LA ESENCIA

Salió de la biblioteca con paso firme, eran las once y media de la noche y el autobús ya no pasaba. Decidió regresar dando un paseo, pensó quizá que aquello le ayudaría a despejarse y a descansar mejor. Ella no sabía que algo maravilloso le iba a ocurrir.
Las palabras se entremezclaban, bailaban ante sus ojos y no podía discernir lo que estaba leyendo, las 4 horas que llevaba estudiando eran más que suficientes para ella. Cerró todos los libros y se frotó los ojos enérgicamente con la suavidad de sus manos. Le dolía la vista y el sueño la abrumaba, era hora de irse a casa.
Salió de la biblioteca con paso firme, eran las once y media de la noche y el autobús ya no pasaba. Decidió regresar dando un paseo, pensó quizá que aquello le ayudaría a despejarse y a descansar mejor. Mañana le esperaba un examen muy duro y tenía que estar en plenas facultades para ello. Caminaba aprisa, como si alguien la persiguiera, pero sólo era el deseo de regresar a su casa y el silencio hacía que sus piernas fueran cada vez más deprisa una detrás de otra.
Perdida en sus pensamientos, de repente, despertó al chocar con alguien. Un brusco golpe en el hombro, la hizo sobresaltarse. Se dio la vuelta con rapidez para ver a la persona con la que había sucedido el percance, sin embargo sólo alcanzó a ver una larga melena agitada por el viento, que doblaba la esquina. Sus andares y su contacto físico le hicieron pensar que era un hombre, pero aun con todo, dudaba que fuera así. Sin quererlo recordó su perfume, un olor indescriptible había penetrado en sus fosas nasales. Cerró los ojos y pudo revivir aquel momento como si en ese momento, estuviese sucediendo, su fuerte brazo chocando contra su hombro, un atrayente aroma entrando en su cuerpo y una espesa cabellera morena iluminada por las nocturnas farolas. Permanecía en la calle con los ojos cerrados, todo su cuerpo estaba paralizado ante esa sensación tan inexplicable y extraña a la que, sin saber el porque, quería regresar, levantó la cabeza hacia el cielo, con los brazos extendidos, como queriendo recibir algo, pero la única respuesta era el aire que rozaba su cara. Como un perro amaestrado dio media vuelta y dobló la esquina ante lo desconocido.
Regresaba sobre los pasos que antes había dado, la noche estaba siendo fría y eso hacía que nadie se encontrara en la calle. Ella seguía caminando solitaria y taciturna. Parecía que iba a olvidar el motivo por el que caminaba sin rumbo, cuando una imagen ocupó su mente. Unos expresivos ojos rojos aparecieron, sin saber ella, si estaban ahí o en su mente, sin embargo pronto dejaron de estar y desaparecieron en la oscuridad. Inusitadamente regresó a ella aquella atractiva esencia que la hacía sofocarse, teniendo que abanicar su cuello con las solapas de la gabardina que abrigaba su cuerpo, el calor iba aumentando gradualmente. A pesar de que sus manos estaban heladas, su cuerpo experimentaba un calentamiento global que no parecía tener explicación. Mientras, ella aspiraba lentamente el olor que le provocaba aquella agitación.
- ¿Fumas? .
Frente a ella había aparecido de la nocturnidad, un hombre moreno, de ojos azules y de tez blanca, que no dejaba de acusarla con la mirada, esperando alguna respuesta.
- No.
Ella estaba ruborizada ante aquellos ojos que parecían mutar de color por momentos, adquiriendo un tono rojizo como si de una foto echa con Flash se tratara. Ante su negativa el hombre volvió a desaparecer sin que ella pudiera hacer nada. Dejó al descubierto la largura de su pelo, reconociendo así ella, que se trataba de la misma persona hacia la que se había sentido imantada. La presencia y gravedad de su voz la habían llevado hasta un éxtasis silencioso del que sólo ella era consciente. Tuvo que sentarse en un banco mareada por la fatiga, cruzó las piernas inconscientemente y sus dientes comenzaron a morder sus labios con insistencia. Se removía en aquel banco como si el nerviosismo la hubiera hecho presa, se tocaba la nuca notando así el sudor que recorría su cuerpo. La humedad que sintió como mujer, parecía no estar siendo observada por nadie, pero ella no podía ni siquiera pausar aquel cúmulo de sensaciones que estaba sintiendo por un desconocido, pero a la vez conocido por formar parte de sus mejores sueños.
Poco a poco, la excitación fue menguando pudiéndose levantar así del banco, para regresar por fin a casa y alcanzar el ansiado sueño que tanto necesitaba, tantas horas estudiando y la vigilia, quizá la estaban jugando una mala pasada. Le temblaban las piernas, no podía respirar con normalidad, pero aquello parecía que iba mermando.
Se adentró en el parque que llevaba hasta su casa. A pesar de la taciturna hora, decidió coger un atajo, habían atracado a varias personas en él, pero su deseo de llegar a casa era más fuerte que su prudencia. El parque parecía más oscuro que de costumbre, los arboles lo hundían en un frondoso bosque del que parecía imposible salir, el sonido de sus pasos contra la hierba, retumbaban por todo el parque en contraste con la silenciosa noche. Seguía dirección a su casa cuando una bruma invernal empezó a hacer su aparición, pero aquella niebla era algo menos fría que de costumbre, la temperatura alta de la que se estaba llenando el ambiente era más semejante al vapor que a la invernal niebla. Ella volvía a sentir aquella emanación divina que la hacía entrar en otra dimensión. Su cuerpo empezó a experimentar una combustión involuntaria, el calor era insoportable a la vez que el placer inmejorable, un aroma iba introduciéndose por cada uno de sus poros corporales, sintiendo aquel efluvio dentro de su ser. La sensación era única. Pronto hizo acto de presencia el ser que la estaba embrujando con su perfume. La mirada de ella se dirigió a su boca, unos labios gruesos le sonreían lascivamente, acompañados de unos atractivos ojos granates que la miraban y parecían no parpadear nunca por el poder que poseían, su mirada era sensual, sus cejas formaban un bonito conjunto con sus cuencas y su mentón, era simplemente perfecto. Su rostro iba palideciendo poco a poco al ritmo del corazón de ella. No apartaban sus miradas uno del otro, pero ella de vez en cuando cerraba los ojos con deseo y dejaba de admirar en ese momento aquellos rasgos que la hacían enloquecer.
Tras un tiempo que pareció a la vez eterno, a la vez efímero, se le acercó con rapidez y se quedaron los dos frente a frente, a unos pocos centímetros, ella no podía dejar de observar ese animal tan placentero que la hacía gemir por dentro. La mano de aquel ente empezó a tocar su rostro, más sensible que nunca, empezando por la frente hasta acabar en sus labios. El contacto físico provocaba fuego. El pulgar se introdujo en su boca rozando la salivosa fruta, pero aquel dedo estaba frío, como muerto, rozaba su lengua, provocando en ella un ahogo del que necesitaba zafarse, aunque ella sabía que aquello producía en ella una agradable sensación. Sin embargo aquello no parecía tener fin, mientras su pulgar se removía en su boca, la otra mano empezó a bajar por el cuello hasta frenar en su pecho. El frío ahondaba en sus senos a través de sus manos, pero pronto se transformaban en el calor que ella desprendía. Cuando aquello vibraba con altitud, sus manos dejaron de rozar su cuerpo y ella se hundió en la depresión. No podía soportar la soledad de su anatomía, su cuerpo se sentía huérfano. Él, empezó a respirar sonoramente y ella involuntariamente empezó a imitarlo, hasta que la respiración de ella empezó a ir tan rápida, que el calló. Tocó la negrura de su pelo echándoselo hacia atrás con un erotismo sugerente, la miro y ella al sentirse observada silenció su respiración mordiendo su labio inferior con tal fuerza que lo hizo sangrar. El tiempo se paró y un hilo de sangre empezó a caer por su barbilla desviándose hacia el cuello, el transcurso de ese momento se había ralentizado y aquel líquido rojo iba deslizándose suavemente por su garganta, sumergiéndose entre las dos montañas que iban a ocultar su siguiente recorrido. El ceño fruncido de él y su mirada perseguían aquel riachuelo que fluía por su sabrosa piel, cerró los ojos y tras unos segundos de reflexión decidió cortar el recorrido de aquel líquido que circulaba perdido por aquella tierra. Se aproximó a su cuello y sin tocar su cuerpo absorbió el olor que desprendía la sangre que había salido de sus labios. Se quedo un rato en su interior como si pudiera así degustar aquel manjar con sólo olerlo, una vez retenido en su nariz lo expulsó por la boca chocando contra la piel de ella. Aquel contacto tan orgánico, hizo que el bello de su epidermis emergiera con pasión, erizándose como respuesta ante aquella malvada provocación. Ella lamió sus labios saboreando la sangre que estaba manando de su boca, de tal manera que hizo enloquecer a su amante, sin ella saberlo. Sintió un gran arrebato, cuando un frío helador se posó en su cuello, la lengua de su amante estaba recorriendo su cuerpo por las mismas ubicaciones que habían sido antes mojadas por el hilo conductor de aquel deseo. Así siguió hasta que su lengua se condujo hasta su boca, saboreando el zumo de sus entrañas, haciéndola convulsionar de placer. Aquel beso empezó a ser suave y salvaje a la vez, ella sentía la vigorosidad de aquel hombre, que parecía ser el placer hecho persona.
Una vez echo dulce su cuello, se quedó admirando su obra, ella estaba fuera de sí, como una gata en celo. Respiraba ruidosamente, mientras, él, respiraba con normalidad. Comenzó a deslizar sus dedos por sus propios labios, que segundos antes habían besado los de ella. Su rictus adquirió una leve sonrisa ladeada, que dejo al descubierto un diente puntiagudo que brillaba con luz propia. Aquel diente parecía proyectar un halo luminoso a través de la blancura de su superficie. Esto propició que el deseo de ella aumentara, así que lentamente aquella media sonrisa, se convirtió en una gran sonrisa completa, que iba de un extremo a otro, mostrando sus atractivos colmillos, afilados para su presa.
Ante esa imagen sus piernas cedieron, cayendo de rodillas ante él en señal de sometimiento. Con sus manos temblando por el deseo, retiró su pelo pelirrojo por naturaleza. En aquel ambiente luciferino, su rojiza cabellera radiaba una gran belleza, lo recogió en un lado, dejándolo libre de obstáculos en el camino. Se quedo esperando el clímax que tanto anhelaba, miraba aquél rudo rostro con ojos desorbitados, rezando para que aquello ocurriera. Se rasgó el vestido, abriendo su escote, arrancando toscamente los botones, que saltaron torpemente uno detrás de otro, sin coincidir en el tiempo. La respiración de su pecho, se podía notar a través de aquella pecosa piel, que emanaba una excitación sincera, sin tapujos, sus pechos subían y bajaban esperando una explosión.
El tampoco podía más e imitó su posición relamiéndose los labios con gula. Allí de rodillas ante ella, miró al negro cielo y abrió la boca, un sonido irracional, brotó de su ser inmortal. Sus puntas relucían y sus ojos radiaban fuego. Ella segregó demasiado saliva, dejando caer una gota en la comisura de su labio, inconscientemente la recogió con su lengua. El continuaba mirando a la nada, al cielo del que parecía que iba a desprenderse algo que el deseaba. Se inclinó hacia ella, emitiendo antes otro rugido, y penetró en su cuello. Ella se estremeció dejando muertas sus piernas, él la aprisionaba contra su pecho, hincando su dentadura. La sangre subía por sus punzantes dientes, bajando por su garganta hasta su estómago. La absorbía una y otra vez con ganas y ella experimentaba una sensación de escozor. La dureza de sus dientes introduciéndose en su cuello, le producían una dolorosa excitación. Pero aquello no le importaba, la turbadora sensación orgiástica era más fuerte que el dolor. Cuando parecía que iba a acabar, la amarró fuertemente con sus brazos, volviéndole a sacar el caramelo que necesitaba. Sentía como su anatomía se aceleraba ante la absorción de su vida en forma líquida, circulaba por su cuerpo hasta salir de dentro de ella. Arañando la espalda de su amante alcanzó la culminación del placer sexual, alzó la voz en un grito hasta quedarse sin voz, había perdido la última gota. Él la soltó con brusquedad dando un fuerte alarido que ocultó el sonido del cuerpo de la chica chocando contra el césped. Ni siquiera reparó en ella que yacía tumbada boca arriba y desapareció.
Sus brazos estaban abiertos y sus piernas cerradas. De cintura para abajo, su cuerpo tornaba hacia la derecha y el resto estaba girado a la inversa. De su piel asomó una espiritual blancura, parecía un ángel allí tumbado, como si alguien se hubiera tomado la molestia de colocarla en esa posición. Sentida la felicidad plena que nunca jamas iba a volver a tocar, para que vivir. Una sonrisa se dibujaba sobre su mortuorio rostro.



