La sabiduría del Mal
Texto publicado por el joven Daniel M. R. en su blog personal, minutos antes de ser arrestado por la Policía en el mismo ciber-café donde tuvo lugar su redacción:
Cada vez estoy más convencido de que no existe una cualidad humana tan extendida como la maldad. Ya sé que algunos le otorgan ese honor a la estupidez, pero, con todos mis respetos, debo decirles que están equivocados. Por lo menos, yo conozco a muchas personas que son inteligentes y malvadas al mismo tiempo, mientras que no conozco absolutamente a ninguna persona estúpida que sea buena.
Nuestra hipócrita sociedad condena y castiga a unos pocos miserables sólo para disimular, del mismo modo que manda meter en el manicomio a una pequeña parte de los locos, para que así los que no estamos encerrados tengamos derecho a considerarnos buenos y sanos. ¿Un par de ejemplos de la maldad universal? ¡Ahí van!:
1º: Nos parece un acto de barbarie irracional e inhumana que en el Oriente los integristas musulmanes maten a sus vecinos en nombre de un Dios que quizás ni siquiera exista. ¡De acuerdo! Pero, al menos, un Dios, real o imaginario, es un Dios. ¡Cuánto más bárbara e irracional es nuestra costumbre de insultar o golpear a otras personas por lo que hagan o dejen de hacer veintidós millonarios en calzones que cobran por darle patadas a un balón!
2º: ¡Qué malos eran Hitler y los nazis! ¿Por qué? ¿Porque hicieron en Europa, y con personas de raza blanca, lo que todos los gobiernos europeos hacían con los indígenas de sus colonias africanas y asiáticas? Los ingleses habían exterminado en el siglo XIX a todos los aborígenes de Tasmania, pero estos ni siquiera tuvieron un Schindler, o, si lo tuvieron, Hollywood aún no nos lo ha presentado. Realmente, el verdadero crimen de los genocidas no es la crueldad, sino su afición al despilfarro. ¡Mira que, en los tiempos que corren, derrochar balas y gas venenoso para matar a los pobres, cuando es mucho más económico dejar que se mueran de hambre, como hacen nuestros gobiernos democráticos y progresistas con los habitantes del Tercer Mundo!
En fin, no pretendo escribir un tratado filosófico sobre la maldad humana, sólo exponer las reflexiones que me llevaron a interesarme por ella. Como en el instituto ya se habían acabado los exámenes de la segunda evaluación (todo sobresalientes, como de costumbre) y la Escuela de Idiomas me daba poco trabajo, decidí dedicar mi tiempo libre a investigar por mi cuenta las circunstancias de ciertos hechos sangrientos acaecidos algunos meses antes en mi propia ciudad. Eso es lo que tiene ser un friqui de diecisiete años, más bien tímido, indiferente al fútbol y a los botellones, con pocos amigos, un padre que desde el divorcio no te llama ni en Navidad, una madre que sólo se acuerda de ti para presumir de hijo “matriculitas” entre sus amigas y una hermana pija que sólo piensa en calentar a los tíos enseñándoles las piernas. Al final, uno tiene que buscarse motivaciones por su propia cuenta.
En realidad, el caso de la calle… no presentaba, al menos en apariencia, demasiado misterio. Se sabía perfectamente quién había sido el asesino, el cual, por su parte, no tuvo reparo en confesarlo todo una vez que lo pillaron. Hasta parecía que estaba orgulloso, el muy cabrón, y no se cortó a la hora de explicar, con pelos y señales, cómo lo había hecho. Pero nunca había contado qué leches lo había llevado a raptar y asesinar a cinco niños, a los que, por cierto, no conocía de nada, para luego despedazarlos y enterrarlos en su jardín. Se llevó el secreto a la tumba: el señor X tuvo el buen gusto de suicidarse en la cárcel antes de que terminase el juicio. Ahora se dice que estaba loco, aunque, que yo sepa, no se ha emitido ningún dictamen psiquiátrico que respalde dicha afirmación. Ese punto oscuro en el caso, la aparente ausencia de móviles, fue lo que me llevó a investigar. Claro que, en principio, tampoco podía hacer mucho, además de tragarme toda la información que me ofrecía Internet sobre el caso.
Ahora bien, una tarde, cuando teóricamente me dirigía a la EOI, se me ocurrió desviarme un poco de mi camino para pasar junto a la casa donde X había vivido y cometido sus crímenes. Durante las primeras semanas había estado precintada por la Policía, pero ahora que el caso se daba por cerrado nada ni nadie me impediría acceder al jardín. Y luego no me sería difícil colarme en el interior de la casa, pues las ventanas habían sido destrozadas a pedradas por los familiares de los niños asesinados. Aunque no estaba seguro de lo que pretendía hallar en aquella casa maldita, la tentación era muy fuerte. Aprovechando que en aquel preciso instante no pasaba por la calle nadie que pudiera llamarme la atención, escondí mi mochila entre unos arbustos del jardín y penetré en el edificio a través de lo que antaño había sido una cristalera. Una vez dentro, me puse a registrar las cochambrosas y polvorientas habitaciones de la casa, más por el morbo del asunto que por verdadera esperanza de hallar otra cosa que polvo o telarañas, pues se suponía que todos los objetos relevantes ya habían sido incautados por la Policía. De hecho, si encontré algo que a ellos se les había pasado inadvertido fue por pura casualidad. Aparentemente algún gamberro había entrado en la casa antes que yo, pero no para realizar pesquisas, sino para desahogar su borrachera machacando el desván con un objeto contundente. Así, las paredes de madera habían quedado destrozadas en algunos puntos y eso había puesto al descubierto un hueco que, de otra forma, habría permanecido oculto tras las tablas. Por otra parte, lo que había en aquel hueco no parecía demasiado interesante, era sólo un viejo libro de hojas amarillentas y pastas arrugadas por la humedad. Pero, a falta de otro hallazgo más prometedor, decidí echarle un vistazo. Como allí no había suficiente luz para leerlo, me lo llevé conmigo.
Cuando volví de la EOI, subí a mi cuarto, saqué el libro de la mochila y me puse a leerlo con la mayor atención posible. Aunque aparentemente su contenido no tenía nada que ver con los crímenes cometidos en la casa, pronto hallé en aquellas páginas húmedas y mohosas, de bordes comidos por los ratones, no sólo la verdadera explicación de los asesinatos, sino también la verdadera explicación del universo entero. Descubrí, en aquellas líneas escritas por una mano temblorosa siglos antes de mi nacimiento, la esencia de ese Mal infinito y eterno que oculta su rostro de tinieblas tras todas las maldades cometidas por los hombres, y por seres anteriores a los hombres, desde los mismísimos albores de los tiempos. También descubrí por qué ese Mal no puede ser vencido, y cómo debemos disimular nuestro conocimiento intuitivo de su omnipresencia para conservar la cordura y la razón en este mundo infernal…en esta antesala del Averno, donde respiramos y nos alimentamos de carne muerta, como bestias cebadas en la podredumbre para servir de alimento a dioses incomprensibles y despiadados. ¡Pues aquel libro, aunque fuera una versión deturpada y mal traducida, no era otro que el terrible Al-Azif o Necronomicón, el Corán de los Demonios Antiguos, obra del árabe loco Abdul Alhazred y cuya existencia todos se empeñan en ignorar o en considerar una mera fantasía de H. P. Lovecraft! Un escéptico podría decir que el volumen que sostenían mis manos trémulas aquella tarde no era más que una hábil falsificación, pero incluso si lo fuera su autor no habría contado allí más que la Verdad, la terrible Verdad del universo, la Verdad amarga y cruel que es sinónimo de Maldad y de Locura y de Condenación eternas. Comprendí entonces por qué X había cometido sus crímenes. Nadie podría leer aquello sin oír en su alma la voz de los Señores del Abismo, clamando por nuevos sacrificios de pura e inmaculada maldad para calmar su eterna sed de sangre. Por supuesto, yo también oí aquella voz terrible, aquellos susurros de las tinieblas que deseaban guiarme hacia mi verdadero destino…
En esto estaba yo cuando a la imbécil de mi hermana se le ocurre entrar en mi cuarto (sin llamar, cómo no, la princesa de la casa…) porque quería que le prestase mi cámara digital, porque la suya estaba estropeada, y aquella noche ella quería ir de marcha con su pandilla, y quería hacer fotos en el pub, y no sé qué rollo. Yo, que odio que me interrumpan mientras leo, le dije, de malas maneras (ella no se merecía otra cosa) que cogiese lo que le diese la gana y que me dejase en paz. Pero entonces ella se burló de mí, preguntándome qué tontería estaba leyendo, cómo no me daba vergüenza tener en las manos un libro tan viejo y sucio, cuándo dejaría de ser un pobre intelectual del que todos se reían para empezar a portarme como una persona hecha y derecha. ¿Qué sería para ella una persona hecha y derecha? ¿Los tíos que le miraban las piernas y le metían mano en el patio del instituto, en los pubs, en el parque donde hacían botellón los sábados por la noche? ¡Pues quizás, por una vez, estuviera dispuesto a complacerla! Porque mi hermana Sandra será una pija y una imbécil, pero hay que reconocer que está buena, tiene hechuras de modelo. Y además no sólo le gustaba enseñar sus hechuras, sino que además sabía hacerlo de la forma más provocativa posible. Aquella minifalda negra, sus medias de tela oscura semitransparente, sus zapatos de tacón alto… Puede que fuera mi hermana melliza, pero la verdad era que llevaba desde los doce años haciéndome pajas por las noches mientras me imaginaba que la… ¿Por qué no? ¿Qué importaba que fuera mi hermana, acaso no tenía un coño, como todas las tías del mundo? ¿Y si en el fondo quería eso, la muy zorra? A ella siempre le gustaba calentar a los tíos antes de… Pero bueno, no podía correr riesgos, sería mejor forzarla un poco.
Cuando salté sobre ella, con una furia bestial que me sorprendió a mí tanto como a ella, la agarré con fuerza, pero no pude evitar que diera un grito antes de conseguir taparle la boca con la mano. Mamá, que estaba abajo, en la cocina, subió, alertada por el grito, pero cuando llegó yo ya había acabado de atar y amordazar a Sandra. Mamá se quedó pasmada en la puerta, incapaz de comprender lo que veía, y aquellos segundos de indecisión fueron preciosos para mí. Antes de que hubiera podido reaccionar, también la había atado y amordazado a ella. Las tenía a las dos juntitas, atadas espalda contra espalda. Mamá también llevaba una falda muy corta y unas medias muy sugerentes enfundando sus piernas, por cierto, bastante atractivas para alguien que su edad. Aunque aquellas falditas tan cortas que llevaban mamá y Sandra ya enseñaban mucho de sus muslos, yo se las levanté, para ver más, y lo que vi acabó de encenderme.
Fue un éxtasis cósmico. Después de haberles hecho pagar tantos años de desprecio e indiferencia hacia mis inquietudes íntimas, tras haberlas forzado a ser mis putas forzosas de una noche, sentí que el universo ya no me debía nada, que el Destino ya me había otorgado el clímax del placer que un hombre puede conseguir en esta vida y que ya podría morirme tranquilo. Las dejé en mi cuarto, llorando como crías de seis meses, gimiendo de terror con sus bocas amordazadas, y salí de la casa, para ver si el aire frío de la noche me refrescaba la cabeza. Mientras bajaba la escalera, me fumé un pitillo para calmar los nervios, y creo que al salir tiré la colilla, aún encendida, sobre la alfombra del vestíbulo. Claro que tras unos momentos de suprema excitación no podía prestar mucha atención a detalles tan insignificantes.
Tras un corto paseo, entré a tomar algo a un bar, donde un montón de chavales charlaban y reían como imbéciles mientras se emborrachaban, ajenos a la pantalla del televisor, que mostraba terribles imágenes de la hambruna que azotaba Somalia. Pero a aquellos malvados no les importaba el dolor de los pobres, una niñata ebria incluso osó reírse de un chaval esquelético que apareció en primer plano, mirando a los espectadores con ojos dilatados, que hablaban de hambre y de cierta vaga esperanza de compasión. Pero el pobre niño ignoraba que en este mundo no hay compasión, sólo pura y omnipresente maldad. Entonces, en un rapto de humildad, llegué a preguntarme si, desde que había leído el Al-Azif, yo no me habría vuelto también un poquito malvado.
NOTA: La casa de Daniel fue pasto de las llamas provocadas por una colilla mal apagada. No vamos a decir aquí si la madre y la hermana de Daniel consiguieron salvarse, pero sí que el presunto Al-Azif fue completamente destruido por el fuego. Cada lector deberá decidir por su cuenta si la pérdida del libro debe considerarse una desgracia o, más bien, una gran fortuna.
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