Por que creer en las leyes del azar
La gitana observaba las cartas detenidamente, cada vez que se movía, las alhajas del pañuelo que cubría su cabeza sonaban como monedas en un bolsillo. Cuando levantó su mirada hacia el hombre frente suyo dijo: “Tiene usted una suerte… rara, pero hay algo que no está bien”.
- “¿Qué podría ser?”, preguntó el jugador sonriendo calladamente.
- “La muerte y la torre son dos cartas inusuales… es un mensaje confuso, le aconsejo que no de nada por hecho”, replicó la anciana mujer.
- “Nunca lo hago”, repuso el jugador con arrogancia.
El viento frío del Malecón apresuraba el paso de las personas por la noche. En la entrada del casino “Ramada”, un moreno alto de cabello rapado y anillo de oro miraba a la calle mientras hablaba con un hombre de chaleco, “No entres hoy que Don Mario está molesto contigo y sospecha de tu suerte”. El jugador le dio un tope de cortesía en el hombro y sonriendo entró con una baraja en su mano.
Mientras tocaba su adolorida quijada, el jugador agradecía a la lluvia por el apagón que le permitió escapar del casino. Habían pasado minutos desde que dejó atrás a los matones de Mario. Cuando se detuvo para recuperar el aliento escuchó las sirenas de una ambulancia seguida de una frenada a raya. Antes de que pudiera reaccionar, el poste de luz que el camión tumbó cayó encima de él.
- “No tengas miedo Gabriel Cruz, ya estás muerto”. En la oscuridad el jugador escuchaba esa voz sin cuerpo. “Aun puedes jugar tu última mano si aceptas mi trato, de lo contrario tendrás que arreglártelas con el creador”.
En su inconsciencia el jugador escuchó la propuesta de la entidad que se identifico como “Lex Redentora”. Tras aceptar el trato escuchó un fuerte rayo acompañado de voces, susurros que parecían contener un mensaje. Pronto los murmullos comenzaron a tener sentido en sus oídos.
- “No puedo creerlo, debería tener el pecho y esternón quebrado”, dijo uno de los paramédicos.
- “No es posible, espera parece que está despertando”, exclamó incrédulo el otro.
Las gotas caían en su rostro, podía sentir el asfalto donde yacía su cuerpo, de repente otra gota cayó en su ojo y los abrió por reflejo.



