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	<title>Cuentos de Miedo, Relatos de Terror, Leyendas Urbanas. El miedo tambien mata &#187; Leyendas Urbanas</title>
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	<description>Miedo en aterrorizar es Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas</description>
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		<title>La leyenda de los muñecos bebé demonios</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jan 2012 22:29:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Existe una leyenda en la Vieja Nueva Orleans acerca de la existencia del bebé demonio de la calle Bourbon, un niño monstruo de una gran dama criolla, la reina Vudú María Laveaux y que fue bautizado por la famosísima señora LaLaurie. El bebé se asegura vivió y rondó por el Barrio Francés y sus alrededores,&#8230; según dicen, hasta hace varios años,&#8230; aunque algunos dicen que todavía existe, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/38DFA54A6.jpg" alt="" border="0" /></p>
<p>Existe una leyenda en la Vieja Nueva Orleans acerca de la existencia del bebé demonio de la calle Bourbon, un niño monstruo de una gran dama criolla, la reina Vudú María Laveaux y que fue bautizado por la famosísima señora LaLaurie. El bebé se asegura vivió y rondó por el Barrio Francés y sus alrededores,&#8230; según dicen, hasta hace varios años,&#8230; aunque algunos dicen que todavía existe, al menos en forma fantasmal, rondando las calles estrechas ycallejones de la vieja ciudad. Algunos otros dicen que sus pequeños huesos están pudriéndose junto con los de su &#8220;madre&#8221;, María Laveaux, en su famosa tumba Nº 1, en el cementerio de San Luis.</p>
<p>En los últimos años, hubo muchas versiones de la ya famosa leyenda, acerca de la existenciade una o varias muñecas del bebé demonio, la primera de las cuales se asegura, fué tallada en calabazas ahuecadas. Estas primitivas muñecas diablo bebé a menudo se colgaban en las ventanas de la vieja casonas criollas de la ciudad para ahuyentar al verdadero bebé diablo, que acechaba en la oscuridad más allá de las luces de gas.</p>
<p>Algunas primitivas muñecos bebé diablo tallados, con cuernos y una cola de yute con nudos, a veces aparecen en tiendas de productos &#8220;Hoodoo&#8221; (práctica local del vudú), ofrecidas a precio de rebaja a desafortunadas víctimas, por hechiceros sin escrúpulos (se dice Maríae Laveaux frunció el ceño al enterarse de la práctica de crear efigies del diablo bebé, ya que se hizo con el objetivo de causar aflicciones &#8220;<img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/space.gif" alt="" hspace="3" vspace="2" /></p>
<p>Estos iniciales muñecos tallados a mano son extremadamente raros en estos días: las familias que cuentan con dicha reliquia, por lo general las han mantenido ocultas y las han pasado de generación en generación, así que es difícil estimar cuántos de estas pequeñas efigies estarán en circulación en realidad.<br />
<span id="more-4300"></span><br />
En el siglo 20, sin embargo, otras versiones de los muñecos bebé demonio comenzó a aparecer de nuevo, en y alrededor de Nueva Orleans. Esta vez más bien se hablaba demuñecos contemporáneos, vestidos con el atuendo de los niños,&#8230; y que eran capaces de&#8221;valerse por sí mismos&#8221;, ya que sus piernas y brazos se movían ligeramente. El rostro deestos muñecos bebé demonio era siempre el mismo: con miradas lascivas, los ojos vidriososy pequeños cuernos que sobresalen de la frente. Se dijo que estas muñecas tenían el rostro que más se parecía a la verdadero bebé demonio, lo que fue verificado por una mujer que había jugado, de niña evidentemente, con el auténtico Niño Diablo!!</p>
<p>Estas son las primeras muñecas que tienen realmente una reputación de &#8221;malditas&#8221;. Eran muy buscadas y reputadas en el &#8220;mercado negro&#8221; del viejo Nueva Orleáns, y con para obtenerlas, era necesario estar muy bien conectado con lo más selecto y secreto de la comunidad Vodú y Hoodoo.. Como la mala suerte parecía seguir a las muñecas &#8211; algunos dicen que a causa de una maldición que echó sobre todos ellos María Laveaux -, es que ninguno de ellos parece haber sobrevivido a este periodo. Sólo partes de una muñeca se conservaron y estos habían sido enterrados ó escondidos hasta hace muy poco tiempo,&#8230;</p>
<p>Recientemente han reaparecido las historias de los malditos muñecos de bebés demonios en Nueva Orleans; todo empezó cuando el artista local y diseñador del desfile del Mardi Gras, Ricardo Pustanio fue capaz de obtener los restos de los últimos supervivientes conocidos delas &#8220;Devil Doll Baby&#8221; (de cerca del año 1900); a partir de estos, fue capaz de recrear los muñecos, con el tamaño y estilo del original, para su uso e ilustración de las historias sitio en Internet Haunted.</p>
<p>Estos nuevos muñecos bebé demonio, por su tamaño natural, eran réplicas exactas de los muñecos del siglo pasado producidos en la vieja Nueva Orleans, y, al igual que sus predecesores, hay algo que da toda la razón acerca de ellos y de su terrorífica &#8220;autenticidad&#8221;.</p>
<p>Estos muñecos hechos a mano, parecen haber cobrado vida propia: sus ojos parecen seguirte cuando te estás moviendo por la habitación, cerca de ellos, y cuando se reúnen a veces aparece de la nada el sonido de susurros y se han reportado inexplicables robos en la proximidad de ellos. Dado que los muñecos se construyeron sin ninguna intención mágica real, el hecho de que parecerían estar &#8220;animadas&#8221;, parece provenir de algún agente aparte dela curiosidad de Pustanio por ver qué pasaría si las confeccionaba.</p>
<p>A pesar de que a nadie en Nueva Orléans le gusta tener los muñecos bebé demonio consigo, Pustanio fue capaz de convencer a algunos de sus amigos a tomar a uno de los muñecos para su custodia. No pasó mucho tiempo antes de que los amigos de Pustanio comenzaran a quejarse por tener los muñecos y todos estaban muy ansiosos por devolverlos. Evidentemente, incluso separados, hay algo diabólico en los muñecos bebé demonio.</p>
<p>Una persona afirmó que el muñeco se trasladó por sí solo cuando no había nadie en su casa. Se encontraba en un armario del dormitorio y todos los días, cuando el cuidador incautos regresaba del trabajo, la puerta del armario estaba entreabierta y muñeco estaba tumbado en la alfombra.</p>
<p>Otro de los muñecos de Pustanio aparentemente &#8220;se escapó&#8221; por la noche en la casa de una pareja que lo guardaba, dejando en el suelo regados los ceniceros y en desorden el piso dela cocina, con los granos tirados por todas partes. La pareja no tenía mascotas ni niños, así que no había otra explicación para los extraños sucesos.</p>
<p>Un tercer muñeco maldito fue entregado al famoso psíquico Reese, quién lo conservó en su nueva casa en Lakeview, en los días antes del huracán Katrina. Reese, un coleccionista demuñecos raros, de inmediato afirmó que no le gustaba el bebé demonio, pero accedió a regañadientes a mantenerlo consigo.</p>
<p>En las dos semanas en que lo tenía, despertó de forma continua en la noche, debido al insistente llanto de un bebé. Al final de la segunda semana de que el muñeco estaba en su casa, el huracán Katrina golpeó la casa, inundándola bajo 7 metros de agua turbia. Cuando Reese volvió a su propiedad devastada, estaba perturbado al ver que el muñeco del bebé demonio era una de las únicas cosas indemnes que rescató del interior de su casa.</p>
<p>Sylvia Cruz, una investigadora de lo paranormal que se especializa en objetos poseídos, le compró un muñeco de bebé demonio, vía online directamente a Pustanio. Ella pensó que sería el complemento perfecto para su colección de muñecas espeluznantes; poco después sabría que ella había comprado una cosa real.</p>
<p>En poco tiempo, observó cambios en la posición del muñeco de la mañana a la noche; ella informó también de sonidos de resoplidos y llanto procedente de cerca del muñeco bebé, yella también relató que sus dos gatos no se acercaba al muñeco, negándose a estar aún en la misma habitación con él.</p>
<p>&#8220;Algunos objetos&#8221; -dice Cruz-, &#8220;solamente existen, nacen,&#8230;&#8221;, por falta de una palabra mejor, con un &#8220;alma oscura&#8221;. Creo que el bebé demonio es uno de esos objetos. Si usted mira en sus ojos casi se puede distinguir el parpadeo de un alma atrapada e infeliz. Otros creen que el brillo fué puesto allí por el mismo diablo y que son sus reclamos, presentes en cada representación del diablo bebé, dando a entender que le pertenecen&#8221;.</p>
<p>Cruz también ha comprado una muñeca de vudú Reina de Pustanio y que ella asegura que también está encantada. Pustanio afirma por su parte que sólo su talento y nada mágico o fantasmal entra en la creación de sus muñecas,&#8230; pero muchos aún creen que son poseídos por algo inexplicable y extraño. Es interesante señalar que en las incursiones anteriores Pustanio en otras formas de arte, en los últimos 15 años, incluyendo la pintura y la escultura, se rumorea que también tienen algo de lo sobrenatural sobre ellos,&#8230;</p>
<p>Además de su tienda en línea, Ricardo Pustanio recientemente permitió que su diablo muñecos para ser colocado en eBay para la subasta como una muestra inicial de una gran colección de obras de arte inspiradas en Nueva Orleans. Un diablo muñeca ya ha cambiadode manos varias veces en eBay, parece que el viejo dicho &#8220;el comprador tenga cuidado&#8221; nunca fue más apropiado!</p>
<p>Preguntado sobre la posibilidad de que su obra está encantada, Pustanio encoge dehombros y dice: &#8220;He oído hablar de muñecas encantada desde que era joven. Hemos tenido varias en nuestra familia que llegó hasta nosotros. Pero nunca pensé que mis muñecas sería perseguido, también. &#8221; Diablo Ricardo Pustanio de muñecas del bebé, encantada o no, están en alta demanda. Cada uno es único en su clase y pueden ser hechos por encargo y vestido con ropa de bebé los suministros comprador. Otras muñecas por Pustanio incluyen muñecos vudú Reina, Voodoo Zombie y muñecas lúa, y Voodoo Usted muñecas hechas por el artista para parecerse a cualquier persona que desee el comprador.</p>
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		<title>La leyenda del Sol y la Luna</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 08:03:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Leyendas Urbanas]]></category>

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		<description><![CDATA[Antes de que hubiera día en el mundo, se reunieron los dioses en Teotihuacan. -¿Quién alumbrará al mundo?- preguntaron. Un dios arrogante que se llamaba Tecuciztécatl, dijo: -Yo me encargaré de alumbrar al mundo. Después los dioses preguntaron: -¿Y quién más? -Se miraron unos a otros, y ninguno se atrevía a ofrecerse para aquel oficio. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="JUSTIFY"><img class="alignnone size-full wp-image-4242" title="sol-y-luna" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2012/01/sol-y-luna.jpg" alt="" width="589" height="576" />Antes de que hubiera día en el mundo, se reunieron los dioses en Teotihuacan.</p>
<p align="JUSTIFY">-¿Quién alumbrará al mundo?- preguntaron.</p>
<p align="JUSTIFY">Un dios arrogante que se llamaba Tecuciztécatl, dijo:</p>
<p align="JUSTIFY">-Yo me encargaré de alumbrar al mundo.</p>
<p align="JUSTIFY">Después los dioses preguntaron:</p>
<p align="JUSTIFY">-¿Y quién más? -Se miraron unos a otros, y ninguno se atrevía a ofrecerse para aquel oficio.</p>
<p align="JUSTIFY">-Sé tú el otro que alumbre -le dijeron a Nanahuatzin, que era un dios feo, humilde y callado. y él obedeció de buena voluntad.</p>
<p align="JUSTIFY">Luego los dos comenzaron a hacer penitencia para llegar puros al sacrificio. Después de cuatro días, los dioses se reunieron alrededor del fuego.</p>
<p align="JUSTIFY">Iban a presenciar el sacrificio de Tecuciztécatl y Nanahuatzin. entonces dijeron:</p>
<p align="JUSTIFY">-¡Ea pues, Tecuciztécatl! ¡Entra tú en el fuego! y Él hizo el intento de echarse, pero le dio miedo y no se atrevió.</p>
<p align="JUSTIFY">Cuatro veces probó, pero no pudo arrojarse</p>
<p align="JUSTIFY">Luego los dioses dijeron:</p>
<p align="JUSTIFY">-¡Ea pues Nanahuatzin! ¡Ahora prueba tú! -Y este dios, cerrando los ojos, se arrojó al fuego.</p>
<p align="JUSTIFY">Cuando Tecuciztécatl vio que Nanahuatzin se había echado al fuego, se avergonzó de su cobardía y también se aventó.</p>
<p align="JUSTIFY">Después los dioses miraron hacia el Este y dijeron:</p>
<p align="JUSTIFY">-Por ahí aparecerá Nanahuatzin Hecho Sol-. Y fue cierto.</p>
<p align="JUSTIFY">Nadie lo podía mirar porque lastimaba los ojos.</p>
<p align="JUSTIFY">Resplandecía y derramaba rayos por dondequiera. Después apareció Tecuciztécatl hecho Luna.</p>
<p align="JUSTIFY">En el mismo orden en que entraron en el fuego, los dioses aparecieron por el cielo hechos Sol y Luna.</p>
<p align="JUSTIFY">Desde entonces hay día y noche en el mundo.</p>
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		<title>La canícula</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 21:51:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[La canícula]]></category>

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		<description><![CDATA[Suárez dejó la ciudad fronteriza para evadir el matrimonio; ya se había comprometido con Yolanda, hija de don Rafael Atlas Escobedo, exitoso empresario, pero un súbito acceso de temor lo obligó a hacer las maletas y huir, en medio de la noche, con rumbo a la capital. Con un par de mudas de ropa y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-4116 alignleft" title="Desierto" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/12/Desierto-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /></p>
<p>Suárez dejó la ciudad fronteriza para evadir el matrimonio; ya se había comprometido con Yolanda, hija de don Rafael Atlas Escobedo, exitoso empresario, pero un súbito acceso de temor lo obligó a hacer las maletas y huir, en medio de la noche, con rumbo a la capital.<br />
Con un par de mudas de ropa y algo de dinero se vio en la ciudad inmensa, inseguro respecto de qué hacer para sobrevivir durante más de una semana. Cuando pasó de largo un establecimiento sólo para mujeres, creyó que había encontrado una fuente de trabajo propicia. Dado que su cuerpo revelaba continuas sesiones en el gimnasio y una simetría sin par, pudo colocarse como stripper, auxiliado por un tipo que le ofreció su amistad a cambio de favores homosexuales; Giorgio (así se llamaba) le enseñó algunas rutinas para encantar a las fulanas y enseguida esperó su premio, consistente en acostarse con su alumno; pero éste, propenso a romper compromisos, lo molió a golpes y lo obligó a deslindarlo del ataque, so pena de morir horriblemente. Giorgio contó después, a quien le preguntó por sus heridas, que lo habían asaltado en una calle oscura. Nadie lo dudó, sobre todo porque en las inmediaciones del recinto abundaban los delincuentes.<br />
Suárez debutó una noche, cometiendo diversos errores en virtud de la falta de experiencia; le encantó, sin embargo, ser visto casi desnudo por cientos de tipas que, apiñadas en torno a mesas pequeñas y bebiendo sin moderación, babearon al notar su musculatura e imaginar lo que tenía en la entrepierna. Entre ellas se hallaba Columba, una señora divorciada podrida en dinero que solía ir al sitio, con el mero fin de comprar los favores de cuanto efebo musculoso le interesara. Habló con el capitán y le exigió que mandara a Suárez a una cabina privada. El norteño llegó, practicó una rutina harto sensual y, antes de que pudiera defenderse, se vio sin calzón y con el miembro aferrado entre los labios de Columba. La felación duró más de veinte minutos y al cabo produjo que la chupadora casi se atragantase con el semen. Procedía seguir el encuentro sexual en casa de la fulana, que retribuyó los favores con cantidad de billetes de alta denominación.<br />
Suárez se mudó a casa de Columba, que estaba en Las Lomas; una residencia enorme, con alberca incluida. Ahí, Suárez satisfizo una y otra vez a la vieja, habiendo olvidado ya a Yolanda y todo lo relacionado con su antigua vida. Ignoraba, sin embargo, pormenores de la vida de su amante; Columba había estado casada con un capo de la droga, de ahí su fortuna, un tipo que además destacaba por sus celos enfermizos. De cuando en cuando mandaba emisarias al club de strippers para indagar sobre las andanzas de Columba, a fin de enterarse de si ésta se metía con alguno de los “bailarines”.<span id="more-4115"></span> El caso es que Romina, una fulana que ejercía como guardaespaldas del mafioso, visitó una noche el antro e hizo preguntas; el capitán quiso anteponer la discreción de sus clientas y por ello se ganó una trompada que le rompió la nariz; a la postre confesó que Columba “quizá” se había marchado con un tal Suárez, a quien Giorgio conocía mejor. Romina se ocultó con Giorgio en un privado y lo interrogó sobre el otro; se entenderá que, por despecho, el marica dio santo y seña de Columba y afirmó, casi llorando de rabia, que Suárez se había marchado a casa de ella hacía dos semanas. Por desprecio a los maricas, Romina noqueó a Giorgio de una patada y fue a dar parte de lo descubierto a su jefe.<br />
Para abreviar, sépase que la propia Romina, previas órdenes del capo (cuya iracundia casi lo mató de un infarto), irrumpió en casa de Columba y, tras decirle que su ex marido había decidido escarmentarla por sus lances con “escuincles”, le rompió el cuello. Suárez no estaba en ese momento (había ido a comprar ropa), de modo que cuando llegó se topó con el cadáver y estuvo cerca de desmayarse; Romina salió de alguna parte, dispuesta a torturarlo hasta la muerte, pero Suárez fue más rápido y salió de un salto por la ventana del cuarto, luego avanzó a zancadas hasta los linderos del jardín y, con increíble soltura, escaló un muro y se vio en la calle. Romina lo persiguió tan ágilmente como pudo, pero acabó resbalando y quedando rendida en el piso por media hora, agotada.<br />
Suárez tardó un día en calmarse, encerrado en un hotelucho, sin saber qué hacer. Nunca había amado a Columba, pero se había propuesto quedarse con ella para vivir a cuerpo de rey sine díe, dando a cambio su virilidad y pláticas anodinas; además, quizá con el tiempo obtuviera una herencia. Ahora todo se había ido al carajo por culpa de una asesina. Ni hablar, había que ver hacia delante. Contó el poco dinero que le quedaba y supo que más le valía dejar la ciudad, so riesgo de ser hallado en breve y muerto a saber de qué forma espantosa.<br />
¿A dónde ir? A menos que volviera a su ciudad natal, tendría que andar peregrinando, quién sabía si con la misma suerte obtenida en la capital, donde al punto había hallado trabajo y una mantenedora. Resolvió volver de incógnito a su terruño y esperar que Yolanda se hubiera casado con otro, con tal de no seguir sintiéndose obligado al matrimonio ni forzado a disculparse por haber roto el compromiso sin avisar.<br />
En la ciudad fronteriza las cosas habían ido de mal en peor. El calor se había incrementado como nunca, alcanzando el termómetro 43 grados a la sombra. No pocos habían muerto ya, pese a haber tolerado olas de calor en reiteradas ocasiones. Esto era especial, insospechado. El camión que dejó a Suárez en la terminal iba prácticamente vacío, pues a nadie le apetecía acercarse a esa región dominada por el calor infernal. Desde antes de arribar, Suárez sudaba ya como desesperado y al punto lamentó su decisión de volver. Con todo, mientras gozaba del aire acondicionado en el interior de la terminal vacía, se dijo que soportaría aquella calamidad estoicamente.<br />
Aun cuando había resuelto andar de incógnito, al punto fue abordado por un empleado de don Rafael Atlas Escobedo. El empleado era el chofer y, de ser el caso, el golpeador. Atrajo la atención de Suárez con un carraspeo y le avisó que lo llevaría con don Rafael. Suárez quiso saber cómo diablos se había enterado de su regreso, pero no obtuvo respuesta, sino la reiteración del aviso y el añadido de que una negativa implicaría empujones y brazos retorcidos. Suárez no se hizo rogar, pues ya había tenido suficiente de sobresaltos en casa de Columba, de modo que siguió a Ramos (el empleado) a un auto de lujo, equipado con excelente aire acondicionado.<br />
Llegaron a casa de don Rafael, que Suárez conocía perfectamente. Ramos lo escoltó al despacho de aquél y se quedó cerca, por si algo se le ofrecía a su jefe. Escobedo tardó en mirar a Suárez; se dedicó a leer algo durante tres minutos, bebiendo sangría a la par, y al fin miró a quien hubiera sido su yerno. Lo llamó “basura”, entre otros epítetos no menos despectivos, y demandó no escuchar preguntas sobre cómo se había enterado del regreso de Suárez o dónde había estado. Suárez no dejaba de tragar saliva; los nervios lo traicionaban. Escobedo le espetó que, dado que no se había tentado el corazón para dejar a su hija para vestir santos, ahora tendría que sacarse esa espina.<br />
—Mi hija desapareció —dijo, con voz aguardentosa—. Después de que la abandonaste se deprimió. Casi se suicidó con mi Desert Eagle. La mandé un rato al psiquiátrico, donde conoció a Guzmán, un joven loco que la conquistó y acabó llevándosela. ¿A dónde? Quién sabe. Tú lo descubrirás y la traerás de vuelta. Así pagarás por lo que hiciste. Ramos te vigilará. Intenta largarte otra vez y verás lo que es morir sin que el calor te mate. Fuera.<br />
Lo llevaron a la casa paterna, donde supo que sus padres habían muerto de calor. Eulalia, la criada, había sobrevivido gracias al aire acondicionado, que sus patrones habían mandado instalar poco antes de quedar inconscientes para siempre. Suárez se instaló en su viejo cuarto y, fumando, masculló imprecaciones contra medio mundo y rezó por despertar de aquella pesadilla. Al rato, sin embargo, se resignó a jugar al detective privado y se dispuso a iniciar las pesquisas.<br />
Esperó a que llegara la noche para que el calor disminuyera, pero notó que el termómetro marcaba treinta grados a pesar de la ausencia del sol. Bañado en sudor, pero contento por no tolerar la luz del día, se encaminó al Willis Bar, que antaño solía estar lleno a esas horas. Ahora había un puñado de clientes abúlicos, diseminados en las mesas, lamentando a media voz que la canícula estuviera matando a todos. En una esquina figuraba Roberts, un viejo de Chicago que desde hacía décadas vivía en la ciudad, tras haberse estrellado cerca la avioneta en que viajaba, cargado de droga que no pudo vender a capos locales, pues éstos la tomaron con tranquilidad del sitio del accidente y dieron al piloto por muerto. Como no fue así, se internó en la ciudad, alteró su apariencia y, como hablaba español mal que bien, decidió quedarse. Encantado por lo que los más viejos residentes le contaban, se autonombró cronista y empezó a publicar sus “crónicas” en el diario citadino que, por cierto, pertenecía a Escobedo. Vio a Suárez e hizo una mueca acaso de gusto.<br />
Suárez no vio a Juanjo tras la barra; en su lugar había una señora regordeta, con gesto displicente. Suárez preguntó por aquél y se enteró de que había muerto de calor, mientras volvía de Texas; perdió al sentido al ingresar en la ciudad y se estrelló contra un poste. Se determinó que ya estaba muerto por culpa de la maldita canícula. Suárez se limpió el sudor de la cara (que volvió a empaparse) con una servilleta y ordenó una cerveza, agregando que nunca sabría por dónde empezar a buscar a Yolanda. Lo dijo porque Juanjo se enteraba de todo, tanto por ser un chismoso como porque todo el mundo le contaba lo que ocurría y dejaba de ocurrir en la ciudad. La regordeta encogió los hombros, cumplió la orden y se alejó.<br />
—Yo te puedo ayudar —oyó Suárez.<br />
Era Roberts, que se había colocado junto a aquél, sonriendo.<br />
—¿No te acuerdas de mí? —preguntó Roberts—. Te conozco desde que eras niño, igual que a Yolanda. Buy me a beer y te contaré cosas.<br />
—¿Qué cosas? —dijo Suárez—. ¿Quién diablos es usted?<br />
—El cronista. Todos me conocen. Tú también, pero no te acuerdas.<br />
—Ha de ser el calor.<br />
Llamó a la tabernera y le ordenó una cerveza para Roberts. La mujer miró con desprecio a “ese gringo” y, de mala gana, llenó un tarro con cerveza de barril y, de peor modo, lo puso ante el cronista, que bebió un largo sorbo antes de continuar.<br />
—Esta canícula es culpa de Guzmán, el brujo que conoció Yolanda en el manicomio.<br />
—Nadie me dijo que era brujo.<br />
—Pero ¿has oído de él?<br />
—Sí, por don Rafael. Me dijo que ese cabrón se llevó a Yolanda y quiere que yo la recupere. Hágame el favor.<br />
—Yolanda está en la ciudad. ¿Dónde? Quién sabe. Antes de que todos los policías murieran de calor o huyeran, investigaron en la aduana y se supo que ella no había cruzado la frontera. Además, aquí la buscaron casa por casa y tienda por tienda, y no la hallaron.<br />
—Pero está en la ciudad.<br />
—Todavía no termino.<br />
Sobrevino el silencio. Roberts veía extrañamente el tarro vacío. Suárez entendió y pidió que se lo rellenaran. Otra vez aprovisionado, el cronista prosiguió:<br />
—Investigué en el manicomio y descubrí que Guzmán is fuckin’ crazy, man! Se siente la reencarnación de Adolfo Constanzo, de quien habrás oído.<br />
—Jamás.<br />
—Un bastard que se creía hechicero, pero en realidad era serial killer y drug dealer. Sembró el terror en esta ciudad, formando un culto de drogotas que empezaron a realizar sacrificios humanos. El problema comenzó cuando se les ocurrió matar a un american. La policía de aquí se movió porque los presionó Texas, así que se largaron a Mexico City, donde lo mataron a tiros. Guzmán cree que Constanzo reencarnó en él, así que comenzó a formar su culto y sedujo a Yolanda.<br />
Suárez se había preocupado.<br />
—¿Y han matado gente?<br />
—Claro, desatando la canícula. Así evitan que los declaren culpables.<br />
—¿Qué pendejada es ésa?<br />
—Chill out. ¡Otra cerveza, woman!<br />
—¿Se la invita? —preguntó la fulana a Suárez, que asintió.<br />
Roberts bebió medio tarro antes de proseguir.<br />
—Guzmán es un brujo de verdad, sabe de ocultismo como no te imaginas, buddy. Halló libros que le enseñaron a dominar el clima de la ciudad. El problema fue que desapareció en cuanto trajo el calor del infierno.<br />
Suárez se había rascado una sien.<br />
—O sea —balbuceó—, o sea que este calor fue provocado por él.<br />
—Right.<br />
—Ya bebiste mucho —Suárez se levantó—. Me voy, friend. Tengo una chica que encontrar.<br />
—Yo no había terminado.<br />
Suárez arrojó dinero a la barra y se encaminó a la salida.<br />
—Wait! —gritó Roberts y corrió tras él, al tiempo que decía: —El hechizo tuvo éxito. Al principio se creyó que todo era causa del cambio climático, pero después resultó que no. Then, alguien pensó que los dueños de las maquiladoras, siguiendo un plan de los americans, se habían aliado con el government para probar en este sitio un arma de destrucción masiva, que alterara el clima para matar a todos de calor. Mr. President se enteró de esto y se burló de todo México por creer tal patraña. Al final no hubo más remedio que creerme.<br />
Recorrían la calle vacía, ebrios de calor. Se metieron a una tienda de helados para sentir un poco de frío. Nadie atendía el local. Roberts abrió un refrigerador y tomó una paleta; le dio una mordida y prosiguió:<br />
—Publiqué una crónica donde hablé de Guzmán y sus aficiones; los libros que encontró son originales; desaparecieron del manicomio donde estaba. ¿Sabes quién los había ocultado ahí? Yo tampoco, por lo que mi crónica quedó incompleta. Anyway, sin duda por esos libros supo cómo provocar este calor y dónde refugiarse para evitarlo.<br />
Suárez encendió un cigarrillo. Todavía nadie aparecía para atenderlos. Miraron la calle vacía un rato.<br />
—Si lo que dices es cierto —dijo Suárez—, sólo tengo que saber dónde chingados se refugiaron, ¿no? Ahí estará la puta de Yolanda; la voy a agarrar de los pelos para llevarla con su papi. ¡A ver si así dejan de chingarme!<br />
—Easy —dijo Roberts—. ¿Dónde te esconderías para evitar este calor?<br />
—No me escondería. ¡Me largaría!<br />
—Pero ya te dije que no se probó que ellos se hubieran ido. Además, han de querer ser testigos de su maldad.<br />
—No estoy para adivinanzas. ¿Sabes dónde se escondieron o no?<br />
—¿Conoces el taller de Manolo?<br />
—Sí, pero no recuerdo dónde queda. ¿Ahí se ocultaron?<br />
—Let me finish! —manoteó Roberts—. Lo que te voy a decir te pondrá los pelos de punta. Debajo de esta ciudad hay otra, más antigua de lo que te imaginas. Lo supe porque, antes de la canícula, la policía y la DEA le cayeron de sorpresa a Manolo; les habían avisado que en su taller había un túnel que llevaba al otro lado…<br />
—La ciudad está llena de esos túneles, friend.<br />
—Chill out! Éste no era túnel de narcos, buddy, sino la entrada a la otra ciudad. Piensa en Agartha, en Shamballa…<br />
—¿Qué?<br />
—Algunos policías fueron a investigar, pero nunca volvieron; un american agent también fue, pero en lugar de regresar mandó un mensaje por radio: que nadie más intentara bajar a la otra ciudad.<br />
—Buen cuento.<br />
—¿Cuál cuento? —se indignó Roberts—. Es obvio que ese agent fue tomado como rehén. La única explicación es que Guzmán y Yolanda están allá abajo. ¡Sólo tienes que ir!<br />
Suárez creyó que ya había oído suficiente. Se alejó sin decir esta boca es mía, y celebró en su fuero interno que el cronista no lo siguiera esta vez. Las calles vacías no parecían un lugar digno para morir; cada vez que sentía que el calor lo haría desmayarse, se metía en cualquier local para que el aire acondicionado lo reanimara. Había decidido continuar la búsqueda al día siguiente; de momento quería volver a casa y dormir, al amparo del aire acondicionado y sin pensar en las tonterías que acababa de escuchar.<br />
Iba a pasar de una esquina a otra cuando se quedó inmóvil, con la vista fija en un zaguán abierto, cuyo interior estaba débilmente iluminado por un foco amarillento. Abundaba la parafernalia de los mecánicos y el aceite manchaba toda pared y el techo y el suelo. Era el taller de Manolo. Suárez apretó el paso porque el calor se empeñaba en aniquilarlo; cruzó el umbral y pasó un cuarto de hora ante dos viejos ventiladores, lo cual suponía que el local no tenía aire acondicionado. No había rastro de Manolo. Suárez lo llamó a voces, se acercó a una puerta estrecha que parecía dar a una vivienda; entró, seguro de que ahí vivía el mecánico. El calor era infernal, máxime que no había aire acondicionado. Además, hedía a putrefacción. Suárez se hubiera largado de no ser porque vio de refilón algo que yacía al pie de un baño: era el cadáver de Manolo, con un orificio de bala en la sien.<br />
Tanto daba que lo hubieran matado o se hubiera suicidado. Suárez sólo pensó en irse. Sin embargo, advirtió varias cosas: en lugar de tina había un boquete, en la mano derecha de Manolo destacaba un revólver y junto al excusado figuraba una linterna. Suárez no perdió el tiempo en conjeturas; tomó el arma y la linterna y se acercó al boquete, iluminando una especie de escalera cuyos peldaños se perdían en la oscuridad. Decidió actuar deprisa; andar hasta toparse con Guzmán y Yolanda, amagar o matar al primero y llevarse a la segunda de regreso a casa.<br />
Emprendió la marcha, sin entender de dónde diablos provenía el aire que respiraba; iba por una galería de roca perfectamente tallada y de más de dos metros de altura y lo bastante ancha para que cupieran dos personas hombro con hombro. Ciudad o no, aquella profundidad contenía una serie de cámaras, que Suárez examinó a la débil luz de su linterna para pillar a los desaparecidos. Lo único que encontró fueron estructuras estrambóticas, que parecían púlpitos o altares, así como extraños caracteres en los muros. Tras haber recorrido medio kilómetro divisó luminosidad a lo lejos; apretó el paso y no dudó que más allá había fuego, sin duda de antorchas. La locura de Guzmán lo habría llevado a escenificar a saber qué ritual para dementes.<br />
Cuál no sería su sorpresa cuando, después de salvar un pasadizo muy estrecho, desembocó en una gran cámara circular, donde había mucha gente, así como antorchas en anillas adosadas al muro. Identificó de inmediato caras conocidas: Escobedo, Ramos y Yolanda. Ellos y muchos otros formaban un semicírculo en torno a un raro atril, donde había un libro desplegado y, ante él, un tipo flaco, de pelo largo, gesto alelado, boca entornada y ojos vivaces. Guzmán, sin duda. También se estremeció al ver, entre él y la muchedumbre, el cadáver mutilado de Romina, aquella asesina que había tratado de matarlo en la capital. ¿Cómo diablos había llegado ahí?<br />
—Era necesario que descubrieras por tu cuenta el túnel —dijo Escobedo—. Esa que ves ahí —señaló el cadáver con el mentón— te buscó por todos lados y por casualidad encontró la entrada al túnel. Supongo que Manolo está muerto, porque sólo así la hubiera dejado pasar.<br />
—Yo creo que Manolo se suicidó —dijo Suárez, para notar que aún podía hablar.<br />
—Nah —mencionó alguien a sus espaldas—. Ella lo mató mientras forcejeaban para que él soltara el revolver ese que traes.<br />
Era Roberts, que pasó de largo a Suárez y se acomodó junto a Guzmán.<br />
—¿Qué carajos pasa? —dijo Suárez, temblando sin querer.<br />
—Ni te molestes en usar la pistola —dijo Ramos—. Está descargada. Durante el forcejeo se disparó hasta quedar vacía.<br />
Suárez vio la pistola, examinó el cilindro, corroboró la información. La tiró al suelo.<br />
—¿Alguien puede explicarme…? —empezó.<br />
—Yo lo haré —dijo Yolanda, avanzando hacia él cruzada de brazos y con cara de pocos amigos.<br />
¡Cómo había cambiado! Seguía tan atractiva y excitante como antes, pero ya no era la misma. Algo en su semblante, en su mirada, delataba una transformación interior, la pérdida de la pureza que había mostrado antaño, cuando había aceptado ser la esposa de Suárez. Quedó muy cerca de él y lo fulminó con la mirada.<br />
—El libro no puede equivocarse —dijo—. Al principio pudimos desencadenar la canícula para acelerar los sacrificios a nuestro dios, pero la ciudad comenzó a vaciarse. No podemos repetir la fórmula en ningún otro lado, así que debemos contener el calor para repoblar; ya sacrificaremos a otros, cuando se crea que esto fue sólo un golpe de calor.<br />
Suárez había estado tragando saliva.<br />
—¿Qué…? —balbuceó—. ¿Qué es toda esta locura? ¿De qué hablas? Tu padre me pidió que te hallara…<br />
—Nunca estuvo perdida —dijo Escobedo—, como ves. Te lo hice creer para que la culpa te obligara a llegar hasta aquí.<br />
—¿La culpa?<br />
—¿Ya olvidaste que desapareciste justo antes de nuestra boda? —preguntó Yolanda.<br />
—No, pero…<br />
—Claro que no te sentías culpable —dijo Guzmán, cuya voz tiraba a gangosa—. ¡Qué te ibas a sentir así! Pero dejaste un sacramento en suspenso, y ése es el requisito que demanda el libro. Tú eres la clave para resolver nuestros problemas.<br />
—Think about it —dijo Roberts con aire docto—. ¡Te sacrificarás por tu gente! Piensa en que así pagarás por lo que le hiciste a Yolanda.<br />
—La verdad, Yolanda —dijo Suárez, pésimo actor, tomándola por los hombros—, me fui sin pensar… No me sentía preparado para casarme. Pero puedo demostrarte…<br />
Yolanda lo apartó con asco y retrocedió al tiempo que Ramos, a zancadas, se acercaba a Suárez para propinarle un puñetazo. Lo tiró al suelo, donde se agitó un poco, tomándose la cara y gimiendo. Entonces sintió que el suelo se movía, y supo que no era debido al golpe recién recibido: el suelo de la cámara giraba; se detuvo en cierto momento.<br />
—¡No está en posición! —alegó Guzmán.<br />
—Me encargaré —dijo Yolanda, acercándose a Suárez —aún tirado— y empujándolo por brazos y espalda para hacerlo rodar y quedar tendido sobre un espacio oblongo, al tiempo que le susurraba toda clase de reclamos por haberla dejado plantada antes de la boda; hizo mucho hincapié en el “ridículo” que había hecho ante sus amigas.<br />
Suárez acabó de espaldas sobre una trampa de piedra; iba a incorporarse cuando ésta cedió, abriéndose por uno de sus extremos para que el infeliz cayera de cabeza, entre alaridos pavorosos, en un mar de fuego que lo quemaría vivo para siempre.<br />
Los sectarios repitieron una suerte de oración después de Guzmán y se fueron en paz. En la calle notaron que el calor empezaba a ceder.</p>
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		<title>El Proceso</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Nov 2011 07:53:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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		<category><![CDATA[El Proceso]]></category>

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		<description><![CDATA[La niebla es densa sobre el bosque. -¡JOANA AF ARCUS! Lo grita, aunque ella está justo delante de él y los demás miembros del tribunal. Acaso Jacere Bella quiere hacer un efecto tremebundo con su manteo rojo, la insignia del road. Y es verdad que parece Sesteorra con su cara aguileña y sus pálidas muñecas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-4051 alignleft" title="hombre de miedo" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/11/hombre-de-miedo.jpg" alt="" width="423" height="317" />La niebla es densa sobre el bosque.</p>
<p>-¡JOANA AF ARCUS!</p>
<p>Lo grita, aunque ella está justo delante de él y los demás miembros del tribunal. Acaso Jacere Bella quiere hacer un efecto tremebundo con su manteo rojo, la insignia del road. Y es verdad que parece Sesteorra con su cara aguileña y sus pálidas muñecas.</p>
<p>A su lado derecha está Cornu Capere, a su izquierda Gurle. Al lado de él está la reina Ebbian.</p>
<p>-¿El hombre no se tendría que elevar de la tierra redonda con las alas de El que le dio vida? -continua Bella, y Cornu le da la razón, pálido, respirando con dificultad. Fader menea la cabeza en una nube de pelo blanco como un pollito recién empollado, y Ebbian muele con las mandíbulas.</p>
<p>-¿El hombre no se tendría que elevar de la tierra *redonda*, Joana Arcus? Así escribe Mattuc, para quien apareció Sevengran durante cuatro días. Eso es lo que el dios ha dicho al oído del profeta. ¿Tú crees esto, Joana?</p>
<p>-¿Si creo qué?</p>
<p>Capere interrumpe con una pequeña sonrisa.<span id="more-2054"></span></p>
<p>-¿Si crees que la tierra es redonda?</p>
<p>-Mis deliberaciones anteriores indican lo contrario.</p>
<p>-Lo *contrario* &#8230; -dice Gurle con énfasis.</p>
<p>Joana alza mirada hacia él.</p>
<p>-La tierra es plana, sen. Plana, es cosa resuelta, descontada y sin chispa de duda si me pregunta a mí, sen.</p>
<p>-¿El profeta Mattuc *miente*, por lo tanto? -pregunta Jacere.</p>
<p>-¡El profeta Mattuc se equivoca, sen, de eso estoy convencida!</p>
<p>-¡O sea que Sevengran se equivoca!</p>
<p>Capere vuelve a interponerse.</p>
<p>-Pero Joana, si todo el mundo sabe que la tierra es redonda. Es demostrado. ¿Acaso no vimos la nave de Axia Dufa, sumergiéndose lentamente en el horizonte como bajaba de la esfera y fue invisible para nuestros ojos?</p>
<p>-Sancire Mary se hundió en aguas profundas pocas horas después de haber zarpado del puerto. Era eso lo que vimos.</p>
<p>-¡Pero no hemos encontrado ningunos restos del naufragio!</p>
<p>-Nadie los ha buscado.</p>
<p>Cornu menea la cabeza.</p>
<p>-O sea, que afirmas que la tierra es plana como una tabla. ¿Pero qué hay debajo de la tabla?</p>
<p>-Nada, sen. Tanto como no hay nada encima de la bóveda celeste.</p>
<p>-La bóveda celeste &#8230;</p>
<p>-Yo creo que la bóveda celeste, sen, es un hemisferio guarnecido por dentro con pequeños cuerpos luminosas, es decir el sol, la luna y las estrellas &#8230;</p>
<p>De repente, Jacere Bella se levanta. -¡Esto es blasfemia! El espacio es infinito. ¡En su Dialegesthai, Gealla ha demostrado que el sol y las estrellas son piedras incandescentes!</p>
<p>Capere le hace un señal para hacerle callar. Luego pregunta: -Joana, ¿no comprendes cuánto daño puede causar esta doctrina si será conocida?</p>
<p>-Es la verdad &#8230;</p>
<p>Capere hace un gesto al oír la palabra. -La verdad &#8211; la verdad no siempre es &#8211; lo más sano para el hombre. Tu doctrina minará toda la autoridad de la Iglesia &#8230;</p>
<p>-¡Esto es la obra de Monssuno! -grita Gurle.</p>
<p>&#8230; ¿no lo ves? El mandato del dios al hombre es la humildad, humildad frente a las profundidades del universo. Somos infinitamente pequeños.</p>
<p>Pero tu concepto del mundo hace que el hombre es inmenso, lo convierte en alguna clase de Dios en un universo limitado que domina por completo.</p>
<p>Entonces, el hombre no dirá a sí mismo: ¡Mirad, soy grande! Para qué me sirve la iglesia? ¿Para qué me sirve Dios?</p>
<p>Y una vez que haya empezado a pensar así, no pensará: ¿Por qué voy a hacerle caso a mi prójimo? ¿Si no hay nadie para castigar, ni nadie para premiar?</p>
<p>¿No ves que tu doctrina, Joana, es el ateísmo más ingeniado, es hostilidad contra el Estado, un llamamiento a la revolución y al asesinato?</p>
<p>-¡Pero es la verdad!</p>
<p>-Bien puede ser la verdad. ¡Pero créeme, ser pequeño en un universo grande es mejor para el hombre que lo contrario!</p>
<p>Joana alza la mirada hacia las enfurecidas caras. Entonces dice: -Todos estáis equivocados. Capere Cornu, sen, con todo respeto: ¿Qué es el resultado de vuestro concepto del mundo?</p>
<p>¿Si acaso Seweorold no ha quebrantado el barco de Axia Dufa, qué pasa si éste circumnavigue la tierra y vuelva a las costas de Typtein? ¿Entonces no iréis a buscar a otros reinos en este globo?</p>
<p>-Aprenderemos de otros pueblos. Coexistiremos con ellos en comprensión mutua. Aceptaremos su forma de vivir y no les impondremos la nuestra.</p>
<p>-Muy bien.</p>
<p>¿Pero cuando todos los países del mundo estén explorados?</p>
<p>¿Entonces no aprenderéis a volar, no sólo en el espíritu, como os enseño Sevengran, sino en la carne?</p>
<p>¿No iréis en busca de otros globos en el infinito universo que habéis inventado?</p>
<p>¿No averiguaréis qué fortuitos son los acontecimientos que han inspirado al cachito de polvo al que llamamos la Humanidad?</p>
<p>¿No os convertiréis en miles de millones de niños, berreando, arremolinando entre el universo y la nada?</p>
<p>¿Qué crees tú, Capere Cornu, que el hombre pensará de su vida, y cómo crees que lo va a consumir cuando ya no es el arquitecto y gobernador del mundo, sino un insignificante insecto en una desconocida despensa?</p>
<p>¿No la malgastará, lleno de aburrimiento y aborrecimiento? ¿No la malgastará en guerras disparatadas sobre afirmaciones disparatadas?</p>
<p>¿No renunciará a comprender y dominar el mundo, no hará un círculo estrecho en torno suyo, muchísimo más estrecho que la Bóveda Celeste y la tierra plana, tan estrecha como la distancia de su cama a su ventana?</p>
<p>Y cuando lo que ve a través de la ventana le resulta incomprensible, no acabará cansándose de eso y cubrirá su ventana, o la traerá para dentro, en el comedor, así que sólo podrá ver en ella su propio empapelado?</p>
<p>¿No habrán hombres que ganarán su pan fabricando imágenes de ensueño que él verá por su falso vidrio?</p>
<p>¿No empezará a hablar de manuscritos y papeles en vez de vida y mundos? ¿No empezará a hablar de &#8220;papeles del hombre y de la mujer&#8221;, &#8220;papeles del grupo&#8221; y &#8220;papeles heroicos&#8221;, como si la EXISTENCIA fuera un juego de niños en vez de una sangrienta, viva realidad? ¿Acaso no se perderá y morirá entre sus réplicas? ¿El mundo no será destruido, pulverizado?</p>
<p>Primero intentará amar la mujer desnuda en el vidrio. ¡PERO ES CRISTAL! Luego sentirá compasión por las víctimas de guerra y niños hambrientos de continentes lejanos. ¡PERO ES CRISTAL, CRISTAL, CRISTAL!</p>
<p>¡Matadores, asesinos, puercos, vosotros que quitáis el hombre del hombre, la vida de la vida, el mundo del mundo! ¿Cuál de vuestros dioses os tendrá que perdonar la iniquidad que hacéis contra el hombre?</p>
<p>Coged al hombre como un grano de polvo y tiradlo en vuestro infinito universo como uno puede tirar un trapo que es demasiado sucio. ¡Dadles ilustración! ILUSTRACIÓN, sen, dadles ilustración &#8230; Llevadme a la hoguera. Aquí está la tierra; Aquí estoy yo, de pie en ella, no puedo hacer otra cosa y es *plana*.</p>
<p>Hay silencio. Capere se queda callado. Parecía incluso más cortado que lo habitual. Jacere da vueltas a un dedo en una trenza, Gurle ha desaparecido por completo en su velloso nido.</p>
<p>Joana Af Arcus alza la mirada hacia el tribunal.</p>
<p>Entonces dice: -¿Por qué estoy hablando a vosotros? ¡Si no sois más que una vieja baraja!</p>
<p>-¡Cortenle la cabeza! -grita la reina.</p>
<p>Pero ha desaparecido.</p>
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		<title>El señor que vivio con una bruja</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Sep 2011 04:43:26 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Habia una vez un señor que se enamoro de una muchacha muy bonita, pero cierto dia el señor se fue a tomar cervezas con sus conpadres y le dijeron que su novia era una bruja y que en la noche se convertia en cualquier animal. Tambien le aconsejaron que en la noche la espiara para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/09/bruja10.jpg" alt="" width="553" height="415" /><br />
Habia una vez un señor que se enamoro de una muchacha muy bonita, pero cierto dia el señor se fue a tomar cervezas con sus conpadres y le dijeron que su novia era una bruja y que en la noche se convertia en cualquier animal. Tambien le aconsejaron que en la noche la espiara para comprobar que era cierto.</p>
<p>El señor la espio en la noche pero el sueño lo vencia y se quedaba dormido. Entonces el señor fue a ver a una señora que era bruja. Ella le dijo que para ver a su novia se pusiera un escapulario y que cuando la muchacha se quitara su cuero de mujer, que al cuero le echara sal.</p>
<p>En la noche el señor se puso un escapulario y cuando la muchacha se levanto la siguio hasta un arbol de aguacate. Ahi la muchacha se quito el cuero de mujer y se convirtio en lechusa. El señor espero a que se fuera alejara. Y cuando se fue el animal, el señor le echo sal a el cuero de mujer.</p>
<p>Cuando la muchacha regreso y se puso el cuero de mujer la muchacha se revolco y lloraba del dolor.</p>
<p>SE CUENTA QUE CUANDO LA GENTE PASA POR ESE LUGAR SE APARECE LA MUCHACHA REVOLCANDOSE Y LLORANDO DEL DOLOR.</p>
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		<title>El sombreruo</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Aug 2011 01:32:38 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-3757 aligncenter" title="el_sombrero" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/08/el_sombrero.jpg" alt="" width="400" height="348" /> Esta historia paso en el pueblo de boca de uchire en el año 2000.</p>
<p>Esta historia me la an contando varios familiares mios. La primera vez le pasó a mi tio Henry el estaba llegando de una fiesta y para llegar a la casa dónde el dormía avia que pasar un poco de árboles cuando ya iba a llegar sintió que alguien lo observa cuando voltio no avia nadie pero cuando mira hacia arriba en la copa de los árboles. El dijo (vi a un hombre en la copa de los árboles y era alto bueno alto por que volaba no tenia piernas tenia un sombrero grande y nunca se dejaba ver el rostro) de hay el salio corriendo y se lo contó a la familia sus hermanos y sus tios dudaban.</p>
<p>Hasta que un dia los tios y sus hermanos estaban llegando de una fiesta cuando estaban por los árboles a las 3:03 sintieron que los observaban miraron en la copa de los árboles y allí estaba en el hombre que los observaba salieron corriendo y el hombre empezó a perseguirlos pero no los alcanzo le contaron a la familia y mi tio les dijo ¡Vieron que yo no mentia cuando se los dije! Todavía lo siguen viendo y lo apodan el (Sombreruo) por el sombrero que tiene.</p>
<p class="autor">Colaborador: Mariams</p>
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		<title>Leyendas Sobre Gatos</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jul 2011 09:41:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Como en otros espantos andinos, el gato es parte de la asociación del concepto cristiano de muerte y condenación con las concepciones mágico religiosas de los aborígenes, en una reelaboración cuyo proceso aún continúa. Los cuentos de gatos, especialmente los gatos negros, pero también los romanos (plomos), son frecuentes en la zona andina. En ellos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-3571" title="leyendadegatos" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/07/leyendadegatos.jpg" alt="" width="415" height="283" /></p>
<p>Como en otros espantos andinos, el gato es parte de la asociación del concepto cristiano de muerte y condenación con las concepciones mágico religiosas de los aborígenes, en una reelaboración cuyo proceso aún continúa.</p>
<p>Los cuentos de gatos, especialmente los gatos negros, pero también los romanos (plomos), son frecuentes en la zona andina. En ellos se presenta a estos animales como demonios que vienen a llevarse a los condenados; o como agentes del diablo que con sus maldades hacen pelear los mejores matrimonios; o como individuo vinculado a los poderes ocultos de la naturaleza.</p>
<p>Cuando uno tiene un gato en casa, ningún condenado se atreverá a atacar. Por eso se dice que el gato es el demonio a quien el alma respeta. Pero hay que tener mucho cuidado, porque el propio gato puede ser el interesado en llevarte a los infiernos. Ha habido muchos casos en que el gato ha matado a sus dueños. Cuando el gato mata a alguien, se lleva su cadáver, vuelve y sigue matando a todos los que viven en esa casa. Pero si no se puede llevar el cadáver, es el gato el que desaparece. Para evitar que el gato mate a sus dueños o un demonio se apodere de él, lo mejor es bautizarlo. Para bautizarlo hay que cortarle, cuando todavía es cachorro, la punta del rabo y de las orejas.<span id="more-1813"></span></p>
<p>El gato negro es el más peligroso. El gato negro, cuando lo maltrata su dueño, se transforma en candela a las doce de la noche y al caminar deja en sus huellas chispas de fuego. Se dice que nunca muere en casa de su dueño, sino que va a dejar sus restos en lugares apartados, como son las cuevas, las quebradas, etc. Cuando se va este animal, nadie lo ve porque va a unirse con el diablo y su alma vuelve cada 15 días, durante los cuales el dueño está fastidiado porque en la noche ve candelas en la casa. Tiene que pedirle protección a San Honorato cara de gato. A los gatos les gusta practicar «funerales». Uno de ellos se hace el muerto y el resto lo carga. Esta acción de los gatos es de mal agüero, por lo que es necesario hacer el «chique» para contrarestar. «Chique» viene del verbo «chiquiar», que significa dejar sin efecto la intención maligna. Para lograrlo hay que matar a los gatos que han estado practicando el funeral, o por lo menos a uno. Si no se logra, algún conocido será el que muera.</p>
<p>Se le presenta también muy a menudo celebrando asambleas con el diablo. Ver Arguedas 1953: 193-217.</p>
<p>En casa de una familia había muerto un gato romano. Nadie pensaba en darle sepultura, sino que lo botaron al techo. Pero en la noche, cuando todos dormían, en la casa se escuchó una orquesta en el techo.</p>
<p>Impulsados por la curiosidad se levantaron a esa hora y salieron a ver lo que ocurría y vieron que en el techo había muchos gatos que tocaban sus instrumentos alrededor del gato muerto. Éste empezó a revivir, moviendo primero la cola, luego alzó la cabeza y por último se levantó y se fue bailando al son de la música.</p>
<p>Se dice que estos gatos fueron diablos.</p>
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		<title>Wendigo</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Mar 2011 23:29:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos de Terror]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2011/03/062.jpg" alt="" /></p>
<p>El Wendigo</p>
<p>Algernon Blackwood</p>
<p>I</p>
<p>Aquel año se organizaron numerosas partidas de caza, pero apenas si se llegó a descubrir rastro alguno; los alces parecían excepcionalmente tímidos aquella temporada y los chasqueados Nemrods regresaron al seno de sus respectivas familias formulando las mejores excusas que se les ocurrieron. El doctor Cathcart, como otros muchos, regresó sin un solo trofeo. Pero trajo, en cambio, el recuerdo de una experiencia que, según confiesa, vale por todos los alces cazados en su vida. Y es que Cathcart, de Aberdeen, aparte de los alces, estaba interesado en otras cosas; entre ellas, en las extravagancias de la mente humana. Sin embargo, esta singular historia no figura en su libro La Alucinación colectiva por la sencilla razón de que (así lo confesó una vez a un colega suyo) vivió los hechos demasiado de cerca para poder opinar con entera objetividad&#8230;<span id="more-2931"></span><br />
Además de él y de su guía Hank Davis, iban el joven Simpson, su sobrino, que era estudiante de teología y visitaba por primera vez los apartados bosques del Canadá, y el guía de éste, Défago. Joseph Défago era un franco-canadiense que había huido de su originaria provincia de Quebec años antes, y había conseguido trabajo en Rat Portage, cuando el Canadian Pacific Railway estaba en construcción. Era un hombre que, además de sus incomparables conocimientos sobre bosques y monte bajo, sabía cantar viejas canciones de viajeros y narrar emocionantes historias de caza. Por otra parte, era profundamente sensible al encanto singular que posee la naturaleza salvaje y solitaria de ciertos parajes, y sentía por esa soledad una especie de pasión romántica que rayaba en lo obsesivo. La vida de los bosques le fascinaba. De ahí, sin duda, la certera perspicacia con que era capaz de desentrañar sus misterios.<br />
Fue Hank quien lo escogió para esta expedición. Hank lo conocía ya, y tenía plena confianza en él. Y él le correspondía del mismo modo, «como buen compadre». Tenía un vocabulario salpicado de juramentos pintorescos, aunque totalmente carentes de significado, y la conversación entre los dos fornidos cazadores a menudo subía de tono. Hank trataba de paliar esta riada de exabruptos por respeto a su viejo «patrón de caza», el doctor Cathcart -a quien llamaba «Doc», según costumbre del país-, y también porque sabía que el joven Simpson era ya « medio cura». Con todo, Défago tenía un defecto y solo uno, a juicio suyo, y era que, como franco-canadiense, daba muestras de lo que Hank definía como «un maldito carácter»; esto significaba, al parecer, que a veces se comportaba como genuino tipo latino y tenía arrebatos de sordo mal humor en los que nadie en el mundo era capaz de sacarle una palabra. Hay que decir que Défago era imaginativo y melancólico, y por lo general, las estancias demasiado largas en la «civilización» parecían originarle esos accesos, ya que le bastaban unos pocos días en despoblado para curarse por completo.<br />
Estos eran, pues, los cuatro expedicionarios que se encontraban en el campamento durante la última semana del mes de octubre de aquel «año de alces tímidos», en la región de selvática espesura que se extiende, abandonada y solitaria, al norte de Rat Portage. También estaba Punk, un cocinero indio que siempre había acompañado al doctor Cathcart y a Hank en sus cacerías de años anteriores. Su trabajo consistía únicamente en permanecer en el campamento, pescar y preparar las tajadas de carne de venado y el café. Iba vestido con las ropas usadas que le daban sus amos y, aparte su cabello negro y espeso y su tez oscura, con aquella indumentaria de ciudad se parecía tanto a un piel roja como un blanco disfrazado de negro a un africano auténtico. A pesar de eso, Punk poseía aún los instintos de su raza moribunda: su silencio reservado y su gran resistencia. Y también sus supersticiones.<br />
El grupo, sentado alrededor del fuego, se sentía desanimado aquella noche porque había pasado una semana sin descubrir un solo rastro de alce. Défago había cantado su canción y había comenzado uno de sus relatos. Pero Hank, de mal humor, le recordaba tan a menudo que «lo estás contando mal, no fue así», que el «francés» se hundió finalmente en un hosco silencio del que nada probablemente podría sacarle ya. El doctor Cathcart y su sobrino estaban cansados, después del día agotador. Punk estuvo fregando los platos y rezongando para sus adentros bajo el sombrajo de ramas, donde más tarde acabó por dormirse. Nadie se molestaba en reavivar el fuego que lentamente se consumía. Allá arriba, las estrellas brillaban en un cielo completamente invernal; y hacía tan poco viento, que comenzaban ya, solapadamente, a helarse las orillas del lago que se extendía a sus espaldas. El silencio de la inmensidad del bosque se desplegaba en torno para envolverlos.<br />
De pronto, lo quebró inesperadamente la voz nasal de Hank:<br />
-Deberíamos intentarlo por otra zona, Doc -exclamó con energía mirando a su patrón-. Por aquí ya se ve que no tenemos maldita la suerte.<br />
-Vale -dijo Cathcart, que era hombre de pocas palabras-. Buena idea.<br />
-Claro que es buena -continuó Hank con confianza-. ¿Qué tal si, para variar, diésemos una batida hacia el oeste, por el camino de Garden Lake? Aún no hemos explorado esa zona solitaria.<br />
-De acuerdo.<br />
-Y tú, Défago, te llevas al señorito Simpson en la canoa, cruzas el remanso, pasas el Lago de las Cincuenta Islas, y haces un buen ojeo por la orilla sur. El año pasado estaba aquello lleno de alces, y por lo que llevamos visto hasta ahora, puede que también lo esté ahora, nada más que para fastidiarnos.<br />
Défago, con los ojos clavados en el fuego, no dijo nada. Probablemente estaba ofendido aún por la interrupción de su relato.<br />
-Por esa parte no se ha visto ningún alce este año, ¡me apuesto mi último dólar! -añadió Hank con énfasis. Miraba a su patrón con astucia-. Mejor sería recoger la tienda y alejarnos un par de noches -concluyó, como si el asunto estuviera definitivamente decidido.<br />
A Hank se le reconocía una gran competencia para organizar cacerías, y era el encargado de esta expedición.<br />
Para todo el mundo estaba claro que Défago no aprobaba el plan, pero su silencio parecía dar a entender algo más que una simple desaprobación. Por su sensitivo rostro atezado cruzó una curiosa expresión, como un fugaz resplandor de llamas, que no pasó desapercibido para los tres hombres que estaban allí.<br />
-Me parece que tiene miedo por alguna razón -comentaría Simpson más tarde, una vez solos su tío y él en la tienda que compartían. El doctor Cathcart no replicó inmediatamente, aunque pareció interesarse y tomar nota mentalmente de la observación. La expresión de Défago le había causado una pasajera inquietud, sin motivo aparente a la sazón.<br />
Pero Hank, como era natural, fue el primero en observarla; y lo extraño fue que, en lugar de irritarse o ponerse furioso por la falta de interés del otro, comenzara inmediatamente a gastarle bromas.<br />
-Me parece a mí que no hay ninguna razón especial para que vayamos allí este año -dijo, con cierta ironía en el tono-; ¡al menos, no la razón que quieres dar a entender! El año pasado fue el incendio lo que contuvo a la gente. Este año me parece que&#8230; que la gente ya no quiere ir. ¡Eso es todo! -su actitud trataba de ser alentadora.<br />
Joseph Défago alzó los ojos un momento, y luego los bajó otra vez. Una ráfaga de viento se deslizó por el bosque avivando los rescoldos y levantando llamas pasajeras. El doctor Cathcart observó nuevamente el semblante del guía, y tampoco esta vez le agradó su expresión. Le traicionaba su mirada. Por un instante, vio en aquellos ojos el destello de un hombre verdaderamente asustado. Esto le inquietó más de lo que le habría gustado admitir.<br />
-¿Hay indios peligrosos en esa dirección? -preguntó con una sonrisa conciliadora, en tanto que Simpson, demasiado soñoliento para percatarse de estas sutilezas, se marchaba a la cama con un prodigioso bostezo- ¿o&#8230; o pasa algo? -añadió, cuando su sobrino ya no podía oírle.<br />
Hank le miró con menos franqueza que de costumbre.<br />
-Está asustado -exclamó, fingiendo buen humor-. está asustado por algún cuento de hadas que le han contado. Eso es todo, ¿eh, viejo? -y le dio amistosamente en el pie que tenía más cercano al fuego.<br />
Défago alzó los ojos con rapidez, como si le hubieran interrumpido algún sueño, de un sueño que, sin embargo, no le había abstraído de todo lo que pasaba a su alrededor.<br />
-¿Asustado…? ¡Ni hablar! -contestó con desafiadora animación-. No hay nada en el bosque que pueda asustar a Joseph Défago, ¡que no se te olvide! -y la natural energía con que habló, hizo imposible saber si contaría toda la verdad, o sólo una parte.<br />
Hank se volvió hacia el doctor. Iba a añadir algo, cuando se detuvo bruscamente y miró en torno. Justo detrás de ellos, en la oscuridad, había sonado un ruido que les hizo estremecer a los tres. Era el viejo Punk, que había abandonado su yacija mientras hablaban y ahora estaba de pie, un poco más allá del círculo de luz, escuchando lo que decían.<br />
-Ahora no, Doc -susurró Hank haciendo un guiño- ; más adelante, cuando no haya moros en la costa.<br />
Y poniéndose en pie de un salto, le dio al indio una manotada en la espalda y exclamó sonoramente:<br />
-¡Acércate al fuego y calienta un poco esa sucia piel colorada que tienes! -lo arrastró hacia el fuego y echó más leña-. Ha sido muy buena la comida que nos has preparado antes -continuó cordialmente, como si quisiera encauzar los pensamientos del hombre por otros derroteros- y no sería de cristianos dejarte ahí, de pie, enfriándote el pellejo, mientras nosotros estamos aquí bien calentitos.<br />
Punk avanzó, y se calentó los pies, sonriendo ante la verbosidad del otro, que comprendía sólo a medias, pero no dijo nada. El doctor Cathcart, viendo que era imposible proseguir la conversación, siguió el ejemplo de su sobrino y se metió en la tienda, dejando a los tres hombres que siguieran fumando alrededor de las renovadas llamas del fuego.<br />
No es fácil desnudarse en una tienda pequeña sin despertar al compañero, y Cathcart, hombre duro y de sangre ardorosa a pesar de sus cincuenta años, hizo al raso lo que Hank habría descrito como «una temeridad». Mientras se desnudaba observó que Punk había regresado a su yacija, y que Hank y Défago seguían charlando junto al fuego. Era la típica escena convencional del Oeste: el fuego de campamento iluminaba sus rostros con luces y sombras. Défago, con el sombrero echado y los mocasines, parecía representar el papel de malvado; Hank, con el rostro despejado y sin sombrero, encogiéndose de hombros con indiferencia, podía ser el héroe justo y desengañado; y el viejo Punk, escuchando oculto en la oscuridad, proporcionaba la atmósfera de misterio. El doctor sonrió al darse cuenta de los detalles. Pero al mismo tiempo sintió en su interior como si algo muy hondo -no sabía qué- le oprimiera un poco, como si un soplo casi imperceptible de advertencia hubiera rozado la superficie de su alma, desapareciendo antes de poderlo captar. Probablemente se debía a la «expresión asustada» que había observado en los ojos de Défago. «Probablemente»&#8230; porque de no ser a esto, no sabía a qué atribuir esta sombra de emoción fugitiva que escapaba a su fina capacidad de análisis. Le dio la impresión de que acaso hubiera problemas con Défago. No le parecía un guía tan seguro como Hank, por ejemplo&#8230; aunque no sabía exactamente por qué.<br />
Antes de zambullirse en la tienda donde Simpson dormía ya ruidosamente, observó un poco más a los dos hombres. Hank juraba como un africano loco en una sala de fiestas; pero sus juramentos eran de «afecto». Los pintorescos denuestos brotaban libremente, ahora que dormía la causa de sus anteriores represiones. Luego pasó el brazo cariñosamente por encima del hombro de su camarada y se marcharon juntos hacia las sombras donde tenían la tienda. Punk siguió su ejemplo también, un momento después, y desapareció entre sus malolientes mantas, en el otro extremo del claro.<br />
El doctor Cathcart se retiró a su vez. La fatiga y el sueño luchaban en su mente contra una oscura curiosidad por averiguar qué había al otro lado de las Cincuenta Islas, que tanto parecía atemorizar a Défago&#8230; Se preguntaba también por qué la presencia de Punk impidió a Hank terminar lo que había empezado a decir. Después, el sueño le venció. Mañana lo sabría. Se lo contaría Hank mientras caminaran en pos de los alces huidizos.<br />
Un profundo silencio descendió sobre el pequeño campamento, tan atrevidamente instalado ante las mismas fauces de la selva. El lago brillaba como una lámina de cristal negro bajo las estrellas. Picaba el aire frío. En las brisas nocturnas que surgían silenciosas de las profundidades del bosque, con mensajes de lejanas cordilleras y de lagos que comenzaban a helar, flotaban ya unos perfumes fríos y desmayados que anunciaban la llegada del invierno. El hombre blanco, con su olfato embotado, jamás habría podido adivinarlos; la fragancia del fuego de leña le habría ocultado, en un centenar de millas a la redonda, la viveza de ese olor a musgo, a corteza de árbol y a marisma seca. Incluso Hank y Défago, ligados íntimamente al espíritu de los bosques, habrían olfateado en vano&#8230;<br />
Pero una hora más tarde, cuando todos estuvieron dormidos como troncos, el viejo Punk salió a gatas de entre sus mantas y se escurrió como una sombra hasta la orilla del lago, en silencio, como únicamente un indio sabe moverse. Después levantó la cabeza y miró a su alrededor. La espesa negrura hacía casi imposible toda visibilidad; pero, como los animales, poseía él otros sentidos que la oscuridad no era capaz de anular. Escuchó, y luego olfateó el aire. Se quedó quieto, inmóvil como un arbusto. Al cabo de unos cinco minutos, estiró de nuevo la cabeza y olfateó el aire una y otra vez. Un prodigioso hormigueo de nervios le corrió por el cuerpo al oler el aire penetrante. Luego, se sumergió en la negrura como sólo hacen los animales y los hombres salvajes, y regresó finalmente, deslizándose bajo el ramaje, hasta su lecho.<br />
Poco después de dormirse, el cambio de viento que había presentido agitaba blandamente el reflejo de las estrellas en el lago. Procedía de las lejanas montañas de la región situada al otro lado del Lago de las Cincuenta Islas, venía en la dirección que había observado él, pasaba por encima del campamento dormido y cruzaba, como un murmullo apagado y suspirante, apenas perceptible, por entre las copas de los árboles inmensos. Con él, por los desiertos senderos de la noche, aunque demasiado tenue aún para los agudos sentidos del indio, cruzó un olor ligerísimo, muy particular y extrañamente inquietante; un olor de algo raro&#8230; absolutamente desconocido.<br />
El franco-canadiense y el hombre de sangre india se agitaron intranquilos en su sueño, aunque ninguno de los dos se despertó. Luego, el espectro de aquel olor innominado se alejó para perderse entre las regiones remotas del bosque deshabitado.</p>
<p>II</p>
<p>Por la mañana, antes de que saliera el sol, el campamento estaba ya en plena actividad. Había caído una ligera capa de nieve durante la noche, y el aire era frío y penetrante. Punk había cumplido con sus deberes matinales, ya que el olor del café y del tocino frito llegaba hasta las tiendas. Todo el mundo estaba de buen humor.<br />
-¡El viento ha cambiado! -gritó Hank a Simpson y a su guía, que se hallaba a bordo de la pequeña canoa-. ¡Hay que cruzar el lago en línea recta! ¡Estupendos rastros nos va a dejar la nieve! Si hay algún alce olisqueando por allí, tal como viene el viento, no os va a ver hasta teneros encima. ¡Buena suerte, Monsieur Défago! -añadió alegremente, dándole por una vez la pronunciación francesa al nombre- ¡Bonne chance!<br />
Défago le deseó lo mismo, de buen humor al parecer, sin acordarse para nada de su silencioso enfado de la noche anterior. Antes de las ocho, el viejo Punk se encontraba solo ya en el campamento. Cathcart y Hank, muy lejos de allí, seguían un rastro que se dirigía hacia occidente, en tanto que la canoa que llevaba a Défago y a Simpson, con una tienda de seda y provisiones para dos días, era sólo un punto confuso balanceándose en la lejanía, rumbo al este.<br />
La crudeza invernal del aire se atemperaba con el sol que coronaba las lomas cubiertas del bosque y resplandecía con voluptuoso calor sobre los árboles y el lago. Los somormujos volaban rasantes a través del centelleo del rocío que el viento espolvoreaba; algunos sacudían sus mojadas cabezas al sol, y luego las sumergían de nuevo con vivacidad. Y hasta donde alcanzaba la vista, se elevaban las masas interminables y apretadas de los arbustos desolados que cubrían toda aquella región, jamás hollada por el hombre, que se extendía como un poderoso e ininterrumpido tapiz vegetal hasta las costas heladas de la Bahía de Hudson.<br />
Simpson, que contemplaba todo esto por primera vez a la par que remaba vigorosamente, se sentía embelesado por la austera belleza. Su corazón se embriagaba con el sentimiento de libertad de los grandes espacios, y sus pulmones con el aire frío y perfumado. Detrás de él, sentado a popa, Défago gobernaba con soltura aquella embarcación de corteza de abedul y contestaba alegremente a todas las preguntas de su compañero. Los dos se sentían contentos y gozosos. En tales ocasiones, los hombres pierden las superficiales diferencias que el mundo establece; se convierten en seres humanos que trabajan juntos por un fin común. Simpson, el patrón, y Défago, el servidor, entre aquellas fuerzas primitivas, eran simplemente eso: dos hombres, el «guía» y el «guiado». La superior destreza asumía naturalmente el mando, y el «señorito» había pasado sin preámbulos a una situación de cuasi-subordinado. No se le ocurrió, ni mucho menos, poner objeción alguna cuando Défago suprimió el «señor» y se dirigió a él con un «oiga, Simpson», o bien «oiga, jefe», como se dio el caso invariablemente hasta que llegaron a la lejana orilla, después de remar de firme durante doce millas con viento de proa. El solamente se reía, le gustaba; después, dejó de notarlo por completo.<br />
Este «estudiante de teología» era, pues, un joven de buen natural y mejor carácter, aunque sin mundo, como era de comprender. Y en este viaje -la primera vez que salía de su pequeña Escocia natal-, la gigantesca proporción de las cosas le producía cierto aturdimiento. Ahora comprendía que una cosa era oír hablar de los bosques primordiales, y otra muy distinta verlos. Y vivir en ellos y tratar de familiarizarse con su vida salvaje era, además, una iniciación que ningún hombre inteligente podía sufrir sin verse obligado a alterar una escala de valores considerada hasta entonces como inmutable y sagrada.<br />
Simpson sintió las primeras manifestaciones de esta emoción cuando cogió en sus manos el nuevo rifle 303 y contempló sus perfectos y relucientes cañones. Los tres días de viaje hasta el campamento general, a través del lago, y por tierra, después, habían constituido una nueva fase de este proceso. Y ahora que estaba tan lejos, más allá incluso de la orla de espesura donde habían acampado, en el corazón de unas regiones deshabitadas tan extensas como Europa, la verdadera realidad de su situación le producía un efecto de placer y pavor que su imaginación sabía apreciar perfectamente. Eran Défago y él, contra una muchedumbre&#8230; o, al menos, ¡contra un Titán!<br />
La fría magnificencia de estos bosques solitarios y remotos le abrumaba y le hacían sentir su propia pequeñez. De la infinidad de copas azulencas que se balanceaban en el horizonte, se desprendía y revelaba por sí misma esa severidad que emana de las vegetaciones enmarañadas y que sólo puede calificarse como despiadada y terrible. Comprendía la muda advertencia. Se daba cuenta de su total desamparo. Sólo Défago, como símbolo de una civilización distante en la que era el hombre el que dominaba, se levantaba entre él y una muerte implacable por hambre y agotamiento.<br />
Por esta razón, le resultaba emocionante ver a Défago dirigir la canoa a la orilla, guardar las palas cuidadosamente en su interior y hacer marcas, luego, en las ramas de los abetos situados a uno y otro lado de un rastro casi invisible, al tiempo que le explicaba con entera despreocupación:<br />
-Oiga, Simpson; si me llegara a pasar algo, encontrará la canoa siguiendo exactamente estas señales. Después cruza él lago todo recto hacia el sol, hasta dar con el campamento. ¿Ha comprendido?<br />
Era la cosa más natural del mundo, y lo dijo sin un solo cambio de voz. No obstante, con ese lenguaje, que reflejaba perfectamente la situación y el desamparo de ambos, acertó a expresar las emociones del joven en aquel momento. Se encontraba, con Défago, en un mundo primitivo: eso era todo. La canoa -otro símbolo del poder del hombre- debía dejarse atrás. Aquellas muescas amarillentas cortadas a golpes de hacha sobre los árboles, eran las únicas señales de su escondite.<br />
Entre tanto, con los bártulos y el rifle al hombro, los dos hombres comenzaron a seguir un rastro casi imperceptible por entre rocas, troncos caídos y charcas medio heladas, sorteando los numerosos lagos que festoneaban el bosque, y bordeando sus orillas cubiertas de niebla desflecada. Hacia las cinco, se encontraron de improviso con que estaban en el límite del bosque. Ante ellos se abría una vasta extensión de agua, moteada de innumerables islas cubiertas de pinos.<br />
-El Lago de las Cincuenta Islas -anunció Défago con voz cansada-, ¡y el sol está metiendo en él su vieja cabeza pelada! -añadió poéticamente, sin darse cuenta.<br />
Inmediatamente, comenzaron a plantar la tienda. En cinco minutos escasos, gracias a aquellas manos que nunca hacían un movimiento de más ni de menos, quedó armada la tienda, fueron preparados los techos con ramas de bálsamo y se encendió un buen fuego para guisar con el mínimo de humo. Mientras el joven escocés limpiaba el pescado que cogieron al curricán durante la travesía, Défago dijo que «pensaba» dar una vuelta «nada más» por los alrededores, en busca de señales de alce.<br />
-Pudiera tropezarme con algún tronco donde hubiesen estado restregando los cuernos -dijo mientras se iba-, o acaso hayan mordisqueado las hojas de algún arce.<br />
Su pequeña figura se fundió como una sombra en el crepúsculo. Simpson se quedó observando, con admiración, cuán fácilmente lo absorbía la floresta. Sólo unos pasos, y ya había desaparecido.<br />
No obstante, había poca maleza por los alrededores. Los árboles se elevaban algo más allá, muy espaciados, y en los claros crecían el abedul y el arce, delgados y esbeltos, junto a los troncos inmensos de los abetos. De no haber sido por algunos troncos derribados, de monstruosas proporciones, y por los fragmentos de roca gris que se hincaban en el lomo de la tierra, el paraje podía haber sido el rincón de un viejo parque. Casi se podía ver en él la mano del hombre. Un poco más a la derecha, no obstante, comenzaba aquella extensa comarca que llamaban el Brûlé, completamente arrasada por el incendio del año anterior. La zona entera estuvo ardiendo con furia durante semanas y semanas. Ahora se alzaban, descarnados y feos, unos tocones ennegrecidos en forma de cerillas gigantescas. Reinaba una desolación indescriptible. El olor a carbón y a ceniza empapada de lluvia aún persistía débilmente en el aire.<br />
El crepúsculo se iba haciendo más denso cada vez. Las marismas se cubrían de sombras. El crepitar de la leña en el fuego y el romper de las olas a lo largo de la costa rocosa del lago eran los únicos ruidos audibles. El viento se había calmado al ponerse el sol, y nada se agitaba en aquel vasto mundo de ramas. En cualquier momento, los dioses de los bosques podían esbozar sus tremendos y poderosos perfiles entre los árboles. Delante, a través de los pórticos sostenidos por los enormes troncos erguidos, se extendía el escenario del Lago de Fifty Islands, de las Cincuenta Islas, que era como una media luna de veinticinco kilómetros, más o menos, de punta a punta, y de unos nueve de anchura, desde donde estaban ellos acampados. Un cielo rosa y azafrán, más claro que cualquiera de los que había visto Simpson en su vida, derramaba aún sus raudales de fuego sobre las olas, y las islas -seguramente más cerca de las cien que de las cincuenta- flotaban como mágicas embarcaciones de una escuadra encantada. Cubiertas de pinos, con las crestas apuntando al cielo, casi parecían moverse en la borrosa luz del anochecer… a punto de recoger el ancla y navegar por las rutas de los cielos, y no por las del lago arcaico y solitario.<br />
Y los encendidos jirones de nubes, como pendones ostentosos, eran la señal de que zarpaban rumbo a las estrellas&#8230;<br />
El espectáculo era de una belleza arrobadora. Simpson ahumaba el pescado, y se había quemado los dedos al intentar probarlo; al mismo tiempo, cuidaba de la sartén y a fuego. Pero, por debajo de sus pensamientos, percibía otro aspecto de la naturaleza salvaje: la indiferencia hacia la vida humana, el espíritu despiadado de la desolación, que no tiene en cuenta al hombre. El sentimiento de su completa soledad, ahora que incluso Défago se había ido, se le hizo más palpable al mirar en torno suyo y aguzar el oído en espera de adivinar las pisadas de su compañero que regresaba.<br />
Esta sensación tenía algo de placentera; y de alarmante, también. E irremediablemente, se le ocurrió una idea que le hizo temblar: «¿Qué podría&#8230; qué podría hacer yo si&#8230; si sucediera algo y no regresara?»&#8230;<br />
Disfrutaron de una cena bien merecida, comieron pescado a placer, y tomaron un té fuerte, capaz de matar a un hombre que no hubiera hecho treinta millas a «marcha forzada». Y al terminar, estuvieron un rato fumando, charlando y riendo junto al fuego. Después, estiraron las piernas cansadas y discutieron el programa del día siguiente. Défago se encontraba de un humor excelente, aunque decepcionado por no haber encontrado ningún rastro todavía. Pero estaba oscureciendo y no había podido alejarse demasiado. El Brûlé era mal sitio también. Las ropas y las manos le olían a carbón.<br />
Simpson, al mirarle, volvió a sentir con renovada intensidad que la situación seguía siendo la misma: los dos juntos en la soledad agreste.<br />
-Défago -dijo-, estos bosques son&#8230; cómo decirlo, un poco demasiado grandes para sentirse uno a gusto&#8230; tranquilo, quiero decir&#8230; ¿no?<br />
Con estas palabras tan sólo daba expresión a su sentir del momento. Apenas si estaba preparado para la seriedad, para la solemnidad, incluso, con que el guía acogió sus palabras.<br />
-Está usted en lo cierto, jefe -exclamó, clavándole en el rostro sus ojos escrutadores-, Es la pura verdad. No tienen límite… ninguna clase de límite.<br />
Luego añadió, bajando la voz como si hablara consigo mismo:<br />
-Son muchos los que han descubierto eso, y han sucumbido.<br />
Pero la gravedad que había en su actitud no agradó en absoluto a Simpson. Sus palabras y su expresión resultaban demasiado sugerentes en un escenario y un crepúsculo como aquellos. Lamentó haber tocado ese tema. De pronto le vino a la memoria lo que había contado su tío sobre una fiebre extraña que afectaba a los hombres en la soledad de la selva. Se sentían irresistiblemente atraídos por las regiones despobladas, y caminaban, fascinados, hacia su muerte. Y se le ocurrió que su compañero tenía ciertos síntomas afines a ese extraño tipo de afección. Desvió la conversación hacia otros derroteros. Habló de Hank y del doctor, así como de la natural rivalidad entre los dos grupos por ser los primeros en avistar un alce.<br />
-Si ellos fuesen en dirección oeste -observó Défago con desgana-, ahora estarían a cien kilómetros de nosotros; y en mitad de camino, quedaría el viejo Punk, hinchándose de pescado y café.<br />
Se rieron de imaginárselo. Pero al mencionar de pasada, por segunda vez, aquellos cien kilómetros, Simpson se percató de las inmensas proporciones del territorio donde estaban cazando. Cien kilómetros eran solamente un paseo; y doscientos, tal vez poco más. A su memoria acudían continuamente relatos sobre cazadores que se habían extraviado. La pasión y el misterio de unos hombres perdidos y errabundos, seducidos por la belleza de las grandes selvas, cruzaban por su mente de una forma demasiado vívida para resultar completamente placentera. Se preguntaba si sería el talante de su compañero lo que provocaba con tanta persistencia estas ideas inquietantes.<br />
-Cantemos una canción, Défago, si no está usted demasiado cansado- rogó-. una de esas viejas canciones de viajeros que cantaba la otra noche.<br />
Le alargó le petaca al guía. Después, se puso a llenar su pipa mientras el canadiense, de buena gana, elevaba su templada voz por el lago en uno de aquellos cantos dolorosos, ante los cuales los madereros y los tramperos detenían sus tareas. Tenía un acento suplicante, algo que evocaba el ambiente de los viejos tiempos de los colonizadores, cuando los indios y la rigurosa naturaleza estaban aliados, cuando las luchas eran frecuentes, y el Viejo Mundo estaba más lejano que hoy. Su voz sonora se extendió placentera por el agua; pero el bosque que había a sus espaldas parecía tragársela, de forma que no producía ecos ni resonancias.<br />
Cuando estaba a mitad de la tercera estrofa, Simpson notó algo raro, algo que removió en su pensamiento un torrente de reminiscencias lejanas. Se había producido un cambio en la voz de Défago. Antes incluso de saber lo que era, se sintió intranquilo, y al levantar los ojos, vio que, aunque seguía cantando, miraba nervioso a su alrededor como si oyera o viera algo. Su voz se debilitó, se hizo inaudible, y luego calló del todo. En ese mismo instante, con un movimiento asombrosamente alerta, dio un salto y se puso de pie&#8230; olfateando el aire. Como un perro «toma» un rastro con el olfato, así sorbió él el aire por las ventanas nasales, en cortas y profundas aspiraciones, volviéndose rápidamente en todos los sentidos, hasta que «apuntó» la nariz a la orilla del lago, hacia el este, y se quedó parado. Fue algo inquietante, y al mismo tiempo singularmente dramático. El corazón de Simpson latía con angustia viéndole actuar.<br />
-¡Hombre, por Dios! ¡El salto que me ha hecho dar! -exclamó, levantándose y poniéndose a su lado para escudriñar aquel océano de oscuridad-. ¿Qué es? ¿Acaso tiene miedo?…<br />
Antes de terminar la pregunta se dio cuenta de que era ociosa. Cualquier persona con un par de ojos en la cara habría visto al canadiense ponerse pálido de terror. Ni siquiera el color moreno de su piel y el resplandor de las llamas lo pudieron ocultar.<br />
El estudiante temblaba, le flaqueaban las rodillas.<br />
-¿Qué es? -repitió alarmado- ¿Siente el olor de algún alce? ¿O&#8230; o pasa algo? -acabó, bajando la voz instintivamente.<br />
La selva se estrechaba en torno a ellos como una muralla circular. Los troncos de los árboles más cercanos brillaban como bronce a la luz de la hoguera. Más allá, las tinieblas. Y en la lejanía, un silencio de muerte. Justo detrás de ellos, una ráfaga de viento levantó una solitaria hoja de árbol y luego la dejó caer sin mover las demás. Parecía como si se hubieran combinado un millón de causas invisibles para producir este efecto tan simple. Junto a ellos había palpitado otra vida&#8230; y había desaparecido.<br />
Défago se volvió bruscamente. El color lívido de su rostro se había convertido en un gris repugnante.<br />
-Yo no he dicho que he oído&#8230; o he olido nada -dijo despacioso y enfático, con voz singularmente alterada-. Sólo quería echar una mirada alrededor&#8230; por así decir. Se precipita usted preguntando; por eso se equivoca.<br />
Y añadió, de pronto, en un claro esfuerzo por dar a su voz un tono natural:<br />
-¿Tiene cerillas, jefe?<br />
Y procedió a encender la pipa que había llenado a medias, antes de empezar a cantar.<br />
Sin más hablar, se sentaron otra vez junto al fuego. Défago cambió de sitio, de forma que ahora estaba de cara a la dirección del viento. La maniobra era elocuente por sí misma: Défago había cambiado de posición con el fin de oír y oler todo lo que hubiera que oír y oler. Y, puesto que se había colocado de espaldas a los árboles, era evidente que no provenía del bosque lo que había alarmado repentinamente su fina sensibilidad.<br />
-Se me han quitado las ganas de cantar -.explicó espontáneamente-. Esa clase de canciones me traen recuerdos penosos. No debía haber empezado. Me hace pensar, ¿sabe?<br />
Se notaba que el hombre luchaba todavía con alguna emoción que le agitaba profundamente. Quería justificarse ante los ojos del otro. Pero el pretexto, que por otra parte tenía algo de verdad, era falso; y él sabía perfectamente que Simpson no se había quedado convencido. Nada podría explicar el terror lívido que había reflejado su semblante mientras estuvo olfateando el aire, y nada -ni el fuego, ni ninguna charla sobre cualquier tema corriente- podría devolverles la naturalidad anterior. La sombra de desconocido horror que cruzó, fugaz, por el semblante del guía, se había comunicado de manera indefinible a su compañero. Los visibles esfuerzos del guía por disimular la verdad no hicieron sino empeorar las cosas. Además, para mayor intranquilidad del joven, se sentía incapaz de hacer preguntas y en completa ignorancia de lo que pasaba. Los indios, los animales salvajes, el incendio&#8230; todas estas cosas no tenían nada que ver, lo sabía. Su imaginación se debatía febrilmente, pero en vano…<br />
Sin embargo, no se sabe cómo, cuando ya llevaba largo rato fumando y charlando ante el fuego reavivado, la sombra que tan repentinamente invadiera el pacífico campamento comenzó a disiparse, quizá por los esfuerzos de Défago o por haber retornado a su actitud normal y sosegada; puede también que el mismo Simpson hubiera exagerado la realidad, o tal vez la densa atmósfera de la naturaleza salvaje había conseguido purificarles. Fuera cual fuese la causa, la sensación de horror inmediato pareció desvanecerse  tan misteriosamente como había venido, ya que nada ocurrió.  Simpson comenzó a pensar que se había dejado llevar por un terror irracional propio de un chiquillo. En parte, lo atribuyó a la exaltación que este escenario inmenso y salvaje comunicaba a su sangre; en parte, al encanto de la soledad, y en parte, también, al tremendo cansancio. En cuanto a la palidez del rostro del guía, era, naturalmente, muchísimo más difícil de explicar, aunque podía deberse, en cierto modo, a un efecto del resplandor del fuego, o a su propia imaginación&#8230; Consideró que era mejor ponerlo en duda. Simpson era escocés.<br />
Cuando desaparece una emoción fuera de lo común, la razón encuentra siempre una docena de argumentos para explicarla a posteriori. Encendió una última pipa, y trató de reír. Sería un buen relato para cuando estuviese en Escocia, de regreso. No se daba cuenta de que aquella risa era señal de que el terror acechaba aún en lo más recóndito de su alma; de que, en realidad, era uno de los síntomas más característicos con que un hombre seriamente alarmado trata de persuadirse de que no lo está.<br />
En cambio, Défago oyó aquella risa y lo miró con sorpresa. Los dos hombres permanecieron un rato, el uno junto al otro, dándole con el pie a los rescoldos, antes de marcharse a dormir. Eran las diez, hora bastante avanzada para que los cazadores estén despiertos aún.<br />
-¿En qué piensa usted? -preguntó Défago en tono corriente, aunque con gravedad.<br />
-En este momento estaba pensando en&#8230; en los bosques de juguete que tenemos allí -balbuceó Simpson, sobresaltado por la pregunta, pero expresando lo que realmente dominaba su pensamiento- y los comparaba con todo esto -añadió, haciendo un gesto amplio con la mano para indicar la vasta espesura.<br />
Hubo una pausa. Ninguno de los dos parecía querer decir nada.<br />
-De todos modos, yo que usted no me reiría -exclamó Défago, mirando las sombras por encima del hombro de Simpson-.  Hay lugares ahí dentro que nadie ha visto jamás&#8230; Nadie sabe lo que se oculta ahí.<br />
El tono del guía sugería algo inmenso y terrible.<br />
-¿Tan grande es?<br />
Défago asintió. La expresión de su rostro era sombría. También él se sentía intranquilo. El joven comprendió que en un territorio de aquellas dimensiones muy bien podía haber profundidades de bosque jamás conocidas ni holladas en toda la historia de la tierra. El pensamiento no era precisamente tranquilizador. En voz alta, y tratando de manifestar alegría, dijo que ya era hora de irse a dormir. Pero el guía remoloneaba, trasteaba en el fuego, ordenaba las piedras innecesariamente, y seguía haciendo una porción de cosas que, en realidad, no hacían falta alguna. Evidentemente, había algo que tenía ganas de decir, aunque le resultaba muy difícil  «empezar».<br />
-Oiga, Simpson -exclamó de pronto, cuando las últimas chispas se perdieron, por fin, en el aire-, ¿no nota usted&#8230; no nota nada en el olor&#8230; nada de particular, quiero decir?<br />
Simpson se dio cuenta de que la pregunta, normal y corriente en apariencia, encerraba una sombra de amenaza. Sintió un escalofrío.<br />
-Nada, aparte el olor a leña quemada -contestó con firmeza, dándole con el pie a los rescoldos. Incluso el ruido de su propio pie le asustó.<br />
-Y en toda la tarde, ¿no ha notado ningún&#8230; ningún olor? -insistió el guía, mirándole por encima del resplandor-. ¿Nada extraordinario y distinto de cualquier otro olor que haya olido antes?<br />
-No; desde luego que no -replicó agresivamente, casi con mal humor.<br />
El rostro de Défago se aclaró.<br />
-¡Eso está bien! -exclamó con evidente alivio-. Me gusta oír eso.<br />
-¿Y usted? -preguntó Simpson con viveza, y en el mismo instante, se arrepintió de haberlo hecho.<br />
El canadiense se le acercó en la oscuridad. Sacudió la cabeza.<br />
-Creo que no -dijo, sin demasiada convicción-. Debe de haber sido la canción esa. Suelen cantarla en los campamentos de madereros y en sitios abandonados de la mano de Dios, como éste, cuando están asustados porque oyen al Wendigo andar por ahí cerca.<br />
-¿Y qué es el Wendigo, si se puede saber? -preguntó Simpson, contrariado por la imposibilidad de reprimir otro escalofrío. Sabía que se encontraba muy cerca del terror de aquel hombre, y de su causa. No obstante, una imperiosa curiosidad venció su buen sentido y su temor.<br />
Défago se volvió rápidamente y le miró como si estuviera a punto de gritar. Sus ojos refulgían, tenía la boca completamente abierta. No obstante, lo único que dijo -o más bien que susurró, porque su voz sonó muy baja-, fue:<br />
-No es nada&#8230; nada. Algo que dicen esos tipos piojosos cuando se han soplado una botella de más&#8230; Una especie de animal que vive por allá -sacudió la cabeza hacia el norte-, veloz como un relámpago, y no muy agradable de ver, según se cree&#8230; ¡Eso es todo!<br />
-Una superstición de los bosques -comenzó Simpson, mientras se dirigía a la tienda apresuradamente con el fin de sacudirse la mano del guía, que se le aferraba al brazo- ¡Vamos, vamos de prisa, por Dios, y tráigame esa lámpara! ¡Deberíamos estar durmiendo ya, si tenemos que levantarnos mañana al amanecer! &#8230;<br />
El guía iba pisándole los talones.<br />
-Ya voy, ya voy -dijo.<br />
Después de una pequeña dilación, apareció con la lámpara y la colgó en una clavo del palo plantado delante de la tienda. Las sombras de un centenar de árboles se movieron inquietas y rápidas al cambiar la luz de posición. Tropezó con la cuerda al entrar, y la tienda entera tembló como agitada por una súbita ráfaga de viento.<br />
Los dos hombres se echaron, sin desvestirse, en sus techos de ramas de bálsamo. En el interior se estaba caliente y cómodo. Afuera, en cambio, un mundo formado por múltiples árboles se espesaba a su alrededor, fundiendo sus sombras milenarias y ahogando la pequeña tienda que se alzaba como una concha blanca y diminuta frente al océano tremendo de la selva.<br />
Entre las dos figuras solitarias de su interior se condensaba también, otra sombra que no era de la noche. Era la Sombra que proyectaba el extraño Temor, aún no conjurado del todo, que se había introducido en el espíritu de Défago a mitad de su canción. Y Simpson, que vigilaba la oscuridad a través de la pequeña abertura de la tienda, dispuesto ya a sumergirse en el fragante abismo del sueño, sintió aquella quietud profunda y única del bosque primitivo, en la que nada se movía&#8230; y en la cual la noche adquiría una corporeidad y un espesor que se filtraba en el espíritu y lo invadía de tinieblas&#8230; Después, el sueño se apoderó de él.</p>
<p>III</p>
<p>Así le pareció a él al menos. Sin embargo, lo cierto era que el pulso del agua, junto a la tienda, seguía marcando sin cesar el paso del tiempo, cuando se dio cuenta de que estaba con los ojos abiertos y de que otro sonido acababa de irrumpir, con solapado disimulo, en el rítmico murmullo de las olas.<br />
Y mucho antes de comprender de qué se trataba, se agitaron en su interior vagos sentimientos de dolor y de alarma. Escuchó atento, aunque en vano al principio, porque los latidos de su pulso golpeaban como sonoros tambores en sus sienes. ¿De dónde provenía? ¿Del lago, del bosque?…<br />
Luego, de repente, con el corazón en un puño, se dio cuenta de que sonaba muy cerca de él, dentro de la tienda; y cuando se volvió para oír mejor, lo localizó de manera inequívoca a medio metro de donde él estaba. Era un sonido quejumbroso: Défago, en su lecho de ramas, sollozaba en la oscuridad como si fuera a partírsele el corazón y se taponaba la boca con la manta para sofocar el llanto.<br />
Su primer sentimiento, antes de pararse a pensar, fue una punzante y dolorosa ternura. Aquel sonido íntimo, humano, oído en medio de aquella desolación, le movía a piedad. Era tan incongruente, tan enternecedoramente incongruente&#8230; ¡y tan inútil! ¿De qué servían las lágrimas en aquella inmensidad cruel y salvaje? Imaginó a una criatura llorando en medio del Atlántico&#8230; Después, naturalmente, al recobrar mayor conciencia y recordar lo que había sucedido antes de acostarse, sintió que el terror comenzaba a dominarle y que se le helaba la sangre.<br />
-Défago -susurró con nerviosismo, haciendo esfuerzos por hablar bajo-, ¿qué sucede? ¿Se siente usted mal?<br />
No obtuvo respuesta, pero cesaron inmediatamente los sollozos. Alargó la mano y lo tocó. Su cuerpo no se movía.<br />
-¿Está despierto? -se le había ocurrido que podía estar llorando en sueños-. ¿Tiene usted frío?<br />
Había observado que tenía los pies destapados y que le salían hacia afuera de la tienda. Extendió el doblez de su manta y se los tapó. El guía se había escurrido de su lecho, y parecía haber arrastrado las ramas con él. Le daba apuro tirar de su cuerpo hacia adentro, otra vez, por miedo a despertarle.<br />
Hizo una o dos preguntas más en voz baja, pero, aunque esperó varios minutos, no obtuvo contestación alguna ni apreció ningún movimiento. Después, oyó su respiración regular y sosegada. Le puso la mano en el pecho y lo sintió subir y bajar pausadamente.<br />
-Dígame si le ocurre algo -murmuró- o si puedo hacer alguna cosa por usted. Despiérteme inmediatamente si llegara a sentirse&#8230; mal.<br />
No sabía qué decir. Se dejó caer, sin dejar de pensar ni de preguntarse qué significaría todo aquello. Défago había estado llorando entre sueños, por supuesto. Algo le afligía. Fuera como fuese, jamás en la vida se le olvidarían aquellos sollozos lastimeros, ni la sensación de que toda la impresionante soledad de los bosques los escuchaba.<br />
Estuvo meditando durante mucho tiempo sobre los últimos sucesos, entre los cuales, era éste, en verdad, el más misterioso; y aunque su razón encontraba argumentos satisfactorios con que desechar cualquier eventualidad desagradable, le quedó, no obstante, una sensación muy arraigada&#8230;extraña a más no poder.</p>
<p>IV</p>
<p>Pero el sueño, a la larga, siempre acaba por imponerse a cualquier emoción. Pronto se desvanecieron sus pensamientos. Se encontraba arropado, cómodo, y demasiado fatigado. La noche era agradable y reparadora, y en ella se diluía toda sombra de recuerdo y alarma. Media hora más tarde, había perdido conciencia de todo cuanto le rodeaba.<br />
Y sin embargo, esta vez fue el sueño su gran enemigo, al embotarle la sensación de inminencia y anular el estado de alarma de sus nervios.<br />
Así como en algunas de esas pesadillas que se presentan con terrible apariencia de realidad, basta a veces la inconsistencia de un simple detalle para poner de manifiesto la incoherencia y falsedad del todo, del mismo modo los acontecimientos que ahora se desarrollan, aun sucediendo en realidad, sugerían la existencia de un detalle que podía ser la clave de la explicación y que había sido pasado por alto en la confusión del momento. Todo aquello sólo debía ser cierto en parte; y lo demás, pura fantasía. En las profundidades de una mente dormida, algo permanece despierto, preparado para emitir el juicio: «Todo esto no es completamente real; cuando despiertes lo comprenderás.»<br />
Y así, en cierto modo, le sucedía a Simpson. Los acontecimientos no eran totalmente inexplicables o increíbles por sí mismos, aunque formaban, para el hombre que los veía y oía, una sucesión de hechos horribles, pero independientes, porque el detalle mínimo que podía haber esclarecido el enigma permanecía oculto o desfigurado.<br />
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento violento, como de algo que se arrastraba en el interior de la tienda, lo que le despertó y le hizo darse cuenta de que su compañero estaba sentado, muy tieso, junto a él. Estaba temblando. Debían de haber pasado varias horas, porque el pálido resplandor del alba recortaba su silueta contra la tela de la tienda. Esta vez no lloraba; temblaba como una hoja, y su temblor lo sentía él a través de la manta. Défago se había arrebujado contra él, en busca de protección, huyendo de algo que aparentemente se escondía junto a la entrada de la tienda.<br />
Por esta razón, Simpson le preguntó en voz alta -con el aturdimiento del despertar, no recuerda exactamente qué-, y el guía no contestó. Una atmósfera de auténtica pesadilla le envolvía, le embarazaba hasta impedirle moverse. Durante unos instantes, como es natural, no supo dónde se encontraba, si en uno de los anteriores campamentos o en su cama de Aberdeen. Estaba confuso y aturdido.<br />
Después -casi inmediatamente-, en el profundo silencio del amanecer, oyó un ruido de lo más extraño. Fue repentino, sin previo aviso, inesperado e indeciblemente espantoso. Simpson afirma que se trataba de una voz, acaso humana, ronca, aunque lastimera. Una voz suave y retumbante a la vez, que parecía provenir de las alturas y que, al mismo tiempo, sonaba muy cerca de la tienda. Era un bramido pavoroso y profundo que, sin embargo, poseía cierta calidad dulce y seductora. Distinguió en él como tres notas, como tres gritos separados que recordaban vagamente, apenas reconocibles, las sílabas que componían el nombre del guía: «¡Dé-fa-go!»<br />
El estudiante admite que es incapaz de describir cabalmente este sonido, ya que jamás había oído nada semejante en su vida y en él se combinaban cualidades contradictorias. El lo describe como «una especie de voz lastimera y ululante como el viento, que sugería la presencia de un ser solitario e indómito, tosco y a la vez increíblemente poderoso»&#8230;<br />
Y aun antes de que cesara la voz y se hundiera de nuevo en los inmensos abismos del silencio, el guía se puso en pie de un salto y gritó una respuesta ininteligible. Al incorporarse, chocó violentamente contra el palo de la tienda; sacudió toda la armazón al extender los brazos frenéticamente para abrirse camino, y pateó con furia para desembarazarse de las mantas. Durante un segundo, o quizá dos, permaneció rígido ante la puerta; su oscuro perfil se recortó contra la palidez del alba. Luego, con desenfrenada rapidez, y antes de que su compañero pudiera mover un dedo para detenerle, se arrojó por la entrada de la tienda&#8230; y se marchó. Y al marcharse -con tan asombrosa rapidez, que pudo oírse cómo su voz se perdía a lo lejos- gritaba con un acento de angustia y terror, pero que al mismo tiempo parecía expresar un tremendo éxtasis de gozo&#8230;<br />
-¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis ardientes pies de fuego! ¡Ah! ¡Qué altura, qué carrera abrasadora!<br />
Pronto la distancia acalló sus gritos, y el silencio del amanecer descendió de nuevo sobre la floresta.<br />
Sucedió todo con tal rapidez que, a no ser por el lecho vacío que tenía junto a él, Simpson casi hubiera podido creer que acababa de sufrir una pesadilla. Pero a su lado sentía aún la cálida presión del cuerpo desaparecido. Las mantas estaban todavía en un montón, en el suelo. La misma tienda temblaba aún por la vehemencia de su salida impetuosa. Las extrañas palabras, propias de un cerebro repentinamente trastornado, resonaban en sus oídos como si las oyera todavía a lo lejos&#8230; No eran únicamente los sentidos de la vista y el oído los que denunciaban cosas extrañas a la razón, ya que mientras el guía gritaba y corría, pudo captar él un olor extraño y acre que había invadido el interior de la tienda. Y parece que fue en ese preciso momento, despabilado por el olor atosigante, cuando recobró el ánimo, se puso en pie de un salto y salió de la tienda.<br />
La luz grisácea del amanecer se derramaba indecisa y fría por entre los árboles, permitiendo que se distinguieran las cosas, Simpson se quedó de pie, de espaldas a la tienda empapada de rocío. Aún quedaba alguna brasa entre las cenizas de la hoguera. Contempló el lago pálido bajo la capa de bruma, las islas que emergían misteriosamente como envueltas en algodón, y los rodales de nieve, al otro lado, en los espacios despejados del bosque de arbustos. Todo estaba frío, silencioso, inmóvil, esperando la salida del sol. Pero en ninguna parte había señal del guía desaparecido. Sin duda corría aún, frenéticamente, por los bosques helados. Ni siquiera se oían sus pasos, ni los ecos evanescentes de su voz. Se había ido&#8230; definitivamente.<br />
No había nada; nada, excepto el recuerdo de su presencia reciente, que persistía vivamente en el campamento, y ese penetrante olor que lo invadía todo.<br />
Y aun el olor estaba desapareciendo con rapidez. A pesar de la enorme turbación que experimentaba, Simpson se esforzó por descubrir su naturaleza. Pero averiguar la calidad de un olor fugaz, que no se ha reconocido inconscientemente al instante, es una operación muy ardua; y fracasó. Antes de que pudiera captarlo del todo, o reconocerlo, había desaparecido. Incluso ahora le cuesta hacer una descripción aproximada, ya que era distinto de todo otro olor. Era acre, no muy diferente del que exhalan los leones, aunque más suave, y no completamente desagradable. Tenía algo de dulzarrón que le recordaba el aroma de las hojas otoñales de un jardín, la fragancia de la tierra, y los mil perfumes que se elevan de una selva inmensa. Sin embargo, la expresión «olor a leones» es la que, a mi juicio, resume mejor todo esto.<br />
Finalmente, el olor se desvaneció por completo y Simpson se dio cuenta de que se encontraba de pie, junto a las cenizas del fuego, en un estado de asombro y estúpido terror que le incapacitaba para hacer frente a la menor eventualidad. Si una rata almizclera hubiese asomado entonces su hocico puntiagudo por encima de una roca, o hubiese visto escabullirse una ardilla, lo más probable es que se hubiera desmayado sin más. Su instinto acababa de percibir el hálito de un gran Horror Exterior&#8230; y todavía no había tenido tiempo de rehacerse y adoptar una actitud firme y alerta.<br />
Sin embargo, nada sucedió. Un soplo de aire suave acarició la floresta que despertaba, y unas pocas hojas de arce se desprendieron temblorosas y cayeron a tierra. El cielo se hizo repentinamente más claro. Simpson sintió el aire frío en sus mejillas y en su cabeza descubierta. Tembló, aterido, y con gran esfuerzo se hizo cargo de que estaba solo entre los arbustos&#8230; y de que lo más prudente era ponerse en marcha, en busca de su compañero desaparecido, con el fin de socorrerle.<br />
Y así lo hizo, en efecto, pero sin resultado. Con aquella maraña de árboles en torno suyo, el lago cortándole el camino por detrás, y el horror de aquellos gritos salvajes latiendo aún en su sangre, hizo lo que cualquier otro inexperto habría hecho en semejante situación: correr, correr sin sentido alguno, como un niño enloquecido, y gritar continuamente el nombre de su guía: ¡Défago! ¡Défago! ¡Défago! -vociferaba, y los árboles le devolvían el nombre, en un eco apagado, tantas veces cuantas lo gritaba él:<br />
-¡Défago! ¡Défago! ¡Défago!<br />
Siguió el rastro impreso en la nieve hasta donde los árboles, demasiado espesos, habían impedido que la nieve llegara al suelo. Gritó hasta quedarse ronco, y hasta que el sonido de su propia voz comenzó a asustarle en aquel paraje desierto y silencioso. Su confusión aumentaba con la violencia de sus esfuerzos. La angustia se le hizo dolorosamente aguda. Por último, fracasados sus intentos, dio la vuelta y se dirigió al campamento, completamente agotado. Fue un milagro que encontrara el camino. El caso es que, después de seguir un sinfín de direcciones falsas, encontró la blanca tienda de campaña entre los árboles, y se sintió a salvo.<br />
El cansancio, entonces, administró su propio remedio. Encendió fuego y se preparó el desayuno. El café caliente y el tocino le devolvieron un poco de sentido común y de juicio, y comprendió que se había portado como un chiquillo. Debía medir los esfuerzos para hacer frente a la situación de una manera más sensata. Una vez recobrado el ánimo, debía hacer en primer lugar una exploración lo más completa posible y, si no daba resultado, debía buscar el camino de regreso cuanto antes y traer ayuda.<br />
Y eso fue lo que hizo. Cogió provisiones, cerillas, el rifle y un hacha pequeña para marcar los árboles, y se puso en camino. Eran las ocho cuando salió, y el sol brillaba por encima de los árboles en un cielo despejado. Plantó una estaca junto al fuego y dejó una nota, para el caso de que Défago volviera mientras él estaba ausente.<br />
Esta vez, de acuerdo con un plan cuidadoso, tomó una nueva dirección. Cubriendo un área más amplia, podría tropezarse con señales del rastro del guía. Y en efecto, antes de haber recorrido medio kilómetro, encontró las huellas de un animal grande y, al lado, las huellas, menores y más ligeras, de unos pies indudablemente humanos: los de Défago. El alivio que experimentó inmediatamente fue natural, aunque breve. Al primer golpe de vista vio que esas huellas explicaban clara y simplemente lo sucedido: las señales más grandes pertenecían, sin duda alguna, a un alce que, con el viento en contra, se había acercado equivocadamente al campamento, lanzando un grito de alarma en el momento en que comprendió su error. Défago, que tenía el instinto de la caza desarrollado hasta un grado de increíble perfección, había notado su presencia horas antes, por el olor del viento. Su excitación y su desaparición se debían, naturalmente, a&#8230; este&#8230;<br />
Entonces, la explicación imposible a la cual quería aferrarse, se le reveló implacablemente falsa. Ningún guía, y mucho menos de la categoría de Défago, habría reaccionado de forma tan insensata, echando a correr incluso sin rifle&#8230; Todo el episodio exigía una explicación mucho más compleja. Recordó los detalles de todo lo que había sucedido: el grito de terror, las enigmáticas palabras, el semblante asustado, el extraño olor que había notado, aquellos sollozos contenidos en la oscuridad, y -también esto le vino oscuramente a la memoria- la inicial aversión del guía a estos parajes.<br />
Además, ahora que las examinaba de cerca, ¡aquellas huellas no eran de alce, ni mucho menos! Hank le había explicado el perfil que deja la pezuña de un alce macho, de una hembra o de una cría. Se las había dibujado claramente sobre una tira de abedul. Estas eran totalmente distintas. Eran grandes, redondas, amplias, no tenían la forma puntiaguda de la pezuña afilada. Por un momento, se preguntó si serían de oso. No se le ocurrió pensar en ningún otro animal, porque el reno no bajaba tan al sur en esa época del año y, aun cuando fuese así, sus huellas dibujarían la forma de una pezuña.<br />
Eran siniestros aquellos trazos dejados en la nieve por una misteriosa criatura que había atraído a un ser humano lejos de su refugio. Y, al querer relacionarlos, en su imaginación, con aquel susurro obsesionante que interrumpió la paz del amanecer, le invadió un vértigo momentáneo, una angustia inconcebible. Sintió una sombra de amenaza por todo su alrededor. Y al examinar con más detalle una de las huellas, notó una débil vaharada de aquel olor dulzarrón y penetrante, que le hizo dar un respingo y le produjo náuseas.<br />
Entonces su memoria le jugó otra mala pasada. Recordó, de pronto, aquellos pies destapados que se salían de la tienda, y cómo el cuerpo del guía parecía haber sido arrastrado hacia la entrada. Recordó también cómo Défago había retrocedido, aterrado, ante algo que había percibido junto a la tienda, cuando él se despertó. Los detalles acudían a su mente con violencia, asediándola de forma obsesiva; parecían agolparse en aquellos espacios profundos de la selva silenciosa que le rodeaba, donde él, en medio de los árboles, permanecía de pie, a la escucha, esperando, tratando de actuar del modo más aconsejable. El bosque le cercaba.<br />
Con la firmeza de una suprema resolución, Simpson inició la marcha, siguiendo las huellas lo mejor que podía, y tratando de reprimir las emociones desagradables que trataban de debilitar su voluntad. Marcó una infinidad de árboles a medida que caminaba, con el temor siempre de no poder encontrar el camino de regreso, gritando de cuando en cuando el nombre del guía. El seco golpear del hacha sobre lo troncos macizos, y el acento extraño de su propia voz se convirtieron finalmente en unos sonidos que a él mismo le daba miedo producir. Incluso le daba miedo oírlos. Atraían la atención y delataban su situación exacta, y si se diera realmente el caso de que le estuvieran siguiendo, lo mismo que seguía él a otro&#8230;<br />
Con un esfuerzo supremo, rechazó tal idea en el mismo instante en que se le ocurrió. Comprendía que era el principio de un aturdimiento diabólico que podía conducirle vertiginosamente a su propia perdición.<br />
Aunque la nieve no formaba una alfombra continua, sino sólo ligeras capas en los espacios más despejados, no le fue difícil seguir el rastro durante varios kilómetros. Caminaba en línea recta, en la medida en que se lo permitían los árboles. Las pisadas impresas en la nieve comenzaron pronto a distanciarse, hasta que, finalmente, su separación fue tal que parecía absolutamente imposible que ningún animal diera zancadas tan enormes. Eran como saltos enormes. Midió una de aquellas zancadas y, aunque sabía que la «distancia» de seis metros no debía de ser muy exacta, se quedó perplejo; no comprendía cómo no encontraba en la nieve ninguna pisada intermedia entre las huellas extremas. Pero lo que más confundido le tenía, lo que le hacía mirar con recelo, era que las zancadas de Défago crecían también en longitud, poco a poco, hasta cubrir exactamente las mismas distancias. Parecía como si la enorme bestia lo hubiera arrastrado con ella en esos saltos asombrosos. Simpson, que tenía las piernas mucho más largas, comprobó que no podía cubrir la mitad del trecho, ni aun tomando impulso.<br />
Y la visión de aquellas huellas que corrían unas junto a otras, mudo testimonio de una carrera espantosa en la que el terror o la locura habían provocado unas consecuencias imposibles, le impresionó profundamente y le conmovió en lo más hondo de su alma. Era lo más espantoso que habían visto sus ojos. Comenzó a seguirlas maquinalmente, casi enajenado, mirando de soslayo, furtivamente, por si algún ser, con zancadas gigantescas, le seguía los pasos a él también&#8230; Y sucedió que, al poco tiempo, no supo ya lo que significaban aquellas pisadas en la nieve, acompañadas por las huellas del pequeño franco-canadiense, su guía, su camarada, el hombre que había compartido su tienda unas horas antes, charlando, riendo, incluso cantando con él.</p>
<p>V</p>
<p>Sólo un valiente escocés, basado en el sentido común y amparado por la lógica, podía conservar el sentido de la realidad como lo conservó este joven, mal que bien, para salir de aquella aventura. De no haber sido así, los descubrimientos que hizo mientras avanzaba valerosamente le habrían hecho retroceder hasta el refugio relativamente seguro de su tienda, en vez de apretar el rifle en sus manos y encomendarse a Dios con el pensamiento. Lo primero que observó fue que los dos rastros hablan sufrido una transformación; y esta transformación, por lo que se refería a las huellas del hombre, era ciertamente aterradora.<br />
Al principio, lo notó en las huellas más grandes, y se quedó un buen rato sin poder creer lo que veían sus ojos. ¿Eran las hojas caídas que producían extraños efectos de sombra, o tal vez la nieve, seca y espolvoreada como harina de arroz por los bordes, era responsable del efecto aquel? ¿O se trataba efectivamente de que las huellas hablan adquirido un ligero matiz coloreado? Lo innegable era que las pisadas del animal tenían un tinte rojizo y misterioso, que más parecía debido a un efecto de luz que a una sustancia que impregnara la nieve. Y a medida que avanzaba se hacía más intenso aquel matiz encendido que venta a añadir un toque nuevo y horrible a la situación.<br />
Pero cuando, completamente perplejo, se fijó en las huellas del hombre por ver si presentaban la misma coloración, observó que, entretanto, éstas hablan experimentado un cambio infinitamente peor. Durante el último centenar de metros más o menos, habían comenzado a parecerse a las huellas del animal. El cambio era imperceptible, pero inequívoco. No se podía apreciar dónde comenzaba. El resultado, de todos modos, estaba fuera de duda: más pequeñas, más recortadas, modeladas con mayor nitidez, las huellas del hombre constituían ahora, sin embargo, un duplicado casi exacto de las otras. Así, pues, los pies que las habían grabado se habían transformado también. Al darse cuenta de lo que esto significaba, sintió una sensación de repugnancia y terror.<br />
Por primera vez, Simpson dudó. Después, avergonzado de su indecisión, corrió unos cuantos pasos más; un poco más allá, se detuvo en seco. Allí mismo terminaban todas las señales. Los dos rastros acababan de repente. Buscó inútilmente en un radio de cien metros o más, pero no encontró el menor indicio de huellas. No había nada.<br />
Precisamente allí los árboles se espesaban bastante. Se trataba de enormes cedros y abetos. No había monte bajo. Permaneció un rato mirando alrededor, completamente turbado, sin saber qué pensar. Luego se puso a buscar con empeñada insistencia, pero siempre llegaba al mismo resultado: nada. ¡Los pies que se habían marcado en la superficie de la nieve hasta allí, parecían ahora haber dejado de tocar el suelo!<br />
En ese instante de angustia y confusión, sintió cómo el terror se le enroscaba en el corazón, dejándole totalmente paralizado. Todo el tiempo había estado temiendo que sucediera&#8230; y sucedió.<br />
Allá arriba, muy lejos, debilitada por la altura y la distancia, singularmente quejumbrosa y apagada, oyó la plañidera voz de Défago, su guía.<br />
Cayó sobre él un cielo invernal y tranquilo, y despertó en él un terror jamás rebasado. El rifle le resbaló de las manos. Durante un segundo, permaneció inmóvil donde estaba, escuchando con todo su ser. Después se retiró tambaleante hasta el árbol más cercano y se apoyó en él, deshecho e incapaz de razonar. En aquel momento aquélla le parecía la experiencia más aniquiladora del mundo. Se le había quedado el corazón vacío de todo sentimiento, tal como si se le hubiera secado.<br />
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah, mis pies de fuego! ¡Mis pies candentes! -oyó que imploraba la angustiada voz del guía, con un acento de súplica indescriptible. Después, el silencio volvió a reinar entre los árboles.<br />
Y Simpson, una vez recobrada la conciencia de sí, se dio cuenta de que estaba corriendo de un lado para otro, gritando, tropezando con las raíces y las piedras, buscando desenfrenadamente al que llamaba. Rasgóse el velo de recuerdos y emociones con que la experiencia vela habitualmente los acontecimientos; y medio enloquecido, forjó visiones que llenaron de terror sus ojos, su corazón y su alma. Porque, con aquella voz lejana, le había llamado el pánico de la Selva, el Poder de la Indómita Lejanía, el Hechizo de la Desolación que aniquila&#8230; En aquel momento, se le revelaron todos los suplicios de un ser irremisiblemente perdido que sufría la fatiga y el placer del alma que ha llegado a la Soledad final. Por las oscuras nieblas de sus pensamientos, como una llama, pasó fugaz la visión de Défago, eternamente perseguido, acosado por toda la inmensidad celeste de aquellos bosques antiquísimos.<br />
Le pareció que transcurría una eternidad y, en el caos de sus desorganizadas sensaciones, no consiguió encontrar nada a que aferrarse por un momento y pensar&#8230;<br />
El grito no se repitió; sus propias llamadas no tuvieron respuesta. Las fuerzas inescrutables de la Naturaleza Salvaje habían llamado a su víctima con voz inapelable y la habían atenazado.<br />
Sin embargo, aún continuó buscando y llamando durante unas cuatro horas, por lo menos, puesto que ya era casi de noche cuando decidió, por fin, abandonar tan inútil persecución y regresar al campamento, a orillas del Lago de las Cincuenta Islas. De todos modos, se marchaba de mala gana. Aquella voz implorante resonaba aún en sus oídos. Le costó trabajo encontrar el rifle y la pista de regreso. La necesidad de concentrarse en la tarea de seguir los árboles mal marcados, y un hambre voraz que le roía las tripas, le ayudaron a apartar de su mente lo ocurrido. De no haber sido así, él mismo admite que su extravío le habría acarreado peores consecuencias. Gradualmente, las dificultades concretas del momento le devolvieron a su ser, y no tardó en recuperar el equilibrio de sus nervios.<br />
No obstante, durante toda la marcha, a través de las sombras crecientes, se sintió miserablemente perseguido. Oía innumerables ruidos de pasos que le seguían, voces que reían y hablaban por lo bajo; y veía figuras agazapadas tras los árboles y las rocas, haciéndose señas unas a otras como para atacarle a un tiempo, en el instante en que pasara. El rumor del viento le hizo dar un respingo y detenerse a escuchar. Caminó furtivamente, tratando de ocultar su presencia, haciendo el menor ruido posible. Las sombras de los árboles, que hasta entonces le protegían o le cubrían, se volvían ahora amenazadoras, inquietantes; y la confusión de su mente asustada le hacía sentir una multitud de posibilidades, tanto más siniestras cuanto más oscuras. El presentimiento de un destino fatal acechaba detrás de cada uno de los acontecimientos que acababan de suceder.<br />
Fue realmente admirable el modo como salió airoso al final. Acaso hombres de madura experiencia hubieran fracasado en esta prueba. Consiguió dominarse bastante bien y pensó en todo, como demuestra su plan de acción. Puesto que no tenía sueño en absoluto, y caminaba siguiendo un rastro invisible en la total oscuridad, se sentó a pasar la noche, rifle en mano, delante de una hoguera que ni por un momento dejó de alimentar. El rigor de aquella vigilancia dejó marcado su espíritu para siempre; pero la llevó a cabo con éxito, y a las primeras claridades del día emprendió el viaje de regreso, en busca de ayuda. Como la vez anterior, dejó una nota escrita en la que explicaba su ausencia e indicaba también dónde dejaba un depósito de abundantes provisiones y cerillas&#8230; ¡aunque no esperaba que lo encontrasen manos humanas!<br />
Sería por sí misma una historia digna de contarse la manera como Simpson encontró el camino, solo, a través del lago y del bosque. Oírsela a él es conocer la apasionada soledad de espíritu que puede sentir un hombre cuando la Naturaleza Salvaje lo tiene en el hueco de su mano ilimitada&#8230; y se ríe de él. Es, también, admirar su voluntad inquebrantable.<br />
No reclama para sí ningún mérito. Confiesa que seguía maquinalmente, y sin pensar, el rastro casi invisible. Y esto, indudablemente, es verdad. Confiaba en la guía inconsciente de la razón, que es el instinto. Tal vez le ayudara también cierto sentido de orientación, tan desarrollado en los animales y en el hombre primitivo. El caso es que, a través de toda aquella enmarañada región, consiguió llegar al sitio donde Défago, casi tres días antes, había escondido la canoa con estas palabras:<br />
-Cruzar el lago todo recto, hacia el sol, hasta dar con el campamento.<br />
No había sol de ninguna clase, pero se ayudó con la brújula como Dios le dio a entender, y cubrió los últimos veinte kilómetros de su viaje a bordo de la frágil piragua, con una inmensa sensación de alivio al dejar atrás, por fin, el bosque interminable. Por fortuna, el agua estaba tranquila. Enfiló proa al centro del lago, en vez de costear, Y tuvo la suerte, además, de que los otros estuvieran ya de regreso. La luz de la hoguera le proporcionó un punto de referencia, sin el cual habría perdido toda la noche para encontrar el campamento.<br />
De todos modos, era cerca de media noche cuando su canoa rozó la arena de la ensenada. Hank, Punk y su tío, despertados por sus gritos, echaron a correr. Y viéndole cansado y deshecho, le ayudaron a abrirse camino por las rocas hasta el fuego casi apagado.</p>
<p>VI</p>
<p>La repentina irrupción de su prosaico tío en este mundo de pesadilla en que vivía desde hacía dos días y dos noches, tuvo el efecto inmediato de dar al asunto un cariz enteramente nuevo. Bastó con oír su cordial «¡Hola, hijo mío! ¿Qué te pasa?» y sentirse agarrado por aquella mano seca y vigorosa, para que su manera de enfocar los hechos sufriera un giro radical. Estalló en su interior como una violenta reacción purificadora y comprendió que su comportamiento no había sido normal. Incluso se sintió algo avergonzado de sí mismo. La original terquedad de su raza le dominaba por completo.<br />
Y esto último explica, indudablemente, por qué le resultó tan difícil contar su extraña aventura ante el grupo reunido junto al fuego. Dijo lo necesario, no obstante, para que se tomase la inmediata decisión de ir a rescatar al guía. Pero antes, Simpson debía comer y, sobre todo, dormir para estar en condiciones de llevarles hasta allá. El doctor Cathcart, que se daba más cuenta del estado del muchacho que lo que éste se creía, le inyectó una dosis muy ligera de morfina que le permitió dormir como un tronco durante seis horas.<br />
De la descripción que más adelante redactó con todo detalle este estudiante de teología, se desprende que en lo que contó al principio había omitido diversos detalles de suma importancia. Confiesa que, ante la presencia sólida y real de su tío, cara a cara, no tuvo el valor de mencionarlos. De este modo, los componentes de la expedición entendieron, al parecer, que Défago había sufrido un ataque de locura agudo e inexplicable durante la noche, en el cual se creyó «llamado» por alguien o por algo, y que se había internado por la espesura sin provisiones ni rifle, exponiéndose a una muerte horrible por frío y hambre si ellos no llegaban a tiempo. Por lo demás, «a tiempo» quería decir «inmediatamente».<br />
En el curso del día siguiente -salieron a las siete, dejando a Punk en el campamento con el encargo de que tuviera comida y lumbre siempre preparadas-, Simpson contó bastantes cosas más sin sospechar que, en realidad, era su tío quien se las estaba sonsacando. Para cuando llegaron al lugar donde comenzaba el rastro, junto al escondrijo de la canoa, Simpson había contado ya que Défago habló de «algo que él llamaba Wendigo» que había llorado durante el sueño, y que él mismo había creído notar un olor raro en el campamento, y que había experimentado ciertos síntomas de excitación mental. Asimismo, admitió haber experimentado el efecto turbador de «aquel olor extraordinario, acre y penetrante como el de los leones». Y cuando se encontraban a menos de una hora del Lago de las Cincuenta Islas, dejó caer otro detalle, que más adelante calificó de estúpida confesión debida a su estado de histerismo. Dijo que había oído al guía desaparecido «pidiendo ayuda». Omitió las extrañas palabras que éste había proferido, sencillamente por no repetir aquel absurdo lenguaje. Además, al describir cómo las pisadas del hombre, en la nieve, se iban convirtiendo gradualmente en una réplica en miniatura de las huellas profundas del animal, se calló intencionadamente que tanto las zancadas del uno como las del otro eran de dimensiones completamente increíbles. Le pareció oportuno llegar a un término medio entre su orgullo personal y la absoluta sinceridad, y decidir en cada caso lo que debía y lo que no debía contar. Sí mencionó, pues, el tinte encendido de la nieve, por ejemplo, y no se atrevió a contar, en cambio, que tanto el cuerpo como el lecho del guía habían sido arrastrados hacia afuera de la tienda&#8230;<br />
El resultado fue que el doctor Cathcart, que se consideraba a sí mismo como un hábil psicólogo, le explicó con claridad y exactitud que su mente, influida por la soledad, el aturdimiento y el terror, habían sucumbido frente a una tensión excesiva, provocando esas alucinaciones. No por elogiar su conducta dejó de señalar, dónde, cuándo y cómo se había extraviado su mente. El resultado fue que su sobrino, hábilmente halagado, se creyó, por una parte, más perspicaz de lo que era en realidad, y más tonto por otra, al ver cómo quitaban importancia a sus declaraciones. Como tantos otros materialistas, su tío había sabido utilizar con sagacidad el argumento de la insuficiencia de datos para enmascarar el hecho de que los datos aducidos le resultaban a él totalmente inadmisibles.<br />
-El hechizo de estas inmensas soledades -decía- es muy nocivo para la mente; es decir, siempre que ésta posea una elevada capacidad de imaginación. Y lo ha sido para ti exactamente igual que lo fue para mí cuando tenia tu edad. El animal que merodeaba por vuestro pequeño campamento era indudablemente un alce, ya que el bramido de un alce puede tener a veces una calidad muy peculiar. El color que creíste ver en las huellas fue, evidentemente, una ilusión óptica provocada por tu estado de excitación. Las dimensiones de las huellas, ya tendremos ocasión de comprobarlas cuando lleguemos. En cuanto a las voces que te pareció oír, naturalmente, fueron alucinaciones muy corrientes que se suelen producir por la misma excitación mental&#8230; excitación que resulta perfectamente excusable y que ha sido, si me lo permites, maravillosamente dominada por ti en esas circunstancias. En cuanto a lo demás, tengo que decir que has obrado con gran valor, porque el terror de sentirse uno perdido en esta espesura no es ninguna bagatela; de haber estado yo en tu lugar, creo que no me habría portado ni con la mitad de juicio y decisión que tú. Lo único que encuentro particularmente difícil de explicar es&#8230; es ese… ese condenado olor.<br />
-Me puso enfermo, te lo aseguro -declaró su sobrino-; estuve a punto de marearme.<br />
La imperturbable serenidad de su tío, debida tan sólo a su habilidad psicológica, le impulsaba a adoptar una actitud ligeramente retadora. ¡Era tan fácil explicar con términos eruditos unos hechos de los que uno no había sido testigo presencial!<br />
-Era un olor salvaje y terrible. Así es únicamente como podría describirlo -concluyó, sosteniendo la mirada reposada y fría de su tío.<br />
-Lo que me maravilla -comentó éste-, es que, en semejantes circunstancias, no hayas experimentado nada peor.<br />
Simpson comprendió que estas palabras quedaban a mitad de camino entre la verdad y la interpretación que de ella hacía su tío.<br />
Y así, por último, llegaron al pequeño campamento y encontraron la tienda plantada aún. Tanto la tienda como los restos del fuego y el papel clavado en la estaca, estaban intactos. El escondrijo, en cambio, improvisado de mala manera por manos inexpertas, había sido descubierto y saqueado por las ratas almizcleras, los visones y las ardillas. Los fósforos estaban esparcidos por el agujero; en cuanto a las provisiones, habían desaparecido hasta la última miga.<br />
-Bueno, señores, aquí no hay nadie -exclamó sonoramente Hank, según era costumbre suya-; ¡tan cierto como el sol que nos alumbra! Pero saber dónde se ha metido, que el diablo me lleve si lo sé.<br />
La presencia del estudiante de teología no fue entonces obstáculo para su lengua, aunque por respeto al lector se hayan de moderar las expresiones que utilizó.<br />
Propongo -añadió- que empecemos ahora mismo a buscarle y que registremos hasta el infierno, si es necesario.<br />
El destino de Défago, probablemente fatal, abrumaba a los tres expedicionarios y les llenaba de una espantosa aprensión, sobre todo después de haber visto los vestigios de su estancia allí. La tienda, sobre todo, con el lecho de ramas de bálsamo aplastado aún por el peso de su cuerpo, parecía sugerirles vivamente su presencia. Simpson, como si notara vagamente que sus palabras podían ponerse en tela de juicio, intentó explicar algunos detalles. Ahora estaba mucho más tranquilo, aunque fatigado por el esfuerzo de tantas caminatas. El método de su tío para explicar -para «desechar» más bien- sus terroríficos recuerdos, contribuyó también a tranquilizarle.<br />
-Y esa es la dirección que tomó al echar a correr -dijo Simpson a sus dos compañeros, apuntando por donde había desaparecido el guía aquella madrugada de claridades grises-. Por allá, en línea recta. Corría como un ciervo, por entre los abedules y los cedros&#8230;<br />
Hank y el doctor Cathcart se miraron.<br />
-Y seguí el rastro unas dos millas en la misma dirección -prosiguió, con algo de su antiguo terror en la voz-; después, a eso de unas dos millas o así, las huellas se detienen&#8230; ¡se terminan!<br />
-Que fue donde usted oyó que le llamaba y notó el mal olor y todo lo demás -exclamó Hank con una volubilidad que traicionaba su profundo pesar.<br />
-Y donde tu excitación te dominó hasta el extremo de provocar toda clase de ilusiones -añadió el doctor Cathcart en voz baja, aunque no tanto que su sobrino no lo oyera.<br />
La tarde no había hecho más que empezar. Habían caminado de prisa, y todavía les quedaban más de dos horas de luz. El doctor Cathcart y Hank comenzaron inmediatamente la búsqueda. Simpson estaba demasiado cansado para acompañarles. Le dijeron que ellos seguirían las marcas de los árboles y, en cuanto les fuera posible, las pisadas también. Entre tanto, lo mejor que podía hacer él era cuidar del fuego y descansar.<br />
Al cabo de unas tres horas de exploración, ya oscurecido, los dos hombres regresaron al campamento sin novedad. La nieve reciente había borrado todas las huellas, y aunque habían seguido los árboles marcados hasta donde Simpson emprendió el camino de regreso, no descubrieron el menor indicio de ser humano&#8230; ni de animal alguno. No había huellas de ninguna clase: la nieve estaba impoluta.<br />
Era difícil decidir qué convenía hacer, aunque la realidad era que no se podía hacer nada más. Podían quedarse y continuar buscando durante semanas y semanas sin demasiadas probabilidades de éxito. La nieve de la noche anterior había destruido su única esperanza. Se sentaron alrededor del fuego para cenar. Formaban un grupo sombrío y desalentado. Los hechos, efectivamente, eran bastante tristes, ya que Défago tenía esposa en Rat Portage y lo que él ganaba era el único medio de subsistencia para el matrimonio.<br />
Ahora que se sabía la verdad en toda su descarnada crudeza, parecía inútil tratar de seguir disimulándola. A partir de ese momento, hablaron con franqueza de lo que había sucedido y de las posibilidades existentes. No era la primera vez, incluso para el doctor Cathcart, que un hombre sucumbía a la seducción singular de las Soledades y perdía el juicio. Défago, por otra parte, estaba bastante predispuesto a una eventualidad de ese tipo, ya que a su natural melancolía se sumaban sus frecuentes borracheras que a menudo le duraban varias semanas. Algo debió de ocurrir en la excursión -no se sabía qué-, que bastó para desencadenar su crisis. Eso era todo. Y había huido. Había huido a la salvaje espesura de los árboles y los lagos, para morir de hambre y de cansancio. Las posibilidades de que no consiguiera volver a encontrar el campamento eran abrumadoras. El delirio que le dominaba aumentaría sin duda, y era completamente seguro que había atentado contra sí mismo, apresurando de esta forma su destino implacable. Podía incluso que a estas horas hubiera sobrevenido ya el desenlace final. Por iniciativa de Hank, su viejo camarada, esperarían algo más y dedicarían todo el día siguiente, desde el amanecer hasta que oscureciese a una búsqueda sistemática. Se repartirían el terreno a explorar. Discutieron el proyecto con todos los pormenores. Harían lo humanamente posible por encontrarlo.<br />
Y a continuación se pusieron a hablar de la curiosa forma en que el pánico de la Selva había atacado al infortunado guía. A Hank, a pesar de estar familiarizado con esta clase de relatos, no le agradó el giro que había tomado la conversación. Intervino poco, pero ese poco fue revelador. Admitió que se contaba, por aquella región, la historia de unos indios que «habían visto al Wendigo» merodeando por las costas del Lago de las Cincuenta Islas en el otoño del año anterior, y que éste era el verdadero motivo de la aversión de Défago a cazar por allí. Hank, indudablemente, estaba convencido de que, en cierto modo, había contribuido a la muerte de su compañero, ya que era él quien le había persuadido para que fuese allí.<br />
-Cuando un indio se vuelve loco -explicó, como hablando consigo mismo-, se dice que ha visto al Wendigo. ¡Y el pobre Défago era supersticioso hasta los tuétanos!&#8230;<br />
Y entonces Simpson, sintiendo un ambiente más propicio, contó todos los hechos de su asombrado relato. Esta vez no omitió ningún detalle; refirió sus propias sensaciones y el miedo sobrecogedor que había pasado. Unicamente se calló el extraño lenguaje que había empleado el guía.<br />
-Pero, sin duda, Défago te había contado ya todos esos pormenores acerca de la leyenda del Wendigo -insistió el doctor-. Quiero decir que él habría hablado ya sobre todo esto, y de esta suerte imbuyó en tu mente la idea que tu propia excitación desarrolló más adelante.<br />
Entonces Simpson repitió nuevamente los hechos. Declaró que Défago se había limitado a mencionar el nombre de la bestia. Él, Simpson, no sabía nada de aquella leyenda y, que él recordara, no había leído jamás nada que se refiriese a ella. Incluso le resultaba extraño el nombre aquel.<br />
Naturalmente, estaba diciendo la verdad, y el doctor Cathcart se vio obligado a admitir, de mala gana, el carácter singular de todo el caso. Sin embargo, no lo manifestó tanto con palabras como con su actitud: a partir de entonces mantuvo la espalda protegida contra un árbol corpulento, reavivaba el fuego cuando le parecía que empezaba a apagarse, era siempre el primero en captar el menor ruido que sonara en la oscuridad circundante -acaso un pez que saltaba en el lago, el crujir de alguna rama, la caída ocasional de un poco de nieve desde las ramas altas donde el calor del fuego comenzaba a derretirla- e incluso se alteró un tanto la calidad de su voz, que se hizo algo menos segura y más baja. El miedo, por decirlo lisa y llanamente, se cernía sobre el pequeño campamento y, a pesar de que los tres preferían hablar de otras cosas, parecía que lo único de que podían discutir era de eso: del motivo de su miedo. En vano intentaron variar de conversación; no encontraban nada que decir. Hank era el más honrado del grupo: no decía nada. Con todo, tampoco dio la espalda a la oscuridad ni una sola vez. Permaneció de cara a la espesura y, cuando necesitaron más leña, no dio un paso más allá de, los necesarios para obtenerla.</p>
<p>VII</p>
<p>Una muralla de silencio los envolvía, toda vez que la nieve, aunque no abundante, sí era lo suficiente para apagar cualquier clase de ruido. Además, todo estaba rígido por la helada. No se oía más que sus voces y el suave crepitar de las llamas. Tan sólo, de cuando en cuando, sonaba algo muy quedo, como el aleteo de una mariposa. Ninguno parecía tener ganas de irse a dormir. Las horas se deslizaban en busca de la medianoche.<br />
-Es bastante curiosa la leyenda esa -observó el doctor, después de una pausa excepcionalmente larga y con la intención de interrumpirla, más que por ganas de hablar-. El Wendigo es simplemente la personificación de la Llamada de la Selva, que algunos individuos escuchan para precipitarse hacia su propia destrucción.<br />
-Eso es -dijo Hank-. Y cuando lo oyes, no hay posibilidad de que te equivoques. Te llama por tu propio nombre.<br />
Siguió otra pausa. Después, el doctor Cathcart volvió tan súbitamente al tema prohibido, que pilló a los otros dos desprevenidos.<br />
-La alegoría es significativa -dijo, tratando de escrutar la oscuridad que le rodeaba-, porque la Voz, según dicen, recuerda los ruidos menudos del bosque: el viento, un salto de agua, los gritos de los animales, y cosas así. Y una vez que la víctima oye eso… ¡se acabó! Dicen que sus puntos más vulnerables son los pies y los ojos; los pies, por el placer de caminar, y los ojos, porque gozan de la belleza. El infeliz vagabundo viaja a una velocidad tan espantosa, que los ojos le sangran y le arden los pies.<br />
El doctor Cathcart, mientras hablaba, seguía mirando inquieto hacia las tinieblas. Su voz se convirtió en un susurro.<br />
-Se dice también -añadió- que el Wendigo quema los pies de sus víctimas, debido a la fricción que provoca su tremenda velocidad, hasta que se destruyen esos pies; y que los nuevos que entonces se les forman son exactamente como los de él.<br />
Simpson escuchaba mudo de espanto. Pero lo que más fascinado le tenía era la palidez del semblante de Hank. De buena gana se habría tapado los oídos y habría cerrado los ojos, si hubiera tenido valor.<br />
-No siempre anda por el suelo -comentó Hank arrastrando las palabras-, pues sube tan alto, que la víctima piensa que son las estrellas las que le han pegado fuego. Otras veces da unos saltos enormes y corre por encima de las copas de los árboles, arrastrando a su víctima con él, para dejarla caer como hace el albatros con las suyas, que las mata así, antes de devorarlas. Pero de todas las cosas que hay en el bosque, lo único que come es… ¡musgo! -y se rió con una risa nerviosa.<br />
-Sí, el Wendigo come musgo -añadió, mirando con excitación el rostro de sus compañeros-. Es un comedor de musgo -repitió, con una sarta de juramentos de lo más extraño que uno puede imaginar.<br />
Pero Simpson comprendía ahora el verdadero propósito de su conversación. Lo que aquellos dos hombres fuertes y «experimentados» temían, cada uno a su manera, era ante todo el silencio. Hablaban para ganar tiempo. Hablaban, también, para combatir la oscuridad, para evitar el pánico que les invadía, para no admitir que se hallaban en un terreno hostil, decididos, ante todo, a no permitir que sus pensamientos más profundos llegaran a dominarles. Pero Simpson, que ya había sido iniciado en esa espantosa vigilia de terror, se encontraba más avanzado, a este respecto, que sus dos compañeros. El había alcanzado ya un estadio en el que se sentía inmune. En cambio, los otros dos, el médico burlón y analítico y el honrado y tozudo hombre de los bosques, temblaban en lo más íntimo.<br />
De esta forma pasó una hora tras otra, y de esta forma el pequeño grupo permaneció sentado, determinado a resistir espiritualmente, ante las fauces de la espesura salvaje, hablando ociosamente y en voz baja de la terrible y obsesionante leyenda. Considerándolo bien, era una lucha desigual, porque el espíritu indomable de los bosques tenía la doble ventaja de haber atacado primero y de contar ya con un rehén. El destino del compañero se cernía sobre ellos y les causaba una creciente opresión, que a lo último se les haría insoportable.<br />
Fue Hank, después de una pausa larga y enervante, el que liberó de modo totalmente inesperado toda esa emoción contenida. De pronto, se puso en pie de un salto y lanzó a las tinieblas el aullido más terrible que se pueda imaginar. Seguramente no podía dominarse por más tiempo. Para darle mayor sonoridad, se dio palmadas en la boca, provocando de este modo numerosas y breves intermitencias.<br />
-Eso para Défago -dijo, mirando a sus compañeros con una sonrisa extraña y retadora-, porque estoy convencido (aquí se omiten varios exabruptos) de que mi compadre no está demasiado lejos de nosotros en este preciso momento.<br />
Había tal vehemencia y tal seguridad en su afirmación, que Simpson dio un salto también y se puso en pie. Al doctor se le fue la pipa de la boca. El rostro de Hank estaba lívido y el de Cathcart daba muestras de un súbito desfallecimiento, casi de una pérdida de todas las facultades. Luego brilló una furia momentánea en sus ojos, se puso de pie con una calma que era fruto de su habitual autodominio y se encaró con el excitado guía. Porque esto era inadmisible, estúpido, peligroso, y había que cortarlo de raíz.<br />
Puede uno imaginarse lo que pasaría a continuación, aunque no puede saberse con certeza, porque en aquel momento de silencio profundo que siguió al alarido de Hank, y como contestándolo, algo cruzó la oscuridad del cielo por encima de ellos a una velocidad prodigiosa, algo necesariamente muy grande, porque produjo un gran ramalazo de viento, y, al mismo tiempo, descendió a través de los árboles un débil grito humano que, en un tono de angustia indescriptible, clamaba:<br />
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!<br />
Blanco como el papel, Hank miró estúpidamente en torno suyo, como un niño. El doctor Cathcart profirió una especie de exclamación incomprensible y echó a correr, en un movimiento instintivo de terror ciego, en busca de la protección de la tienda, y a los pocos pasos se paró en seco. Simpson fue el único de los tres que conservó la presencia de ánimo. Su horror era demasiado hondo para manifestarse en reacciones inmediatas. Ya había oído aquel grito anteriormente.<br />
Volviéndose hacia sus impresionados compañeros, dijo, casi con toda naturalidad:<br />
-Ese es exactamente el grito que oí&#8230; ¡y las mismas palabras que dijo!<br />
Luego, alzando su rostro hacia el cielo, gritó muy alto:<br />
-¡Défago! ¡Défago! ¡Baja aquí, con nosotros! ¡Baja!&#8230;<br />
Y antes de que ninguno tuviera tiempo de tomar una decisión cualquiera, se oyó un ruido de algo que caía entre los árboles, rompiendo las ramas, y aterrizaba con un tremendo golpe sobre la tierra helada. El impacto fue verdaderamente terrible y atronador.<br />
-¡Es él, que el buen Dios nos asista! -se oyó exclamar a Hank, en un grito sofocado, a la vez que maquinalmente echaba mano al cuchillo.<br />
-¡Y viene! ¡Y viene! -añadió, soltando unas irracionales carcajadas de terror, al oír sobre la nieve helada el ruido de unos pasos que se acercaban a la luz.<br />
Y, mientras avanzaban aquellas pisadas, los tres hombres permanecieron de pie, inmóviles, junto a la hoguera. El doctor Cathcart se había quedado como muerto; ni siquiera parpadeaba. Hank sufría espantosamente y, aunque no se movía tampoco, daba la impresión de que estaba a punto de abalanzarse no se sabe hacia dónde. En cuanto a Simpson, parecía petrificado. Estaban atónitos, asustados como niños. El cuadro era espantoso. Y entre tanto, aunque todavía invisible, los pasos se acercaban, haciendo crujir la nieve. Parecía que no iban a llegar jamás. Eran unos pasos lentos, pesados, interminables como una pesadilla.<br />
VIII</p>
<p>Por último, una figura brotó de las tinieblas. Avanzó hacia la zona de dudoso resplandor, donde la luz del fuego se mezclaba con las sombras, a unos diez pasos de la hoguera. Luego, se detuvo y les miró fijamente. Siguió adelante con movimientos espasmódicos, como una marioneta, y recibió la luz de lleno. Entonces se dieron cuenta los presentes de que se trataba de un hombre. Y al parecer aquel hombre era… Défago.<br />
Algo así como la máscara del horror cubrió en aquel momento el semblante de los tres hombres; y sus tres pares de ojos brillaron a través de ella, como si sus miradas cruzaran las fronteras de la visión normal y percibiesen lo Desconocido.<br />
Défago avanzó. Sus pasos eran vacilantes, inseguros. Primero se aproximó al grupo, después se volvió bruscamente y clavó los ojos en el rostro de Simpson. El sonido de su voz brotó de sus labios:<br />
-Aquí estoy, jefe. Alguien me ha llamado -era una voz seca, débil, jadeante-. Estoy de viaje. He atravesado el fuego del Infierno&#8230; No ha estado mal&#8230;<br />
Y se rió, avanzando la cabeza hacia el rostro del otro. Pero aquella risa puso en marcha el mecanismo del grupo de figuras de cera mortalmente pálidas que formaban los otros tres. Hank saltó inmediatamente sobre él, lanzando una sarta de juramentos tan rebuscados y sonoros que a Simpson ni siquiera le sonaron a inglés sino más bien a algún lenguaje indio o cosa así. Lo único que comprendía era que el hecho de que Hank se hubiese interpuesto entre los dos, le resultaba grato… extraordinariamente grato. El doctor Cathcart, aunque más reposadamente, avanzó tras él a trompicones.<br />
Simpson no recuerda bien lo que pasó en aquellos pocos segundos, porque los ojos de aquel rostro apergaminado y maldito que le escudriñaba de cerca, le aturdieron totalmente. Se quedó alelado, ni abrió la boca siquiera, No poseía la disciplinada voluntad de los otros dos, que les permitía actuar desafiando toda tensión emocional. Los vio moverse como si se encontrara detrás de un cristal, como si la escena fuese una pura fantasía evanescente. Sin embargo, en medio del torrente de frases sin sentido de Hank, recuerda haber oído el tono autoritario de su tío -duro y forzado&#8211; que decía algo sobre alimento, calor, mantas, whisky, y demás… Y durante la escena que siguió, no dejó de percibir las vaharadas de aquel olor penetrante, insólito, maligno pero embriagador a la vez.<br />
Sin embargo, fue él -con menos experiencia y habilidad que los otros dos- quien profirió la frase que vino a aliviar la horrible situación, expresando así la duda y el pensamiento que encogía el corazón de los tres.<br />
-¿Eres… eres TÚ, Défago? -preguntó, quebrando un horror de silencio con su voz.<br />
E inmediatamente, Cathcart irrumpió con una sonora respuesta, antes que el otro hubiera tenido tiempo de mover los labios:<br />
-¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Lo que ocurre… ¿no lo ves?&#8230; es que está exhausto de hambre y de cansancio. ¿No es eso suficiente para cambiar a un hombre hasta el punto de hacerlo irreconocible?<br />
Lo decía más para convencerse a sí mismo que a los demás. El énfasis de su tono lo dejaba bien claro. Y mientras hablaba y se movía, se llevaba continuamente el pañuelo a la nariz. Aquel olor había penetrado en todo el campamento.<br />
Porque el «Défago» que se arrebujó en las mantas junto al fuego, bebiendo whisky caliente y comiendo con las manos, apenas si se parecía más al guía que ellos habían conocido que un hombre de sesenta años a un retrato de su propia juventud. No es posible describir honradamente aquella caricatura fantasmal, aquella parodia de la imagen de Défago. Conservaba algún vestigio espantoso y remoto de su aspecto anterior. Simpson afirma que el rostro era más animal que humano, que los rasgos se le habían contraído en proporciones dislocadas. La piel, fláccida y colgante, como si hubiera sido sometido a presiones y tensiones físicas, le recordaba vagamente una de esas vejigas con una cara pintada que cambia de expresión a medida que la van inflando y que, al desinflarse, emiten un sonido quejumbroso y débil como un sollozo. Tanto la voz como la cara de Défago tenían una abominable semejanza con esas vejigas. Pero Cathcart, mucho después, al tratar de describir lo indescriptible, afirma que aquel podía ser el aspecto de un rostro y de un cuerpo que, habiéndose hallado en una capa de aire rarificada, estuviera a punto de disgregarse hasta&#8230; hasta perder toda consistencia.<br />
Hank, aunque totalmente confundido y agitado por una emoción sin límites que no podía reprimir ni comprender, fue quien, sin más dilaciones, puso fin a la cuestión. Se apartó unos pasos de la hoguera, de forma que el resplandor no le deslumbrara demasiado y, haciéndose sombra con las dos manos en los ojos, exclamó con voz potente, mezcla de furia y excitación:<br />
-¡Tú no eres Défago! ¡Ni hablar! ¡A mí me importa un condenado pimiento lo que tú&#8230; pero aquí no vengas diciendo que eres mi compadre de hace veinte años! -los ojos le fulguraban como si quisiera destruir aquella figura acurrucada con su mirada furibunda-. Y si es verdad, que me caiga un rayo de punta y me mande al infierno de cabeza. ¡Dios nos asista! -añadió, sacudido por un violento escalofrío de repugnancia y horror.<br />
Fue imposible hacerlo callar. Allí estuvo gritando como un poseso, y tan terrible era verle como oír lo que decía… porque era verdad. No hizo más que repetir lo mismo cincuenta veces, y cada vez, en una lengua más enrevesada que la anterior. El bosque se llenaba de sus ecos. Llegó un momento en que parecía como si quisiera arrojarse sobre «el intruso», pues su mano subía constantemente hacia su cinturón, en busca de su largo cuchillo de monte.<br />
Pero al final no hizo nada y la tempestad estuvo a punto de terminar en lágrimas. Súbitamente, la voz de Hank se quebró. Se dejó caer en el suelo y Cathcart se las arregló para convencerle de que se marchara a la tienda y se echase a descansar. El resto de la escena, claro está, lo presenció desde dentro. Su pálida cara de terror atisbaba por la abertura de la tienda.<br />
Luego el doctor Cathcart, seguido de cerca por su sobrino, que tan bien había conservado su presencia de ánimo, adoptó un aire de determinación y se puso en pie, frente a la figura arrebujada junto al fuego. La miró de frente y habló, Al principio, le salió una voz firme:<br />
-Défago, díganos qué ha sucedido&#8230; no hace falta que entre en detalles, sólo deseamos saber cómo podemos ayudarle -preguntó con acento autoritario, casi como una orden.<br />
Pero inmediatamente después varió de tono, porque el rostro de aquella figura se volvió hacia él con una expresión tan lastimera, tan terrible y tan poco humana, que el médico retrocedió como si tuviera delante un ser espiritualmente impuro. Simpson, que miraba desde atrás, dice que le daba la impresión de que el rostro de Défago era una máscara a punto de caerse y de que debajo se iba a revelar, en toda su desnudez, su verdadero rostro, negro y diabólico.<br />
-¡Vamos, hombre, vamos! -gritaba Cathcart, a quien el terror le atenazaba la garganta-. No podemos estarnos aquí toda la noche… -era el grito del instinto sobre la razón.<br />
Y entonces «Défago», con una sonrisa inexpresiva, contestó; y su voz era débil, inconsistente y extraña, como a punto de convertirse en un sonido enteramente distinto:<br />
-He visto al gran Wendigo -susurró, olfateando el aire en torno suyo, exactamente igual que una bestia-. He estado con él, también&#8230;<br />
Allí terminaron el pobre diablo su discurso y el doctor Cathcart su interrogatorio, porque en ese momento se oyó un grito desgarrador de Hank, cuyos ojos se veían brillar desde fuera de la tienda:<br />
-¡SUS pies! ¡Oh, Dios, sus pies! ¡Mirad Cómo le han cambiado los pies!<br />
Défago, que se había removido en su sitio, se había colocado de tal forma que por primera vez aparecieron sus piernas a la luz y sus pies quedaron al descubierto. Sin embargo, Simpson no tuvo tiempo de ver lo que Hank señalaba. En el mismo instante, con un salto de tigre asustado, Cathcart se arrojó sobre él y le tapó las piernas con mantas con tal rapidez que el joven estudiante apenas si llegó a vislumbrar algo oscuro y singularmente abultado allí donde deberían verse sus pies enfundados en un par de mocasines.<br />
Después, antes que al doctor le diera tiempo de nada más, antes de que a Simpson se le ocurriera ninguna pregunta, y mucho menos pudiera formularla, Défago se puso en pie, se irguió frente a ellos, bamboleándose con dificultad, y con una expresión sombría y maliciosa en su rostro deforme. Resultaba literalmente monstruoso.<br />
-Ahora, vosotros lo habéis visto también -jadeó-. ¡Habéis visto mis ardientes pies de fuego! Y ahora&#8230; bueno, a no ser que podáis salvarme y evitar… poco falta para…<br />
Su voz lastimera fue interrumpida por un ruido, como por el rugir de un vendaval que viniese cruzando el lago. Los árboles sacudieron sus ramas enmarañadas. Las llamas del fuego se agitaron, azotadas por una ráfaga violenta, y algo pasó sobre el campamento con furia ensordecedora. Défago arrancó de sí todas las mantas, dio media vuelta hacia el bosque y con aquel torpe movimiento con que había venido&#8230; se marchó. Pero lo hizo a una velocidad tan pasmosa que, cuando quisieron darse cuenta, la oscuridad ya se lo había tragado. Y pocos segundos después, por encima de los árboles azotados y del rugido del viento repentino, los tres hombres oyeron, con el corazón encogido, un grito que parecía provenir de una altura inmensa.<br />
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!&#8230;<br />
Luego, la voz se apagó en el espacio incalculable y silencioso.<br />
El doctor Cathcart -que había dominado de pronto sus nervios, y se había adueñado también de la situación- agarró a Hank violentamente del brazo en el momento que iba a lanzarse hacia la espesura.<br />
-¡Quiero que conste! -gritaba el guía-, ¡que conste, digo, que ése no es él! ¡De ninguna manera! ¡Ese es algún&#8230; demonio que le ha usurpado el sitio!<br />
De una u otra forma -el doctor Cathcart admite que nunca ha sabido claramente cómo lo consiguió&#8211;, se las arregló para retenerle en la tienda y apaciguarlo. El doctor, por lo visto, había conseguido reaccionar, y era capaz nuevamente de dominar sus propias energías. En efecto, manejó a Hank admirablemente. Sin embargo, su sobrino, que hasta ese momento se había portado maravillosamente, fue quien vino a causarle más preocupación, pues la tensión acumulada se le desbordó en un acceso de llanto histérico que hizo necesario aislarle en un lecho de ramas y mantas, lo más lejos posible de Hank.<br />
Allí permaneció, debatiéndose bajo las mantas, gritando cosas incoherentes, mientras pasaban las horas de aquella noche de pesadilla. Sus palabras formaban una jerigonza en la que velocidad, altura y fuego se mezclaban extrañamente con las enseñanzas recibidas en sus clases de teología.<br />
-¡Veo unas gentes con la cara destrozada y ardiendo, que caminan de manera alucinante y se acercan al campamento!<br />
Y lloraba durante un minuto. Luego se incorporaba, se ponía de cara al bosque, escuchaba atento, y susurraba:<br />
-¡Qué terribles son, en la espesura salvaje&#8230; los pies de&#8230; de los que…<br />
Y su tío le interrumpía, distraía sus pensamientos, y le reconfortaba.<br />
Por fortuna, su histerismo fue transitorio. El sueño le curó, igual que a Hank.<br />
Hasta que apuntaron las primeras claridades del amanecer, poco después de las cinco de la madrugada, el doctor Cathcart estuvo despierto. Su cara tenía el color de la pared y un extraño rubor bajo sus ojos. Durante todas aquellas horas de silencio, su voluntad había estado luchando con el espantoso terror de su alma, y de esta lucha provenían las huellas de su rostro&#8230;<br />
Al amanecer, encendió fuego, preparó el desayuno y despertó a los otros. A eso de las siete, se pusieron en camino de regreso al otro campamento. Eran tres hombres perplejos y afligidos; pero, cada uno a su modo, habían conseguido mitigar la inquietud interior recobrando más o menos el sosiego.</p>
<p>IX</p>
<p>Hablaron poco, y únicamente de cosas corrientes y sensatas, porque tenían la cabeza cargada de pensamientos dolorosos que pedían una explicación, aunque ninguno se decidía a tocar el tema. Hank, el más acostumbrado a la vida de la naturaleza, fue el primero en encontrarse a sí mismo, ya que era también el de menos complicaciones interiores. En el caso del doctor Cathcart, las fuerzas de su «civilización» luchaban contra la experiencia de un hecho bastante singular. Hoy por hoy sigue sin estar completamente seguro de determinadas cosas. Sea como fuere, a él le costó mucho más «encontrarse a sí mismo».<br />
Simpson, el estudiante de teología, fue el que sacó conclusiones más ordenadas, aunque no de la índole más científica. Allá, en el corazón de la inextricable espesura, habían presenciado algo cruda y esencialmente primitivo. Habían presenciado algo aterrador que había logrado sobrevivir a la evolución de la humanidad, pero que aún se mostraba como una forma de vida monstruosa e inmadura. Para él, era como si se hubieran asomado a edades prehistóricas en que las supersticiones, rudimentarias y toscas, oprimían aún los corazones de los hombres, en que las fuerzas de la naturaleza eran indomables y no se habían dispersado los Poderes que atormentaban el universo. A ellos se refirió cuando, años más tarde, habló en un sermón de «las Potencias formidables y salvajes que acechan en las almas de los hombres, Potencias que tal vez no sean perversas en sí mismas, aunque sí instintivamente hostiles a la humanidad tal como ahora la concebimos».<br />
Nunca discutió a fondo todo aquello con su tío, porque lo impedía la barrera que se alzaba entre sus respectivas formas de pensar. Únicamente una vez, al cabo de varios años, rozaron este tema; o más exactamente, aludieron a un detalle relacionado con él:</p>
<p>-¿Puedes decirme, al menos, cómo… cómo eran? -preguntó Simpson.<br />
La contestación, aunque llena de tacto, no fue alentadora:<br />
-Es mucho mejor que no intentes descubrirlo.<br />
-Bueno, ¿y aquel olor?… -insistió el sobrino&#8211;. ¿Qué opinas de él?<br />
El doctor Cathcart le miró y alzó las cejas,<br />
-Los olores -contestó- no son tan fáciles de comunicar por telepatía como los sonidos o las visiones. Sobre eso puedo decir tanto como tú, o acaso menos.<br />
Cuando se trataba de explicar algo, el doctor Cathcart solía ser bastante locuaz. Esta vez, sin embargo, no lo fue.</p>
<p>Al caer el día, cansados, muertos de frío y de hambre, llegaron los tres al término de la penosa expedición: el campamento, que, a primera vista, parecía desierto. Fuego, no había; ni tampoco salió Punk a recibirles. Tenían demasiado agotada la capacidad de emocionarse, para sorprenderse o disgustarse. Pero el grito espontáneo de Hank, que brotó de sus labios al acercarse a la hoguera apagada, fue una especie de llamada de advertencia, un aviso de que aquella extraña aventura no había concluido aún. Y tanto Cathcart como su sobrino confesaron después que, cuando le vieron arrodillarse, preso de incontenible excitación, y abrazar algo que yacía ante las cenizas apagadas, tuvieron el presentimiento de que ese «algo» era Défago, el verdadero Défago, que había regresado.<br />
Y así era, en efecto.<br />
Agotado hasta el último extremo, el franco-canadiense -es decir, lo que quedaba de él-, hurgaba entre las cenizas tratando de encender un fuego. Su cuerpo estaba allí, agachado, y sus dedos flojos apenas eran capaces de prender unas ramitas con ayuda de una cerilla. Ya no había una inteligencia que dirigiera esta sencilla operación. La mente había huido al más allá y, con ella, también la memoria. No sólo el recuerdo de los acontecimientos recientes, sino todo vestigio de su vida anterior.<br />
Esta vez era un hombre de verdad, aunque horriblemente contrahecho. En su rostro no había expresión de ninguna clase: ni temor, ni reconocimiento, ni nada. No dio muestras de conocer a quien le había abrazado, a quien le alimentaba y le hablaba con palabras de alivio y de consuelo. Perdido y quebrantado más allá de donde la ayuda humana puede alcanzar, el hombre hacía mansamente lo que se le mandaba. Ese «algo» que antes constituyera su «yo individual» había desaparecido para siempre.<br />
En cierto modo, lo más terrible que habían visto en su vida era aquella sonrisa idiota, aquel meterse puñados de musgo en la boca, mientras decía que sólo «comía musgo», y los vómitos continuos que le producían los más sencillos alimentos. Pero acaso peor aún fuera la voz infantil y quejumbrosa con que les contó que le dolían los pies «ardientes como el fuego», lo que era natural. Al examinárselos el doctor Cathcart, vio que los tenía espantosamente helados. Y debajo de los ojos tenían débiles muestras de haber sangrado recientemente.<br />
Los detalles referentes a cómo había sobrevivido a aquel suplicio prolongado, dónde había estado o cómo había recorrido la considerable distancia que separaba los dos campamentos, teniendo en cuenta que hubo de dar a pie el enorme rodeo del lago, puesto que no disponía de canoa, continúan siendo un misterio. Había perdido completamente la memoria. Y antes de finalizar el invierno, en cuyos comienzos había ocurrido esta tragedia, Défago, perdidos el juicio, la memoria y el alma, desapareció también. Sólo vivió unas pocas semanas.<br />
Lo que Punk fue capaz de aportar más tarde a la historia no  arrojó ninguna luz nueva. Estaba limpiando pescado a la orilla del lago, a eso de las cinco de la tarde -esto es, una hora antes de que regresara el grupo expedicionario-, cuando vio a la caricatura del guía que se dirigía tambaleante hacia el campamento. Dice que le precedía una débil vaharada de olor muy singular.<br />
En ese mismo instante, el viejo Punk abandonó el campamento. Hizo el largo viaje de regreso con la rapidez con que sólo puede hacerlo un piel roja. El terror de toda su raza se había apoderado de él. Sabía lo que significaba todo aquello: Défago «había visto el Wendigo».</p>
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		<title>La casa hechizada-Cuentos de Terror</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Feb 2011 00:10:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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<p>La casa que es el tema de esta obra de Navidad no la conocí bajo ninguna de las circunstancias fantasmales acreditadas ni rodeada por ninguno de los entornos fantasmagóricos convencionales. La vi a la luz del día, con el sol encima. No había viento, lluvia ni rayos, no había truenos ni circunstancia alguna, horrible o indeseable, que potenciaran su efecto. Más todavía: había llegado hasta ella directamente desde una estación de ferrocarril; no estaba a más de dos kilómetros de distancia de la estación, y en cuanto estuve fuera de la casa, mirando hacia atrás el camino que había recorrido, pude ver perfectamente los trenes que recorrían tranquilamente el terraplén del valle. No diré que todo era absolutamente común porque dudo que exista tal cosa, salvo personas absolutamente comunes, y ahí entra mi vanidad; pero asumo afirmar que cualquiera podría haber visto la casa tal como yo la vi en una hermosa mañana otoñal.</p>
<p>La forma en que yo la vi fue la siguiente.</p>
<p>Viajaba hacia Londres desde el norte con la intención de detenerme en el camino para ver la casa.</p>
<p>Mi salud requería una residencia temporal en el campo, y un amigo mío que lo sabía y que había pasado junto a ella, me escribió sugiriéndomela como un lugar probable. Había subido al tren a medianoche, me había quedado dormido y luego desperté y permanecí sentado mirando por la ventanilla en el cielo las estrellas del norte, y me había vuelto a dormir para despertar otra vez y ver que la noche había pasado, con esa convicción desagradable, habitual en mí, de que no había dormido en absoluto; a este respecto, y en los primeros momentos de estupor de esa condición, me avergüenza creer que me habría dispuesto a pelearme con el hombre que se sentaba frente a mí si hubiera dicho lo contrario. Ese hombre que se sentaba frente a mí había tenido durante toda la noche, tal como tienen siempre los hombres de enfrente, demasiadas piernas y todas ellas muy largas. Además de esta conducta irrazonable (que sólo cabía esperar de él), llevaba un lápiz y un cuaderno y había estado todo el tiempo escuchando y tomando notas. Me habría parecido que esas irritantes notas se referían a los traqueteos y sacudidas del coche, y me habría resignado a que las tomara bajo la suposición general de que era un ingeniero, si no hubiera estado mirando fijamente por encima de mi cabeza siempre que escuchaba. Era un caballero de ojos saltones y aspecto perplejo, y su proceder resultaba intolerable.<span id="more-2843"></span></p>
<p>La mañana era fría y desoladora (el sol todavía no estaba alto), y cuando miré hacia fuera y vi la pálida luz de los fuegos de aquella comarca del hierro,</p>
<p>así como la pesada cortina de humo que había estado suspendida entre las estrellas y yo, y ahora lo estaba entre yo y el día, me dirigí hacia mi compañero de viaje y le dije:</p>
<p>-Le ruego que me perdone, señor, ¿pero observa algo particular en mí? -pues en realidad parecía que estuviera tomando notas de mi gorra de viaje o de mi pelo con una minuciosidad que daba a entender que se estaba arrogando demasiadas libertades.</p>
<p>El caballero de ojos saltones dejó de fijar la mirada que tenía puesta detrás de mí, como si la parte posterior del coche estuviera a cien millas de distancia, y con una elevada actitud de compasión hacia mi insignificancia dijo:</p>
<p>-¿En usted, señor&#8230; B.?</p>
<p>-¿B, señor? -pregunté yo a mi vez, calentándome. -No tengo nada que ver con usted, señor -replicó el caballero-. Le ruego que me escuche&#8230; O. Enunció esta vocal tras una pausa, y la anotó.</p>
<p>Al principio me alarmé, pues un lunático en el expreso, sin ninguna comunicación con el revisor, resulta una situación grave. Me alivió el pensar que el caballero podía ser lo que popularmente se llama un médium; perteneciente a una secta de la que algunos miembros me merecen un respeto máximo, aunque no crea en ellos. Iba a hacerle esa pregunta cuando me quitó la palabra de la boca.</p>
<p>-Espero que me excuse -dijo el caballero con, tono despreciativo-, si me encuentro muy avanzado con respecto a la humanidad común como par-, preocuparme por todo esto. He pasado la noche como en realidad paso ahora todo mi tiempo, en una relación espiritual.</p>
<p>-¡Ah! -exclamé yo con cierta acritud.</p>
<p>-Las conferencias de la noche empezaron con este mensaje -siguió diciendo el caballero mientras pasaba varias hojas de su cuaderno-: «las malas comunicaciones corrompen las buenas maneras».</p>
<p>-Es sensato -intervine yo-. ¿Pero te es absolutamente nuevo?</p>
<p>-Es nuevo viniendo de los espíritus -contestó el caballero.</p>
<p>Sólo fui capaz de repetir mi anterior y agria exclamación y preguntar si podía ser favorecido con el conocimiento de la última comunicación.</p>
<p>-Un pájaro en mano vale más que dos en el busque -anunció el caballero leyendo con gran solemnidad su última anotación.</p>
<p>-Soy, verdaderamente, de la misma opinión -comenté yo-. Pero ano debería ser bosque?</p>
<p>-A mí me llegó busque -replicó el caballero. Luego el caballero me informó que en el curso de la noche el espíritu de Sócrates le había hecho esa revelación especial.</p>
<p>-Amigo mío, espero que se encuentre bien. En este coche del tren somos dos. ¿Cómo está usted? Aquí hay diecisiete mil cuatrocientos setenta y nueve espíritus, aunque usted no pueda verlos. Pitágoras está aquí. No puede mencionarlo, pero espera que a usted le sea cómodo el viaje.</p>
<p>También se había dejado caer Galileo con la siguiente comunicación científica: «estoy encantado de verle, amico. ¿Cómo stá? El agua se congelará cuan do esté lo bastante fría. Addio!» En el curso de la noche se había producido también el fenómeno siguiente. El obispo Butler había insistido en deletrea su nombre, «Bubler», quien había sido despedid destempladamente por las ofensas contra la ortografía y las buenas maneras. John Milton (sospechoso de un engaño intencionado) había repudiado la autoría del Paraíso Perdido, y había introducido como coautores de ese poema a dos desconocidos caballeros llamados respectivamente Grungers y Scadging tone. Y el príncipe Arturo, sobrino del rey Juan d Inglaterra, había informado que se encontraba tolerablemente cómodo en el séptimo círculo, donde e: taba aprendiendo a pintar sobre terciopelo bajo la dirección de la señora Trimmer y de María, la Reina d los Escoceses.</p>
<p>Si a todo esto le unimos la mirada del caballero que me favoreció con aquellas revelaciones confidenciales que se me excusará mi impaciencia por ver el sol naciente y contemplar el orden magnífico del vasto universo. En una palabra, estaba tan impaciente por ello que me alegré muchísimo de bajarme en la estación siguiente y cambiar aquellas nubes y vapore por el aire libre del cielo.</p>
<p>Para entonces hacía ya una mañana hermosa Mientras caminaba pisando las hojas que había caído de los árboles dorados, marrones y rojizos, mientras contemplaba a mi alrededor las maravilla de la creación y pensaba en las leyes inmutable inalterables y armoniosas que las sostenían, la relación espiritual del caballero me pareció de lo más pobre que podía contemplar este mundo. Y en ese estado de infiel llegué frente a la casa y me detuve para examinarla atentamente.</p>
<p>Era una casa solitaria levantada en un jardín tristemente olvidado: un cuadrado de unos dos acres. Pertenecía a la época de Jorge II; tan rígida, tan fría, tan formal y tan en mal estado como podría desear el más leal admirador del cuarteto completo de Jorges. Estaba deshabitada, pero hacía uno o dos años que la habían reparado, sin gastar mucho dinero, para hacerla habitable; y digo de una manera barata porque lo habían hecho superficialmente, por lo que aunque los colores se mantuvieran frescos, la pintura y la escayola se estaban cayendo ya. Un tablero colgado sobre el muro del jardín, y más inclinado por un lado que por el otro, anunciaba que «se alquila en condiciones muy razonables, bien amueblada». Resultaba muy sombría por la proximidad excesiva de los árboles, y en particular había seis altos álamos delante de las ventanas principales, lo que las volvía excesivamente melancólicas, pues era evidente que la posición había sido muy mal elegida.</p>
<p>Era fácil ver que se trataba de una casa evitada; una casa a la que rehuía el pueblo, hacia el que se desvió mi vista por causa del campanario de una iglesia situado a menos de un kilómetro; una casa que nadie aceptaría. Y la deducción natural era que tenía fama de ser una casa encantada.</p>
<p>Ningún período de las veinticuatro horas del día y la noche me resulta tan solemne como la primera hora de la mañana. Durante el verano suelo levantarme muy temprano y me dirijo a mi habitación para una jornada de trabajo antes del desayuno, y en esas ocasiones siempre me impresiona profundamente la quietud y soledad que me rodea. Además de eso, siempre hay algo terrible en el hecho de estar rodeado por rostros familiares dormidos, al hacernos pensar que aquellos que nos son más queridos y que más nos quieren se sienten profundamente inconscientes de nosotros, en un estado impasible que anticipa esa condición misteriosa a la que todos tendemos: la vida detenida, los hilos rotos del ayer, el asiento abandonado, el libro cerrado, la ocupación que ha sido abandonada sin que estuviera terminada&#8230; todo imágenes de la muerte. La tranquilidad de esa hora es la tranquilidad de la muerte. El calor y el frío producen esa misma asociación. Incluso un cierto aire que adoptan los objetos domésticos familiares cuando emergen de las sombras de la noche pasando a la mañana, un aire de ser más nuevos, tal como habían sido hace tiempo, tiene su contrapartida en el paso del rostro gastado de la madurez o la vejez, con la muerte, al antiguo aspecto juvenil Además, en esa hora vi una vez la aparición de m padre. Estaba vivo y bien, y no dijo nada, pero le vi, la luz del día, sentado, dándome la espalda, en un&lt; silla que hay junto a mi cama. Reposaba la cabeza en su mano y no pude averiguar si estaba dormitando c apesadumbrado. Sorprendido de verle allí, me enderecé en la cama, cambié de posición, salí de ella, le observé. Como él no se moviera, me alarmé y la puse una mano en el hombro, o lo que yo pensaba que lo era&#8230; pero no había nada.</p>
<p>Por todas estas razones, y también por otras que no es tan fácil explicar brevemente, la primera hora de la mañana me resulta la más fantasmagórica. En ese momento cualquier casa me parece encantada en mayor o menor medida; y una casa encantada difícilmente puede parecérmelo más en otro momento.</p>
<p>Caminé hasta el pueblo pensando en el abandono de aquella casa y me encontré con el dueño de la pequeña posada echando arena en el umbral. Le encargué el desayuno y saqué el tema de la casa.</p>
<p>-¿Está hechizada? -pregunté.</p>
<p>El posadero me- miró, sacudió la cabeza y respondió:</p>
<p>-Yo no digo nada. -¿Entonces lo está?</p>
<p>-¡Bueno!&#8230; Yo no dormiría en ella -me espetó el posadero en un arranque de franqueza que tenía la apariencia de la desesperación.</p>
<p>-¿Y por qué no?</p>
<p>-Si me gustara que sonaran todas las campanas de la casa sin que nadie las tocara; y que golpearan todas la puertas de la casa sin que nadie llamara en ellas; y escuchar todo tipo de pasos sin que ningún pie la recorriera; pues bien, entonces sí dormiría en esa casa -explicó el posadero.</p>
<p>-¿Han visto a alguien allí?</p>
<p>El posadero volvió a mirarme y luego, con su anterior aspecto de desesperación, gritó «¡Ikey!» en dirección al patio del establo.</p>
<p>El grito provocó la aparición de un hombre joven de hombros altos, rostro rojizo y redondeado cabellos cortos de color arenoso, una boca muy ancha y húmeda, nariz vuelta hacia arriba y un enorme chaleco con mangas de rayas moradas y botones d madreperla que parecía crecer sobre él y estar a punto, si no se lo podaba a tiempo, de taparle la cabeza colgarle por encima de las botas.</p>
<p>-Este caballero quiere saber si se ha visto a alguien en los Álamos -dijo el posadero.</p>
<p>-Mujer capuchada con bullo -explicó lkey con gran viveza.</p>
<p>-¿Quiere decir «armando bulla», gritando? -No, señor, un pájaro.</p>
<p>-Ah, una mujer encapuchada con un búho ¡Cielos! ¿La vio a ella alguna vez?</p>
<p>-Vi al bullo.</p>
<p>-¿Y nunca a la mujer?</p>
<p>-No tan bien como al bullo, pero siempre va juntos.</p>
<p>-¿Y alguien ha visto a la mujer tan claramente como al búho?</p>
<p>-¡Que Dios le bendiga, señor! Muchísimos. -¿Quiénes?</p>
<p>-¡Que Dios le bendiga, señor! Muchísimos. -¿Por ejemplo el tendero que está abriendo tienda allí enfrente?</p>
<p>-¿Perkins? Que Dios le bendiga, Perkins no acercaría al lugar. ¡No señor! -comentó el joven con considerable fuerza-. No es muy listo, Perkins no es, pero no es tan tonto como eso.</p>
<p>(En ese punto el posadero murmuró su confianza en la buena cabeza de Perkins.)</p>
<p>-¿Quién es, o quién fue, la mujer encapuchada del búho? ¿Lo sabe usted?</p>
<p>-¡Vaya! -exclamó Ikey levantándose la gorra con una mano mientras con la otra se rascaba la cabeza-. En general dicen que fue asesinada mientras el búho cantaba.</p>
<p>Ese conciso resumen de los hechos fue todo lo que pude conocer, además de que un joven, tan animoso y bien parecido como nunca he visto otro, había sufrido un ataque y se había venido abajo después de ver a la mujer encapuchada. Y también que un personaje descrito imprecisamente como «un buen tipo, un vagabundo tuerto, que responde al nombre de Joby, a menos que le desafiaras llamándole por su apodo, Greenwood, a lo que él contestaría: «¿Y por qué no? Y, aún así, ocúpate de tus asuntos», se había encontrado con la mujer encapuchada cinco o seis veces. Pero esos testigos no pudieron ayudarme mucho, por cuanto el primero estaba en California y el último, tal como dijo Ikey (y confirmó el posadero), estaría en cualquier parte.</p>
<p>Ahora bien, aunque contemplo con un miedo callado y solemne los misterios, entre los cuales y este estado de la existencia se interpone la barrera del gran juicio y el cambio que cae sobre todas las cosas que viven, y aunque no tengo la audacia de pretender que sé algo de esos misterios, no por ello puedo reconciliar las puertas que golpean, las campanas que suenan, los tablones del suelo que crujen, e insignificancias semejantes, con la majestuosa belleza la analogía penetrante de todas las reglas divinas que se me ha permitido entender, de la misma forma que tampoco había podido, poco antes, uncir la relación espiritual de mi compañero de viaje con el carro d sol naciente. Además, había vivido ya en dos casas encantadas, ambas en el extranjero. En una de ella un antiguo palacio italiano que tenía fama de haber sido abandonado dos veces por esa causa, viví solo meses con la mayor tranquilidad y agrado: a pesar c que la casa tenía una docena de misteriosos dormitorios que nunca fueron utilizados y poseía en una habitación grande en la que me sentaba a leer muchísimas veces y a cualquier hora, y junto a la cu dormía, una sala hechizada de primera categoría Amablemente le sugerí al posadero esas consideraciones. Y puesto que aquella casa tenía mala reputación, razoné con él, diciéndole que cuántas cosas tienen mala fama inmerecidamente, y lo fácil que manchar un nombre, y que si no creía que si él y empezábamos a murmurar persistentemente por pueblo que cualquier viejo calderero borracho de vecindad se había vendido al diablo, con el tiempo sospecharía que había hecho ese trato. Toda esa prudente conversación resultó absolutamente ineficaz para el posadero, y tengo que confesar que fue el mayor fracaso que he tenido en mi vida.</p>
<p>Pero resumiendo esta parte de la historia, lo de casa encantada me interesó y estaba ya decidido a medias a alquilarla. Por ello, después de desayunar recibí las llaves de manos del cuñado de Perkins, (fabricante de arneses y látigos que regenta la oficina de correos y está sometido a una rigurosísima esposa perteneciente a la secta de la segunda escisión del pequeño Emmanuel), y fui a la casa asistido por mi posadero y por Ikey.</p>
<p>El interior lo encontré trascendentalmente lúgubre, tal como esperaba. Las sombras lentamente cambiantes que se movían sobre el, proyectadas por los altos árboles, resultaban de lo más lúgubre; la casa estaba mal situada, mal construida, mal planificada y mal terminada. Era húmeda, no estaba libre de podredumbre, había en ella un olor a ratas y era triste víctima de esa decadencia indescriptible que se apodera de toda obra hecha con manos humanas cuando ésta ya no recibe la atención del hombre. Las cocinas y habitaciones auxiliares eran demasiado grandes y se encontraban demasiado alejadas unas de otras. Por encima y por debajo de las escaleras, pasillos estériles se cruzaban entre las zonas de fertilidad que representaban las habitaciones; y había un viejo y mohoso pozo sobre el que crecía la hierba, oculto como una trampa asesina cerca de la parte de abajo de las escaleras traseras, bajo la doble fila de campanas. Una de las campanas llevaba la etiqueta, sobre fondo negro con descoloridas letras blancas, de AMO B. Me dijeron que ésa era la campana que más sonaba.</p>
<p>-¿Quién era el Amo B.? -pregunté-. ¿Se sabe lo que hacía mientras el búho ululaba?</p>
<p>-Tocaba la campana -contestó Ikey.</p>
<p>Me sorprendió bastante la destreza y rapidez con la que aquel joven lanzó contra la campana su gorra de piel, haciéndola sonar. Era una campañia fuerte y desagradable que produjo un sonido de le más destemplado. Las otras campanas tenían escrito el nombre de las habitaciones a las que conducían sus cables: como «habitación del cuadro», «habitación doble», «habitación del reloj», etcétera, Siguiendo hasta su origen la campana del Amo B., descubrí que el joven caballero sólo tuvo un acomodo de tercera categoría en una habitación triangular bajo el desván, con una chimenea esquinera que indicaba que el Amo B. tenía que ser muy bajito para poder ser capaz de calentarse con ella, y una parte frontal piramidal hasta el techo digna de Pulgarcito. El empapelado de un lado de la habitación se había venido abajo totalmente llevándose con él trozos de escayola, llegando casi a bloquear la puerta. Daba la impresión de que el Amo B., en su condición espiritual, intentaba siempre tirar abajo el papel. Ni el posadero ni Ikey pudieron sugerir el motivo de que hiciera esa tontería.</p>
<p>No hice ningún otro descubrimiento salvo que la casa tenía un desván inmenso y de distribución irregular. Estaba moderadamente bien amueblada: aunque con escasez. Algunos de los muebles, una tercera parte, eran tan viejos como la casa; lo demás pertenecía a diversos períodos del último medio siglo. Para negociar sobre la casa me enviaron a un comerciante de trigo del mercado de la ciudad. Fui ese mismo día y la alquilé por seis meses.</p>
<p>A mediados de octubre me mudé allí con mi hermana soltera (me puedo permitir decir que tiene treinta y ocho años, pues es muy hermosa, sensata y emprendedora). Llevamos con nosotros a un mozo de caballos sordo, mi sabueso Turk, dos sirvientas y a una joven a la que le llamaban Chica Extraña. Tengo razones para citar a la última de la lista, miembro de las Huérfanas de la Unión de San Lorenzo, pues resultó un error fatal y un compromiso desastroso.</p>
<p>El año estaba muriendo pronto, las hojas caían rápidamente, y fue un día frío cuando tomamos posesión de la casa, cuya tristeza resultaba de lo más deprimente. La cocinera (una mujer amable, pero de débil capacidad intelectual) rompió a llorar al contemplar la cocina y pidió que su reloj de plata se le entregara a su hermana (Tuppintock&#8217;s Gardens, Ligg&#8217;s Walk, Clapham Rise) en el caso de que le sucediera algo por la humedad. La doncella, Streaker, fingió alegría, pero era la mayor mártir de todas. La Chica Extraña, que nunca había estado en el campo, fue la única que quedó complacida y tomó las disposiciones necesarias para sembrar una bellota en el jardín, detrás de un roble, cerca de la ventana del fregadero.</p>
<p>Antes de oscurecer habíamos pasado por todas las desgracias naturales (en oposición a las sobrenaturales), lógicas de nuestro estado. Informes desesperanzadores subían (como el humo) desde el sótano porque no había rodillos, tampoco salamandra (lo que no me sorprendió porque no sé lo que es), no había nada en la casa, y lo que había estaba roto, pues sus últimos habitantes debieron vivir como cerdos&#8230; ¿cuál sería el significado de lo que había dicho el posadero? A pesar de todos estos males, la Chica Extraña se mostró alegre y ejemplar. Pero cuatro horas después de oscurecer ya habíamos entrado en una cavidad sobrenatural y la Chica Extraña había visto «ojos» y estaba histérica.</p>
<p>Mi hermana y yo acordamos reservar el encantamiento estrictamente para nosotros, y mi impresión era, y sigue siendo, que yo no tenía que dejar que lkey, cuando ayudaba a descargar la carreta, se quedara a solas con ninguna de las mujeres ni siquiera un minuto. Sin embargo, tal como dije, la Chica Extraña había «visto ojos» (no pudimos sacarle ninguna otra explicación) antes de las nueve, y a las diez ya le habíamos aplicado tanto vinagre como para adobar un buen salmón.</p>
<p>Dejo al inteligente lector que juzgue por sí mismo mis sentimientos cuando, tras estas circunstancias indeseables, hacia las diez y media la campanilla del Amo B. empezó a sonar de la manera más furiosa y Turk se puso a aullar hasta que la casa entera resonó con sus lamentaciones.</p>
<p>Espero no volver a encontrarme nunca en un estado mental tan poco cristiano como aquel en el que viví durante unas semanas en relación con la memoria del Amo B. No sé si su campanilla sonaba por causa de las ratas, o los ratones, los murciélagos, el viento o cualquier otra vibración accidental, a veces por una causa y a veces por otra, y otras veces por la unión de varias de ellas; pero lo cierto es que sonaba dos noches de cada tres, hasta que concebí la feliz idea de retorcerle el cuello al Amo B. -en otras palabras, cortar su campanilla-, silenciando a ese caballero, por lo que sé y creo, para siempre.</p>
<p>Pero para entonces la Chica Extraña había desarrollado tal progreso en su capacidad cataléptica que había llegado a convertirse en un ejemplo brillante de ese desgraciado trastorno. En las ocasiones más irrelevantes se quedaba rígida como un Guy Fawkes privado de razón. Me dirigía a los criados de una manera lúcida señalándoles que había pintado la habitación del Amo B., y quitado el papel, que había quitado la campanilla del Amo B. evitando que sonara, y que puesto que podían suponer que ese confundido muchacho había vivido y muerto, revistiéndose de una conducta no mejor que la que incuestionablemente le habría llevado a un estrecho conocimiento entre él y las partículas más afiladas de una escoba de abedul, en su actual e imperfecto estado de existencia, ¿no podían suponer también que un simple y pobre ser humano, como era yo, fuera capaz de esos despreciables medios de contrarrestar y limitar los poderes de los espíritus descarnados del muerto, o de cualquier otro espíritu? Diría que en esos discursos me volvía enfático y convincente, por no decir bastante complaciente, hasta que sin razón alguna la Chica Extraña se ponía de pronto rígida desde los dedos de los pies hacia arriba, y miraba entre nosotros como una estatua petrificada de la parroquia.</p>
<p>También Streaker, la doncella, tenía un incomodísimo atributo de la naturaleza. Soy incapaz de decir si era de un temperamento inusualmente linfático o qué otra cosa le sucedía, pero esta joven se convertía en una simple destilería dedicada a la producción de las más grandes y transparentes lágrimas que he visto nunca. Unido a estas características se daba en esas muestras lacrimosas una peculiar tenacidad de agarre, por lo que en lugar de caer quedaban colgando de su rostro y nariz. En esas condiciones, y sacudiendo suave y deplorablemente la cabeza, su silencio me afectaba más de lo que lo habría hecho el admirable Crichton en una disputa verbal por una bolsa de dinero. También la cocinera me cubría siempre de confusión, como si me colocara un vestido, terminando la sesión con la protesta de que el río Ouse la estaba desgastando y repitiendo dócilmente sus últimos deseos con respecto al reloj de plata.</p>
<p>Por lo que respecta a nuestra vida nocturna, estaba entre nosotros el contagio de la sospecha y el miedo, y no existe tal contagio bajo el cielo. ¿La mujer encapuchada? De acuerdo con los relatos estábamos en un verdadero convento de mujeres encapuchadas. ¿Ruidos? Con ese contagio abajo, yo mismo me quedaba sentado en el triste salón escuchando, hasta haber oído tantos y tan extraños ruidos que hubieran congelado mi sangre de no ser porque yo mismo la calentaba saliendo a hacer descubrimientos. Pruebe el lector a hacerlo en la cama en la quietud de la noche; pruébelo cómodamente frente a su chimenea, en la vida de la noche. Puede encontrar que cualquier casa está llena de ruidos hasta llegar a tener un ruido para cada nervio de su sistema nervioso.</p>
<p>Repito que el contagio de la sospecha y el miedo estaba entre nosotros, y que no existe ese contagio bajo el cielo. Las mujeres (que tenían todas la nariz en un estado crónico de excoriación de tanto oler sales) estaban siempre listas y preparadas para un desmayo, y bien dispuestas a hacerlo a la mínima. Las dos mayores destacaban a la Chica Extraña en todas las expediciones que se consideraban muy arriesgadas, y ella establecía siempre la fama de que la aventura lo había merecido regresando en estado cataléptico. Si después de oscurecer la cocinera o Streaker subían, sabíamos que acabaríamos por escuchar un golpe en nuestro techo; y eso sucedía con tanta frecuencia que era como si andara por la casa un luchador administrando un toque de su arte, una llave que creo que se llama «el subastador», a toda criada con la que se encontraba.</p>
<p>Era inútil hacer nada. Era inútil asustarse, por el momento y por uno mismo, por causa de un búho auténtico, y luego enseñar el búho. Era inútil descubrir, tocando accidentalmente una discordancia en el piano, que Turk siempre aullaba en determinadas notas y combinaciones. Era en vano ser un Radamanto de las campanas, y si una desafortunada campana sonaba sin cesar, echarla abajo inexorablemente y silenciarla. Era en vano dejar que el fuego subiera por las chimeneas, lanzar antorchas al pozo, entrar furiosamente a la carga en las habitaciones y habitáculos sospechosos. Cambiamos de servidumbre y la cosa no mejoró. La nueva escapó, y llegó una tercera sin que mejorara nada. Finalmente, el cuidado confortable de la casa llegó a estar tan desorganizado y echado a perder que una noche, abatido, le dije a mi hermana:</p>
<p>-Patty, empiezo a desesperar de que consigamos criados que vengan aquí con nosotros, y creo que deberíamos abandonar.</p>
<p>Mi hermana, que es una mujer de considerable espíritu, contestó:</p>
<p>-No, John, no abandones. No te des por vencido, John. Hay otro modo.</p>
<p>-¿Y cuál es? -pregunté yo.</p>
<p>John, si no vamos a dejar que nos echen de esta casa, y por ningún motivo lo vamos a permitir, a ti y a mí nos debe resultar evidente que debemos cuidarnos de nosotros y tomar la casa total y exclusivamente en nuestras manos.</p>
<p>-Pero las criadas -dije yo.</p>
<p>-No las tengamos -contestó audazmente m hermana.</p>
<p>Como la mayoría de las personas que ocupar una posición semejante a la mía en la vida, jamó; había pensando en la posibilidad de pasar sin la fie obstrucción de los criados. La idea me resultó tar nueva cuando me la sugirió que la miré dubitativamente.</p>
<p>-Sabemos que llegan aquí predispuestas a asustarse y contagiarse el miedo unas a otras, y sabemos que se asustan y se contagian el miedo unas a otra; -comentó mi hermana.</p>
<p>-Con la excepción de Bottles -comenté yo el tono meditativo.</p>
<p>(Me refería al mozo de establo sordo). Lo había cogido a mi servicio, y seguía manteniéndolo, como un fenómeno de mal humor del que no podía encontrarse otro ejemplo en Inglaterra.)</p>
<p>-Evidentemente, John -asintió mi hermana-. Salvo Bottles. ¿Y qué prueba eso? Bottles no habla con nadie, y no escucha a nadie a menos que se le grite desenfrenadamente, ¿y qué alarma ha producido o recibido Bottles? Ninguna.</p>
<p>Eso era absolutamente cierto; el individuo en cuestión se retiraba todas las noches a las diez en punto a su cama, colocada encima de la cochera, sin más compañía que un aventador y un cubo de agua. Había yo fijado en mi mente, como un hecho digno de recordar, que si a partir de ese momento me colocaba sin anunciar en el camino de Bottles, el cubo de agua caería sobre mi cabeza y el aventador me cruzaría el cuerpo. Bottles tampoco se había enterado lo más mínimo de los numerosos alborotos que montábamos. Hombre imperturbable y sin habla, se había sentado a tomar su cena mientras Streaker se desmayaba y la Chica Extraña se volvía de mármol, y lo único que hacía era coger otra patata o aprovecharse de la desgracia general para servirse más ración de pastel del carne.</p>
<p>-Y por ello -siguió diciendo mi hermana-, descarto a Bottles. Y considerando, John, que la casa es demasiado grande, y quizá demasiado solitaria, para que la podamos mantener bien entre Bottles, tú y yo; propongo que busquemos entre nuestros amigos a un número selecto de entre los más voluntariosos y dignos de confianza, que formemos una sociedad aquí durante tres meses, ayudándonos unos a otros en las tareas de la casa, que vivamos alegre y socialmente y veamos lo que sucede.</p>
<p>Me sentí tan encantado con mi hermana que la abracé allí mismo y me dispuse a poner en marcha su plan con el mayor ardor.</p>
<p>Por aquel entonces nos encontrábamos en la tercera semana de noviembre, pero emprendimos las medidas con tanto vigor, y fuimos tan bien secundados por los amigos en los que confiábamos, que todavía faltaba una semana para expirar el mes cuando nuestro grupo llegó conjunta y alegremente y pasó revista a la casa encantada.</p>
<p>Mencionaré ahora dos pequeños cambios que realicé mientras mi hermana y yo estábamos todavía solos. Se me ocurrió que no sería improbable que Turk aullara en la casa durante la noche, en parte porque quería salir de ella, por lo que lo dejé en la perrera exterior, pero sin encadenarlo; y advertí seriamente al pueblo que cualquiera que se pusiera delante del perro no debía esperar separarse de él sin un mordisco en la garganta. Luego, de modo casual, pregunté a Ikey si sabía juzgar bien una escopeta.</p>
<p>-Claro, señor, conozco una buena escopeta nada más verla -respondió él, y yo le supliqué el favor de que se acercara a la casa y examinara la mía.</p>
<p>-Es una de verdad, señor -dijo Ikey tras inspeccionar un rifle de doble cañón que unos años antes había comprado en Nueva York-. No hay ningún error sobre ella, señor.</p>
<p>-Ikey-le dije yo-. No lo mencione, pero he visto algo en esta casa.</p>
<p>-¿No, señor? -susurró abriendo codiciosamente los ojos-. ¿La mujer capuchada, señor?</p>
<p>-No se asuste -repliqué yo-. Era una figura bastante parecida a usted.</p>
<p>-¡Dios mío, señor!</p>
<p>-¡Ikey! -exclamé yo estrechándole las manos calurosamente; podría decir que afectuosamente-. Si hay algo de verdad en esas historias de fantasmas, el mayor favor que puedo hacerle es disparar a esa figura. ¡Y le prometo por el cielo y la tierra que lo haré con esta escopeta si vuelvo a verla!</p>
<p>El joven me dio las gracias y se despidió con cierta precipitación tras rechazar un vaso de licor. Le di a conocer mi secreto porque jamás había olvidado el momento en el que lanzó la gorra a la campana; porque en otra ocasión había observado algo muy semejante a un gorro de piel que yacía no muy lejos de la campana una noche en la que ésta había roto a sonar; y porque había observado que siempre que venía él por la tarde para consolar a las criadas luego nos encontrábamos mucho más fantasmales. Pero no debo ser injusto con Ikey. Tenía miedo de la casa y creía que estaba hechizada; aun así, estaba seguro de que él exageraría sobre el aspecto del encantamiento en cuanto tuviera una oportunidad. El caso de la Chica Extraña era exactamente similar. Recorría la casa en un estado de auténtico terror, pero mentía monstruosa y voluntariamente e inventaba muchas de las alarmas que ella misma extendía y producía muchos de los sonidos que escuchábamos Lo sabía bien porque les había estado vigilando a 1os dos. No es necesario que explique aquí ese absurdo estado mental; me contento con observar que ese es del conocimiento general de todo hombre inteligente que tenga una buena experiencia médica, 1egal o de cualquier otro tipo de vigilancia; que es un estado mental tan bien establecido y tan común como cualquier otro con el que están familiarizados los observadores; y que es uno de los primeros elementos, por encima de todos los demás, del que sospecha racionalmente; y que se busca estrictamente, separándola, cualquier cuestión de este tipo</p>
<p>Pero volvamos a nuestro grupo. Lo primero que hicimos cuando estuvimos todos reunidos fue echar suertes los dormitorios. Hecho eso, y después de que todo dormitorio, en realidad toda la casa, hubiera sido minuciosamente examinado por el grupo completo, asignamos las diversas tareas domésticas como si nos encontráramos entre un grupo de gitanos, o u grupo de regatas, o una partida de caza o hubiéramos naufragado. Después les conté los rumores concernientes a la dama encapuchada, el búho y el Amo B junto con otros que habían circulado todavía con mayor firmeza durante nuestra ocupación de la casa, relativos a una ridícula y vieja fantasma que subía y bajaba llevando el fantasma de una mesa redonda; también a un impalpable borrico a quien nadie fu capaz nunca de capturar. Creo realmente que los sirvientes de abajo se habían comunicado unos a otros estas ideas de una manera enfermiza, sin transmitirlas en forma de palabras. Después, solemnemente, nos dijimos unos a otros que no estábamos allí para ser engañados ni para engañar, lo que nos parecía en gran parte lo mismo, y que con un serio sentido de la responsabilidad seríamos estrictamente sinceros unos con otros y seguiríamos estrictamente la verdad. Quedó establecido que cualquiera que escuchara ruidos inusuales durante la noche, y deseara rastrearlos, llamaría a mi puerta; y acordamos finalmente que en la noche duodécima, la última noche de la sagrada Navidad, todas nuestras experiencias individuales desde el momento de la llegada conjunta a la casa encantada serían comunicadas para el bien de todos, y que hasta entonces mantendríamos silencio sobre el tema a menos que alguna provocación notable exigiera que lo rompiéramos.</p>
<p>En cuanto al número y el carácter éramos como ahora describo: en primer lugar estábamos nosotros dos, mi hermana y yo. Al echar las habitaciones a suertes, a mi hermana le correspondió su dormitorio, y a mí el del Amo B. Después estaba nuestro primo hermano John Herschel, llamado así por el conocido astrónomo; y supongo de él que es mejor con un telescopio que como hombre. Con él estaba su esposa: una persona encantadora con la que se había casado la primavera anterior. Consideré que, dadas las circunstancias, había sido bastante imprudente el traerla con él, porque no se sabe lo que una falsa alarma puede provocar en esos momentos, pero imagino que él conocerá bien sus propios asuntos y sólo debo decir que de haber sido mi esposa en ningún momento habría dejado de vigilar su rostro cariñoso brillante. Les correspondió la habitación del reloj. . Alfred Starling, un joven inusualmente agradable, de veintiocho años, por el que sentía yo el mayor agrado, le correspondió la habitación doble; la que había sido mía, y que se designaba con ese nombre por tener en su interior un vestidor y que incluía dos amplias y molestas ventanas que no conseguí evitar que dejaran de moverse fuera cual fuera el tiempo, con viento o sin él. Alfredo es un joven que pretende ser «n pido» (tal como entiendo yo el término, otra palabra para decir «vago»), pero que es muy bueno y sensible para ese absurdo, y se habría distinguido antes d ahora si por desgracia su padre no le hubiera dejad una pequeña independencia de doscientas libras &lt; año, teniendo en cuenta que su única ocupación e la vida ha sido la de gastar seiscientas. Sin embargo, tengo la esperanza de que su banquero pueda entra en quiebra o que participe en alguna especulación que garantice un veinte por ciento, pues estoy convencido de que si consiguiera arruinarse su fortuna estaría hecha. Belinda Bates, amiga íntima de mi hermana, y una joven deliciosa, amable e intelectual pasó a ocupar la habitación del cuadro. Tiene verdadero talento para la poesía, unido a una verdadera seriedad para los negocios, y «encaja», por utilizar un expresión de Alfred, en la misión de la Mujer, los de techos de la Mujer, los errores de la mujer y todo, aquello que lleve la palabra Mujer con una M mayúscula, o todo aquello que no es y debería ser, o que es y no debería ser.</p>
<p>-¡Mi queridísima y digna de alabanzas, que el cielo te siga haciendo prosperar! -le susurré la primera noche cuando me despedí de ella en la puerta de la habitación del cuadro-. Pero no te excedas. Y con respecto a la gran necesidad que hay, querida mía, de que haya más empleos al alcance de la mujer de los que nuestra civilización les ha asignado todavía, no arremetas violentamente contra los desafortunados hombres, incluso aquellos hombres que a primera vista se interponen en tu camino, como si fueran los opresores naturales de tu sexo; pues créeme, Belinda, que a veces se gastan el salario entre esposas e hijas, hermanas, madres, tías y abuelas; y no toda la obra es Caperucita y el Lobo, sino que tiene también otras partes.</p>
<p>Sin embargo, esto es una digresión. Como ya he mencionado, Belinda ocupaba la habitación del cuadro. Nos quedaban tres aposentos: la habitación de la esquina, la habitación del armario y la habitación del jardín. Mi antiguo amigo Jack Governor, «estiró el catre», tal como él lo expresó, en la habitación de la esquina. Siempre he considerado a Jack como el marinero de mejor aspecto que ha navegado nunca. Ahora tiene canas, pero sigue tan guapo como hace un cuarto de siglo&#8230; qué va, mucho más guapo. Es un hombre de hombros anchos, rollizo, alegre y bien constituido, con una sonrisa franca, ojos oscuros y brillantes y cejas espesas. Las recuerdo bajo sus cabellos oscuros y todavía parecen mejor por su tono plateado. Ha estado en todas partes en las que ondea la bandera de la Unión, y he conocido</p>
<p>a colegas suyos, en el Mediterráneo y al otro lado de Atlántico, que se han animado sólo al oír mencionar ese nombre, y han gritado:</p>
<p>-¿Conoce a Jack, Governor? ¡Entonces conoce: un príncipe!</p>
<p>¡Y eso es lo que es! Y, además, es un oficial de La marina de manera tan inequívoca que si el lector lo viera salir de una choza de nieve esquimal vestido con pieles de foca, se sentiría vagamente persuadid( de que iba vestido con el uniforme naval completo</p>
<p>En un tiempo, Jack había puesto su mirada brillante en mi hermana; pero se casó con otra dama y se la llevó a Sudamérica, donde murió ésta. De ese hace doce años, o más. Trajo con él a nuestra casi hechizada un pequeño barril de vaca salada; pues está convencido de que cualquier vaca salada que no haya preparado él es pura carroña, por lo que invariablemente, cuando va a Londres, incluye un trozo en su maleta ligera. Se había ofrecido también, traer con él a un tal «Nat Beaver», un antiguo camarada suyo, capitán de un mercante. El señor Beaver con una figura y un rostro como de madera, y aparentemente tan duro como un bloque, resultó ser un hombre inteligente con todo un mundo de experiencias marinas y un gran conocimiento práctico. A veces mostraba un curioso nerviosismo, por lo visto consecuencia de una antigua enfermedad, pero rara vez duraba muchos minutos. Le correspondió la habitación del armario, que habitó al lado del señor Undery, mi amigo y procurador legal, quien acudió, como aficionado, «para examinar esto», tal como él dijo, y que es mejor jugador de «whist» que toda la lista de abogados, del extremo del principio hasta el del final.</p>
<p>Nunca me sentí más feliz en mi vida, y creo que ése era el sentimiento general entre nosotros. Jack Governor, un hombre siempre de recursos maravillosos, se convirtió en el jefe de cocina, e hizo algunos de los mejores platos que he comido nunca, incluyendo unos «curries» inaccesibles. Mi hermana se dedicó a las tartas y dulces. Starling y yo éramos ayudantes de cocina por turnos, aunque en las ocasiones especiales el jefe de cocina «presionaba» al señor Beaver. Hacíamos muchos ejercicios y deportes al aire libre, pero nada se olvidaba dentro de la casa, y no había mal humor ni malos entendidos entre nosotros, por lo que nuestras tardes eran tan placenteras que al menos teníamos una buena razón para no desear irnos a la cama.</p>
<p>Al principio tuvimos algunas alarmas nocturnas. La primera noche me despertó Jack llevando en la mano un maravilloso farol de barco, que asemejaba las agallas de algún monstruo de las profundidades, para decirme que «iba a arribar al palo principal» para derribar la veleta. Era una noche tormentosa y puse objeciones, pero Jack llamó mi atención sobre el hecho de que producía un sonido semejante a un grito de desesperación, y añadió que si no se hacía así alguien iba a «invocar a un fantasma». Así que subimos a la parte de arriba de la casa, donde apenas sí podía sostenerme por culpa del viento, acompañados por el señor Beaver; y allí Jack, con el farol y todo, seguido por el señor Beaver, subieron arrastrándose hasta la parte superior de la cúpula, situad-, a unos diez metros por encima de la chimeneas, sir nada sólido sobre lo que sostenerse, derribando fríamente la veleta hasta que ambos se sintieron tan animados por el viento y la altura que llegué a pensar que nunca bajarían de allí. Otra noche volvieron aparecer junto a mi puerta para derribar un sombrerete de chimenea. Otra noche se dedicaron a cortas una tubería que sollozaba y sorbía. Otra noche descubrieron algo más. En varias ocasiones, ambos, de la manera más fría, salieron simultáneamente por su; respectivas ventanas agarrándose de las colchas de la cama, para «examinar» algo misterioso que había en el jardín.</p>
<p>El compromiso que habíamos aceptado todos, se cumplió fielmente y nadie reveló nada. Lo único que sabíamos era que, si la habitación de alguno estaba, hechizada, nadie parecía tener peor aspecto por ello</p>
<p>El fantasma de la habitación del Amo B.</p>
<p>Cuando me instalé en la buhardilla triangular que tan distinguida fama había obtenido, mis pensamientos se centraron, lógicamente, en el Amo B. Mis especulaciones con respecto a él eran muchas y resultaban inquietantes. Si su nombre de pila fuese Benjamin, Bissextile (por haber nacido en año bisiesto), Bartholomew o Bill. Si la inicial perteneciese a su apellido, y si éste fuese Baxter, Black, Brown, Barker, Buggins, Baker o Bird. Si fuese un inclusero, y por eso se le había bautizado como B. Si fuese un muchacho con corazón de león, y por eso B. era una abreviatura de Britano. Si pudiese ser pariente de una ilustre dama que animó mi propia infancia, y procedía de la sangre de la Brillante Madre Bunch.</p>
<p>Me atormenté mucho con estas inútiles meditaciones. También traté de unir la misteriosa letra con la apariencia y las actividades del fallecido, preguntándome si vestiría Bien, llevaría Botas (no debía ser Bizco), era un chico Brillante, le gustaban los Barcos, sabía jugar bien a los Bolos, tenía alguna habilidad como Boxeador, incluso si en su Boyante y Baja edad se Bañaba en una máquina de Bañar en Bognor, Bangor, Bournemouth, Brighton o Broadstairs, Botando como una Bola de Billar.</p>
<p>Así que para empezar me sentí hechizado por la letra B.</p>
<p>No pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que nunca, ni por azar, había soñado con el Ar B. ni con nada que le perteneciera. Pero en cuan despertaba del sueño, a cualquier hora de la noche mis pensamientos se centraban en él, y deambulaban tratando de unir su letra inicial con algo que fuera adecuado.</p>
<p>Pasé así seis noches preocupado en la habitación del Amo B. cuando empecé a darme cuenta de que las cosas estaban yendo por mal camino.</p>
<p>Su primera aparición se produjo a primera he de la mañana, cuando empezaba a iluminar la luz del día. Estaba de pie, afeitándome frente al espejo cuando descubrí de pronto con consternación asombro que no me estaba afeitando a mí mismo un hombre de cincuenta años, sino a un muchacho ¡Evidentemente el Amo B.!</p>
<p>Me eché a temblar y miré por encima del hombro, pero no había nadie allí. Volví a mirar el espejo y vi claramente los rasgos y la expresión de un muchacho que se estaba afeitando no para quitarse barba, sino para conseguir que le saliera. Extremadamente turbado en mi mente, di varias vueltas F la habitación y volví frente al espejo, resuelto a asesinarme y terminar la operación en la que me había turbado. Al abrir los ojos, que había cerrado hasta recuperar la firmeza, vi en el espejo, mirándome, rectamente, los ojos de un joven de veinticuatro veinticinco años. Aterrado por ese nuevo fantasma cerré los ojos e hice un esfuerzo voluntarioso por recuperarme. Al abrirlos de nuevo vi en el espejo afeitándose, a mi padre, quien hacía ya tiempo que había muerto. Incluso llegué a ver a mi abuelo, a quien no había llegado a conocer.</p>
<p>Aunque muy afectado, lógicamente, por esas visitas asombrosas, decidí guardar el secreto hasta el momento fijado para la revelación general. Agitado por una multitud de pensamientos curiosos me retiré a mi habitación esa noche dispuesto a enfrentarme a alguna experiencia nueva de carácter espectral. ¡No fue innecesaria mi preparación, pues al despertar de un inquieto sueño exactamente a las dos de la madrugada imagine el lector lo que sentí al descubrir que estaba compartiendo la cama con el esqueleto del Amo B.!</p>
<p>Me levanté como impulsado por un resorte y el esqueleto hizo lo mismo. Escuché entonces una voz quejumbrosa que decía:</p>
<p>-¿Dónde estoy? ¿Qué ha sido de mí?</p>
<p>Al mirar fijamente en esa dirección, percibí el fantasma del Amo B.</p>
<p>El joven espectro iba vestido siguiendo una moda obsoleta: o más bien que vestido podía decirse que iba embutido en un paño de mezclilla de calidad inferior que unos botones brillantes volvían horrible. Observé que, en una doble hilera, esos botones llegaban hasta los hombros del joven fantasma dando la impresión de que descendían por su espalda. Unas chorreras le cubrían el cuello. La mano derecha (que vi con toda claridad que estaba manchada de tinta) la tenía sobre el estómago; relacionando ese gesto con algunos granos que tenía en</p>
<p>su semblante, y con su aspecto general de sentir náuseas, llegué a la conclusión de que era el fantasma de un muchacho que había tenido que tomas excesivas medicinas.</p>
<p>-¿Dónde estoy? -preguntó el pequeño espectro con voz patética-. ¿Y por qué tuve que nacer en la época del calomelanos, y por qué me tuvieron que dar tanto calomelanos?</p>
<p>Le contesté con la sinceridad más formal que por mi alma que no podía decírselo.</p>
<p>-¿Dónde está mi hermanita y dónde mi angélica y pequeña esposa, y dónde el chico con el que iba a la escuela?</p>
<p>Le rogué al fantasma que se consolara, pero por encima de todas las cosas me tomé muy seriamente la pérdida del muchacho con el que iba a la escuela. Traté de convencerle, partiendo de mi experiencia humana, de que probablemente de haber sabido lo que había sido de ese chico nunca le habría parecido bien. Le hice entender que yo mismo, en mi vida posterior, me había encontrado con varios chicos de los que habían sido compañeros de escuela, y ninguno de ellos había respondido a mis expectativas. Le expresé mi humilde creencia de que ese muchacho no habría respondido. Le hablé de un compañero mío que tenía un carácter mítico y que resulté un engaño y un chasco. Le conté que la última ves que lo había visto fue en una cena detrás de una enorme corbata blanca, sin ninguna opinión concluyente sobre ningún tema, y una capacidad de silencioso aburrimiento absolutamente titánica. Le relaté que como habíamos estado juntos en «Old Doylance&#8217;s», se había invitado él solo a desayunar conmigo (una ofensa social de la mayor magnitud); que en un intento de reavivar las débiles ascuas de mi creencia en los muchachos de Doylance&#8217;s, se lo había permitido, y que resultó ser un vagabundo terrible que perseguía a la raza de Adán con inexplicables ideas concernientes a la moneda y con la propuesta de que el banco de Inglaterra, so pena de ser abolido, debía librarse instantáneamente y poner en circulación de Dios sabe cuántos miles de millones de billetes de dieciséis peniques.</p>
<p>El fantasma me escuchó en silencio y con la mirada fija.</p>
<p>-¡Barbero! -me apostrofó cuando terminé.</p>
<p>-¿Barbero? -dije yo repitiendo la pregunta, pues no pertenezco a esa profesión.</p>
<p>-Condenado a afeitar constantemente a clientes cambiantes -añadió el fantasma-&#8230; ahora yo&#8230; luego un hombre joven&#8230; luego a sí mismo&#8230; luego su padre&#8230; luego su abuelo; condenado también a acostarse con un esqueleto cada noche, y a levantarse con él cada mañana&#8230;</p>
<p>(Me estremecí al escuchar ese terrible anuncio.)</p>
<p>-¡Barbero! ¡Sígame!</p>
<p>Antes incluso de que pronunciara las palabras había sentido que un hechizo me obligaría a seguir al fantasma. Lo hice así inmediatamente, y ya no me encontré en la habitación del Amo B.</p>
<p>Muchas personas saben las largas y fatigosas jornadas nocturnas a las que se sometía a las brujas que solían confesar, y que sin duda contaban exactamente la verdad; sobre todo porque se las ayudaba con preguntas capciosas y porque la tortura estaba siempre preparada. Pues afirmo que durante el tiempo en el que ocupé la habitación del Amo B. el fantasma, que la tenía hechizada me condujo en expediciones tan largas y salvajes como la que acabo de mencionar Claro que no me presentó a ningún anciano andrajoso con rabo y cuernos de cabra (algo situado entro Pan y un ropavejero), celebrando con ellos recepciones convencionales tan estúpidas como las de la vid, real pero menos decentes; pero encontré otras cosa, que me parecieron tener mayor significado.</p>
<p>Esperando que el lector confíe en que digo la ver dad, y en que seré creído, afirmo sin vacilación que seguí al fantasma, la primera vez sobre una escoba, después sobre un caballito balancín. Estoy dispuesto a jurar que incluso olí la pintura del animal, especial mente cuando al calentarse con mi roce empezó brotar. Después seguí al fantasma en un simón; una verdadera institución cuyo olor desconoce la generación actual, pero que de nuevo estoy dispuesto a jurar que es una combinación de establo, perro cae sarna y un fuelle muy viejo. (Para que me confirmes o me refuten, apelo en esto a las generaciones anteriores.) Seguí al fantasma en un asno sin cabeza, un asno tan interesado por el estado de su estómago que tenía siempre allí su cabeza, investigándolo; sobre potros que habían nacido expresamente para cocea por detrás; sobre tiovivos y balancines de las ferias, en el primer coche de punto, otra institución olvidad en la que el pasaje solía meterse en la cama y el conductor les remetía las mantas.</p>
<p>No le molestaré con un relato detallado de todos los viajes que hice persiguiendo al fantasma del Amo B., mucho más largos y maravillosos que los de Simbad el Marino, y me limitaré a una experiencia que le servirá al lector para juzgar las múltiples que se produjeron.</p>
<p>Me vi maravillosamente alterado. Era yo mismo, y, sin embargo, no lo era. Era consciente de algo que había en mi interior, que había sido igual a lo largo de toda mi vida y que había reconocido siempre en todas sus fases y variedades como algo que nunca cambiaba, y, sin embargo, no era yo el yo que se había acostado en el dormitorio del Amo B. Tenía yo el más liso de los rostros y las piernas más cortas, y había traído a otro ser como yo mismo, también con el más liso de los rostros y las piernas más cortas, tras una puerta, y le estaba confiando una proposición de la naturaleza más sorprendente.</p>
<p>La proposición era que deberíamos tener un harén.</p>
<p>El otro ser asintió calurosamente. No tenía la menor noción de respetabilidad, lo mismo que me pasaba a mí. Era una costumbre de oriente. Era lo habitual del Califa Haroun Alraschid (¡permítanme por una vez escribir mal el nombre porque está lleno de fragancias a dulces recuerdos!), su utilización era muy laudable y de lo más digno de imitación.</p>
<p>-¡Oh, sí! Tengamos un harén -dijo el otro ser dando un salto.</p>
<p>El hecho de que comprendiéramos que debía mantenerlo en secreto ante la señorita Griffin t debió a que tuviéramos la menor duda con respecto al meritorio carácter de la institución oriental nos proponíamos importar. Fue porque sabía que la señorita Griffin estaba tan desprovista de simpatías humanas que era incapaz de apreciar la grandeza del gran Haroun. Y como la señorita Griffin a quedar envuelta irremediablemente en el mismo decidimos confiárselo a la señorita Bule.</p>
<p>Éramos diez personas en el establecimiento señorita Griffin, junto a Hampstead Ponds; las damas y dos caballeros. La señorita Bule, quien según pensaba yo había alcanzado la edad madura a los ocho o los nueve, ocupó el papel principal sociedad. En el curso de ese día le hablé del tema y le propuse que se convirtiera en la favorita.</p>
<p>La señorita Bule, tras luchar con la timidez tan natural y encantadora resultaba en su adorable sexo, expresó que se sentía halagada por la idea deseó saber las medidas que proponíamos todo con respecto a la señorita Pipson. La señorita Bule que en Servicios y Lecciones de la Iglesia completos en dos volúmenes con caja y llave había jurado a esa joven dama una amistad compartiéndolo todo sin secretos hasta la muerte, dijo que como a mi Pipson no podía ocultarse a sí misma, ni a mí Pipson no era un ser común.</p>
<p>Ahora bien, como la señorita Pipson tenía cabellos claros y rizados y ojos azules (lo que se ajustaba a mi idea de cualquier ser femenino y mortal que se llamara Hada), contesté rápidamente que consideraba a la señorita Pipson como un hada circasiana.</p>
<p>-¿Y entonces, qué? -preguntó pensativamente la señorita Bule.</p>
<p>Contesté que debía ser engañada por un mercader, traída hasta mí cubierta con velos y vendida como esclava.</p>
<p>(El otro ser había pasado ya a ocupar el segundo papel masculino dentro del Estado y designado como Gran Visir. Más tarde se resistió a que se hubiera dispuesto así de los acontecimientos, pero le tiré del pelo hasta que cedió.)</p>
<p>-¿Y no me sentiré celosa? -quiso saber la señorita Bule haciendo la pregunta con la mirada baja.</p>
<p>-Zobaida, no -contesté yo-. Tú serás siempre la sultana favorita; el principal lugar en mi corazón, y en mi trono, serán siempre para ti.</p>
<p>Una vez segura de eso, la señorita Bule consintió en proponer la idea a sus siete hermosas compañeras. En el curso de ese mismo día se me ocurrió que sabíamos que podríamos confiar en un alma sonriente y afable llamada Tabby, que era la esclava servil de la casa y no representaba más valor que una de las camas, y cuyo rostro estaba siempre más o menos manchado de color plomo, por lo que tras la cena deslicé en la mano de la señorita Bule una pequeña nota a ese efecto considerando que esas manchas plomizas hubieran sido en cierta manera depositadas por el dedo de la providencia, designaba a Tabby como Mesrour, el famoso jefe de los negros del harén.</p>
<p>Hubo dificultades para la formación de la deseada institución, como las hay siempre en todo lo que exige combinaciones. El otro ser demostró tener u carácter bajo, y al haber sido derrotado en sus aspiraciones al trono simuló tener escrúpulos de conciencia para postrarse delante del califa; no se dirigiría a él con el título de jefe de los fieles; le hablar de manera ligera e incoherente designándole como simple «compañero»; y él, el otro ser, dijo que «n jugaría»&#8230; ¡jugar!, y fue en otros aspectos rudo ofensivo. Sin embargo, esa disposición maligna fue derrotada por la indignación general de un haré unido, y yo fui bendecido por las sonrisas de ocho de las más hermosas hijas de los hombres.</p>
<p>Las sonrisas sólo podían concederse cuando señorita Griffin miraba hacia otra parte, y aun entonces sólo de una manera muy cautelosa, pues había una leyenda entre los seguidores del profeta que ella vio en un pequeño ornamento redondo en medio del dibujo de la parte posterior de su chal. Por todos los días, después de la cena, nos reuníamos durante una hora y entonces la favorita y el resto del harén real competían acerca de quién era la que debía divertir el ocio del Sereno Haroun en su reposo de las preocupaciones del Estado; que genera mente eran, como la mayoría de los asuntos de Estado, de carácter aritmético, y el jefe de los fieles sólo era un amedrentado miembro más.</p>
<p>En esas ocasiones, el entregado Mesrour, jefe los negros del harén, acudía siempre (la señorita Griffin solía llamar a ese oficial, al mismo tiempo con gran vehemencia), pero no actuaba jamás de una manera digna de su fama histórica. En primer lugar, su forma de pasar la escoba por el diván del califa, incluso cuando Haroun llevaba sobre sus hombros la túnica roja de la cólera (la pelliza de la señorita Pipson), aunque pudiera hacerse entender en ese momento nunca quedaba satisfactoriamente explicada. En segundo lugar, su forma de irrumpir en sonrientes exclamaciones de «¡vigile a sus bellezas!» no era ni oriental ni respetuosa. En tercer lugar, cuando se le ordenaba especialmente que dijera «¡Bismillah!», siempre exclamaba «¡aleluya!» Este oficial, a diferencia de los demás de su categoría, siempre estaba de demasiado buen humor, mantenía la boca demasiado abierta, expresaba su aprobación hasta un punto incongruente, e incluso una vez -con ocasión de la compra de la hermosa circasiana por quinientas mil bolsas de oro, y fue barata-, abrazó a la esclava, a la favorita, al califa y a todos los demás. (¡Permítaseme decir, entre paréntesis, que Dios bendiga a Mesrour, y que pueda tener hijos e hijas en ese tierno pecho que hayan suavizado desde entonces muchos días terribles!)</p>
<p>La señorita Griffin era un modelo de decoro, y me cuesta encontrar palabras para imaginar los sentimientos que habría tenido la virtuosa mujer de haber sabido que, cuando desfilaba por la calle Hampstead abajo de dos en dos caminaba con paso majestuoso a la cabeza de la poligamia y el mahometanismo. Creo que la causa principal de que conserváramos nuestro secreto era una alegría terrible y misteriosa que nos inspiraba la contemplación de la señorita Griffin en ese estado inconsciente, y una sensación formidable, predominante entre nosotros, de que había un poder temible en nuestro conocimiento de lo que no sabía la señorita Griffin (cuando en cambio sabía todas las cosas que podían aprenderse en los libros). El secreto se mantuvo maravillosamente, aunque en una ocasión estuvo a punto de traicionarse. El peligro, y la escapatoria, se produjo un domingo. Estábamos los diez situados en una zona bien visible de la iglesia, con la señorita Griffin a la cabeza, tal como hacíamos todos los domingos, percibiendo el lugar de una manera profana, cuando acertaron a leer la descripción de Salomón en su gloria. En el momento en que se referían así al monarca, la conciencia me susurró: «¡también tú, Haroun!» El ministro oficiante tenía un defecto en la vista y eso hacía que pareciera que estuviera leyendo personalmente para mí. Un sonrojo carmesí, unido a una sudoración debida al miedo, cubrió mis rasgos. El Gran Visir se quedó más muerto que vivo y todo el harén enrojeció como si la puesta de sol de Bagdad brillara directamente sobre sus rostros maravillosos. En ese momento portentoso se levantó la temible Griffin y vigiló con tristeza a los hijos del Islam. Mi propia impresión fue la de que la Iglesia y el Estada habían iniciado con la señorita Griffin una conspiración para descubrirnos, y que todos seríamos puestos en sábanas blancas y exhibidos en la nave central. Pero el sentido de la rectitud de la señorita Griffin era tan occidental, si se me permite la expresión en oposición a las asociaciones orientales, que pensó que aquello era un disparate y nos salvamos.</p>
<p>He solicitado una reunión del harén sólo para preguntar si el jefe de los fieles debería ejercer el derecho de besar en ese santuario del palacio en el que se dividían sus habitantes sin igual. Zobaida reivindicó como favorita su derecho a rascarse, la hermosa circasiana a poner el rostro como refugio en una bolsa verde de bayeta, pensada originalmente para libros. Por otro lado, una joven antílope de belleza trascendente que procedía de las fructíferas llanuras de Camdentown (adonde había sido llevada por unos comerciantes en la caravana que dos veces por año cruzaba el desierto intermedio tras las vacaciones), sostenía opiniones más liberales, pero reivindicaba que se limitara el beneficio de éstas a ese perro e hijo de perro, el Gran Visir, quien no tenía derecho si no estaba en cuestión. Finalmente la dificultad fue obviada mediante el nombramiento de una esclava muy joven como delegada. Ésta, en pie sobre un escabel, recibió oficialmente en sus mejillas los saludos dirigidos por el gracioso Haroun a las otras sultanas y fue recompensada privadamente por las arcas de las damas del harén.</p>
<p>Y entonces, en la altura máxima del placer de mi éxtasis, me vi gravemente turbado. Empecé a pensar en mi madre, y en lo que ella opinaría del hecho de que en el solsticio estival me hubiera llevado a casa a ocho de las más hermosas hijas de los hombres, sin que a ninguna de ellas se la esperara. Pensé en el número de camas que habíamos hechos en nuestra casa, todas con los ingresos de mi padre, y en el panadero, y mi desaliento se redobló. El harén y el malicioso Visir, adivinando la causa de la infelicidad de su señor, hicieron todo lo posible por aumentarla Profesaron una fidelidad sin límites y afirmaron que vivirían y morirían con él. Reducido a la máxima desdicha por esas protestas de unión, permanecía despierto durante horas meditando sobre mi terrible destino. En mi desesperación creo que había aprovechado la menor oportunidad de caer de rodillas ante la señorita Griffin, declarando mi semejanza con Salomón y rogando fuera tratado de acuerdo con las leyes violentas de mi país si no se abría ante mí algún medio impensable de escape.</p>
<p>Un día salimos a pasear de dos en dos -con ocasión de lo cual el Visir había dado sus instrucciones habituales de observar al muchacho de la barrera di portazgo, teniendo en cuenta que si miraba profanamente (tal como hacía siempre) a las bellezas del harén habría que ahorcarlo durante el curso de la noche- cuando sucedió que nuestros corazones se vieron velados por la melancolía. Un inexplicable acto de la antílope había sumido al Estado en la de gracia. En la representación que se había hecho el di anterior por su cumpleaños, en la que grandes tesoros habían sido enviados en una canasta para su celebración (ambas afirmaciones carentes de base), embaucadora había invitado en secreto pero vehementemente a treinta y cinco príncipes y princesas vecinos a un baile y una cena: con la estipulación especial de que «no se les iría a buscar hasta las doce». Tal extravío del capricho de la antílope fue la causa de la sorprendente llegada ante la puerta de la señorita Griffin, con diversos equipajes y variadas escoltas, de un abultado grupo vestido de gala que se quedó en el escalón superior con grandes expectativas y fue despedido con lágrimas. Al principio de la doble llamada que acompaña a estas ceremonias, el antílope se había retirado a un ático trasero encerrándose con cerrojo en él; con cada nueva llegada la señorita Griffin se iba poniendo más y más frenética hasta que finalmente se la vio desgarrarse la parte delantera. La capitulación última por parte de la ofensora la llevó a la soledad en el cuarto de la ropa a pan y agua, y produjo una conferencia ante todo el grupo, de vengativa extensión, en la que la señorita Griffin utilizó las expresiones siguientes: en primer lugar, «creo que todos lo sabían»; en segundo lugar, «cada uno de ustedes es tan perverso como los demás»; en tercer lugar, «son un grupo de seres mezquinos».</p>
<p>Dadas las circunstancias, caminábamos apesadumbrados; y especialmente yo, sobre el que pesaban gravemente las responsabilidades musulmanas, me encontraba en un bajísimo estado mental; entonces un desconocido abordó a la señorita Griffin y tras caminar a su lado un rato hablando con ella, me miró a mí. Suponiendo yo que sería un esbirro de la ley, y que había llegado mi hora, eché a correr al instante con el propósito general de huir a Egipto.</p>
<p>Todo el harén empezó a gritar cuando me vieron correr tan rápido como me lo permitían mis piernas (tenía la impresión de que girando por la primera calle a la izquierda, y dando la vuelta a taberna, encontrar el camino más corto hacia las pirámides), la señorita Griffin gritó detrás de mí, el infiel Visir corrió detrás de mí, y el muchacho de la barrera de portazgo me acorraló en una esquina, como si fuera una oveja, y me cortó el paso. Nadie me riñó cuan do fui apresado y conducido de regreso; la señorita Griffin sólo dijo, con una amabilidad sorprendente que aquello era muy curioso. ¿Por qué había escapa do cuando el caballero me miró?</p>
<p>De haber tenido yo aliento para responder, m atrevo a decir que no habría respondido; pero como no me quedaba aliento, por supuesto que no lo, hice. La señorita Griffin y el desconocido me tomaron entre ellos y me condujeron de regreso al palacio con escaso ánimo; pero en absoluto sintiéndome culpable (con gran asombro por mi parte, no podía sentirme así).</p>
<p>Cuando llegamos allí entramos sin más en un salón y la señorita Griffin a su ayudante, Mesrour, jefe de los oscuros guardianes del harén. Cuando le susurró algo, Mesrour comenzó a derramar lágrima;</p>
<p>-¡Preciosa mía, bendita seas! -exclamó el oficial tras lo cual se volvió hacia mí-. ¡Su papá está bastante malo!</p>
<p>-¿Está muy enfermo? -pregunté yo mientras corazón me daba un vuelco.</p>
<p>-¡Que el Señor le atempere los vientos, cordero mío! -exclamó el buen Mesrour arrodillándose par que yo pudiera tener un hombro consolador sobre el que descansar mi cabeza-. ¡Su papá ha muerte</p>
<p>Ante esas palabras, Haroun Alraschid huyó; el harén se desvaneció; desde ese momento no volví a ver a ninguna de las ocho hijas más hermosas de los hombres.</p>
<p>Fui conducido a casa, y allí en el hogar estaba la Deuda al mismo tiempo que la Muerte, y se celebró allí una venta. Mi propia camita estaba tan ceñuda mente vigilada por un Poder que me era desconocido, nebulosamente llamado «El Comercio», que una carbonera de latón, un asador y una jaula de pájaros tuvieron que ponerse en el lote, y luego se empezó una canción. Así lo oí mencionar y me pregunté qué canción, y pensé qué canción tan triste debió cantarse.</p>
<p>Después fui enviado a una escuela grande, fría y desnuda de muchachos mayores; en donde todo lo que había de comer y vestir era espeso y grueso, sin resultar suficiente; en donde todos, grandes y pequeños, eran crueles; en donde los muchachos lo sabían todo sobre la venta antes de que yo hubiera llegado allí, y me preguntaron lo que había conseguido, y quién me había comprado, y me gritaban. «¡Se va, se va, se ha ido!» En ese lugar jamás dije que yo había sido Haroun, o que había tenido un harén; pues sabía que si mencionaba mis reveses me sentiría tan preocupado que acabaría por ahogarme en la charca embarrada que había junto al campo de juego, y se parecía a la cerveza.</p>
<p>¡Ay de mí, ay de mí! Ningún otro fantasma ha acosado la habitación del muchacho, amigos míos, desde que yo la ocupé, salvo el fantasma de mi propia infancia, el de mi inocencia, el de mis alegres creencias. Muchas veces he perseguido al fantasma; nunca con esta zancada de adulto que podría alcanzarle, nunca con estas manos de adulto que podría tocarle, nunca más con este corazón mío de adulto para retenerlo en su pureza. Y aquí me veis planificando, tan alegre y agradecidamente como puedo mi destino de agitar en la copa un cambio constante de clientes, y de acostarme y levantarme con el esqueleto que se me ha asignado como mi compañero mortal.</p>
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		<title>La Casa del Infierno</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Nov 2010 19:55:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La casa nadie la había visto nunca, solo la escuchaban mencionar. Una casa tan tenebrosa que cuando la miraban los que conseguían dar con ella provocaba pánico, su leyenda llevaba consigo el alma de mucha gente desaparecida. A las orillas de la ciudad de Zacatecas mucha gente se dedicaba a investigar su paradero sin éxito, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-1197  alignleft" title="casa infierno" src="http://www.aterrorizar.com/wp-content/uploads/2010/11/casa-infierno.jpg" alt="" width="545" height="299" /><br />
La casa nadie la había visto nunca, solo la escuchaban mencionar. Una casa tan tenebrosa que cuando la miraban los que conseguían dar con ella provocaba pánico, su leyenda llevaba consigo el alma de mucha gente desaparecida. A las orillas de la ciudad de Zacatecas mucha gente se dedicaba a investigar su paradero sin éxito, nadie sabía dónde estaba, excepto tres: Pablo, Ángel y Miguel.</p>
<p>–Qué demonios es esto –le dijo Miguel a Pablo<br />
–No lo sé, vamos a abrirlo, seguramente también es basura –respondió Pablo algo desanimado.<br />
Ambos se apresuraron a abrir el pedazo de pergamino que habían encontrado en el sótano de la casa de sus padres, ya que eran hermanos. Soplaron sobre la superficie enrollada y de ella brotó una ráfaga de polvo hacia su rostro, tosiendo ambos inmediatamente. El pergamino no tenía nada inscrito en el: ni fecha, ni letras.<span id="more-1196"></span><br />
Solo un pequeño mapa<br />
Los dos comenzaron a analizarlo y después de varios fatídicos minutos de pensar a donde los podría llevar ese mapa Miguel grito: –Mira Pablo! Creo que esta es la escuela, y esto, esto puede ser el río que lleva a las minas, lo ves? –Pablo no menciono ninguna palabra porque sabía que lo que le decía su hermano era cierto, el mapa tenía mucha similitud a donde ellos mencionaban. De hecho, era exactamente igual.<br />
Acto seguido, ambos se miraron al unísono y se dijeron al mismo tiempo<br />
–Creo que sé a dónde te lleva!<br />
Comenzaron a hacer planes para visitar “la casa del diablo” así era como le habían apodado los que la conocían, prepararon todo para la noche siguiente: Lámparas, cámaras fotográficas y de video, etc. Estaban muy entusiasmados por que eran los únicos que conocían la ubicación de la casa, el mapa no mentía, además el mapa indicaba la ubicación de la casa para donde la gente que según decía “había sobrevivido a ella” señalaba. No iban a ir solos, le dieron la buena noticia a su amigo Ángel que inmediatamente se tornó emocionado y accedió a ir con ellos.<br />
–Ya son las 11:30 de la noche y no conseguimos ver ninguna puñetera casa! –exclamó Ángel con algo de enojo en la voz<br />
–Estoy seguro que es por aquí, así lo dice el mapa, o no Pablo?<br />
–s-sí, wow hace algo de frío aquí arriba, casi cruzamos los dos cerros y nada, además ya está muy obscuro y solo, creo que deberíamos regresar –justo cuando Miguel se disponía a contestar Ángel grito algo:<br />
–Joder! Ya vieron lo que está allá? Apunten su lámpara rápido!<br />
Los dos se apresuraron y la vieron… era la casa!<br />
No podían creer lo que estaban viendo, era una casa muy grande, en su tiempo fue lujosa, ahora con el tiempo estaba tenebrosa con casi todos los cristales de las ventanas destrozados, el obscuro de la noche le daba un tono verdoso y parecía que se estaba derrumbando, de las esquinas y de la puerta principal salía yerba verde y seca, a pesar de esto, la puerta estaba cerrada. La casa era de dos pisos y el techo lo adornaban gárgolas que parecían resguardarla. Y como habían afirmado los rumores: A los tres les recorrió un escalofrío de los pies a la cabeza cuando la vieron y comenzaban a arrepentirse sobre la idea de adentrarse en ella y averiguar lo que resguardaba. Miguel pensó que al fin su larga búsqueda no había sido en vano.<br />
–m-muy bien –dijo Miguel– ya la vimos, tomémosle una fotografía y larguémonos de aquí<br />
– ¿Qué? –Respondió Ángel– ¿acaso estás loco? Entremos a esa casa de una puta vez! O que ya te dio miedito?<br />
–Si es cierto Miguel, además ya veníamos preparados, ahora te aguantas!<br />
Cuanto más se acercaban a la casa más ganas les daban de salir corriendo de ahí, sin embargo no iban a hacer eso, nadie sabía dónde estaba y muchos curiosos e investigadores duraban años buscándola sin éxito, ellos la habían encontrado, comprobarían la existencia de esa vieja casa, serían leyenda.<br />
Entraron fácilmente por la puerta, que se encontraba semiabierta aunque era de una madera muy antigua y pesada, el ruido de los goznes de la puerta al abrirse hizo que les rechinara la piel también, pero siguieron adelante, Miguel se fijó en una frase que decía en letras grandes en la puerta de madera: “Domui Heli” haciendo caso omiso de ellas.<br />
El miedo se apoderó de ellos y sus piernas comenzaron a tambalear sin que ellos les diesen alguna orden de hacerlo, entraron por completo y comenzaron a avanzar muy despacio, atentos hacia cualquier ruido ajeno al que ellos provocaran. Había una pequeña salita con siete puertas de madera cerradas con un gran candado a su alrededor, cuando caminaron hacia la primera puerta indecisos, los tres dieron un gran salto a escuchar que la puerta principal se había cerrado fuertemente a sus espaldas. A los tres les entraron ganas de llorar por lo que estaban viviendo y en lo que se habían metido, pero trataron de calmarse con el clásico dicho “seguramente fue el viento” que ninguno de los tres sabía que era cierto. De pronto comenzaron a escuchar murmullos, como si alguien estuviera hablando en voz muy baja, pero no uno, sino muchos, ahora corrieron hacia la primera puerta y justo cuando se decidieron en regresar, la puerta cayó hacia adentro sin que nadie la hubiese tocado provocando un fuerte estruendo.<br />
Se apresuraron a entrar, cuando sucedió.<br />
Las lámparas que llevaban consigo fallaron al mismo tiempo y todo quedó sumido en la obscuridad. Nadie era capaz de pronunciar palabra alguna.<br />
–Vámonos de aquiiii! –gritó de pronto Miguel<br />
Los tres comenzaron a correr desesperados pero no encontraban salida alguna, solo obscuridad –traten de ir calmados palpando la pared hasta que den con alguna puerta –dijo Ángel con desesperación en la voz<br />
Un fuerte olor a azufre comenzó a penetrar sus narices, una densa neblina invadía ahora la casa, se comenzaron a escuchar miles de gritos y lloriqueos, como si estuvieran en el mismísimo infierno, tarde o temprano descubrirían lo que estaba pasando: La casa se estaba incendiando, las llamas del fuego les permitieron ver donde estaban y no recordaban haber entrado allí. Estaban rodeados de cientos de puertas, no se decidían por cual salir, pero tampoco la desesperación y el pánico cedía a dejarlos pensar, de pronto se escuchó una voz tan tenebrosa que los hizo temblar de miedo:<br />
–Solo una puerta es la correcta, si no salen de aquí pronto, aquí se quedarán<br />
Comenzaban a asfixiarse entre el humo del fuego sin saber qué hacer, el fuego estaba a punto de tocarlos a ellos cuando escucharon nuevamente la voz:<br />
–Entréguenme una alma y os dejaré ir en paz! –por supuesto no se prestaron para eso, ya no podían respirar, y corrieron hacia la primera puerta que miraron. Cuando la abrieron una grande ola de fuego se desató contra ellos, Miguel, desesperado dijo: -está bien está bien, te entregaremos el alma de Ángel.<br />
Pablo volteó a ver a Ángel extrañado de que no pronunciase una palabra contra lo que acababa de decir Miguel y se dio cuenta de algo. Ángel estaba desmayado, de pronto unos animales surgieron directamente del fuego hacia Ángel, comenzaron a devorarlo ferozmente, comenzando por la cara, Miguel y Pablo al contemplar esto comenzaron a llorar desesperados y de pronto ya no sintieron el calor del fuego, ni el humo que este provocaba.<br />
Solo sintieron frío.<br />
Estaba tirados donde había estado la casa antes, solo que ya no estaba la casa, ni Ángel. Buscaron la casa pero no encontraron nada, miraron su reloj y no pudieron emitir palabra alguna, había pasado una semana. Cuando bajaron hacia la ciudad de Zacatecas ya los habían dado por perdidos a los tres, contaron todo lo sucedido en aquella casa y nadie les creyó, mucho menos los padres de Ángel, que exigían respuestas.</p>
<p>Miguel y Pablo se encontraban en sus respectivos equipos jugando futbol callejero, cuando de pronto llegó alguien y se paró a mitad de la calle. Este vestía todo de negro y un gorro negro le tapaba la cara, les hizo señas a los dos para que lo siguieran<br />
–¿Quién demonios eres? –preguntaban los dos<br />
–pues será mejor que vallan para que lo averigüen –les respondió uno de sus amigos<br />
Al acercarse a él y preguntarle qué era lo que deseaba se descubrió el rostro y los dos casi se desmayan: Era Ángel, solo les pronuncio unas palabras:<br />
–Sí, me llevaron a la casa del infierno, y pronto yo los llevaré conmigo…</p>
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