Alma de piedra

NOTA: La traducción de las frases en latín se encuentra al final del relato.
Tamara se deslizó hoy, como lo hacía todos los días por la inmensidad de la catedral. Su mirada aborrecida recorría con lentitud la fría piedra que esculpía aquel colosal recinto religioso.
Ella era la hija adoptada de uno de los frailes que ejercían en aquel lugar. Jamás había salido al exterior o había tenido contacto con alguna persona fuera de aquel edificio.
Por eso le gustaba tanto subir al campanario e ir a aquellos balcones que lo bordeaban, mas desde allí podía vislumbrar toda la ciudad; sus gentes, sus edificios. Tamara siempre había soñado con formar parte del mundo y lograr dejar atrás su papel de observadora.
Con un profundo suspiro se sentó al lado de su amigo, Gabriel; una gárgola hermosa.
Según lo que le contó el fraile, las gárgolas son almas pecadoras que se purgan en el mundo humano protegiendo los recintos religiosos pues con su aspecto amedrentador aleja a las almas oscuras.
Tamara nunca se creyó eso; ella sabía que se crearon para desaguar los tejados de las iglesias.
—¡¡Hola, Gabriel!! —saludó la joven al monstruo rocoso.
Aquella gárgola tenía lo que parecían ser unas alas membranosas y cuernos de demonio, pero aún así, a Tamara le parecía el ser más bello del mundo.
Y eso que no estaba vivo…
La chica se colocó a un lado de la estatua de piedra, ignorando a las demás bestias rocosas que estaban a su lado.
—Hoy vengo a merendar contigo —afirmó la chica.
Sacó una bolsa.
—Beatus est magis quam accipere*— pronunció la joven en latín, antes de sacar su comida.
Puesto que su padre adoptivo era fraile, había sido criada en la doctrina religiosa; le habían inculcado aquella lengua muerta desde niña, ya que era uno de los idiomas en los que estaba escrito la Biblia.
Empezó a comer y a hablar con aquel, su amigo. Ella sabía que era una locura estar haciendo lo que hacía, pero se sentía tan sola sin compañeros a su alrededor, además una parte de ella le decía que sí le escuchaba; que aquella gárgola verdaderamente tenía vida.
***
A la mañana siguiente Tamara fue a misa, como acostumbraba a hacer todos los domingos. Allí vio a unos chiquillos de lo que parecía ser su edad.
Feliz, ante la expectativa de poder encontrar a un amigo se acercó a ellos.
—Hola —les saludó con timidez.
Los jóvenes se miraron los unos a los otros, cuchicheando entre ellos.
—Tú eres la huérfana, ¿verdad?— quiso saber el que parecía ser el cabecilla.
Tamara bajó la mirada, antes de pronunciar:
—Sí— fue un murmullo tan bajo que apenas se le escuchó. Le había dolido el tono tan despectivo que habían utilizado con ella.
—Y… ¿Cómo te trata el fraile? ¿Te diviertes estando sola, encerrada aquí dentro?
Tamara se vio sorprendida por las palabras de aquellos chicos; ella no sabía que las personas podían ser tan crueles. En la iglesia se hablaba de la bondad de la gente; del poder del arrepentimiento y rectificar de las personas.
Ella no conocía la maldad sin ningún por qué.
—Yo… —logró decir pobremente—. ¿Por qué me tratáis así?
El cabecilla la empujó y la chiquilla cayó al suelo.
—Noli me tangere!* —gritó Tamara, asustada.
Los jóvenes empezaron a especular entre ellos.
—¿Qué te pasa, monja? No me digas que el demonio te ha poseído— se burló uno de ellos.
Tamara sintió como las lágrimas empezaban a emanar de sus ojos.
—¡¡Vete!! —le gritó un niño—, mi madre no para de hablarme de lo bien educada que estás y de compararme conmigo. ¡¡No queremos saber nada de ti, niña rara!!
Alguien le pegó una patada. La chica se levantó; avergonzada.
Corrió hacia el campanario sin mirar atrás.
Lo que le revelaba el actuar de aquellos niños era que le tenían envidia porque sus madres hablaban bien de ella. Pero… la envidia era un pecado capital; y eso no era bueno.
Además ella estaba sola; encerrada en aquel recinto gris, mientras que ellos eran libres y podían vivir una vida plena.
La que debería de sentir aquel pecado era ella; no al revés.
Cuando llegó a su objetivo se sentó al lado de Gabriel y musitó:
—Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me?* ¿Acaso me merezco algo de lo que me está ocurriendo? Dime, Señor; ¿te dignaste a ponerme a prueba del mismo modo en que lo hiciste con el santo Job?— quiso saber desesperada—. Tan sólo quise ser una más. Tener amigos; ser… normal.
Abrazó a la gárgola con fuerza, derramando su salado llanto por la fría y dura piedra. Instantes después sintió como unos brazos intangibles pero cálidos la envolvían.
«Post tenebras spero lucem*», le pareció escuchar que alguien le susurraba al oído.
Sorprendida, Tamara dio un respingo.
Suspiró; durante unos deliciosos instantes había creído que Gabriel, su gárgola la había abrazado y consolado.
«Sólo es piedra» pensó con creciente amargura, antes de alejarse de aquella estatua e ir a su habitación a continuar con sus estudios.
***
Tamara se revolvió en su cama.
Llevaba toda la noche dando vueltas, tratando de conciliar el sueño, pero por lo visto hoy, su alma se encontraba inquieta.
«Post tenebras spero lucem», volvió a sentir que le susurraban aquella frase en su oído.
Se sobresaltó.
Con el corazón presionando su garganta por el terror repentino, retiró las sábanas de sus ojos.
En su campo de visión se mostró Gabriel; aquella supuesta gárgola esculpida en piedra ya no era de aquel material, sino que ahora se encontraba formada por carne; humana.
Aún así en su espalda seguían reposando sus alas de murciélago, y en su frente seguían estando sus cuernos.
—Shhh… —ronroneó la bestia en su oído—. Tamy, vengo a por ti.
Tamara sonrió, ante el diminutivo cariñoso de su nombre.
—Pe…Pero tú eras de piedra —logró pronunciar.
Se incorporó y encendió una vela para así poder verle mejor, mas aunque sus ojos se hubieran acostumbrado a las tinieblas de la habitación seguía estando demasiado oscuro.
—Hermosa joven— empezó Gabriel—, tú fuiste la que me diste la vida; me amaste y me entregaste algo tan íntimo como lo son las lágrimas; una muestra del dolor de amar, y de lo desgarrador de la soledad.
Tamy tragó saliva.
—Entonces… ¿pagaste ya tu deuda con el diablo? —quiso saber ella, ahora creyéndose la leyenda que decía que las gárgolas eran seres que purgaban sus pecados.
—Sí — asintió Gabriel—. Tu alma me liberó. Y, ahora, si tomas mi mano, juntos iremos al cielo.
—¿Al cielo? —articuló Tamara, preocupada—, ¿para ir allí no debo de morir?
Gabriel se encogió de hombros.
—Es cierto, criatura hermosa, que para subir al paraíso debes de abandonar tu cuerpo mortal. Por eso lo dejo a tu elección.
Tamy reflexionó durante unos instantes la oferta de la gárgola. En su vida humana estaba destinada a ser monja de clausura; no vería el exterior jamás, mientras que con Gabriel conocería la hermosura del universo desde el Edén.
Tamara entrecerró los ojos y tomó la gélida mano de la bestia; dejando que aquel ser que había purgado sus pecados le enseñara las delicias hermosas del universo.
***
Al amanecer siguiente encontraron el gélido y pálido cadáver de la joven, con una sonrisa de felicidad esculpida en sus blancos labios.
Encima de la mesa de su escritorio había una nota con su firma donde ponía:
Vivía encerrada en una jaula. Hacía ya tiempo que quería ser liberada, y por fin, encontré la llave que me permitió salir.
«Multi autem sunt vocati pauci vero electi*».
No quiero que me tengáis pena; ni tampoco que me lloréis porque ahora mismo soy feliz.
Ya que «post de tenebras spectro lucem».
Ahora mismo no estoy con Dios, de hecho, nunca lo estaré. Pero no me importa, mas él es cierto que me dio la vida, pero para algo me otorgó el control sobre ella y me vetó el derecho de decidir al ser adoptada por vosotros.
Dios deseaba que eligiera este camino; me entregó una existencia oscura para que yo sola hallara el resplandor de la luz.
Tamy.
…………………….
Traducción de las frases:
*Beatus est magis quam accipere: hay más dicha en dar que en recibir.
*Noli me tangere!: ¡No me toques!
*Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me?: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
*Post tenebras spero lucem: tras las tinieblas espera la luz.
*Multi autem sunt vocati pauci vero electi: muchos son los llamados y pocos los elegidos.
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