el arbol de mango

Cuando desperté sentí el olor de los mangos. Ese perfume embriagador, de la no menos embriagadora fruta, inundaba toda la casa y nos transportaba a idílicos lugares de nuestra memoria. Pero al final de la semana ya empezamos a estar un poco hastiados de tanto olor y sabor. El árbol que había plantado la abuela en el jardín, nos había deleitado durante décadas con sus frutos, pero nunca con tanta fuerza como ahora; así que decidimos compartir nuestra suerte con los demás y empezamos a llenar cestas y cestas, para repartir entre familiares y amigos. Terminada nuestra tarea y un poco aliviados de tanto olor, continuamos con nuestra vida. Pero a los pocos días, extrañamente, el árbol amaneció lleno de frutas y el riquísimo aroma de los mangos volvió a inundarnos. Fue entonces que a la tía Eulalia se le ocurrió preparar unas deliciosas compotas con su ingrediente secreto y venderlas. -ya que si la naturaleza nos beneficia, por qué no aprovecharlo- Nos dijo mientras sacaba sus cacerolas y demás artefactos, para poner manos a la obra. Así fue como, al cabo de unos días nos vimos llevando las compotas a todas las tiendas de los alrededores y dejándolas en consignación…. Pasaron los días y ya casi nos habíamos olvidado de las famosas frutas cuando tocaron a nuestra puerta y al abrir nos topamos con unos rarísimos y furiosos personajes -Esto nos ha pasado por comer sus confituras!!- Nos dijeron mostrándonos sus pies atados a gruesas piedras y luego de tirar las piedras en nuestra ventana se fueron volando…Sin poder creer que las confituras tuvieran tan mal efecto en la gente, le preguntamos a la tía qué ingredientes le había puesto a sus confituras, a lo que extrañada nos contestó que sólo la pulpa de los mangos -que dejé cortadas para preparar la confitura y fíjense que al día siguiente amanecieron, como por arte de magia, ya listas en los frasquitos. No dije nada porque creí que uno de uds. las había preparado por mí, para ahorrarme el trabajo. .. En los días que siguieron con tristeza vimos como todas las personas que compraron las dichosas compotas, volaban por los cielos y se perdían en el infinito… Al siguiente verano cuando el árbol de los mangos volvió a florecer nos cuidamos bien de no preparar confituras ni volver a regalar dichas frutas; solo nos resignamos a comer las que podíamos y dejar el resto en el árbol…..

 

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