El tren

La vio sentada al final del vagón. Era extraña, distinta. Sus ropajes y sus cabellos además de parecerle anacrónicos, estaban polvorientos. Pese a su aspecto algo desaliñado, era una mujer hermosa, de piel blanquecina y mejillas sonrosadas. Su pelo, negro azabache, descendía en finas y serpenteantes hebras sobre sus hombros. Tan sólo una bonita trenza, a modo de diadema, sujetaba aquella mata de cabello separándolo de la frente. Con la mirada perdida en el paisaje, parecía ausente; absorta en sus pensamientos. El hombre que estaba sentado a su lado sin embargo, parecía ignorar su presencia.
Pasaron unos minutos y el tren empezó a ralentizar su paso para detenerse en la última estación antes de llegar a Alicante. Aquel hombre se dispuso a bajar del tren. Se incorporó lentamente y, sin hacer ningún intento por sortear las piernas de aquella mujer, literalmente las atravesó. Sobresaltado, algo en su interior le hizo suponer que aquella mujer no era real. ¿Sería quizás un espejismo, un producto de su imaginación? Pero, ¿era posible que tan sólo la viera él? El tren reemprendió progresivamente su marcha. Juan miró a la mujer fijamente pero ella, distraída, seguía admirando el paisaje. Entonces, justo al cruzar el viejo puente, la mujer saco un ovillo de lana negra de un pequeño bolso y luego una tijeras, cortó con ellas varios trozos de lana y luego, para la sorpresa de Juan, desapareció. Contrariado, Juan se incorporó y miró a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado de aquella presencia, tan sólo él.
Debían ser cerca de las nueve de la noche y Juan se dispuso a tomar el último tren con destino a Barcelona. Al subir a él, no pudo dejar de acordarse de aquella extraña mujer del trayecto de ida. Se sentó en su asiento y aprovechó para descansar una parte del viaje. A mitad de recorrido, Juan se despertó sediento y acudió al vagón donde estaba el bar. Al cruzar el resto de vagones, Juan pasó por el vagón número cuatro; el vagón en el que había viajado a la ida. Cual fue su sorpresa cuando pudo ver nuevamente a aquella mujer allí sentada. Sin poder reprimirse, Juan se sentó a su lado y trató de mantener una conversación con ella.
-La verdad es que prefiero el tren al avión, es más relajante ¿no cree?
En ese instante la mujer giró bruscamente su rostro hacia Juan.
-¡Puedes verme!
-Pues…sí. Contestó Juan un poco extrañado por aquella pregunta.
-¿Acaso no sabes lo que soy?
-Hombre, intuyo que muy normal no debes ser a juzgar por lo poco que he visto de tí. Respondió algo inquieto.
-Mi nombre es Átropos y soy una Moira.
- Una ¿Moira?, ¿qué demonios es una Moira?
-Las Moiras somos tres espíritus cuya misión es la de asignar el destino a los seres que humanos.
Juan se quedó mirándola sin atreverse a decir nada.
-El destino viene determinado mediante un hilo blanco para los momentos de felicidad y negro para los momentos de dolor. Las Moiras somos las encargadas de tejer y de velar por ese destino.
-Creo que no termino de entenderla. Contestó Juan mirándola no sin un cierto recelo.
-La más joven, Cloto, preside el momento del nacimiento y lleva el carrete de hilo con el que se va a hilar el destino de los hombres. La segunda, Láquesis, enrolla el hilo en un carrete y dirige el curso de la vida y por último yo, Átropos, la propia Parca, que es quien coge el hilo de la vida y lo corta con sus tijeras de oro, sesgando esa vida para siempre.
Angustiado y sobrecogido por aquella información Juan se incorporó del asiento no sin dejar de observar a aquella extraña mujer. Entonces, nervioso, Juan llamó la atención del hombre que estaba sentado en la fila de delante y le preguntó:
-Perdone que le moleste pero ¿Qué ve usted en el asiento de mi lado?
-¿Perdón?
-¿Qué si usted ve algo o alguien en el asiento de mi lado? Repitió bastante alterado.
-No. Respondió el hombre mirando a Juan, como si de un pirado se tratase.
Juan asustado, se giró nuevamente hacia aquella extraña mujer y sentándose otra vez a su lado le preguntó:
-Esta mañana la vi cortar varios pedazos de hilo negro. ¿Es que alguien va a morir?
La mujer, enigmática y misteriosa, miró hacia el suelo esbozando una malévola sonrisa en su rostro.
-¿Alguien de aquí va a morir? Insistió Juan alzando la voz, claramente alterado.
-¡Casi todos! Contestó la Moira con voz clara e irónica.
-¿Cómo? Contestó Juan con voz temblorosa.
-¿Recuerdas el viejo puente?, ¿El puente sobre el que corte los pedazos de hilo?
-Sí, lo recuerdo.
-Ese puente se va a venir a bajo. Vaticinó aquella mujer desapareciendo nuevamente ante la perpleja mirada de Juan.
Nervioso, Juan se incorporó tratando de pensar qué debía hacer. Tenía muy pocos minutos, el puente ya estaba cerca. Quizás no le daba ni tan siquiera tiempo a hablar con el conductor, pensó. Además, ¿quién iba a creer aquella rocambolesca historia? Miró rápidamente a lo largo de todo el vagón tratando de encontrar un freno de emergencia.
Allí estaba, en la intersección de los vagones. Juan corrió tan rápido como pudo hasta el freno. Miró por la ventana y vio que la locomotora estaba apuntó de atravesar aquel maldito puente. Sin pensarlo accionó el freno.
El tren frenó de inmediato forma contundente y los vagones, dada la aceleración, se precipitaron bruscamente unos contra otros provocando que el tren descarrilara. La locomotora, que para su desgracia acababa de entrar en el puente, se precipitó al vacío arrastrando tras de sí al resto del tren.
Pasaron los minutos, las horas y Juan, atrapado entre los hierros de aquel tren, oía los agónicos lamentos del resto de pasajeros. ¿Cuánta gente habría muerto en aquella barbarie?, pensó. De pronto, como si de un fantasma se tratase, la extraña y misteriosa mujer del tren apareció antes sí.
-Hay que reconocer que lo has bordado. Dijo la Moira, cuyo rostro había dejado de ser el de una hermosa mujer, para pasar a ser el de una vieja decrépita.
-¿Cómo dices? Increpó Juan aturdido por el dolor, mientras traba de liberarse de aquel amasijo de deshechos.
-Sólo quería darte las gracias por facilitarme el trabajo. Yo no lo hubiese hecho mejor.
-¿Qué quieres decir?
-Que si no llega a ser por el freno de emergencia, el tren no hubiese sufrido ningún daño. Dijo la mujer con una sonrisa sarcástica.
Juan no volvió a ver nunca más a la vieja Moira, pero su recuerdo y todo lo que aconteció aquel día, todavía le hace despertarse por las noches, sobrecogido por la angustia.
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