos mortales de su señor, según su última voluntad. Puesto que no había teléfono en la casa, me brindé a buscar un médico que examinara el cuerpo y extendiera el certificado de defunción. El viejo pareció experimentar una gratitud y un alivio extraordinarios.<br />
-Muchas gracias, señor -dijo fervientemente, y añadió como explicación-. Le prometí vigilar su cuerpo de cerca.<br />
Siguió hablando del deseo de sir John de ser incinerado. El barón había dejado disposiciones concretas de que se construyera una pira de leña en el montículo situado detrás de la mansión, con objeto de quemar allí sus restos, y de que se esparcieran sus ceniza por los campos de su heredad. Había ordenado, facultando para ello a su sirviente, que estas disposiciones se llevaran a cabo lo antes posible después de su fallecimiento. Nadie debía presenciar dicha ceremonia, aparte Harper y los hombres necesarios para llevarla a cabo. En cuanto a los familiares más allegados -ninguno de los cuales vivía en las cercanías- no deberían ser informados hasta que todo hubiese concluido.<br />
Rehusé el ofrecimiento de Harper, que quería prepararme el desayuno. Le dije que comería cualquier cosa en el pueblo vecino. En su actitud había una extraña ansiedad, y comprendí, por una especie de intuición difícil de definir, que deseaba comenzar su prometida vigilancia junto al cadáver de sir John.<br />
Sería aburrido e innecesario detallar el velatorio que siguió. La espesa niebla marina había vuelto. Mientras me dirigía al pueblo vecino tuve la sensación de ir a tientas por un mundo húmedo e irreal. Conseguí localizar a un médico y contratar varios hombres para montar. la pira y transportar el cadáver. En todas partes fui recibido con pocas muestras de entusiasmo. Nadie manifestaba deseos de comentar la muerte de sir John ni de hablar acerca de la negra leyenda de Tremoth Hall.<br />
Harper, para mi sorpresa, había propuesto que la cremación se llevara a cabo inmediatamente. Sin embargo, no tardamos en comprobar que era imposible. Cuando concluyeron todas las formalidades y disposiciones, la niebla se había convertido en una llovizna continua, insistente, que impedía prender fuego a la pira. Nos vimos obligados a aplazar la ceremonia. Le había prometido a Harper que me quedaría hasta que todo hubiera concluido, así que tuve que pasar otra noche bajo aquel techo, albergue de secretos malditos y abominables.<br />
No tardó en oscurecer. Después de una última visita al pueblo, en la que conseguí unos bocadillos para cenar Harper y yo, regresé a la solitaria mansión. Encontré a Harper en la escalera cuando subía a la cámara mortuoria. Había una gran inquietud en su semblante, como si hubiese sucedido algo que le llenara de terror.<br />
-¿No accedería usted a hacerme compañía esta noche, señor Chaldane? -preguntó-. Ya sé que el velatorio que le pido que  comparta conmigo va a ser espantoso, y quizá hasta peligroso. Pero sir John se lo agradecería, estoy seguro. Si tiene usted un  arma sería conveniente que la llevara encima.<br />
Era imposible negarse a su petición, de modo que asentí inmediatamente. No tenía arma de ninguna clase, por lo que Harper insistió en que aceptara un revólver antiguo; él andaba con otro que era hermano del que me ofrecía.<br />
-Pero bueno, Harper -dije bruscamente, mientras nos encaminábamos por el pasillo a la habitación de sir John-, ¿de qué tiene miedo?<br />
Se quedó visiblemente turbado ante la pregunta. Parecía no tener demasiadas ganas de contestar. Luego, un momento después, se dio cuenta de que era necesario hablar con franqueza.<br />
-Es la criatura de la habitación enrejada -explicó-. Tiene que haberla oído, señor. La hemos custodiado sir John y yo durante estos veintiocho años, siempre con el temor de que pudiera escaparse. Nunca nos ha causado problemas ya que siempre  la hemos tenido bien alimentada. Pero estas tres últimas noches  ha estado arañando la gruesa pared de roble que la separa de la habitación de sir John, y eso jamás lo bahía hecho antes. Sir John decía que era porque sabía que él iba a morir y quería apoderarse de su cuerpo porque anhelaba un alimento distinto del que nosotros le proporcionábamos. Esta es la razón por la que debemos vigilarle estrechamente esta noche, señor Chaldane. Pido a Dios que la pared aguante; pero esa bestia sigue arañando y arañando como un demonio, y no me gusta la resonancia del ruido&#8230; Parece como si hubiera gastado el tabique y estuviera a punto de romperlo.<br />
Asustado por esta afirmación de la espantosa conjetura que se me había ocurrido la noche anterior, me quedé sin contestar. Cualquier comentario habría resultado banal. Tras esta abierta declaración de Harper, la anormalidad de aquella criatura tomaba un carácter más sombrío y desquiciado, más poderoso y amenazador. De buena gana habría renunciado al velatorio pero me era imposible, naturalmente.<br />
Al cruzar por delante de la puerta enrejada pude oír que su ocupante rascaba con furia, de una manera diabólica, ruidosa, frenética. Inmediatamente comprendí el tremendo miedo que había impulsado al anciano a solicitar mi compañía. El ruido era indeciblemente alarmante y turbador era de una insistencia inquebrantable; delataba un deseo irreprimible, una brutal voracidad. Al entrar en la habitación del difunto, el ruido se hizo más claro, y adquirió una resonancia espantosa y desesperada.<br />
Durante el transcurso del día me había abstenido de visitar esta habitación. No tengo esa morbosa curiosidad que sienten muchos por contemplar los efectos de la muerte. De modo que ésta era la segunda y última vez que veía a mi anfitrión. Completamente vestido y preparado para la pira, yacía en la fría blancura del lecho, cuyas cortinas de raso habían sido retiradas a los lados. La pieza estaba iluminada por altos cirios, alineados en los brazos de un antiguo candelabro que descansaba sobre una mesita. Los cirios derramaban una luz vacilante por la estancia plagada de sombras mortuorias.<br />
Un poco en contra de mi voluntad miré los rasgos del muerto, y aparté los ojos rápidamente. Esperaba ver una blancura y una rigidez marmórea, pero no esa expresión de terror infinito, de ese mismo terror que sin duda debió ir minando su corazón a lo largo de los años y que, con un autodominio casi sobrehumano, consiguió ocultar en vida de las miradas indiscretas. Daba la sensación de que no estaba muerto, de que aún escuchaba, atento y angustiado, los ruidos pavorosos que muy bien pudieron haber sido causa del desenlace fatal de su enfermedad.<br />
Había varias sillas que, como el lecho, parecían del siglo XVII. Harper y yo nos sentamos junto a la mesita, entre el lecho mortuorio y la pared revestida de oscura madera, y comenzamos así nuestro velatorio.<br />
Estando sentados allí, me dio por representarme el aspecto de aquella monstruosidad sin nombre. Por los rincones de mi cerebro se sucedieron, fugaces y caóticas, imágenes amorfas, pesadillescas, de los horrores del sepulcro. Sentía una tremenda curiosidad, cosa extraña en mi natural forma de ser, que me impulsaba a hacer preguntas a Harper. Pero por otra parte, me lo impedía una más poderosa inhibición. A su vez, el anciano tampoco tenía deseos de hacer ninguna clase de comentario, limitándose a vigilar la pared con ojos alarmados y fijos.<br />
Sería imposible referir la tensión violenta, la expectación sombría y macabra de las horas que siguieron. El maderaje debía ser de gran dureza y espesor, y sin duda podía desafiar todas las acometidas de aquella criatura armada tan sólo de garras y dientes. No obstante, a pesar de argumentos tan reconfortantes, me pareció que de un momento a otro vería derrumbarse el zócalo encima de mí. El ruido de las uñas poderosas proseguía eternamente. Mi enfebrecida imaginación lo percibía más fuerte y más cercano cada vez. A intervalos, me parecía oír un quejido apagado, anhelante, como el de un animal hambriento acercándose a la boca de su madriguera.<br />
Ninguno de los dos hablamos de lo que debíamos de hacer, caso de que el monstruo consiguiera su propósito. Había, empero, un tácito acuerdo entre nosotros. Y yo, que nunca había sido supersticioso, empecé a preguntarme si el monstruo poseería una constitución lo bastante orgánica para ser vulnerable por las balas de un revólver. ¿Hasta qué punto se habrían desarrollado los caracteres de su desconocido y fabuloso progenitor? Traté de convencerme de que tales cuestiones y conjeturas eran sencillamente absurdas, pero me las planteaba una y otra vez, como fascinado por el vértigo de un abismo prohibido.<br />
La noche fue transcurriendo como las negras y perezosas aguas de un río. Los altos cirios funerarios se habían consumido hasta pocos centímetros de los brazos verdosos del candelabro. Esta fue la única circunstancia que me dio idea del paso del tiempo, porque me encontraba como sumergido en una eternidad de tinieblas, como paralizado por un horror ciego. Llegué a acostumbrarme de tal manera a aquel perenne escarbar de zarpas en la madera, que su aumento y violencia se me antojaban figuraciones mías. Y así fue como sobrevino el final, casi sin damos cuenta.<br />
De súbito, oí un golpe, un ruido provocado al astillarse la madera, y al mirar espantado hacia la pared vi saltar un listón que quedó colgando de un entrepaño. Luego, antes que pudiera recobrarme ni comprender lo que revelaba el testimonio de mis sentidos, saltó en mil pedazos un gran trozo semicircular de pared, bajo la arremetida de un cuerpo pesado.<br />
Gracias a Dios seguramente, no he podido recordar jamás qué clase de ser infernal salió de aquel boquete. El choque provocado por el exceso mismo de terror me ha borrado el recuerdo de los detalles. No obstante, me quedó la vaga impresión de un cuerpo enorme, blancuzco, lampiño, que caminaba a cuatro patas; recuerdo también grandes colmillos en un rostro semihumano y enormes uñas de hiena. Un olor pútrido precedió a su aparición, como la vaharada del cubil de una devorador de carroñas. Y luego, de un salto prodigioso, la criatura aquella cayó sobre nosotros.<br />
Oí los repetidos disparos del revólver de Harper, cortantes, vengativos, en la habitación cerrada; el mío sólo produjo un chasquido metálico y herrumbroso. Tal vez era demasiado viejo el cartucho. Sea como fuere, el arma falló. Antes de que pudiera apretar el gatillo otra vez, me sentí arrojado al suelo con terrible violencia, golpeándome la cabeza contra el pesado pie de la mesita. Sobre mi conciencia pareció caer un velo de tiniebla espolvoreado de incontables lucecitas, que me ocultó la escena totalmente. Después, desaparecieron todas las lucecitas, y quedé en completa oscuridad.<br />
Poco a poco, comencé a tener conciencia de una llama y una sombra, pero la llama era brillante y oscilaba y parecía aumentar y hacerse más luminosa cada vez. Entonces, mis sentidos inciertos y embotados se reavivaron ante un acre olor a ropa quemada. Volvieron a recobrar su forma los contornos de las cosas y me di cuenta de que me encontraba en el suelo, junto a la mesa derribada, de cara al lecho de muerte. Las velas habían ido a parar al suelo. Una de ellas había prendido fuego a la alfombra que tenía cerca; otra, algo más allá, había incendiado las colgaduras de la cama, y las llamas se habían corrido rápidamente hacia el enorme dosel. Aun no me había movido yo del suelo, cuando cayeron sobre la cama algunos jirones de paño incendiado, y el cuerpo de sir John quedó rodeado por un círculo de fuego incipiente.<br />
Con mucho trabajo conseguí ponerme en pie, aturdido aún por el golpe recibido en la caída. La habitación estaba desierta, aparte el viejo criado que yacía en el umbral y se quejaba débilmente. La puerta estaba abierta, como si alguien&#8230; o algo se hubiera marchado mientras estaba yo sin conocimiento.<br />
Me volví otra vez hacia la cama con la instintiva intención de apagar el fuego. Las llamas se extendían rápidamente, se elevaban cada vez más, pero no tan de prisa que me ocultaran las manos y las facciones -si es que se podían llamar así- de lo que había sido sir John Tremoth. No haré ninguna referencia explícita a este último horror. Me gustaría igualmente no acordarme de aquello. El monstruo había huido asustado por el fuego, pero demasiado tarde&#8230;<br />
Poco más me queda que añadir. Tambaleándome, con Harper en brazos, eché una mirada hacia atrás. La cama y el dosel formaban una masa de llamas envolventes. El desdichado barón había encontrado su pira funeraria, tan deseada por él, en su propia cámara mortuoria.<br />
Estaba a punto de amanecer cuando salíamos de la infausta mansión. La lluvia había cesado; el cielo aparecía surcado de nubes plomizas. El aire fresco reanimó al criado, que permaneció junto a mí, sin pronunciar una palabra, mientras contemplábamos cómo se elevaban las llamas que brotaban del tejado de Tremoth Hall y un cárdeno resplandor comenzaba a extenderse por los cuatro costados del edificio.<br />
A la luz combinada del pálido amanecer y el fantástico incendio, descubrimos a nuestros pies unas huellas semihumanas, de grandes uñas caninas, hondamente impresas en el barro. Salían del edificio en dirección a la colina que había detrás.<br />
Sin decir palabra seguimos las huellas. Casi en línea recta nos llevaron a la entrada del antiguo panteón familiar, hasta la pesada puerta de hierro cerrada por orden de sir John Tremoth durante toda una generación, Pero la encontramos abierta: la cadena oxidada y la cerradura habían sido destrozadas por una fuerza brutal. Después, al examinar el interior, vimos las huellas de barro que descendían hacia las tinieblas eternas de la muerte.<br />
Ibamos desarmados los dos. Habíamos dejado nuestros revólveres en la cámara mortuoria, pero no nos paramos a deliberar. Harper llevaba una buena provisión de cerillas, y buscando por allí encontré una rama que podía servirme de garrote. En silencio, con tácita determinación, realizamos una minuciosa inspección de las criptas más inmediatas, gastando una cerilla tras otra a medida que avanzábamos por entre sombras y moho.<br />
Las huellas de aquellos pies horribles se hacían más borrosas conforme iban adentrándose en la negrura de las bóvedas. En ninguna parte encontramos nada, sino humedad apestosa, telarañas seculares, y un sinnúmero de ataúdes. La criatura que buscábamos se había desvanecido como tragada por los muros subterráneos.<br />
Por último regresamos a la entrada. Allí, a plena luz del día, habló Harper por vez primera y dijo en voz baja y temblorosa :<br />
-Hace muchos años, poco después de morir lady Agatha, sir John y yo inspeccionamos el panteón de un extremo a otro, pero no encontramos rastro alguno del ser que nos imaginábamos. Ahora es inútil buscar, igual que lo fue entonces. Existen misterios que, gracias a Dios, jamás llegaremos a desentrañar. Lo único que sabemos es que el engendro de las tumbas ha regresado a las tumbas. Que permanezca ahí, es menester.<br />
En silencio, y en lo más profundo de mi corazón, repetí sus últimas palabras y su ferviente deseo.</p>
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		<title>El merodeador de cementerios</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Jan 2011 15:56:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/01/merodeadordecementerios.jpg" alt="" title="merodeadordecementerios" width="1024" height="461" class="alignnone size-full wp-image-2577" /><br />
Fue en una noche oscura y gris, cuando el viejo Raúl decidió dar sepultura a aquel joven, muerto en extrañas circunstancias. El frío era cada vez mas intenso, y la niebla se adueñaba del pequeño cementerio del norte de Portugal.<br />
- una lástima lo de este chico eh Raúl, tan joven y nadie que de cuenta de él, pero bueno así es la vida, entiérralo mañana a primera hora y asunto concluido, ya ha estado en la morgue dos semanas y tengo otros clientes esperando, jajaja&#8230; &#8211; La voz de Lucas, el dueño de la funeraria, se podía escuchar a cien millas a la redonda, mientras comía ansiosamente un bocadillo de jamón y queso llenando su camisa de migas y poniendo todo el suelo de la pequeña oficina perdido. Y, efectivamente, así era, nadie había dado cuenta del joven cadá ver. Incluso, el gordo se había molestado en poner anuncios en la prensa local sin éxito, mientras degustaba un buen par de bocadillos de jamón y queso.<br />
Al escuchar las palabras de Lucas, el viejo Raúl recordó que los martes a primera hora tenía partida de dominó con sus amigos de la Fundación, y desde luego, por nada del mundo se iba a perder lo que, para él, era su única satisfacción en esta vida, además, su viejo amigo Pedro le debía una alta suma de dinero y, por fin, este jueves iba a saldar su cuenta pendiente.<br />
Así fue como nuestro amigo Raúl se las ingenió para desobedecer la orden de su corpulento jefe, llamaría a su viejo amigo Pedro y entre los dos, enterrarían a ese pobre muchacho muerto en extrañas circunstancias.<br />
Por fin, llegó la noche y los dos viejos se dispusieron a hacer aquel trabajo lo más rápido posible, no sin antes saborear una buena botella de vino tinto. Mientras Raúl tiraba tierra sobre el ataúd, creyó escuchar el sonido leve de algo que se movía debajo de la tierra, un ruido seco, como el de unas uñas arañando madera.<br />
- ¿has oído eso viejo?, dijo Raúl.<br />
- ¿he oído el qué? contestó Pedro.<br />
-¿no lo has oído?<span id="more-2248"></span><br />
- ¿no he oído nada, y si lo que quieres es asustarme, lo estas consiguiendo, así que coge la pala y acabemos con esto de una vez -<br />
Raúl siguió su trabajo pensando que, quizás se había excedido con el vino, y pensó que, la poca costumbre de trabajar de noche le habría jugado una mala pasada. A los cinco minutos, los ruidos se hicieron mas fuertes, y, esta vez, Pedro también los escuchó.<br />
- vámonos de aquí, no me gusta nada esto viejo.<br />
Los dos accedieron a dejar el cementerio de inmediato, Raúl se adelantó para cerrar la oficina y Pedro se quedó en una esquina del cementerio esperando a su compañero.<br />
Cuando éste llegó a la esquina, vio que Pedro había desaparecido, miró al suelo y observó unas manchas de lo que parecía ser sangre fresca. El corazón de Raúl latía tan fuerte que a punto estuvo de sufrir un infarto.<br />
-respira viejo, respira profundamente, lo vamos a conseguir &#8211; se decía a si mismo Raúl, mientras corría hacia el coche, en la salida del cementerio. Miró hacia atrás y vio la sombra de algo que lo perseguía velozmente. Cuando le quedaba muy poco para llegar al coche, su corazón no aguantó mas y se paró. Allí mismo, tumbado boca abajo se quedó el pobre Raúl, mientras la niebla se diluía por el norte, sin poder jugar más su querida partida de dominó de los martes por la mañana.<br />
Meses mas tarde, los compañeros de Pedro y Raúl recordaban los buenos tiempos en los que, los dos amigos reían juntos mientras jugaban una partida. Un día, Mariano, amigo de la Fundación, decidió tomarse unas vacaciones a las islas Madeira, y cual sería su sorpresa al encontrarse en la piscina &#8211; casino del hotel a Pedro acompañado de una persona gruesa que comía bocadillos de jamón y queso ansiosamente mientras jugaban una partida de poker acompañados por dos hermosas Isleñas.</p>
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		<title>Mal de ojo</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Feb 2010 12:18:11 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Claudia iba a trabajar como todos los días en el autobús. Era lunes y el tráfico hacía que se moviera con excesiva lentitud. En una de las paradas se fijó en la gente que transitaba por las calles y una mujer le llamó la atención porque la miraba desde la acera muy fijamente, como si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/02/mal-de-ojo.jpg" alt="" title="mal de ojo" width="470" height="358" class="alignnone size-full wp-image-557" /><br />
Claudia iba a trabajar como todos los días en el autobús. Era lunes y el tráfico hacía que se moviera con excesiva lentitud. En una de las paradas se fijó en la gente que transitaba por las calles y una mujer le llamó la atención porque la miraba desde la acera muy fijamente, como si la odiara por algo.</p>
<p>Inmediatamente después el autobús se puso en marcha y siguió mirando a la mujer por si no la miraba a ella, pero a medida que se movía hacia adelante, la mujer la seguía con la mirada. Se preguntó si la conocía de algo y sintió miedo ya que con ese cruce de miradas era obvio que no le estaba deseando ningún bien.</p>
<p>En cuanto sus miradas se separaron comenzó a sentir ganas de vomitar. Se había sentido mareada todo el camino pero después de eso no pudo aguantar más y a duras penas logró sacar una bolsa de plástico de su bolso y vomitó todo el desayuno.<br />
<span id="more-556"></span><br />
Llegó a su trabajo y su malestar continuaba. Sentía que sus miembros habían perdido fuerza, como si tuviera que caminar en medio del agua. Le costaba muchísimo dar cada paso que la llevaba a la oficina. Pensó que se trataría de algún virus o que se le pasaría en cuanto comiera algo. No le dio mucha importancia a pesar de que todos sus compañeros le decían que tenía muy mala cara y que debería irse a su casa a descansar. Se negó porque sabía que si se marchaba, le quitarían el día de sueldo y estaban tan justos de dinero que no podía permitirse ese lujo. Aguantaría hasta el último minuto.</p>
<p>Desayunó algo y no se encontró mejor. Al contrario, lo vomitó todo otra vez en menos de media hora.</p>
<p>- Eso es un virus &#8211; decían los compañeros.<br />
- No sé &#8211; decía ella -. Debí comer algo en el desayuno en mal estado.<br />
- Vete a casa o nos contagiarás a todos &#8211; decía otro, medio en broma.<br />
- Uy, no tendréis esa suerte &#8211; dijo ella, sonriendo -. Mañana vendréis todos a trabajar.</p>
<p>Con las bromas y el trabajo, Claudia pasó el día como pudo, entretenida pero sin poder comer nada. Medio mareada y sin fuerzas casi ni para moverse de la silla.</p>
<p>Cuando llegó la hora de irse, un compañero le dijo que no permitiría que se fuera sola a casa en ese estado. Le ofreció llevarla a casa en su coche y ella se lo agradeció de corazón.</p>
<p>Una vez en casa llamó al doctor y éste le hizo un chequeo completo.</p>
<p>- Señora, ha debido beber agua del grifo -dijo. El agua de la ciudad no era muy saludable-, o ha podido comer algún alimento en mal estado. Tómese estas pastillas, beba muchos líquidos y no coma nada hasta pasadas 24 horas. Las pastillas cada 8 horas.</p>
<p>Así lo hicieron y mientras no comió se sintió estupendamente aunque muy débil. Al día siguiente se atrevió con el desayuno y tomó una tostada con mantequilla y un café con leche. Le sentó bien en un principio, fue a trabajar y en el autobús volvió a vomitarlo todo y el malestar volvió a dejarla sin fuerzas durante todo el día. Esta vez el compañero la llevó al hospital en lugar de ir a su casa. Estaba tan débil que pensaron que era algún tipo de enfermedad infecciosa.</p>
<p>Sin embargo en el hospital no supieron qué tenía. Los médicos la tuvieron en cuarentena hasta que los resultados de los análisis de sangre determinaron que no tenía absolutamente nada extraño. Al estar allí se sintió algo mejor y la dijeron que podía irse a casa, que tomara vitaminas y no tendría por qué recaer.</p>
<p>Una vez en su casa, tomándose las vitaminas, se sintió un poco mejor. Aun así todo lo que comía lo vomitaba y después de otro día entero de vómitos decidieron llevarla de nuevo al hospital. Algo tenía que tener.</p>
<p>Una vecina fue a verla justo cuando estaban preparándose para salir. Esta le dijo que no era la primera vez que veía algo así y le dijo que lo único que tenía era un mal de ojo. Ella y su marido le dijeron educadamente que no creían en esas supersticiones así que no podía ser eso. Haciendo caso omiso se despidieron educadamente de ella y fueron al hospital.</p>
<p>Una vez allí la examinaron más detenidamente, le hicieron pruebas todo el día y llegaron a la misma conclusión del día anterior. Debía tener alguna infección del sistema digestivo, le recetaron dieta líquida durante tres días y mucho reposo.</p>
<p>De vuelta a casa comenzó la dieta de líquidos, bebió zumos y su estómago comenzó a rechazar incluso los zumos. Cosa que comía, cosa que vomitaba. El malestar era tan fuerte que dejó de tener fuerzas de levantarse incluso para ir al baño.</p>
<p>La vecina volvió a visitarla y le dijo que ella conocía la cura para su problema. Que no perdía nada en dejarse tratar ya que solo tenía que pasarle &#8220;el huevo&#8221;.</p>
<p>- No necesito tus recetas de supercherías &#8211; se quejaba el marido -. Vete, mujer, no nos ayudas y mi mujer está muy débil.<br />
- No pierdes nada. Déjame intentarlo, ni siquiera la tocaré así que no corre ningún peligro. Si no funciona aceptaré irme y no os molestaré más… pero si funciona quiero una tarta de manzana, de esas tan ricas que hace tu mujer. ¿Qué me dices?</p>
<p>Ese descaro le hizo reír y aceptó finalmente.</p>
<p>- Y como no funcione te echaré de casa a patadas &#8211; bromeó él.<br />
- Va a funcionar, no es el primer mal de ojo que trato &#8211; dijo la otra, muy segura de si misma.<br />
- Está bien, ¿qué necesitas?<br />
- ¿Tienes un huevo? Un huevo fresco, corriente.<br />
- Claro, espera.</p>
<p>El hombre bajó a la cocina, a la nevera y cogió un huevo. Subió corriendo a la habitación y se lo entregó a la mujer. Esta comenzó a pasarlo cerca del cuerpo dormido de Claudia y murmuraba algunas extrañas plegarias. Pasó el huevo desde la cabeza hasta los pies, por los brazos, el cuerpo y por los lados. Finalmente cogió un plato y lo rompió en él.</p>
<p>El contenido dejó al marido boquiabierto. Parecía que dentro del huevo había petróleo, era un líquido que olía a podrido y tan negro como el alquitrán.</p>
<p>- Ya está, tu mujer está curada &#8211; dijo.</p>
<p>Claudia la escuchó y abrió los ojos.</p>
<p>- ¿Qué ha pasado? &#8211; preguntó.<br />
- Acaba de pasarte el huevo &#8211; se mofó el marido -. ¿Cómo estás amor?<br />
- Me encuentro… bien. ¿Qué habéis hecho? Siento como si&#8230; me hubieran quitado una tonelada de encima.</p>
<p>La vecina sonrió satisfecha.</p>
<p>- Me debéis una tarta de manzana de las tuyas.<br />
- ¿Qué es eso del huevo?<br />
- El huevo, un huevo de gallina normal &#8211; explicó la mujer -. Son células perfectas, tienen el poder de absorber todas las influencias negativas. &#8220;Lo malo&#8221; siempre busca &#8220;el bien&#8221; más perfecto posible. Por eso el huevo absorbe y libera del mal de ojo.<br />
- No puedo creer que fuera eso en serio &#8211; dijo Claudia-, siempre pensé que esas cosas solo le afectan a los que creen en ellas.</p>
<p>Claudia estaba tan bien que pudo levantarse sin problemas. Estaba completamente sana. Comió algo con miedo a vomitarlo después, eligió un yogourt, y después de un rato, al ver que le sentaba bien, comió con la familia sin problemas. Por la tarde la vecina regresó a su casa a ver cómo estaba.</p>
<p>- Es increíble, estoy curada.<br />
- Ya ves, hija. No eres la primera que curo, ni seguramente la última. Lo peor es admitir que lo tienes porque ya has visto que solución tan fácil tiene.<br />
- Gracias, te haré una tarta… Pero, ¿quién podría querer echarme mal de ojo? ¿Por qué?<br />
- Hay una forma de protegerte en el futuro. Solo tienes que poner algo rojo en las ventanas de tu casa y el mal de ojo no entrará ni para ti, ni para tu familia.<br />
- Pues no creía en estas cosas, pero voy a hacerte caso.</p>
<p>Colocó lazos rojos en todas las puertas y ventanas por dentro de la casa. Nunca supieron por qué esa mujer le echó un mal de ojo y nunca volvió a encontrarse con ella. Pero lo cierto es que nadie más en la familia volvió a sufrirlo.</p>
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		<title>El Zampaespectros</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jan 2010 01:09:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[¿Lunatismo? ¿Acceso de fiebre?¡Desearía creerlo así! Pero cuando me encuentro solo, después de oscurecido, en los despoblados lugares a que me conducen mis vagabundeos, y oigo procedentes del vacío infinito los ecos demoníacos de alaridos y gruñidos y un detestable crujir de huesos, me estremezco de nuevo al evocar aquella noche de espectros. En aquellos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/01/El-Zampa-espectros.jpg" alt="" title="El Zampa espectros" width="400" height="344" class="alignnone size-full wp-image-524" /><br />
  ¿Lunatismo? ¿Acceso de fiebre?¡Desearía creerlo así! Pero cuando me encuentro solo, después de oscurecido, en los despoblados lugares a que me conducen mis vagabundeos, y oigo procedentes del vacío infinito los ecos demoníacos de alaridos y gruñidos y un detestable crujir de huesos, me estremezco de nuevo al evocar aquella noche de espectros.</p>
<p>           En aquellos días tenía menos conocimientos de lo forestal, aunque la llamada de la naturaleza era tan fuerte como en el presente. Hasta aquella noche siempre había tenido cuidado de contratar un guía, aunque diversas circunstancias me obligaron repentinamente a confiar en mi propia habilidad. Me encontraba en Maine, el día del solsticio de verano, y, a pesar de la extrema necesidad que tenía de trasladarme de Mayfair a Glendale el día siguiente, no daba con persona que quisiera conducirme.</p>
<p> <span id="more-523"></span></p>
<p>A menos que tomara la larga ruta que atraviesa Petewisset, que por cierto me retrasaría; tendría que cruzar vastas zonas de bosque; no obstante, siempre que preguntaba por un guía, fui recibido con claras muestras de rechazo y evasión.</p>
<p>Extranjero como era, parecía raro que todo quisque contara con prontas y fáciles excusas. Había demasiados «asuntos importantes» para pueblo tan pequeño y me constaba que los naturales mentían. El caso es que todos tenían «deberes inaplazables», o así al menos lo decían; excusas que no hacían sino asegurarme que el camino a través del bosque era la mar de cómodo, siempre que siguiera la dirección norte, y de ningún modo dificultoso para un mozarrón vigoroso. Si me ponía en camino nada más despuntar el alba, aseveraban ellos, podía llegar a Glendale aproximadamente a la puesta del sol, evitando así pasar la noche al sereno. Ni siquiera entonces sospeché nada. El proyecto parecía bueno y resolví intentarlo solo, dejando que la pereza de aquellos palurdos siguiera cosechando méritos. Probablemente me habría puesto en camino aun albergando sospechas; pues la juventud es tozuda y desde la infancia me había reído de supersticiones y cuentos de viejas.</p>
<p>Así, antes de que el sol se alzara, había comenzado ya mi itinerario hacia los bosques, el hato de la comida en la mano, una automática en el bolsillo y la faltriquera llena de arrugados billetes de diverso valor. Por la distancia que me habían anticipado y un conocimiento previo de mi velocidad de marcha, consideré que llegaría a Glendale poco después del crepúsculo; sin embargo, aun cuando en virtud de un error de cálculo me cogiera la noche en aquellos parajes, tenía la suficiente experiencia campestre para replegarme. Por otro lado, mi presencia en mi punto de destino no era realmente necesaria hasta el día siguiente.</p>
<p>El clima malogró mis planes. A medida que el sol subía en dirección a su cenit, sus rayos calcinaban más y más los pequeños brotes de hierba, no deteniéndose siquiera ante las matas más gruesas. En cuanto a mí, abrasaba mi ánimo y oxidaba mi energía a cada paso. La llegada del mediodía sorprendió mis ropas empapadas de sudor y me sentí vencido pese a todos mis tenaces propósitos. Paralelamente a estas dificultades, el sendero, a medida que se internaba en lo más profundo del bosque, se perdía bajo la lujuria vegetal y desaparecía en más de un punto. Sin duda habían pasado semanas -tal vez meses- desde que otro caminante lo hollara, y comencé a preguntarme si llegaría a tiempo a mi cita.</p>
<p>Al cabo, sintiendo hambre, elegí la sombra más espesa que pude encontrar y procedí a comer las viandas que me habían preparado en la posada. Constaban éstas de unos cuantos bocadillos anodinos, un pedazo de empanada rancia y una botella de vino muy flojo; no precisamente un festín suntuoso, pero si suficiente para mi estado de extremo cansancio.</p>
<p>Hacía demasiado calor para que el tabaco constituyera un placer, de manera que no encendí la pipa. En vez de ello, procedí a tenderme en el suelo, bajo la sombra de los árboles, con el propósito de reposar unos minutos antes de emprender de nuevo el último tramo de mi viaje. Creo que fue una estupidez beber aquel vino; pues, aunque era muy flojo, sirvió para rematar la obra que el caluroso día había comenzado. Mi propósito había sido descansar unos momentos, pero entre cabeceos y bostezos, la modorra ganó puntos y quedé sumido en un profundo sueño.</p>
<p>Cuando abrí los ojos era ya el crepúsculo. Un vientecillo culebreó sobre mis mejillas y acabó de reanimarme; y al mirar al cielo vi con temor que negros cúmulos de nubes estaban congregándose y formando una sólida muralla de oscuridad que profetizaba violenta tormenta. Supe entonces que no llegaría a Glendale hasta la mañana siguiente, pero la perspectiva de una noche en el bosque se me hizo muy repugnante bajo las condiciones antedichas. Decidí entonces avanzar un poco más con la esperanza de encontrar un refugio antes de que se desatara la tempestad.</p>
<p>La oscuridad cubría el bosque como un espeso manto. Las nubes bajas se hacían más y más amenazadoras y el viento aumentaba hasta ribetear el huracán. Un relámpago &#8221; distante iluminó el cielo y fue seguido de un ominoso trueno que pareció ocultar malignos propósitos. Entonces sentí sobre mi mano una gota de lluvia; y aunque todavía caminaba automáticamente, me resigné ante lo inevitable. Un momento más y vi una luz; luz de una ventana a través de los árboles y las tinieblas. Deseoso solamente de refugio, me precipité hacia ella: ¡ojalá hubiera dado media vuelta y escapado!</p>
<p>Había una especie de claro imperfecto y allí, con la fachada hacia el claro y la parte trasera hacia el bosque primitivo, se levantaba un edificio. Había esperado una choza o cabaña de pastores, pero me detuve sorprendido cuando me vi ante una pequeña casa pulcra y exquisita y de dos pisos; por su arquitectura, tendría una antigüedad de unos setenta años, pero su conservación y ocasionales reparaciones le prestaban un aire decididamente civilizado. Había luz en una de las ventanas de la planta baja y hacia ella corrí espoleado por el impacto de otra gota&#8217; de lluvia, lanzándome a través del claro, subiendo presurosamente los escalones de entrada y llamando a la puerta.</p>
<p>Al instante, mi llamada fue respondida por una profunda y agradable voz que se limitó a decir:</p>
<p>-¡Entre!</p>
<p>Empujando la puerta cerrada sin llave, penetré en un oscuro recibidor iluminado por la claridad filtrada a través de una puerta abierta a. mano derecha, que daba acceso a una habitación llena de libros y que contaba con la ventana que yo había visto iluminada desde el exterior. Al cerrar la puerta a mis espaldas me vi asaltado por un olor particular que dominaba la casa; evanescente, elusivo, apenas definible, un olor que de algún modo sugería una presencia animal. Mi huésped, presumí, debía de ser cazador o trampero, o de cualquier manera relacionado con alguna tarea que justificase el tufo.</p>
<p>El hombre que había hablado estaba sentado en un sillón junto a una mesa de mármol ubicada en el centro y tocado con una bata de estar en casa, de color gris. Era un individuo delgado. La luz procedente de una gran lámpara pronunciaba sus facciones y mientras me miraba con curiosidad me dediqué a estudiarlo con ánimo de no perder ningún detalle. Era sorprendentemente guapo, de cara magra y recién afeitada, cabellos brillantes, blondos v perfectamente peinados, cejas regulares que se encontraban en ángulo sesgado sobre la nariz, orejas perfectamente delineadas y situadas más bien bajas y rezagadas en el conjunto de la cabeza y ojos grises y enormemente expresivos, casi luminosos de tanta animación. Cuando sonrió dándome la bienvenida, mostró una dentadura magnífica de blancas piezas y cuando me invitó a sentarme con un gesto de su mano aprecié la finura y delgadez de ésta, así como de sus dedos largos, cuyas uñas parecían haber sido tratadas con exquisitez. No pude menos de lamentarme que un hombre de personalidad tan seductora hubiera escogido vivir como un recluso.</p>
<p>-Lamento importunarle -aventuré-, pero partí con la esperanza de llegar por la mañana a Glendale y la inminencia de una tormenta me obligó a buscar refugio.</p>
<p>Como corroborando mis palabras, un vívido relámpago estalló en el exterior y el primer nuncio de una lluvia torrencial se dejó sentir contra la ventana.</p>
<p>Mi huésped pareció hacer caso omiso de los elementos y me dirigió otra sonrisa cuando me respondió. Su voz era suave y bien modulada y sus ojos contenían una calma casi hipnótica.</p>
<p>-Sea bienvenido a la pobre hospitalidad que puedo ofrecerle, ya que me temo que no podrá ser mucha. Soy cojo de una pierna, de modo que tendrá que hacer usted la mayor parte de las cosas durante su espera. Si tiene hambre, encontrará abundancia en la cocina: abundancia de comida, ya que no de ceremonia. -Me pareció detectar z un furtivo rasgo de acento extranjero en su tono, aunque su habla era fluida y perfecta.</p>
<p>Tras levantarse y alcanzar con ello una altura impresionante, se dirigió a la puerta con pasos largos y renqueantes y advertí que sus velludos brazos colgaban de una manera curiosa que contrastaba con la delicadeza de las manos.</p>
<p>-Venga -invitó-. Coja la lámpara. Puedo permanecer en la cocina lo mismo que aquí.</p>
<p>Lo seguí hasta el recibidor y la estancia que se abría al otro lado, cogió leña del montón apilado en una esquina y se dirigió a la chimenea. Un momento después, una vez encendido el fuego, le pregunté si debía preparar comida para ambos; cortésmente, declinó la oferta.</p>
<p>-Hace demasiado calor para comer -me dijo-. Además, tomé un bocado antes de que llegara usted.</p>
<p>Después de lavar los platos utilizados para la comida, permanecí un rato sentado y fumando una pipa. Mi huésped me preguntó unas cuantas cosas sobre los pueblos vecinos, pero quedó en silencio cuando le expliqué que era forastero. Mientras lo veía allí, silencioso, no pude menos de percibir una cierta cualidad de extrañeza que emanaba de él; algo sutil, perteneciente a lo ajeno, que difícilmente podría explicar. Por otro lado, tenía la certeza de que me toleraba como víctima de la imprevista tormenta y no por razones que se contuvieran en un genuino sentido de la hospitalidad.</p>
<p>En cuanto a la tormenta, parecía haber pasado su punto culminante. El exterior se despejaba por momentos, la luna se perfilaba tras las nubes y la lluvia había menguado hasta no ser más que un simple calabobos. Pensé que reanudar mi viaje no era -una mala idea. Y así se lo dije a mi huésped.</p>
<p>-Lo mejor será que espere a mañana -observó-. Va a pie y le quedan tres horas largas hasta Glendale. En el piso de arriba hay dos dormitorios disponibles: me sentiré muy honrado si acepta ocupar uno de ellos.</p>
<p>Había sinceridad en la oferta, una sinceridad que despejó cualquier duda que yo hubiera podido albergar respecto de su hospitalidad, de manera que medité y concluí considerando que su silencio debía ser el resultado de la prolongada separación a que se sometía respecto de sus semejantes. Tras haber fumado tres pipas en silencio, llegó el momento en que tuve que reprimir un bostezo.</p>
<p>-Ha sido un día agotador para mí -dije- y creo que lo mejor será que me vaya a la cama. Me gustaría levantarme nada más salir el sol y continuar mi camino.</p>
<p>Mi huésped me señaló la puerta con un gesto. Más allá de la puerta vi el recibidor y la escalera.</p>
<p>-Llévese la lámpara -dijo-. No tengo otra, pero no me importa permanecer en la oscuridad. Cuando estoy solo me paso la mitad del tiempo a oscuras. No es fácil encontrar combustible y suelo ir muy de tarde en tarde al pueblo. Su habitación es la que está a mano derecha, al final de la escalera.</p>
<p>Cogiendo la lámpara y volviéndome en el recibidor para darle las buenas noches, pude ver que sus ojos brillaban de manera casi fosforescente en medio de la sombría habitación que acababa de dejar; y medio me asaltó durante un segundo el lejano recuerdo de la selva y el círculo de ojos que suele brillar un poco más allá del radio del campamento. Subí los peldaños.</p>
<p>Cuando alcancé el segundo rellano pude oír el renqueo de mi huésped que cruzaba el recibidor y se dirigía a la habitación que se abría frente a la cocina, y percibí que pese a la oscuridad se desplazaba con seguridad inequívoca. Ciertamente, poca necesidad de lámpara tenía. La tormenta había cesado y cuando entré en la habitación que se me había asignado me encontré con los brillantes rayos de una luna llena que se derramaba sobre la cama a través de una ventana sin cortinas encarada al sur. Al apagar la lámpara de un soplido y dejar por ende la casa a oscuras, descontando la luz de la luna, el punzante olor a keroseno inundó mi olfato, sin apagar del todo aquel otro olor casi animal que había advertido en el momento de mi llegada. Me acerqué a la ventana Y 1a abrí, respirando el aire fresco de la noche.</p>
<p>Estaba ya desvistiéndome cuando me detuve al instante, acordándome del dinero que llevaba encima. Sin duda, reflexioné, haría bien guardándolo; pues yo había leído sucesos relativos a hombres que, so pretexto de la hospitalidad, no vacilan en robar, ni siquiera en matar, al extranjero que les pide asilo. Así, arreglando las ropas de la cama de manera que pareciese que cubrían un cuerpo, me senté en la única silla de la habitación y, oculto en un rincón oscuro, llené y encendí la pipa y me dispuse a descansar o vigilar, según lo pidiese la ocasión.</p>
<p>No haría mucho rato que llevaba allí sentado cuando mis sensibles oídos captaron el sonido de unos pasos que subían las escaleras. Todas las viejas historias dé posaderos ladrones me asaltaron al pronto cuando el momento siguiente reveló que los pasos eran fuertes, pesados, y descuidados, dados sin la menor cautela; ya que el paso de mi huésped, según lo había escuchado anteriormente, era un renqueo suave. Sacudí las cenizas de la pipa, me guardé ésta en el bolsillo y, a continuación, tras empuñar y sacar la automática, me levanté de la silla, crucé la habitación y, con los nervios en tensión, me coloqué tras la puerta en un lugar desde el que no pudiera ser visto.</p>
<p>La puerta se abrió y a la luz de la luna vi a un hombre que jamás había visto anteriormente, Alto, de anchas espaldas, el rostro medio oculto por una espesa barba cuadrada y el cuello hundido en un alto y negro alzacuello de un modelo pasado de moda en América hacía tiempo, se trataba indudablemente de un extraño. Cómo podía haber entrado en la casa sin que yo lo advirtiese estaba más allá de mis facultades, pues no podía admitir ni por un instante que había estado oculto en cualquiera de las dos estancias o el recibidor de la planta baja. Mientras lo observaba atentamente a la luz de la luna, se me figuró que mi vista atravesaba su robusto cuerpo; aunque posiblemente se tratara de una ilusión provocada por la sorpresa.</p>
<p>Notando el desarreglo de la cama, pero sin caer en la trampa de creer que estaba ocupada, el extraño murmuró algo para sí en idioma extranjero y procedió a apartar las frazadas. Arrojando sus vestidos sobre la silla que yo había estado ocupando, se metió en la cama, acomodó las sábanas sobre él y al cabo de unos momentos su respiración semejó la de un hombre dormido.</p>
<p>          Mi primer impulso fue buscar a mi huésped y pedirle una explicación, pero al instante consideré que lo mejor era percatarme de que el incidente no constituía en conjunto un efecto secundario del vino ingerido en el bosque. Me sentía todavía débil y con cierto desmayo y a pesar de la cena reciente tenía tanta hambre como si no hubiera comido nada desde el mediodía.</p>
<p>Me deslicé hasta la corma y puse una mano en el hombro del hombre que dormía. Enseguida, tras lanzar un grito asustado, retrocedí con el corazón zumbando y. los ojos saliéndoseme de las órbitas. Pues mis dedos habían atravesado la forma dormida y cogido sólo la sábana de abajo.</p>
<p>Un análisis completo de mis agitadas sensaciones sería inútil. El hombre era intangible y no obstante podía verlo allí, oír su respiración y contemplar su silueta echada de lado bajo las sábanas. En aquel momento, cuando ya estaba a punto de admitir mi locura o mi estado hipnótico, oí otros pasos en la escalera; suaves, amortiguados, como los de un perro, pasos renqueantes, ascendiendo, ascendiendo, ascendiendo&#8230; Y de nuevo percibí aquel picante olor animal, esta vez con doble fuerza. Intrigado y moviéndome como en un sueño, volví a ocultarme tras la puerta abierta, tembloroso hasta los tuétanos, pero resignado ya a vérmelas con cualquier hecho con o sin nombre.</p>
<p>Entonces, en aquel claro de luna espectral penetró la fantasmal silueta de un inmenso lobo gris. Cojo, al parecer, pues una de sus patas quedaba en el aire, como si hubiera sido herida por alguna bala perdida. La bestia giró la cabeza hacia mí y al hacerlo se me cayó la pistola de la mano y chocó ruidosamente contra el suelo. La creciente sucesión de horrores paralizó en seguida mi voluntad y mi conciencia, pues los ojos que en aquel momento me miraban embutidos en aquella cabeza infernal eran los ojos grises y fosforescentes de mi huésped en el momento de mirarme desde la oscuridad de la cocina</p>
<p>Ignoro en puridad si la bestia me vio. Su mirada se desvió hacia la cama y se quedó glotonamente fija en la espectral silueta dormida que allí había. Entonces, echando la cabeza hacia atrás, su garganta demoníaca emitió el ululato más aturdidor que jamás he oído; denso, nauseabundo, lobuno aullido que paralizó mi corazón. La silueta de la cama se removió, abrió los ojos y se encogió al ver lo que tenía ante sí. El animal se acercó lentamente y entonces -mientras la etérea figura profería un alarido de angustia y terror inequívocamente humanos qué ningún fantasma de leyenda podría falsificar- se lanzó de un salto contra la garganta de su víctima, relampagueando a la luz de la luna aquella blanca y firme dentadura en el momento de cerrarse sobre la yugular del fantasma que gritaba. Los gritos cesaron y se desvanecieron en medio de un gorgoteo de sangre y los asustados ojos humanos se tornaron vidriosos.</p>
<p>Aquellos gritos me habían devuelto a la realidad y al cabo de un segundo empuñaba de nuevo mi automática y vaciaba su contenido en la monstruosidad lupina que tenía delante. Sin embargo, oí inequivocadamente los impactos de los proyectiles estériles que se estrellaban contra la pared opuesta.</p>
<p>Mis nervios estallaron. Cegado por el miedo, el mismo miedo me lanzó hacia la puerta y me obligó a volver la cabeza en el instante mismo de emprender la fuga: atónito, vi que el lobo había hundido los dientes en el cuerpo de su víctima. Tuvo lugar en aquel momento la culminación de las impresiones sensitivas y la devastadora formulación de un pensamiento, surgida de aquélla. Se trataba del mismo cuerpo que yo había atravesado con la mano momentos antes&#8230; y sin embargo, mientras corría escaleras abajo, pude oír el crujido de los huesos.</p>
<p>Cómo di con el sendero que llevaba a Glendale y cómo me las arreglé para seguirlo es algo que no sabré jamás. Sólo sé que la salida del sol me sorprendió en la colina que se eleva en el límite del bosque y alberga en su falda las desparramadas casas que componen el pueblo, quedando a lo lejos, centelleando en la distancia, la azul amenaza del Cataqua. Sin sombrero, sin abrigo, pálido y tan empapado de. sudor- como si la tormenta de la noche anterior me hubiera cogido de lleno, no me atreví a entrar en el pueblo hasta no haber recuperado un tanto la compostura. Reanudé el camino colina abajo y me interné por las estrechas calles salpicadas aquí y allá de trechos de acera empedrada y pórticos coloniales, hasta que di con la mansión Lafayette, cuyo propietario me vio de lejos.</p>
<p>-¿Dónde vas tan temprano, muchacho? ¿Y ese aspecto? ¿Estás hecho un asco.</p>
<p>-He caminado a través del bosque que nos separa -de Mayfair.</p>
<p>-¿Que has atravesado&#8230; el Bosque del Diablo&#8230; esta noche&#8230; y&#8230; solo?</p>
<p>El anciano me contempló con una curiosa mirada, mitad horror mitad incredulidad.</p>
<p>-Claro. No habría llegado a tiempo si hubiera venido por Potowisset y no podía llegar más tarde del mediodía de hoy.</p>
<p>-Y la noche pasada hubo luna llena&#8230; ¡Dios mío!</p>
<p>-Me miró con curiosidad-. ¿Viste algún rastro de Vasili Oukraninov o del Conde?</p>
<p>-Oiga, ¿tengo pinta de tonto? ¿A qué juega, a burlarse de mí?</p>
<p>Pero su tono era tan grave como el de un sacerdote cuando replicó:</p>
<p>-Debes de ser nuevo en estos lugares, hijito. Si no lo fueras, sabrías lo que hay que saber respecto del Bosque del Diablo, la luna llena, Vasili y lo demás.</p>
<p>Me sentí un tanto aturdido, y no obstante sabía que no debía parecer muy serio después de las primeras observaciones.</p>
<p>-Vamos, sé que está rabiando por contármelo. Soy como un burro: todo orejas.</p>
<p>Entonces me contó la leyenda de forma escueta, despojándola de vitalidad y convicción y extirpándole colorido, detalles y atmósfera. Pero no necesitaba yo la vitalidad ni la convicción que cualquier poeta habría suministrado. Recuérdese lo que había presenciado y recuérdese que jamás había oído hablar de la historia hasta después de haber atravesado la experiencia y huido aterrorizado de aquel crujir de huesos.</p>
<p>-Hubo un tiempo en que se instalaron algunos rusos entre este lugar y Mayfair: emigraron después de un jaleo que organizaron los nihilistas. Vasili Oukraninov era uno de ellos, un tío alto, guapo, pelo amarillo y maneras refinadas. Se decía, sin embargo, que era un esclavo del demonio: un hombre lobo y comedor de hombres.</p>
<p>“Se construyó una casa en el bosque más o menos a un tercio de la distancia que nos separa de Mayfair y vivía allí solo. De vez en cuando llegaba un viajero que contaba la extraña historia de un lobo con ojos humanos que había estado a punto de darle caza, un lobo con los ojos como Oukraninov. Una noche, uno de los viajeros acertó a disparar contra el lobo y la siguiente ocasión que el ruso vino a Glendale caminaba cojeando. Aquello acabó por encajar. No se trata de meras sospechas, sino de hechos contundentes.</p>
<p>“Entonces envió gente a Mayfair en busca del Conde (su nombre era Feodar Tchemevsky y había comprado a Fowler la casa de techo holandés que está en State Street) para que acudiera a verle. Todos pusieron al Conde sobre aviso, pues se trataba de un hombre educado y buen vecino, pero dijo que él sabia cuidarse. Era noche de luna llena. El tío era valiente y la única precaución que tomó fue decir a un grupo de hombres que si al cabo de un tiempo prudencial no estaba de regreso fueran a buscarle a la casa de Vasili. Así lo hicieron&#8230; y tú, hijito, ¿me dices que has atravesado el bosque?”</p>
<p>-Le repito que si -dije haciendo lo posible por no parecer un charlatán-. No soy ningún Conde y puedo dar fe de lo que digo&#8230; Pero, ¿qué pasó cuando los hombres llegaron a la casa de Oukraninov?</p>
<p>-Encontraron el cuerpo del Conde hecho papilla, hijito, y un tétrico lobo gris inclinado sobre él con las fauces ensangrentadas. Ya puedes imaginarte quién era el lobo. Y la gente suele decir que cada luna llena&#8230; pero, hijito, ¿no viste ni oíste nada?</p>
<p>-Ni papa, abuelo. Y dígame: ¿qué fue del lobo&#8230; o Vasili Oukraninov?</p>
<p>-Vaya, hijo, pues lo mataron: lo llenaron bien lleno de plomo y lo enterraron en la casa y luego quemaron el lugar. ¿Sabes?, esto fue hace sesenta años, yo aún era un crío, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer.</p>
<p>Me alejé con un encogimiento de hombros. Era todo demasiado absurdo y artificial a la luz del día. Pero a veces, cuando estoy solo después de oscurecido en lugares despoblados y oigo los demoníacos ecos de aquellos alaridos y gruñidos y aquel crujir de huesos, me estremezco de nuevo al evocar aquella noche espectral.</p>
<p><strong>H.P. Lovecraft  y  C. M. Eddy,  Jr.</strong></p>
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		<title>lycoperdon perlatum</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Dec 2009 07:31:42 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/12/leyendas-urbanas.jpg"><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2009/12/leyendas-urbanas-206x300.jpg" alt="" title="leyendas urbanas" width="206" height="300" class="alignnone size-medium wp-image-424" /></a><br />
El agente Fuller había visto nacer muchas de estas historias, sabía a ciencia cierta qué cualquier indicio era de importancia para resolver un caso, pero con el tiempo también había aprendido a evitar los simples rumores que tan solo obstaculizaban su trabajo. Para un sheriff de pueblo pocos eran los sucesos que requerían una exhaustiva investigación, la mayoría de ellos trataban sobre hurtos, allanamientos, y algún que otro enfrentamiento. Aquel sosegado ritmo de vida había perdurado durante años, en los que tan solo se dedicó a patrullar las calles y a completar informes de denuncias. Pero una mañana, a las nueve tocadas, una imprevisible y brutal noticia acabó con su rutina diaria.<span id="more-423"></span><br />
No tardó demasiado en llegar al lugar del incidente. Disponía de un jeep privado, aparcado en el garaje de comisaría, pero poco utilizado, ya que tan solo se montaba en él cuando el destino gozaba de un terreno complicado. A los pocos minutos de trayecto se percató de que su destreza al volante no era la misma en aquel todoterreno. Si bien disponía de un carné para todo automóvil, cada uno de ellos era diferente al resto y aquel enorme armatoste no tenía nada que ver con su modesto coche patrulla. A pesar de las dificultades logró entrar en el bosque y, en menos de media hora, ya se había reunido con sus compañeros.</p>
<p>-Después de tantos años ha vuelto a suceder.- Dijo uno de ellos girándose hacia el agente.- Eran de fuera, vendrían a pasar un fin de semana de relax. Qué irónico ¿verdad?.</p>
<p>Llevado por la curiosidad se asomó entre el gentío policial, introduciéndose en el circulo de personas que rodeaban el lugar, mientras el detective, con una instantánea en sus manos, se agachaba para tomar unas fotografías. El flash iluminó con un destello los cuerpos sin vida de aquellos jóvenes: Sus ropas estaban ensuciadas por el fango, prácticamente despedazadas y con heridas que asomaban en forma de círculos rojizos en el tejido. A pesar de no disponer de una hora aproximada sobre sus muertes, no les fue difícil deducir que habían permanecido allí toda la noche: Los cadáveres se encontraban repletos de picaduras de mosquito, algunas de ellas tan fastidiosas como la que se había formado en el párpado del chico rubio. Pero lo más aterrador del asunto no se encontraba en el asalto de los parásitos, ni siquiera en el insecto palo que asomaba de la boca de uno de los muertos. Lo brutal y sobrecogedor de aquel suceso residía en el hecho de que los cuerpos parecían estar desarticulados; todos los huesos se encontraban descoyuntados como el esqueleto de una marioneta.</p>
<p>-Trece horas atrás-</p>
<p>Había sido un largo viaje, un largo trayecto, de aquellos en que la radio es lo único que mantiene vivo el entretenimiento. Tras muchos kilómetros aparcaron el vehículo a las afueras del pequeño pueblo, uno de esos con el típico cartel situado a un lado de la carretera y que anuncia con letras enormes su nombre. A pesar de carecer de lugares de interés, aquella aldea se caracterizaba por estar envuelta por una cordillera, una serie de montañas que despertaba cierto atractivo en los turistas más aventureros.</p>
<p>Melvin, Scott y Carleen habían traído el material necesario para dormir bajo las estrellas; En el bolsillo lateral de la mochila de ella podía apreciarse el bulto que formaba la linterna, destinada exclusivamente para la noche, en la que juntos, investigarían los misterios del bosque. Pero su interés en la acampada no provenía de sí misma, ni siquiera de Scott, su verdadero aliciente era Melvin. Le conocía desde hacía relativamente poco, a través del otro chico que les acompañaba. Scott coincidió con ella en muchas de las clases que se impartían en la Universidad y con el paso del tiempo el roce acabó haciendo el cariño. Cuando los estudios requerían un trabajo en grupo él siempre era su primera opción, por esa misma razón tuvieron que quedar algunos fines de semana y rematar la faena empezada. Melvin era el mejor amigo de Scott, vivía en su mismo barrio y en ocasiones se pasaba a visitarle. En uno de esos fines de semana Carleen coincidió de nuevo con su visita, pero esta vez se conocieron un poco mejor. A partir de entonces cada vez que Scott nombraba a su amigo Carleen no podía evitar recordar aquel día, un domingo en el que sus miradas se conectaron de un modo distinto, un domingo que de ser posible hubiese repetido. Por esa misma razón decidió unirse a la excursión, con la ilusión de volverle a ver y con la esperanza de algo más.</p>
<p>El ascenso a la montaña no resultó pesado, al fin y al cabo necesitaban estirar las piernas después de pasar todo el día en el coche. De todos modos lo que requirió más tiempo fue buscar el lugar en el que acamparían; muchos de esos lugares eran tan selváticos que resultaba imposible instalar las tiendas y a penas encontraron terreno nivelado. Sin embargo, a pocos kilómetros de la cima, finalmente lo hallaron.<br />
En menos de una hora ya habían instalado las tiendas y en el doble de tiempo anochecería. Antes de que eso sucediera se dispusieron a dar un paseo, inspeccionar los alrededores y planificar que camino seguirían en el juego de noche. Fue en uno de esos caminos donde encontraron aquella rareza de la naturaleza, situada en la base del tronco de un árbol y apoyada en una de sus raíces. El peculiar hongo era de color rojizo, un rojo tan vivo que resaltaba entre la penumbra, tan intenso que era posible vislumbrarlo desde la lejanía. A medida que se acercaban descubrieron que no se trataba de una seta habitual, su morfología era atípica al resto de su especie y el pie que la mantenía unida al suelo era de un negro absoluto. La curiosidad de Carleen se desató con un par de preguntas, del mismo modo que, mientras las formulaba, se agachaba para observar el hallazgo más de cerca. La extraña seta atrajo la atención de todos, en especial de Scott, el cual inmediatamente sacó su videocámara digital para filmarlo. A pesar de la emoción el misterio perduró tan solo unos pocos segundos más, hasta que Melvin, con unos conocimientos básicos sobre lo que habían encontrado, decidió responder a sus dudas.</p>
<p>Según sus palabras, aquel hongo era llamado vulgarmente “cuesco de lobo”. Se diferenciaba del resto por su sombrero, que es la parte superior, en este caso con forma de pelota de golf. Al parecer, dentro de esa pelota contiene sus esporas, esenciales para su reproducción. Pero lo más curioso del asunto provenía de su mismo nombre; Melvin comentó que esa especie de “setas” cuando alcanzaban la madurez suficiente cualquier presión externa podía provocar la expulsión de las esporas. A partir de ese proceso se hizo una comparación gráfica con las flatulencias de un animal y con el tiempo adquirió tan burlesco apodo.<br />
Después de su aclaración algunas risas surgieron. Sin embargo, Carleen decidió no excederse, simplemente mostró una sonrisa, necesaria para no parecer una insulsa y suficiente para no ofender a Melvin.</p>
<p>-No me estoy inventando nada, si tanta gracia os hace probadlo.</p>
<p>Inmediatamente Scott enfocó a Carleen con su cámara. Ella se negó a tocar “eso” con sus manos desnudas, pero Melvin le facilitó una rama que encontró en el suelo. Cuando todo estuvo preparado acercó el palo al sombrero de la seta, con la punta astillada presionó en el globo, hasta que finalmente… lo reventó. Fue entonces cuando se desató el horror. De su interior salió una ráfaga semejante al vapor, con la misma potencia que una olla a presión, pero de un color amarillento. La inesperada nube de esporas impactó contra el rostro de Carleen, introduciéndose en sus ojos como minúsculos trozos de cristal, extendiéndose a su alrededor y alcanzando al resto de sus compañeros. El escozor que sintió después fue inhumano, casi tan abrasivo como el ácido. Con un salto se incorporó, con sus manos se restregó sus párpados, con la inevitable intención de revertir el daño. Segundos después los abrió de nuevo.</p>
<p>-Dios mío.-Dijo totalmente consternada.-No puedo, no puedo ver nada.</p>
<p>Sucedió de un modo tan repentino que por un instante creyó que había anochecido, que de algún modo la luz del sol se había consumido y que aquella negrura tan absoluta no se debía a su vista. Pero no fue así, por alguna razón sus ojos se habían quedado ciegos y no era capaz de encontrar a sus compañeros.<br />
Extendió sus manos para dar con ellos, gritó sus nombres en un par de ocasiones, pero no obtuvo una respuesta que la satisficiera. Lo volvió a intentar, esta vez con mayor desesperación, alzando su entonación entre toda aquella vegetación.</p>
<p>-¿Que haces Melvin? ¿Por qué mueves así la boca?-Pudo escuchar a Scott con una pregunta fuera de lugar.</p>
<p>Tan solo oír su voz Carleen insistió de nuevo con su problema y además añadió que necesitaba acudir a un hospital. Sin embargo, Scott no parecía estar atento a sus palabras, seguía obcecado con el extraño comportamiento de Melvin. Aquel desconcierto insufrible perduró unos segundos más hasta que finalmente se descubrió lo que estaba ocurriendo. Al parecer Melvin no podía hablar, sus palabras se trababan en su garganta como si sus cuerdas vocales hubiesen sido seccionadas. A causa de esto Scott no le podía escuchar. Necesitó un poco de paciencia para poder entenderle, al menos hasta que logró leer sus labios.</p>
<p>“Me he quedado mudo. “</p>
<p>No pudo tomarse aquello en serio, comprendió que se trataba de una broma absurda, sin gracia alguna, así que inmediatamente se giró hacia Carleen y le comentó lo muy idiota que en ocasiones era su amigo. Lo delirante de la situación llegó cuando la chica respondió del mismo modo que Melvin, vocalizando con su boca en un absoluto silencio. En ese mismo instante Scott observó a su alrededor, inclinó su cabeza hacia un lado y descubrió la verdadera razón. Se tomó unos segundos para asimilarlo, pero necesitó bastante tiempo para aceptarlo</p>
<p>-Dios mío, no sois… no sois vosotros.-Balbuceó.-joder, no lo entiendo, no puedo… no puedo escuchar nada.</p>
<p>El corazón de Carleen dio un salto cuando dijo esas palabras. Pudo oír como las repetía una y otra vez, cada vez con más agonía, estrechando el límite que daba paso al llanto. A causa de la situación apenas podía controlar su pulso, ni siquiera sus piernas se mantenían quietas, en realidad todo su cuerpo temblaba. Necesitaba pensar con rapidez, no ofuscarse, dar con una solución cuanto antes.<br />
Sin perder el tiempo gritó el nombre del chico que le gustaba, estiró los brazos buscándole y Melvin respondió agarrándole de la mano. Él podía escucharla. Una vez a su lado le propuso volver, regresar al pueblo dónde habían aparcado el coche y una vez allí buscar ayuda. A causa de su enmudecimiento Melvin no pudo responderle, sin embargo se las ingenió para hacérselo entender a Scott. Carleen se aferró a su cuerpo como si su vida dependiera de ello; podía sentir su respiración, como su corazón palpitaba con velocidad, de algún modo se sentía menos asustada a su lado.<br />
Estuvieron unos minutos en silencio, mientras Melvin intentaba explicarse mediante gestos, pero fracasó. Como último recurso se agachó y se dispuso a escribirlo en el suelo.</p>
<p>-Tenemos… que…volver a… -Dijo Scott leyendo-¡Sí, tenemos que volver al pueblo! ¡Quizás allí sepan lo que nos ocurre, quizás tengan un remedio para esto!</p>
<p>Por un momento Carleen recordó la posibilidad de llamar por móvil, pero desistieron cuando la cobertura resultó ser nula. Con Scott de guía los tres Universitarios regresaron sobre sus propios pasos. No se habían distanciado demasiado de las tiendas así que no les sería complicado encontrar el camino de vuelta.</p>
<p>-Tenemos que darnos prisa, está empezando a oscurecer-Añadió Scott.</p>
<p>Aquella última frase la habría desesperado si se hubiese encontrado en otras condiciones. De pequeña, cuando sus primos la encerraban en el cuarto de baño y ella no alcanzaba al interruptor de la luz siempre acababa llorando. Las cosas no habían cambiado con el tiempo, seguía temiendo a la oscuridad y por eso estaba aterrorizada. Porque en realidad, para Carleen, ya había anochecido.</p>
<p>Lo que podrían haber sido unos cinco minutos de trayecto se convirtió en más de un cuarto de hora, la falta de comunicación entre ellos fue el principal problema. Melvin guiaba a Carleen sosteniéndola con sus brazos, evitando que tropezase, mientras Scott les abría el paso entre la maleza. Ya se encontraban cerca de las tiendas cuando de pronto Scott se detuvo, al instante Melvin también lo hizo y Carleen, algo confusa, preguntó por qué no continuaban avanzando. A causa de la falta de oído Scott no respondió a sus preguntas, tan solo habló cuando creyó necesario hacerlo.</p>
<p>-Dios mío, decidme que lo habéis visto.-Dijo finalmente.</p>
<p>Melvin era consciente de que su amiga no podía ver nada, que él no podía decir palabra y que su compañero se había quedado sordo, así que se limitó a asentir con la cabeza. Carleen se inquietó mucho más cuando pudo notar la mano de su estimado temblar; algo escalofriante estaba ocurriendo pero ella era incapaz de verlo.</p>
<p>- ¿Por qué nos hemos parado? ¿Qué habéis visto?<br />
-Carleen, por favor dime que tú también lo ves -Insistió.<br />
-¡Joder Scott, estoy ciega, no puedo ver una mierda! ¡Me estás poniendo nerviosa! ¿¡Qué coño está pasando!?</p>
<p>Melvin se comunicó con su amigo, Carleen supuso que le estaba recordando su problema con la visión.</p>
<p>-Por favor no hables, puede escucharnos.-Susurró.-Hay una mujer… o quizás es un hombre, no sé lo que es, lleva el pelo largo. Ha sacado nuestras mochilas fuera, las está removiendo y parece estar buscando algo.<br />
-¿Un ladrón? ¿Y por qué no le echáis fuera?<br />
-Ahora se ha vuelto a meter dentro de la tienda-Siguió explicando.<br />
-Melvin, escúchame ¿por qué no la ahuyentáis? Pregúntaselo, por favor.<br />
-Lleva algo en las manos, es una… ¡es una hoz! está abriendo las mochilas con eso.<br />
-¿Una hoz?<br />
-Dios mío, Melvin ¿has visto su cara? Es horrible, tiene el rostro deforme.<br />
-Por favor, quiero irme de aquí.-Se acobardó Carleen al imaginarlo.<br />
-Joder, su mandíbula está totalmente desencajada ¿Cómo puede sobrevivir alguien con la cara tan desfigurada?<br />
-Por favor vámonos, tenemos que marcharnos de este maldito sitio.<br />
-Mierda-Dijo de pronto.<br />
-¿¡Qué!? ¿¡Qué pasa!?</p>
<p>Carleen estaba tan angustiada que también había olvidado el estado en el que se encontraban, seguía esperando una respuesta de alguien que ni siquiera había podido escuchar su pregunta. Cuando perdió la paciencia se dispuso a gritarles pero Melvin lo impidió tapándole la boca con la mano. No necesitó palabras para saber lo que estaba ocurriendo, aquel simple gesto lo aclaró todo. Aquella mujer que Scott describía podría haberles divisado en la lejanía, quizás ahora se encontraba mirando hacia allí, vigilándoles con su rostro decrépito, mientras se llevaba el arma a sus manos. Fuese cual fuese la realidad el resultado fue igual de espantoso cuando Scott se giró hacia ellos y gritó:</p>
<p>-¡Viene hacia aquí, viene hacia aquí!</p>
<p>Ya no hubo más tiempo para conjeturas, ni más tiempo de silencio, Melvin la agarró fuertemente de la mano y estirándola del brazo comenzaron a correr. Su adrenalina se disparó al sentir sus pasos acelerarse en la oscuridad, sin posibilidad alguna de prevenir los obstáculos que la podrían hacer tropezar, con la ciega y total confianza depositada en la persona que le gustaba. Pudo sentir el viento golpear su cara, como se filtraba en su cuerpo congelando sus pulmones, como silbaba en sus oídos mientras descendían por la montaña. Las frondosas zarzas arañaron sus delicadas piernas, los árboles más bajos estiraron con sus ramas de su cabello y el persistente barro se encargó del resto.</p>
<p>-¡Melvin!</p>
<p>Sucedió de repente, su pie se introdujo en una zanja en el terreno, con torpeza perdió el equilibrio, soltó la mano de su amigo, y consecuentemente salió despedida hacia el vacío. Su cuerpo rodó pendiente abajo, en su transcurso perdió un zapato y se golpeó la cabeza contra el suelo. A los pocos metros finalmente se detuvo, ya sin fuerzas y con un dolor agudo en su cráneo. Mientras intentaba incorporarse gritó su nombre de nuevo, pero nadie respondió, tan solo el canto de una lechuza lejana podía escucharse en aquel solemne bosque. Con ambas manos se agarró al tronco de un árbol cercano y con un esfuerzo sobrehumano logró ponerse en pie. Abrazada a él finalmente rompió a llorar, necesitó hacerlo para así calmar sus nervios.</p>
<p>- Melvin, no quiero perderte.-Dijo entre lágrimas.-no me dejes, Melvin por favor, te quiero.</p>
<p>Que él la encontrara era la razón por la que no continuaba huyendo, del mismo modo que fue su aliciente para asistir a la acampada. Lamentablemente, y por mucho que preguntara, su estado no le permitía ver quien se estaba acercando, le era imposible adivinar a quien pertenecían aquellos pasos.</p>
<p>***</p>
<p>El agente Fuller se sirvió un café en la máquina que tenían instalada en la oficina, con cuidado vigiló que no rebosase del vaso, mientras con la otra mano, abrió la puerta de su despacho.<br />
Una vez dentro se dirigió hacia la mesa de trabajo y cogió asiento frente a ella. La chica en cuestión fue localizada deambulando por las calles del pueblo aquella misma madrugada. Se encontraba en estado de shock, totalmente desorientada y con un ataque por la hipotermia. Cuando le preguntaron de dónde provenía ella respondió –Del bosque- y añadió que sus amigos aún seguían allí, que estaban en grave peligro. Así fue como hallaron los cadáveres de los dos jóvenes y así fue cómo, después de cincuenta años, habían encontrado una pista para resolver los asesinatos similares que acontecieron en el pasado.</p>
<p>-La encontramos cerca del cuerpo. Te advierto que las imágenes que vas a ver pueden ser muy desagradables.-Dijo el agente acercándole la videocámara digital de Scott.-Pero necesitamos que hagas un esfuerzo.</p>
<p>Carleen la cogió con sus temblorosas manos, desplegó la pantalla LCD y con temor presionó el botón “Play”. El video inició su reproducción. Mientras lo veía su expresión pasó del miedo al desconcierto, hasta que su rostro se desencajó totalmente.</p>
<p>-Dios mío.-Balbuceó.</p>
<p>En la pantalla pudo ver desde una perspectiva distinta como aquella nube de esporas golpeaba su cara, dejándola ciega y asustada. Pero en la desquiciante grabación también descubrió que sus amigos asumían un papel muy distinto al que ella recordaba: ambos se hacían señas mientras fingían estar en problemas.</p>
<p>-Ellos sabían lo que te iba a suceder.-Añadió Fuller.-Sabían que esas setas provocan una ceguera temporal y te habían llevado expresamente para gastarte un broma pesada.</p>
<p>Carleen no pudo soportar ni un segundo más la crudeza de aquellas imágenes. Su corazón dio un salto cuando descubrió que Scott falseaba con su sordera, sus ojos se humedecieron cuando permitieron que callera por el precipicio y sus lágrimas se manifestaron cuando pudo ver a Melvin, riéndose cruelmente, mientras ella lloraba y gritaba “Te quiero”. No necesitó acabar la cinta para deducir que todo había sido una gran mentira.</p>
<p>-¿Has visto algo extraño en la grabación? ¿Tienes idea de donde pudieron ir después de que regresaras hacia el pueblo? Antes de que todo esto sucediera ¿recueras haber visto algo sospechoso? Por favor, contéstame a esta última pregunta y ya habremos terminado.</p>
<p>Pero Carleen volvió a responder con un frustrante y rotundo -No-.</p>
<p>El agente Fuller se dejó caer en el respaldo del asiento, dio un sorbo a la taza de café y desvió su mirada hacia la ventana. A través del cristal divisó las montañas y se estremeció. De algún modo supo que aquellos bosques guardaban la respuesta, ocultaban con sus ramas el secreto, del mismo modo que una leyenda no desea ser descubierta para así alimentarse del misterio. </p>
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