La taza de café

Levantó nuevamente su taza de café. Era una taza de café que no olvidaría. Estaba haciendo efecto y no lo notaba. No lo sabía, que era aún más mortífero. Sentado en la oscuridad sintió un ruido. No se asustó demasiado. Creyó que fue la casa crujiendo. Luego sintió el ruido de nuevo, pero esta vez más continuado, rompiendo así su teoría de la casa crujiente. Después de eso, escuchó una respiración no humana, según lo que dedujo, porque era demasiado gutural y sombría. Definitivamente no era humano. Tomó otro sorbo, se levantó, se movió hacia su bat de baseball decidido a destruir al monstruo que lo atormentaba. No pudo prender la luz, así que se acercó al ruido. Se detuvo. Sintió que no debía avanzar más, pues la respiración se acercaba a él. Despacio, paso a paso, como una verdadera fiera al acecho. Sonaba grande, poderosa, extraordinariamente fuerte y, por un momento, el se sintió completamente inútil con un simple bat. Debía tomar medidas más drásticas si no quería morir. Se acercó al café, tomó un sorbo grande y buscó su pistola. Escuchaba como la criatura se movía y se acercaba, casi gruñendo. Tomó otro sorbo del poco café que quedaba. Prendió un par de luces y se preparó para encarar a la bestia. ¿O a las bestias? Ahora no estaba seguro, pues sonaba esa respiración en todas partes. Se acercaba por las ventanas, por el dormitorio, el baño, la cocina, por todas partes. Cargó su arma con todas las balas que cabían y esperó lo peor. Tomó su último pero largo sorbo de café y fue cuando las bestias se empezaron a acercar más rápido. Entonces, antes de que pudiera notarlo, una de las supuestas bestias irrumpió en la habitación. Debía medir tres metros de largo, quizás más, tenía seis brazos musculosos, una cabeza grande con una gran sonrisa repleta de dientes afilados, un par de piernas musculosas con muslos del porte del torso de un hombre muy fuerte y grande. Era de color negro y ojos completamente blancos. Una criatura que infundía pavor, y eso fue lo primero que el sintió. Luego entraron otros tres. Él disparó a cada uno y le dio al primero en la cabeza, matándolo instantáneamente. Esto no fue del agrado de sus compañeros que, sin pensarlo dos veces, se abalanzaron hacia él. Otros cinco entraron a la habitación y de un salto llegaron sobre el pobre hombre. Su situación era catastrófica. Las bestias lo derribaron y despedazaron lentamente, pedazo a pedazo. No satisfechas con esto, sacaron sus tripas dispuestas a darse un festín. Mientras la sangre corría por la casa, él alcanzó a vivir un momento después de que le cercenaron la cabeza. Fue un dolor demasiado grande, y lo último que vio fue unas bestias devorando su cuerpo mientras una se acercaba a su cabeza. Luego de eso, oscuridad. Un segundo más tarde despertó tirado en el piso con la pistola y la taza de café en la mano. Vio la taza vacía, se dirigió a la cocina aún temblando, calentó agua, tomo el tarro de café que le habían regalado, lo tiró a la basura mientras pensaba que jamás aceptaría un regalo que fuera comestible o bebestible, se hizo otro con un tarro regular, se sentó en su pieza y, luego de mirar a su alrededor, escucho un ruido y tomó un sorbo de café.



