A partir de la media noche

A partir de la medianoche
Nota: Este cuento de terror en realidad está inspirado en uno de esos relatos cortos de Chicho Ibañez Serrador que vi cuando era pequeño y me asutó muchísimo, siendo un niño. Supongo que debí hacer caso a los dos rombos que aparecían indicando que no debía verla. Pero la vi, me asusté y me marcó. De las pocas cosas que recuerdo haber visto en la infancia. Recuerdo los payasos de la tele, Pipi Calzaslargas, Mazinguer Z, Comando G, pero no sus argumentos. De esta historia sí, y para no plagiar voy a tratar de meter una historia de cosecha propia pero como un homenaje a aquella historia terrorífica que nunca olvidaré.
Nota después de escribirla: Vaya, creo que salió tremenda. La puntúo como 9 y espero que los de escalofrío piensen lo mismo.
El frío penetraba por las rendijas de las ventanas. La vieja cabaña crujía por el peso de la ventisca mientras dos jóvenes se refugiaban en una gruesa manta en la cama de su vieja casa. Era el año 1789 cuando los dos jóvenes eslavos se habían encontrado en la vieja cabaña del abuelo de Frederic. Ella era campesina y estaba prometida con un mercader de lanas que le dio a su padre cinco ovejas a cambio de su hija. Frederic se enamoró de Ratza en cuanto la vio en el pueblo luciendo su vestido de campana y portando una cesta llena de comida.
Frederic tenía cerca de los treinta años y siempre había estado soltero porque le gustaba la vida de libertinaje que llevaba pero aunque quiso conquistar a Ratza como una más, le cautivó su voz, su precioso cuerpo, su pelo negro como la noche y sus ojos verdes. Estaban enamorados y no les importaba el temporal que se escuchaba fuera. Transilvania era un país frío y en los días de invierno, solo los más estúpidos salían del calor de sus hogares. Los más estúpidos o los más apasionados, como ellos.
Ambos dormían ya que habían pasado una tarde muy fogosa y estaban exhaustos. Él había estado cazando por la tarde y ella se reunió con él al anochecer. No querían que nadie les viera juntos y por eso tenían que verse a escondidas.
Estaban abrazados y disfrutaban del calor mutuo como si fuera lo más precioso que había en el mundo, mostrando ambos una sonrisa satisfecha en sus rostros dormidos.
Entonces alguien llamó ruidosamente a la puerta.
- ¡Abran! – gritó un hombre de unos cincuenta años -. Abran la puerta por favor. Necesito ayuda, socorro.
Frederic despertó, asustado. Pensó que les habían pillado y saltó de la cama, frenético, buscando su ropa para ponérsela cuanto antes. La imagen del prometido de Ratza le vino a la mente y pensó que venía para matarlos. Ella se despertó igual de asustada y tardó en reaccionar cubriéndose el pecho desnudo con la manta.
- ¿Quién es? No tienes por qué abrir – dijo ella.
- No podemos permitir que nos descubran – replicó él -. Vamos levántate y vístete. Y mientras vete inventando cualquier excusa…
- ¡Por favor! Ayúdenme – gritó el de la puerta de nuevo, golpeándola con fuerza.
- Abre, por Dios, igual está desangrándose – pidió Ratza.
- Voy a ver…
Frederic se aproximó a la puerta con evidente miedo. Abrió, sujetando la hoja de la puerta con su bota por si era una trampa y alguien quería abrirla de golpe. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio a un hombre jorobado, de un metro sesenta de estatura, tratando de calentarse las manos frotándolas entre sí.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Frederic, molesto.
- Por favor, déjeme entrar – dijo el jorobado, mirando insistentemente tras su espalda. Era inquietante ya que no se veía mucho más allá de cinco metros debido a la oscuridad y la ventisca de nieve.
Frederic abrió la puerta, sintiendo remordimientos de haberlo hecho cuando vio al jorobado dentro de la casa y a su amante saliendo de la cama, desnuda y buscando su ropa, con la puerta de la habitación abierta de par en par.
- Oh, disculpen – el jorobado la miró intensamente un segundo, regocijando su mirada en el bello cuerpo de la joven y luego, lentamente apartó la mirada como si se disculpara así de haberla mirado.
Cuando se dio cuenta de que había sido examinada de pies a cabeza por el jorobado se cubrió con la manta de nuevo. Ratza miró con odio a Frederic por no haberle dado tiempo a cambiarse, por no haber cerrado la puerta de la habitación y por dejar entrar al desconocido.
Frederic cerró la puerta de la calle con el madero y lo aseguró por miedo a que llegara una manada de lobos o gente con antorchas buscando a ese hombre. En realidad no sabía de qué tenía miedo salvo de la vasta oscuridad y los copos de nieve cayendo de lado.
- ¿Qué le pasa?, ¿de qué tiene miedo?
- Es la comida. Tenéis que cuidar lo que coméis.
- ¿Está loco? ¿Le persigue la comida?
- ¡No! – gritó, colérico el jorobado -. En la comida está el mal. Vengo de las montañas, en las aldeas del norte la gente está afectada por el mal.
- ¿Qué mal?
- Tengo que avisar al pueblo. Trataré de volver. Háganme caso, no coman nada. Y ante todo y por encima de todo, si alguien llama a la puerta a partir de la media noche, no abran.
Dicho eso el jorobado volvió a mirar hacia atrás, hacia Ratza y al verla vestida le hizo un gesto de saludo con la cabeza.
- ¿Qué pasa a la media noche? – preguntó ella, asustada.
- Ellos salen de sus tumbas…
El jorobado sacó el madero que encajonaba la puerta y abrió con parsimonia.
- Aún estoy a tiempo de avisarles a todos – dijo -. No salgan de casa hasta que despunte el alba.
Y salió por donde había venido.
Frederic se lo quedó mirando mientras se perdía su encorvada figura por la oscura ventisca.
- Cierra, que hace mucho frío. ¿Para qué dejas pasar a ese loco?
- Creí que le perseguía alguien.
- Pues le cierras la puerta, no es tan difícil. El muy canalla me ha mirado con lascivia mientras me vestía.
- Apenas te ha visto, mujer.
- ¡Y puedo saber por qué me ha visto desnuda un desconocido! – ella le golpeó el hombro, furiosa.
- Lo siento, Ratza. Me cogió de sorpresa.
Ella terminó de vestirse y fue a ver la despensa de comida. Allí había tierna carne de venado recién cazado y al verla le entró apetito.
- No hemos comido nada en horas. Ahora que ese loco ha hablado de la comida quiero cenar.
- Ha dicho que no comamos nada.
- ¿Y vas a hacerle caso? ¿Cuántas veces hemos comido venado asado?,¿qué nos puede pasar?
- No deberíamos comer nada – dijo Frederic preocupado.
- Vamos no seas tonto, no te creas esas tonterías. ¿No escuchaste lo que dijo? “Ellos salen de sus tumbas…”. ¿Quienes salen? ¡Los gusanos! ¿No creerás en los fantasmas?
- No, claro que no.
- ¿Entonces? Tengo hambre, prepara algo en la chimenea y te espero en la cama, calentita.
Ratza se quitó la blusa y con picardía se bajó de nuevo la falda. Caminó sensualmente hacia la cama y se refugió en la gruesa manta de lana blanca.
- Está bien – dijo Frederic sonriente, imaginándose lo que haría con ella en cuanto se reunieran en la cama.
Cogió su cuchillo de caza y cortó un grueso filete. La sangre manchó sus dedos de color rojo oscuro y sintió un extraño apetito por chuparse los dedos. La sangre le llamaba la atención de una forma extraña, casi hipnótica. De forma instintiva se llevó los dedos a la boca y chupó la sustancia roja que tenía pegada en ellos. Su lengua sintió el sabor a hierro, su garganta experimentó algo que nunca había experimentado. Sintió tanto placer al chupar esa sangre que volvió a tocar la carne de venado y volvió a chuparse los dedos con deleite apasionado.
Sintió un fuerte dolor en el pecho. Eso le devolvió la cordura…
- Qué he estado haciendo – se dijo, incrédulo. Se vio los dedos manchados de sangre y sintió asco. Se limpió en la palancana y volvió a agarrar el filete para cortarlo sobre la mesa.
Terminó de cortar la carne en pedacitos pequeños y puso la vieja sartén sobre el hierro que descansaba sobre las ascuas ardientes de la chimenea. Se preguntaba qué le había hecho hacer algo tan asqueroso como chupar la sangre cruda. Alimentó el fuego con nuevos troncos y disfrutó viéndolos arder, escuchando su repiqueteo cuando empezaban a quemarse.
Echó la carne sobre la sartén y la removió con la cuchara de palo que tenía. Sintió que al quemarse la sangre perdía ese aspecto apetitoso. Al ver el jugo y oler el rico aroma de la sangre, quiso que ella supiera lo deliciosa que era la sangre fresca y deseó dejar la carne medio cruda para que ese delicioso jugo deleitara su garganta al igual que le deleitó a él.
Las campanas del pueblo comenzaron a dar la hora. Ni siquiera sabía la hora que era. Los lentos repiqueteos le distrajeron de su labor de cocinero, una, dos, tres campanadas, cuatro, cinco, seis, siete…
Alguien llamó a la puerta. Su corazón se detuvo del susto.
- ¡Abran la puerta! – gritó una niña desde fuera -. !Por favor!
Ocho, nueve, diez.
Frederic corrió hacia la puerta y abrió. Era una niña de pelo rubio y largo y sonreía de forma muy rara. Tenía unas extrañas cosas blancas en la boca, parecían largos colmillos.
- ¿Puedo entrar? – preguntó con una voz de mujer mayor -. Tengo frío, tengan piedad de esta pobre niña.
Frederic no lo pensó ni un instante y le cerró la puerta en las narices. Esa niña tenía algo diabólico en la mirada.
- “No coman nada” – se dijo, aterrado. Él había comido… había chupado la sangre.
Sonaron once y doce campanadas cuando el reloj se silenció. Era justo la media noche cuando Frederic cayó desplomado al suelo, muerto.
Ratza seguía esperándole en la cama porque no vio lo sucedido en la puerta. Seguía desnuda, imaginando a su amante entrando en la habitación deseando tomarla de nuevo. Entonces empezó a sentir el olor a carne quemada y decidió que algo raro estaba pasando fuera. Salió de la cama, se vistió y abrió la puerta. Al ver a su amante tendido en el suelo y la chimenea soltando humo negro corrió a quitar la sartén del fuego y al ver la carne calcinada le echó agua encima para que dejara de humear. Luego fue junto a Frederic y empleando todas sus fuerzas consiguió darle la vuelta a su cuerpo. Estaba helado y su piel estaba empezando a estar azulada.
- Dios mío, está muerto – se dijo, tapándose la boca horrorizada.
Alguien golpeó con los nudillos en la ventana de vidrio. Asustada fue a ver quién era y cuando se acercó vio a una niña vestida con camisón blanco flotando en el aire como un fantasma. Pero era real, nítida y pálida. De su boca salían dos colmillos que le salían de la mandíbula superior. Sus ojos eran extraños, eran de color rojo y se veían claramente en la oscuridad.
El terror la hizo chillar y cerró los postigos interiores, cubriendo por completo el vidrio.
Al darse la vuelta vio a Frederic poniéndose en pie. Tenía tanto miedo que no pensó que estaba bien y que podía ir a abrazarlo y besarlo. Algo en sus movimientos delataba que no era el Frederic que conocía. Se movía despacio y como si disfrutara de su propio poder de movimiento. Era como si algo hubiera poseído su cuerpo o al menos esa fue la sensación que transmitía al mover primero la espalda y luego los brazos como si se llenaran de dentro a fuera de vida. Una vida espectral y escalofriante.
Al mirar hacia atrás, su cuello se giró 180 grados sin mover antes su cuerpo. Tenía los ojos rojos y de su boca salían largos colmillos. Su boca mostraba una extraña y escalofriante sonrisa y su piel seguía azulada. Seguía muerto.
Ratza no se dejó llevar por el pánico y corrió a la habitación, empujó con su cuerpo la ruda puerta de madera del dormitorio y esta se cerró de un portazo. Luego, con las manos temblorosas comenzó a correr el cerrojo. Cuando lo consiguió mover del todo sintió un golpe desde fuera. La fuerza del golpe fue tan grande que hizo temblar toda la casa.
- Ratzaaaa – dijo Frederic con voz espectral -. Déjame entrar cariño.
- ¡Tú no eres Frederic! – gritó ella, llorando.
- No seas mala, abre la puerta o le diré a tu padre lo nuestro.
- No es él, no le escuches – se dijo, tratando de taparse los oídos.
Entonces reparó en la ventana. Si ese demonio que había poseído el cuerpo de Frederic se lo proponía podía echar la puerta abajo y solo Dios sabía lo que haría con ella. Se puso todas sus ropas de abrigo y abrió los postigos de la ventana. La niña ya no estaba ahí fuera. Podía salir de casa y escapar sin que él se diera cuenta. Correría hasta su casa y les avisaría del peligro que había ahí fuera.
- Ratzaaa – volvió a escuchar al otro lado de la puerta.
La chica abrió la ventana y sintió el cortante aire frío golpeando su rostro. Enfundada en su abrigo, bufanda y guantes, se subió a una silla y saltó fuera de la ventana. La nieve amortiguó tanto la caída como el ruido que produjo al caer. Al escuchar que Frederic seguía llamándola desde el otro lado se sintió a salvo y echó a correr ladera abajo, directa al pueblo.
Llegó hasta la casa de su padre y golpeó la puerta con fuerza.
- Papa, por favor, ábreme la puerta – exclamó, gimoteando de miedo.
Volvió a golpear la puerta con fuerza y volvió a suplicar. Entonces se encendió una luz en el interior de su casa. Estaba salvada. Escuchó pasos acercándose y finalmente se detuvieron en la puerta.
- ¿Ratza? ¿Eres tú?
- Sí, papa, ábreme la puerta, por favor.
- Espera un momento hija.
Sin embargo se alejó de la puerta. ¿Qué demonios estaba haciendo? Frederic podría estar siguiéndola. Necesitaba entrar ya y su padre solo tenía que descorrer el cerrojo de hierro, ¿a qué estaba esperando?. Después de unos interminables segundos los cerrojos se abrieron y vio el rostro de su padre. Su mirada era de dolor y la miraba con lágrimas en los ojos.
- ¿Ratza? – preguntó de nuevo.
- Papa, déjame entrar, tengo miedo.
- Sí hija. Pasa.
Abrió la puerta como si le costara trabajo hacerlo. Sufría dejándola entrar y ella no entendía por qué. Se apresuró a entrar y cuando le dio la espalda a su padre sintió que la golpeaba en la cabeza con algo metálico y duro. Cayó semi-inconsciente y sintió cómo su padre la daba a la vuelta mientras lloraba de desesperación. Ratza luchó por volver a moverse pero la cabeza seguía retumbando y sentía cómo si le sangraban las encías. Su pecho se negaba a respirar. El golpe casi la había matado aunque sentía que su cráneo seguía entero.
Quiso preguntarle por qué la había golpeado pero él no parecía querer escucharla. Entonces vio que en sus manos tenía un martillo y una estaca de madera.
- Adiós hija mía – dijo, con las lágrimas chorreando por su rostro.
Ella se resistió y consiguió mover las manos tratando de detenerlo, pero su fuerza no tenía nada que hacer con la de su padre. Este le colocó la estaca en el pecho y con la maza se la hundió, atravesándole el corazón y saliéndole por la espalda fijándola al suelo. Ratza deseaba entender cuando vio por el rabillo del ojo la figura del jorobado. Antes de perder el último aliento de vida, escuchó:
- Ha hecho lo correcto, señor. A partir de la media noche, solo vienen ellos.



