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La culebra de Zamora


Era tal el temor de la gente que nadie se atrevía a acercarse por la zona. Y los que lo hacían, desaparecían sin remisión.

Se presentó ante el alcalde del pueblo un anciano y le dijo que creía saber cómo detenerla. Le dijo que su hijo la había estado criando durante años y que ahora estaba en el servicio militar por lo que la culebra se había vuelto salvaje por el hambre.

- Si alguien puede apaciguar a esa bestia, es mi hijo, señor. Mándele llamar y él la someterá.

El alcalde aceptó, como habría aceptado cualquier propuesta para solucionar tamaño problema para su región. Hizo traer a Alfonso, el chico que la había criado, y le contaron todo lo que había causado su mascota. Éste, sobrecogido, se ofreció sin dudar a ir en busca de su culebra, convencido de que le reconocería y se la podría llevar a un lugar seguro, en lo más alto del río.

Cuando llegó a la zona silbó como solía hacerle para llamarla. Esta no dio señales de vida. Alfonso pensó que quizás había ido a otro lugar, aunque podía estar escondida en cualquier parte. Bajó al agua y caminó por la corriente helada sin dejar de silbar.

La culebra saltó sobre él y se enroscó alrededor de su cuerpo con tal fuerza que no le dejó ni hablar. Le hundió en el agua y mientras se asfixiaba le rompió el espinazo, las costillas, los huesos de los brazos, las clavículas dejándolo morir en una terrible agonía. Mientras aún le quedaba un poco de consciencia sintió que la enorme boca de su mascota le cubría la cara. Se lo tragó como había hecho con tantas otras personas. Nadie le escuchó pedir ayuda ni siquiera los alguaciles que le habían acompañado hasta las cercanías del río.

En ese momento la culebra medía unos ocho metros de largo pero como se ocultaba bajo el agua y la hojarasca que había en los márgenes del río, era casi imposible encontrarla. Nadie recordaba haber visto antes una culebra tan grande y fuerte en la región.

Al devorar a su amo la fama se hizo aún mayor y se decretó zona prohibida. La gente que vivía por allí se mudó por el miedo de que el animal entrara en sus casas por la noche. No había casa segura de ella ya que con ese tamaño podía entrar en un caserón de cualquier altura tan silenciosamente como si fuera un fantasma.

El alcalde necesitaba librarse del problema. La gente le gritaba en la plaza del pueblo increpándole que hiciera algo y los alguaciles se negaban a ir de cacería. Entonces decidió acudir a la prisión. Reunió a todos los condenados a muerte y les dijo:

- Tengo una propuesta para vosotros. Como todos sabréis ya, hay una culebra que está atemorizando a la región. Ha devorado a todo aquel que se ha cruzado en su camino, incluso a un grupo de soldados armados y cubiertos de armaduras. No dejó alma con vida. Hasta se ha comido al que la ha criado. Estoy dispuesto a que si hay uno de vosotros que se atreva a ir en su busca para cazarla, le condonaré la pena y quedará en libertad con honores.

Ningún condenado salió voluntario para semejante locura. Se escucharon rumores. Unos decían que preferían morir decapitados otros que preferían vivir sus últimos días de vida comiendo la basura de la cárcel, otros que deseaban que la culebra se tragara al alcalde… Pero hubo uno que dio un paso al frente y el alcalde se rió de él. No solo el alcalde, todos los allí presentes.

Era un hombre gordito, bajo y calvo que parecía no ser capaz de correr diez metros sin jadear de cansancio. El hombre no pareció avergonzarse de las risas de los soldados y de los propios compañeros que compartían su destino.

- Yo lo haré – dijo -, pero necesitaré tres cosas.

El alcalde dejó de reírse, era lo único que tenía para tratar de acabar con esa amenaza y no perdía nada por intentarlo.

- Habla, qué tres cosas quieres – dijo el alcalde.
- Un sable, un caballo muy alto y un espejo de mi altura.
- ¿Cómo sé que no quieres el caballo para escapar?
- Os doy mi palabra.
- ¿La de un asesino?
- Soy cazador, señor, he puesto trampas y es cierto que algunas mataron personas, pero nunca fue a propósito. La condena que se me ha impuesto es injusta. Permitiré que me siga una guardia armada para que os aseguréis de que no pienso escapar.

El alcalde lo examinó de pies a cabeza y se dio cuenta de que ese hombre no tenía el menor peligro para su guardia y mucho menos para una bestia tan voraz. Estuvo a punto de negarse pero él sí era un hombre de palabra. Había prometido la libertad a cualquiera que se atreviera a enfrentarse a ella y no importaba si éste no tenía la más mínima posibilidad.

- Está bien, concedido.

Al día siguiente el condenado cabalgaba sobre el caballo más alto de la región. Había colocado el espejo colgado del cuello del animal y lo llevaba a modo de escudo hasta casi tocar el suelo. Los soldados se mofaban de él apostando entre ellos cuánto tiempo aguantaría con vida antes de que la culebra le quebrase los huesos. Por precaución todos iban a caballo para que en cuanto apareciera la culebra salieran todos huyendo a una distancia prudencial.

Sin embargo la culebra se abalanzó sobre uno de los guardias. En un abrir y cerrar de ojos le trituró el cuello con sus fuertes músculos y saltó al siguiente. Los demás huyeron aterrorizados, sin poder evitar que la culebra de ocho metros hiciera crujir los huesos de su otro compañero.

El condenado no huyó, colocó su caballo frente a la culebra mientras ésta remataba a su segunda presa y ésta, cuando fue hacia él. Entonces se encontró con otra culebra exactamente igual de grande que ella y se la quedó mirando, asombrada. Su lengua serpenteó en sus labios escamosos sin perder de vista ese nuevo rival que la amenazaba; que no era otra cosa que su reflejo en el espejo. En ese tiempo que permaneció inmóvil, el condenado espoleó a su caballo y pasó junto a ella cortándole la cabeza de un certero tajo de sable.

Toda la región le proclamó como un héroe y le perdonaron la pena de muerte. La culebra se había hecho tan famosa que decidieron colgarla en lo alto de una iglesia de Zamora. Era tan larga que daba la vuelta completa a todo el recinto interior, que por otra parte no era tan grande.

La iglesia pasó a llamarse, “La iglesia de la culebra” en donde se puede distinguir el cadáver corrupto de tan terrible animal incluso hasta nuestros días.

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