Una cuestión de fe

Me están ustedes tomando el pelo? ¿No han visto la película de Karate Kid?- dijo aquel calvo y abominable cura, con su ironía y desabrimiento habituales.
Gustavo y yo intercambiamos esas miradas de pardillos, propias de tiernos infantes ante la halitosis iracunda del adulto todopoderoso.
-Dar cera, pulir cera- pronunció, acompañándose de gestos simiescos con los brazos- Y recuerden, cuando todo el mundo se acueste, ustedes irán a fregar, encerar y pulir todo el suelo de la iglesia. ¿Me han entendido?
- Si, Padre Manuel- respondimos al unísono sin dudarlo ni un segundo
- Bien, desaparezcan de mi vista; y que no les vuelva a encontrar fisgando donde no deben-.
El director de estudios esperó a que cruzásemos el pasillo para entrar en el despacho. Aquel tipejo también era el hermano Superior del seminario. Por suerte, en séptimo de EGB no le sufríamos como profesor, puesto que la Filosofía, que era su asignatura; no formaba parte del programa escolar de nuestro curso. Pero si se oían rumores. Todos sabíamos que odiaba los silbidos. Algunos de los de BUP silbaban y se iban corriendo, pero acababan sin cenar una semana. Y claro, luego está el caso del Carroñas; que acabó en el hospital con el cráneo roto, de un golpe con el borrador de la pizarra. Con la parte dura de madera, por si te preguntas como es eso posible. Todo fue porque el Carroñas fabricó una cerbatana con un bolígrafo y se decidió a probar puntería con un óleo de Cristo, colgado a la izquierda de la pizarra. La suerte o la desgracia quisieron que el dardo fuese a parar a los santísimos de la imagen crucificada. El padre Manuel, al oír las risas y el alboroto, detuvo la clase; y pronto se percató de cual era el objeto de la distracción. Cuentan que cuando vio el dardo, se puso rojo como un tomate y preguntó por el causante del acto. El Carroñas tuvo valor y confesó la autoría de la travesura. Como premio obtuvo que el padre Manuel usase el borrador como maza y el brazo como base del martillo pilón que le golpeó el cráneo y le dejó medio tonto. Por supuesto nadie dijo nada. Los compañeros fueron amenazados con la expulsión si comentaban algo a los familiares. Y a algunos, la expulsión les podría suponer que en casa el padre lo matara a golpes como recompensa. Hay que decir que en ese internado no había hijos de políticos o de grandes empresarios. Más bien todo lo contrario. Hijos de personas que vivían en pueblos rurales de otras provincias y que tenían por cultura el azadón y la guadaña. Gustavo y yo éramos de los pocos que veníamos de grandes ciudades, y nuestros padres no pasaban precisamente penurias. Nosotros estábamos allí por una cuestión de disciplina.
Y valla si allí la había.
¿Qué por qué nos castigaron?
Pues por que nos pilló in fraganti en la zona de curas.
La zona de curas era el sitio donde no se permitía entrar a los alumnos, el espacio reservado para los miembros de la congregación franciscana. Una de esas tardes de exploración, descubrimos una sala muy extraña que nos llamó la atención. Era grande y muy poco iluminada, repleta de estanterías y cristaleras a rebosar de curiosos y extraños objetos. Parecían haber sido traídos por frailes misioneros que regresaban tras años en Bolivia y Venezuela. Grandes geodas de amatistas, pieles de serpientes enormes, flechas y lanzas de todas las clases, cabezas diminutas…
Si, esas malditas cabezas.
Cuando las descubrí, llamé con un susurro a Gustavo. Eran terroríficas. Estaban expuestas sobre una bandeja de cristal. Cabezas humanas reducidas con brebajes y métodos indígenas. Se podía apreciar la textura del pelo y de la piel con una asquerosa familiaridad. Tenían los labios cosidos y atados con delgados cordeles negros. No se cuanto tiempo quedamos absortos contemplando aquellas cuatro cabezas, sólo se que la voz del cura preguntando qué demonios hacíamos ahí fue casi suficiente para darme un paro cardíaco.
Ése fue nuestro pecado, y ya conoces el castigo.
La rutina diaria prosiguió con normalidad. Después del descanso, que duraba hasta las seis; llegaba la hora del estudio, donde nos recogían en una clase con la intención de que ninguno escapase a la realización de los deberes escolares diarios. El trabajo para casa… pero ¿en que se convierte esto cuando estudias en el mismo sitio en el que duermes y comes? En una maldita locura. Como en aquella noche de película.
A las ocho acababa el estudio, y llegaba la hora de la eucaristía. Si. Todos los días recibíamos dos misas diarias. A las ocho de la mañana, y también de la tarde. El tutor de turno, lógicamente sacerdote, era el encargado de oficiar aquellas pantomimas dirigidas a encaminar nuestra fe. Yo era de los que se aburría como una ostra en tan tedioso momento de plegaria y oración, siempre incomprendidos por mí.
Tras media hora de estupor religioso, nos dirigían al inmenso comedor. Los ciento cincuenta chavales que éramos no ocupábamos más de la mitad del recinto; otrora abarrotado. La comida era de rancho, pero el hambre no dejaba lugar a dubitaciones con las papilas gustativas. A las nueve y media, nos dejaban otra media hora de libertad controlada. Había gente que entraba en el cuarto de la televisión a pasar ese rato, otros se escapaban a fumar al monte, y otros; entre los que estaba yo, nos dedicábamos a hacer el ganso, actividad propia de un niño de once años. Pero aquel día, a Gustavo y a mi nos quedaban pocas ganas de hacerlo. Todos sabían que estábamos castigados, y no fueron pocas las mofas y befas que recibimos por parte de los “compañeros”, si podían recibir tal apelativo. Recuerdo que un día cogieron a Gustavo y lo encerraron en el alfeizar de una ventana, en un aula situado en la planta baja del edificio. Entre el cristal y las rejas del marco de la ventana. Estuvieron durante diez minutos clavándole palos de fregona, escupiéndole e hinchándole a collejas desde afuera. Sin embargo ni se inmutó. Sabía que si los mayores detectaban que era débil, se volcarían en hacerle la vida imposible allí dentro. Siempre aguantaba de forma estoica. Y esa noche no iba a ser menos.
“No te preocupes, lo haremos en un momento y nos iremos a sobar”, me decía constantemente.
Si, recuerdo castigos peores. Como copiar una frase treinta mil veces. Había gente que llegaba a escribir con nueve bolígrafos a la vez, todos colocados en fila india y atados con papel celofán.
Por ello me dije a mi mismo que el castigo no era tan malo. Además, estaría con mi mejor amigo a solas, sin tener que aguantar al sobrino de Hitler o al hijo loco de Barrabás.
Llegaron las diez de la noche. Mientras todos subían escaleras arriba hacia los dormitorios, Gustavo y yo nos quedamos en el hall de visitas, esperando a que el castigador viniese a hacer cumplir su cruel edicto.
Y con puntualidad de cirujano, allí estaba.
Caminamos durante unos minutos para llegar a la sacristía; el vestuario que usa esta gente antes de cada actuación. Esta sala comunicaba directamente con el altar de la iglesia. Cuando entré, la tenebrosidad del lugar me hizo sentir verdadero miedo. Sólo un par de bombillas iluminaban aquel recinto solemne, dándole un halo de misticismo sobrecogedor. Las sombras de los santos tallados parecían haber salido de algún ultramundo. La grandiosidad de la puerta principal desgarraba mi cordura infantil.
Y sobre todo, aquel Cristo a tamaño real que descansaba dentro de una urna de cristal.
Las fregonas y paños para ayudarnos a cumplir el castigo estaban colocados en la primera fila de bancos, frente al atril del orador.
- Espero que no venga y les encuentre holgazaneando, o menos aún; curioseando donde no deben-
Y sin esperar respuesta, cerró de un portazo y desapareció dentro de la sacristía.
- Maldito cabrón- oí decir a Gustavo
Sin más nos pusimos en marcha.
***
Cogimos un cubo y una fregona cada uno y empezamos a avanzar desde el altar hasta la entrada principal, con no más de cuarenta metros de separación.
Conversábamos sobre los compañeros, sobre los curas, sobre las profesoras…
La verdad que si todo hubiese transcurrido con normalidad, no hubiese supuesto mucho esfuerzo cumplir con nuestra amonestación.
Pero algo inesperado ocurrió.
Después de llegar y fregar toda la iglesia hasta la puerta, me recosté sobre el portón de roble que protegía el templo de la intemperie y los indeseados.
-Bueno, ya nos queda menos para…-
Pero no pude acabar la frase. El corazón me salió disparado. Alguien estaba golpeando la puerta desde afuera. No recuerdo si gritó Gustavo, si fui yo, si lo hicimos los dos o si por el contrario mantuvimos el silencio. Sólo recuerdo el corazón latiendo muy deprisa.
Los golpes siguieron. Por fin, una voz intervino:
-¡Abridme! ¡Se que hay alguien ahí dentro!
-¿Quién es, qué es lo que quiere?- preguntó Gustavo a una distancia prudencial de la puerta.
-¡Niños! ¡Abridme! ¡Necesito enseñaros algo!
Nos mantuvimos callados. Yo estaba muerto de miedo. Pero cuando me dí cuenta que la puerta de la iglesia tenía una mirilla por donde observar quien había fuera, me sosegué un poco y me lancé a poner el ojo.
Lo que vi me tranquilizó en primera instancia. Era una mezcla entre indigente y yonkie, con un pelo lacio y cano, una frente arrugada y unos dientes que bien necesitarían una revisión; o al menos, una limpieza.
Iba envuelto en mantas azuladas. La lluvia le corría por la cara y por sus sucios cabellos.
Pero cuando detecté el brillo metálico del machete que llevaba en su mano izquierda, salté hacia atrás y corrí hacia la sacristía. Gustavo no vio nada, pero al ver mi reacción, decidió también poner pies en polvorosa.
La puerta de la sacristía estaba cerrada por dentro. De nuevo la angustia invadió mi cuerpo. Aquel loco seguía aporreando la puerta. De repente, volvió a gritar.
-¡Abridme! ¡Os quiero enseñar lo dura que es la vida, muchachos! ¡Y a ese maldito Cristo también!
Era lo que me faltaba oír para tener un ataque de pánico.
-¡No os voy a hacer daño! ¡Solo quiero cortarme las venas delante de vosotros para que entendáis que la vida es jodidamente dura!
-Joder, ¡este menda está loco, tío!-gritó Gustavo, apoyado en la puerta de la sacristía, a mi lado hombro con hombro.
Aterrorizado, intenté girar sin esperanzas el pomo de la puerta. Al primer intento, cedió.
El padre Manuel se asombró de vernos ahí.
-¿Qué es este alboroto?- preguntó con un gesto ostensible de mala ostia.
La puerta volvió a emitir aquellos golpes penetrantes.
-Suban al dormitorio. Mañana cumplirán el resto de castigo.
Y con paso firme, caminó hasta el portón.
Recibimos la orden con satisfacción; pero también con incredulidad, la misma que nos hizo quedarnos quietos sin saber que hacer. Quizás porque aquel hombre portaba un cuchillo considerablemente grande; información importante para el padre Manuel.
-¿No me han oído?- gritó sin girar el cuello. -¡Cierren la puerta y suban!
Inmediatamente cumplimos la orden.
Aunque la situación invitaba a quedarse, salimos de la sacristía sin oír ni ver nada más.
Subimos las tres plantas con rapidez. Cuando entramos en el cuarto de las taquillas, nos detuvimos a tomar aliento.
-¿Quién coño era ese?- me preguntó Gustavo.
-No se, tío. Creo que era un mendigo medio loco.
-Pero entonces… ¿Por qué has corrido de esa forma?
- Creo que llevaba un cuchillo.
- Normal, si quieres cortarte las venas no lo vas a hacer con los dientes- y comenzó a reír.
En parte me tranquilizó su forma de ver las cosas. Aunque su humor era en extremo retorcido, servía para relajarme.
-Mierda- exclamó
-¿Qué pasa?
-Me he dejado el reloj en una de esas banquetas donde se arrodillan las viejas para rezar.
-No jodas.
-Voy a por él, ahora te veo.
-Vale, date prisa. Yo me voy a sobar.
Salimos del cuarto. El bajó las escaleras y yo me metí en las habitaciones.
Varios ronquidos armonizaban la noche. Todos estaban dormidos.
Me alegré por ello, ya que me evitó collejas, zancadillas y alguna que otra zapatilla voladora deseosa de impactar en mi cara.
Cuando llegué a la litera, la número 28, me tumbé sobre mi cama. La de abajo.
La de arriba estaba vacía. Era la de Gustavo.
Supuse que no tardaría en llegar. Pero me equivoqué.
Los minutos pasaban en mi Casio. Cada poco tiempo, volvía a comprobar la hora en la pantalla iluminada.
Cuando pasaron cuarenta minutos, empecé a asustarme de verdad.
Algo hizo que me levantase. Algo hizo que saliese en busca de mi amigo.
Y muy posiblemente, mi vida sería otra si aquella noche me hubiese dormido.
Con todo el sigilo que pude, salí de los dormitorios y comencé a bajar escaleras.
Las únicas luces encendidas eran las de emergencia.
Hice un esfuerzo tremendo, ya que el terror me agarrotaba los músculos.
Los gemidos de los gamos en celo (que en esa época se escuchaban a escasos metros del vallado del monte del Pardo) convertían el ambiente en fantasmal. Las sombras adquirieron vida. Sentía como todas me observaban. Cuando llegué a la última puerta, corrí. Pero no me sirvió de mucho. La puerta de la sacristía estaba cerrada con llave.
Creí encontrar el problema. El cura había echado al mendigo a patadas, y Gustavo se había quedado encerrado en la iglesia.
Mucho mas sosegado, caminé hasta la capilla. Único acceso que me quedaba por comprobar. Me sorprendió mucho encontrarla abierta. Esto indicaba que mi anterior teoría no podía ser correcta.
Las luces de la iglesia estaban apagadas. En un principio decidí volver al dormitorio. Pero por el rabillo del ojo, un extraño fulgor me llamó la atención. Provenía de uno de laterales de la nave central.
Lentamente, caminé hasta el resplandor.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, comprendí que venía del suelo.
Dos grandes baldosas estaban levantadas. Parecían sujetas por algún mecanismo.
Dí otro paso. Pero al instante me detuve. Había una textura rara en mi última pisada. Mi zapatilla estaba pegajosa. Miré al suelo. Un reguero de sangre recorría varias baldosas.
Me quedé absolutamente paralizado. Vi como la sangre caía por la trampilla.
De repente, la cerradura de la puerta de la sacristía gimió. Con intención de esconderme, bajé las escaleras que se adentraban en lo desconocido.
Una especie de catacumba se alargaba decenas de metros. El reguero de sangre continuaba hasta entrar en una de las dos salas donde finalizaba el angosto pasillo.
Varias velas iluminaban la estancia, tallada en la misma roca. Cuando levanté la vista, las lágrimas se me saltaron. Sobre una mesa de mármol descansaban dos cabezas.
Una era la de Gustavo. La otra, la del mendigo.
Tenían los ojos abiertos. La de Gustavo estaba mordiendo la lengua.
El pulso se me aceleró. Alguien estaba bajando las escalerillas. Corrí tratando de encontrar refugio en la otra sala. Pero lo que encontré fue un puñetazo que me dejó inconsciente.
***
No se si pasaron horas o minutos. Perdí la noción del tiempo. Estaba en una silla, maniatado de pies y manos. El cuarto era oscuro y parecía haber sido tallado en la misma roca. Una imagen de la Virgen mirando al cielo era el único objeto decorativo de aquel lugar. Al final de una de las paredes se observaba luz, que inconfundiblemente, provenía de una vela. Creí sin equivocarme que estaba en la otra sala, puesto que cuando bajé allí abajo entré en una; y eran dos las habitaciones que divisé. Pero no recordaba a ciencia cierta si era esa, entre otras cosas, porque no recordaba haber entrado antes. Lo que si recordé fueron las cabezas cortadas. Sobre todo la de Gustavo y aquellos dientes clavados en la amoratada lengua.
-¡Socorro!- grité.
Escuché unos pasos acelerados. Alguien entró en la sala. Estaba ataviado con el hábito típico de los capuchinos; aquel de color marrón, holgado y con capucha, asegurado en la cintura por un cordel blanco y delgado. Las sandalias producían un característico sonido al posarse sobre la castigada roca, cada vez que su dueño daba un paso. Lo raro era que además del hábito, llevaba puesta una casulla negra, que nunca recordé ver anteriormente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pude reconocerle. Aunque me hubiera gustado no hacerlo. Aquello resultaba imposible.
Aquel individuo parecía alcanzar los dos metros. Sus manos eran grandes e imponentes, y podría calzar una talla 50; como mínimo. Pero era su cara lo que reconocí.
Cuando mis registros de memoria me anunciaron de quien era aquel rostro, el corazón pareció encogerse. Tanto, que creí haber muerto.
Aquel tipo…aquel fraile no debería estar allí, delante de mí. Entre otras cosas, porque debería estar en un cuadro.
¡No me mires así! ¡Te aseguro que es cierto!
Aquel cabrón salió de un puto cuadro. Era una pintura enorme. Estaba situada en el rellano final del tercer piso. Entre la puerta de las taquillas, y la entrada al dormitorio y a los cuartos de baño comunitarios. En ella aparecían siete frailes. Todos con un halo de santidad sobre sus cabezas. Todos menos uno. Estaban colocados de forma geométrica, como si fuesen los bolos de una pista de lanzamiento, pero con sólo siete. Formaban un triángulo. El de atrás del todo en la derecha, estaba desprovisto de aquel halo amarillento.
-Era el que se hacía pajas- decían jocosamente algunos de BUP, riéndose de los novatos de EGB, entre los que yo me encontraba.
Pero no parecía ser ese el motivo, no.
Aquel cuadro se pintó en honor a esos siete mártires franciscanos, martirizados en la puerta de aquel colegio, a comienzos de la guerra civil. Según rezaba en la placa, se les obligó a tomar el nombre de Dios en vano, con lo que se negaron rotundamente. Por este motivo, se le fusiló allí mismo.
Y ahora, casi sesenta años después, aquel tipo que no tenía el halo de santidad, estaba delante mía. Avanzaba hacia mí lentamente, jadeando como un perro rabioso. Cuando pude diferenciar sus rasgos faciales grité. Un ojo parecía palpitar, saliendo a veces de su cuenca y volviendo a ella como si un cordel elástico tirara de él con fuerza cada vez que se quería escapar. El otro permanecía fijo. Tenía un color rojizo. De su nariz brotaban unos enormes pelos. Más que pelos, me parecieron patas de arañas peludas que peleaban con todas sus fuerzas por salir de allí. Una horrible dentadura se atisbaba a través del labio inferior, que parecía cortado por la mitad.
Mi pulso comenzó a superar mis plusmarcas personales. Hasta que casi se detuvo, cuando aquel mostrenco empezó a inspeccionarme mas de cerca. Su aliento era caliente y dulzón, y azotaba mi cara, revolviendo incluso el pelo. Me hubiese gustado gritar, pero no podía hacer ni eso. Estaba paralizado por el terror.
Entonces, cogió mi cabeza como un portero cuando agarra un balón de futbol antes de hacerse la foto oficial antes del inicio de la temporada. La inspeccionó manualmente, con una suavidad que me asombró. Cuando las pasó rodeando las sienes, pude contemplar el mar. El apestoso aliento se había convertido en el agradable aroma de una tarde al lado de una playa paradisíaca. Las minúsculas olas chocaban con impotencia ante mis pies. Estaba maniatado a una silla, pero por todos mis muertos que mis pies estaban en la orilla del mar. Pude notar el agua fría resbalando entre los dedos de los pies.
Cuando dejó de tocarme, todas esas sensaciones desaparecieron. Aquel engendro parecía sorprendido. Sin dedicarme ningún gesto de sonido gutural, desapareció por donde minutos antes había entrado.
Volví a imaginar la cabeza cortada del amigo con el que horas antes había compartido todo. La cabeza cortada de mi mejor amigo, encima de una mesilla marmórea y amarilleada por el paso de los años.
Pensé que ese era el final. Aquel monstruo me cortaría la cabeza y haría lo mismo que con los demás.
***
Pero otro rostro conocido entró a la sala. Era el padre Manuel. Parecía sorprendido y asombrado. Me miró de arriba a abajo. Llevaba la misma ropa que cuando le vi por última vez. Por fin, comenzó a hablar.
-Lo siento. Siento mucho lo que ha pasado. No deberíais haber vuelto a bajar. El os ha encontrado.
Intenté hablar pero ninguna palabra salió de mi garganta.
-Al fin y al cabo, has tenido mucha suerte- me dijo en tono muy serio.
Pensé: Vaya, si que soy afortunado. Acabo de ver la cabeza seccionada de mi mejor amigo y la de un mendigo a su lado, además de contemplar como el personaje de un cuadro no me ha arrancado la mía de milagro. Esto es tener suerte, y no acertar la quiniela ¿No cree, padre Manuel?
Pero no pude hablar. Sólo pensar.
-Tienes mucha suerte- me dijo- Has sido el elegido.
Aún faltaban unos cuantos años para que se estrenase Matrix en los cines, pero me hizo gracia cuando la vi sólo por esa razón.
-Él te ha elegido para que continúes con los rituales. Entiende que es una propuesta que debes aceptar. Si no, él mismo te matará; o me ordenará a mi que lo haga ¿Me entiendes, no?
Tras unos segundos de confusión, tuve que asentir moviendo el cuello. Haría lo que fuera necesario.
-A partir de mañana estudiarás sólo conmigo. Dormirás aparte. Esa gente ya no son tus compañeros- dijo pareciendo ser un policía que lee a un retrasado mental sus derechos- Aprovecharás el tiempo y cumplirás con los votos cuanto antes para que puedas ser un miembro de la congregación Franciscana. Una vez que lo logres, estarás preparado para ser mi sucesor.
Un silencio sepulcral duró dos breves pero eternos minutos.
-Yo estuve en esa misma silla. Hizo lo mismo conmigo. Yo era el elegido en aquel momento. No se porque ni como, aunque tampoco me interesa. Fue hace treinta años. Cuando me hizo la visita, no acabe de creerlo y busqué información sobre aquel fraile del cuadro. Aquel que no tenía nada de santo.- se dio la vuelta y continuó hablando- Se llamaba Tiburcio. Había estado casi dieciocho años en Bolivia y Venezuela, adoctrinando tribus indígenas. Había rumores sobre su afición al canibalismo, o incluso acusaciones de violaciones y posteriores asesinatos de menores. Cuando volvió, trajo consigo cientos de cosas extrañas. Entre ellas, las cabezas reducidas. Según leí, la tarde anterior a su fusilamiento, asesinó a un alumno para probar en España el método reductor de cabezas. Parece que todo se descubrió cuando ya llevaban varios días fusilados. Todas las cabezas se quemaron, y en el museo no quedaron más que una docena de lanzas, puntas de flecha o pieles de serpientes. Un día vi una de esas cabezas. Fui curioso como tú. Cuando me quise dar cuenta, estaba sentado en tu silla, en tu misma situación. El no puede deambular por ahí. Nadie puede verle. Por eso necesita un “ayudante”.
Mi mente no paraba de decirme “esto es imposible”.
-Espero que esto te ayude a decidir- dijo. Y con torpeza, liberó mis manos y pies. No intenté nada heroico. Aquel cura me sacaba tres cabezas y más de cincuenta kilos. Yo no era más que una ratita asustada y obediente.
-Sígueme- y me limité a cumplir la orden.
Efectivamente, salí de una de las dos salas. Concretamente de esa donde no había mirado. En la otra, estaban las cabezas. Me detuve en el marco horadado en la roca. El padre Manuel me ordenó seguir. Me sorprendió gratamente encontrar la mesa de mármol vacía, y ningún rastro de sangre en ella o en el suelo.
Abrió un armario y pude contemplar el horror ante mis ojos. Decenas, cientos, quizás miles de cabezas diminutas, similares a las que vi en aquel museo por primera vez.
La de Gustavo estaba entre las primeras. No puedo describirte lo que sentí al contemplar a lo que antes había sido mi amigo. Es más, prefiero no recordarlo. Pero supe que si no hacía lo que me ordenaba, yo mismo acabaría expuesto cual muñeco de WarCraft.
Por lo tanto, acepté. No sabía en que consistía ser el ayudante de un ser que vive en un cuadro, pero me resigné a hacer lo que se me ordenaba.
Al día siguiente me aislé del resto del mundo. Tuve que contener mis lágrimas al decirles a mis padres que había visto el camino y que me iba a hacer sacerdote. No parece que se lo tomaran nada mal. Me apoyaron hasta el día que murieron.
Acabé mis estudios básicos, y durante tres años estudié teología en León. Cuando acabé, pude al fin convertirme en sacerdote, en la misma iglesia en la que años atrás empezó todo.
Estuve a la sombra del padre Manuel, hasta el día en que murió. ¿Lo recuerdas? Todos los alumnos fuisteis al entierro.
Y este es el momento donde hago mi primer acto de ayuda al hermano Tiburcio. ¿Sabes? No le veía desde hace dieciocho años. La última vez que le vi, yo estaba en la silla donde tú estás sentado ahora mismo. Aunque bueno… Eso ya te lo he contado, ¿No?
Ahora me temo que tengo que contarte algo nuevo. Ya has visto al Hermano Tiburcio. Ya has sentido sus largos y callosos dedos acariciando y sintiendo tu cabeza. Y también le has visto irse. Pero por desgracia, tú no eres un elegido. ¿Adivinas a quien le toca trabajar ahora, verdad?
El hombre que le hablaba se levantó. Pareció rebuscar alguna herramienta en el baúl. Ante el terror de sus ojos, sacó unas enormes tijeras de podar los setos que crecían junto a la puerta exterior de la iglesia. Con sumo cuidado, la acopló sin hacer ningún rasguño en el cuello del joven.
-Descansa en paz-
Los ojos del joven se abrieron. La cinta que le tapaba la boca parecía estallar.
El hombre presionó con todas sus fuerzas sobre ambos mangos de las tijeras.
En menos de un segundo, sendas hojas producieron un escalofriante sonido al chocar entre ellas. La cabeza rubia del joven calló desplomada hacia la derecha, y provocó otro ruido sordo y seco.
El hombre parecía extasiado. Era la primera vez. ¿Lo habría hecho bien?
El ser del cuadro avisó de su pronta entrada con sus sonoras pisadas. Cuando vio el cadáver, corrió hacia él. Nunca le vio correr así (aunque era la segunda vez que le veía fuera del cuadro). Cuando llegó al cuerpo sentado, maniatado y sin cabeza, se arrodilló ansioso. Parecía sorber del interior del cuello. Tras unos minutos de un sonido gargajeante, el ser se irguió y agarró la cabeza por el cuello cabelludo. Pudo contemplar las morgas de sangre en las comisuras de los labios de aquel monstruo.
Le siguió hasta la otra habitación. Llevaba la cabeza como el que lleva una sandía a la caja de un supermercado, y varios goterones de sangre dejaron un rastro con tras sus pasos. Dubitativo, el fraile quedó medio escondido, intentando no ser impertinente. El ser estaba de espaldas. Parecía contemplar aquel vetusto cuadro de la virgen. De repente, un resplandor lo bañó todo. A los pocos segundos, el ser ofrecía algo a su ayudante.
Era la cabeza del joven que acababa de matar. Pero del tamaño de una pelota de tenis.
El hombre la cogió con cuidado y la guardó en uno de los estantes del armario bajo llaves. El ser del cuadro desapareció. Durante las siguientes horas se dedicó a limpiar todos los restos sangrientos. Cuando todo estuvo impoluto, salió con sigilo a la iglesia, tapando tras de sí la entrada a la catacumba. Salió a fumar un cigarro.
Pero la necesidad de creer le hizo tirarlo a la mitad. Tras pisarlo, subió dando grandes zancadas hacia los dormitorios.
Era una cuestión de fe.
El cuadro ya no estaba en el lugar donde lo vio por primera vez. Cuando el Padre Manuel murió, decidió llevarlo a su propia habitación.
Y allí se encontraba. Contemplando boquiabierto aquel enorme lienzo, donde como por arte de magia, aparecía otra persona más. El Padre Manuel se mostraba sonriente junto a uno de los frailes más bajitos. Uno del que ni siquiera recordaba el nombre.
Manuel parecía sonreírle a él. Y por un momento pensó que le había guiñado el ojo.
El reloj marcaba las 03:41. Se metió en la cama, y tras rezar unas cuantas oraciones durmió como un niño. Se sentía feliz.
No entendía porqué había que matar de forma tan cruenta. No entendía el maquiavélico ritual de las cabezas encogidas. Pero tampoco le importaba lo más mínimo el significado de todo aquello. Lo único que era cierto es que gracias a esa decisión, seguía con vida. Y tenía mucho camino avanzado tras esa promesa.
Acababa de dar el primer paso para conseguir aquel logro. Conseguir la eternidad. Aunque fuese viviendo dentro de un maldito cuadro.
Si ya había allí ocho inquilinos, seguro que no lo estaban pasando nada mal.
