Lamentos en la playa

Paul intentaba desesperadamente no soltar el timón, y con la cara empapada logró gritarle al
contramaestre que disminuye la velocidad.
El estruendo del agua al golpear el pequeño barco pesquero hizo que la nave se balancease, era
cuestión de segundos el impacto con el agua.
Paul cerró los ojos con fuerza, con la esperanza de que pasase rápido. El agua fría le golpeo, y
Paul perdió el sentido del tiempo, sólo veía cómo todo pasaba a su alrededor.
Vió como el contramaestre se estrellaba contra una ventana y rompía los cristales.
Vió como un cristal atravesaba el cuello del contramaestre.
Vió como el contramestre le miraba en un último intento de entender. Sus ojos delataban lo
inevitable. Se moría, y lo sabía.
Cuando ya creía que correría la misma suerte, algo sucedió. Algo le despertó de su letargo, algo
que le hizo pensar en su familia. En sus dos hijas. En su mujer.
Nadó hasta que salió del barcó, ya sólo quedaba la proa emergida.
Algunos marineros luchaban por sus vidas, pero uno a uno iban hundiendose en un sueño
húmedo…
Paul nadó hasta agarrarse a un salvavidas que era movido por las olas. El oleaje empujó a ambos
hacia un destino incierto, hacía un horizonte inexistente. Paul durmió…
Capítulo I: El despertar
Una brisa con olor a mar le despertó. Al abrir los ojos la luz le cegó por unos instantes, pero pudo
reconocer el terreno donde estaba. Estaba en una playa, sentía el tacto de la húmeda arena bajo
sus manos.
Paul se incorporó lentamente, tenía las piernas dormidas y los brazos entumecidos por haber
estado agarrado al salvavidas durante demasiado tiempo. El paisaje era hermoso, tenía ante sí una
playa digna de los mejores paraderos turísticos… Sin embargo, algo viciaba el aire como si de un
silencio incómodo se tratase. De hecho, se dió cuenta de que aparte del oleaje, no se escuchaba
ningún otro ruído. Paul se inquietó, aquello debía estar no muy lejos de dónde su barco se había
hundido, tal vez a unos cuarenta kilómetros. Si era así algún barco debería pasar por aquella zona.
Capítulo II: Pensando en blanco
Paul anduvo durante un rato, no sabría decir si fue durante horas o si sólo se trató de media hora.
Estaba desorientado.
Caminó siguiendo la playa, con la esperanza de encontrar supervivientes. Aquello se hacía
interminable…
Finalmente, algo le hizo cuestionarse si estaba despierto. Se alegró enormemente al ver que
material de su barco había flotado hasta aquella playa. Se puso a buscar todo lo que le pudiera
ser útil.
Después de un rato apilando objetos en la parte interna de la playa, logró ver su botín:
Unas cuantas latas de comida, una linterna, (Milagrosamente era resistente al agua) una pistola de
bengalas, dos bengalas, un botiquín que contenía vendas, analgésicos, esparadrapo… También
habían más objetos, pero no eran muy aprovechables en estas circunstancias… Encontró un
teléfono móvil, pero el agua lo había inutilizado.
Se dió cuenta de que alguien le observaba. Sobre unas rocas había un hombre con barba corta
sentado. Lo reconoció, era de su tripulación.
-¿No le parece extraño? -Paul recordó el nombre de aquel hombre, se llamaba Kurt.- No se olle
nada, he estado observando el bosque y no oigo ni un maldito pájaro.
-Kurt, ¿Hay algún superviviente más?
-No capitán, murieron todos, y si hay alguno más no lo he visto.
Paul miró hacia el bosque con una mezcla de temor e inquietud.
-Deberíamos explorarlo, tal vez haya algun habitante en esta isla.
-Como usted diga capitán, pero no sé que podemos encontrar por ahí…
Los dos cogieron los objetos que Paul había apilado y los escondieron detrás de unas rocas
cercanas.
-Cogeré el lanzabengalas, si nos separamos y nos perdemos siempre podemos usarlo en caso de
emergencia -Kurt hizo un gesto de aprobación.
Se encaminaron al bosque, sin saber que podía pasar, con la esperanza de encontrar vida. Vida
humana.
El bosque era frondoso, tenía árboles altos que tapaban el sol y árboles bajos que molestaban
con sus ramas a los dos marineros.
La maleza era abundante, habían desde arbustos con espinos a arbustos con hojas grandes, con
lo cual les dificultaban el paso.
-¿Se da cuenta? No se oyen pájaros. Ni ningún animal. -Kurt giraba la cabeza de un lado al otro,
como si quisiese decir que aquello no le gustaba
-Me he dado cuenta, y fíjate en los árboles. Para ser un bosque tropical están demasiado secos,
¿no cree? -Paul tocó con la mano una hoja de un arbusto
-Es cierto, parece que no haya llovido en bastante tiempo…
De pronto, se dieron cuenta de una cosa.
-¿Eso que hemos pasado ahora mismo eran tres tocones talados?-Kurt se giró en seco
-Sí, lo eran. Debe de haber alguien por aquí. ¡Eh! ¿¡Hay alguien!?
-¿¡Hola!? ¿¡Puede alguien responder!?
Estuvieron gritando durante un rato. No les sirvió de nada. Al final desistieron, con el ánimo por
los suelos.
Paul se obligó a pensar en blanco. A no pensar, a mantener la mente en blanco como la fría
escarcha de invierno. Por no derrumbarse. Por seguir adelante.
Capítulo III: Soledad
Cuando llevas mucho tiempo en el mar, acabas deseando tierra. Cuando llevas mucho tiempo en
tierra, acabas añorando el mar.
El barco pesquero de Paul se había ido al infierno, en medio de lamentos que surgían del propio
barco, como si quisiese quejarse haciendo crujir el metal…
Era una casa. Estaba hecha de troncos de madera y hojas secas de palmera. Tenía un aspecto
descuidado y era de tamaño reducido. Había una puerta que dejaba bastante que desear.
-¡Eh! ¡¿Hay alguien dentro?!-Kurt gritó
-No parece haberlo
-Voy a entrar, vigila los alrededores por si vuelven los dueños.
Kurt abrió la puerta y entro lentamente, intentando no tropezar con algún mueble debido a la
oscuridad. Cuando sus ojos se adaptaron, se decidió por moverse.
La habitación estaba amueblada de forma aleatoria, parecía importar poco el orden. A Kurt le
llamó algo la atención, vió un bulto tumbado en un rincón. Se acercó para comprobarlo, y según
iba acercándose algo le decía que no era un simple saco… Había un olor a podrido alrededor de
eso. Kurt temía descubrir lo que en realidad era. Es como ese regalo que te impacientas abriendo
y después te llevas un sorpresa desagradable. Pues aquí Kurt no iba con impaciencia. Un ruido le
hizo girarse. Había una figura levantada justo de tras de él.
-¿Hola? -Kurt sabía que no le iba a responder
Algo se abalanzó sobre Kurt, y lo único que pudo emitir fue una gárgara mientras su garganta era
abierta.
Paul sintió un escalofrío mientras observaba el extenso bosque. ¿Cómo de grande debía ser la
isla? Él había estado caminando como dos o tres horas según su impresión, así que debía ser
enorme la isla. Aquello no le incomodaba, pero no le gustaba no haberse cruzado con nadie
desde que había llegado.
Alguien salió de la cabaña.
-¿Kurt?-Paul supo después de verle la cara que no era Kurt. Era otro hombre, y estaba
ensangrentado.- ¡Oh mierda! ¡¿Dónde está Kurt?!
El hombre se acercaba lentamente, como si estuviese mareado. Paul se puso nervioso. Corrió
con todas sus fuerzas hacia la playa, pensando mientras tanto que era un cobarde, y que acababa
de cavar su tumba. Estaba solo. De nuevo.
Capítulo IV: Lamentos en la playa
Lo escuchó en seguida. Mientras se acercaba a la playa se oían unos lamentos, como si muchas
personas estuviesen llorando de forma gutural. El conjunto hacía que la piel de Paul se erizase.
Era aterrador.
Paul salió del bosque y lo vió. Era un grupo de personas bastante grande. Una veintena, tal vez
más. Se volvieron y miraron a Paul antes de comenzar a andar. Se acercaban a él. Paul vió que
algunos estaban heridos, llevaban heridas que aún tenían sangre.
Paul corrió hacia las rocas dónde había dejado el material útil y cogió todo lo que pudo cargar.
Corrió, en dirección al bosque, donde no pudieran encontrarle, donde el horror no pudiera
seguirle. De pronto, cayó. La oscuridad invadió su vista. Estaba en una especie de foso, con
muchos túneles. Aún se oían los lamentos que provenían de la playa. Sonidos guturales que traían
el presagio de la muerte.
Paul tuvo que hacer un esfuerzo para levantarse, pero después de varios intentos consiguió
mantenerse erguido. Al hacerse pie, vió varias personas acercándose hacia él por un túnel. Tuvo
poco tiempo para pensar, así que corrió por otro túnel que estaba en dirección contraria.
Aquellas personas corrían como si la vida les fuera en ello, Paul sentía cómo la sangre le golpeaba
la cabeza y su respiración era como la de un hombre con tuberculosis, creía que de un momento a
otro se pararía a vomitar y aquellas personas le alcanzarían. Tampoco sabía porque huía de ellos,
pero había algo que no le gustaba. ¿Y si eran caníbales?
Paul temía perderse, estaba dando demasiados giros respecto a los túneles y no se veía casi.
Al fin, vió algo. Pero era una encerrona. Había una puerta de metal con luces a los lados, y
algunos palos en los muros.
Paul pensó que si agarraba un palo tal vez podría defenderse. Por otro lado, podía intentar abrir la
puerta.
Se decidió por lo del palo. Cogió uno que estaba astillado, parecía robusto y de un metro
aproximádamente.
Se giró justo a tiempo y golpeo a una mujer en la cabeza, el palo le atravesó el ojo y salpicó a Paul
de sangre.
-¡Joder!-Paul apartó a la mujer con el palo mientras su cara hacia muestra de repugnancia.
Todo pasaba rápido para Paul, los gritos de las personas al acercarse, el palo golpeándolos hasta
la muerte…
¿Qué pasaba en este sitio?
Capítulo V: Noticias
Paul contó los cuerpos. Eran tres, y parecían haber luchado como si no existiese otra cosa. Si no
hubiese tenido el palo no habría podido mantenerlos a raya…
Paul se giró e intentó abrir la puerta, debía haber algo dentro que le diese respuestas.
Algo le agarró de un pie y le tiró al suelo, se dió la vuelta y vió a la mujer arrastrándose, intentaba
morderle la pierna, de hecho, consiguió hincarle un diente. Paul le asestó una patada en la cabeza
y acto seguido intento abrir la puerta.
Afortunadamente, la puerta se abrió. Entró tropezando y cerró en cuanto pudo. La puerta era
de las que se giran dándole vueltas a una manivela, costaba bastante abrir…
Inspeccionó el sitio. Era una habitación con dos puertas, una por la que había entrado y otra a un
lado. La habitación tenía las paredes metálicas, a juzgar por la forma se diría que era un búnker.
Una luz roja daba vueltas a la sala, haciendo que los ojos de Paul viesen la habitación como si de
sangre estuviese manchada. Su imaginación se mezclaba con la realidad y viceversa, con lo cual
esto le creaba confusión.
Se acercó a la puerta del lado, esperando salir de aquella sala claustrofóbica. Paul sufría de
claustrofobia desde muy joven, al haberse quedado encerrado en una cueva al lado del mar… Por
eso decidió dedicarse a la pesca, porque en alta mar era el lugar donde más espacios abiertos
habían.
Abrió la puerta tras un minuto de esfuerzo, estaba oxidada. Lo que vió fue algo que le dejó
desconcertado. Frente a él habían dos hombres armados con escopetas y un hombre de mediana
edad con una pistola. El hombre daba una apariencia cansada, como si hubiese estado viviendo
demasiado tiempo…
-Veo que has llegado desde el exterior, dime, por casualidad no te habrán mordido ¿No?-El
hombre sonrió.- Creo que hoy es tú día de suerte.
-Escuchad, que coño son esas cosas de ahí fuera-Paul se impacientó
-¿No lo sabes? Todo el mundo lo sabe…
-¿Qué? ¿Dónde estamos? -Paul creía que la cabeza la iba a estallar, sentía un picor que la hacía
enrojecer los ojos
-Verás, hace un mes y medio hubo un escape de un virus. Ese virus hacía que las personas se
volviesen violentas y atacasen a todo aquel que viesen. El virus se extendió deprisa, y aquí
estamos. Nos refugiamos en este búnker en cuanto empezó. No sabemos nada más.-El hombre
hablaba como si aquello lo hubiese repetido infinitas veces
-No me encuentro bien…-Paul cayó al suelo mientras su cabeza daba vueltas lentamente y poco a
poco perdía su humanidad, lo supo en ese instante, como cuando su contramaestre lo supo.
Estaba muerto, y lo que era peor, infectado.
Capítulo VI: Infectado
Paul se levantó con una rapidez vertiginosa. Los dos hombres le dispararon al cuerpo, pero Paul
hizo caso omiso y se abalanzó sobre uno de ellos. El otro parecía aterrado, no sabía cómo
solucionar aquello. Paul sí lo sabía, y después de haber mordido al otro en el cuello fue hacia él.
Saltó y mordió toda su cara. Un líquido rojizo saltó y salpicó al hombre de la pistola en los ojos.
El hombre tardó poco en infectarse.
Paul se regocijó al ver que había un corredor entero lleno de familias de personas mirándo la
escena con evidente asombro. Segundos más tarde cuatro hombres infectados arremetieron
contra esas familias. La muerte nos alcanza tarde o temprano, da igual lo que hagas. Este es el
caso de Paul Anderson durante la infección que comenzó en el 2001 cerca de la frontera de
Méjico y Estados Unidos…
¿Nadie dijo en ningún momento que eso fuera una isla, verdad?
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