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Las pieles de los cerdos


El último hálito

Ya era viernes y el sol se encontraba poniente en el horizonte, demostrando que el día gobernaba en los albores del vivir cotidiano. Después de las visiones, Merdían había logrado conocer la historia de dos hermanos provenientes de un mundo delirante, que combatían por el amor de una musa. Pero lo que no comprendía el obrero condenado era, el por qué de tales visiones. Jamás en su vida había olfateado el hedor de una narración mental sobre seres portadores de un poder supremo e incomprensible para la mente de los humanos.
El hambre voraz por la carne y el anhelo de las pieles comenzada a dar fruto en las profundidades de Merdían, raudamente se encargaría de saciar a la petición de los guantes que lo controlaban. Pero el destino parecía ser propicio para el obrero fusionado con los guantes, ya que un ruido extraño proveniente de la entrada de la construcción llamó su completa atención al igual que la de los guantes fusionados. El ruido era de voces vagas e insulsas provenientes de personas de baja moral y ética. Pero si hubo algo que deleito a Merdían, fue haber sentido el aroma a carne segura y cercana, ya que las personas que habían ingresado al lugar parecían provenir de su pasado y parecían ser las presas ideales para su jugosa lista fétida.
Sin perder espacio alguno en el tiempo existente, Merdían se retiró de la habitación para conocer a los nuevos inquilinos. Y en segundos tras caminar por los vagos y lúgubres caminos de la construcción pudo dar con sus víctimas o más bien enemigos de un pasado con antecedentes mentales. Ya que eran los malditos delincuentes que habían querido ultrajarlo. Todos ellos estaban allí, incluyendo a las mujeres o más bien a las prostitutas putrefactas y con abundancia de enfermedades sexuales. En total, eran una horda de quince matones, listos para ser despellejados vivos y listos para que sentir el placer del jugoso dolor que les aguardaba.
Una vez que Merdían estaba cara a cara con la horda, no actuó con cautela sólo se les presentó como si fuese un justiciero de nacimiento y les dijo unas palabras para entrar en tono.
-Hola ¿me recuerdan?
Y uno de los quince rufianes, dibujo una exagerada sonrisa (el delincuente era el hombre delgado, que al parecer era la mano derecha del obeso que había pasado al otro mundo) contestándole.
-Cómo no recordarte preciosura.
-¿Quieres venir más cerca?-le preguntó Merdían gesticulando iniquidad a leguas.
-Por supuesto maldito homosexual.
El hombre delgado se acercó tal como lo había prometido, y cuando estaba a un cuerpo de distancia de Merdían, las manos de él controlaron la situación lanzándose contra el maldito rufián. Los guantes fusionados al cuerpo del obrero, abrieron el estómago del condenado malhechor, y mientras una de las manos tiraba del cuero pendiente, la otra se aferraba a las tripas tirándolas con una fuerza despiadada para lograr sacarlas de su posición adecuada. Mientras el juego de la morbosidad estaba en curso, los demás vándalos estaban estupefactos por lo que sus ojos presenciaban, y muchos se retiraban con gritos eufóricos del lugar, presagiando lo que les tocaría a ellos. Sólo quedaron dos de los rufianes, dos valientes o dos estultos que se habían entregado a la mano de la parca.
Las manos de Merdían seguían destrozando al delincuente delgado; que seguro padecía de tuberculosis. Después de sacarle las entrañas y de quitarle un poco de cuero, se dirigieron hasta el cuello del rufián para prendérsele de la peor manera (para él). Las dos manos se amoldaron a la posición adecuada, cada una tomando su lateral correspondiente en el cuello. Y cuando fue la hora tiraron al mismo tiempo lo cual provocó que cada mano dentada arrancara un titánico pedazo anatómico de la zona. Pronto la sangre eyectaba desde la zona destrozada, y el pobre rufián desnutrido conoció el placer de que su cabeza se ladeara hacia atrás por la pérdida del soporte de la misma. Fue tan grotesco el pedazo que le quitaron las manos del infierno al hombre delgado, que el cuello prácticamente desapareció del mapa corporal. El maldito delincuente había conseguido aunar su cabeza con su espalda quedando en yuxtaposición con la misma, prácticamente podía ver por su retaguardia.
Un bandido había pasado a la historia, pero aún quedaban dos más. Merdían dejó el cuerpo del hombre raquítico para quitar su piel más tarde y así poder injertarla en los guantes o más bien en sus manos corrompidas. Los hombres restantes promovían éxtasis de sensaciones mirando con odio y pavor a la vez, al condenado de Merdían. Y los tres titubearon a la hora de atacar, ya que habían presenciado la muerte de su cofrade de la forma más hiriente para la sensibilidad humana.
Y el obrero justiciero, controlando la situación les dijo:
-¿Quién sigue?
Provocándolos de la mejor manera existente.
Pero ninguno de los dos contestaba y parecía que uno de ellos se había defecado en los pantalones.
Para no perder tiempo y además porque el hambre lo agazapaba Merdían, decidió dar una finalización a la cacería de cerdos bípedos. Cuando se acercó hasta sus presas, uno de los malditos huyó del lugar olvidando su alma y recordándolo pero nunca regresando, para dejarla en el lugar del desgarramiento humano.
Uno de los malhechores restantes se atrevió a luchar contra el justiciero del cosmos, pero una vez que estaba a la distancia adecuada. Merdían usó sus tan preciadas manos para morder de manera satisfactoria el cuero portador de cabello, del maldito condenado. Poco a poco las manos del justiciero tiraban del cuero cabelludo, hasta que consiguieron arrebatarlo como si se tratase de un gorro de montaña. Sólo viscosidad rojiza cernía sobre la cabeza del condenado rufián, y el cráneo blanco teñido de rojo asomaba dando a conocer que el cuero cabelludo había sido despojado con éxito. El malhechor ya baldo, cayó tumbado al suelo con convulsiones por el fervoroso dolor que seguramente había sentido en aquel momento, y podía notarse como sus ojos estaban dándosele vuelta hasta conseguir la blancura absoluta. Una vez que recordó tener obligaciones con el suelo, el malhechor se alió con el mismo dejando que su sangre entorne el lugar de color bermellón debajo de su cabeza falta de cuero cabelludo.
Ahora sólo faltaba un maldito martirizador, que en momentos limítales se había retirado de la batalla para convertirse en un desertor. Por otro lado Merdían, sentía que lo apuñalaban constantemente al no haber comido la carne de sus víctimas y al no haber injertado piel en sus manos. Los guantes tenían un hambre capaz de abarcar perímetros de muerte. Pero por suerte la carne inundaba en la construcción abandonada, ya que eran dos los cuerpos para nutrirse correctamente.
Merdían llevó los dos cadáveres hasta su habitación predilecta y allí comenzó con el trabajo del desollamiento. Sacando su cuchillo, el cual era adecuado para tal labor, empezó a despellejar los cuerpos minuciosamente y de forma efectiva.
Una vez que había cumplido con su misión del beneficio alimentario, sus manos devoraron un cuerpo e injertaron algo del cuero de uno de los delincuentes abatidos, en la sección cutánea. Por otro lado, la otra piel restante quedó tendida en un clavo que había contra la pared del cuarto. Mientras que el otro cuerpo desollado, quedó a la deriva en la esquina de la habitación para pasar al tenedor de los roedores que asechaban el lugar. Después de que las manos de Merdían devoraran un cuerpo y de que injertaran algo de piel en la zona adecuada. Éste comenzó a sentir un deterioro en su cuerpo y olfateaba tufos pestilentes provenientes de su carne. Al parecer Merdían, se iba deteriorando y aún no comprendía el por qué.
Con los guantes satisfechos decidió ir en busca del cerdo restante. Raudo como un fiel corcel, el obrero que se había fusionado con el destino fúnebre siguió la estela del rufián restante. Llegando hasta la entrada de la construcción Merdían pudo avistar a lo lejos, al condenado que se adentraba en el teatro de las cercanías. Y sin perder el tiempo decidió dirigirse hasta el lugar donde seguro encontraría al último cerdo.
Pero cuando se hallaba en el teatro, que por cierto era de lo más vetusto pero de amena vista para cualquier persona con un poco de fineza a la hora de elegir construcciones prehistóricas. Una mujer en la entrada lo detuvo y le preguntó:
¿A dónde se dirige?
Y Merdían la miró detenidamente casi pasmado por la belleza de aquella radiante mujer divina.
-Señor-le insistió-¿Qué desea?
-Sólo quería ingresar a la obra.
-Pero las funciones son sólo de noche-le dijo la mujer.
Y dibujó una sonrisa de complicidad indicándole que era la hora del sexo aleatorio.
-Pues vendré de noche entonces-le dijo sin mentir, el condenado de Merdían.
Sin dudas, el obrero había quedado atónito por la deslumbrante belleza de la mujer que comandaba la entrada del teatro, y sin dudas había olvidado por completo su colérica caza contra el maldito bandolero que debía ser castigado como mandaban las fraguas del séptimo círculo del infierno.
Merdían sin alternativa, volvió hasta la construcción para aguardar a la noche y en cuestión de segundos el cuerpo carcomido por las ratas que había dejado en una esquina de la habitación, fue engullido por las manos dentadas que portaba el obrero más condenado del universo. Cada masticada por obra de las manos, quitaba un duro pedazo del cuerpo (que prácticamente portaba huesos y carecía de carne, por causa de los roedores hambrientos). Después del deleitante plato que habían deglutido las manos o guantes, (ya no había comprensión a tal anomalía del equilibrio) Merdían decidió recostarse para descansar su deteriorado cuerpo. Pero cuando intentó cerrar sus ojos color marrón, sintió como si miles de almas complotadas lo estuviesen devorando vivo, ya que el dolor que sentía era de máxima consideración.
Merdían comprendía que su situación era esotérica, y no sólo por haberse fusionado con los guantes, sino que también era consumido por las mismas despiadadas falencias que había hallado en aquél callejón inmundo, al que nunca había anhelado.
En un principio sintió dolor, pero al cabo de un leve espacio en el tiempo tomó su rostro y pudo quitarse la carne con facilidad, era como si lo hubiesen estado ablandando con mazas para mandarlo al horno y dejarlo listo para servir. Pero Merdían sabía mejor que nadie, que su putrefacción se debía al consumo de los guantes, que además de castigarlo también lo habían hecho cometer actos de sadismo completo y sin censura. Ya sabiendo que su carne estaba corrompida, decidió dormir para lograr recuperar algo de energías y quizá así poder volver a tener un cuerpo rubicundo.
Si bien apoyó su cabeza contra el húmedo suelo, se adentró en sus sueños más remotos. Merdían durmió varias horas y lo único que se podía comentar fidedignamente era que se hallaba en los caudales de la sombría noche. Sin noción de la hora, pero con razón de saber que transitaba por los albores del noctambulismo. Merdían se levantó de su pétrea cama improvisada; que usaba como duro colchón el suelo de la habitación.
Y una vez que estaba con los pies en la superficie, deicidio dar fin a su misión de asesinato y venganza, dirigiéndose hasta el teatro para dar con el rufián que se había escabullido. Sin dudas el obrero justiciero, sólo presagiaba que el delincuente se hallaba en los rincones del teatro vetusto, ya que ese conocimiento no era digo de difundirlo como una férrea verdad proveniente de alguien con ética.
En un breve lapso del tiempo, Merdían se encontraba a las afueras del teatro y nuevamente pudo avistar a la mujer que lo había dejado atónito la primera vez que fue hasta el lugar donde se promulgaba la cultura inculta.
Merdían se acercó hasta la puerta del teatro, pero antes atravesando la inmensa fila de gente que aguardaba para ingresar a la obra que estaba en transcurso. El obrero infernal, corrió con sus manos abismales a todas las personas que se cruzaban por su camino, con el mero propósito de quitarlos y hacerse con el paso. Pero un hombre robusto, se ofuscó por el acto de mala educación de Merdían y lo empujó logrando que éste cayera tumbado al suelo. Mientras todo esto sucedía, el delincuente restante (que para la suerte de Merdían se hallaba en la zona de guerra) espiaba desde el segundo piso del teatro por una ventanilla. El rufián no se había retirado del teatro por dos razones. Primero, creyó que el obrero no lo seguiría. Y segundo, cuando huía de su cazador se cortó con una barra de metal en el talón que se encontraba en la construcción abandonada y desmoronada. El corte sin lugar a dudas fue algo que le imposibilitó la marcha hasta sus territorios.
Por otro lado cuando Merdían fue empujado por el hombre de contextura colosal, toda la gente de la grotesca fila había dado quejidos de asombro al ver el acto del hombre robusto que demostraba su calvicie a destajos.
Sin perder espacio alguno en el tiempo, Merdían se levantó de su caída y sus ojos demostraban el fuego que lo incineraba por dentro, ya que la furia que sentía en aquellos momentos era realmente grave.
Nuevamente demostró su vehemencia desgarradora, ya que sus manos se lanzaron hacia cada mano respectiva del hombre con severa calvicie. Y sin discutir la situación las manos de Merdían habían formado pareja con las manos del hombre rudo, que estaba cuajado por no comprender que tramaba el desconsiderado que le insultó por el acto de adelantarse en la fila.
Las manos de Merdían tiraron a sus respectivas parejas con tanta fuerza, que las desprendieron de los brazos fornidos pero débiles a la vez del hombre que irradiaba fuerza nata. Toda la gente presente presenció el desmembramiento en vivo, de aquel hombre. Y la sangre que eyectó tiñó el rostro de una pareja de ancianos que estaban a un cuerpo de distancia del hombre que se creía rudo.
En cuestión de segundos, los gritos pavorosos del público se hicieron escuchar en toda la cuadra y leve fue el tiempo para que las corridas comenzaran a dar brincos. Todas las personas iniciaron la maratón del miedo, con la meta en delante de escapar antes de que el pavor los consumiese. Mientras todos corrían en busca de una vida menos sangrienta, Merdían se adentró al teatro de la forma más violenta jamás vista empujando a la mujer que lo había cautivado, pero que no era capaz de controlarlo tanto como lo hacían los guantes.
Una vez que se hallaba en la supuesta guarida del maldito cómplice del obeso que lo había querido violar en un pasado, decidió emprender la búsqueda del tesoro de carne y piel que le aguardaba. El teatro parlaba en todos los idiomas, que no carecía de antigüedad ya que colosales candelabros ostentaban el techo de los pasillos principales, plantas hermosas en masetas arcanas y alfombras bordo avizoradas por cuadros ancianos que colgaban de las paredes, no dejaban de impresionar a los viajeros del tiempo pasado.
Mientras el obrero portador del caos buscaba al malhechor, el mismo ser estaba huyendo con su rostro cubierto por las lágrimas que fluían desde su zona ocular, y con el talón ya destruido e infectado por la falta de tratamiento del corte. El rufián sabía que si Merdían lograba atraparlo, no contaría la historia a ningún oyente.
Pero cuando el obrero que estaba enceguecido por la cólera de los guantes, quiso seguir por el pasillo del teatro, algo lo detuvo y esto fue el intenso dolor que sentía en aquellos momentos. Por otro lado la mujer a la que había empujado, le siguió el rastro y pudo presenciar lo que le estaba sucediendo.
Poco a poco Merdían iba sintiendo los dolores más agónicos que una persona hubiese podido sentir. Lentamente su carne se iba corrompiendo al igual que la piel que lo cubría. Y ya sin fuerzas el obrero condenado se puso en cuclillas como aguardando a un verdugo para que le quitara la vida. Pero cuando todo parecía oscuro para Merdían oyó una voz, la voz de la mujer que lo había cautivado.
-Señor-le llamó la atención-¿Se encuentra bien?
Pero Merdían sólo podía mirarla y no cometer ninguna otra acción.
-¡Señor!-exclamó la mujer.
Insistiéndole nuevamente, al hombre que había logrado causarle lástima.
Pero cuando la mujer iba a parlar nuevamente, un juego de sangre cernió sobre los pasillos del teatro arcano. Y para todo esto, el bandolero, estaba escondido tras una pared, presenciando todo y cada segundo de agonía del ser que lo quería aniquilar.
Merdían no pudo contener más a los guantes o simplemente, éstos se quisieron separar de él. Ya que las muñecas del obrero reventaron cubriendo todo el lugar de sangre y restos de la anatomía humana corrompida. Los guantes habían logrado desprenderse del cuerpo de Merdían y habían logrado llevarse las manos del condenado con mucha satisfacción.
El hombre que fue un simple obrero en tiempos pasados, se encontraba desangrándose por la pérdida de sus manos que habían sido arrebatas por los guantes.
La musa radiante, de la cual Merdían se había enamorado a primera vista se hallaba en el trono de la descomposición, vomitando por la putrefacción que su sección ocular había logrado captar.
Por otro lado el delincuente que estaba asomando sus narices por la pared que conducía al pasillo desde su posición y que llevaba hasta la sala del teatro, viniendo de la posición en la que se hallaba Merdían y la mujer. No dudó un segundo existente para escapar de la zona de batalla. Pasando a un cuerpo de Merdían mientras se desvanecía por la debilidad que lo consumía, se detuvo un momento y contemplo como moría. Mientras que Merdían lo miraba como si lo quisiese arrebañar en miles de pedazos, sus ojos irradiaban venganza a borbotones mientras que el duelo de miradas estaba en curso. Por otro lado, la mujer usaba la manga de su camisa para limpiar los restos viscosos del vomito que quedaba en su boca, el cual había efectuado tras ver como se reventaban las muñecas de Merdían.
El rufián no le dijo nada a Merdían, y cuando vio que el duelo de miradas había finalizado se retiró corriendo por el pasillo para aliarse con la puerta de salida. Pronto el delincuente pudo reconocer, que su vida había sido de buena caña y que el destino le favorecía o al menos eso creía en aquellos momentos de sensaciones repulsivas.
La mujer que a pesar de haber sentido una repulsión extrema por haber avistado la obra más morbosa de su vida, se acercó hasta Merdían y lo tomó con una mano de la cabeza y con la otra se aferró a su brazo (se podía especular que la mujer quiso tomarle la mano, pero como carecía de tal parte humana no pudo hacerlo). Merdían en sus últimos hálitos portadores de miles de incógnitas sin resolver, intentó decirle algo a la mujer.
-L-l-l-o-o-o-s-s-s gua-gua-gua-ante-s-s n-n-n-o-o l-l-o-o-s-s u-u-u…
Pero sin dudas no pudo terminar con su frase cargada de agonía e indicadora de muerte segura.
La mujer no pudo preguntarle absolutamente nada, ya que Merdían falleció al instante, de no haber finalizado su última palabra.
La hermosa musa de la que muchos hombres se podrían haber enamorado a primera vista, se retiró del teatro pero antes de hacerlo se llevó los guantes o las manos de Merdían. Porque lo que su mente había digerido era, que el pobre condenado le quiso decir que se llevase los guantes con ella.
Al cabo de media hora la policía ya estaba abriendo un nuevo caso en la ciudad de la muerte, y pronto saldría en primera plana el título de: “Muertes atroces, en el teatro de las muertes inciertas”.
La mujer, después de tomar unas copas en un bar de las cercanías (aún con los guantes en su bolso) y de fumar unos cuantos cigarros, se dispuso a retirarse hacia sus aposentos. Pero cuando iba camino a casa, después de muchos pensamientos inconclusos que vagaban por las riveras de su conciencia, decidió arrojar los guantes en un contenedor de basura que se hallaba a unas cuadras más del teatro en el cual se había postulado para candidato el infierno.
Una vez que terminó con el trabajo de deshacerse de cosas que podrían traerle traumas en un futuro, enfiló hasta la parada del ómnibus para viajar hasta su hogar y dejar en el pasado todo el acontecimiento vivido.

7
Las razones del destino

Por razones que sólo conocían el destino y el equilibrio, después de una hora transcurrida, que anteriormente la mujer había tirado los guantes. Un nuevo maldito condenado pasó por el mismo lugar en donde habían sido arrojados los guantes, y no era ni más ni menos que el único expoliador al que Merdían no había conseguido ajusticiar. Y por razones que sólo el rufián conocía, se detuvo en el contenedor de basura para curiosear en él, ya que había algo que consiguió llamar su completa atención. Era un cuerpo, o más bien un traje. En su primera impresión se intrigó porque había creído ver un cadáver. Pero cuando se acercó lo suficiente hasta el traje o lo que él creía que era un traje de cuero humano, se dio cuenta que aquella aberración tenía vida. Era tal el punto que pudo darse cuenta que era un cuerpo cercenado, pero que demostraba vida a leguas. El malhechor decidió darle una oportunidad a un engendro y lo ayudó a salir del contendor. Una vez que estaba parado frente a frente con el ser decapitado (con un miedo que lo envolvía, pero que podía controlar), pudo notar que la piel de aquel monstruo era escamosa y además su sentido del olfato le indicó un grave hedor a pestilencia.
El rufián no sabía qué hacer ante la situación esotérica, pero el ser sin cabeza sí comprendía qué hacer ante tal situación. Y sin perder el tiempo husmeó en el contenedor para tomar un papel blanco (pero manchado con pestilencias propias de un contenedor de basura), para luego acercarse nuevamente hasta donde el delincuente y dárselo indicándole lo más ingenuo del mundo; el ser quería que el rufián consiguiera un lápiz para comunicarse con él por medio de la escritura.
Pero había dos noticias para el ser cercenado, una buena y la otra no tan buena. La noticia benigna era que el delincuente tenía un lápiz (el cual había robado a un joven universitario que transitaba en cuadras anteriores) para que él pudiese escribir, pero la noticia maligna era que éste maldito rufián era analfabeto.
Sin comprender la situación, el ser sin cabeza escribió en la hoja después de haber recibido el lápiz. Y la nota que había escrito constataba lo siguiente:

Hola, ser desconocido.
Mi nombre es K-lis y provengo de las fraguas del fuego eterno.
Necesito un acólito, para que me guíe en busca de la parte restante de mi cuerpo.
Una vez que la consiga, el mundo se estremecerá por lo que me ha causado mi hermano, nada quedará en el cosmos toda su estirpe será erradicada.
Arrasaré con todo, pero tú tendrás la mayor de las recompensas, ya que servirás de alimento para mi hijos que me aguardan en el mundo bajo. Eso es lo más gratificante en mi mundo para los cobayos, querido aliado de la dimensión distante.

Después de que el ser decapitado con piel escamosa terminase la nota, se la entregó al rufián que había huido de su destino con Merdían. Y éste intentó comprender qué decía aquella nota, pero no logró sacar ni una pisca del acertijo para analfabetos. Pero con una ingenuidad propia de seres decadentes como lo eran los delincuentes, sólo se dejó llevar por sus instintos y tomó del brazo al engredo sin cabeza como indicándole que lo seguiría en su acometido fuese el que fuese.
Y algo que cabía destacar de la situación era, que las manos del monstruo abismal decapitado, tenían unas inscripciones arcanas con tanta semejanza a la de los guantes que había encontrado Merdían. Que hasta daba miedo creer en lo peor o quizá daba más miedo aún, saber que había vuelto a la vida un engendro que en el pasado fue castigado y que la realidad viajaría mucho más allá de la sapiencia.
Ya que un ser proveniente de una dimensión extraña e inundado en cólera de venganza por un castigo inmerecido de parte de su propio hermano, junto a un retardado rufián que no había ajustado cuentas con el destino. Sin dudas, dejaría que el mundo mortal se estremezca.

Damian Fryderup

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