La melodía del Diablo

La melodía maldita sonó en la sala; tiñendo toda el aula del hipnotizante timbre del vibrar de las cuerdas del piano.
«Nunca nadie ha conseguido finalizar esta canción» esa frase bailaba en la cabeza del hombre que se dedicaba a darle vida a las teclas del instrumento, «todo el mundo muere en la penúltima estrofa».
Pero las demás personas que se hallaban en aquella fiesta no eran concientes de ello; se encontraban demasiado ocupadas parloteando de lo maravilloso que era ser rico y tener poder.
Al hombre le costaba cada vez más respirar, como si el aire que llegaba a sus pulmones no fuera suficiente por muy grande que fuera la bocanada de oxigeno que tomara.
Humo… de la nada empezó a salir humo; espeso y oscuro, no obstante, el hombre no parecía ser consciente de ello.
¿Por qué había decidido tocar esa canción si sabía que jamás nadie la había finalizado? Es más, su padre había muerto en el intento de concluirla.
Las malas lenguas decían que aquella sinfonía la había escrito el mismísimo diablo.
El humo se volvió más denso, evidenciando un incendio del que nadie parecía ser consciente; los ricos seguían hablando, hipnotizados, en trance, ajenos a las llamas que lamían su piel llenándola de ampollas.
Y la melodía… seguía sonando; cada vez más intrincada y compleja.
Finalmente, sólo quedó el penúltimo pentagrama.
El hombre seguía acariciando las teclas del piano, también embrujado, ahora sin ser consciente de que ni siquiera estaba respirando.
Un grito de una mujer sonó en la sala; era su esposa, venía a impedir que terminara de tocar.
«No lo hagas» le pareció escuchar al hombre.
Pero ahora era demasiado tarde.
Con el chillido desgarrador y desesperado de ella, fue rota la hipnosis de los comensales, que empezaron a rugir histéricos intentando vanamente librarse del abrasador calor se las llamas.
Y el hombre… sus ojos… en ellos brillaba el fulgor maligno del fuego, el feroz aliado de Satanás.
«¡¡Detente!!» creyó oír.
Ya no pudo hacer nada.
Segundos después, la mujer se encontró calcinada a un brazo del hombre, muerta en su intento de que él se separara del piano.
El hombre, acabó de tocar la última nota, que quedó impresa en el ambiente como una mancha de tinta en un folio blanco. Las llamas cesaron, y él, cayó inerte por la falta de oxígeno sobre las teclas de su instrumento; éstas, misteriosamente no produjeron sonido alguno.
El negro nacarado del piano permanecía impoluto, sin un mero rasguño proporcionado por el incendio.
Dicen que en ese piano, se encuentran presas las almas de todas las personas que se encontraron en esa sala aquella fatídica noche, y que, por ello, cada vez que alguien intenta tocar una tecla, no suena ninguna nota.
No obstante, todas las noches los espíritus de su interior se escapan, y la música vuelve a tañer; produciendo que arda en llamas todo aquello que le rodee.
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