En la cima de la demencia

Llevaba dos días caminado por el caluroso desierto, del cual el sol se había adueñado por toda la eternidad, con el mero anhelo de ver deshidratados a todos los viajeros del infierno arenoso. Lo único que podía reconocer en aquel entorno avizorado por ventiscas de arena era una especie de pilar negro a leguas de mi ubicación.
Caminaba y caminaba y nada parecía tener un final como la hacían las historias que contaban los ancianos de mi ciudad natal. Yo era un hombre del tipo rudo, y que no capitularía por nada en el mundo, más que por la estrella colosal que gobernaba en aquel desierto dueño de un sinfín de seres vivos que se hallaban consumidos por las dunas hirvientes del lugar.
Mientras caminaba podía sentir como el sudor formaba riveras en mi rostro. Indicándome que no me quedaba mucho tiempo en el reloj de minerales perdidos, propio de un cuerpo asediado por las condiciones extremas de un lugar agazapado por calores pertenecientes a pandemónium o peor aún, a las fraguas yacentes en las entrañas de volcanes corruptos ante el perdón de la vida humana.
Pero cuando todo parecía indicar a leguas que sería mi fin, y que me reuniría con todos los condenados que seguramente habían muerto en el mismo lugar que lo iba a hacer yo, algo cambió en mi vista. En un principio creí que todo era efecto del calor, que punzaba mi mente para declararla totalmente incapacitada para pensar y controlar los sentidos. Pero todos estos pensamientos vagos y propios de un hombre nutrido por calores extremos cambiaron, porque cuando vi que todo el mapa del desierto infernal había sido reemplazado por un escenario oscuro, en el cual un altar regía sobre el mundo agónico en el que me había adentrado, me di cuenta que nada era propicio para la cordura trivial de un ser propio de estar en sus divinos cabales.
Sin saber qué hacer, en aquel mundo de brumas sombrías decidí movilizarme y dirigirme hacia la posición del altar que estaba acompañado por un trono titánico.
En tan sólo un periquete me encontraba en el altar de quién sabe qué aberración sería dueño de este lugar corrompido por sombras y erradicado de luces dueñas de fortalezas inundadas por el resplandor de la iluminación.
Cuando estaba en el altar pude ver un libro polvoriento, que demostraba ser de tiempos remotos, ya que sus hojas con sólo verlas se desasían y los bolones de polvo mezclado con pelusas de seres pasados que trascendieron al mundo actual con sus tersos cabellos degradados, no faltaban en la reunión de lo vetusto ganando un hogar en el imperio de lo anticuario.
Como todo humano sentí una curiosidad propia de un ser curioso, y tomé el libro con mis dos deterioradas manos de hombre castigado. Luego me dispuse a saber cuál era su contenido y avisté la primera página, la cual me indicó que este libro era ilegible ante mis conocimientos de humano inculto. Sin saber qué hacer al no entender el libro arcano me puse en la labor de sentarme en el trono que estaba situado detrás del altar.
Una vez que mi cuerpo descansaba en los regazos de un trono desconocido por mi persona y por muchos seres del cosmos, comencé el trabajo de reconocimiento y adaptándome al entorno que me rodeaba, logré convencer a mi mente que el espacio en el que me hallaba no mostraba ningún signo de alguna civilización intergaláctica ni mucho menos, la divina luz del sol que resplandecía en la tierra de los mortales.
A pesar de que me encontraba en un lugar sin espacio propio de un mundo y rebalsado en oscuridad, no dudé al intentar dormir en aquel trono. Algo que necesitaba ya que sin olvidar mi pasado fúnebre, por un pelo de buey que no había pasado a ser el alimento del desierto en el que me encontraba en un principio.
Mi zona ocular no tardó demasiado en relajarse y mi mente se apagó como si fuera una máquina con falencias propias de un aparato creado por la mano del hombre.
Pero cuando pensaba que me había adentrado en los mundos oníricos, tres seres inundados de iniquidad muy peculiar por la vileza que irradiaban a destajos, se acercaron hasta mi ubicación de imprevisto. Los engendros eran tan oscuros que se camuflaban con las brumas formadas de sombras, también demostraban al mundo estar en las mismas condiciones que habían llegado a él, y lo único que daban a conocer a todos los seres dueños de la visión mundana eran sus miles y miles de ojos cargados de morbosidad y teñidos de color bermellón. Pero si hubo algo que hurtó mi valentía de guerrero deificado fue la manera en que los tres demonios de las sombras paganas me miraban, ya que era realmente ominosa y podía afirmar que no querían relacionarse conmigo, lo único que se reflejaba en los turbios ojos de estos demonios, era sed de tortura.
Presurosamente uno de los tres demonios tan oscuros como las mismas sombras, desgarró su estómago. En el cual luego llevó su mano izquierda para buscar algo en sus entrañas. Mientras la sangre le fluía sin pavor existente desde su estómago abierto hacia las afueras, éste trataba de encontrar algo perdido o más bien oculto. Y cuando lo logró, pude ver como una lanza con punta de metal salía desde sus entrañas, como si escondiese un mundo encubridor de objetos en su cuerpo de ser amedrentador. Realmente no comprendía cómo podía esconder una lanza tan enorme en sus entrañas, si su cuerpo no daba cabida para esta acción. Lo que sí podía comprender de la situación dueña de la aberración causada por las anomalías del vivir era, que el arma que tenía el demonio servía para un fin no deleitable para mi persona.
Una vez que tenía la lanza cubierta de sangre, los otros dos demonios lo miraron y éste tercero asintió, como si le hubiesen dado la orden de fusilamiento por radio en una guerra donde los chiflidos de las balas eran algo cotidiano. No pude darme cuenta, cuando sin previo aviso, el demonio comenzó a enterrar una y otra vez el arma punzante en mi torso. Poco a poco provocaba orificios en mi carne, y levemente comprendía el dolor de sentir miles de estocadas provenientes de un arma que anidaba en las entrañas de un vil engendro maestro de la tortura.
Ya casi baldo, me rendí y caí tumbado ladeando suavemente como si fuera una hoja otoñal por aquel trono, en el cual alguna vez había intentado recuperar las tan preciadas energías para movilizar mi cuerpo.
El conocimiento del tiempo que pasó después de que el demonio me apuñalara, era vago y lo bastante inconcluso como para decir que habían transcurrido eones (exagerando el pasar del tiempo). Lo único que podía dar a conocer al público expectante como si fuese un maestro de renombre, era que otra vez me hallaba agonizando y deshidratado en el desierto de un principio pasado. Otra vez el infierno de arena cubría mi alma y otra vez podía sentir los calurosos vientos del lugar más semejante al inframundo. Vientos que por cierto, asediaban sin compasión mi rostro hervido por las condiciones extremas.
Pero cuando todo estaba perdido y mi cuerpo ya no quería seguir batallando en el mundo terrenal, mi vista se nubló como si miles de baterías la hubiesen infestado con pestes fabricantes de cegueras eternas. Y después de perder la vista, también había perdido el conocimiento de humano vivaz.
Cuando desperté nuevamente mi vista reconoció que me hallaba en el desierto de la condenación humana. Pero algo había de diferente esta vez, ya que en un principio podía avistar a leguas un pilar y en aquellos momentos había descubierto otro más.
El otro pilar estaba situado a la izquierda del primigenio. Y sin titubear enfilé hacia él para lograr encontrar una redención.
Después de un considerable tiempo de visiones demenciales pude darme cuenta que los pilares iban en aumento y variación, al igual que los mundos en los que me adentraba.
Pero si había aprendido algo del desierto en el que transitaba era, que podría salvarme o quizá nunca lo haría, pero al menos tendría la oportunidad de escoger un sinfín de pilares que aguardaban a mi persona para conocer más mundos del cosmos o simplemente para demostrarme que mi locura ya no era insulsa. Y que mi sustento en aquel lugar sería la ilusión de volver a mi hogar viajando por toda la eternidad.



