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La muñeca de trapo


Era una noche oscura, no muy distintas a las demás noches, pero esta tenía algo especial, quizás porque era la primera noche que Emily dormía muy lejos de toda su familia, incluso de todos sus amigos.
Esa noche era fría; algo más fría que otras noches; la niebla envolvía aquella ciudad todavía extraña para esa chica de 17 años, parecía temblarle las piernas como un niño perdido en el bosque, aunque dormía en una cama cómoda, acolchada y de sábanas tan blancas como la nieve que cubría el marco de aquella ventana que veía al fondo de la habitación.
No veía gran cosa en esa habitación, tan solo veía: un armario no muy grande, de madera de pino, algo viejo y estropeado; también veía una silla de un color no muy agradable, un poco vieja y cuando la miraba le entraban pequeños escalofríos, que provocaban que el vello de su brazo se erizara cada vez más; no distinguía muy bien un objeto que había en el suelo junto a la silla, pero parecía ser una especie de muñeca de trapo, era vieja como todo lo de aquella habitación, y por lo poco que se veía parecía tener uno de sus ojos fuera de su lugar como si hubieran estado un par de lobos jugando con ella.
Pero a pesar de ver todo aquello no tenía miedo, solo sentía una enorme añoranza hacia su familia y amigos.
Pensó un largo tiempo y tras reflexionar sobre la perdida reciente de su familia a su alrededor se levantó y dando vagos pasos sobre aquella superficie fría y no muy lisa, se acercó a la ventana. Asomó la cabeza muy lentamente y se dio cuenta que algo en esa habitación no encajaba; repasó con la mirada por última vez la habitación, ya que desde ese ángulo la veía mejor, empezó a subir su ceja y puso una cara de asombro al descubrir la otra parte de la muñeca de trapo que había al lado de la silla. La muñeca no era igual de lo que ella había imaginado, desde ese lado la muñeca estaba intacta y como si la acabaran de sacar del plástico que seguramente la envolvería antes de ser vendida, esa parte de la muñeca, aunque no parecía muy lógico, le daba mucho mas miedo que la otra, así que empezó a temblar con muchas más intensidad que antes.
La cara de aquella chica asustada se agudizó aun más al ver como la puerta de aquella habitación se abría lentamente con su chirrido desagradable daba paso a un pie desnudo, viejo y pavoroso que pertenecía a un hombre.
Era un hombre de avanzada edad, andaba erguido como si tuviera el palo de la escoba en su vieja espalda, de mirada seria y algo distraída, se llamaba Frank Stilson.

- ¿Tienes miedo verdad? Tranquila, la guerra allí terminará y pronto podrás volver con tu padre y tus hermanos – dijo algo serio y tratando de tranquilizarla.
- No tengo miedo, solo los echo de menos – dijo mientras se sentaba en la cama.

- Esta habitación esta vieja, era de mi hija cuando aun vivía aquí – dijo con la mirada triste.
- ¿Por qué se fue? – dijo seguidamente.
- No se fue, murió – dijo aquel viejo agachando la cabeza.
- Lo lamento – dijo la niña siendo ahora ella la que trataba de tranquilizar a aquel viejo con la mirada perdida.

La niña lo sentó en la cama y se fue hacia la silla, cogió la muñeca y la puso sobre la cama.

- ¿Era suya? – dijo, refiriéndose a la muñeca.
- Si, esta algo rota. Hace mucho tiempo que esta aquí – dijo mirando a la muñeca.
- ¿Por qué esta rota por un lado y por otro no? – dijo la niña mostrando el rostro de aquella muñeca.
- No se lo que pasó; cuando la vi estaba así en el suelo, al lado de esa silla – dijo señalando a la silla.
- ¿Y quién la dejo así? – pregunta la niña intrigada.
- Yo estaba en la cocina, cuando escuché a Jessica, subí las escaleras corriendo, Jessica estaba en la silla tumbada y su mano junto a la muñeca, sangraba mucho, pero no sabía de donde procedía la sangre así que la llevé al hospital…
Los médicos no sabían como había muerto, no sabía como había sangrado tanto, ni siquiera encontraron por donde la sangre que cubría su rostro había salido – explico con la mirada perdida y recordando con detalle los hechos.
- ¿ Y no averiguaron como murió? – pregunta la chica sorprendida de la historia que aquel viejo le contaba.
- No, pero eso ahora no tiene importancia, mañana será un día largo y hay que salir a comprar, así que debemos madrugar para coger la mejor fruta del mercado – dijo intentando escapar del interrogatorio que había echo la niña con el fin de averiguar lo que pasó.

La niña se echó sobre aquella cama tan cómoda y comprendió que Frank no quería hablar sobre su hija.

- Y…¿a qué hora debemos levantarnos? – dijo Emily intentando que Frank se tranquilizase y así olvidarse de todo lo que ocurrió en el pasado.
- A las seis y media, hay muchas cosas que hacer por la mañana – respondió con una sonrisa en la boca no muy pronunciada.
- Hasta mañana – dijo la niña devolviendo la sonrisa.
- Duerme bien – dijo Frank, mientras le daba un beso en sus sonrojadas mejillas-mañana será un día muy duro, pequeña.

Emily cerró los ojos para dormir, pero no podía, la inquietante historia que le había contado Frank despertó su curiosidad. Pensaba en la intrigante muerte de Jessica y en como Frank la había encontrado en la silla tumbada y con su rostro cubierto de sangre.

- ¿Cómo habría sido la muerte de aquella niña? – pensaba mientras sus piernas seguían temblando al saber que Jessica había muerto en la silla que desde la cama veía.

Y mientras seguía pensando aquello, los parpados se fueron cerrando lentamente hasta que sus grandes ojos color miel se cerraron completamente.

A la mañana siguiente oyó una voz un tanto grave, con pequeños altibajos y algo desgastada; era Frank le llamaba para ir a comprar al mercado; abrió sus grandes ojos y vio unos pequeños ojos mirándola, una boca grande y unas facciones arrugadas como aquellos perros que tanto le gustaban a Emily.

- Emily…, Emily… – repetía Frank constantemente y cada vez más rápido con el fin de que Emily se levantara – ¡vamos despierta!
- ¿Que? – dijo la niña aun dormida.
- Emily, vamos que ya son las siete, ¡me he dormido! – contesto Frank tratando de despertarla.
- Vale, ya me he despertado, me cambiaré y bajaré a desayunar – dijo la niña poniéndose de pie frente a Frank.
- De acuerdo pero date prisa – respondió Frank.

Emily se vistió y cogió una mochila que había en el suelo, era de un color un tanto alegre, parecía nueva y tenía muchos compartimentos de diferentes tamaños, sacó una especie de monedero de uno de esos bolsillos, era un monedero de colores alegres y algo estropeado al contrario de la mochila; también cogió un abrigo y una bufanda que tenía sobre la mochila.
Cuando bajó, Frank estaba en la cocina y sobre la mesa del comedor había varios platos. En uno de ellos estaba el plato preferido de Emily, huevos fritos, eran perfectos, la clara era tan blanca como un oso polar recién salido del agua y esta rodeaba a una yema perfecta; en otro de los platos había tortitas recién hechas, su aspecto era increíble, parecía haber sido hecho por un excelente cocinero; en otro de los platos había una fina capa de piña, tan fina que parecía que la hubiesen cortado con un cuchillo tan afilado como el que usan los carniceros para cortar la carne; y por último había un plato con panceta de cerdo algo chamuscada.
Parecía que aquel viejo sabía como agradar a la pequeña Emily y que supiera como le gustaban a ella los desayunos.

- ¿Zumo? – pregunto Frank, levantando la jarra – esta recién exprimida.
- Gracias Frank, ¿oye como que cocinas tan bien? – expuso la niña cogiendo el vaso de zumo.
- Hace mucho tiempo, yo era el mejor cocinero de la ciudad, pero ahora…solo soy un simple viejo – explico Frank.
- ¿Por qué dejó usted de trabajar como cocinero? – pregunto la niña intrigada.
- Lo dejé cuando Jessica murió, he estado mucho tiempo sin cocinar para nadie, tú eres la primera en muchos años – dijo desolado y agachando la mirada.
- Usted no se merecía lo que le pasó a su hija, es un buen hombre – explicó Emily, serenándolo.
- No pasa nada, siempre pasan cosas malas a personas buenas – dijo Frank.
- ¿Por qué? – preguntó la niña enfurecida.
- Por qué, ¿el qué? – pregunto extrañado Frank.
- ¿Por qué siempre le pasan cosas malas a la gente buena? – volvió a preguntar Emily.
- No lo se, nunca me lo pregunté, solo se que pasa y ya esta – dijo Frank – bueno, ¿ya has terminado?
- ¡Oh, si! – dijo la niña cogiendo el abrigo.

Salieron por la puerta algo rota y desgastada, Frank cerraba las cerraduras con una llave muy antigua y oxidada, bajamos por las pequeñas escaleras que había antes de llegar a la verja que daba a la calle y salieron.
La ciudad era muy acogedora, no era como la ciudad en donde Emily vivía, no para nada, no se parecía en nada a aquella ciudad.
Era una ciudad muy agradable y había muchos edificios, no demasiados sino que a Emily le parecían muchos menos que los que había en coin, su ciudad natal, esta ciudad no era muy grande era una de las ciudades más pequeñas de España.
Grein era una ciudad de Inglaterra, un poco grande y que estaba al pie de un río, junto a ese río parecía haber un mercadillo artesanal, vendían de todo: herraduras perfectamente formadas, para caballos, hechas por un señor un poco grotesco y algo descuidado; también había cántaros y vasijas algo erróneas como si hubiesen sido hechas con las pezuñas de un lechón; había enormes platos hechos con una masa de color pardo; había utensilios de cocina, grandes, pequeños, medianos, de todos los tamaños; y había objetos inservibles que vendían gente pobre para poder comer: platos rotos, vasos o incluso cucharas y tenedores usados…
Cuando pasaron esos mercados, dejando atrás tantas cosas valiosas que el padre de Emily habría aprovechado, se veía otro mercado más grande aun que el anterior, con más objetos y más cosas para comprar, pero este también lo pasaron si mirar hacia atrás. A continuación, se veía otro mercado muy antiguo y con poca muchedumbre, tan poca que se podían ver todos los puestos de comestible desde el primer punto del primer puesto, que era de frutas. Frank comenzó a andar y a pararse en todos los puestos, cogía: un puñado de fruta, un poco de hortalizas o de verduras, más fruta… hasta que llegamos al final de los puestos donde compró la última bolsa de legumbres. Tras aquello, fueron andando, Emily seguía sus pasos e iba andando sobre la nieve fría y helada, mientras miraba como dejaba su huella en la nieve, Frank se paró y ella no se dio cuenta de que Frank no seguía su camino, cuando vio que Frank no estaba delante de ella, se dio la vuelta, pero Frank no estaba, estaba sola frente a aquella ciudad tan grande.
Se echo al suelo y lloró como nunca lo había hecho, intentó recordar el camino hacia la casa de Frank, pero no se acordaba, había ido demasiado despistada y no se acordaba como volver.

- Ahora no se que hacer, estoy en una ciudad perdida, sin saber volver a la casa de Frank y ni siquiera sé si me entenderán – pensó – ¿porque papa no eligió un sitio donde supiera expresarme mejor?, no solo me gustaría hablar con Frank, ¿porque me tuve que venir aquí?, ¿porque tuvo que haber guerra en España?, ¿por qué?

La niña vagó por toda la ciudad buscando un solo sitio que supieran hablar español, pero no conoció ese sitio pues todo España había emigrado a otros países que si conocían el idioma.
Finalmente, acabó en un callejón oscuro, con paredes de color amarillento, ha pesar de haber sido pintadas del color de la nieve que cubría el suelo y los tejados de todas as casas de la ciudad, empezó a temblar como temblaba la noche anterior y sintió la misma sensación que tenía cuando vio la parte intacta de la muñeca.

- Es una tontería pensar que la muñeca está aquí, no porque tenga frío y me tiembles las pierna va ha significar que la muñeca me persigue – pensó mirando a su alrededor.

Entonces, abrió su mochila para sacar uno de los bocadillos que había hecho su padre antes de que partiera hacia Inglaterra, cuando lo fue a sacar de unos de los compartimentos de aquella impecable mochila, se dio cuenta de que la muñeca estaba allí.
Soltó la muñeca y con un grito, espantó los pocos pájaros que se encontraban en la azotea de una casa del callejón.

- ¿Cómo ha llegado esto aquí? – preguntó muy asustada.

¿La muñeca se habría metido hay sola? o ¿alguien quería asustarla? De todos modos no quería averiguarlo, así que echó a correr sin mirar hacia atrás.

- ¡Un momento!, ¿Cómo puede una muñeca de trapo hacerme daño? Y ¿Cómo pudo haberse metido sola la muñeca en la mochila?, ¡es imposible! – pensó mientras volvía hacia la muñeca.

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