Historia del Hombre Castigado por Dios

HISTORIA DEL HOMBRE CASTIGADO POR DIOS
No debi vacilar en matar a ese negro que vivia dos casa mas alla de los Knepper. Debi obedecer la voluntad de Dios y pegarle un tiro cuando tuve la oportunidad. Supe lo craso de mi error esta mañana cuando me levante a orinar y encontre a mi pequeña Caroline tirada a un lado del retrete, convulsionandose, con un bicho saliendole por las entrañas. El era el unico motivo de verguenza en nuestro barrio de blancos, la razon por la que el viejo Abe enviudara y los gemelos Grover contrajeran paperas. Es bien sabido que los negros, con su sangre de conejo, traen mala suerte.
Tres semanas antes que se mudaran, Lulamae, mi mujer, me comento que la familia que ocuparia la casa que llevaba seis meses ofreciendose en alquiler, seria de negros. Esa noche no dormi. Al dia siguiente, apenas llegue a la oficina, telefonee a los propietarios para exigirles una explicacion. Por ellos me entere que se apellidaban Ducky y que habian comprado y no alquilado la casa. “Como pudieron venderle su casa a unos negros?”, les pregunte. La respuesta que obtuve me desconcerto: Que tenia eso de malo? Estrelle el telefono, agradeciendo que gente como esa ya no viviera en mi barrio, aunque nos hubieran dejado tan mal recuerdo. Entrelace las manos para elevarle una plegaria al Señor, para preguntarle por que me castigaba si yo habia sido un buen blanco toda mi vida. De niño, mis padres, que en paz descansen, me enseñaron que los negros, los judios y los gitanos, no son parte de la raza humana como nos quieren hacer creer. Son animales que imitan al hombre, como los indios y los orientales. El unico hombre que es hombre, propiamente dicho, es el hombre blanco. En el Genesis Dios le dio a Adan -que era blanco y no judio, como tampoco lo fueron Moises, el rey David, o Jesus- el dominio sobre todos los animales. Los negros son animales. Tenemos todo el derecho de hacer con ellos lo que nos venga en gana.
Siempre habia observado todo lo que se me habia enseñado para amar y ser fiel a mi raza, empero, jamas le habia hecho daño a un negro ni habia sido miembro activo de las organizaciones que luchan por expulsarlos de America y los dominios del hombre blanco. Me habia limitado a participar en manifestaciones y repartir libelos de cuando en cuando. Seria por eso que Dios me mandaba un negro a mi barrio? Dios debia estar enojado conmigo. Queria que fuera su angel vengador. Queria que matara a ese negro y demostrara cuan blanco soy.
No le prestaria atencion a esta idea hasta el domingo, en el culto, cuando me encontre con que el negro estaba ahi, escuchando al ministro como si nada.
-Que hace ese negro aqui? -estepe, señalandolo.
El ministro callo. La concurrencia volteo a verme. El negro hizo lo mismo, levantandose. Podia tener unos treinta años. Alto, de complexion mediana. Piel ebano. Cabello corto con barba. A excepcion de una mujer blanca, no habia nadie mas sentado con el. Esta mujer, al ver la reaccion del negro, le tomo del brazo y le pidio que se calmara.
-Que haces tocando a ese negro? -le grite.
La mujer, de cabello castaño, pecas, nariz pequeña, cara redonda y unos siete meses de embarazo, se levanto en el acto y me respondio:
-Es mi marido.
No pude creer lo que habia escuchado.
-Eres esposa de un negro? -grite mas alto- Pero quien te has creido para hacer eso?
La mujer puso una cara como cuando nos dicen algo que realmente nos ofende. El negro reacciono igual, pero con rabia. En eso intervino el ministro, con voz dulce:
-Hijo, por favor…
-Y usted como se atrever a recibir un negro en la casa de Dios? Acaso no recuerda que color lleva en la piel?
El ministro ni se inmuto.
-Es solo un negro -Meneo la cabeza. Sus hombros se encogieron.
-Solo un negro?…
El negro y su esposa se retiraron por un costado. El negro no me quito los ojos de encima ni un minuto.
Lulamae me regaño por darle tanta importancia a un negro. Me dijo lo mismo que todo el mundo a la salida del culto:
-Ya oiste al ministro, es solo un negro. Ya se dara cuenta que nadie lo quiere y se ira. Es cuestion de tiempo.
Era inconcebible. Teniamos a un demonio entre nosotros, un cerdo en un campo de perlas, envenenandonos invisiblemente con su brujeria y dispuesto a destruir nuestra integridad trayendo al mundo un engendro con una de nuestras mujeres. Que clase de criatura se albergaba en ese vientre? El Anticristo seguramente.
Por eso mate a la esposa del negro. La idea que pariria un ser malefico que destruiria nuestro mundo de blancos se hizo, con el pasar de las semanas, no una ocurrencia tortuosa, sino una revelacion divina. Dios queria que matara a ese niño! Dios me habia elegido para salvaguardar al hombre blanco! Un jueves llame a la oficina para avisar que estaba enfermo y espere a que los vecinos y el negro salieran a sus trabajos, a que las comadronas fueran al mercado o se ocuparan lo suficiente en sus quehaceres para que no me vieran atravesar la calle con un bate escondido tras la espalda y tocar a la puerta de la cocina de la casa del negro. La mujer estaba distraida y abrio la puerta de malla sin fijarse quien era. Apenas me vio se sorprendio, pero no dio indicios de querer estrellarme la puerta en las narices. Me habra visto sonriendole y luego todo habra sido confuso. El bate surcando el aire rapidamente, describiendo un arco de mi espalda a su cara. Despues la sensacion de que todos los dientes le salian disparados por la boca y la caida al suelo. Una lluvia de patada y batazos a continuacion, y posiblemente una despedida amorosa al feto que se hacia trizas en su vientre. Si lo hubiera hecho en la casa de al lado, todos me hubieran visto. Pero esa perra habia dejado de ser blanca cuando poso sus ojos en ese negro y la policia no obtuvo mas que negativas. “Yo no vi nada, señor”. “Yo no oi nada, señor”. Lulamae se la paso llorando toda la noche. “Dios mio, George. Estaba embarazada”, sollozaba.
Esa misma noche, poco despues de los reclamos de Lulamae, el negro irrumpio en mi patio. “Yo se que fuiste tu, desgraciado! Yo se que fuiste tu!”, imprecaba, despertando a todo el vecindario. Lloraba de rabia. Sus ojos estaban rojos e hinchados. En ese momento si que parecia un mono, solo que iracundo.
Cogi mi revolver y corri escaleras abajo a enfrentarlo. No bien abri la puerta y sali cuando el negro se me echo encima y me derribo de un puñetazo. No permitio que me levantara. Se sento sobre mi y me echo una lluvia de golpes. Yo no habia soltado el arma al caer, pero la situacion no me permitia emplearla. La alce y dirigi lo mas que pude al negro, y jale el gatillo. Ni lo roce, pero se asusto. Salto, apartandose, y me dejo libre. Me reincorpore torpemente, dirigiendo el arma en todo momento al negro. Este pudo notar como no podia mantener el brazo fijo en su direccion, como oscilaba de un lado a otro y de arriba a abajo, pero no se atrevio a atacarme de nuevo. Me despabile un tanto, lo mire con rencor por haberme pegado y le dispare. La bala lo penetro por un costado y lo derribo. Avance unos pasos torpemente y volvi a disparar. Esta vez el impacto fue en la hierba. El negro se arrastro alejandose de mi con una mano en la herida sangrante. Me le acerque lo mas que pude y puse el cañon cerca de su frente. El negro comprendio que era el fin. Tenia miedo. Era un negro cobarde y asqueroso, y en su ultimo momento no temio demostarlo. Estaba a punto de matarlo, a punto de obtener el perdon de Dios por no haber sido un buen blanco y no haber matado a un negro en toda mi vida, cuando se oyo un grito desesperado:
-George!
Era Lulamae. Estaba en la puerta, aun hecha un mar de lagrimas, despeinada y en bata. La mire, impresionado por lo terriblemente estupida que podia ser su compasion. Me disponia a jalar del gatillo cuando sonaron las sirenas y estallaron las luces rojas y azules de los patrullas, y mi alma fue condenada para siempre.
El negro repitio hasta el cansancio lo que yo habia hecho. Los periodistas, hambrientos de sensacionalismo, tontos, viles, traicioneros, tomaron nota de sus palabras y las llevaron al publico. El juicio fue un verdadero acontecimiento. Pero los blancos somos los que dominamos. Nosotros hemos conquistado al mundo. Fuimos a la Luna y descubrimos el secreto del atomo. Ningun negro iba a hacer que uno de nosotros fuera a parar a prision por evitar que nos robaran nuestros logros, nuestras vidas, nuestro imperio. La gente de afuera, los descarriados, no estuvieron de acuerdo con el fallo. Las pruebas no eran circunstanciales, decian. Debi haber ido a la silla electrica, decian. Un hombre asi no podia quedar libre, dijeron.
Regrese a casa tranquilo, sabiendo que habia hecho lo correcto. Nadie me felicito. No me importo. Dormi feliz. De no haber sido por las ganas de orinar, hubiera dormido todo el dia. Al entrar al baño y ver lo que le estaba saliendo a mi hija por la barriga, no obstante, supe que Dios seguia enojado conmigo. Era una cabecita negra llena de rizos oscuros. Era el hijo del negro que venia a destruirme. Era el mal prevaleciendo sobre el bien.
La ira me cego. Sabia que Dios permitia eso por no haber matado al incubo negro. El podia engendrar un segundo Anticristo en cualquier otro momento con cualquier otra blanca. Me acorde de Lulamae y su grito nefasto. Corri al cuarto y le salte encima. Ella se desperto asustada. Mis manos estrechaban su cuello. Mi rostro rojo y sudoroso muy pegado al suyo, entremezclandose nuestros alientos.
-Maldita seas, mujer! Maldita! -grite, zarandeandola. Ahorcandola.
Una arcada me estremecio de pronto. Doble el cuerpo y perdi las fuerzas. Lulamae salto de la cama y huyo. No pude perseguirla. Las arcadas se repetian, siendo la siguiente mas dolorasa a la anterior, tardandose menos en darse. Y heme aqui, tirado, rabioso, sabiendo que el hijo del negro esta en mi estomago y en el de todo el mundo. Nada se puede hacer. Los vientres le estallaran a todos y miles de engendros negros saldran de ellos a acabar con el mundo. En el ultimo instante todos se acordaran de mi, se arrepentiran por sus insultos e incomprension, se arrepentiran por haberle permitido salir a los negros de su hoyo en el Africa. Pero yo no sere uno de ellos. Me quedare aqui en el suelo, quieto, abrazandome el vientre para evitar que salga el negro, luchando incansablemente para que ese bicho se quede atrapado en mis entrañas. Yo no sere carroña para los negros. Yo sobrevivire aunque tenga que arrastrarme a la cocina y clavarme un cuchillo en el vientre para matar al engendro maligno. Alguien tiene que evitar el desastre. Alguien tiene que asegurarse que el mundo seguira siendo blanco.
FIN
Autor: Raúl Bonilla.
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