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Donde el sol muere

Una mañana, Ana, decidió tomar todo su dinero, sus cosas e ir a la estación de tren. Sacó un boleto, ni siquiera se fijó a donde se dirigía, se sentó y esperó.
Los trenes venían, pero ella los dejaba pasar. El día había terminado, el sol se había ido, el último tren se acercaba; se levantó, tomó su única valija, sacó el boleto de su bolsillo y subió al tren.
Se sentó en el último lugar, con la esperanza de que nadie la molestara. El tren se detuvo, una anciana de tez morena que sostenía un paquete subió y se sentó a su lado, y dirigiéndose a ella dijo:
- Hola señorita ¿Adonde va usted?
Por primera vez Ana, sacó el boleto de su bolsillo, lo leyó y dijo:
- Voy a un pueblo llamado “El Sol”
La anciana con mirada desconcertada respondió:
- ¿Cómo? Ese pueblo está desierto desde 1895, luego de un incendio se perdió casi todo. Los que quedaron se fueron a los pueblos vecinos, no queda nadie, estoy segura.
El tren se detuvo, la anciana sonriéndole se despidió y bajó. Ana fijó su vista en la ventana, ya estaba cerca de los límites entre su pueblo y el vecino, miró el paisaje y juró no volver jamás. Haciendo caso omiso, el sueño se apoderó de ella.
Despertó cuando el sol estaba saliendo, el tren se detuvo y ella bajó. La estación estaba desierta y hacia frío, se abotonó su saco y comenzó a caminar, el tren tomaba nuevamente su rumbo.
Salió de la estación, ni había nadie en la calle. Llegó hasta una plaza y se sentó, no sabia que dirección tomar ahora, la plaza era pequeña, había una hamaca de colores desteñidos y los arbustos había crecido demasiado, todo parecía abandonado, recordó lo que la anciana le había contado, pero sacudió esa idea de su mente, al ver una silueta acercarse a ella, era un chico, tal ves dos años mayor que ella, de piel blanca, cabellos negros, ojos del color de la miel, alto y de musculatura plana.
Se acerco más y sonriendo le dijo:
- Hola ¿sos nueva? Mi nombre es Ian
- Acabo de llegar y no se si me quedaré, no tengo donde pasar la noche. Soy Ana.
- Mi familia tiene un pequeño hotel y restaurante si quieres puedes quedarte.
- No tengo dinero.
- OH…esta bien. Tengo una idea. Puedes venir, quedarte y trabajas para pagarnos.
A Ana le pareció una idea genial, así que acepto sin pensarlo dos veces, se levantó y siguió al joven por entre las calles aparentemente desiertas.
Ella tímidamente preguntó:
- ¿Qué acá no vive nadie?
- Si, pero solo salen de noche, son un poco raros.
Luego de unos minutos de caminata llegaron hasta un pequeño edificio que parecía abandonado, las paredes estaba desteñidas por el paso del tiempo y las ventana y la puerta eran pequeñas.
Entraron, allí estaba mas cálido que afuera. Él encendió la luz y Ana pudo ver el interior, era una gran sala, llena de muebles antiguos, pero sin polvo, se notaba que todavía vivía gente allí, las paredes estaban igual a las de afuera. El joven le pidió que lo esperara allí y desapareció en un pasillo oscuro. Ana recorrió la sala con la vista, hasta que encontró sobre un gran mueble viejo, una foto que llamo su atención, se acerco y pudo ver la foto. Era una mujer, de mediana edad, junto con un hombre alto con sombrero y el medio estaba Ian exactamente igual que ahora, pero la foto era muy antigua por lo que descarto la idea. Dejo la foto en su lugar al escuchar pasos que se acercaban, por el pasillo venia Ian y la mujer de la foto. Él le explico a Ana que ella era su madre y que había aceptado que ella se quedase y trabajara. La mujer se retiro y él la guió por el pasillo oscuro hasta la última habitación y dijo:
- Aquí dormirás, de día raramente trabajamos, como ya te dije los habitantes de acá salen de noche y viene a comer aquí, servirás las mesas y esas cosas. Cuando todos se vayan comeremos juntos.
Le dio la lleve y ella entró, la habitación era pequeña y los muebles eran antiguos como los de toda la casa. Dejó su valija en el suelo y comenzó a ordenar todo en un pequeño armario. Al terminar abrió la ventana, todavía era de día, se recostó sobre la cama y se durmió.
Dos horas después Ian fue a despertarla porque era hora de trabajar. Se cambió la ropa, se acomodó el cabello y bajó junto con él hasta un gran salón, lleno de mesas todas ocupadas. Él le dio las últimas recomendaciones y comenzó a trabajar.
Todos se fueron a las tres de la madrugada, Ana estaba cansada, se sentó en una de las tantas mesas que quedaron vacías, Ian apareció con dos platos, le dio una a ella y dijo:
- Así serán todas las noches, porque como ya te dije las personas de este pueblo viven de noche.
Ana con cierta timidez le contó, la historia que le había relatado la anciana, del tren, sobre ese pueblo.
Él se puso, repentinamente, nervioso y contestó:
- Si, acá hubo un incendio y el pueblo quedo vacío, como te lo contó la anciana. Fue entonces cuando las familias de mis abuelos junto con otras familias vinieron de un país muy lejano. Es por eso también que las personas duermen de día, ya que en mi pueblo de origen allí seria de noche, nunca se acostumbraron al cambio de horario.
Ana quedo conforme con la respuesta. Hablaron toda la noche, ella le contó su historia y él la suya.
Así fueron todos los días durante cinco años, ella se adapto al pueblo y el pueblo a ella, todos la conocían y querían como si fuera una más. A medida que los días pasaron, Ian y Ana se enamoraron.
Una noche, él decidió contarle a Ana, el secreto del pueblo. Aquella noche, como todas las noches cenaron juntos. Él le confeso su amor y ella a él. Cuando estaba por amanecer Ian, dijo:
- No soy quien crees que soy. ¿Recuerdas la historia de la anciana?
Ana pensó unos segundos y luego asintió. Ian prosiguió:
- Yo vivía en aquel tiempo, el pueblo recién había sido construido, el incendio se originó en el bosque que rodeaba el pueblo, el bosque junto con todos nosotros desapareció. Ana, soy un fantasma.
Ana no sabía que hacer, que pensar. Por fin había encontrado un lugar, al que pertenece y resulta ser que todos son fantasmas, tal vez ella debería serlo también.
La noche siguiente, le pidió a Ian que la acompañara a las afueras del pueblo. Cuando terminaron de trabajar, se dirigieron al lugar mas alejado del pueblo. Entre las rocas que había allí, ella se sentó, saco de su bolso un pequeño frasco con un líquido rojo como la sangre y una copa; vertió el líquido rojo en ella y lo bebió. Unos segundos después, su cuerpo cayó al suelo y su vida se fue, pero su alma se separó de su cuerpo. Ana, o el alma de Ana dijo:
- Prefiero morir y quedarme aquí.
Los dos sonrieron, se abrazaron y juntos desaparecieron en la noche, dejando atrás la luna y Ana su vida.

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