El comienzo

Aún queda mucho para la puesta de sol, y no se que hacer para pasar el rato. Mientras navego por la red, doy con una página en la que simples mortales escriben sobre nosotros, así que mientras observo el cuerpo desnudo y sin sangre de mi última presa sobre unas sábanas que al amanecer eran azules y uso su ordenador para escribir estas líneas, relataré a aquellos que les interese como me convertí en lo que soy, haciendo un gran esfuerzo por recordar a aquel gilipollas que fui hace tiempo, cuando mi corazón aún latía.
Como humano, era el típico capullo, de hecho me convertí en lo que soy por huir de toda esa mierda, tanto, que incluso cambie de nombre, ahora me llaman CJ, no tiene ningún significado, aunque todas las criaturas de las tinieblas se aterran cuando lo oyen. Quería distanciarme más de la débil criatura que fui: malo en los estudios, con las chicas y sin huevos para plantar cara a los problemas, conciencia,… a pesar de esforzarme en todo para conseguir el máximo. Nunca llegaba a mis metas, así que tomé una decisión: Empecé a buscar a gente que le gustaran las sombras, empezando con los góticos, y profundizando más, hasta llegar a los Darker.
Moviéndome en esos ambientes en solitario, no encontraba lo que buscaba, solo a humanos más estúpidos que yo en esa época que se hacían pasar por criaturas de la noche, hasta que finalmente encontré lo que buscaba: En un local, 2 parejas intercambiándose, esperé a ver el resultado, y lo encontré a la noche siguiente: Pese a ser los cuatro típicos del local, solo aparecieron dos, buscando una nueva pareja para “divertirse”, así que me preparé bien para mi conversión a la noche siguiente: Me maqueé mejor que ningún otro día, cogí una estaca de madera que tenía preparada para la ocasión y un rosario que perteneció a mi abuela.
Una vez en el local, busqué a la pareja, que intentaban convencer a otras presas, decidí seguir al vampiro y la humana, para acabar como iba a renacer: matando.
Les seguí discretamente hasta un callejón, y mientras se magreaban, vi al auténtico demonio que tenía el tío en su interior justo cuando iba a comerse a su víctima, momento en que le atravesé el corazón con la estaca por la espalda, convirtiéndose en un montón de polvo.
-¿Qué haces? –Me preguntó la pava -¿Por qué nos destruyes?
-¿Nos? –le respondí sorprendido-. ¿Acaso eres uno de ellos?
-Por supuesto –me dijo con un gruñido.
-Entonces coge esto.
En ese momento le lancé el rosario, que cogió tranquilamente.
-¿Qué es esto? –preguntó extrañada.
-Algo que te haría daño si fueras lo que dices ser. Ahora márchate.
La vi alejarse por el callejón, y entonces noté una presencia a mi espalda. Salté hacia delante y rodé por el suelo, me levanté de un salto y caí dándole el frente a mi adversaria, enseñándole el crucifijo y preparando la estaca.
-Has matado a mi chico –me dijo mostrando aún sangre en la boca-. Te mataré.
Le lancé el crucifijo a la par que le decía:
-Te propongo un trato.
Reaccionó a mi ataque cogiéndolo al vuelo y soltándolo rápidamente cuando le quemó. Mi ataque la sorprendió, y mi propuesta aún más.
-¿Qué?
Tiré la estaca y adopté una postura relajada:
-Conviérteme. No me defenderé, si me matas, no pierdes nada y yo tampoco. Si me conviertes, nos lo podremos pasar en grande. No me importa, en cualquier caso dejaré esta mierda.
-No conviene buscar la muerte –me dijo-. Podría encontrarte.
-Eso pretendo.
Me acerqué hacia ella desafiante.
-¿No temes que solo te mate?
-Ya te he dicho que quiero dejar la vida que tengo: o por otra mejor, sin responsabilidades, o por nada. En cualquier caso, yo gano.
Me mostró su auténtico rostro, me cogió como para besarme, y entonces lo sentí: un pinchazo al principio que se convirtió en un dolor insoportable al fina, incluso cuando me tiró al suelo casi muerto; entonces me acercó la boca a un corte en su pecho, y bebí su sangre sin siquiera pensarlo, como un recién nacido cuando mama, hasta que morí.
Me despertó una sensación increíble, me senté sobre la mesa en la que estaba y noté que era más: más fuerte, más rápido, más ágil, podía sentir a otros como yo, no estamos tan solos como creéis, y lo mejor de todo: el conocimiento de saber que podía hacer lo que quisiera. Al lado de la mesa se encontraba una bolsa con mi ropa, me empecé a vestir, y mientras sacaba la ropa de la bolsa, algo me quemó: el rosario.
“Ya no lo necesitaré” me dije mientras me ponía la gabardina de cuero. Salí de la sala, y noté lo que sentimos los depredadores: en aquella parte del hospital había poca gente, pero la suficiente para que notara el calor que desprendéis y la sangre corriendo por vuestras frágiles venas, podía incluso saber a que tipo de persona pertenecían: hombres, mujeres, ancianos, jóvenes,… y por primera vez desde que desperté fui consciente de la sed.
Capté el rastro de una mujer joven, de veintitantos, y la seguí; resultó ser una simple segurata, a sí que cuando la encontré, me aseguré de que no me viera nadie, y lo noté: el demonio de mi interior se manifestó, noté el cambio de mi cara. La tía no se creía lo que veía, así que sin pensármelo, la agarré por los brazos, y mi boca se fue directa a su yugular: noté el cálido líquido recorriéndome, dándome vida y todavía más fuerza, soy una criatura de la noche despiadada.
Cuando la vacié, la dejé tirada en el suelo, cambié mi cara y salí por la puerta de las ambulancias, “no viéndome” reflejado en el cristal de las puertas automáticas. Fuera había un tío vestido con una bata fumando.
-¿Me da uno? –le pedí.
Sacó el paquete, y sin pensármelo, se lo quité, me metí un cigarro en la boca, y mientras me guardaba el paquete en el bolsillo de la gabardina y sacaba un mechero para encenderlo, el tipo saltó:
-¡Eh! Mis…
Antes de que pudiera acabar le golpeé en la cara con el dorso de la mano, rompiéndole la nariz. Y mientras me reía por mi nueva libertad, me fundí con la noche, mi amante.



