Inercia
Hacía calor. Era casi insoportable. Empezaba a darse cuenta de que cada verano era mas caluroso, imaginaba que llegaría el día en que el sol abrasaría el planeta por completo y la gente tendría que vivir bajo la tierra. De cualquier modo seguiría aburriéndose, pensaba. Lentamente el ocaso comenzaba a formarse y el aire empezaba a hacerse más soportable. Era en ese momento del día cuanto más gustaba salir a dar un paseo, justo antes del crepúsculo. La hora más preciada de todas. Le reconfortaba ver al sol sumirse ante el océano y desaparecer poco a poco, sin saber por qué.
Mientras caminaba hacía la playa, un repentino sentimiento de nostalgia la invadió. Se sintió extraña de alguna manera, como si fuera la única persona sobreviviente de alguna epidemia en todo el planeta. Aquellos pensamientos no le eran demasiado ajenos, puesto que siempre gozó de una imaginación desmesuradamente amplia. Pero esta vez era distinto, era un sentimiento de melancolía absoluta. Pensó en llorar, aun desconociendo el verdadero motivo.
Sólo un par de cuadras separaban su casa del balneario más cercano, normalmente repleto durante los días de verano. La ciudad emanaba vida; vehículos, música y bocinazos por doquier rompían la inexistente quietud. Aun así aquella playa de dimensiones mas bien pequeñas era su lugar preferido, y a esa hora se veía prácticamente exenta de invasores. Desde lejos pudo ver los asientos que se ubicaban antes de encontrarse con la arena. Su escenario favorito. Esperó que la luz verde del semáforo le permitiera cruzar, y con seguridad siguió su rumbo.
Al llegar al banco habitual se desplomó sin ánimos sobre la madera rígida justo antes de su deseado espectáculo. El sol decadente pintaba las nubes de un color rojizo claro que proyectaba las más diversas imágenes en su cabeza. Pero la fantasía estaba suprimida esta vez, su mente se encontraba serena. Súbitamente, un repentino rayo de lucidez le hizo hallar la verdadera razón de su incertidumbre.
Se sentía sola. Total y completamente sola.
Media esfera rojiza, gigante, se consumía serpenteando entre las aguas infinitas; quietud, calma y silencio. Soledad.
No es tan malo, Natalia, se dijo. Siempre te tienes a ti misma. Pero estaba cansada de dialogar consigo misma. Cerca, unos niños que podrían ser hermanos, jugaban con un balón de playa. Una mujer mayor los llamaba, con voz risueña y delicada. Es hora de irnos ya, decía. Pronto helará.
Tenía razón. Pero prefería lo gélido a lo sofocante. Le gustaba el viento de la tarde carcomida por la noche, aquel suave hálito que le presagiaba momentos tranquilos, casi felices. Sosiego y calma; lo aguardaba con ansias. Cerró los ojos, y esperó. Por fin, una inopinada brisa de aire le acarició el rostro, Natalia giró levemente su cabeza en torno al rose del viento y se quedó con la vista inmóvil un segundo. Sólo un segundo. Y con eso bastó.
Era difícil de explicarlo, casi imposible; su respiración quedó en un hilo, su ritmo cardiaco dio un vuelco inesperado y su piel pareció erizarse. El mar y el viento dejaron de silbar al unísono, el sol desapreció, y el tiempo se detuvo. Con sólo un segundo.
¿Qué era?, pensaría más tarde, ¿Qué tenía?
Tal vez no tenía nada, pues no parecía estar allí. Pero lo veía, y eso le gustaba. También le asustaba.
A escasos metros se hallaba sentado e impasible, un muchacho; más o menos de su edad. Lo escrutó lentamente con la mirada. Tenía una hoja papel entre sus manos. Pantalones y polera dentro de lo común, delgado. Su rostro sereno y de tez clara, revelaba una nariz levemente respingada, cabello claro y desordenado, expresión serena. Bella, pensó. Al llegar a sus ojos volvió a detenerse. Éstos, oscuros y grandes, se perdían en el horizonte; pensativos, imaginativos y ausentes… solitarios.
Solitario.
Le pareció un momento interminable, hasta que finalmente los sonidos volvieron y el aire se desplomó sobre las aguas. Pero su mirada no se desvió. Natalia siguió contemplando a aquel intrigante joven, quien luego de unos minutos, se puso de pie, dobló y guardó en sus bolsillos su pequeño papel y, sin reparar en la abrumada muchacha exigua a su posición en la arena, emprendió rumbo parsimonioso y desanimado de vuelta hacía la urbe.
***
El sueño no quería llegar. Natalia pasó aquella noche casi en vela, divagando entre cavilaciones posibles y fantasiosas. Entelequias interminables que no dejaban dar paso a descanso alguno. Y en todas estaba él. ¿Por qué estaba allí?, ¿Buscaba algo? ¿Qué esperaba?, y lo más importante, ¿Se sentía como yo?
Cientos de escenarios posibles se arrimaban en su mente. Algunos optimistas, y otros más bien desalentadores. Quizás estaba leyendo una carta de su novia que vivía lejos, o necesitaba hacer hora para ir a alguna fiesta. Quizás estaba perdido y se detuvo a tomar un descanso… o tal vez quería ver el ocaso desde aquella hermosa vista que ofrecía su playa, y divagar ante los coloridos danzantes del el sol y las nubes.
Nunca antes sus imaginaciones la habían torturado tanto, sólo deseaba que el siguiente día llegara, sólo deseaba la siguiente puesta de sol. Necesitaba estar ahí y saber si él estaría allí también. Sólo añoraba vislumbrar equidad alguna en aquél afanado extraño.
Lentamente, Natalia se sumió en la oscuridad de su hogar. Su cama se sintió placentera por un segundo, y el sueño la venció.
***
Una larga hilera de gaviotas recorría el horizonte en ordenada formación, casi como si estuvieran todas de acuerdo y enumeradas, un interminable desfile de pequeñas aves que dominaban el aire y las aguas por igual, orgullosas e inalcanzables, imaginó. Detrás, aquella hermosa esfera anaranjada, imponente, danzaba sobre el océano como quien teme ser consumido.
Cuan bello paisaje disponía la naturaleza, y solo una persona lo observaba de verdad; un joven de cabello desordenado que divagaba ante la parafernalia. Y a sus espaldas, una muchacha en una calma total, no alejaba sus ojos de él.
Ya era el séptimo día en que Natalia asistía con ansias a la puesta de sol, esperando ver a aquél que compartía su gusto por la tranquilidad de las cosas naturales, ajenos al mundano ajetreo urbano. Y siempre lo encontraba igual; sus ropas, su cara, si mirada perdida, aquel papel entre sus manos. Natalia pensó muchas veces en acercarse a preguntarle por qué estaba siempre ahí, averiguar si sentía lo mismo que ella con respecto al ocaso, y si sentía lo mismo en otras cosas también, pues, sin siguiera haber hablado alguna vez con él, se sentía enamorada. Algo que jamás había sentido, algo que la abrumaba, y también la esperanzaba enormemente. Pero Natalia se pensaba muy cobarde para intentar sentarse a su lado. Sólo llegar y hablarle, muy insegura, titubeante, es qué es tan difícil, maldita sea, ¿y si me ignora?, no podría hacerlo.
El joven se puso de pie una vez el sol se vio extinguido en el mar, y fiel a su ritual, emprendió camino de vuelta a la ciudad. Pero cuando se dio vuelta súbitamente su mirada se encontró con la de Natalia, quien quedó pálida y no movió un solo músculo. El joven le dedicó una tímida y breve sonrisa y siguió su camino.
***
El tiempo se hacía interminable. La hora no llegaba. Aun faltaba mucho para la puesta de sol. Natalia se hallaba recostada sobre su cama, expectante, ansiosa. Cuan manojo de nervios se había convertido.
La noche anterior el sueño simplemente no llegó. Aquel gesto de complicidad que dejó entrever el misterioso muchacho la dejó encelada hasta más no poder. Durante el resto del tiempo taciturno sólo había espacio para fábulas de amor y desolación, pues siempre que había cavilación alguna sobre algo en su cabeza, sobrevenía más tarde la parte negativa de ésta. ¿De verdad me cuesta tanto imaginar que todo va a salir bien?, se decía.
Natalia fantaseó con todas las posibles opciones que su mente le ofrecía para acercarse a él. Después de rechazar cada escenario optó por la única disyuntiva que le permitía no abrir la boca: una carta.
A la luz de una pequeña lámpara, sumida en la oquedad, el desconcierto y la incertidumbre de la noche sin estrellas de la ciudad, Natalia escribió:
Querido extraño:
Es precioso, ¿cierto? Me fascina el espectáculo. Pienso que no hay nada más bello que las puestas de sol tan apacibles como las que se viven en éste lugar, pero al parecer nadie se detiene si quiera a mirarlas. Nadie les rinde un homenaje tan simple como el observarlas. Nadie tiene tiempo para la magia de los colore que ofrece.
Nadie a excepción de nosotros dos.
Vengo aquí todos los días a imaginar el mundo de una manera más pacífica y dulce como la que ofrece el atardecer, de alguna manera me produce una calma y sosiego sin igual. Pero últimamente mi rutina habitual se ha visto sacudida por tu impasible presencia. De alguna manera estás y a la vez no estás, vives ausente entre el sol y el mar y, dejas de percibir todo lo que te rodea…
De la misma forma que yo.
Siento que he esperado muchos días para decirte esto, e dejado pasa mucho tiempo, y espero aun no sea tarde. Solo me retuvo el miedo, pero aun así me he decidido al fin a expresar lo que siento por ti sin siquiera conocerte.
Te amo, extraño, ¿podría ver la siguiente puesta de sol junto a ti?
Natalia.
Aun faltaba. El día no quería llegar a su fin y Natalia no sabía qué hacer con el tiempo sobrante. Se ensimismaba en el resultado de su pequeña pero precisa misiva, y el resto solo era residual. Finalmente decidió calmarse con un té y dormir un poco para así recuperar el sueño frustrado de la noche anterior, y además conseguir acortar un poco las torturantes horas. Dormir me hará bien, pensó.
***
Bocinas. Movimiento. Ajetreo. La ciudad no descansaba.
Una ráfaga de aire fresco entró por la ventana y le acarició el rostro. Natalia abrió los ojos y se encontró con el techo de su habitación, bañado en un tenue color rojizo proveniente del exterior. Poco a poco comenzó a reaccionar del estopor. Luego, súbitamente, se dio cuenta del significado del tinte de su habitación.
Rojizo. Todo rojizo.
Asomó su cabeza por la ventana y observó cómo el sol se encontraba a punto de desaparecer bajo el agua. Había dormido demasiado.
Natalia sintió una extraña oleada de pánico, cogió su carta, improvisó su atuendo habitual y emprendió rumbo frenético hacía la calle. Al salir, el movimiento de la urbe la desconcertó aun más. Su ansia de calma la envolvió. Natalia comenzó a correr las pocas cuadras que la separaban de la playa. En su carrera, los más funestos pensamientos abordaron su cabeza: quizás era la última vez que él estaría allí, quizás alguna otra chica se le adelantó y ahora está con él, quizás dejo pasar mucho tiempo antes de hacer algo.
Su desesperación fue en aumento. Desconocía por qué se sentía tan asustada, solo pensaba que tenía que llegar rápido, o el se marcharía para no volver. Ya solo faltaba una cuadra.
Súbitamente lo vio. Mientras corría vislumbro la figura de aquel muchacho que se erguía y se disponía a largarse de la arena. Natalia se desesperó. Corrió con todas sus fuerzas, sólo faltaba cruzar la última calle.
En ese momento todo cambió. Natalia atravesaba a toda velocidad la avenida cuando se percató de que la luz del pequeño semáforo se había transformado hace unos pocos segundos.
Había cometido un gravísimo error: se había dejado estar. Sus miedos se hicieron realidad, había dejado pasar mucho tiempo. Maldijo con todas sus fuerzas la inercia. El miedo al fracaso. Luego, con fuerza, cerró los ojos.
***
¡Espera!, Por favor ¡No te vallas!, le gritó. Su corazón dio un vuelco cuando se dio cuenta de que el muchacho se había detenido.
Natalia se acercó a él, esperanzada. Feliz. El cielo se teñía del rojo asiduo del atardecer, el mar besaba la arena tranquilamente y el viento silbaba suave y fuerte.
El joven estaba de espaldas; impasible, tranquilo, era todo lo que quería, sólo esto necesitaba, quizás no demoré tanto ¿cierto?, tal vez sí me querrá, sólo tiene que leer mi carta. Si.
***
No. ¿Qué es esto?, se dijo.
El joven no la miraba. No escuchaba nada. Solo miraba el mar. Natalia se acercó aun más hasta que estuvo a solo unos pasos de él. Cuando de repente lo oyó, claro y breve, con una voz que despedía melancolía: Desearía haberte conocido, dijo. A continuación soltó aquel papel que siempre llevaba entre sus manos, y emprendió por última vez su camino hacia la ciudad.
Natalia quedó estampada en su lugar. No sabía como actuar, sola allí parada, se encontraba perdida, confundida. Sintió ganas de llorar. Se arrodillo en la arena profundamente desconcertada. De alguna forma aquellas palabras fueron para ella, pero seguía hundida en su desasosiego. Estiró su brazo y cogió el trozo de papel que aquel muchacho llevaba siempre consigo. En ese momento su desconcierto llegó al extremo. Natalia sintió un escalofrío estremecedor cuando se dio cuenta de que tenía entre sus manos la misma carta que iba a entregar esa tarde. Igual. Era completamente igual. A Natalia la abrasó el pavor. Introdujo la mano en su bolsillo en busca de la misiva que llevaba hace unos segundos, y solo halló una desazón enorme al darse cuenta de que se encontraba vacío. Natalia sintió un pánico inmenso, su cerebro no podía entender nada. De pronto le abordaron las más insólitas preguntas:
¿Hace solo unos segundos?… ¿De verdad la tenía hace solo unos segundos?
…¿Cuantas veces lo he visto a él con la misma carta?
¿Cuántas veces he…
¿Cuantas veces he hecho esto?…
Abatida, Natalia se sumió en la angustia, y allí lloró.
Esa noche, aquel muchacho no alcanzó a conciliar sueño alguno. Diversas imágenes desfilaban por su cabeza, interminables e intermitentes: el ocaso, el sonido del mar, el gorjeo de las gaviotas, el suave silbido del viento, las nubes teñidas de rojo… Rojo. El mismo color rojo que bañaba la calle donde hacía tantos días había ocurrido aquel extraño accidente que no dejaba de atormentarlo. Nunca pudo entender el por qué de esa mirada tan esperanzada y triste, penetrante. Por qué, con su último aliento, esa pobre muchacha le entregó una carta en donde hablaba de amor, miedo, y atardeceres.
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