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El último suspiro

Capítulo I: El cerrajero misterioso
-¡Mierda! ¡Oh, no! ¡Cariño! ¡Cariiiiñoooo! –Raquel bajó corriendo por las escaleras de caracol, hasta llegar al gran salón.-
En el salón sentado en una butaca, fumando mientras leía el diario, se hallaba Luís, su marido, que se giró al oír los fuertes golpes que provenían de los zapatos de tacón de su mujer, que estaba bajando rápidamente por las escaleras.
-¡Cariño!.
-¿Qué pasa vida? – respondió a su mujer, con un tono que expresaba sorpresa a la vez que inspiraba un aire de preocupación.
-¡Ha entrado en casa! ¡Ha entrado en casa! Llama al cerrajero, que ponga candados en todas las ventanas y hazle cambiar la puerta. ¡Ha entrado en casa!
Raquel fue de inmediato a revisar todas las ventanas de la casa. Todo se hallaba en orden, no había ningún signo de prueba… En ese instante, empezaron a rebosar mil preguntas dentro de la cabeza de Raquel, mientras fulminaba con la mirada cualquier rincón sospechoso de la casa, en busca de alguna respuesta a tanta duda.
-¿Quién? ¿Por qué? Que andaba buscando… ¿Porqué a mi? ¿Qué está pasando? – Se preguntaba Raquel con una mezcla de sentimientos, entre miedo, ira, rabia, impotencia…
Al cabo de un rato, Raquel paró de golpe su búsqueda, al escuchar el sonido del timbre de la casa. Raquel se dirigió a la puerta asustada y preguntó quién era. Ya no recordaba que había hecho llamar al cerrajero. Cualquier movimiento que no controlara le asustaba.
Una figura de un hombre con un cigarro en la boca se distinguía entre la oscuridad de la noche.
-Buenas noches – Saludó amablemente el misterioso hombre.
-Buenas noches, puede pasar. –Contestó con voz temblorosa Raquel.
El hombre antes de entrar, se agachó y sacó una pequeña pistola de la bolsa. Raquel se quedó estupefacta y soltó un grito sordo.
El hombre la apuntó y disparó.
Minutos más tarde, Raquel volvió en sí, se había desmayado ante la escena.
-¿Qué..que.. ha pasado? – preguntó Raquel – ¿Dónde estoy?
-Cariño, no pasa nada, te has pegado un susto con el mechero del cerrajero, pero ya está, todo ha pasado, tranquila. – La tranquilizó Luís, mientras le acariciaba la frente y le daba un beso.
-¿Dónde…donde está? – preguntó ella mas calmada.
-Esta poniendo las cerraduras en las últimas ventanas, como tú pediste.
-¡Tenía una pistola! ¡Me apuntó con una pistola!
-Cariño, tranquilízate, no era una pistola, sólo era el mechero. Ya ha pasado todo, tranquila. Ahora nos iremos a descansar y mañana será otro día. Duerme.

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