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El sello del Diablo


Yo… Nunca he escrito un diario y tampoco estoy muy segura de saber cómo se hace. Únicamente necesito un lugar donde desahogarme; estoy tan cansada de no poder contarle esto a nadie.
Hace dos días que mis padres murieron en las manos de un vil ladrón; ambos de un disparo en la nuca desde sus espaldas.
Fueron mis ojos los que contemplaron esa escena; como un río brotaba de los agujeros abiertos de manera certera y definitiva por aquel individuo.
En aquel momento saladas lágrimas recorrían mis mejillas. Recuerdo con una nitidez casi imposible como la sangre recorría la moqueta del suelo creando un océano estremecedoramente escarlata.
Entonces fue cuando mi llanto definitivamente nubló mi visión.
«¡¡Asesino!» le grité a aquel ladrón de vidas.
Él se rió secamente.
Un nuevo disparo se produjo en la sala. El fuego recorrió mi pierna izquierda; me había herido.
Se aproximó a mí con la intención de terminar el trabajo. Yo me retorcía; el dolor físico disputaba con el emocional.
No. No me podía morir tan fácilmente; no podía dejar que aquel asesino acabara conmigo de una manera tan sencilla.
La furia contaminó mis venas; la venganza supuraba por la herida de bala que tenía en mi pierda.
Le quería muerto; sí, eso era lo que deseaba e iba a pagar cualquier precio por ello. Poco me importaba lo que me tuviera que ocurrir a mí con tal de lograr mi cometido.
Y justo en ese instante, cuando la ira me carcomía por dentro apareció él; un ángel.
Su cabello era rubio claro y sus ojos tenían la tonalidad del aguamarina.
Gruñí furiosa; aquella no era mi hora. Todavía no.
«Te voy a proponer un pacto» me susurró al oído con su dulce voz.
Mi corazón a medida que transcurrían los segundos latía más deprisa. Ya no sentía ningún tipo de dolor, solamente podía apreciar el frío.
«¿Un… pacto?» pregunté con dificultad.
«Ofréceme tu alma, a cambio de venganza» aquellas fueron las palabras mágicas.
Una sonrisa rota tironeó con angustia de mis labios.
«Poco me importa lo que me pase a mí en ésta vida o en la siguiente; si consigues matarle seré tuya» esas palabras fueron escupidas de mi boca en un tono gélido y cansado. Sonaron sinceras; desgarradas hasta tal punto que me encontré sorprendida de la magnitud de mi odio.
«Nuestro pacto es absoluto, una vez sea sellado en ningún momento podrás echarte atrás» musitó él en tono siniestro.
No dije nada, simplemente dejé que el peso de mis párpados se llevara mi vida.
Lo siguiente que recordé fue que me despertaba en la moqueta inundada de sangre con los cadáveres de mis padres; no tenía mi herida en la pierna. En mi hombro derecho había una marca; el sello del diablo.
La policía llegó un cuarto de hora después y me auxiliaron.
Hoy es el día de navidad; me siento sola.
La policía sospecha que yo estoy compinchada con el asesino de mis progenitores ya que les pareció extraño que yo saliera ilesa del asalto de aquel ladrón mas cuando tenía la mala fortuna de irrumpir en una casa con las personas dentro o simplemente le cogían en mitad del trabajo no dudaba en apretar el gatillo.
Me interrogaron durante tres largas horas y no pudieron sacar ninguna contradicción o algo inverosímil en mi testimonio: «Mis padres salían de compras navideñas todos los días; no pudieron ir en aquel momento por mi culpa; yo me escapé de casa para ir a la fiesta de una amiga y no había vuelto hasta la hora del asesinato.
»Ellos me esperaban, preocupados, por eso no se fueron a hacer las compras rutinarias de navidad.
»Cuando yo llegué a casa me encontré con que el ladrón les apuntaba con una pistola desde sus espaldas. Disparó sin vacilar. A mí no me vio porque me escondí en el armario de la habitación de matrimonio.
»Una vez se fue, corrí a socorrerles».
Ahora vivo en casa de la abuela; ella está muy preocupada por mí.
Me gustaría decirle que iba a vengar la muerte de su hija.
Ayer por la noche vino el ángel a visitarme, parecía muy complacido al observar la marca de mi hombro.
«¿Te gustaría conocer el nombre de la persona a la que quieres ver muerta?» me preguntó yendo directamente al grano.
Sentí como la ira resplandecía en mis ojos.
«Antes que nada me agradaría al menos saber cómo referirme a ti —hice una pausa—. ¿Qué eres?, ¿un ángel?»
Él se aproximó a mí. No me moví, hipnotizada por el brillo de sus celestiales ojos.
«Se me conoce por el nombre de Caín y soy todo lo contrario a un ángel» musitó divertido.
Me tomó de la mano en un gesto anticuado y la besó.
«Yo soy Rubí. Gracias por concederme una segunda oportunidad» musité con suavidad.
Caín se sentó en la cama sobre la que yo estaba acostada. Acarició mis cabellos con suavidad.
Sus manos eran frías pero se sintieron muy dulces.
«Deseo saber el nombre del asesino de mis padres» pronuncié en tono duro.
Él me miró de manera extraña.
«Te sientan muy bien el rencor y el odio; te hacen ver menos mortal —su mirada perdió todo deje celestial y repentinamente se tornó siniestra—. El hombre que buscas es Ricardo José Torres García».
Mis ojos se abrieron como platos, sorprendidos; él era un vecino nuestro conocido.
Tragué saliva con dificultad; me esperaba a cualquier persona menos a él.
«Desde hace tres años su familia está pasando por una grave crisis económica; él roba el dinero de las casas vecinas para poder llevar un plato caliente a su mesa.
»Piensa que tiene más facilidad a la hora de colarse en las casas cercanas porque él conoce más o menos cuando una familia las ocupa. Pensó que tus padres se habían ido de compras navideñas, por eso irrumpió en aquel momento»
Me daba igual que los motivos de su robo no fueron del todo egoístas; que lo que él buscara fuera surtir a su familia de alimentos.
No había vacilado en ningún instante a la hora de apretar el gatillo.
Mató a mis padres; arruinó mi vida y yo tenía planeado terminar con la suya.
«Tiene previsto quitarte la vida al anochecer siguiente a hoy para que no quedes como testigo. Piensa colarse en tu habitación y ahogarte con la almohada».
Las manos de Caín se posaron sobre mis labios.
«Lástima que en el momento en el que pise éste cuarto vaya a abandonar el mundo de los vivos» aunque pareciera asombroso su voz también destilaba ira.
Lo he perdido todo; no tengo futuro; no me queda vida. Hasta terminé despojándome de mi alma.
Quizá lo más delirante de todo es que me da igual; no me importa en lo más mínimo lo que me vaya a ocurrir.
El único sentimiento que llegué a apreciar fue la ira por lo de mis padres, y ahora que les he vengado me siento… vacía.
Una vez leí en un libro que los nombres de las personas no son elegidos al azar sino que es el destino el que nos nombra.
Me llamo Rubí y soy semejante a ese diamante. Mi cabello es rojo; como la tonalidad de la piedra, y mi interior gélido y duro.
Lo diamantes son fáciles de romper, pero ellos al ser tan afilados siempre devuelven el golpe. Yo ya lo hice y mis diminutos fragmentos, por lo tanto, han perdido la utilidad.
«Buenas noches» me saludó Caín.
«Hola, ángel» le devolví el gesto.
A él le divertía el mote por el que le llamaba.
«Llegó la hora de sellar el pacto —afirmó como quién no quiere la cosa. Yo, ni me inmuté—. Pero antes me gustaría hacerte una nueva oferta, alma impura».
Fruncí el ceño al no entender la clasificación de mi esencia.
«¿Pero…Pero no me dijiste que mi alma era hermosa?» inquirí sorprendida.
Tomó mi mano.
«Y lo es. Llevo desde que naciste esperándola; esperándote. Estaba seguro que con lo pasional que eras terminarías haciéndome un pacto».
Fruncí el ceño sin entender.
«Nosotros somos demonios. Sólo nos interesan las almas puras porque las que están corrompidas irán al infierno de todas formas. Tu esencia es hermosa, pero no tardó nada en malograrse; eres ambiciosa, mentirosa, manipuladora, egoísta… Y eso me encanta» sus ojos aguamarina eran increíblemente siniestros; intimidantes. Me miraba como si codiciara algo de mí.
«No… No lo entiendo. Si mi alma irá de todas formas al infierno, ¿por qué hiciste el pacto?» hablé sin pensar.
«Para que fueras mía. En el momento en el que se selló el trato tú te volviste de mi propiedad» cantó victorioso.
Reculé, asustada; arrepintiéndome por primera vez de lo que hice.
«¿Y eso… Y eso qué significa?»
Se acercó súbitamente a mí y me besó, con fuerza, con pasión.
Me alejé del él confundida y arrebolada.
«¿Qué pretendes?» demandé saber.
La gélida mano del ángel caído me acercó a él.
¿Sabéis lo que es delirantemente más penoso; más cruel, degradado y malogrado que un demonio?
Nosotros.
Sí; los seres humanos manipulamos y mentimos sin parpadear; de hecho, lo hacemos constantemente con una frivolidad clínica.
Nos concedemos el privilegio de juzgar a los demonios cuando nosotros somos iguales, sólo que ellos en ningún momento ocultan su naturaleza, mientras que nosotros nos auto-engañamos afirmando que somos «piadosos».
¿Acaso el fin justifica los medios? ¿Es correcto actuar sin pensar en las consecuencias que no sólo nos afectan a nosotros mismos sino que también pueden causar daño a los demás?
Qué importa. Y que sufra dolor cualquier ser con tal de que no seamos nosotros los que sintamos su daño.
El mundo es una constante lucha; no puede existir en él alguien desinteresado, porque si llegara al caso, lo consumiríamos y malograríamos hasta succionarle todo rastro de bondad.
Sí; esa es la única gran verdad.
Me he pasado todos mis restantes años de vida contemplándonos y alimentándome del enfermizo néctar que emanamos.
Sangre, mentiras, muerte, violaciones, farsas…
Lo tenemos ya tan asumido, que ni siquiera le concedemos importancia cuando sale en las noticias algún caso parecido. Es… algo, tan cotidiano.
No nos importa generar dolor a alguien con tal de conseguir nuestros fines; ¡¡Bienvenidos a la cruel realidad, propiciada por nuestra humilde actitud desinteresada!!
Anoche me desahogué de lo lindo; todo lo que pienso sobre la sociedad ha quedado impreso en la página anterior de mi diario.
No estoy muerta, del mismo modo que me he dado cuenta de muchas cosas.
La venda de mis ojos se ha ido desprendiendo en el transcurso de todos estos trece años; ahora me veo a mí misma tal y como soy.
Caín tuvo razón al afirmar que mi alma se halla corrompida, pero aún así eso sigue sin ser ninguna novedad. Antes no me veía a mí misma como lo hago ahora, pero en estos instantes tras el paso de los años las lentes con las que vislumbrara el mundo han desaparecido de mis ojos, siendo sustituidas por unas gafas que me han revelado lo cruel y desolador de aquello que me rodea.
La venganza me cegó por la muerte de mis padres; me consumió como le ocurre a la cálida cera de un cirio en llamas.
Y… Cuándo desapareció el asesino, ¿qué me quedó después?
Nada; ni vida, ni esperanza, ni alma.
¿No habría sido más valiente por mi parte haber luchado?, ¿no habría sido más noble no haberme dejado influenciar por Caín?
Sí, pero ahora que me he dado cuenta de ello, es demasiado tarde.
Las cosas cambian, y nosotros hemos de ser lo suficientemente inteligentes para poder manejarlas lo mejor posible. Yo lo he hecho.
Caín me concedió mi esperanza de vida de tiempo sin que él se apoderara de mi alma como pago a que él no impidiera la muerte de mis padres, porque yo, aquella noche trece años atrás descubrí que lo tenía todo planeado.
Amo a Caín; sería mentir si lo negara. Pero jamás le podré perdonar que él —que supuestamente me velaba porque sentía atracción hacia mi esencia— permitiera la muerte de mis padres con el fin de que yo me cegara de ira e hiciera algo absurdamente vengativo. Eso fue muy egoísta por su parte. La herida de aquello aún sigue supurando en mi sangriento corazón.
Pero por más que lo rechace, el tiempo hace que todo cambie, y no puedo hacer nada para evitarlo.
Simplemente debo de asumirlo. Punto.
Me han diagnosticado cáncer de páncreas; la cosa está muy avanzada y no tiene tratamiento.
Esta misma noche pienso llamar a Caín; no quiero sufrir una lenta y dolorosa muerte por aquella enfermedad. Espero que se apiade de mí.
Esta es la última confesión que voy a hacer en éste diario, que, seguramente se hará pasto de las llamas para que nadie conozca mi secreto.
Tengo ganas de llorar, pero, por más que lo intento mis ojos están irremediablemente secos.

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