La liebre

Era una espléndida mañana de un mes veraniego. José jugaba plácidamente con su pelota de colores.
Una confianzuda liebre se le arrimó, con aspecto curioso.
El niño la miró embelesado. La liebre le devolvió la mirada, con sus ojos completamente negros.
José sintió aquella observación como si se la clavaran en la cabeza.
Sus manos temblaron ligeramente, sus pupilas se dilataron, como si aquellos ojos negros lo envolvieran y lo penetraran.
Quizá este sentimiento de invasión de la oscuridad fue lo que impidió a José ver que la liebre se acercaba lentamente.
Entonces, el animal saltó, dirigiéndose a la cabeza del chico.
Los pájaros huyeron despavoridos por el estruendoso grito que desgarró el aire. Una pelota rodó por el césped.

Un cuerpo inerte yacía ensangrentado en un jardín.
Un pequeño animal se agazapaba sobre aquella masa de carne inmóvil, regodeándose con el triunfo de su batalla y la sangre del caído.

 

 

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