la misteriosa isla

un grupo de marineros se embarcan mar adentro y se encuentran con una misteriosa isla en la que seran prisioneros…
El barco partió de madrugada, llevando a bordo doce jóvenes pescadores en busca de su trabajo; ésta era otra de las tantas salidas que durante años hacían casi semanalmente.
Detrás de la estela de agua que dejaba la embarcación, las hermosas gaviotas tomaban muy contentas las tripas sobrantes que los pescadores desechaban.
Pasada ya la tarde, aun con el sol en el horizonte, los fuertes pescadores subían contentos las cargadas redes. El capitán, desde la cabina, observaba cuidadosamente todas las tareas que realizaban los marineros. Al salir a cubierta vió atónito como una gran tormenta se iba formando a lo lejos, la cual era muy distinta a las que durante toda su vida de marinero había visto, esta era asombrosamente peligrosa, ya que se observaba desde su interior los relámpagos que surgían cada ves con mayor intensidad.
El mar comenzó a golpear la embarcación de forma violenta, de modo que los marineros trabajaban rápidamente subiendo las redes y asegurándolas.
Un gran resplandor se produjo sobre la embarcación, obligando a la tripulación a cerrar sus ojos. Luego de unos minutos, una espesa niebla cubrió toda la superficie, dejando a éstos navegando a ciegas.
De pronto, ésta desapareció y todos empalidecieron al observar frente al barco una pequeña isla, cuyos habitantes vestidos como en el siglo XVII los esperaban ansiosamente sobre la costa.
Uno a uno fueron bajando los marineros del pesquero, y una guardia de doce soldados montados a caballo los escoltaron hacia el palacio real. Allí, el rey los recibió personalmente. Éste se veía cansado, triste y desmejorado, pero a pesar de ello su voz seguía siendo autoritaria.
Los visitantes fueron interrogados y encerrados en una gran celda, como prisioneros.
Dos días después, fue enviado un soldado proponiéndoles un trato; si ellos curaban al hijo del rey, éste les daría la libertad a toda la tripulación.
El niño estaba demasiado pálido y una constante tos impedía que pudiera respirar libremente. El enfermero del barco enseguida comprendió que se trataba de una especie de asma, por lo tanto, tomo del botiquín un inhalador y se lo aplico al joven logrando rápidamente una gran mejoría.
Durante el resto de ese día la tripulación conoció la misteriosa isla, encontrando en ella una vegetación muy diversa.
Entrada la noche, nuevamente fueron arrestados, debido a que el remedio se había acabado y su salud había empeorado.
Por la ventana de la celda, los marineros observaron como en el horizonte se formaba la misma tormenta que los había llevado a ese lugar.
El enfermero recordó que había visto por allí, plantas de eucalipto, y pidió permiso para ir a buscar algunas ramas y hojas. El rey, muy desanimado, lo autorizó y le presto además, uno de sus caballos.
El tiempo se acababa a medida que esa intensa tormenta se acercaba, por eso éste apresuro la búsqueda, pero de pronto el animal pegó un brinco arrojándolo fuertemente al piso.
Luego de un rato, debido a la tardanza del enfermero, el rey mando a dos guardias para que lo trajeran de vuelta.
Un chorro de agua fría corrió por el rostro del enfermero despertándolo sobresaltado; cuando abrió sus ojos se lleno de temor al ver que un ser muy pequeño de ojos grandes y orejas largas se preparaba para arrojarle nuevamente otra jarra de agua. Pero luego de un pestañeo, éste sujeto había desaparecido. Lentamente se incorporo y fue recordando lo sucedido.
Un rato más tarde, por camino, el rey vio volver a sus guardias con el joven, quien traía en sus manos racimos de la dichosa planta.
Luego de haber calmado nuevamente la tos del niño, el rey agradecido ordenó a sus hombres que llenaran el barco de víveres.
La tormenta ya casi estaba frente a ellos cuando zarparon. Todos se preguntaban asustados si llegarían a ver nuevamente a sus familias.
Cuando ya se habían alejado unas cuantas millas, la tormenta los envolvió por completo y por segunda vez el fuerte resplandor cegó sus ojos. Al abrirlos observaron atónitos que la niebla había desaparecido y que sólo quedaba un cielo limpio y un hermoso mar azul.
Mientras el capitán ordenaba sus ideas para informar lo sucedido, los marineros disfrutaban de las provisiones donadas por el rey.
Durante muchos años, los pescadores volvieron a ese lugar en busca de la isla, pero jamás la volvieron a ver…



