Let Me Die

Los barcos son lugares extraños en los que todo tiene otro nombre. El suelo se llama cubierta, la pared se llama mamparo, la puerta es la escotilla, los días son jornadas que se dividen en trozos en lugar de horas y las cuerdas reciben centenares de nombres ninguno de los cuales es “cuerda”. Pero lo que no tiene nombre fuera de un barco, tampoco lo tiene a bordo. Esta es la historia de algo que no tiene nombre.
- Tu turno, novato.
El turno diario del novato acostumbra a durar veinticuatro horas. El turno acaba cuando deja de ser novato. Agarra la linterna minera y recorre la cubierta principal. Se navega en oscurecimiento total. Sólo las luces de serviola y las de proa y popa. Mejor no despegarse de la linterna, mucho más útil que un rosco salvavidas desde que los barcos son de sucio metal impregnado de aceite.
- Este fue un barco americano.
Sí, cedido a nuestro pais. Y viejo. Aunque la dejadez ya no es culpa de los americanos. Abandonando la cubierta exterior, el olor del interior es la contrapartida de librarse del frío nocturno de un diciembre en alta mar. Con una mano ocupada con la linterna, sortear grasientas escalas en el descenso a las bodegas distrae del mal o buen olor que pueda haber.
- Este barco sirvió de hospital flotante durante la Guerra de Vietnam.
No es muy alentador pasar los primeros días en un sollado (habitación colectiva) que en otros tiempos fue un pañol (almacen, siguiendo con el aburrido léxico marinero) de ataudes. Jóvenes cadáveres de regreso a sus casas. Pero es peor todavía tener que pasear en solitario y a oscuras por las angostas, angulosas y desordenadas bodegas inferiores. Los veteranos prefieren el frío cortante y las salpicaduras… “que con buen humor y aguardiente se capean”.
- Que afortunados los muertos, por no tener que morir en el quirófano de la última bodega.
Es bien conocido el sufrimiento de un soldado malherido, amputado, operado sin anestesia, en condiciones peor que malas. Siguen habiendo guerras, eso sí, pero la estampa es conocida. En la última bodega, además, mal iluminada, en constante vaivén, con el motor retumbando con su zumbido constante,… que mala muerte… que mala muerte… que mala muerte…
El grito explota en la garganta y recorre bodega tras bodega. Los ecos… ¿son ecos?… o realmente son los gritos de agonía de decenas de soldados jóvenes tres décadas antes, esperando entre dolores una muerte ya aceptada, salvadora, que sin embargo parece no encontrar el camino hasta la última bodega,… como si el olor a cloroformo mezclado con sangre no fuese suficiente señal de auxilio…
Se abre la escotilla y el novato se desploma delante del banco en el que los veteranos, medio borrachos festejan el éxito de la novatada.
- ¡Todos hemos estado en la última bodega! ¡Ya te tocará enviar al próximo novato!
Puede que no. Los ojos del novato, desplomado sobre la linterna minera, pese a mantenerse totalmente abiertos, permanecen fijos, con las pupilas dilatadas, con lágrimas heladas. La luz de la linterna se va tornando rojiza cuando un chorro de sangre recorre el cristal del foco, procedente de la muñeca del paralizado portador.
En la enfermería se comprueba que sigue con vida, pero nunca más podrá articular palabra… ni pensamiento coherente. Su cuerpo está recobierto de profundos y sangrantes arañazos. Es como si decenas de manos hubiesen dispuesto de un solo segundo para intentar pedir ayuda… y sólo hubiesen podido aferrarse con sus uñas al ser humano más cercano. ¿De dónde surgieron esas decenas de manos desesperadas? ¿Acaso, por una broma del mismísimo diablo, fueron las manos de…? Imposible… En la última bodega, aquella que fue un infernal hospital de moribundos terminales a la esperta de expirar, estaba vacía. Completamente vacía. “Vacía de vida… pero no de dolor…”
- ¿Quién te hizo esto, muchacho? ¿Quién?
Si cientos de manos, después de una eternidad en el infierno, sólo tuvieran un segundo de tiempo para pedir ayuda a un ser vivo… probablemente sólo podrían arrastrarlos con ellas al mismo suplicio.
Ya no volverá a hablar ni apenas pensar con cierta coherencia pero, en aquel momento, acertó a alargar una temblorosa mano y escribir con sangre sobre el blanco mamparo:
Let Me Die… (déjeme morir)
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